martes, 4 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Estamos compelidos de modo reluctante a relatar la muerte intemporal de la sra. Margaret Ann Picklefinch, que ocurrió hacia la una de la mañana ayer. Las circunstancias que acompañaron al evento melancólico fueron éstas:
Justo antes de la hora nombrada su marido, el bien conocido temperado disertador, y menos conocido en general temperado escuchador, llegó a la casa de una aplazada reunión de la Legión del agua fría, y se retiró muy borracho. Su estimable dama se paró y le tironeó las botas, a lo usual. Él se metió en la cama y ella se acostó a su lado. Ella emitió un afable preliminar juramento de ternura, y súbitamente dejó de hablar. Debe haber sido hacia esa hora que murió. Con la luz del día él la invitó a pararse y hacer el fuego. No detectando movimiento en su cuerpo reforzó la disciplina familiar. El sonido duro peculiar de su esposa golpeando el suelo, primero despertó sus sospechas del despojo que había sufrido, y al levantarse más tarde en el día encontró sus primeros temores realizados, la dama había desistido del reclamo de su protección ulterior.
Extendemos al sr. P. nuestra sincera simpatía, en la grandiosa calamidad que le puede suceder a un hombre inmatrimonial. El inconsolable sobreviviente tocó en nuestra oficina la tarde pasada, conversó con sentimiento por algunos momentos sobre las virtudes de la querida partida, y se fue con el aire de un perro que ha tenido su cola abreviada, y está forzado a empezar una vida nueva. Verdaderamente, los decretos de la Providencia a veces parecen absurdos.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Claude Monet, Nature morte: le quartier de viande, XIX.

domingo, 2 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Es con un sentimiento de pesar profesional, que registramos la muerte del sr. Jacob Pigwidgeon. El difunto fue uno de nuestros más tempranos pioneros, quien llegó a este Estado mucho antes de que fuera necesitado. Su edad es un asunto de mera conjetura; probablemente, era menos avanzado en años de lo que Matusalén habría sido, si hubiera practicado una temperancia razonable en el comer y beber. El sr. Pigwidgeon fue un caballero de piedad sincera pero modesta, profundamente respetado por todos quienes se imaginaban a sí mismos como él. Probablemente, ningún hombre de su día ejerció tan peculiar influencia en la sociedad. Siempre el primero en toda buena obra, fuera de la cual no hubiera cualquier cosa para hacer, dispensador sin escatimar de todas las especies de caridad, que pagaran una comisión al desembolsante, el sr. Pigwidgeon fue un modelo de generosidad, pero prodigaba sus favores con tal modestia, que su mano izquierda sabía raramente qué bolsillo estaba aliviando su mano derecha. Durante los problemas del 56, fue cercanamente identificado con el Comité de vigilancia, siendo instruido por ese cuerpo con la importante misión de ir a Nevada, y permanecer allí. En 1863 fue elegido miembro honorario de la Sociedad para la prevención de humanidad hacia los chinos, y no hay la menor duda de que él podría haber sido cualquier cosa, tan activa fue la estima con la cual inspiró a esos, por quienes era deseado que debiera votar.
Originalmente nacido en Massachusetts, pero por veintiún años un nativo de California y parcialmente calvo, poseyendo una natura cosmopolita que amaba un chelín inglés así mismo, en proporción a su valor, como un dólar mexicano, el sujeto de nuestra memoria era uno a quien era un honor conocer, y cuya amistad cercana era un lujo que sólo el afluente se podía permitir. Va a ser incluso la jactancia más orgullosa del escritor, que él la disfrutó a menos de la mitad de las tarifas usuales.
Las circunstancias que acompañaron su despegue fueron las más lamentables. Él había estado por algún tiempo muy deprimido de espíritu, de un tipo y del otro, y en la mañana del pasado miércoles se observó que echaba espuma por la boca. No se prestó atención a eso, creyendo su familia que era un síntoma de la hidrofobia, con la cual había sido afligido desde la cuna. Súbitamente, un extraño de ojos oscuros entró a la casa, tomó el cuello del paciente entre su pulgar e índice, se arrojó el cuerpo a través de su hombro, guiñó de modo respetuoso a la viuda desolada, y se retiró por la vía del sótano de la cocina. ¡Adiós, alma pura!, nos vamos a reunir de nuevo.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Guido Mocafico, Vanités, 2007.

lunes, 3 de junio de 2013

No hay cargo por la asistencia


Cerca del camino que conduce de Deutscherkirche a Lagerhaus, se pueden ver las ruinas de una cabaña pequeña. Ésta nunca fue una pila muy pretenciosa, pero tiene una historia. A mediados de la centuria pasada fue ocupada por un Heinrich Schneider, quien era un granjero menudo, un granjero tan menudo que sus ropas no le hubieran ajustado, sin una buena dosis de tomadura por dentro. Pero Heinrich Schneider era joven. Tenía una esposa, sin embargo; la mayoría de los granjeros menudos la tienen cuando son jóvenes. Ellos eran más bien pobres: la granja era justo lo suficiente grande, para mantenerlos de modo confortable hambrientos.
Schneider no tenía un gusto literario, su única lectura era una vieja copia de páginas dobladas de Las mil y una noches, hecha en alemán, y en ésa él no leía nada más que la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. Después de su quingentésimo repaso de ésta, concibió una idea valiosa: ¡frotaría su lámpara y acorralaría al genio! Así que se puso un guante de cuero grueso en la mano derecha, y fue al aparador para sacar la lámpara. Él no tenía una lámpara. Pero esa decepción, que hubiera sido instantáneo fatal para un hombre más desanimado, fue sólo un estímulo agradable para él. Sacó un viejo apagavelas de hierro, y se puso a trabajar sobre éste
Ahora, el hierro es muy duro, éste requiere más frotación que cualquier otro metal. Yo una vez arranqué a un genio de un yunque, pero estuve bastante fatigado antes de tenerlo todo afuera, la más ligera irritación de una pipa de agua plomiza, hubiera traído al mismo genio afuera de éste, como a una rata de su hueco. Pero habiendo plantado todas sus aves de corral, sembrado sus patatas y asentado su trigo, Heinrich tenía todo el verano por delante, y fue paciente, dedicó todo su tiempo a compeler la asistencia de lo sobrenatural.
Cuando el otoño llegó la buena esposa recogió de las gallinas, excavó las manzanas, repeló a los cerdos y otros cereales, y eso fue una maravillosa, abundante cosecha. Los cultivos de Schneider habían florecido de forma asombrosa. Eso fue porque él no los molestó en todo el verano con implementos agrícolas. Una noche, cuando el producto había sido almacenado, Heinrich se sentó junto a su hogar, operando sobre su apagavelas con la misma fe sencilla, como en la primavera temprana. Súbitamente, hubo un golpe en la puerta, y el Genio esperado hizo acto de presencia. Su advenimiento produjo no poca sorpresa en la buena pareja.
Éste era una muy sustancial encarnación, en efecto, de lo sobrenatural. Alrededor de ocho pies de longitud, gordo en extremo, de miembros gruesos, mal favorecido, pesado de movimiento y en general no bonito; a primera vista, no impresionó a su nuevo amo de modo demasiado favorable.
Sin embargo, se le dio una banqueta junto al hogar, y Heinrich lo acosó con una multitud de preguntas: ¿de dónde había venido?, ¿a quién había servido la última vez?, ¿cómo le caía Aladino?, ¿y pensaba él que ellos debían llevarse bien? A todas esas consultas el Genio dio respuestas evasivas, fue délfico hasta el límite de lo ininteligible. Él sólo asentía de forma misteriosa, murmurando entre dientes en alguna lengua desconocida, probablemente árabe, en la que, sin embargo, su amo pensó que podía distinguir las palabras “asado” y “hervido”, con una frecuencia significativa. Ese Genio debía haber servido la última vez en calidad de cocinero.
Eso fue un descubrimiento gratificante: en los próximos cuatro meses o más, no habría nada que hacer en la granja, el Esclavo podría preparar las comidas de la familia durante el invierno, y en la primavera ir regularmente al trabajo. Schneider era demasiado astuto, para arriesgarlo todo con unas demandas extravagantes de una vez. Recordó el huevo del roc de la leyenda, y pensó que iba a proceder con cautela. Así que la buena pareja sacó sus utensilios de cocina, y con pantomimas indujeron al Esclavo en el misterio de su uso. Le mostraron la despensa, el sótano, el granero, los corrales de gallinas y todo. Él parecía interesado e inteligente, aprehendía los puntos sobresalientes de la situación con maravillosa facilidad, y asentía como si fuera a dejar caer su cabeza grande, lo hacía todo sin hablar.
Después de eso la frau preparó la comida de la noche, el Genio asistiendo de forma muy satisfactoria, excepto que sus nociones de cantidad eran más bien demasiado liberales, acaso eso era natural en uno acostumbrado a los palacios y las cortes. Cuando todo estuvo en la mesa, a modo de probar la obediencia de su esclavo, Heinrich se sentó en el tablero y frotó el apagavelas con descuido. ¡El genio estuvo ahí en un segundo! No sólo eso, sino que cayó sobre las viandas con un ardor y una sinceridad que eran alarmantes. En dos minutos había acabado con todo lo de la mesa. ¡La rapidez con que ese espíritu amontonó toda clase de comestibles en su cuello, era simplemente chocante!
Habiendo terminado su refrigerio, se extendió ante el fuego y se puso a dormir. Heinrich y Barbara estaban deprimidos de espíritu, se sentaron casi hasta la mañana en silencio, esperando que el Genio se desvaneciera en la noche, pero éste no se desvaneció de ninguna forma perceptible. Además, no se había desvanecido la mañana siguiente, se había levantado con la alondra, y estaba preparando el desayuno, habiendo hecho sus estimados sobre la base de un consumo más inmoderado. Así pronto se sentó, con el mismo apetito católico que lo había distinguido la noche anterior. Habiendo engullido su desayuno prepóstero, atavió su cara gorda con un ceño de cebellina, golpeó a su amo con una cacerola, se extendió ante el fuego y de nuevo se dispuso a dormir. Acabado una comida furtiva y clandestina en la despensa, Heinrich y Barbara se confesaron tener el corazón enfermo a fondo por lo sobrenatural.
-Te lo dije -dijo él-, depende de eso, la industria del paciente es mil por ciento mejor que esa agencia invisible. Yo voy a llevar ahora ese fatal apagavelas a una milla de aquí, frotarlo realmente duro, lanzarlo a un lado y correr lejos.
Pero no lo hizo. Durante la noche habían caído diez pies de nieve. Yacía todo el invierno también.
Temprano en la primavera siguiente emergieron de esa cabaña, por el borde del camino, la armazón inestable de un hombre que arrastraba, a través de mares de nieve derretida, a una mujer tambaleante de aspecto abatido. Desolados, lesionados, famélicos y desalentados, esas reliquias melancólicas siguieron su ruta, hasta que llegaron a un cruce de caminos (todos conducen a Lagerhaus), donde vieron pegado en un poste derecho el andrajo de una vieja pancarta. Se leía como sigue:
Perdido, extraviado o robado del Gran Museo de Herr Schaackhofer, el célebre gigante patagónico, Ugolulah. Altura 8 pies 2 pulgadas, figura elegante, apuesto, facciones inteligentes, animado y vivaz en la conversación, de dirigirse atractivo, temperado en la dieta, inofensivo y tratable en la disposición. Responde al apodo de Fritz Sneddeker. Cualquiera que lo devuelva a Herr Schaackhofer, va a recibir siete táleros de recompensa, y no se harán preguntas.
Era una oferta tentadora, pero ellos no fueron atrás por el gigante. Pero él fue descubierto después durmiendo dulcemente sobre la piedra del hogar, tras una comida opípara con barriles y cajas vacías. Siendo seguro fue hallado estar demasiado gordo para egresar por la puerta. Así que la casa fue echada abajo para dejarlo salir, y así es cómo le ocurre estar en ruinas ahora.

Título original: No charge for attendance, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Wallpaper, Old cabin, XXI.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Cementerio


Sitio aislado suburbano donde los dolientes combinan mentiras, los poetas escriben con un objetivo y los picapiedras deletrean para una apuesta. Las inscripciones siguientes van a servir para ilustrar el éxito alcanzado en esos juegos olímpicos:
"Sus virtudes eran tan conspicuas que sus enemigos, incapaces de pasarlas por alto, las negaban, y sus amigos, para cuyas vidas disolutas éstas eran un reproche, las representaban como vicios. Éstas son aquí conmemoradas por su familia, quien las compartió.
En la tierra nosotros aquí preparamos un lugar para poner a nuestra pequeña Clara.
Thomas M. y Mary Frazer
P.S. Gabriel la va a levantar."

Título original: Cemetery, publicado por primera vez en The Devil's Dictionary, 1911, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Hollywood Movie Watch Online, Mortuary, 1983.

sábado, 6 de octubre de 2012

Serpenteando


Las personas muy habladoras siempre me parecieron estar divididas en dos clases: esas que mienten con un propósito y esas que mienten por el amor de mentir, y Sam Baxter pertenecía con amplia imparcialidad a ambas. Para él la falsedad no era con mayor frecuencia un medio que un fin, pues no sólo mentía sin un propósito, sino con un sacrificio. Yo lo oí una vez leyéndole un periódico a una tía ciega, y falsificando de modo deliberado los reportes del mercado. La buena vieja dama tomaba todo con una fe confiada, hasta que él citó manzanas secas a cincuenta céntimos la yarda por lados no cernidos, entonces ella se levantó y lo desheredó. Sam parecía considerar la fuente de la verdad como una charca estancada, y a sí mismo un ángel cuyo negocio era quedarse cerca y perturbar las aguas.
-Usted sabe, Ben Dean -me dijo Sam un día-, yo estoy en baja con ese tipo, y le voy a contar por qué. En el invierno del 68, él y yo estábamos serpenteando juntos en las montañas, al norte de Big Sandy.
-¿Qué quiere decir con serpenteando, Sam?
-¡Bueno, me gusta esto! Pues reunir serpientes, para estar seguro, serpientes de cascabel para los jardines zoológicos, los museos y los shows-laterales de los circos. Así es como se hace: una partida de serpenteros va a las montañas en el otoño temprano, con provisiones para todo el invierno, y poniendo una serpentera en algún punto central, se ponen a trabajar tan pronto como la temporada letárgica se asienta, y antes de que haya mucha nieve. Yo presumo usted sabe que cuando las noches empiezan a ponerse frías, las serpientes se meten debajo de las grandes piedras planas, se acurrucan juntas y se acuestan ahí tiesas congeladas, hasta que los días cálidos de la primavera las entonan para el negocio.
-Nosotros vamos por alrededor, levantamos las rocas, atamos a los gusanos en bultos convenientes y los cargamos al serpentero, donde, durante la temporada de nieve, son surtidos, etiquetados de acuerdo a la calidad y empaquetados para el transporte. A veces un único showman tiene tantos, como una docena de serpenteros en las montañas todo el invierno.
-Ben y yo estábamos afuera un día, y habíamos reunido unos pocos fardos de las primeras, cuando descubrimos una piedra amplia que mostraba buenos indicios, pero que no podríamos levantar. Toda la parte superior de la montaña parecía estar edificada, mayormente, sobre esa misma piedra. No había nada que hacer salvo socavarla, excavar debajo, usted sabe; así que tomando la pala yo pronto ensanché el hueco, en el que las criaturas se habían metido, hasta que éste hubiera admitido mi cuerpo. Arrastrándome adentro, encontré una suerte de celda en la roca sólida, abarrotada casi por completo de hermosas serpientes, algunas de ellas tan largas como un hombre. ¡Usted hubiera disfrutado con esos gusanos! Estaban dispuestas con esmero alrededor de los costados de la cueva, e incluso una docena en cada litera, y algunas raras oscilando desde el techo en hamacas, como los marineros. Para ese tiempo yo las había contado con rudeza, como éstas yacían, estaba oscuro y nevando con malicia. No había un volver atrás al cuartel general esa noche, y había espacio sólo para uno de nosotros adentro.
-¿Adentro de qué, Sam?
-¡Vea aquí!, ¿ha ​​estado escuchando lo que yo le estoy contando, o no? No hay uso en contarle nada a usted. Quizás no le importe esperar hasta que yo lo haya hecho, y entonces puede contar algo suyo propio. Nosotros sacamos pajitas para decidir quién debería dormir adentro, y me cayó a mí. ¡Tal suerte tenía siempre ese tipo de Ben, sacando pajitas cuando yo las sostenía! ¡Era pecaminoso! Pero hasta adentro hacía frío, y yo estuve más de una hora para quedarme dormido. Hacia la mañana, sin embargo, me desperté sintiéndome muy cálido y tranquilo. Había luna llena, justo estaba saliendo en el valle debajo, y, brillando adentro del hueco al que yo había entrado, lo hizo todo luminoso como de día.
-Pero, Sam, de acuerdo a mi astronomía, la luna llena nunca sale por la mañana.
-Ahora, ¿quién dijo algo sobre su astronomía? Me gustaría saber ¿quién está contando esto, usted o yo? Siempre piensa que sabe más que yo, y siempre jurando que no es así, y siempre tomando las palabras de mi boca, y… ¿pero cuál es el uso de argumentar con usted? Como estaba diciendo, las serpientes se empezaron a despertar al mismo tiempo que yo lo hacía, las podía oír voltearse hacia sus otros costados y suspirar. De repente una se levantó y bostezó. Tenía buena intención, pero no era la cosa regular a hacer para un ofidio en esa temporada. Poco a poco empezaron a asomar sus cabezas por todo alrededor, asintiendo unos buenos días unas a las otras a través de la estancia, y muy pronto una me vio acostado allí y llamó la atención sobre el hecho. Entonces todas empezaron a agolparse al frente, y a tenderse por los costados de las camas en una franja, para estudiar mis hábitos. Yo no puedo describir el extraño espectáculo: ¡usted hubiera supuesto que era mediados de marzo y una temporada adelante! Había más gusanos de los que yo había contado, y eran más grandes de lo que había pensado. Y cuanto más se despertaban, más ancho bostezaban y más largo se estiraban. Los tipos gordos en las hamacas encima de mí, estaban en peligro de volcarse y romperse el cuello a cada minuto.
-Entonces me pasó por la mente como un destello cuál era el asunto. Hallando que hacía frío afuera, Ben había hecho un fuego rugiente en la cima de la roca, y el calor había timado a los gusanos en la creencia de que era la primavera tardía. Mientras yo estaba acostado allí y pensaba en un hombre crecido por completo, que no tenía ningún sentido mejor que hacer una cosa como esa, estaba lo bastante loco como para matarlo. Perdí la confianza en el género humano. Si yo no hubiera tapado la entrada antes de acostarme, con una piedra redonda grande que el calor había hinchado tanto, que un pisón hidráulico no podría haberla aflojado con un topetazo, debería haberme puesto mi ropa e ido derecho a casa.
-Pero, Sam, usted dijo que la entrada estaba abierta, y la luna brillando adentro.
-¡Ahí va usted de nuevo! Siempre contradiciendo, e insinuando que la luna debe quedarse por horas en una posición, y diciendo que lo ha oído mejor contado por alguien más, ¡y queriendo pelear! Yo le he contado esta historia a su hermano en Milk River más de cien millones de veces, y él nunca dijo una palabra contra ella.
-Yo le creo, Samuel, porque él está sordo como una lápida.
-¡Le cuento qué hacer por él! Yo conozco a un tipo en Smith Valley que lo va a curar en un minuto. Ese tipo ha limpiado la sordera de todo el condado de Washington una docena de veces. Yo nunca conocí un caso de ésta que pudiera alzarse contra él diez segundos. Agarre tres partes de una raíz serpiente con un galón de grasa de carretón, ¡y yo voy a ir a ver si puedo encontrar la prescripción!
Y Sam se fue como un cohete.

Título original: Snaking, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Bill Anton, Morning at Sycamore Canyon, XXI.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La bruja de las aves


De la Frau Gaubenslosher se sospechó fuertemente por brujería. Yo no pienso que ella fuera una bruja, pero no me gustaría jurar que no lo era en una corte de ley, a menos que una buena cantidad dependiera de mi testimonio, y hubiera sido apropiadamente sobornado de antemano. Un gran número de personas acusadas de brujería han descreído del cargo con firmeza hasta que, cuando fueron sometidas a disparos con una bala de plata o hervores en aceite, se han hallado incapaces de soportar la prueba. Y se debe confesar que las apariencias estaban en contra de la Frau. En primer lugar ella vivía bastante sola en una foresta, y no tenía una lista de visitantes. Eso era sospechoso. En segundo -y era así, en lo principal, que había adquirido su mala reputación-, todas las aves de corral de la vecindad parecían tenerle la más sin compromiso mala voluntad. Cuando quiera ella pasaba por delante de una bandada de gallinas, patos, pavos o gansos uno de éstos, con las alas caídas, el pescuezo extendido y el pico abierto empezaba una persecución en caliente. A veces toda la bandada se unía por unos pocos momentos con un clamor estridente, pero siempre había uno más veloz y determinado que el resto, y ese uno mantenía la cacería con un celo infatigable y limpiamente fuera de la vista.
En esas ocasiones el susto de la dame1 era doloroso de contemplar. Ella no gritaba -sus órganos de aullar parecían haber perdido su poder- ni, como regla, maldecía, justo se dirigía a sí misma en una silenciosa velocidad rezadora, ¡con cada síntoma del terror abyecto!
La explicación de la Frau sobre esa persecución no natural era singularmente débil. Una cierta noche largo tiempo atrás, decía ella, un pobre ganso enlodado y atenuado había tocado a su puerta por alivio. Éste declaró con acento lastimero que no había comido nada por meses, salvo tachuelas de estaño y una ocasional botella de cerveza, y que no había dormido bajo cubierto en tan largo tiempo, que no sabía lo que era. ¿Le daría ella un lugar en su guarda-fuego, y le buscaría seis u ocho pasteles fríos para distraerlo, mientras le estuviera preparando la cena? A esa petición ella hizo oídos sordos, y él se fue lejos. Él vino de nuevo la noche siguiente, sin embargo, trayendo un certificado por escrito de un clérigo, sobre que su caso era uno merecedor. Ella no lo ayudó, y él partió. La noche después él se presentó de nuevo, con un papel firmado por un oficial relevado de la parroquia, que declaraba que la necesidad de ayuda era la más urgente.
Para ese tiempo la buena naturaleza de la Frau estaba bastante exhausta: lo mató, lo adobó, lo puso en una olla y lo hirvió. Lo mantuvo hirviendo por tres o cuatro días, pero no se lo comió porque sus dientes eran justo como los dientes de nadie, no más débiles acaso, pero ciertamente no más fuertes ni agudos. Así que alimentó con él a una máquina trilladora de una conocida suya, que se las arregló para masticar algunas de las porciones más modernas, pero naufragó sin esperanza hasta el cuello. Desde ese tiempo la pobre belle-dame había vivido bajo el bando de una gran maldición. Las gallinas tomaban tras ella con tal naturalidad como tras un escarabajo volandero, los gansos la perseguían como si fuera un renacuajo fugaz, los patos, los pavos, las aves de guinea acampaban en su rastro con incansable pertinacia.
Ahora, había un fermento de improbabilidad en ese cuento, y ése fermentó toda la masa. Los gansos no duermen, no hay uno en cien de éstos que pudiera sentarse en un guarda-fuego el tiempo suficiente, para decir Jack Robinson. Así, como la Frau vivió mil años antes del nacimiento del sentido común -digamos cerca de medio siglo atrás-, cuando todo lo no común tenía el olor de lo sobrenatural, no había nada que hacer salvo considerarla una bruja. Hubiera estado ella muy débil y marchita las gentes la hubieran quemado, a la mano, pero no les gustaba proceder a los extremos sin una evidencia perfectamente legal. Eran cautelosos, pues habían cometido diversos errores recientemente. Habían sentenciado a dos o tres mujeres a la estaca y, tras ser despojados los miembros y los cuerpos, éstos no habían redimido la horrenda promesa de sus rostros y manos arrugadas. La justicia estaba avergonzada de haber tostado a unas mujeres en comparación rollizas y lo presumible inocentes, y el castigo de ésta fue sabiamente pospuesto hasta que la prueba debiera estar toda adentro.
Pero mientras tanto un joven no agraciado, nombrado Hans Blisselwartle, hizo el sorprendente descubrimiento de que ninguna de las aves que perseguían a la Frau, nunca volvía atrás para jactarse de eso. Una breve carrera marcial parecía haberlas enajenado de las artes de paz y el amor de sus parientes. Lleno de una sospecha indecible, Hans un día las siguió en la retaguardia de una excitante carrera, entre la dame timorata y una pollita vengadora. Éstas eran demasiado rápidas para él, pero irrumpiendo súbitamente por la puerta de la dama algunos quince minutos después, la encontró en el acto de colocar a la némesis desplumada y eviscerada en la estufa de su cocina. La Frau mostró una considerable confusión, y aunque el acusador Blisselwartle no pudo dejar de reconocer en su acto una cierta justicia poética, no pudo ocultarse a sí mismo que había algo burdamente egoísta y sórdido en eso. Pensó que era una buena oferta, como embotellar a un fantasma enojoso y venderlo por luz lunar aclarada, o como cabestrar a una yegua nocturna2 y ponerla en la carreta.
Cuando trascendió que la Frau se comía a sus persecutores plumados, la paciencia de los villanos rehusó honrar la nueva demanda sobre eso: ella fue de una vez arrestada, y acusada de prostituir una noble superstición con un básico fin egoísta. Nosotros vamos a pasar por alto el juicio, es suficiente que fue condenada. Pero incluso entonces no tuvieron corazón para quemar a una mujer de edad mediana, con unos contornos redondos por completo como a una bruja, así que la quebraron sobre la rueda como a un ladrón.
La temeraria antipatía de las aves domésticas hacia esa dama inofensiva, queda por ser explicada. Habiendo rechazado su teoría, yo estoy obligado por honor a adelantar una de las mías. Felizmente un inventario de sus efectos, ahora delante de mí, suministra una base lo tolerable segura. Entre los artículos de propiedad personal advierto “una larga, fina línea de pesca sedosa, y un anzuelo.” Ahora, si yo fuera un ave de corral -digamos un ganso-, y una dama no amiga mía me pasara por delante masticando confituras, y dejara caer un grato gusano gordo, pasando al parecer inconsciente de su pérdida, yo pienso que debería tratar de irme lejos con ese gusano. Y si después de tragármelo, me sintiera arrastrado hacia esa dama por una fuerte atadura personal, supongo que debería ceder si no pudiera evitarlo. Y entonces si la dama eligiera correr y yo eligiera seguirla, haciendo una buena cantidad de ruido, supongo que eso luciría como si estuviera ocupado en una persecución muy reprensible, ¿no sería eso? Con la luz que yo tengo, esa es la manera en que el caso se presenta a mi inteligencia, aunque, por supuesto, puedo estar equivocado.

1Dame, título honorífico en Inglaterra.
2Juego de palabras intraducible, nightmare (literalmente, yegua de la noche), pesadilla.

Título original: A Fowl Witch, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Ew.com, American Horror Story, XXI.

domingo, 23 de septiembre de 2012

La labor de amor perdida


Joab era un novillo, que estaba cansado de ser cortejado por su piel limpia, suave. Así que reculó a través de un pórtico estrecho seis u ocho veces, lo que hizo a su pelo pararse de forma equívoca. Entonces fue y se frotó los costados grasientos contra un tronco carbonizado. Eso lo hizo lucir desaseado. Usted nunca lució peor en su vida que como Joab lucía.
-Ahora -dijo-, voy a ser amado sólo por mí mismo. Voy a cambiar mi nombre, y pasearme por los pastos nuevos, y todo el afecto que entonces me sea prodigado va a ser puro y desinteresado.
Así que se desvió hacia el bosque y salió al rancho del viejo Abner Davis. Las dos cosas que Abner valoraba más eran un molino de viento y un poste-rascador para cerdos. Éstos eran igualmente bonitos, y la fama de su donosura había llegado al extranjero con amplitud. A éstos Joab naturalmente les prestó atención. El molino de viento, que se llamaba Lucille Ashtonbury Clifford, lo recibió con expresiones del más vívido disgusto. Sus protestas de afecto se encontraron con crujidos de desprecio, y cuando se volvió con tristeza fue recompensado con el azote sonoro de uno de sus volantes. Como novillo caballeroso no se dignó a vengar el insulto volcando a Lucille Ashtonbury, y fue bueno para él que no lo hizo, pues el viejo Abner se paró cerca con una horca y una trinidad de perros.
Disgustado con la egoísta falta de corazón de la sociedad, Joab arrastró los pies y fue pasando por el poste-rascador sin notarlo. (Su nombre era Arabella Cliftonbury Howard.) Súbitamente, ésta pateó a una multitud de puercos que estaban a sus pies, y llamó al novillo rodante del extraño exterior:
-¡Venga aquí!
Joab se detuvo, la miró con sus ojos de buey y, marchando con gravedad, comenzó una vigorosa rascada contra ésta.
-Arabella -dijo él-, ¿usted piensa que podría amar a un novillo de cuero lanudo con pelo negro? ¿Podría amarlo sólo por sí mismo?
Arabella había observado que lo negro salía frotando, y el pelo se asentaba alisado cuando lo acariciaba de forma correcta.
-Sí, yo pienso eso, ¿podría usted?
Eso era un problema: Joab había esperado que ella hablara de negocios. Él no replicó. Era sólo su forma traviesa; ella pensó, naturalmente, que la mejor forma de ganar el amor de cualquier cuerpo, era ser una tonta. Ella vio su equívoco. Se había asociado con cerdos toda su vida, ¡y este tipo era un novillo! Los equívocos debían ser rectificados muy velozmente en estos asuntos.
-Señor, yo tengo por usted una sensación peculiar, puedo decir una ternura. ¡A partir de aquí usted, y sólo usted, va a rascarse contra Arabella Cliftonbury Howard!
Joab estaba encantado, se quedó y se rascó todo el día. Él era amado sólo por sí mismo, y no le importaba nada más que eso. Entonces se fue a su hogar, hizo un toilet elaborado y retornó para asombrarla a ella. ¡Alas!, el viejo Abner había estado por ahí y, viendo cómo Joab la había usado de modo suave e inútil, la había cortado para leña de fuego. Joab echó un vistazo, entonces caminó solemne hacia un claro y, obteniendo a horcajadas con comodidad un montón de troncos ardientes, ¡hizo una barbacoa consigo mismo!
Después de todo Lucille Ashtonbury Clifford, el molino de viento de cabeza mareada, parecía haber obtenido lo mejor de todo esto. Yo he observado que la cabeza mareada, comúnmente, obtiene lo mejor de todo en este mundo, lo que la cabeza de madera y la cabeza de novillo consideran un ultraje. Yo no estoy preparado para decir si lo es o no.

Título original: Love’s Labour Lost, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Jan Mapes, Corriente Cow, XXI.