miércoles, 10 de octubre de 2012

Cementerio


Sitio aislado suburbano donde los dolientes combinan mentiras, los poetas escriben con un objetivo y los picapiedras deletrean para una apuesta. Las inscripciones siguientes van a servir para ilustrar el éxito alcanzado en esos juegos olímpicos:
"Sus virtudes eran tan conspicuas que sus enemigos, incapaces de pasarlas por alto, las negaban, y sus amigos, para cuyas vidas disolutas éstas eran un reproche, las representaban como vicios. Éstas son aquí conmemoradas por su familia, quien las compartió.
En la tierra nosotros aquí preparamos un lugar para poner a nuestra pequeña Clara.
Thomas M. y Mary Frazer
P.S. Gabriel la va a levantar."

Título original: Cemetery, publicado por primera vez en The Devil's Dictionary, 1911, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Hollywood Movie Watch Online, Mortuary, 1983.

sábado, 6 de octubre de 2012

Serpenteando


Las personas muy habladoras siempre me parecieron estar divididas en dos clases: esas que mienten con un propósito y esas que mienten por el amor de mentir, y Sam Baxter pertenecía con amplia imparcialidad a ambas. Para él la falsedad no era con mayor frecuencia un medio que un fin, pues no sólo mentía sin un propósito, sino con un sacrificio. Yo lo oí una vez leyéndole un periódico a una tía ciega, y falsificando de modo deliberado los reportes del mercado. La buena vieja dama tomaba todo con una fe confiada, hasta que él citó manzanas secas a cincuenta céntimos la yarda por lados no cernidos, entonces ella se levantó y lo desheredó. Sam parecía considerar la fuente de la verdad como una charca estancada, y a sí mismo un ángel cuyo negocio era quedarse cerca y perturbar las aguas.
-Usted sabe, Ben Dean -me dijo Sam un día-, yo estoy en baja con ese tipo, y le voy a contar por qué. En el invierno del 68, él y yo estábamos serpenteando juntos en las montañas, al norte de Big Sandy.
-¿Qué quiere decir con serpenteando, Sam?
-¡Bueno, me gusta esto! Pues reunir serpientes, para estar seguro, serpientes de cascabel para los jardines zoológicos, los museos y los shows-laterales de los circos. Así es como se hace: una partida de serpenteros va a las montañas en el otoño temprano, con provisiones para todo el invierno, y poniendo una serpentera en algún punto central, se ponen a trabajar tan pronto como la temporada letárgica se asienta, y antes de que haya mucha nieve. Yo presumo usted sabe que cuando las noches empiezan a ponerse frías, las serpientes se meten debajo de las grandes piedras planas, se acurrucan juntas y se acuestan ahí tiesas congeladas, hasta que los días cálidos de la primavera las entonan para el negocio.
-Nosotros vamos por alrededor, levantamos las rocas, atamos a los gusanos en bultos convenientes y los cargamos al serpentero, donde, durante la temporada de nieve, son surtidos, etiquetados de acuerdo a la calidad y empaquetados para el transporte. A veces un único showman tiene tantos, como una docena de serpenteros en las montañas todo el invierno.
-Ben y yo estábamos afuera un día, y habíamos reunido unos pocos fardos de las primeras, cuando descubrimos una piedra amplia que mostraba buenos indicios, pero que no podríamos levantar. Toda la parte superior de la montaña parecía estar edificada, mayormente, sobre esa misma piedra. No había nada que hacer salvo socavarla, excavar debajo, usted sabe; así que tomando la pala yo pronto ensanché el hueco, en el que las criaturas se habían metido, hasta que éste hubiera admitido mi cuerpo. Arrastrándome adentro, encontré una suerte de celda en la roca sólida, abarrotada casi por completo de hermosas serpientes, algunas de ellas tan largas como un hombre. ¡Usted hubiera disfrutado con esos gusanos! Estaban dispuestas con esmero alrededor de los costados de la cueva, e incluso una docena en cada litera, y algunas raras oscilando desde el techo en hamacas, como los marineros. Para ese tiempo yo las había contado con rudeza, como éstas yacían, estaba oscuro y nevando con malicia. No había un volver atrás al cuartel general esa noche, y había espacio sólo para uno de nosotros adentro.
-¿Adentro de qué, Sam?
-¡Vea aquí!, ¿ha ​​estado escuchando lo que yo le estoy contando, o no? No hay uso en contarle nada a usted. Quizás no le importe esperar hasta que yo lo haya hecho, y entonces puede contar algo suyo propio. Nosotros sacamos pajitas para decidir quién debería dormir adentro, y me cayó a mí. ¡Tal suerte tenía siempre ese tipo de Ben, sacando pajitas cuando yo las sostenía! ¡Era pecaminoso! Pero hasta adentro hacía frío, y yo estuve más de una hora para quedarme dormido. Hacia la mañana, sin embargo, me desperté sintiéndome muy cálido y tranquilo. Había luna llena, justo estaba saliendo en el valle debajo, y, brillando adentro del hueco al que yo había entrado, lo hizo todo luminoso como de día.
-Pero, Sam, de acuerdo a mi astronomía, la luna llena nunca sale por la mañana.
-Ahora, ¿quién dijo algo sobre su astronomía? Me gustaría saber ¿quién está contando esto, usted o yo? Siempre piensa que sabe más que yo, y siempre jurando que no es así, y siempre tomando las palabras de mi boca, y… ¿pero cuál es el uso de argumentar con usted? Como estaba diciendo, las serpientes se empezaron a despertar al mismo tiempo que yo lo hacía, las podía oír voltearse hacia sus otros costados y suspirar. De repente una se levantó y bostezó. Tenía buena intención, pero no era la cosa regular a hacer para un ofidio en esa temporada. Poco a poco empezaron a asomar sus cabezas por todo alrededor, asintiendo unos buenos días unas a las otras a través de la estancia, y muy pronto una me vio acostado allí y llamó la atención sobre el hecho. Entonces todas empezaron a agolparse al frente, y a tenderse por los costados de las camas en una franja, para estudiar mis hábitos. Yo no puedo describir el extraño espectáculo: ¡usted hubiera supuesto que era mediados de marzo y una temporada adelante! Había más gusanos de los que yo había contado, y eran más grandes de lo que había pensado. Y cuanto más se despertaban, más ancho bostezaban y más largo se estiraban. Los tipos gordos en las hamacas encima de mí, estaban en peligro de volcarse y romperse el cuello a cada minuto.
-Entonces me pasó por la mente como un destello cuál era el asunto. Hallando que hacía frío afuera, Ben había hecho un fuego rugiente en la cima de la roca, y el calor había timado a los gusanos en la creencia de que era la primavera tardía. Mientras yo estaba acostado allí y pensaba en un hombre crecido por completo, que no tenía ningún sentido mejor que hacer una cosa como esa, estaba lo bastante loco como para matarlo. Perdí la confianza en el género humano. Si yo no hubiera tapado la entrada antes de acostarme, con una piedra redonda grande que el calor había hinchado tanto, que un pisón hidráulico no podría haberla aflojado con un topetazo, debería haberme puesto mi ropa e ido derecho a casa.
-Pero, Sam, usted dijo que la entrada estaba abierta, y la luna brillando adentro.
-¡Ahí va usted de nuevo! Siempre contradiciendo, e insinuando que la luna debe quedarse por horas en una posición, y diciendo que lo ha oído mejor contado por alguien más, ¡y queriendo pelear! Yo le he contado esta historia a su hermano en Milk River más de cien millones de veces, y él nunca dijo una palabra contra ella.
-Yo le creo, Samuel, porque él está sordo como una lápida.
-¡Le cuento qué hacer por él! Yo conozco a un tipo en Smith Valley que lo va a curar en un minuto. Ese tipo ha limpiado la sordera de todo el condado de Washington una docena de veces. Yo nunca conocí un caso de ésta que pudiera alzarse contra él diez segundos. Agarre tres partes de una raíz serpiente con un galón de grasa de carretón, ¡y yo voy a ir a ver si puedo encontrar la prescripción!
Y Sam se fue como un cohete.

Título original: Snaking, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Bill Anton, Morning at Sycamore Canyon, XXI.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La bruja de las aves


De la Frau Gaubenslosher se sospechó fuertemente por brujería. Yo no pienso que ella fuera una bruja, pero no me gustaría jurar que no lo era en una corte de ley, a menos que una buena cantidad dependiera de mi testimonio, y hubiera sido apropiadamente sobornado de antemano. Un gran número de personas acusadas de brujería han descreído del cargo con firmeza hasta que, cuando fueron sometidas a disparos con una bala de plata o hervores en aceite, se han hallado incapaces de soportar la prueba. Y se debe confesar que las apariencias estaban en contra de la Frau. En primer lugar ella vivía bastante sola en una foresta, y no tenía una lista de visitantes. Eso era sospechoso. En segundo -y era así, en lo principal, que había adquirido su mala reputación-, todas las aves de corral de la vecindad parecían tenerle la más sin compromiso mala voluntad. Cuando quiera ella pasaba por delante de una bandada de gallinas, patos, pavos o gansos uno de éstos, con las alas caídas, el pescuezo extendido y el pico abierto empezaba una persecución en caliente. A veces toda la bandada se unía por unos pocos momentos con un clamor estridente, pero siempre había uno más veloz y determinado que el resto, y ese uno mantenía la cacería con un celo infatigable y limpiamente fuera de la vista.
En esas ocasiones el susto de la dame1 era doloroso de contemplar. Ella no gritaba -sus órganos de aullar parecían haber perdido su poder- ni, como regla, maldecía, justo se dirigía a sí misma en una silenciosa velocidad rezadora, ¡con cada síntoma del terror abyecto!
La explicación de la Frau sobre esa persecución no natural era singularmente débil. Una cierta noche largo tiempo atrás, decía ella, un pobre ganso enlodado y atenuado había tocado a su puerta por alivio. Éste declaró con acento lastimero que no había comido nada por meses, salvo tachuelas de estaño y una ocasional botella de cerveza, y que no había dormido bajo cubierto en tan largo tiempo, que no sabía lo que era. ¿Le daría ella un lugar en su guarda-fuego, y le buscaría seis u ocho pasteles fríos para distraerlo, mientras le estuviera preparando la cena? A esa petición ella hizo oídos sordos, y él se fue lejos. Él vino de nuevo la noche siguiente, sin embargo, trayendo un certificado por escrito de un clérigo, sobre que su caso era uno merecedor. Ella no lo ayudó, y él partió. La noche después él se presentó de nuevo, con un papel firmado por un oficial relevado de la parroquia, que declaraba que la necesidad de ayuda era la más urgente.
Para ese tiempo la buena naturaleza de la Frau estaba bastante exhausta: lo mató, lo adobó, lo puso en una olla y lo hirvió. Lo mantuvo hirviendo por tres o cuatro días, pero no se lo comió porque sus dientes eran justo como los dientes de nadie, no más débiles acaso, pero ciertamente no más fuertes ni agudos. Así que alimentó con él a una máquina trilladora de una conocida suya, que se las arregló para masticar algunas de las porciones más modernas, pero naufragó sin esperanza hasta el cuello. Desde ese tiempo la pobre belle-dame había vivido bajo el bando de una gran maldición. Las gallinas tomaban tras ella con tal naturalidad como tras un escarabajo volandero, los gansos la perseguían como si fuera un renacuajo fugaz, los patos, los pavos, las aves de guinea acampaban en su rastro con incansable pertinacia.
Ahora, había un fermento de improbabilidad en ese cuento, y ése fermentó toda la masa. Los gansos no duermen, no hay uno en cien de éstos que pudiera sentarse en un guarda-fuego el tiempo suficiente, para decir Jack Robinson. Así, como la Frau vivió mil años antes del nacimiento del sentido común -digamos cerca de medio siglo atrás-, cuando todo lo no común tenía el olor de lo sobrenatural, no había nada que hacer salvo considerarla una bruja. Hubiera estado ella muy débil y marchita las gentes la hubieran quemado, a la mano, pero no les gustaba proceder a los extremos sin una evidencia perfectamente legal. Eran cautelosos, pues habían cometido diversos errores recientemente. Habían sentenciado a dos o tres mujeres a la estaca y, tras ser despojados los miembros y los cuerpos, éstos no habían redimido la horrenda promesa de sus rostros y manos arrugadas. La justicia estaba avergonzada de haber tostado a unas mujeres en comparación rollizas y lo presumible inocentes, y el castigo de ésta fue sabiamente pospuesto hasta que la prueba debiera estar toda adentro.
Pero mientras tanto un joven no agraciado, nombrado Hans Blisselwartle, hizo el sorprendente descubrimiento de que ninguna de las aves que perseguían a la Frau, nunca volvía atrás para jactarse de eso. Una breve carrera marcial parecía haberlas enajenado de las artes de paz y el amor de sus parientes. Lleno de una sospecha indecible, Hans un día las siguió en la retaguardia de una excitante carrera, entre la dame timorata y una pollita vengadora. Éstas eran demasiado rápidas para él, pero irrumpiendo súbitamente por la puerta de la dama algunos quince minutos después, la encontró en el acto de colocar a la némesis desplumada y eviscerada en la estufa de su cocina. La Frau mostró una considerable confusión, y aunque el acusador Blisselwartle no pudo dejar de reconocer en su acto una cierta justicia poética, no pudo ocultarse a sí mismo que había algo burdamente egoísta y sórdido en eso. Pensó que era una buena oferta, como embotellar a un fantasma enojoso y venderlo por luz lunar aclarada, o como cabestrar a una yegua nocturna2 y ponerla en la carreta.
Cuando trascendió que la Frau se comía a sus persecutores plumados, la paciencia de los villanos rehusó honrar la nueva demanda sobre eso: ella fue de una vez arrestada, y acusada de prostituir una noble superstición con un básico fin egoísta. Nosotros vamos a pasar por alto el juicio, es suficiente que fue condenada. Pero incluso entonces no tuvieron corazón para quemar a una mujer de edad mediana, con unos contornos redondos por completo como a una bruja, así que la quebraron sobre la rueda como a un ladrón.
La temeraria antipatía de las aves domésticas hacia esa dama inofensiva, queda por ser explicada. Habiendo rechazado su teoría, yo estoy obligado por honor a adelantar una de las mías. Felizmente un inventario de sus efectos, ahora delante de mí, suministra una base lo tolerable segura. Entre los artículos de propiedad personal advierto “una larga, fina línea de pesca sedosa, y un anzuelo.” Ahora, si yo fuera un ave de corral -digamos un ganso-, y una dama no amiga mía me pasara por delante masticando confituras, y dejara caer un grato gusano gordo, pasando al parecer inconsciente de su pérdida, yo pienso que debería tratar de irme lejos con ese gusano. Y si después de tragármelo, me sintiera arrastrado hacia esa dama por una fuerte atadura personal, supongo que debería ceder si no pudiera evitarlo. Y entonces si la dama eligiera correr y yo eligiera seguirla, haciendo una buena cantidad de ruido, supongo que eso luciría como si estuviera ocupado en una persecución muy reprensible, ¿no sería eso? Con la luz que yo tengo, esa es la manera en que el caso se presenta a mi inteligencia, aunque, por supuesto, puedo estar equivocado.

1Dame, título honorífico en Inglaterra.
2Juego de palabras intraducible, nightmare (literalmente, yegua de la noche), pesadilla.

Título original: A Fowl Witch, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Ew.com, American Horror Story, XXI.

domingo, 23 de septiembre de 2012

La labor de amor perdida


Joab era un novillo, que estaba cansado de ser cortejado por su piel limpia, suave. Así que reculó a través de un pórtico estrecho seis u ocho veces, lo que hizo a su pelo pararse de forma equívoca. Entonces fue y se frotó los costados grasientos contra un tronco carbonizado. Eso lo hizo lucir desaseado. Usted nunca lució peor en su vida que como Joab lucía.
-Ahora -dijo-, voy a ser amado sólo por mí mismo. Voy a cambiar mi nombre, y pasearme por los pastos nuevos, y todo el afecto que entonces me sea prodigado va a ser puro y desinteresado.
Así que se desvió hacia el bosque y salió al rancho del viejo Abner Davis. Las dos cosas que Abner valoraba más eran un molino de viento y un poste-rascador para cerdos. Éstos eran igualmente bonitos, y la fama de su donosura había llegado al extranjero con amplitud. A éstos Joab naturalmente les prestó atención. El molino de viento, que se llamaba Lucille Ashtonbury Clifford, lo recibió con expresiones del más vívido disgusto. Sus protestas de afecto se encontraron con crujidos de desprecio, y cuando se volvió con tristeza fue recompensado con el azote sonoro de uno de sus volantes. Como novillo caballeroso no se dignó a vengar el insulto volcando a Lucille Ashtonbury, y fue bueno para él que no lo hizo, pues el viejo Abner se paró cerca con una horca y una trinidad de perros.
Disgustado con la egoísta falta de corazón de la sociedad, Joab arrastró los pies y fue pasando por el poste-rascador sin notarlo. (Su nombre era Arabella Cliftonbury Howard.) Súbitamente, ésta pateó a una multitud de puercos que estaban a sus pies, y llamó al novillo rodante del extraño exterior:
-¡Venga aquí!
Joab se detuvo, la miró con sus ojos de buey y, marchando con gravedad, comenzó una vigorosa rascada contra ésta.
-Arabella -dijo él-, ¿usted piensa que podría amar a un novillo de cuero lanudo con pelo negro? ¿Podría amarlo sólo por sí mismo?
Arabella había observado que lo negro salía frotando, y el pelo se asentaba alisado cuando lo acariciaba de forma correcta.
-Sí, yo pienso eso, ¿podría usted?
Eso era un problema: Joab había esperado que ella hablara de negocios. Él no replicó. Era sólo su forma traviesa; ella pensó, naturalmente, que la mejor forma de ganar el amor de cualquier cuerpo, era ser una tonta. Ella vio su equívoco. Se había asociado con cerdos toda su vida, ¡y este tipo era un novillo! Los equívocos debían ser rectificados muy velozmente en estos asuntos.
-Señor, yo tengo por usted una sensación peculiar, puedo decir una ternura. ¡A partir de aquí usted, y sólo usted, va a rascarse contra Arabella Cliftonbury Howard!
Joab estaba encantado, se quedó y se rascó todo el día. Él era amado sólo por sí mismo, y no le importaba nada más que eso. Entonces se fue a su hogar, hizo un toilet elaborado y retornó para asombrarla a ella. ¡Alas!, el viejo Abner había estado por ahí y, viendo cómo Joab la había usado de modo suave e inútil, la había cortado para leña de fuego. Joab echó un vistazo, entonces caminó solemne hacia un claro y, obteniendo a horcajadas con comodidad un montón de troncos ardientes, ¡hizo una barbacoa consigo mismo!
Después de todo Lucille Ashtonbury Clifford, el molino de viento de cabeza mareada, parecía haber obtenido lo mejor de todo esto. Yo he observado que la cabeza mareada, comúnmente, obtiene lo mejor de todo en este mundo, lo que la cabeza de madera y la cabeza de novillo consideran un ultraje. Yo no estoy preparado para decir si lo es o no.

Título original: Love’s Labour Lost, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Jan Mapes, Corriente Cow, XXI.

viernes, 21 de septiembre de 2012

La muchacha del sr. Grile


En una lectura sobre las muchachas, Cady Stanton contrastó el espíritu boyante de los varones jóvenes, con el desaliento enfermizo de las mujeres inmaduras. Eso, decía ella, es porque las últimas son agudamente sensibles al hecho, de que no tienen un objetivo en la vida. ¡Eso es una triste, triste verdad! No hace más que el año pasado la muchacha más joven del escritor, Gloriana, una rubia de piel lechosa cerca de los catorce, vino pensativa a su padre con grandes lágrimas en sus ojos pequeños, y un olvidado bocado de pan con mantequilla yaciendo sin masticar en su boca.
-Papá -murmuró la pobre cosa-, me estoy poniendo un poco horrible, y mi ropa no parece quedarme bien por detrás. Mis días están llenos de anhelos no gratificados, y mis noches no se ponen nada mejor. Papá, yo pienso que la sociedad necesita volverse de adentro para afuera, y raspar. ¡Yo no he tenido nada a qué aspirar, ningún objetivo, ni nada!
La criatura desolada se derramó con soltura en una silla con asiento de mimbre, y su pesar se rompió “como un gran dique roto.”
El escritor la elevó a su rodilla con ternura y la mordió en el cuello con suavidad.
-Gloriana -dijo él-, ¿tú has masticado toda esa melcocha en dos días?
Un sollozo ahogado fue su franca confesión.
-Ahora, mira aquí, Glo -continuó el progenitor bastante severo-, no me dejes oír nunca más sobre las “aspiraciones”, que siempre están adulteradas por una terra alba sin objetivos, que te va a dar cólicos como cualquier cosa. ¡Tú justo toma estas dos piezas de chelines, e invierte cada penique de éstos en pirulíes!
Ustedes tenían que haber visto la sonrisa justa, brillante arrastrarse desde una de esas orejas inocentes a la otra, tenían que haber observado ese rostro esparcirse por todos lados con hoyuelos, debían haber contemplado las lágrimas de júbilo saltar rutilando de sus ojos, y derramarse por toda la camisa limpia de su padre, ¡que él no había tenido puesta más de quince minutos! Cady Stanton era incapaz de traer mal a la familia Grile tanto tiempo, como el precio de los dulces permaneciera inmutable.

Título original: Mr. Grile’s Girl, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: John Singer Sargent, Portrait of girl in sailor outfit, XIX.

Johnny


Johnny es un pequeño de cuatro años de edad, de maneras brillantes, agradables y notable por su inteligencia. La otra noche su madre lo tomó en su regazo y, después de acariciar su cabeza rizada un rato, le preguntó si sabía quién lo hizo. Me apena declarar que en lugar de responder “Papá”, como podía haber sido esperado, Johnny comenzó a atiborrar todo su rostro de pan de jengibre y, finalmente, tuvo un ataque de tos que amenazó con la disolución de su armazón. Habiendo descargado su garganta y aporreado en su espalda, su madre propuso el siguiente, suplementario acertijo:
-Johnny, ¿tú no te das cuenta de que a tu edad, de cada chico pequeño se espera que diga algo brillante en réplica a mi pregunta anterior? ¿Cómo tú puedes deshonrar así a tus padres, como para descuidar esta oportunidad dorada? Piensa otra vez.
El pequeño pilluelo lanzó los ojos al suelo y meditó largo tiempo. Súbitamente, levantó el rostro y empezó a mover los labios. No es sabido qué podría haber dicho, pero en ese momento su madre notó la necesidad apremiante de torcer y limpiar su nariz, lo que realizó con tal dolorosa y consciente unicidad de propósito, que Johnny lanzó un grito de guerra como el de un gato macho en una noche floreciente.
Puede ser objetado que este pequeño cuento no es ni instructivo, ni divertido. Yo nunca he visto alguna historia de un niño brillante que lo sea.

Título original: Johnny, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Karl Witkowski, Boy with an apple, XIX.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La raíz de la educación


Un pedagogo de Indiana, quien fue “citado” por zurrar sin misericordia el trasero de una niña pequeña, justificó su acción explicando que “ella persistía en tirarle bolitas de papel cuando su espalda estaba vuelta.” Eso no era una excusa. El sr. Grile una vez enseñó en una escuela en las montañas, y casi cada media hora tenía que quitarse el abrigo, y raspar las pelotitas de papel seco adheridas a la lanita. Él nunca permitió que una nimiedad como esa alterara su paciencia, justo se mantuvo usando esa gabardina hasta que no tuvo lanita, y las pelotitas no se le pegaban. Pero cuando ellos agarraron por mojarlas en mucílago, presentó una queja a la Tabla de directores.
-Joven -dijo el presidente-, si a usted no le gustan nuestras maneras, mejor tire sus papeles y lárguese. Prentice Mulford mantuvo el año escolar por más de seis meses, y nunca dijo una palabra contra las pelotitas.
El sr. Grile explicó brevemente que el sr. Mulford podía haber sido traído por las pelotitas de papel, y a ellos no les importó.
-Eso no tiene uso -dijo otro director-, los niños tienen que ser divertidos.
El sr. Grile protestó que había otras diversiones más animadas, pero el tercer director se levantó ahí y comentó:
-Yo estoy perfectamente de acuerdo con el presidente, este joven mejor que viaje. Yo considero que las pelotitas de papel yacen en la raíz de la educación popular, son un necesario adjunto del sistema escolar. Sr. presidente, yo mociono y segundo que este año el maestro de escuela sea echado.
El sr. Grile no permaneció para observar el resultado de la votación.

Título original: The Root of Education, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Albert Anker, The Creche, 1890.