martes, 26 de junio de 2012

La laguna de Jim Beckwourth


No mucho después de eso (dijo el viejo Jim Beckwourth, empezando una nueva historia), había una partida de alrededor una docena de nosotros, abajo en la comarca de Powder River, después de Buffalo. ¡Era el peor lugar! Sólo piensen en el sitio más árido y estéril que jamás vieron, o jamás van a ver. Ahora tomen ese sitio y dóblenlo: eso es donde estábamos. Un día, alrededor del mediodía, paramos cerca de un pequeño arroyo enfermizo, que estaba justo lo suficiente húmedo, para haber engañado a algunos endebles racimos de alambre de bonnet, al asentarse como hierba a lo largo de sus orillas. Después de piquetear a los caballos y las mulas de carga, tomamos un almuerzo y entonces, mientras los otros fumaban y jugaban a las cartas por medio dólar, yo tomé mi rifle y caminé hacia las colinas, para ver si podía encontrar un conejo ciego o un antílope cojo, que hubieran sido incapaces de dejar la comarca. Mientras iba oía, con intervalos de alrededor un cuarto de hora, un extraño sonido palpitante, como de un trueno apagado, que se hacía más distinto mientras avanzaba. De repente llegué a un lago de cerca una milla de diámetro, y casi circular. Estaba tan calmado incluso como un espejo, pero yo podía ver por una ligera neblina vaporosa encima de éste, que el agua estaba cerca de un calor hirviente, una circunstancia no muy incomún en esa región. Mientras miraba, unas burbujas grandes empezaron a subir a la superficie, a perseguirse unas a otras alrededor y a estallar; y súbitamente, sin algún otro movimiento preliminar, ocurrió el suceso más espantoso y admirable del que (con una única excepción) ¡ha sido jamás mi suerte ser testigo! Yo me paré clavado en el sitio con horror, y cuando todo hubo acabado, y de nuevo el lago yació sonriendo con placidez delante de mí, di gracias al Cielo de modo silencioso, por que había estado parado a cierta distancia de la charca engañosa. En un cuarto de hora la escena temible se repitió, precedida como antes por la subida y el estallido de las burbujas, y produjo en mí un sumo terror, pero después de verla tres o cuatro veces me sentí calmado. Entonces fui de vuelta al campamento, y le dije a los muchachos que había una laguna lo tolerable interesante cerca, si les importaban tales cosas.
Al principio no les importó, pero cuando yo me hube lanzado con unas pocas mentiras, sobre los brillantes tonos del agua y el gran número de cisnes, ellos pusieron abajo sus cartas, dejaron a Dave el Cojo para mirar por los caballos, y me siguieron de vuelta para ver. Justo antes de que cruzamos la última cadena de colinas, oímos un sonido tronante adelante, que asombró un tanto a los muchachos, pero yo no dije nada, hasta que nos paramos en una loma baja que dominaba el lago. Allí yacía éste, tan pacífico como un indio muerto, de un color gris mate, y tan inocente de aves acuáticas como un bebé recién nacido.
-¡Ahí! -dije triunfante, apuntando a éste.
-Bueno -dijo Bill Buckster, apoyándose en su rifle y sondeándolo de forma crítica-, ¿cuál es el asunto con la laguna? Yo no veo nada en ese charco.
-¿Dónde están los cisnes? -preguntó Gus Jamison.
-¿Y el agua prismática? -agregó Jack el Rechoncho.
-¡Bueno, me gusta esto! -arrastró Pete la Francesa-. ¿A qué trueno te refieres, tú fraude oculto de montura colorada?
Yo estaba un poco molesto con todo eso, en particular, mientras el lago parecía haber enterrado el hacha por ese día, pero pensé que lo haría “con mi cara dura”.
-¡Ustedes sólo esperen! -repliqué de modo significativo.
-¡Oh, sí! -exclamó el Rechoncho de forma irrisoria-, por supuesto, muchachos, ustedes deben esperar. No hay uso en apremiar al ganado, ustedes no deben apurar al buco. ¡Sólo esperar hasta que algún leñador venga con un arcoiris derretido, y se ponga la pintura de guerra1!, ¡y que otro leñador traiga unos huevos de cisne, se siente sobre éstos y los empolle!, ¡y yo teniendo los dos bowers y el as!-, agregó lamentando, pensando en la certeza que había dejado, para seguir una esperanza ilusoria.
Entonces les apunté a un amplio margen de arcilla mojada y vaporosa, que rodeaba el agua por todos los costados, y les pregunté si eso no era digno de venir a ver.
-¡Eso! -exclamó Gus-. ¡Yo he visto la misma cosa mil millones de veces! Eso es una cosa regular en Idaho. La arcilla chupa el agua y la suda afuera.
Para verificar su teoría empezó a alejarse, abajo hacia la costa. Yo estaba preocupado por Gus, pero no me atreví a llamarlo de vuelta, por miedo a traicionar mi secreto de alguna manera. Además, sabía que él no iba a llegar, y no debía haber sido tan escéptico, de todos modos.
Justo entonces dos o tres burbujas grandes subieron a la superficie, y explotaron de forma silenciosa. Rápido como un relámpago, caí sobre mis rodillas y levanté mis brazos.
-Ahora que el cielo otorgue a mi oración -empecé con una solemnidad espantosa-, y mande al gran Ranunculus a perder la atadora cadena de la concupiscencia, arrojando una acuosidad multitudinaria sobre las cabezas de esta generación perversa y sentenciosa, ¡abrumando a estos mofadores diametrales en una Constantinopla superciliar!
Yo sabía que las largas palabras iban a impresionar sus almas simples, con la creencia de que realmente estaba orando, y tenía razón, pues cada hombre se quitó el sombrero y se paró mirándome fijamente, con una mirada mezclada de reverencia, incredulidad y asombro, pero no por largo tiempo. Pues antes de que yo pudiera decir amén, suyo de verdad o algo, el cuerpo de agua entero se disparó hacia arriba quinientos pies en el aire, tan alisado como una columna de cristal, enrizado sobre unas anchas cataratas verdosas, cayendo hacia afuera con fragor y trueno, como la explosión de mil cañones subterráneos, luego surgiendo y girando de vuelta al centro, ¡en una vaporosa, retorcida masa de espuma nívea!
Mientras me ponía de pie, para meter mi mano en el bolsillo por una mascada de tabaco, miré complacido alrededor hacia mis camaradas. Jack el Rechoncho estaba parado paralizado, su cabeza lanzada atrás en un ángulo alarmante, precisamente, como la había inclinado para ver la columna ascendente, y su cuello de algún modo fuera de juntura, mantenido ahí. Todos los demás estaban bajados sobre sus huesos medulares, blancos de terror, orando con extraordinaria fervencia, cada uno tratando lo mejor posible de dominar la jerga ridícula que me habían oído usar, pero empleándola con un descuido del sentido y la aptitud incluso mayor, de cómo yo lo hice. Lejos, sobre la siguiente cadena de colinas, hacia el campamento, había algo que parecía como una araña gigante, trepando la abrupta ladera de la colina arenosa, y resbalando abajo una pizca más rápido de lo que iba arriba. Era Dave el Cojo, quien había abandonado su encargo equino, para llegar a última hora y ver a los cisnes. Él había visto suficiente, y ahora estaba tratando, a su manera débil, de ir de vuelta al campamento.
En unos pocos minutos, yo había puesto la cabeza del Rechoncho de vuelta en su posición asignada por la naturaleza, había agolpado sus ojos en ésta, y estaba yendo alrededor con una sonrisa segura, ayudando a los piadosos a ponerse de pie. Ni una palabra fue dicha, yo tomé la delantera y fuimos a zancadas solemnes al campamento, recogiendo a Dave el Cojo al pie de su pendiente; jugamos un juego pequeño por el caballo de Gus Jamison y Calamidades, luego nos montamos en nuestros corceles, partiendo de allí. Tres o cuatro días después, yo me aventuré de forma cautelosa con una alusión encubierta a unos lagos peculiares, pero el click simultáneo de diez revólveres me convenció, de que no necesitaba molestarme en perseguir el sujeto.

1War-paint, pintura con que se embadurnan los indios para guerrear.

Título original: Jim Beckwourth's pond, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, con el seudónimo: "Dod Grile".
Imagen: Bill Anton, Emerald Oasis, XXI.

viernes, 18 de mayo de 2012

En la montaña


Dicen que el maderero ha mirado la comarca de Cheat Mountain y ha visto que ésta es buena, y yo he oído que algunos caballeros acaudalados han estado allí y hecho una reserva de caza. Debe haber madera y, supongo, deporte, pero uno podría desear que algunas cosas fueran ordenadas de otra manera. Mirando atrás a ésta, a través de la bruma de cerca medio siglo, veo esa región como un verdadero reino de encantamiento, las Alleghanies como las Montañas Deleitables. Yo noto de nuevo sus ondas vagas, azuladas, loma tras loma de modo interminable, más allá de los valles púrpura llenos de ensueño, “que parecen siempre en un atardecer”. A millas y millas de distancia, donde la elevación de la tierra se encuentra con el descenso del cielo, yo discierno una imperfección en el tinte, un tenue agrisado del azul por encima de la cordillera principal: el humo de un campamento enemigo.
Fue en el otoño de ese “más inmemorial año”, el 1861 de nuestro Señor y el primero de nuestra Edad heroica, que una pequeña brigada de tropas crudas -todas las tropas eran crudas en esos días- había sido empujada a través de la frontera de Ohio y, después de varias vicisitudes de la fortuna y el mal manejo, se encontró bastante para su propia sorpresa en el paso de Cheat Mountain, llevando un camino que corría desde Nowhere hacia el sudeste. Algunos habíamos servido durante el verano en los “regimientos de tres meses”, que respondieron a la primera llamada de tropas del Presidente. Éramos mirados por los otros con profundo respeto, como “viejos soldados”. (Nuestras edades, si igualadas, habrían dado, me figuro, cerca de veinte años por cada hombre.) Nos dábamos a sí mismos, a esa aristocracia del servicio, unos aires militares sin fin, algunos incluso íbamos al extremo, de mantener nuestras chaquetas abotonadas y nuestro cabello peinado. Habíamos estado en acción también, habíamos disparado a una pierna confederada en Philippi, “la primera batalla de la guerra”, y habíamos perdido tanto como una docena de hombres en Laurel Hill y Carrick's Ford, a donde el enemigo había huido tratando, el Cielo sabe por qué, de alejarse de nosotros. Ahora “traíamos la tarea” de someter la rebelión a un patriotismo, que nunca por un momento dudó, de que un rebelde era un demonio maldecido por Dios y los ángeles, uno para cuya extirpación por la fuerza y ​​las armas, cada joven se consideraba especialmente “criado”.
Era una comarca extraña. Nueve de diez de nosotros nunca habíamos visto una montaña, ni una colina tan alta como la aguja de una iglesia, hasta que hubimos cruzado el río Ohio. En el poder sobre las emociones nada, yo pienso, es comparable a una primera vista de las montañas. Para un miembro de una tribu de la llanura, nacido y criado en los llanos de Ohio o Indiana, una región montañosa era un milagro perpetuo. El espacio parecía haber tomado una nueva dimensión, las áreas tener no sólo longitud y amplitud, sino espesor.
La literatura moderna está llena de evidencias, de que nuestros bisabuelos miraron las montañas con aversión y horror. Los poetas de incluso el siglo diecisiete, nunca se cansan de maldecirlas en buenos, sentados términos. Si ellos hubieran tenido la desdicha de leer las líneas iniciales de Los placeres de la esperanza, seguramente habrían pensado que el Maestro Campbell se había puesto divertido, y debía ser encerrado para que no se hiciera una herida.
Los llaneros que invadieron la comarca de Cheat Mountain habían sido amamantados con otro credo, y para ellos la Virginia occidental -no había aún entonces ninguna Virginia oeste- era una tierra encantada. ¡Cómo gozamos de sus bellezas salvajes! ¡Con qué puro deleite inhalamos sus fragancias de abeto y pino! ¡Cómo miramos fijamente con algo de pavor sus boscajes de laurel!, el laurel real, como entendíamos el asunto, cuyo follaje había sido alguna vez juzgado excelente para las cabezas de los ilustres romanos y tales, acaso para reducir la hinchazón. Tallábamos de sus raíces anillos y pipas. Recogíamos resina de abeto y se la enviábamos a nuestras novias en las cartas. Ascendíamos cada colina dentro de nuestras líneas-piqueteadas, y la llamábamos “pico”. 
Y por cierto, durante esos días alciónicos (lo alciónico estaba allí también, trinando sobre cada riachuelo, como está por todo el mundo) libramos otra batalla. Ésta no ha entrado en la historia, pero tuvo una real existencia objetiva, aunque por una feliz imprevisión fue llamada por nosotros, quienes fuimos derrotados, un “reconocimiento de fuerza”. Sus breves y simples anales son baladíes, marchamos una larga ruta y nos situamos ante un fortificado campamento del enemigo, en el más alejado borde de un valle. Nuestro comandante tuvo la previsión de ver, que nos situáramos bien fuera del rango de las armas pequeñas del período. Una desventaja de este arreglo, era que el enemigo estaba fuera del alcance de nosotros así mismo, pues nuestros rifles no eran mejores que los suyos. Por infortunio -uno podría casi decir por injusticia-, éste tenía unas pocas piezas de artillería muy bien protegidas, y con esas nos maltrató para eminente satisfacción de su mente y corazón. Así que nos separamos de él con enojo, y retornamos a nuestro propio lugar, dejando a nuestros muertos, no muchos.
Entre ellos había un mozo que pertenecía a mi compañía, nombrado Abbott, no es raro que yo lo recuerde, pues hubo algo inusual en la manera del despegue de Abbott. Estaba yaciente tendido sobre su estómago, y fue muerto al ser golpeado en el costado por una bala de cañón casi agotada, que venía rodando entre nosotros. La bala permaneció en él hasta que fue removida. Era una sólida bala redonda, evidentemente, vaciada en alguna fundición privada, cuyo propietario, sentando las leyes de la frugalidad por encima de las de la balística, había puesto su “impresión” sobre ésta: ésta portaba, en letras levemente hundidas, el nombre “Abbott.” Eso es lo que me dijeron, yo no estaba presente.
Fue después de eso, cuando las noches habían adquirido la treta de morder, y el sol de la mañana parecía tiritar de frío, que nos movimos arriba a la cima de Cheat Mountain, para guardar el paso a través del que nadie quería ir. Allí asesinamos a la foresta y nos edificamos habitáculos gigantes (a horcajadas sobre el camino desde Nowhere hacia el sudeste), cómodos para albergar a un ejército, y con aspilleras adecuadas para el desconcierto del adversario. ¡Los troncos largos que era nuestro orgullo cortar y cargar! ¡El cuidado con que los poníamos uno encima del otro, tajeados a la línea y a prueba de balas! ¡Las puertas ciclópeas que colgamos, con pernos corredizos adecuados para ser “el mástil de algún gran almirante”! Y cuando teníamos “hecha la pila completa”, algún aguafiestas del ejército regular venía de esa forma, y charlaba unos momentos con nuestro comandante, y nosotros hacíamos un terraplén lejos afuera, a un lado del camino (dejando que el otro lado tomara cuidado de sí mismo), ¡y acampábamos afuera de éste en tiendas de campaña! Pero el tipo del ejército regular no tenía corazón para sugerir la demolición de nuestras torres de Babel, y los fundamentos permanecen hasta este día, para atestiguar el genio de la soldadesca voluntaria americana.
Nosotros fuimos los originales reservistas de caza de la región de Cheat Mountain, pues aunque cazábamos en estación y fuera de estación, en un área tan amplia como nos atrevíamos a cubrir, dábamos menos caza, probablemente, de la que hubiera dado un cierto, único cazador de visiones desleales, a quien ahuyentamos. Había osos en abundancia y ciervos en cantidad, y más de un día de invierno, con la nieve hasta las rodillas, el escritor de esto pasó rastreando un oso hasta su guarida, donde, estoy obligado a decir, yo comúnmente lo dejaba. Yo convengo con mi amigo lamentado, el finado Robert Weeks, el poeta:

La búsqueda puede ser, me parece a mí,
Perfecta sin posesión. 


No puede haber duda de que los deportistas acaudalados, quienes han hecho una reserva de la región de Cheat Mountain, van a encontrar plenitud de caza si ésta no ha muerto desde 1861. Nosotros la dejamos allí.
Aunque la cacería y la pereza no eran la totalidad del programa de vida allá arriba, en esa loma salvaje con su pelaje hirsuto de abetos y pinos, y en las bajas tierras ribereñas que ésta separaba. Teníamos un poco de guerra de vez en cuando. Hubo un ocasional “affair en los puestos de avanzada”, a veces una arriesgada exploración de la comarca del enemigo, ordenada, me temo, más para mantener la apariencia de hacer algo, que con la esperanza de obtener un resultado militar. Pero un día se rumoró, que iba a ser hecho un movimiento de fuerza a la posición del enemigo, a millas de distancia, en la cima de la loma principal de las Alleghanies, al campamento, cuyo tenue humo azulado habíamos vigilado por días fatigosos. El movimiento fue hecho, y era la moda en esos “aprendices días de guerra”, en dos columnas, que se iban a abalanzar sobre el adversario desde lados opuestos en el mismo momento. Llevados por caminos desconocidos por guías inconfiables, encontrando obstáculos no previstos -en millas apartados y sin comunicación, las dos columnas fracasaban de modo invariable en ejecutar el movimiento, con el secreto y la precisión requeridos. El enemigo, en disfrute de esa inestimable ventaja militar, conocida en el discurso civil como estar “rodeado”, siempre abatía a las columnas atacantes una a la vez o, tornando con las manos rojizas desde los despojos de la primera, espantaba a la otra lejos.
Todo un brillante día de invierno marchamos abajo desde nuestro nido de águila, toda una brillante noche de invierno escalamos la bastante boscosa loma opuesta. Cuán romántico era todo, los valles a la puesta del sol llenos de un ensueño visible, los claros bañados e inter-penetrados por la luz de la luna, el largo valle del Greenbrier extendido en la lejanía, hacia no sabíamos qué ciudades silenciosas, ¡el río mismo invisible bajo su “cuerpo astral” de niebla! Luego estaba el “picante del peligro.”
Una vez oímos unos disparos al frente, luego hubo una larga espera. A medida que anduvimos con dificultad, pasamos junto a algo, -algunas cosas- yacientes al lado del camino. Durante otra espera las examinamos, levantando con curiosidad las mantas de sus rostros amarillo-arcilla. ¡Cuán repulsivos lucían éstos con sus embarres de sangre, sus ojos en blanco mirando fijo, sus dientes descubiertos por la contracción de los labios! La escarcha ya había empezado a blanquear sus ropas desarregladas. Nosotros éramos tan patriotas como siempre, pero no deseábamos estar de esa forma. Por una hora después el mandato de silencio en las filas fue innecesario.
Repasando el sitio al día siguiente, con una fuerza abatida, desanimada y exhausta, débil por la fatiga y salvaje por la derrota, algunos tuvimos vida suficiente de la que nos quedaba, tal como era ésta, para observar que esos cuerpos habían alterado su posición. Estos parecían asimismo haberse arrancado algunas de sus ropas, que yacían cerca en desorden. Sus expresiones también tenían una vacuidad agregada, no tenían rostros.
Tan pronto como la cabeza de nuestra columna rezagada hubo alcanzado el sitio, empezó un fuego desganado. Uno podía haber pensado que los vivos rendían honores a los muertos. No, el fuego era una ejecución militar, el condenado una manada de cerdos al galope. Éstos se habían comido a nuestros caídos, pero -¡magnanimidad conmovedora!- nosotros no nos comimos a los suyos.
El tiroteo de varias clases era muy bueno en la comarca de Cheat Mountain, incluso en 1861.

Título original: On A Mountain, publicado por primera vez en Volume I of The Collected Works, 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Thomas Moran, Evening on the Upper Colorado River, Wyoming, 1882.

domingo, 5 de febrero de 2012

El único sobreviviente


Entre las artes y las ciencias, el arte de la única sobrevivencia es uno de los más interesantes, como (para el artista) es por lejos el más importante. No es por completo un arte acaso, pues el éxito en éste es bastante debido al accidente. Uno puede estudiar cómo único sobrevivir aunque, teniendo una aptitud natural imperfecta, puede fracasar en la proficiencia y ser cortado temprano. Por el contrario, uno poco habilidoso en sus métodos, e incluso no bien cimentado en sus principios fundamentales puede, tras tomarse la molestia de haber nacido con una constitución adecuada, alcanzar una considerable eminencia en el arte. Sin la indebida inmodestia, yo pienso que puedo en justicia reclamar alguna distinción en éste yo mismo, aunque no lo he adquirido de modo regular, como uno adquiere conocimiento y habilidad en la escritura, la pintura y tocando la flauta. Oh sí, yo soy un notable único sobreviviente, y algo de mi trabajo de esa manera atrae una gran atención, mayormente la mía propia.
Ustedes podrían naturalmente esperar, entonces, encontrar en mí a uno, quien ha experimentado todo tipo de desastres en el mar, y las diversas clases de calamidades incidentes en la vida en tierra firme. Podría parecer una justa inferencia de mi única sobrevivencia, que yo estoy familiarizado con los destrozos de ferrocarril, las inundaciones (aunque éstas son apenas un fenómeno de tierra firme), las pestilencias, los terremotos, las conflagraciones y otras formas, que a los reporteros les deleita llamar “un holocausto”. Eso no es verdad por entero: yo nunca he sido un náufrago, nunca ayudé como un “sufriente infortunado” en un fuego o una colisión ferroviaria, y sé de los estragos de las epidemias sólo de oídas. El temblor más destructivo en el que he tenido una experiencia personal, disminuyó la población de San Francisco por menos, probablemente, de diez mil personas, de quienes no más de una docena fueron muertos, las otras se mudaron del pueblo. Es verdad que yo una vez seguí el peligroso oficio del soldado, pero mi eminencia en la única sobrevivencia es de un crecimiento tardío, y no especialmente un producto de la espada.
Abriendo el portafolio de la memoria, yo saco pintura tras pintura, “pedazos de figuras”, grupos de formas y rostros, de donde sólo el mío permanece ahora, un tanto peor por el desgaste.
Aquí están tres hombres jóvenes tendidos a gusto en una loma herbosa. Uno, un muchacho apuesto de ojos oscuros, con la frente como la de un dios griego, levanta su cuerpo sobre el codo, mira directo hacia el horizonte, donde algunos árboles negros mantienen cautivos ciertos vestigios de la puesta del sol, como si le hubieran arrancado el plumaje a una bandada de flamencos, y dice: -Muchachos, yo quiero ser rico. Voy a ver cada país digno de ver. Voy a probar cada placer digno de tener. Cuando sea viejo, voy a volverme un ermitaño.
Dijo otro joven esbelto, de cabello rubio: -Yo voy a volverme un presidente y ejecutar un coup d'etat, haciendo de mí mismo un monarca absoluto. Voy entonces a emitir un decreto, requiriendo que todos los ermitaños sean llevados a muerte.
El tercero no dijo nada. ¿Fue refrenado por algún sentido presciente de la naturaleza perecedera del material, sobre el que se esperaba él inscribiera el registro de sus esperanzas? Cualquier cosa pueda haber sido, él sacudió su zapato con una vara de avellano y se guardó su propio parecer. Por veinte años ha sido el único sobreviviente del grupo.
***

La escena cambia. Seis hombres están montados a caballo en una colina: un general y su personal. Debajo, en la niebla grisácea de una mañana de invierno, un ejército, que ha dejado sus trincheras, se está moviendo sobre las del enemigo, arrastrándose en silencio en la posición. En una hora todo el ancho valle, por millas a la izquierda y a la derecha, será todo un rugido con golpeteo de mosquetes, que parecen silenciados a cada rato por los retumbos tronantes de los grandes cañones. Mientras tanto el sol naciente ha encendido una senda a través de la niebla, haciendo esplender una parte de la ciudad asediada.
-Mire eso, general -dice un aide-, es como un encantamiento.
-Vaya y encante al coronel Post -dijo el general, sin quitarse los anteojos de campo de los ojos-, y dígale que tire tan pronto como oiga los cañones de Smith.
Todos se rieron. Pero hoy en día yo me río solo. Yo soy el único sobreviviente.

***

Sería fácil llenar muchas páginas con instancias de única sobrevivencia, de mi propia experiencia. Yo podría mencionar grupos extintos compuestos en total (exceptuado yo mismo) del sexo opuesto, todas quienes, con la misma excepción, hace largo tiempo cesaron en su oposición, su guerra cumplida, sus lindas narices azules y frías bajo las margaritas. Fueron buenas muchachas también, mayormente, ¡el descanso del Cielo para ellas! Ahí estaban Maud y Lizzie y Nanette (ah, Nanette, en efecto, ella es la más muerta de toda la banda radiante) y Emeline y… pero realmente esto no es discreto, uno no debería sobrevivir y contarlo.
La llama de una fogata se levanta alto y directo hacia el cielo negro. Nosotros la alimentamos de modo constante con maleza de salvia. Un circular muro de oscuridad nos encierra, pero denle la espalda al fuego y caminen un poco lejos, y ustedes verán una línea serrada de cumbres de montañas cubiertas de nieve, un frío fantasmal en la luz lunar. Éstas están en todas direcciones, por todas partes borran las grandes estrellas doradas cerca del horizonte, dejando a las pequeñas verdosas del mediocielo temblando viciosamente, tan crudas como el acero. Con intervalos irregulares oímos el distante aullido de un lobo, ahora en este lado y de nuevo en ese. Detenemos nuestra plática para escuchar, echamos miradas rápidas hacia nuestras armas, nuestras monturas, nuestros caballos piqueteados: los lobos pueden ser de la variedad conocida como Sioux, y allí están sólo cuatro de nosotros.
-¿Qué haría usted, Jim -dijo Hazen-, si estuviéramos rodeados por indios?
Jim Beckwourth era nuestro guía, un hombre de la frontera de toda la vida, un hombre viejo “golpeado y tajeado con una antigüedad curtida”. Había sido en un tiempo el jefe de los Cuervos.
-Yo escupiría en ese fuego -dijo Jim Beckwourth.
El hombre viejo se ha ido, yo espero, a donde no hay un fuego para ser apagado. Y Hazen, y el muchacho con quien yo compartí mi manta esa noche de invierno en las llanuras, ambos se han ido. Uno podría suponer que yo sentiría algo de la exultación natural del único sobreviviente, pero como Byron encontró que

nuestros pensamientos toman el vuelo más salvaje.
Incluso en el momento cuando deberían formarse
en un orden pensativo,

así yo encuentro que éstos a veces se forman en un orden pensativo, incluso en el momento cuando debían ser más hilarantes.

***

De reminiscencias no hay fin. Yo tengo un vasto almacén de éstas apiladas, con las que distraer los años tediosos de mi anecdotario, cuando quiera le plazca al Cielo hacerme viejo. Algunos años que pasé en Londres como un periodista trabajador, son en particular ricos en éstas. ¡Ah!, “nosotros éramos una compañía galante” en esos días.
Me han dicho que los ingleses son unos pensadores pesados y unos platicadores torpes. Mi recuerdo es diferente, hablando de eso, debo decir que son listos sin fin con sus lenguas. Ciertamente, yo no he oído en otro lugar tal plática brillante, como entre los artistas y escritores de Londres. Por supuesto eran un lote escogido, algunos de ellos habían alcanzado alguna eminencia en el mundo del intelecto, otros lo han logrado desde entonces. Pero no todos eran ingleses por mucho. Londres atrae a los mejores cerebros de Irlanda y Escocia, y siempre hay un menudo contingente americano, mayormente corresponsales de los grandes periódicos de Nueva York.
El típico periodista de Londres es un caballero. Es usualmente un graduado de una u otra de las grandes universidades. Es bien pagado y mantiene su posición, cualquiera pueda ser, con una tenencia menos precaria que su congénere americano. Él más bien se mueve que “chapotea” en la literatura, y no poco comúnmente toma una mano en alguna de las muchas formas de arte. En total es un buen tipo, demasiado, con una mente escéptica, una lengua cínica y un corazón cálido. Yo encuentro a esos hombres agradables, hospitalarios, inteligentes, divertidos. Nosotros trabajábamos demasiado duro, cenábamos demasiado bien, frecuentábamos demasiados clubes, e íbamos a la cama demasiado tarde en la mañana. Éramos en demasía adictos a derramar la sangre de la uva. En resumen, de modo diligente, concienzudo y con una perversa satisfacción, encendíamos la vela de la vida por ambos extremos y en el medio.
Eso fue muchos años atrás. Hoy en día la lista de nombres de esos hombres, con una cruz frente al de cada uno que yo sé está muerto, parecería como un cementerio católico romano. Yo podría dar una cena a todos los sobrevivientes en la mesa en que escribo, y me gustaría hacer eso. Pero los muertos, debo decir, eran los mejores comensales.
Pero sobre la única sobrevivencia. Había un editor de Londres llamado John Camden Hotten. Entre los escritores americanos tenía una linda, oscura reputación de “pirata”. Éstos lo acusaban de re-publicar sus libros sin su asentimiento, lo que, en ausencia de un derecho de autor internacional, él tenía un legal, y me parece a mí (un “sufriente”) moral derecho a hacer. Por simpatía con sus confrères extranjeros, los escritores británicos asimismo lo tenían en una alta desestima.
Yo conocía a Hotten muy bien, y un día me paré junto a lo que pretendía ser su cuerpo, que después ayudé a enterrar en el cementerio de Highgate. Yo estoy seguro de que era su cuerpo, pues fui no comúnmente cuidadoso en el asunto de la identificación, por una muy buena razón que ustedes van a conocer.
Aparte de su “piratería”, Hotten tenía un amplio renombre como “un hombre duro con que lidiar”. Por varios meses antes de su muerte él me había debido cien libras esterlinas, y no podía posiblemente haber sido más reluctante a partir con algo, salvo una gran suma. Incluso hasta este día, al revisar los métodos inteligentes, que van desde la delicada finura hasta el franco descaro, con los que ese buen hombre me mantuvo fuera del mío propio, yo estoy postrado de admiración y consumido de envidia. Finalmente, por una oportunidad de suerte yo lo tuve en desventaja, y viendo mi poder él envió a su gerente -un tipo llamado Chatto, quien como miembro de la firma Chatto & Windus lo sucedió después en su negocio y métodos-, a negociar. Yo era el acreedor más implacable del Reino Unido, y después de dos horas mortales de mí, en mi humor más acidulado, Chatto sacó un cheque por la cantidad completa, listo firmado por Hotten en anticipación de la derrota. Antes de dármelo Chatto dijo: -Este cheque está fechado en el próximo sábado. Por supuesto, usted no lo va a presentar hasta entonces.
En eso yo consentí con júbilo.
-Y ahora -dijo Chatto, levantado para irse-, como todo es satisfactorio, yo espero que usted vaya a la casa de Hotten y tenga una plática amistosa. Ese es su deseo.
El sábado por la mañana fui. En prosecución, sin dudas, de su designio cuando antefechó el cheque, él había muerto de un pastel de puerco con prontitud, al golpe de las doce en punto la noche anterior, ¡lo que invalidó el cheque! Yo he conocido editores americanos, quienes pensaban que sabían algo sobre el negocio de beber champagne en los cráneos de los escritores. Si esta narración -que, por mi alma, es verdad en cada palabra- les enseña humildad, mostrando que la genuina sagacidad comercial no está limitada por las líneas geográficas, habrá cumplido su propósito.
Habiéndome asegurado a mí mismo que el sr. Hotten realmente no estaba más, conduje furioso al barrio del banco, esperando que las tristes nuevas no me hubieran precedido, y éstas no habían.
¡Alas!, en la ruta había una cierta cantina bastante frecuentada por autores, artistas, periodistas y “caballeros de ingenio y placer de por el pueblo”.
Sentados alrededor de la mesa de costumbre, había una media docena o más de espíritus selectos: George Augustus Sala, Henry Sampson, Tom Hood el joven, el capitán Mayne Reid y otros menos conocidos de la fama. Yo siento decir que mi sombría noticia afectó a esos pecadores de una manera, que era chocante. Su levedad era una cosa ante la que estremecerse. Como Sir Boyle Roche podría haber dicho, ésta rechinó de forma áspera en un oído que tenía un cheque dudoso en su bolsillo. Habiendo emitido sus mentes hilarantes una palabra por boca, todos ellos sabían cómo, esos duros e impenitentes ofensores se pusieron a escribir los “epitafios apropiados”. ¡Gracias al Cielo, todos menos uno de esos ha escapado a mi memoria, uno que escribí yo mismo. Al cierre de los ritos varias horas más tarde, reasumí mi movimiento contra el banco. Demasiado tarde, la vieja, vieja historia de la liebre y la tortuga fue contada de nuevo. La “pesada noticia” me había superado y pasado mientras yo vagaba por el borde de la senda.
Todos asistieron al funeral, Sala, Sampson, Hood, Reid y los otros no distinguidos, incluido el presente único sobreviviente del grupo. Mientras cada uno echaba su puñado de tierra sobre el ataúd, yo estoy muy seguro de que, como Lord Brougham en una ocasión un tanto similar, nosotros todos sentimos más de lo que nos cuidamos de expresar. A la muerte de un antagonista político, a quien no había tratado con mucha consideración, a su señoría se le preguntó más bien con rudeza: "¿No tiene usted remordimientos, ahora que él se ha ido?"
Después de un momento de silencio pensativo, él replicó con gravedad: -Sí, yo estoy a favor de su retorno.

***

Una noche en el verano de 1880, yo conducía una carreta ligera por la parte más salvaje de Black Hills, en Dakota del sur. Había dejado Deadwood y estaba bien en mi senda a Rockerville, con treinta mil dólares en mi persona que pertenecían a una compañía minera, de la que era el gerente general. Naturalmente, yo había tomado la precaución de telegrafiar a mi secretario en Rockerville, que me recibiera en Rapid City, entonces un pueblo pequeño en otra ruta; el telegrama tenía la intención de despistar a los “caballeros del camino”, quienes sabía estaban vigilando mis movimientos, y quienes podrían posiblemente tener un confederado en la oficina de telégrafo. A mi lado en el asiento de la carreta estaba sentado Boone May.
Permítanme explicar la situación. Varios meses antes había sido una costumbre enviar un “carruaje de tesoro”, dos veces por semana desde Deadwood hasta Sidney, en Nebraska. Asimismo, había sido una costumbre que ese carruaje fuera capturado y saqueado por “los agentes de camino”. Tan intolerable se había vuelto esa práctica -incluso los carruajes blindados con aspilleras para rifles probaron ser un dispositivo vano-, que los dueños mineros habían adoptado el plan más práctico, de importar de California una media docena de los “mensajeros de escopeta” más famosos de Wells, Fargo & Co., unos tipos sin miedo y confiables con un instinto de matar, una disposición de recursos que era una intuición, y un sentido de dirección que ponía un disparo donde éste haría el mayor bien, con más precisión que la más cuidadosa puntería. Sus hazañas de tiradores eran tan increíbles, que ver era apenas creer.
En unas pocas semanas, estos muchachos habían puesto a los agentes de camino fuera del negocio y fuera de la vida, pues los atacaban dondequiera los hallaran. Una soleada mañana de domingo dos de ellos, paseando por una calle de Deadwood, reconocieron a cinco o seis de los bribones, corrieron de regreso a su hotel por los rifles, ¡retornaron y los mataron a todos!
Boone May era uno de esos vengadores. Cuando yo lo empleé como mensajero, estaba bajo imputación de asesinato. Él había rastreado a un “agente de camino”, a través de las Tierras Malas por cientos de millas, lo trajo de regreso a unas pocas millas de Deadwood, y lo piqueteó afuera por la noche. El hombre desesperado, amarrado como estaba, había intentado escapar, y May encontró expediente dispararle y enterrarlo. La tumba al borde del camino acaso aún apunta al curioso. May se entregó, fue acusado formalmente de asesinato, liberado en su propio reconocimiento, y yo tuve que darle licencia de ausencia para ir a la corte y ser absuelto. Algunos de los directores de Nueva York de mi compañía, habiendo sido lo suficiente buenos para expresar su desaprobación de mi acción, al emplear a “tal hombre”, yo no podía hacer menos que brindar algún reconocimiento a su disensión, y desde entonces él fue llevado en las listas de pago como “Boone May, asesino”. Ahora, permítanme regresar a mi historia.
Yo conocía el camino en justicia bien, pues lo había viajado previamente por la noche, montado a caballo, mis bolsillos abultados con monedas, y mi mano libre manteniendo un revólver amartillado la distancia entera de cincuenta millas. El hacer el viaje en carreta con un compañero era un lujo. Aunque la lluvia menuda era incómoda. May estaba sentado encorvado a mi lado, un poncho de goma sobre sus hombros, y un rifle winchester en su funda de cuero entre sus rodillas. Yo lo creía un poco fuera de guardia, pero no decía nada. El camino, apenas visible, era rocoso, la carreta traqueteaba y al costado corría una corriente rugiente. Súbitamente, oímos a través de todo el retintín de las herraduras de los caballos, directo detrás y simultáneo, las breves, agudas palabras de autoridad: -¡Arriba las manos!
Con un involuntario tirón de las riendas, yo traje a mi pareja a las ancas y me extendí por el revólver. Totalmente innecesario: con el movimiento más rápido que yo jamás había visto en algo, salvo un gato -casi antes de que las palabras salieran de la boca del jinete-, May se había lanzado hacia atrás, a través del respaldo del asiento, el rostro hacia arriba, ¡y la boca de su rifle estaba a una yarda del pecho del tipo! Qué más ocurrió entre nosotros tres allí en la tiniebla de la foresta, me figuro, nunca ha sido relatado con precisión.
Boone May hace largo tiempo murió de fiebre amarilla en Brasil, y yo soy el único sobreviviente.

***

Había una prima donna famosa, con quien fue mi buena fortuna cruzar el Atlántico hacia Nueva York. En verdad se me había encargado, por un amigo de ambos, el agradable deber de cuidar por su seguridad y comodidad. Madame era graciosa, lista, encantadora por completo, y antes de que el voyage tuviera dos días de edad, una media docena de los hombres a bordo, a quienes ella me había permitido que le presentara, estaban con los talones en la cabeza de amor por ella, como estaba yo mismo.
Nuestra competencia por su favor no nos hacía enemigos, por el contrario, fuimos atraídos juntos a algo así, como una alianza ofensiva y defensiva por un pesar común: la exitosa rivalidad de un singular italiano apuesto, quien se sentaba junto a ella en la mesa. Tan asiduo era éste en sus atenciones, que mi oficio como guía de la dama, filósofo y amigo era casi una sinecura, y en cuanto a los otros, éstos tenían apenas una oportunidad al día para probar su devoción: ese emprendedor hijo de Italia dominaba la situación entera. Por alguna previsión diabólica él se anticipaba a cada necesidad y deseo de Madame: colocaba su silla reclinable en los sitios más guardados de la cubierta, la asfixiaba con capas y capas de abrigos, y se conducía en general de la manera más desconsiderada. Peor aún, Madame aceptaba sus buenos oficios con una gracia sin vergüenza, “que decía tan llano como un susurro en el oído”, que había un perfecto entendimiento entre ellos. Lo que lo hacía más difícil de aguantar, era la defectuosa civilidad del tipo hacia el resto de nosotros, él parecía apenas enterado de nuestra existencia.
Nuestra indignación era no fuerte, pero profunda. Cada día en el salón de fumar tramábamos los planes más ingeniosos y monstruosos, para su perdición en este mundo y el siguiente; el menos cruel siendo un proyecto para atraerlo a la cubierta superior en una noche oscura, y enviarlo inconfeso a su cuenta por la senda de la baranda de sotavento; pero como ninguno de nosotros sabía suficiente italiano para decirle la necesaria falsedad, ese esquema de justicia no llegó a nada, como todos los otros. En el muelle de Nueva York nos despedimos de Madame más con pesar que con enojo, y de su caballero conquistador con corteses manifestaciones de un desprecio que no sentíamos.
Esa noche yo la llamé a su hotel, enfrente de Union Square. Pronto después de mi arribo hubo una audible conmoción al frente afuera: el populacho, encabezado por una banda de latón e incitado, sin dudas, por el puro amor al arte, había arribado para hacer honor a la gran cantante. Hubo música -una serenata-, seguida por gritos del nombre de la dama. Ella parecía un poco nerviosa, pero yo la llevé al balcón, donde hizo un muy lindo pequeño discurso, picado con su acento más encantador. Cuando el tumulto y el griterío habían muerto, entramos a su apartamento para reasumir nuestra conversación. ¿Le placería monsieur tomar un vaso, de vino? Me placería. Ella dejó la habitación por un momento, entonces vinieron el vino y los vasos en una bandeja, ¡llevada por ese italiano imposible! Él tenía una servilleta a través del brazo, era un sirviente.
Quitando a alguno de la banda y el populacho, yo soy sin dudas el único sobreviviente, pues Madame ha tenido por un número de años un compromiso permanente Arriba, y mi fe en la justicia divina no me permite pensar que al servil miserable, quien echó abajo a los poderosos de sus asientos entre los Hijos de la Esperanza, se le toleró vivir la otra mitad de sus días.

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Una cena de siete en una vieja taberna de Londres, una buena cena, la memoria de la cual no se ha borrado aún de las paredes del paladar. Una sopa, un plato de carnaza blanca sobre-limoneada y rojo-pimentada con exactitud, un enorme cuarto de carne asada, del que rebanamos a voluntad, flanqueado por varias botellas de Sherry seco añejo y un Oporto áspero, ¡tal Oporto! (¡Y se espera que nosotros seamos patriotas, en un país donde éste no se puede procurar! ¡Y se espera que el portugués ame un país que, teniéndolo, lo envía lejos!) Esa fue la cena, allí había queso Stilton, sería vergonzoso no mencionar el Stilton. Bueno, saludable y sabroso estaba éste, rico y con sabor a nuez. El Stilton que conseguimos aquí, envuelto en papel metálico, es una cosa monstruosamente pobre, apenas mejor que nuestra clase americana. Después de la cena hubo nueces, café y puros. No puedo decir mucho de los puros, éstos no son muy buenos en Inglaterra: demasiado tiempo en el mar, yo supongo.
En total, fue una cena memorable. Incluso sus rasgos no esenciales fueron satisfactorios. El camarero fue solemne de modo fascinante, el suelo nevoso arenoso, la compañía lo suficiente distinguida en literatura y arte, como para yo seguir su pista a través de los periódicos. Ellos están muertos, tan muertos como la reina Anna, ¡cada hijo de madre de ellos! Yo estoy en mi papel favorito de único sobreviviente. Se ha vuelto habitual para mí, más bien me gusta.
En la compañía había dos gastrónomos eminentes -llámenlos los sres. Guttle y Swig-, quienes se odiaban el uno al otro tan acremente, que nada salvo una buena cena podría traerlos bajo el mismo techo. (Ellos habían tenido una pelea, pienso, sobre el mérito de un cierto Amontillado que, dicho de paso, uno insistía- a despecho de Edgar Allan Poe, quien ciertamente sabía mucho de whiskey para saber mucho de vino-, era un Sherry.) Después que el mantel había sido removido, y el café, las nueces y los puros traídos, la compañía se paró y, en una tonada compuesta de forma extemporánea por Guttle, cantó la siguiente canción chocante y reprensible, que había sido escrita durante el proceso por el presente único sobreviviente. Ésta servirá tan adecuado para concluir este festín de sinrazón, como ésta lo hizo:

La canción

Jack Satán es el más grande de los dioses,
Y el Infierno es la mejor de las moradas.
Éste se alcanza a través del Valle de los terrones
Por setenta hermosos caminos.
¡Hurra por los Setenta caminos!
¡Hurra por los terrones que resuenan
Con un sonido hueco, tronante!
¡Hurra por la Mejor de las moradas!

Le serviremos tanto tiempo como tengamos aliento,
Jack Satán, el más grande de los dioses.
¡Para todos sus enemigos, la muerte!
Un hogar en el Valle de los terrones.
¡Hurra por el trueno de los terrones,
Que asfixia a las almas de sus enemigos!
¡Hurra por el espíritu que va
A morar con el más Grande de los dioses!

Título original: A Sole Survivor, publicado por primera vez en xxxx, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Unknown, Cowboy, XXI.

miércoles, 20 de julio de 2011

El capitán del Camel


El barco se llamaba Camel. De algún modo era un bajel extraordinario. Pesaba seiscientas toneladas, pero cuando había tomado suficiente lastre, para cuidarse de volcarse como un pato cazado, y estaba aprovisionado para un viaje de tres meses, fue necesario ser harto fastidioso en la elección de la carga y los pasajeros. Para ilustración, mientras estaba a punto de dejar el puerto, un bote vino por el costado con dos pasajeros, un hombre y su esposa. Éstos habían reservado el día anterior, pero se habían quedado en tierra para tener una comida más decente, antes de comendarse al “salado barato”, como el hombre llamaba a la vianda del barco. La mujer subió a bordo, y el hombre se estaba preparando para seguir, cuando el capitán se inclinó por el costado y lo vio.
-Bueno -dijo el capitán-, ¿qué usted quiere?
-¿Qué yo quiero? -dijo el hombre, echando mano de la escala-. Yo voy a embarcar en este barco aquí, eso es lo que quiero.
-No con toda esa gordura en usted -rugió el capitán-. Usted no pesa una onza menos de dieciocho piedras, y yo tengo que tener mi ancla aún. ¿Usted no me haría dejar el ancla, supongo?
El hombre dijo que no le importaba el ancla, él era justo como Dios lo había hecho (parecía como si su cocinero hubiera tenido algo que ver con eso) y, hundido o nadando, se proponía embarcar en ese barco. Una buena porción de disputa siguió, pero uno de los marineros, finalmente, le lanzó al hombre un salvavidas de corcho, y el capitán dijo que lo iba a aligerar y podría venir afuera.
Ese era el capitán Abersouth, en lo anterior del Mudlark, tan buen marino que siempre se sentaba en la borda a leer una novela de tres volúmenes. Nada podía igualar la pasión de ese hombre por la literatura. En cada viaje ponía tantos fardos de novelas, que no había estiba para la carga. Había novelas en la bodega, novelas en el entrepuente, novelas en el salón y en las camas de los pasajeros.
El Camel había sido diseñado y construido por su dueño, un arquitecto de la ciudad, y parecía tan mucho un barco, como el arca de Noé lo parecía. Éste tenía ventanas voladizas y una veranda, una cornisa y puertas en la línea de flotación. Esas puertas tenían aldabas y campanas de sirvientes. Había habido un fútil intento en un área. El salón de pasajeros estaba en la cubierta superior, y tenía un techo de teja. A esa estructura jorobada el barco debía su nombre. Su diseñador había erigido diversas iglesias -la de San Ignotus aún se utilizaba como cervecera en Hotbath Meadows- y, poseso de la idea eclesiástica, había dado al Camel un crucero, pero hallando que eso impedía su paso por el agua, lo había eliminado. Eso debilitó el medio del bajel. El mástil mayor era algo así como una aguja. Éste tenía un cataviento. Desde ese chapitel el ojo dominaba una de las vistas más bellas de Inglaterra.
Tal era el Camel cuando yo me le uní en 1864, para un viaje de descubrimiento al polo sur. La expedición estuvo bajo los “auspicios” de la Real sociedad para la promoción del juego limpio. En una reunión de esa excelente asociación, se había “resuelto” que la parcialidad de la ciencia con el polo norte, era una odiosa distinción entre dos objetos igualmente meritorios; que la naturaleza había marcado su desaprobación de eso, en el caso de sir John Franklin y muchos de sus imitadores, que eso les sirvió justo muy bien; que esa empresa debía ser asumida, como una protesta contra el espíritu de sesgo indebido; y, finalmente, que ninguna parte de la responsabilidad o expensa debía delegar en la sociedad en su carácter corporativo, pero que cualquier miembro individual podía contribuir al fondo si era lo suficiente tonto. Es sólo una justicia común decir que ninguno de ellos lo fue. Al Camel meramente se le partió el cable un día, mientras yo estaba a bordo por casualidad; se fue a la deriva fuera del puerto hacia el sur, seguido por las execraciones de todos quienes lo conocían, y no podía volver. En dos meses había cruzado el ecuador, y el calor empezó a hacerse insoportable.
Súbitamente, estábamos encalmados. Había habido una buena brisa hacia las tres de la tarde, y el barco había hecho tan mucho como dos nudos por hora cuando, sin una palabra de advertencia, las velas empezaron a hincharse de una manera equívoca, debido al ímpetu que el barco había adquirido; y luego, cuando éste expiró, colgaron tan mustias y exánimes como los faldones de una casaca. El Camel no sólo se quedó parado inmóvil, sino que se movió un poco atrás, hacia Inglaterra. El viejo Ben, el contramaestre, dijo que él sólo había conocido una calma más muerta, y que ésa fue, explicó, cuando Jack el predicador, un marinero reformado, se había excitado en un sermón en la capilla de un marino, y gritado que el arcángel Miguel tiraría al dragón al calabozo, y le daría una probada del final de la soga, ¡malditos sean sus ojos!
Nos quedamos en ese estado horrendo la mejor parte del año cuando, poniéndose impaciente, la tripulación me diputó para buscar al capitán y ver si no se podía hacer algo sobre eso. Lo encontré en una remota esquina con telaraña del entrepuente, con un libro en la mano. A un costado de él, las cuerdas recién cortadas, había tres fardos de Ouida, en el otro una montaña de la señorita M.E. Braddon se elevaba por encima de su cabeza. Había terminado Ouida y estaba abordando a la señorita Braddon. Estaba bastante cambiado.
-Capitán Abersouth -dije, andando de puntillas, para saltarme las laderas inferiores de la sta. Braddon-, ¿va a ser lo suficiente bueno para decirme, cuánto tiempo va a seguir esta cosa?
-No puedo decir que yo esté seguro -replicó sin apartar los ojos de la página-. Ellos, probablemente, la van a componer hacia la mitad del libro. Mientras tanto, el viejo Pondronummus va a enredar su aparejo, y a sacarle los papeles a Looney Haven, y el joven Monshure de Boojower va a venir por un millón. Entonces, si la orgullosa y justa Angelica no bolinea, y viene a su estela después de envenenar a ese abogado de mar, Thundermuzzle, yo no sé nada de las profundidades y bajíos del corazón humano.
Yo no podía tener una visión tan esperanzada de la situación, y fui a la cubierta sintiéndome muy desanimado. Tan pronto había sacado mi cabeza afuera, ¡observé que el barco se estaba moviendo a una alta tasa de velocidad!
Teníamos a bordo un ternero y un holandés. El ternero estaba encadenado por el cuello al mástil mayor, pero al holandés se le concedía una buena porción de libertad, siendo encerrado por la noche solamente. Había mala sangre entre los dos, una disputa de larga data, que tenía su origen en el apetito del holandés por la leche y el sentido de dignidad personal del ternero, la causa particular de la ofensa sería tedioso de relatar. Tomando ventaja sobre la siesta vespertina de su enemigo, el holandés ahora se las había arreglado para arrimarse a él, y había salido por el bauprés para pescar. Cuando el animal se despertó y vio a la otra criatura gozando de él mismo, se sentó a horcajadas sobre la cadena, apuntó con los cuernos, puso las patas traseras contra el mástil y se situó en curso hacia el ofensor. La cadena era fuerte, el mástil firme y el barco, como dice Byron, “andaba por el agua como una cosa en curso”.
Después de eso mantuvimos al holandés justo donde estaba, noche y día, el viejo Camel logrando una mejor velocidad, de la que jamás había logrado con el ventarrón más favorable. Sostuvimos hacia el sur.
Habíamos estado ya largo tiempo sin suficiente comida, en particular carne. No podíamos prescindir del ternero ni del holandés; y el carpintero del barco, esa tradicional primera ayuda al famélico, era una mera bolsa de huesos. Los peces no picaban ni eran picados. La mayoría del aparejo corrido del barco había sido utilizado en la sopa de macarrones; toda la obra de cuero, nuestros zapatos incluidos, había sido devorada en omelettes; con la estopa y el alquitrán habíamos hecho una ensalada justo soportable. Después de una breve carrera experimental como tripa, las velas habían partido de esta vida para siempre. Sólo quedaban dos cursos de los que escoger, podíamos comernos el uno al otro, como era la etiqueta del mar, o compartir las novelas del capitán Abersouth. ¡Una alternativa espantosa!, pero una elección. Y era raro, pienso yo, que a unos marineros hambrientos se les ofreciera una carga de barco, de los mejores autores populares ya asados por los críticos.
Nos comimos la ficción. Las obras que el capitán había arrojado a un costado duraron seis meses, pues la mayoría de éstas eran de autores mejor vendidos y estaban bien duras. Después que éstas se habían ido -por supuesto, algunas tuvieron que ser dadas al ternero y al holandés-, nos paramos junto al capitán tomando los otros libros de sus manos, mientras él los terminaba. A veces, cuando estábamos al parecer en nuestro último aliento, él se saltaba toda una página de moralización o un poco de descripción; y siempre, tan pronto como preveía con claridad el dénoûement -lo que hacía generalmente por la mitad del segundo volumen- la obra era entregada a nosotros sin una palabra de queja.
El efecto de esa dieta era no ingrato pero notable. Físicamente nos sostenía, mentalmente nos exaltaba, moralmente nos hacía sólo un poco peor de lo que éramos. Hablábamos como ningunos seres humanos jamás hablaron antes. Nuestro ingenio era pulido pero sin punto. Como en una escena de combate con espadón, cada corte tenía su esquive, así que en nuestra conversación cada comentario sugería la réplica, y eso necesitaba de cierta respuesta. Una vez interrumpida la secuencia, todo era nadería; cuando el hilo se rompía se veía que las cuentas eran céreas y huecas.
Nos hacíamos el amor el uno al otro, y complotábamos de modo misterioso en la más profunda oscuridad de la bodega. Cada serie de conspiradores tenía su propio escucha en la escotilla. Éstos, al inclinarse demasiado por encima, chocaban con las cabezas y peleaban. Ocasionalmente, había una confusión entre ellos: dos o más afirmaban su derecho a oír el mismo complot. Yo recuerdo que a un tiempo el cocinero, el carpintero, el segundo asistente de cirujano y un marino capaz contendieron con espeques por el honor de traicionar mi confianza. Una vez había tres asesinos con máscaras de la segunda vigilia, curvados al mismo instante sobre la forma durmiente de un mozo de cabina, a quien se había oído murmurar la semana anterior que tenía “¡oro, oro!”; la acumulación de ochenta -sí, ochenta- años de piratería en alta mar, mientras estaba de M.P. para el distrito de Zaccheus-cum-Down, y asistía a la iglesia de modo regular. Yo vi al capitán de la cofa de trinquete rodeado de pretendientes a su mano, mientras él mismo estaba tocando el borde de una caja de embalaje, y cantando una amorosa cantinela a una afeitada dama-amada en un espejo.
Nuestra dicción consistía, en casi partes iguales, de alusiones clásicas, citas de establo, sonrisas de espetera, jerga de clubes y el slang técnico de la heráldica. Nos jactábamos mucho de los ancestros, y admirábamos la blancura de nuestras manos, cada vez que la piel era visible a través de un fallo en la grasa y el alquitrán. Junto al amor, el reino vegetal, el asesinato, el incendio, el adulterio y el ritual, hablábamos más de arte. El mascarón de proa de madera del Camel, que representaba a un negro de Guinea detectando un mal olor, y la pintura monocroma de dos delfines de lomo partido en la popa, adquirieron una nueva importancia. El holandés había destruido la nariz de uno dándole patadas a éste, y el otro estaba casi obliterado por las lavazas de la cocina; pero cada uno tenía su peregrinar diario, y cada uno desarrollaba de forma constante ocultas bellezas de diseño y sutiles excelencias de ejecución. En general estábamos bastante alterados, y si el suministro de ficción contemporánea hubiera sido igual a la demanda, el Camel, me temo, no habría sido lo suficiente fuerte para contener a las fuerzas morales y estéticas, disparadas por la maceración de los cerebros de los autores en los jugos gástricos de los marineros.
Habiendo pasado ahora la literatura del barco de su mente a la nuestra, el capitán fue a cubierta por primera vez desde que dejara el puerto. Aún estábamos llevando el mismo curso y, haciendo su primera observación del sol, el capitán descubrió que estábamos a 83° de latitud sur. El calor era insufrible, el aire era como el aliento de un horno dentro de un horno. El mar humeaba como un caldero hirviente, y en el vapor nuestros cuerpos se sancochaban de modo tentador, nuestra última comida se estaba preparando. Combado por el sol, el barco mantenía ambos extremos alto fuera del agua; la cubierta del castillo de proa era un plano inclinado, en el que el ternero laboraba con desventaja, pero el bauprés estaba ahora vertical y la tenencia del holandés era precaria. Un termómetro colgaba contra el mástil mayor, y nosotros nos agrupamos alrededor de éste, mientras el capitán subía para examinar el registro.
-¡Ciento noventa grados fahrenheit! -murmuró con asombro evidente-. ¡Es imposible! Volviéndose en redondo agudamente, nos recorrió con los ojos e inquirió en un tono perentorio-, ¿quién ha estado al comando, mientras yo estaba recorriendo con los ojos este libro?
-Bueno, capitán -repliqué de forma tan respetuosa como sabía-, el cuarto día afuera yo tuve la infelicidad de ser arrastrado a una disputa sobre un juego de cartas, con sus oficiales primero y segundo. En ausencia de esos marinos excelentes, señor, yo pensé que era mi deber asumir el control del barco.
-¿Los mataste, eh?
-Señor, ellos cometieron un suicidio al cuestionar la eficacia de cuatro reyes y un as.
-Bueno tú, burdo, ¿qué tienes que decir en defensa de este clima extraordinario?
-Señor, no es culpa mía. Estamos lejos, muy lejos al sur, y ahora es mediados de julio. El clima es incómodo, lo admito, pero considerando la latitud y la estación, no está, yo protesto, fuera de estación.
-¡La latitud y la estación! -chilló, lívido de rabia-, ¡la latitud y la estación! ¿Por qué tú, traste aparejado, fondo plano, lugre de pradera no sabes algo mejor que eso? ¿No te dijo jamás tu pequeño hermano menor, que las latitudes sureñas son más frías que las norteñas, y que julio es mediados de invierno aquí? ¡Ve abajo tú, hijo de pinche, o te voy a romper los huesos!
-¡Oh, muy bien! -repliqué-, yo no me voy a quedar en la cubierta y escuchar un lenguaje tan bajo como ese, le advierto. Hágalo a su manera.
Apenas las palabras habían dejado mis labios, cuando un viento frío penetrante hizo que yo lanzara mis ojos al termómetro. En el nuevo régimen de ciencia el mercurio estaba descendiendo con rapidez, pero en un momento el instrumento fue oscurecido por una caída de nieve cegadora. Elevados témpanos se alzaban desde el agua a cada costado, colgando sus masas dentadas cientos de pies por encima del tope del mástil, y encerrándonos por completo. El barco se torcía y retorcía, sus cubiertas se abultaron hacia arriba, y cada madero crujió y se quebró como el disparo de una pistola. El Camel se congeló con rapidez. El tirón de su parada súbita rompió la cadena del ternero, y envió a ambos el animal y el holandés por encima de la proa, a cumplir su guerra en el hielo.
Abriendo mi camino a codazos para ir abajo, como había amenazado, vi a la tripulación tumbada en la cubierta a cada mano, como bolos. Estaban congelados tiesos. Pasando al capitán, le pregunté con escarnio cómo le gustaba el clima bajo el nuevo régimen. Él replicó con una mirada vacante. El frío le había penetrado hasta el cerebro, y afectado la mente. Murmuró:
-En este sitio delicioso, feliz en la estimación del mundo, y rodeado de todo lo que hace la existencia querida, ellos pasaron el resto de sus vidas. El fin.
Su mandíbula cayó. El capitán del Camel estaba muerto.

Título original: A Nautical Novelty, publicado por primera vez en Tom Hood's Comic Annual, 1875, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Geoff Hunt, HMS Bellona on blockade duty off Brest, XXI.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La ciencia al frente


En conexión con este sujeto de la “desaparición misteriosa” -de la que cada memoria almacena ejemplo abundante- es pertinente anotar la creencia del dr. Hem, de Leipzig; no a modo de explicación, a menos que el lector pueda elegir tomarlo así, sino por su interés intrínseco como especulación singular. Este distinguido científico ha expuesto sus puntos de vista en un libro titulado Verschwinden Theorie und Sena, que ha atraído cierta atención, “en particular -dice un escritor-, entre los seguidores de Hegel, y los matemáticos que abrazan la existencia real del así llamado espacio no-euclidiano, lo que es decir, del espacio que tiene más dimensiones que longitud, anchura y espesor; un espacio en el que sería posible hacer un nudo en una cuerda sin fin, y voltear una bola de goma de adentro afuera sin ‘una solución de su continuidad’, o en otras palabras, sin romperla o agrietarla”.
El dr. Hem cree que en el mundo visible hay lugares vacíos -vacuos, y algo más- agujeros, como si fuese, a través de los que los objetos animados e inanimados pueden caer en el mundo invisible, y no ser vistos ni oídos más. La teoría es algo como esto: el espacio está invadido por un éter luminoso, que es una cosa material, tanto una sustancia como el aire o el agua, aunque casi infinitamente más atenuado. Toda la fuerza, todas las formas de energía deben propagarse en éste; cada proceso debe tener lugar en éste, que tiene lugar del todo. Pero vamos a suponer que las cavidades existen en ese medio de otra manera universal, como las cavernas existen en la tierra o las células en un queso suizo. En tal cavidad no habría absolutamente nada. Habría tal vacío que no puede ser artificialmente producido, pues si bombeamos el aire de un recipiente queda el éter luminoso. A través de una de esas cavidades la luz no podría pasar, pues no habría nada que la porte. El sonido no podría venir de éste, nada se podría sentir en éste. No habría ni una sola de las condiciones necesarias para la acción de alguno de nuestros sentidos. En ese vacío, en resumen, nada que sea podría ocurrir. Ahora, en las palabras del escritor antes citado, el estudiado doctor por sí mismo, en ningún lugar, lo pone de modo tan conciso: “Un hombre encerrado en tal armario no podría ver ni ser visto, ni oír ni ser oído, ni sentir ni ser sentido, ni vivir ni morir, pues la vida y la muerte ambas son procesos, que pueden tener lugar sólo donde hay una fuerza, y en el espacio vacío la fuerza no podría existir." ¿Son estas las horribles condiciones (alguno va a preguntar) bajo las que, los amigos de los perdidos deben pensar que ellos existen, y están condenados a existir para siempre?
De forma desnuda e imperfecta como se declara aquí, la teoría del dr. Hem, tan lejos como ésta profesa ser una explicación adecuada de las “desapariciones misteriosas”, está abierta a muchas objeciones obvias, al menos como lo declara él mismo en la “espaciosa volubilidad” de su libro. Pero incluso como expuesto por su autor eso no explica, y en verdad es incompatible con algunos incidentes, las ocurrencias relatadas en este memorando: por ejemplo, el sonido de la voz de Charles Ashmore. No es mi deber dotar a los hechos y las teorías de afinidad.

Título original: Science to the Front, publicado por primera vez en Collected Works of Ambrose Bierce, The Neale Publishing Company, 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ubuntulife.wordpress.com, Space Art Wallpapers, XXI.

domingo, 18 de julio de 2010

Una colección de naufragios


Al dejar la casa, ella me dijo que yo era un ser viejo y cruel, y ni un poco agradable, y que esperaba nunca, nunca volviera. Así que me embarqué como piloto en el Mudlark, que zarpaba de Londres, a donde quiera el capitán pudiera pensar era expediente navegar. No se había pensado fuera aconsejable estorbar al capitán Abersouth con órdenes, pues cuando él no lo podía hacer a su manera, se había observado, se las arreglaba de alguna manera ingeniosa para hacer el viaje sin provecho. Los dueños del Mudlark se habían hecho más sabios en su generación, y ahora le permitían hacer en mucho como le placiera, llevando las cargas que le apetecían a los puertos donde estaban las mujeres más agradables. En el viaje del que escribo él no había tomado carga en absoluto, dijo que ésta sólo haría al Mudlark pesado y lento. Al oír a este marinero hablar, uno hubiera supuesto que no sabía mucho de comercio.
Teníamos unos pocos pasajeros, ni apenas tantos, como habíamos apostado en jofainas y camareros; pues antes de venir al barco, la mayoría de los que habían comprado boletos inquirían hacia dónde zarpaba éste, y cuando no eran informados, volvían a sus hoteles y enviaban a un bandido a bordo, para remover su equipaje. Pero allí se habían quedado los suficientes para ser más bien un problema. Cultivaban el andar tambaleante, peculiar de los marineros cuando estaban borrachos, y la cubierta superior les era apenas lo suficiente amplia, como para que fueran del castillo de proa a la bitácora, a poner sus relojes en hora según la brújula del barco. Siempre le estaban pidiendo al capitán Abersouth que soltara el ancla grande, sólo para oír su zambullida en el agua, amenazando en caso de negativa con escribir a los periódicos. Su diversión favorita era sentarse a sotavento de las amuradas, a relatar sus experiencias de los viajes anteriores, viajes que se distinguían en cada instancia por dos rasgos notables, la frecuencia de los huracanes sin precedente y la total inmunidad del narrador al mareo. Era muy interesante verlos sentados en hilera diciendo esas cosas, cada hombre con una jofaina entre las piernas.
Un día se levantó una gran tormenta. El mar andaba por encima del barco, como si nunca hubiera visto un barco antes, y tuviera la intención de disfrutarlo todo lo que pudiera. El Mudlark laboró mucho, mucho más en efecto que la tripulación; pues estos inocentes habían descubierto, en posesión de uno de ellos, un pantalón con fondillo de cuero, y no hacían nada más que sentarse a jugárselo a las cartas; a un mes de salir del puerto, cada marinero se lo había adueñado una docena de veces. Estaba tan gastado tras ser empujado por encima del ganador, que le quedaba poco menos que el fondillo, y el capitán finalmente pateó esa parte inmortal por la borda, no de modo malicioso, ni con espíritu poco amistoso, sino porque él tenía el hábito de patear los fondillos de los pantalones.
La tormenta aumentó en violencia, hasta que alcanzó a retorcer al Mudlark así, que éste tomó agua como un abstemio; entonces ésta pareció sentir un alivio directo. Esto se puede decir en justicia de una tormenta en el mar: cuando ésta ha quebrado sus mástiles, arrancado su timón, llevado sus botes y hecho un buen agujero en alguna parte inaccesible de su casco, se va a menudo en busca de un barco fresco, dejando que usted tome las medidas que crea adecuadas para su comodidad. En nuestro caso, el capitán pensó era adecuado sentarse en la batayola a leer una novela de tres volúmenes.
Viendo que había llegado a la mitad del camino en el segundo volumen, en cuyo punto los amantes estarían envueltos, naturalmente, en las dificultades más desesperadas y desgarradoras de corazones, pensé que estaría de un humor particularmente jovial, así que me aproximé y le informé que el barco se estaba hundiendo.
-Bueno -dijo, cerrando el libro, pero manteniendo el dedo índice entre las páginas para marcar el lugar-, éste nunca será bueno para nada después de una sacudida como ésta. Pero digo, yo sólo deseo que usted mande al contramaestre allá, a romper esa reunión de orantes. El Mudlark no es una capilla para marinos, supongo.
-Pero -le repliqué con impaciencia-, ¿no se puede hacer algo para aligerar el barco?
-Bueno -profirió con reflexión-, viendo que éste no ha dejado ningún mástil para cortar, ni ninguna carga para dejar, usted podría arrojar por la borda a algunos de los pasajeros más pesados, si cree que eso haría algún bien.
Fue una idea feliz, la intuición de un genio. Caminando con rapidez hacia el castillo de proa que, siendo el más alto fuera del agua, estaba repleto de pasajeros, empuñé a un viejo caballero robusto por la nuca, lo empujé hacia la batayola y lo tiré por la borda. Éste no tocó el agua: cayó en el ápice de un cono de tiburones, que saltaron del mar a su encuentro, sus narices reunidas en un punto, sus colas sólo limpiando la superficie. Yo creo era poco probable que el viejo caballero supiera qué disposición se había tomado con él. Seguido, lancé a una mujer por la borda y eché a un bebé gordo a los vientos salvajes. La primera se perdió de vista entre los tiburones, lo mismo en cuanto al viejo, el último fue dividido entre las gaviotas.
Yo estoy relatando estas cosas, exactamente, tal como ocurrieron. Sería muy fácil hacer una buena historia de todo este material, contar así cómo, mientras estaba ocupado en aligerar el barco, fui tocado por el espíritu de auto-sacrificio de una bella mujer joven que, para salvar la vida de su amante, empujó a su anciana madre adelante, a donde yo estaba operando, y me imploró que tomara a la vieja dama, pero dispensara, oh, dispensara a su querido Henry. Yo podría seguir para exponer cómo no sólo tomé a la vieja dama, como se me solicitó, sino también empuñé a su querido Henry de inmediato, y lo envié volando lo más lejos que pude a sotavento, habiendo quebrado primero su espalda contra la batayola, y arrancado un puñado doble de su cabello rizado. Yo podría proceder a declarar que, sintiéndome apaciguado, me robé luego un bote largo y, tomando a la bella doncella, arranqué del doliente-fatídico barco hacia la iglesia de San Massaker, en Fiji, donde fuimos unidos por un lazo que yo desaté con mis dientes después, al comérmela a ella. Pero, en verdad, nada de esto ocurrió, y yo no puedo permitirme ser el primer escritor en contar una mentira sólo para interesar al lector. Lo que ocurrió realmente es esto: mientras yo estaba parado en la cubierta del alcázar, arrojando a más pasajeros, uno tras otro, el capitán Abersouth, habiendo terminado su novela, caminó hacia la popa y, de forma tranquila, me arrojó por la borda a mí.
Las sensaciones de un hombre ahogándose se han relatado tan a menudo, que yo sólo voy a explicar con brevedad que mi memoria, de una vez, desplegó sus tesoros: todas las escenas de mi vida llena de sucesos se agolparon, aunque sin confusión o pelea, en mi mente. Yo vi que toda mi carrera se extendía ante mí, como un mapa del África central desde el descubrimiento del gorila. Allí estaba la cuna en la que había yacido, como un niño, estupefacto con los jarabes calmantes; el cochecito en el que, sentado y empujado por detrás, derribé al maestro de escuela, y en el que mi infantil espina dorsal recibió su curvatura; la doncella-niñera, que rendía sus labios de modo alternativo a mí y al jardinero; el antiguo hogar de mi juventud, con la hiedra y la hipoteca sobre éste; mi hermano mayor, quien por testamento sucedió en las deudas de la familia; mi hermana, que se escapó con el conde von Pretzel, el cochero de la familia más respetable de Nueva York; mi madre, parada con la actitud de una santa, apretando con ambas manos su libro de oraciones, contra los patentes rellenos de Madame Fahertini; mi venerable padre, sentado en su esquina de la chimenea, su cabeza plateada inclinada sobre su pecho, sus manos marchitas cruzadas de forma paciente en su regazo, esperando la muerte con resignación cristiana, y borracho como un lord; todo eso y mucho más pasó ante el ojo de mi mente, y no había ningún cargo por la entrada al espectáculo. Luego hubo un sonido vibrante en mis oídos, mis sentidos nadaron mejor de lo que yo podía, y mientras me hundía hacia abajo y abajo, a través de las profundidades insondables, la luz ámbar, que caía a través del agua sobre mi cabeza, menguó y se oscureció hasta la negrura. Súbitamente, mi pie chocó con algo firme, era el fondo. ¡Gracias al cielo, me había salvado!

Título original: A Shipwreckollection, publicado por primera vez como Cruise of the Mudlark en Fun, julio de 1874, y como Shellback en Argonaut, abril de 1878, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Tom Freeman, HMS Sussex, XX.

sábado, 17 de julio de 2010

Una conflagración imperfecta


Una temprana mañana de junio de 1872 yo asesiné a mi padre, un acto que me causó una profunda impresión por ese tiempo. Eso fue antes de mi matrimonio, mientras estaba viviendo con mis padres en Wisconsin. Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo con escalo que habíamos cometido esa noche. Éste consistía en su mayoría de bienes caseros, y la tarea de la división equitativa era difícil. La hicimos muy bien con las servilletas, las toallas y cosas así, y la platería fue partida con bastante, cercana igualdad, pero ustedes pueden ver por sí mismos que, cuando tratan de dividir una única caja de música entre dos, sin un remanente, tendrán un problema. Fue esa caja de música la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi pobre padre podría estar vivo ahora.
Era una pieza de la más exquisita y bella artesanía, incrustada con maderas costosas y tallada de modo muy curioso. No sólo tocaba una gran variedad de tonadas, sino también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cacareaba cada mañana a la luz del día, le dieran cuerda o no, y recitaba los diez mandamientos. Fue esa última consumación mencionada la que se ganó el corazón de mi padre, y le hizo cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque, posiblemente, habría cometido más si hubiera sido dispensado: él trató de ocultarme esa caja de música, y declaró por su honor que no se la había llevado, aunque yo sé muy bien que, en lo que a él concernía, el robo con escalo había sido emprendido, mayormente, con el propósito de obtenerla.
Mi padre tenía la caja de música escondida abajo de su capa, habíamos usado capas a modo de disfraz. Él me había asegurado con solemnidad que no se la había llevado. Yo sabía que se la había, y sabía algo de lo que él, evidentemente, era ignorante; es decir, que la caja cacarearía a la luz del día y lo traicionaría, si yo podía prolongar la división de los provechos hasta ese tiempo. Todo ocurrió como yo lo deseé: cuando la luz de gas empezaba a palidecer en la biblioteca, y la forma de las ventanas se veía vagamente detrás de las cortinas, un largo kikirikí salió de debajo de la capa del viejo caballero, seguido de algunos compases de un aria del Tannhauser, terminando con un fuerte chasquido. Una menuda hacha de mano, que habíamos utilizado para forzar la casa funesta, yacía entre nosotros sobre la mesa; yo la recogí. Viendo el viejo que un ulterior ocultamiento sería inútil, tomó la caja de abajo de su capa y la puso sobre la mesa. -Córtala en dos si tú prefieres ese plan –dijo-, yo traté de salvarla de la destrucción.
Era un apasionado amante de la música, y podía tocar la concertina con expresión y sentimiento.
Yo dije: -Yo no cuestiono la pureza de tu motivo: sería presuntuoso de mi parte poner en tela de juicio a mi padre. Pero el negocio es el negocio, y con esta hacha yo voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad, a menos que tú consientas en usar una bell-punch en todos los futuros robos con escalo.
-No -dijo-, después de cierta reflexión-, no, yo no podría hacer eso, eso parecería como una confesión de deshonestidad. La gente diría que tú desconfiaste de mí.
Yo no podía dejar de admirar su espíritu y sensibilidad; por un momento estuve orgulloso de él y dispuesto a pasar por alto su falta, pero un vistazo a la caja de música ricamente enjoyada me decidió y, como he dicho, removí al viejo de este valle de lágrimas. Habiendo hecho eso, estaba un poco inquieto. Él no sólo era mi padre, el autor de mi ser, sino que el cuerpo sería ciertamente descubierto. Ya era ahora la plena luz del día, y era probable que mi madre entrara a la biblioteca en cualquier momento. Bajo estas circunstancias, yo pensé que era expediente removerla a ella también, lo que hice. Entonces le pagué a todos los sirvientes y los despedí.
Esa tarde fui a ver al jefe de policía, le dije lo que había hecho y le pedí su consejo. Sería muy doloroso para mí, si los hechos llegaran a ser conocidos públicamente. Mi conducta sería condenada en general, los periódicos la traerían contra mí, si yo alguna vez debía postular un cargo. El jefe vio la fuerza de esas consideraciones, él mismo era un asesino de vasta experiencia. Después de consultar con el juez presidente de la Corte de jurisdicción variable, me aconsejó ocultar los cuerpos en uno de los armarios-libreros, obtener un seguro por la casa pesado y quemarla. Yo procedí a hacer eso.
En la biblioteca había un armario-librero, que mi padre recién había adquirido de cierto inventor venático, y que no se había llenado. Era por su forma y tamaño algo así, como esos “roperos” de moda antigua que uno veía en los dormitorios sin closets, pero abierto a todo lo largo hasta abajo, como un vestido de noche de mujer. Tenía puertas de cristal. Yo recién había acomodado a mis padres, y ellos estaban ahora lo suficiente rígidos como para pararse erguidos; así que los puse parados en ese armario-librero, del que había removido los estantes. Los encerré y tachoneé unas cortinas sobre las puertas de cristal. El inspector de la oficina de seguros pasó una media docena de veces por delante del armario sin sospecha.
Esa noche, después de obtener mi póliza, le prendí fuego a la casa y fui por el bosque hacia el pueblo, a dos millas de distancia, donde me las arreglé para ser encontrado por el tiempo, en que la excitación estaba en su apogeo. Con gritos de aprensión por el destino de mis padres, me uní al tropel y arribé al fuego unas dos horas después de haberlo prendido. Todo el pueblo estaba allí cuando me arrojé. La casa estaba consumida por entero, pero en un extremo del lecho llano de rescoldos brillantes, muy vertical y no lastimado, ¡estaba el armario-librero! Las cortinas se habían quemado, exponiendo las puertas de cristal, a través de las cuales una feroz luz rojiza iluminaba el interior. Allí estaba parado mi querido padre “en los hábitos con que vivió”, y de éste lado la compañera de sus alegrías y tristezas. Ni un cabello de ellos estaba chamuscado, sus ropas estaban intactas. En sus cabezas y gargantas las lastimaduras, que en la consumación de mis designios yo había sido compelido a infligir, eran conspicuas. Como ante la presencia de un milagro, la gente estaba en silencio, el pavor y el terror habían acallado todas las lenguas. Yo mismo estaba bastante afectado.
Unos tres años después, cuando los sucesos aquí relatados se habían casi borrado de mi memoria, yo fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos de Estados Unidos falsificados. Un día, mirando una tienda de muebles con descuido, vi la contraparte exacta de ese armario-librero. -Yo se lo compré por una bagatela a un inventor reformado -explicó el vendedor-. Él me dijo que era a prueba de fuego, estando los poros de la madera llenados con alumbre bajo presión hidráulica, y el cristal hecho de asbesto. Yo no supongo que sea, realmente, a prueba de fuego, usted se lo puede llevar por el precio de un armario-librero ordinario.
-No -le dije-, si usted no me puede garantizar que sea a prueba de fuego, yo no me lo voy a llevar -y le di los buenos días.
Yo no me lo hubiera llevado por ningún precio: me revivió unas memorias que eran excesivamente desagradables.

Título original: An Imperfect Conflagration, publicado por primera vez en Wasp, marzo de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, rockwellmuseum.org., XX.