martes, 7 de agosto de 2012

La reputación de burbuja


Cómo la de otro hombre fue buscada y pinchada

Era una noche de tormenta en el otoño de 1930. La hora era cerca de las once. San Francisco yacía en la oscuridad, pues los labriegos de los trabajos del gas habían hecho una huelga y destruido la propiedad de la compañía, porque un periódico del que un primo del gerente era suscriptor, había censurado el curso de un comerciante de patata emparentado por matrimonio con un miembro de los Caballeros del ocio. Las luces eléctricas en ese periodo no habían sido reinventadas. El cielo estaba lleno de grandes masas de nubes negras que, conducidas con rapidez a través de los campos de estrellas por vientos no sentidos en la tierra, y que alteraban de modo momentáneo sus formas fantásticas, parecían tener un instinto de vida y actividad suyos propios, y dotadas de los espantosos poderes del mal, para el ejercicio del cual podían colocar en cualquier momento su voluntad maligna.
Un observador parado, en ese momento, en la esquina de la avenida Paradise y el paseo Great White Throne, en el cementerio de Sorrel Hill, hubiera visto una figura humana moviéndose entre las tumbas, hacia la residencia del superintendente. Vaga e inciertamente visible en los intervalos de tiniebla disuelta, esa figura tenía el aspecto más extraño e inquietante. Una larga capa negra la envolvía del cuello a los talones. Sobre su cabeza había un sombrero gacho, tirado abajo sobre la frente y casi ocultando el rostro, que estaba bastante escondido por una media-máscara, sólo la barba siendo visible de modo ocasional, mientras la cabeza estaba alzada en parte, por encima del cuello de la capa. El hombre usaba en sus pies unas botas de montar, que sus piernas anchas, con forma de embudo, habían asentado abajo en más de un pliegue y arrugado alrededor de los tobillos, como podía ser visto, cuando quiera un accidente separaba el fondo de la capa. Sus brazos estaban ocultados, pero a veces extendía afuera el derecho para afianzarse junto a una lápida, mientras se deslizaba sigiloso aunque ciegamente por el terreno desigual. En tales momentos un cercano escrutinio de su mano, hubiera descubierto en la palma el mango de un puñal, cuya hoja yacía a lo largo de la muñeca, escondida en la manga. En resumen, el vestir del hombre, sus movimientos, la hora, todo lo proclamaba un reportero.
¿Pero qué hacía él allí?
En la mañana de ese día el editor del Daily Malefactor había tocado el botón de una campana numerada 216, y en respuesta a la convocatoria el sr. Longbo Spittleworth, el reportero, había sido disparado a la habitación afuera de un tubo inclinado.
-Yo entiendo -dijo el editor-, que usted es 216, ¿estoy en lo correcto?
-Ese -dijo el reportero cobrando su aliento y ajustando su ropa, ambos un tanto desordenados por la celeridad de su vuelo a través del tubo-, ese es mi número.
-Una información nos ha llegado -continuó el editor-, de que el superintendente del cementerio de Sorrel Hill, un Inhumio, cuyo mismo nombre sugiere inhumanidad, es culpable de un grosero ultraje, en la administración de la gran confianza depositada en sus manos por el pueblo soberano.
-El cementerio es una propiedad privada -sugirió tenuemente el 216.
-Se alega -continuó el gran hombre, desdeñando notar la interrupción-, que en violación de los derechos populares él se niega a permitir, que sus cuentas sean inspeccionadas por los representantes de la prensa.
-Bajo la ley, usted sabe, él es responsable ante los directores de la compañía del cementerio-, se aventuró a interponer el reportero.
-Dicen -prosiguió el editor, desatento-, que los internos son, en muchos casos, alojados malamente y vestidos de modo insuficiente, y que en consecuencia están usualmente fríos. Se afirma que nunca son alimentados, excepto para los gusanos. Se han hecho declaraciones, al efecto de que a los machos y las hembras se les permite ocupar los mismos cuartos, para el incalculable detrimento de la moralidad pública. Muchas villanías clandestinas se alegan de ese demonio con forma humana, y es deseable que sus métodos subterráneos sean desenterrados en el Malefactor. Si él resiste vamos a arrastrar su esqueleto familiar de la privacidad de su closet doméstico. Hay dinero en eso para el periódico, fama para usted, ¿es usted ambicioso, 216?
-Yo soy mordaz.
-Vaya entonces -clamó el editor, levantándose y ondeando su mano de modo imperioso-, vaya y "busque la reputación de burbuja”.
-La burbuja va a ser buscada -replicó el joven y, brincando hacia un agujero-de-hombre en el suelo, desapareció. Un momento más tarde el editor, quien después de despedir a su subordinado se había parado inmóvil, como perdido en el pensamiento, saltó de súbito al agujero-de-hombre y gritó hacia abajo: -¿Hola, 216?
-Sí, sí, señor -vino arriba una réplica tenue y lejana.
-Sobre esa "reputación de burbuja", usted entiende, yo supongo, que la reputación que usted va a buscar es la del otro hombre.
En la ejecución de su deber, con la esperanza de la aprobación de su empleador, con el traje de su profesión, el sr. Longbo Spittleworth, de otro modo conocido como 216, ya ha ocupado un lugar en el ojo de la mente del lector inteligente. ¡Alas por el pobre sr. Inhumio!
Unos pocos días después de estos sucesos, ese sin miedo, independiente y emprendedor guardián y guía del público, el Daily Malefactor de San Francisco, contenía un artículo a toda página, cuyos titulares se presentan aquí con alguna necesaria, tipográfica mitigación:
¡El infierno en la tierra! Corrupción rampante en la gerencia del cementerio de Sorrel Hill. La sagrada ciudad de los muertos en las garras leprosas de un demonio con forma humana. Atrocidades diabólicas cometidas en el acre de Dios. Los santos muertos lanzados alrededor sueltos. Fragmentos de madres. Segregación de una dama joven y bella que en vida fue la luz de un hogar feliz. Un superintendente que es un ex convicto. Cómo asesinó a su vecino para comenzar el cementerio. Entierra a su propio muerto en otro lugar. Extraordinaria insolencia a un representante de la prensa pública. Últimas palabras de la pequeña Eliza: "Mamá, aliméntame para los cerdos." Un destilador que maneja una ilícita fábrica de botón de hueso en una esquina de los terrenos. Enterrado con la cabeza hacia abajo. Repulsivas orgías mausoléicas. Bailando con los muertos. Mutilación diabólica, una pila de narices difuntas lloradas y orejas santas. No separación de los sexos. Peticiones para chaperones desatendidas. "Ternera" como suministro a los empleados del superintendente. Un registro mal-creado desde su nacimiento. Servilismo asqueroso de nuestros contemporáneos y fuertes indicios de colusión. Anomalías sin nombre. Doblado arriba como un cascanueces. No se plantó blanco. Horrible significativa reducción en el precio de la manteca. La cuestión de la hora: ¿A quién usted fríe en sus rosquillas?

Título original: The Bubble Reputation, publicado por primera vez en Wasp, 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Maria O'Brien, Portland Head Light, Stormy Night, XXI.

jueves, 2 de agosto de 2012

Una carga de gatos


El día 16 de junio de 1874 el barco Mary Jane zarpó de Malta, pesadamente cargado de gatos. Esa carga nos dio un buen montón de problemas. No estaba en fardos, pero había sido vertida suelta en la bodega. El capitán Doble, quien una vez había comandado un barco que cargaba carbones, dijo que había hallado ese plan era el mejor. Cuando la bodega estuvo llena de gatos, la escotilla fue listoneada abajo y nosotros nos sentimos bien. Por infortunio el piloto, pensando que los gatos estarían sedientos, introdujo una manguera por una de las escotillas y bombeó una considerable cantidad de agua, y los gatos de los niveles más bajos se ahogaron todos.
Ustedes han visto un gato muerto en un estanque: recuerdan su circunferencia en la cintura. El agua multiplica la magnitud de un gato muerto por diez. El primer día afuera se observó que el barco estaba muy tirante. Estaba tres pies más ancho de lo usual y tanto como diez pies más corto. La convexidad de su cubierta había aumentado visiblemente de proa a popa, pero se volteaba arriba en ambos extremos. La pala estaba bien limpia de agua, y respondía al timón sólo cuando corría directo contra una brisa fuerte: la pala, cuando se pervertía a un costado, se frotaba contra el viento y lo giraba en redondo, y entonces no obedecía más. Debido a la curvatura de la quilla los mástiles se ponían juntos en el tope, y un marinero que había ido arriba por el trinquete se quedó perplejo, vino abajo por la mesana, miró sobre la popa a las retiradas costas de Malta y gritó: “¡Tierra, ho!” Las ataduras del barco todas estaban cediendo, el agua a cada costado era azotada hasta la espuma, por la tempestad de pernos volantes que éste derramaba a cada pulsación de la carga. Se estaba demoliendo a sí mismo tranquilo sin la asistencia del viento o las olas, por la pura energía interna de la expansión felina.
Yo fui a hablar con el patrón sobre eso. Éste estaba en su posición favorita, sentado en la cubierta, apoyando su espalda contra la bitácora, haciendo una V con sus piernas, y fumando.
-Capitán Doble -dije, tocando de forma respetuosa mi sombrero, cual realmente no era digno de respeto-, este palacio flotante es afligido por la curvatura de su espina dorsal, y asimismo está bastante hinchado.
Sin levantar los ojos él reconoció cortésmente mi presencia, golpeando las cenizas de su pipa.
-Permítame, capitán -dije con simple dignidad-, repetir que este barco está muy hinchado.
-Si eso es verdad -dijo el marino galante, alcanzando su bolsa de tabaco-, pienso que sería bueno fregarlo por abajo con linimento. Hay una botella de éste en mi camarote. Mejor sugiéraselo al piloto.
-Pero, capitán, no hay tiempo para un tratamiento empírico, algunos de los tablones en la línea del agua han partido.
El patrón se levantó y miró sobre la popa, hacia la tierra, fijó sus ojos en la estela espumosa, contempló fijamente el agua a estribor y el puerto. Entonces dijo:
-Mi amigo, toda la maldita cosa ha partido.
Con tristeza y en silencio, me volteé de ese hombre obstinado y caminé hacia adelante. Súbitamente, “¡hubo un reventón de sonido tronante!” La escotilla que había aguantado abajo la carga, fue arrojada girando al espacio y navegó en el aire como una hoja soplada. Empujando arriba por la vía de la escotilla había una columna de gatos alisada, cuadrada. Ésta crecía de modo grandioso e impresionante, se levantaba lenta, serena y majestuosa hacia la bóveda, la quilla relajante separando las cabezas de los mástiles para darle una oportunidad justa. Yo he estado parado en Nápoles y visto el Vesubio pintando el pueblo de rojo, desde Catania he notado a lo lejos, en los flancos del Etna, la espantosa persecución de la lava al gallo asombrado y al cerdo desesperado. El fluido fogoso del cráter del Kilauea, pujando él mismo hacia las forestas y lamiendo la comarca entera hasta limpiarla, es tan familiar para mí como mi lengua madre. Yo he visto glaciares con mil años de edad y bastante pelados, partiendo para un valle lleno de turistas a razón de una pulgada al mes. Yo he visto la solución saturada de un campamento minero yendo abajo por un río de montaña, para hacer una llamada sociable a los granjeros del valle. Yo he estado parado detrás de un árbol en un campo de batalla, y visto una compacta milla cuadrada de hombres armados moviéndose con ímpetu irresistible hacia la retaguardia. Cuando quiera algo grandioso en magnitud o movimiento era facturado para aparecer, yo me las arreglaba comúnmente para abrirme camino hacia el espectáculo, y al reportarlo era un hombre de veracidad inescrupulosa; ¡pero raramente había observado algo como esa sólida, grisácea columna de gatos malteses!
No es necesario explicar, supongo, que cada individual gato grisáceo del equipo, con esa disposición de recursos que distingue a la especie, había aferrado con dientes y uñas a tantos otros como pudiera enganchar. Eso preservaba la formación. Ponía la columna tan tiesa, que cuando el barco rodaba (y el Mary Jane era un diablo para rodar) oscilaba de lado a lado como un mástil, y el piloto dijo que si crecía muy alto, tendría que haber ordenado que la cortaran del todo o nos volcaría.
Algunos de los marineros fueron a trabajar con las bombas, pero éstas no descargaron nada salvo pelaje. El capitán Doble levantó los ojos de sus pies y gritó: “¡Deja ir el ancla!”, pero estando asegurado de que nadie la estaba tocando, se disculpó y reasumió su ensueño. El capellán dijo que si no había objeciones le gustaría ofrecer una oración, y un jugador de Chicago, mostrando un mazo de cartas, propuso lanzar en ruedo por la primera jota. El plan del párroco fue adoptado, y mientras él profería el “amén” final los gatos arremetieron con un himno.
Todos los vivos estaban ahora encima de la cubierta, y cada hijo de madre de ellos cantaba. Cada uno tenía una linda voz justa, pero no oído. Casi todas sus notas en el registro más alto eran más o menos cascadas y desobedientes. La cosa notable sobre las voces era su rango. En esa multitud había gatos de diecisiete octavas, y el average no podría haber sido menor de doce.

Número de gatos, como por factura                     127, 000
Número estimado de muertos hinchados                  6, 000

Total de cantores                                                 121, 000
Average en número de octavas por gato                        12

Total de octavas                                              1, 452, 000

Fue un gran concierto. Duró tres días y noches o, contando cada noche como siete días, veinticuatro días en conjunto, y nosotros no podíamos ir abajo por provisiones. Al final de ese tiempo el cocinero vino sacudiendo algunos frijoles en un sombrero, y teniendo un gran cuchillo.
-Colegas del barco -dijo-, nosotros hemos hecho todo lo que los mortales pueden hacer. Vamos ahora a echar suertes.
Fuimos vendados en los ojos por turno y echamos suertes, pero justo mientras el cocinero estaba forzando el frijol negro fatal sobre el hombre más gordo, el concierto se cerró con una brusquedad que despertó al hombre en el mirador. Un momento después cada gato grisáceo relajaba su tenencia de sus vecinos, la columna perdió su cohesión y, con 121, 000 porrazos sordos, enfermizos que golpearon como uno, todo el negocio cayó en la cubierta. Entonces con un salvaje gemido de despedida la hueste felina saltó bufando al mar ¡y arremetió hacia el sur de la costa africana!
La extensión sureña de Italia, como todo escolar conoce, semeja en la forma una bota enorme. Nosotros habíamos derivado a la vista de ésta. Los gatos en la fábrica la habían espiado, y sus imaginaciones alertadas fueron afectadas al instante por un vívido sentido del tamaño, peso y probable ímpetu de su arrojado sacabotas.

Título original: A Cargo of Cat, publicado por primera vez en Wasp, 1885, con el seudónimo: "B". 
Imagen: Yasmina, Mercator, XX.

domingo, 29 de julio de 2012

¿Por qué no estoy editando El Aguijón?


J. Munniglut, propietario, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, lunes, 9 a.m.

Un hombre ha llamado para preguntar “quién escribió ese artículo sobre el sr. Muskler”. Yo le dije que lo averiguara, y él dice que es lo que piensa hacer. Él ha consentido para divertirse con los cambios, mientras yo le pregunto a usted. Yo no apruebo el artículo.

Peter Pitchin, editor, a J. Munniglut, propietario.
Calle Lofer 13, lunes, 10 a.m.


¿Usted por casualidad recuerda cómo Dacier traduce Difficile est proprie communia dicere? Yo he hecho una nota de eso en algún lugar, pero no la puedo encontrar. Si usted recuerda por favor deje un memorandum de eso en su mesa, y yo lo voy a tomar cuando venga abajo esta tarde.
P.S. Dígale al hombre que se vaya, nosotros no podemos ser molestados por ese tipo de Muskler.

J. Munniglut, propietario, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, lunes, 11:30 a.m.

Yo no puedo ser descortés con un extraño, usted sabe, debo decirle que alguien lo escribió. Él ha terminado los cambios, y está tamboreando en el suelo con la punta de su bastón, yo temo que a la gente en la tienda debajo no le va a gustar. Además, el capataz dice que disturba a los componedores en la habitación siguiente. Supongo que usted viene abajo.

Peter Pitchin, editor, a J. Munniglut, propietario.
Calle Lofer 13, lunes, 1 p.m.


Yo he encontrado la nota que hice de esa traducción, pero está en francés y no la puedo discernir. Pruebe al hombre con el diccionario y los Libros de fechas. Éstos deben demorarlo hasta que sea tiempo de cerrar la oficina. Yo voy a estar abajo temprano el día de mañana por la mañana.
P.S. ¿Cuán grande es él? Sugiera una demanda civil por libelo.

J. Munniglut, propietario, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, lunes, 3 p.m.

Él luce más grande de lo que era cuando vino. Yo le he ofrecido el diccionario, él dice que lo ha leído antes. Está sentado en mi mesa. ¡Venga de una vez!

Peter Pitchin, editor, a J. Munniglut, propietario.
Calle Lofer 13, lunes, 5 p.m.


Yo no pienso que vaya. Estoy haciendo un artículo para esta semana sobre El aspecto presente del horizonte político. Espéreme muy temprano el día de mañana. Usted mejor haya echado al hombre afuera y cerrado bien la oficina.

Henry Inxling, contador, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de El Aguijón, martes, 8 a.m.

El sr. Munniglut no ha llegado, pero su amigo, el caballero grande que estuvo con él todo el día ayer, está aquí otra vez. Él parece muy deseoso de verlo a usted, y dice que va a esperar. Tal vez es su primo. Yo pensaba que le diría que él estaba aquí, así que usted pudiera apurarse abajo.
¿Debo yo permitir perros en la oficina? El caballero tiene un bulldog.

Peter Pitchin, editor, a Henry Inxling, contador.
Calle Lofer 13, martes, 9.30 a.m.


Ciertamente no, los perros tienen pulgas. El hombre es un impostor. Oblígueme echándolo afuera. Yo voy a venir abajo esta tarde, temprano.
P.S. No escuche las súplicas del rascaille,¡afuera con él!

Henry Inxling, contador, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, martes, 12 m.

El caballero carga un revólver. ¿A usted le importaría venir abajo y razonar con él? Yo tengo una esposa y cinco hijos que dependen de mí, y cuando pierdo mi temple soy propenso a ir demasiado lejos. Yo preferiría que usted debiera echarlo afuera.

Peter Pitchin, editor, a Henry Inxling, contador.
Calle Lofer 13, martes, 2 p.m.


¿Usted supone que yo puedo dejar mi correspondencia privada, para preservarlo de la intrusión y las impertinencias de los mendigos? Ponga al canalla afuera de una vez, ¡con cuello y tacones! Yo lo conozco, él es Muskler, ¿no lo recuerda? Muskler, el cobarde que asaltó a un viejo, usted va a encontrar todas las circunstancias relatadas en la edición del último sábado. ¡Afuera con él, soplón poco hombre!

Henry Inxling, contador, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, martes en la noche.

Yo le he dicho que se vaya, y se rió. Así hizo el bulldog. Pero él se está yendo. Ahora está haciendo una cama para el cachorro, en una esquina de su habitación, con algunas alfombras y periódicos viejos, y parece estar a punto de irse a cenar. Yo le he dado su dirección. El capataz quiere alguna copia para seguir con. Le ruego que venga de una vez, si yo voy a ser dejado solo con ese perro.

Peter Pitchin, editor, a Henry Inxling, contador.
Callejón Duntioner 40, miércoles, 10 a.m.


Yo debería haber venido abajo a la oficina la noche última, pero usted ve me he estado moviendo. ¡Mi casera estaba demasiado mugrienta sucia para cualquier cosa! Yo me paré tanto tiempo como pude, luego me fui. Estoy viniendo directo, tomo su respuesta a esto, pero quiero saber, primero, si mi papel secante ha sido cambiado y mi tintero rellenado. Esta casa es una buena vía afuera, pero el muchacho puede tomar el carro en la esquina de las calles Cobble y Slush.
¡Oh!, ¿sobre ese hombre? Por supuesto usted no lo ha visto desde.

William Quoin, capataz, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, miércoles, 12 M.

Yo he tomado su nota para Inxling, él no ha venido abajo esta mañana. No tengo una línea de copia en los ganchos, los muchachos están todos lanzados en anuncios muertos. Hay un hombre y un perro en la oficina del propietario; yo no creo que ellos deban estar ahí, solos del todo, pero estuvieron aquí todo el lunes y ayer, y puede estar conectado con el negocio manejado del papel, así que no me gusta ordenarles que vayan afuera. Acaso usted venga abajo y les hable a ellos. Nosotros vamos a tener que irnos lejos, si usted no envía una copia.

Peter Pitchin, editor, a William Quoin, capataz.
Callejón Duntioner 40, miércoles, 3 p.m.


Su nota me asombra. El hombre que usted describe es un notorio ladrón. Tome a los componedores todos juntos, y haga una acometida contra él. No trate de retenerlo, sino empújelo afuera del pueblo, y yo voy a estar abajo tan pronto como pueda tener un botón cosido en mi cuello.
P.S. ¡Dele a él bien!, no mencione mi dirección, y él no puede quejarse a mí de cómo usted lo trata. ¡Rompa su corneta!

J. Munniglut, propietario, a Peter Pitchin, editor.
Oficina de
El Aguijón, viernes, 2 p.m.

El negocio me ha detenido en cuanto a la oficina hasta ahora, ¿y qué yo encuentro? Ni un alma por el lugar, ni una copia, ¡ni una pizca de materia viva en las galeras! No puede haber periódico esta semana. Qué ustedes todos han hecho consigo mismos, estoy seguro que no sé, uno podría suponer que ha habido viruela por el lugar. A usted le va a placer venir abajo y explicar esta Hégira de una vez, ¡de una vez si le place!
P.S. Ese problemático de Muskler -usted puede recordar que él cayó el lunes, para inquerir por algo u otro-, ha tomado una suerte de tienda exactamente opuesto a aquí, y parece, a esta distancia, estar haciendo algo para una escopeta. Yo presumo que él es armero. Así que nosotros preciosamente bien estamos librados de él.

Peter Pitchin, editor, a J. Munniglut, propietario.
Pier No. 3, viernes en la noche.


Justo una línea o dos para decir que me han llamado lejos de súbito, para enterrar a mi madre enferma. Cuando eso esté fuera de mi mente yo le voy a escribir qué sé sobre la Hégira, la huida a Egipto, la retirada de los Diez Mil y cualquier cosa más a usted le gustaría aprender. ¡No hay nada que pensar sobre mí! Yo no pienso que haya habido alguna deserción voluntaria. Usted puede contratar a un editor, digamos, por cincuenta años, con el privilegio de retenerlo regularmente, si, al final de ese tiempo, yo debiera romperme el cuello apurándome de vuelta.
P.S. Yo espero que el pobre tipo de Muskier va a sacar un provecho justo en la línea de la armería. ¡Sáltelo a él para un anuncio!

Título original: Why I am Not Editing The Stinger, publicado por primera vez como Why I am Not Editing the Cowville Saturday Stinger en Fun, 1874, con el seudónimo: "Dod Grile".
Imagen: Edgar Degas, Portrait in a New Orleans Cotton Office, XIX.

domingo, 8 de julio de 2012

Una vaca almohazada


Mi tía Patience, quien labraba una granja pequeña en el estado de Michigan, tenía una vaca favorita. Esa criatura no era una vaca buena, ni una provechosa, pues en lugar de dedicar una parte de su ociosidad a la secreción de leche y la producción de terneras, concentraba todas sus facultades en el estudio del cocear. Ella coceaba todo el día, y se levantaba en medio de la noche para cocear. Coceaba cualquier cosa: a las gallinas, los puercos, los postes, las piedras sueltas, a los pájaros en el aire y a los peces que saltaban fuera del agua; para esa bovina imparcial y de mente católica todo era igual, todo era similarmente no meritorio. Como el viejo Timotheus, quien “elevó un mortal a los cielos”, era la vaca de mi tía Patience, aunque, en palabras de un poeta más tardío que Dryden, ella lo hacía “más duro y más frecuente”. Era placentero verla abrirse un pasaje para sí misma, a través del corral populoso. Fulminaba a derecha e izquierda, primero con una pata trasera y entonces con la otra, y a veces, bajo condiciones favorables, tenía un considerable número de animales domésticos en el aire a la vez.
Sus coces, también, eran tan admirables en calidad como inagotables en cantidad. Eran sin comparación superiores a esas de las reces indoctas, que no habían hecho del arte un estudio vital, meras amateurs que coceaban “de oído”, como se dice en la música. Yo la vi una vez parada en el camino, quedado dormida profesamente y mascando su bolo de modo mecánico, con una suerte de lasitud de mañana de domingo, como uno masca el bolo de uno en un sueño. Hocicando alrededor a su lado, beatamente inconsciente del peligro inminente y envuelto en los pensamientos sobre su novia, había un cerdo negro gigantesco, un cerdo de alrededor el tamaño y la apariencia general de un rinoceronte añojo. Súbitamente, mientras yo miraba, sin un movimiento visible por parte de la vaca, sin nunca un temblor perceptible de su armazón, ni un lapso en la plácida regularidad de su rumiar, ese cerdo se había ido lejos de allí, había tomado su licencia por completo. Pero lejos hacia el horizonte pálido, una diminuta pizca negra estaba atravesando el empíreo a la velocidad de un meteoro, y en un momento había desaparecido sin un estallido audible, más allá de las colinas distantes. Eso podía haber sido ese cerdo.
Almohazar a las vacas no era, yo pienso, una práctica común incluso en Michigan, pero como ésta nunca había necesitado de ordeño, por supuesto, tenía que ser sometida a alguna forma equivalente de persecución; e irritar su piel con una almohaza se pensaba una atención tan desagradable, como un afecto pensativo podía concebir. Al menos ella lo pensaba así, aunque yo sospecho que su señora, realmente, lo pretendía para una ventaja temporal de la buena criatura. De cualquier modo, mi tía siempre ponía como condición para el empleo de un sirviente de granja, que éste debería almohazar a la vaca cada mañana; pero después de las pruebas justo suficientes, para convencerse a sí mismo de que no era un espasmo súbito, ni un mero disturbio local, el hombre siempre daba aviso de su intención de renunciar, aporreando a la bestia medio muerto con algún cuerpo foráneo, y entonces cojeaba al hogar hacia su sofá. Yo no sé, a cuántos hombres la criatura removió del empleo de mi tía de esa manera, pero a juzgar por el número de personas cojas en esa parte de la comarca, debería decir que a un buen montón; aunque algunas de las cojeras podían haber sido tomadas de segunda mano, de sus sufridores originales por sus descendientes, y algunas podían haber venido por contagio.
Yo pienso que el de mi tía era un sistema de agricultura defectuoso. Es verdad que la labor de su granja no le costaba nada, pues todos los labriegos dejaban su servicio antes de que algún salario se hubiera acumulado, pero como la fama de la vaca se extendió al exterior, a través de los varios estados y territorios, se volvió difícil de forma creciente obtener manos, y después de todo, la favorita estaba imperfectamente almohazada. Se comentaba comúnmente que la vaca había coceado la granja hasta hacerla pedazos, una ruda metáfora, que implicaba que la tierra no estaba cultivada de modo apropiado, ni los edificios y las cercas tenidos en el reparo adecuado.
Era inútil reconvenir a mi tía: ella concedía todo, sin enmendar nada. Su finado esposo había intentado reformar el abuso de esa manera, y había tenido el argumento todo a su propia forma, hasta que se había reconvenido hacia una tumba temprana; y el funeral fue demorado todo el día, hasta que un empresario fresco pudiera ser procurado, el original ocupado, habiendo emprendido de modo confidencial el almohazar a la vaca a petición de la viuda.
Desde ese tiempo mi tía Patience no había estado en el mercado matrimonial, el amor a esa vaca había usurpado en su corazón el lugar de un afecto más natural y provechoso. Pero cuando ella vio sus semillas no sembradas, sus cosechas no recogidas, sus cercas sobrecubiertas por filas de zarzas y sus prados preciosos con los empinados cardos de Canadá, pensó que lo mejor era tomar una pareja.
Cuando trascendió que mi tía Patience intentaba el matrimonio, hubo una intensa excitación popular. Cada varón soltero adulto se volvió de una vez un hombre que se casaba. Las estadísticas criminales del condado de Badger, muestran que en ese único año ocurrieron más casamientos, que en cualquier década antes o desde. Pero ninguno de ésos fue el de mi tía. Los hombres se casaban con sus cocineras, sus lavanderas, las madres de sus esposas difuntas, las hermanas de sus enemigos, se casaban con quienquiera contrajera matrimonio; y todo hombre quien, por medios justos o cortejo, no pudiera obtener una esposa, iba ante el juez de paz y hacía una declaración, de que tenía algunas esposas en Indiana. Tal era el temor a ser casado en vida con mi tía Patience.
Ahora, en lo que concernía al afecto de mi tía ella era, como el lector ya habrá supuesto, una mujer bastante determinada; y la extraordinaria epidemia de casamiento habiendo dejado sólo un varón elegible en todo ese condado, ella había puesto su corazón en ese varón elegible; entonces fue y lo acarreó a su hogar. Resultó ser un largo párroco metodista nombrado Huggins.
Aparte de su irrazonable longitud, el rev. Berosus Huggins no era un tipo tan malo, y no era el tonto de nadie. Era, supongo, el mortal más mal-favorecido, sin embargo, en toda la mitad norteña de América: delgado, angular, cadavérico de visaje y solemne fuera de toda razón. Comúnmente, usaba un sombrero negro de copa baja, puesto tan lejos abajo sobre su cabeza, como para eclipsar parcialmente sus ojos y oscurecer totalmente la amplia gloria de sus orejas. El único otro artículo visible de su atuendo (excepto un par de botas de piel vacuna arrugada, por las cuales la palabra “lustrar” habría sido considerada el fragmento sin sentido de una lengua perdida), era una levita negra estrecho-ajustada, preternaturalmente larga en el talle, cuyos faldones caían alrededor de sus talones, empapados de rocío. Él siempre la usaba abotonada de forma abrigada desde la garganta hacia abajo. Con ese atuendo cortaba una figura tolerablemente espectral. Su aspecto era de modo conspicuo tan innatural e inhumano que, cuando quiera iba a un campo de maíz, los cuervos predadores dejaban su negocio de forma temporal, para posarse sobre él en bandadas, peleando por los mejores puestos sobre su persona, a modo de testificar su desprecio por las débiles invenciones del agricultor.
El día después de la boda mi tía Patience convocó al rev. Berosus a la cámara del consejo, y expresó su mente en el siguiente intento:
-Ahora, Huggy, querido, le voy a decir qué hay para hacer, sobre el lugar. Primero, usted debe reparar todas las cercas, echar fuera los yerbajos y reprimir a las zarzas con mano dura. Luego va a tener que exterminar los cardos canadienses, enmendar la carreta, aparejar un arado o dos, y poner las cosas en buena forma en general. Eso lo va a mantener fuera de la travesura, por la mejor parte de dos años; por supuesto va a tener que renunciar a la prédica, por el presente. Tan pronto como usted tenga… ¡Oh!, yo olvidaba a la pobre Phoebe. Ella…
-Sra. Huggins -la interrumpió su solemne esposo-, yo voy a esperar ser el medio, bajo la Providencia, de efectuación de todas las reformas necesarias en la agricultura de esta granja. Pero la hermana que usted menciona (confío en que no es de la gente del mundo), ¿tengo yo el placer de conocerla? El nombre, en efecto, suena familiar, pero…
-¡No conocer a Phoebe! -gritó mi tía, con asombro no fingido-. Yo pensaba que todo el mundo en Badger conocía a Phoebe. ¡Pues, usted va a tener que rascar sus patas, todas las benditas mañanas de su vida natural!
-Yo le aseguro, madame -respondió el rev. Berosus con dignidad-, me rendiría un sagrado placer ministrar para las necesidades espirituales de la hermana Phoebe, para la extensión de mi habilidad débil e indigna; pero, realmente, yo temo que la ministración meramente secular de la que usted habla, debe ser confiada a unas manos más aptas y, sugeriría con respeto, femeninas.
-¡Cóoomo, tuuú, vieeejo tooonto! -replicó mi tía, extendiendo sus ojos con estupor ilimitado-, ¡Phoebe es una vaca!
-En ese caso -dijo el marido con compostura no fruncida-, será, por supuesto, delegado sobre mí el ver, que su bienestar carnal sea atendido de modo apropiado, y yo voy a estar feliz, de otorgarle a sus patas tanto tiempo como pueda quitarle, sin pecado, a mi lucha con Satán y los cardos canadienses.
Con eso el rev. sr. Huggins se apretujó el sombrero sobre los hombros, pronunció una breve bendición sobre su novia y se encaminó al corral.
Ahora, es necesario explicar que él había sabido desde el principio quién era Phoebe, y estaba familiarizado, de oídas, con todos sus rasgos pecadores. Además, se había hecho ya a sí mismo el honor de hacerle una visita, permaneciendo en la vecindad de su persona, justo fuera de alcance, por más de una hora y permitiendo que ella lo sondeara en su ociosidad desde cada punto de la brújula. En resumen, él y Phoebe se habían reconocido mutuamente y preparado para la acción.
Entre los artículos de confort y lujo que fueron a componer la dote del buen párroco, y que su esposa ya había hecho que fuera llevada a su nuevo hogar, había una bomba de hierro fundido patentada, de alrededor siete pies de altura. Ésta había sido depositada cerca del corral, preparada para ser asentada en los tablones que había encima del pozo del corral. El sr. Huggins buscaba ahora esa invención y, llevándola a su destino, la puso en posición, atornillándola a los tablones con firmeza. Seguido se despojó de su larga gabardina y del sombrero, abotonando la anterior con soltura alrededor de la bomba, a la cual casi ocultaba, y colgando el último sobre la cima de la estructura. La manivela de la bomba, cuando era presionada, se curvaba hacia fuera entre los faldones de la levita, singularmente como una cola pero, con esa no conspicua excepción, cualquier observador no prejuciado hubiera pronunciado, que la cosa del sr. Huggins parecía no comúnmente buena.
Los preliminares completados, el buen hombre cerró con cuidado el portón del corral, sabiendo que tan pronto como Phoebe, quien estaba en campaña en el jardín de la cocina, notara la precaución vendría y brincaría adentro para frustrarla, lo cual eventualmente hizo. Su dueño, mientras tanto, se había acostado sin levita y sin sombrero, a lo largo del lado exterior de la cerca de tablas cercana, donde le puso tiempo de forma placentera, agarrando un resfriado de muerte y atisbando a través de un nudo-agujero.
Al principio, y por algún tiempo, el animal pretendió no ver la figura en la plataforma. En efecto, le había vuelto el lomo a ésta directo cuando arribó, afectando un sueño ligero. Hallando que esa estratagema no alcanzaba el éxito que había esperado, la abandonó y se paró por varios minutos irresoluta, mascando su bolo de una manera a medio-corazón, pero obviamente pensando muy duro. Entonces empezó a olfatear a lo largo del terreno, como si estuviera absorbida totalmente en la búsqueda de algo que había perdido, hilvanando alrededor aquí y allá, pero todo el tiempo dibujando más cerca del objeto de su intención perversa. Arribado a la distancia del habla, se paró por un rato pequeño confrontando a la figura fraudulenta, entonces puso afuera su hocico hacia ésta, como para ser acariciada, tratando de crear la impresión de que el cariño y la dilación eran más para ella que la riqueza, el poder y los aplausos del populacho, de que había sido acostumbrada a éstos en toda su dulce vida joven, y no la podía pasar sin éstos. Entonces se aproximó un poco más, como para estrechar las manos, todo el rato manteniendo la más amable expresión de semblante, y ejecutando todo tipo de asentimientos seductores, guiños y sonrisas. Súbitamente, dio media vuelta y con la rapidez de un relámpago asestó una coz terrible, una coz de fuerza y furia inconcebibles, comparable con nada en la naturaleza, ¡salvo un golpe de parálisis desde un cielo claro!
¡El efecto fue mágico! Las vacas cocean no hacia atrás, sino de costado. El impacto que había intentado proyectar al teólogo contrahecho, hacia el medio de la sucediente semana de conferencia, reaccionó sobre el animal mismo, y éste y el dolor juntos lo pusieron a girar como una peonza. Tal era la velocidad de su revolución, que parecía como una vaca difusa, circular, rodeada por un anillo continuo como el del planeta Saturno, ¡el mechón blanco en la extremidad de su cola barredora! De repente, mientras que la sostenida fuerza centrífuga disminuía y fallaba, empezó a balancearse y bambolearse de un lado a otro, y finalmente, volcándose sobre su lado, rodó de modo convulsivo sobre su lomo y yació sin moverse con todas sus patas en el aire, creyendo honestamente que el mundo de alguna forma se había puesto encima de ella, y que lo estaba soportando con un gran sacrificio de su confort personal. Entonces se desmayó.
Cuán largo tiempo yació inconsciente ella no sabía, pero por último abrió los ojos y, captando una vista de la puerta abierta de su establo, “más dulce que todo el paisaje sonriente cerca”, forcejeó hacia arriba, se paró vacilando sobre tres patas, se restregó los ojos, y estuvo visiblemente aturdida en cuanto a los puntos de la brújula. Al observar al clérigo de hierro parado firme junto a su fe, le lanzó una mirada de reproche apenado, y rengueó con el corazón partido hacia su habitat humilde, como vaca subyugada.
Por varias semanas, la pata trasera derecha de Phoebe estuvo hinchada hasta un crecimiento monstruoso, pero con una estación de cuidado juicioso ella fue “traída de vuelta bien del todo”, como su simpática y perpleja señora lo expresaba, o “hecha en total”, como el reticente hombre de Dios prefería decir. Estaba ahora tan tratable e inofensiva “en su paseo y conversación diarios” (Huggins), como un niño pequeño. Su nuevo dueño solía tomar su pata doliente en su regazo de modo confiado, y para ese asunto, podía haberla tomado en su boca si lo hubiera deseado así. Su entero carácter parecía estar cambiado de forma radical, y tan alterado que un día mi tía Patience, quien, con el cariño que la amaba, nunca antes se había aventurado a tanto, como tocarle el dobladillo de su prenda, así como fuera, fue hacia ella con confianza para sosegarla con una cazuela de nabos. ¡Dios!, ¡cuán finamente extendió a esa buena vieja dama, sobre la cara de un muro de piedra adyacente! Usted no podría haberlo hecho tan parejo con una paleta.

Título original: Curried Cow, publicado por primera vez en Tom Hood's Comic Annual for 1874, con el seudónimo: "Dod Grile".
Imagen: Edward Mitchell Bannister, Woman walking with cow, XIX.

martes, 26 de junio de 2012

La laguna de Jim Beckwourth


No mucho después de eso (dijo el viejo Jim Beckwourth, empezando una nueva historia), había una partida de alrededor una docena de nosotros, abajo en la comarca de Powder River, después de Buffalo. ¡Era el peor lugar! Sólo piensen en el sitio más árido y estéril que jamás vieron, o jamás van a ver. Ahora tomen ese sitio y dóblenlo: eso es donde estábamos. Un día, alrededor del mediodía, paramos cerca de un pequeño arroyo enfermizo, que estaba justo lo suficiente húmedo, para haber engañado a algunos endebles racimos de alambre de bonnet, al asentarse como hierba a lo largo de sus orillas. Después de piquetear a los caballos y las mulas de carga, tomamos un almuerzo y entonces, mientras los otros fumaban y jugaban a las cartas por medio dólar, yo tomé mi rifle y caminé hacia las colinas, para ver si podía encontrar un conejo ciego o un antílope cojo, que hubieran sido incapaces de dejar la comarca. Mientras iba oía, con intervalos de alrededor un cuarto de hora, un extraño sonido palpitante, como de un trueno apagado, que se hacía más distinto mientras avanzaba. De repente llegué a un lago de cerca una milla de diámetro, y casi circular. Estaba tan calmado incluso como un espejo, pero yo podía ver por una ligera neblina vaporosa encima de éste, que el agua estaba cerca de un calor hirviente, una circunstancia no muy incomún en esa región. Mientras miraba, unas burbujas grandes empezaron a subir a la superficie, a perseguirse unas a otras alrededor y a estallar; y súbitamente, sin algún otro movimiento preliminar, ocurrió el suceso más espantoso y admirable del que (con una única excepción) ¡ha sido jamás mi suerte ser testigo! Yo me paré clavado en el sitio con horror, y cuando todo hubo acabado, y de nuevo el lago yació sonriendo con placidez delante de mí, di gracias al Cielo de modo silencioso, por que había estado parado a cierta distancia de la charca engañosa. En un cuarto de hora la escena temible se repitió, precedida como antes por la subida y el estallido de las burbujas, y produjo en mí un sumo terror, pero después de verla tres o cuatro veces me sentí calmado. Entonces fui de vuelta al campamento, y le dije a los muchachos que había una laguna lo tolerable interesante cerca, si les importaban tales cosas.
Al principio no les importó, pero cuando yo me hube lanzado con unas pocas mentiras, sobre los brillantes tonos del agua y el gran número de cisnes, ellos pusieron abajo sus cartas, dejaron a Dave el Cojo para mirar por los caballos, y me siguieron de vuelta para ver. Justo antes de que cruzamos la última cadena de colinas, oímos un sonido tronante adelante, que asombró un tanto a los muchachos, pero yo no dije nada, hasta que nos paramos en una loma baja que dominaba el lago. Allí yacía éste, tan pacífico como un indio muerto, de un color gris mate, y tan inocente de aves acuáticas como un bebé recién nacido.
-¡Ahí! -dije triunfante, apuntando a éste.
-Bueno -dijo Bill Buckster, apoyándose en su rifle y sondeándolo de forma crítica-, ¿cuál es el asunto con la laguna? Yo no veo nada en ese charco.
-¿Dónde están los cisnes? -preguntó Gus Jamison.
-¿Y el agua prismática? -agregó Jack el Rechoncho.
-¡Bueno, me gusta esto! -arrastró Pete la Francesa-. ¿A qué trueno te refieres, tú fraude oculto de montura colorada?
Yo estaba un poco molesto con todo eso, en particular, mientras el lago parecía haber enterrado el hacha por ese día, pero pensé que lo haría “con mi cara dura”.
-¡Ustedes sólo esperen! -repliqué de modo significativo.
-¡Oh, sí! -exclamó el Rechoncho de forma irrisoria-, por supuesto, muchachos, ustedes deben esperar. No hay uso en apremiar al ganado, ustedes no deben apurar al buco. ¡Sólo esperar hasta que algún leñador venga con un arcoiris derretido, y se ponga la pintura de guerra1!, ¡y que otro leñador traiga unos huevos de cisne, se siente sobre éstos y los empolle!, ¡y yo teniendo los dos bowers y el as!-, agregó lamentando, pensando en la certeza que había dejado, para seguir una esperanza ilusoria.
Entonces les apunté a un amplio margen de arcilla mojada y vaporosa, que rodeaba el agua por todos los costados, y les pregunté si eso no era digno de venir a ver.
-¡Eso! -exclamó Gus-. ¡Yo he visto la misma cosa mil millones de veces! Eso es una cosa regular en Idaho. La arcilla chupa el agua y la suda afuera.
Para verificar su teoría empezó a alejarse, abajo hacia la costa. Yo estaba preocupado por Gus, pero no me atreví a llamarlo de vuelta, por miedo a traicionar mi secreto de alguna manera. Además, sabía que él no iba a llegar, y no debía haber sido tan escéptico, de todos modos.
Justo entonces dos o tres burbujas grandes subieron a la superficie, y explotaron de forma silenciosa. Rápido como un relámpago, caí sobre mis rodillas y levanté mis brazos.
-Ahora que el cielo otorgue a mi oración -empecé con una solemnidad espantosa-, y mande al gran Ranunculus a perder la atadora cadena de la concupiscencia, arrojando una acuosidad multitudinaria sobre las cabezas de esta generación perversa y sentenciosa, ¡abrumando a estos mofadores diametrales en una Constantinopla superciliar!
Yo sabía que las largas palabras iban a impresionar sus almas simples, con la creencia de que realmente estaba orando, y tenía razón, pues cada hombre se quitó el sombrero y se paró mirándome fijamente, con una mirada mezclada de reverencia, incredulidad y asombro, pero no por largo tiempo. Pues antes de que yo pudiera decir amén, suyo de verdad o algo, el cuerpo de agua entero se disparó hacia arriba quinientos pies en el aire, tan alisado como una columna de cristal, enrizado sobre unas anchas cataratas verdosas, cayendo hacia afuera con fragor y trueno, como la explosión de mil cañones subterráneos, luego surgiendo y girando de vuelta al centro, ¡en una vaporosa, retorcida masa de espuma nívea!
Mientras me ponía de pie, para meter mi mano en el bolsillo por una mascada de tabaco, miré complacido alrededor hacia mis camaradas. Jack el Rechoncho estaba parado paralizado, su cabeza lanzada atrás en un ángulo alarmante, precisamente, como la había inclinado para ver la columna ascendente, y su cuello de algún modo fuera de juntura, mantenido ahí. Todos los demás estaban bajados sobre sus huesos medulares, blancos de terror, orando con extraordinaria fervencia, cada uno tratando lo mejor posible de dominar la jerga ridícula que me habían oído usar, pero empleándola con un descuido del sentido y la aptitud incluso mayor, de cómo yo lo hice. Lejos, sobre la siguiente cadena de colinas, hacia el campamento, había algo que parecía como una araña gigante, trepando la abrupta ladera de la colina arenosa, y resbalando abajo una pizca más rápido de lo que iba arriba. Era Dave el Cojo, quien había abandonado su encargo equino, para llegar a última hora y ver a los cisnes. Él había visto suficiente, y ahora estaba tratando, a su manera débil, de ir de vuelta al campamento.
En unos pocos minutos, yo había puesto la cabeza del Rechoncho de vuelta en su posición asignada por la naturaleza, había agolpado sus ojos en ésta, y estaba yendo alrededor con una sonrisa segura, ayudando a los piadosos a ponerse de pie. Ni una palabra fue dicha, yo tomé la delantera y fuimos a zancadas solemnes al campamento, recogiendo a Dave el Cojo al pie de su pendiente; jugamos un juego pequeño por el caballo de Gus Jamison y Calamidades, luego nos montamos en nuestros corceles, partiendo de allí. Tres o cuatro días después, yo me aventuré de forma cautelosa con una alusión encubierta a unos lagos peculiares, pero el click simultáneo de diez revólveres me convenció, de que no necesitaba molestarme en perseguir el sujeto.

1War-paint, pintura con que se embadurnan los indios para guerrear.

Título original: Jim Beckwourth's pond, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, con el seudónimo: "Dod Grile".
Imagen: Bill Anton, Emerald Oasis, XXI.

viernes, 18 de mayo de 2012

En la montaña


Dicen que el maderero ha mirado la comarca de Cheat Mountain y ha visto que ésta es buena, y yo he oído que algunos caballeros acaudalados han estado allí y hecho una reserva de caza. Debe haber madera y, supongo, deporte, pero uno podría desear que algunas cosas fueran ordenadas de otra manera. Mirando atrás a ésta, a través de la bruma de cerca medio siglo, veo esa región como un verdadero reino de encantamiento, las Alleghanies como las Montañas Deleitables. Yo noto de nuevo sus ondas vagas, azuladas, loma tras loma de modo interminable, más allá de los valles púrpura llenos de ensueño, “que parecen siempre en un atardecer”. A millas y millas de distancia, donde la elevación de la tierra se encuentra con el descenso del cielo, yo discierno una imperfección en el tinte, un tenue agrisado del azul por encima de la cordillera principal: el humo de un campamento enemigo.
Fue en el otoño de ese “más inmemorial año”, el 1861 de nuestro Señor y el primero de nuestra Edad heroica, que una pequeña brigada de tropas crudas -todas las tropas eran crudas en esos días- había sido empujada a través de la frontera de Ohio y, después de varias vicisitudes de la fortuna y el mal manejo, se encontró bastante para su propia sorpresa en el paso de Cheat Mountain, llevando un camino que corría desde Nowhere hacia el sudeste. Algunos habíamos servido durante el verano en los “regimientos de tres meses”, que respondieron a la primera llamada de tropas del Presidente. Éramos mirados por los otros con profundo respeto, como “viejos soldados”. (Nuestras edades, si igualadas, habrían dado, me figuro, cerca de veinte años por cada hombre.) Nos dábamos a sí mismos, a esa aristocracia del servicio, unos aires militares sin fin, algunos incluso íbamos al extremo, de mantener nuestras chaquetas abotonadas y nuestro cabello peinado. Habíamos estado en acción también, habíamos disparado a una pierna confederada en Philippi, “la primera batalla de la guerra”, y habíamos perdido tanto como una docena de hombres en Laurel Hill y Carrick's Ford, a donde el enemigo había huido tratando, el Cielo sabe por qué, de alejarse de nosotros. Ahora “traíamos la tarea” de someter la rebelión a un patriotismo, que nunca por un momento dudó, de que un rebelde era un demonio maldecido por Dios y los ángeles, uno para cuya extirpación por la fuerza y ​​las armas, cada joven se consideraba especialmente “criado”.
Era una comarca extraña. Nueve de diez de nosotros nunca habíamos visto una montaña, ni una colina tan alta como la aguja de una iglesia, hasta que hubimos cruzado el río Ohio. En el poder sobre las emociones nada, yo pienso, es comparable a una primera vista de las montañas. Para un miembro de una tribu de la llanura, nacido y criado en los llanos de Ohio o Indiana, una región montañosa era un milagro perpetuo. El espacio parecía haber tomado una nueva dimensión, las áreas tener no sólo longitud y amplitud, sino espesor.
La literatura moderna está llena de evidencias, de que nuestros bisabuelos miraron las montañas con aversión y horror. Los poetas de incluso el siglo diecisiete, nunca se cansan de maldecirlas en buenos, sentados términos. Si ellos hubieran tenido la desdicha de leer las líneas iniciales de Los placeres de la esperanza, seguramente habrían pensado que el Maestro Campbell se había puesto divertido, y debía ser encerrado para que no se hiciera una herida.
Los llaneros que invadieron la comarca de Cheat Mountain habían sido amamantados con otro credo, y para ellos la Virginia occidental -no había aún entonces ninguna Virginia oeste- era una tierra encantada. ¡Cómo gozamos de sus bellezas salvajes! ¡Con qué puro deleite inhalamos sus fragancias de abeto y pino! ¡Cómo miramos fijamente con algo de pavor sus boscajes de laurel!, el laurel real, como entendíamos el asunto, cuyo follaje había sido alguna vez juzgado excelente para las cabezas de los ilustres romanos y tales, acaso para reducir la hinchazón. Tallábamos de sus raíces anillos y pipas. Recogíamos resina de abeto y se la enviábamos a nuestras novias en las cartas. Ascendíamos cada colina dentro de nuestras líneas-piqueteadas, y la llamábamos “pico”. 
Y por cierto, durante esos días alciónicos (lo alciónico estaba allí también, trinando sobre cada riachuelo, como está por todo el mundo) libramos otra batalla. Ésta no ha entrado en la historia, pero tuvo una real existencia objetiva, aunque por una feliz imprevisión fue llamada por nosotros, quienes fuimos derrotados, un “reconocimiento de fuerza”. Sus breves y simples anales son baladíes, marchamos una larga ruta y nos situamos ante un fortificado campamento del enemigo, en el más alejado borde de un valle. Nuestro comandante tuvo la previsión de ver, que nos situáramos bien fuera del rango de las armas pequeñas del período. Una desventaja de este arreglo, era que el enemigo estaba fuera del alcance de nosotros así mismo, pues nuestros rifles no eran mejores que los suyos. Por infortunio -uno podría casi decir por injusticia-, éste tenía unas pocas piezas de artillería muy bien protegidas, y con esas nos maltrató para eminente satisfacción de su mente y corazón. Así que nos separamos de él con enojo, y retornamos a nuestro propio lugar, dejando a nuestros muertos, no muchos.
Entre ellos había un mozo que pertenecía a mi compañía, nombrado Abbott, no es raro que yo lo recuerde, pues hubo algo inusual en la manera del despegue de Abbott. Estaba yaciente tendido sobre su estómago, y fue muerto al ser golpeado en el costado por una bala de cañón casi agotada, que venía rodando entre nosotros. La bala permaneció en él hasta que fue removida. Era una sólida bala redonda, evidentemente, vaciada en alguna fundición privada, cuyo propietario, sentando las leyes de la frugalidad por encima de las de la balística, había puesto su “impresión” sobre ésta: ésta portaba, en letras levemente hundidas, el nombre “Abbott.” Eso es lo que me dijeron, yo no estaba presente.
Fue después de eso, cuando las noches habían adquirido la treta de morder, y el sol de la mañana parecía tiritar de frío, que nos movimos arriba a la cima de Cheat Mountain, para guardar el paso a través del que nadie quería ir. Allí asesinamos a la foresta y nos edificamos habitáculos gigantes (a horcajadas sobre el camino desde Nowhere hacia el sudeste), cómodos para albergar a un ejército, y con aspilleras adecuadas para el desconcierto del adversario. ¡Los troncos largos que era nuestro orgullo cortar y cargar! ¡El cuidado con que los poníamos uno encima del otro, tajeados a la línea y a prueba de balas! ¡Las puertas ciclópeas que colgamos, con pernos corredizos adecuados para ser “el mástil de algún gran almirante”! Y cuando teníamos “hecha la pila completa”, algún aguafiestas del ejército regular venía de esa forma, y charlaba unos momentos con nuestro comandante, y nosotros hacíamos un terraplén lejos afuera, a un lado del camino (dejando que el otro lado tomara cuidado de sí mismo), ¡y acampábamos afuera de éste en tiendas de campaña! Pero el tipo del ejército regular no tenía corazón para sugerir la demolición de nuestras torres de Babel, y los fundamentos permanecen hasta este día, para atestiguar el genio de la soldadesca voluntaria americana.
Nosotros fuimos los originales reservistas de caza de la región de Cheat Mountain, pues aunque cazábamos en estación y fuera de estación, en un área tan amplia como nos atrevíamos a cubrir, dábamos menos caza, probablemente, de la que hubiera dado un cierto, único cazador de visiones desleales, a quien ahuyentamos. Había osos en abundancia y ciervos en cantidad, y más de un día de invierno, con la nieve hasta las rodillas, el escritor de esto pasó rastreando un oso hasta su guarida, donde, estoy obligado a decir, yo comúnmente lo dejaba. Yo convengo con mi amigo lamentado, el finado Robert Weeks, el poeta:

La búsqueda puede ser, me parece a mí,
Perfecta sin posesión. 


No puede haber duda de que los deportistas acaudalados, quienes han hecho una reserva de la región de Cheat Mountain, van a encontrar plenitud de caza si ésta no ha muerto desde 1861. Nosotros la dejamos allí.
Aunque la cacería y la pereza no eran la totalidad del programa de vida allá arriba, en esa loma salvaje con su pelaje hirsuto de abetos y pinos, y en las bajas tierras ribereñas que ésta separaba. Teníamos un poco de guerra de vez en cuando. Hubo un ocasional “affair en los puestos de avanzada”, a veces una arriesgada exploración de la comarca del enemigo, ordenada, me temo, más para mantener la apariencia de hacer algo, que con la esperanza de obtener un resultado militar. Pero un día se rumoró, que iba a ser hecho un movimiento de fuerza a la posición del enemigo, a millas de distancia, en la cima de la loma principal de las Alleghanies, al campamento, cuyo tenue humo azulado habíamos vigilado por días fatigosos. El movimiento fue hecho, y era la moda en esos “aprendices días de guerra”, en dos columnas, que se iban a abalanzar sobre el adversario desde lados opuestos en el mismo momento. Llevados por caminos desconocidos por guías inconfiables, encontrando obstáculos no previstos -en millas apartados y sin comunicación, las dos columnas fracasaban de modo invariable en ejecutar el movimiento, con el secreto y la precisión requeridos. El enemigo, en disfrute de esa inestimable ventaja militar, conocida en el discurso civil como estar “rodeado”, siempre abatía a las columnas atacantes una a la vez o, tornando con las manos rojizas desde los despojos de la primera, espantaba a la otra lejos.
Todo un brillante día de invierno marchamos abajo desde nuestro nido de águila, toda una brillante noche de invierno escalamos la bastante boscosa loma opuesta. Cuán romántico era todo, los valles a la puesta del sol llenos de un ensueño visible, los claros bañados e inter-penetrados por la luz de la luna, el largo valle del Greenbrier extendido en la lejanía, hacia no sabíamos qué ciudades silenciosas, ¡el río mismo invisible bajo su “cuerpo astral” de niebla! Luego estaba el “picante del peligro.”
Una vez oímos unos disparos al frente, luego hubo una larga espera. A medida que anduvimos con dificultad, pasamos junto a algo, -algunas cosas- yacientes al lado del camino. Durante otra espera las examinamos, levantando con curiosidad las mantas de sus rostros amarillo-arcilla. ¡Cuán repulsivos lucían éstos con sus embarres de sangre, sus ojos en blanco mirando fijo, sus dientes descubiertos por la contracción de los labios! La escarcha ya había empezado a blanquear sus ropas desarregladas. Nosotros éramos tan patriotas como siempre, pero no deseábamos estar de esa forma. Por una hora después el mandato de silencio en las filas fue innecesario.
Repasando el sitio al día siguiente, con una fuerza abatida, desanimada y exhausta, débil por la fatiga y salvaje por la derrota, algunos tuvimos vida suficiente de la que nos quedaba, tal como era ésta, para observar que esos cuerpos habían alterado su posición. Estos parecían asimismo haberse arrancado algunas de sus ropas, que yacían cerca en desorden. Sus expresiones también tenían una vacuidad agregada, no tenían rostros.
Tan pronto como la cabeza de nuestra columna rezagada hubo alcanzado el sitio, empezó un fuego desganado. Uno podía haber pensado que los vivos rendían honores a los muertos. No, el fuego era una ejecución militar, el condenado una manada de cerdos al galope. Éstos se habían comido a nuestros caídos, pero -¡magnanimidad conmovedora!- nosotros no nos comimos a los suyos.
El tiroteo de varias clases era muy bueno en la comarca de Cheat Mountain, incluso en 1861.

Título original: On A Mountain, publicado por primera vez en Volume I of The Collected Works, 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Thomas Moran, Evening on the Upper Colorado River, Wyoming, 1882.

domingo, 5 de febrero de 2012

El único sobreviviente


Entre las artes y las ciencias, el arte de la única sobrevivencia es uno de los más interesantes, como (para el artista) es por lejos el más importante. No es por completo un arte acaso, pues el éxito en éste es bastante debido al accidente. Uno puede estudiar cómo único sobrevivir aunque, teniendo una aptitud natural imperfecta, puede fracasar en la proficiencia y ser cortado temprano. Por el contrario, uno poco habilidoso en sus métodos, e incluso no bien cimentado en sus principios fundamentales puede, tras tomarse la molestia de haber nacido con una constitución adecuada, alcanzar una considerable eminencia en el arte. Sin la indebida inmodestia, yo pienso que puedo en justicia reclamar alguna distinción en éste yo mismo, aunque no lo he adquirido de modo regular, como uno adquiere conocimiento y habilidad en la escritura, la pintura y tocando la flauta. Oh sí, yo soy un notable único sobreviviente, y algo de mi trabajo de esa manera atrae una gran atención, mayormente la mía propia.
Ustedes podrían naturalmente esperar, entonces, encontrar en mí a uno, quien ha experimentado todo tipo de desastres en el mar, y las diversas clases de calamidades incidentes en la vida en tierra firme. Podría parecer una justa inferencia de mi única sobrevivencia, que yo estoy familiarizado con los destrozos de ferrocarril, las inundaciones (aunque éstas son apenas un fenómeno de tierra firme), las pestilencias, los terremotos, las conflagraciones y otras formas, que a los reporteros les deleita llamar “un holocausto”. Eso no es verdad por entero: yo nunca he sido un náufrago, nunca ayudé como un “sufriente infortunado” en un fuego o una colisión ferroviaria, y sé de los estragos de las epidemias sólo de oídas. El temblor más destructivo en el que he tenido una experiencia personal, disminuyó la población de San Francisco por menos, probablemente, de diez mil personas, de quienes no más de una docena fueron muertos, las otras se mudaron del pueblo. Es verdad que yo una vez seguí el peligroso oficio del soldado, pero mi eminencia en la única sobrevivencia es de un crecimiento tardío, y no especialmente un producto de la espada.
Abriendo el portafolio de la memoria, yo saco pintura tras pintura, “pedazos de figuras”, grupos de formas y rostros, de donde sólo el mío permanece ahora, un tanto peor por el desgaste.
Aquí están tres hombres jóvenes tendidos a gusto en una loma herbosa. Uno, un muchacho apuesto de ojos oscuros, con la frente como la de un dios griego, levanta su cuerpo sobre el codo, mira directo hacia el horizonte, donde algunos árboles negros mantienen cautivos ciertos vestigios de la puesta del sol, como si le hubieran arrancado el plumaje a una bandada de flamencos, y dice: -Muchachos, yo quiero ser rico. Voy a ver cada país digno de ver. Voy a probar cada placer digno de tener. Cuando sea viejo, voy a volverme un ermitaño.
Dijo otro joven esbelto, de cabello rubio: -Yo voy a volverme un presidente y ejecutar un coup d'etat, haciendo de mí mismo un monarca absoluto. Voy entonces a emitir un decreto, requiriendo que todos los ermitaños sean llevados a muerte.
El tercero no dijo nada. ¿Fue refrenado por algún sentido presciente de la naturaleza perecedera del material, sobre el que se esperaba él inscribiera el registro de sus esperanzas? Cualquier cosa pueda haber sido, él sacudió su zapato con una vara de avellano y se guardó su propio parecer. Por veinte años ha sido el único sobreviviente del grupo.
***

La escena cambia. Seis hombres están montados a caballo en una colina: un general y su personal. Debajo, en la niebla grisácea de una mañana de invierno, un ejército, que ha dejado sus trincheras, se está moviendo sobre las del enemigo, arrastrándose en silencio en la posición. En una hora todo el ancho valle, por millas a la izquierda y a la derecha, será todo un rugido con golpeteo de mosquetes, que parecen silenciados a cada rato por los retumbos tronantes de los grandes cañones. Mientras tanto el sol naciente ha encendido una senda a través de la niebla, haciendo esplender una parte de la ciudad asediada.
-Mire eso, general -dice un aide-, es como un encantamiento.
-Vaya y encante al coronel Post -dijo el general, sin quitarse los anteojos de campo de los ojos-, y dígale que tire tan pronto como oiga los cañones de Smith.
Todos se rieron. Pero hoy en día yo me río solo. Yo soy el único sobreviviente.

***

Sería fácil llenar muchas páginas con instancias de única sobrevivencia, de mi propia experiencia. Yo podría mencionar grupos extintos compuestos en total (exceptuado yo mismo) del sexo opuesto, todas quienes, con la misma excepción, hace largo tiempo cesaron en su oposición, su guerra cumplida, sus lindas narices azules y frías bajo las margaritas. Fueron buenas muchachas también, mayormente, ¡el descanso del Cielo para ellas! Ahí estaban Maud y Lizzie y Nanette (ah, Nanette, en efecto, ella es la más muerta de toda la banda radiante) y Emeline y… pero realmente esto no es discreto, uno no debería sobrevivir y contarlo.
La llama de una fogata se levanta alto y directo hacia el cielo negro. Nosotros la alimentamos de modo constante con maleza de salvia. Un circular muro de oscuridad nos encierra, pero denle la espalda al fuego y caminen un poco lejos, y ustedes verán una línea serrada de cumbres de montañas cubiertas de nieve, un frío fantasmal en la luz lunar. Éstas están en todas direcciones, por todas partes borran las grandes estrellas doradas cerca del horizonte, dejando a las pequeñas verdosas del mediocielo temblando viciosamente, tan crudas como el acero. Con intervalos irregulares oímos el distante aullido de un lobo, ahora en este lado y de nuevo en ese. Detenemos nuestra plática para escuchar, echamos miradas rápidas hacia nuestras armas, nuestras monturas, nuestros caballos piqueteados: los lobos pueden ser de la variedad conocida como Sioux, y allí están sólo cuatro de nosotros.
-¿Qué haría usted, Jim -dijo Hazen-, si estuviéramos rodeados por indios?
Jim Beckwourth era nuestro guía, un hombre de la frontera de toda la vida, un hombre viejo “golpeado y tajeado con una antigüedad curtida”. Había sido en un tiempo el jefe de los Cuervos.
-Yo escupiría en ese fuego -dijo Jim Beckwourth.
El hombre viejo se ha ido, yo espero, a donde no hay un fuego para ser apagado. Y Hazen, y el muchacho con quien yo compartí mi manta esa noche de invierno en las llanuras, ambos se han ido. Uno podría suponer que yo sentiría algo de la exultación natural del único sobreviviente, pero como Byron encontró que

nuestros pensamientos toman el vuelo más salvaje.
Incluso en el momento cuando deberían formarse
en un orden pensativo,

así yo encuentro que éstos a veces se forman en un orden pensativo, incluso en el momento cuando debían ser más hilarantes.

***

De reminiscencias no hay fin. Yo tengo un vasto almacén de éstas apiladas, con las que distraer los años tediosos de mi anecdotario, cuando quiera le plazca al Cielo hacerme viejo. Algunos años que pasé en Londres como un periodista trabajador, son en particular ricos en éstas. ¡Ah!, “nosotros éramos una compañía galante” en esos días.
Me han dicho que los ingleses son unos pensadores pesados y unos platicadores torpes. Mi recuerdo es diferente, hablando de eso, debo decir que son listos sin fin con sus lenguas. Ciertamente, yo no he oído en otro lugar tal plática brillante, como entre los artistas y escritores de Londres. Por supuesto eran un lote escogido, algunos de ellos habían alcanzado alguna eminencia en el mundo del intelecto, otros lo han logrado desde entonces. Pero no todos eran ingleses por mucho. Londres atrae a los mejores cerebros de Irlanda y Escocia, y siempre hay un menudo contingente americano, mayormente corresponsales de los grandes periódicos de Nueva York.
El típico periodista de Londres es un caballero. Es usualmente un graduado de una u otra de las grandes universidades. Es bien pagado y mantiene su posición, cualquiera pueda ser, con una tenencia menos precaria que su congénere americano. Él más bien se mueve que “chapotea” en la literatura, y no poco comúnmente toma una mano en alguna de las muchas formas de arte. En total es un buen tipo, demasiado, con una mente escéptica, una lengua cínica y un corazón cálido. Yo encuentro a esos hombres agradables, hospitalarios, inteligentes, divertidos. Nosotros trabajábamos demasiado duro, cenábamos demasiado bien, frecuentábamos demasiados clubes, e íbamos a la cama demasiado tarde en la mañana. Éramos en demasía adictos a derramar la sangre de la uva. En resumen, de modo diligente, concienzudo y con una perversa satisfacción, encendíamos la vela de la vida por ambos extremos y en el medio.
Eso fue muchos años atrás. Hoy en día la lista de nombres de esos hombres, con una cruz frente al de cada uno que yo sé está muerto, parecería como un cementerio católico romano. Yo podría dar una cena a todos los sobrevivientes en la mesa en que escribo, y me gustaría hacer eso. Pero los muertos, debo decir, eran los mejores comensales.
Pero sobre la única sobrevivencia. Había un editor de Londres llamado John Camden Hotten. Entre los escritores americanos tenía una linda, oscura reputación de “pirata”. Éstos lo acusaban de re-publicar sus libros sin su asentimiento, lo que, en ausencia de un derecho de autor internacional, él tenía un legal, y me parece a mí (un “sufriente”) moral derecho a hacer. Por simpatía con sus confrères extranjeros, los escritores británicos asimismo lo tenían en una alta desestima.
Yo conocía a Hotten muy bien, y un día me paré junto a lo que pretendía ser su cuerpo, que después ayudé a enterrar en el cementerio de Highgate. Yo estoy seguro de que era su cuerpo, pues fui no comúnmente cuidadoso en el asunto de la identificación, por una muy buena razón que ustedes van a conocer.
Aparte de su “piratería”, Hotten tenía un amplio renombre como “un hombre duro con que lidiar”. Por varios meses antes de su muerte él me había debido cien libras esterlinas, y no podía posiblemente haber sido más reluctante a partir con algo, salvo una gran suma. Incluso hasta este día, al revisar los métodos inteligentes, que van desde la delicada finura hasta el franco descaro, con los que ese buen hombre me mantuvo fuera del mío propio, yo estoy postrado de admiración y consumido de envidia. Finalmente, por una oportunidad de suerte yo lo tuve en desventaja, y viendo mi poder él envió a su gerente -un tipo llamado Chatto, quien como miembro de la firma Chatto & Windus lo sucedió después en su negocio y métodos-, a negociar. Yo era el acreedor más implacable del Reino Unido, y después de dos horas mortales de mí, en mi humor más acidulado, Chatto sacó un cheque por la cantidad completa, listo firmado por Hotten en anticipación de la derrota. Antes de dármelo Chatto dijo: -Este cheque está fechado en el próximo sábado. Por supuesto, usted no lo va a presentar hasta entonces.
En eso yo consentí con júbilo.
-Y ahora -dijo Chatto, levantado para irse-, como todo es satisfactorio, yo espero que usted vaya a la casa de Hotten y tenga una plática amistosa. Ese es su deseo.
El sábado por la mañana fui. En prosecución, sin dudas, de su designio cuando antefechó el cheque, él había muerto de un pastel de puerco con prontitud, al golpe de las doce en punto la noche anterior, ¡lo que invalidó el cheque! Yo he conocido editores americanos, quienes pensaban que sabían algo sobre el negocio de beber champagne en los cráneos de los escritores. Si esta narración -que, por mi alma, es verdad en cada palabra- les enseña humildad, mostrando que la genuina sagacidad comercial no está limitada por las líneas geográficas, habrá cumplido su propósito.
Habiéndome asegurado a mí mismo que el sr. Hotten realmente no estaba más, conduje furioso al barrio del banco, esperando que las tristes nuevas no me hubieran precedido, y éstas no habían.
¡Alas!, en la ruta había una cierta cantina bastante frecuentada por autores, artistas, periodistas y “caballeros de ingenio y placer de por el pueblo”.
Sentados alrededor de la mesa de costumbre, había una media docena o más de espíritus selectos: George Augustus Sala, Henry Sampson, Tom Hood el joven, el capitán Mayne Reid y otros menos conocidos de la fama. Yo siento decir que mi sombría noticia afectó a esos pecadores de una manera, que era chocante. Su levedad era una cosa ante la que estremecerse. Como Sir Boyle Roche podría haber dicho, ésta rechinó de forma áspera en un oído que tenía un cheque dudoso en su bolsillo. Habiendo emitido sus mentes hilarantes una palabra por boca, todos ellos sabían cómo, esos duros e impenitentes ofensores se pusieron a escribir los “epitafios apropiados”. ¡Gracias al Cielo, todos menos uno de esos ha escapado a mi memoria, uno que escribí yo mismo. Al cierre de los ritos varias horas más tarde, reasumí mi movimiento contra el banco. Demasiado tarde, la vieja, vieja historia de la liebre y la tortuga fue contada de nuevo. La “pesada noticia” me había superado y pasado mientras yo vagaba por el borde de la senda.
Todos asistieron al funeral, Sala, Sampson, Hood, Reid y los otros no distinguidos, incluido el presente único sobreviviente del grupo. Mientras cada uno echaba su puñado de tierra sobre el ataúd, yo estoy muy seguro de que, como Lord Brougham en una ocasión un tanto similar, nosotros todos sentimos más de lo que nos cuidamos de expresar. A la muerte de un antagonista político, a quien no había tratado con mucha consideración, a su señoría se le preguntó más bien con rudeza: "¿No tiene usted remordimientos, ahora que él se ha ido?"
Después de un momento de silencio pensativo, él replicó con gravedad: -Sí, yo estoy a favor de su retorno.

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Una noche en el verano de 1880, yo conducía una carreta ligera por la parte más salvaje de Black Hills, en Dakota del sur. Había dejado Deadwood y estaba bien en mi senda a Rockerville, con treinta mil dólares en mi persona que pertenecían a una compañía minera, de la que era el gerente general. Naturalmente, yo había tomado la precaución de telegrafiar a mi secretario en Rockerville, que me recibiera en Rapid City, entonces un pueblo pequeño en otra ruta; el telegrama tenía la intención de despistar a los “caballeros del camino”, quienes sabía estaban vigilando mis movimientos, y quienes podrían posiblemente tener un confederado en la oficina de telégrafo. A mi lado en el asiento de la carreta estaba sentado Boone May.
Permítanme explicar la situación. Varios meses antes había sido una costumbre enviar un “carruaje de tesoro”, dos veces por semana desde Deadwood hasta Sidney, en Nebraska. Asimismo, había sido una costumbre que ese carruaje fuera capturado y saqueado por “los agentes de camino”. Tan intolerable se había vuelto esa práctica -incluso los carruajes blindados con aspilleras para rifles probaron ser un dispositivo vano-, que los dueños mineros habían adoptado el plan más práctico, de importar de California una media docena de los “mensajeros de escopeta” más famosos de Wells, Fargo & Co., unos tipos sin miedo y confiables con un instinto de matar, una disposición de recursos que era una intuición, y un sentido de dirección que ponía un disparo donde éste haría el mayor bien, con más precisión que la más cuidadosa puntería. Sus hazañas de tiradores eran tan increíbles, que ver era apenas creer.
En unas pocas semanas, estos muchachos habían puesto a los agentes de camino fuera del negocio y fuera de la vida, pues los atacaban dondequiera los hallaran. Una soleada mañana de domingo dos de ellos, paseando por una calle de Deadwood, reconocieron a cinco o seis de los bribones, corrieron de regreso a su hotel por los rifles, ¡retornaron y los mataron a todos!
Boone May era uno de esos vengadores. Cuando yo lo empleé como mensajero, estaba bajo imputación de asesinato. Él había rastreado a un “agente de camino”, a través de las Tierras Malas por cientos de millas, lo trajo de regreso a unas pocas millas de Deadwood, y lo piqueteó afuera por la noche. El hombre desesperado, amarrado como estaba, había intentado escapar, y May encontró expediente dispararle y enterrarlo. La tumba al borde del camino acaso aún apunta al curioso. May se entregó, fue acusado formalmente de asesinato, liberado en su propio reconocimiento, y yo tuve que darle licencia de ausencia para ir a la corte y ser absuelto. Algunos de los directores de Nueva York de mi compañía, habiendo sido lo suficiente buenos para expresar su desaprobación de mi acción, al emplear a “tal hombre”, yo no podía hacer menos que brindar algún reconocimiento a su disensión, y desde entonces él fue llevado en las listas de pago como “Boone May, asesino”. Ahora, permítanme regresar a mi historia.
Yo conocía el camino en justicia bien, pues lo había viajado previamente por la noche, montado a caballo, mis bolsillos abultados con monedas, y mi mano libre manteniendo un revólver amartillado la distancia entera de cincuenta millas. El hacer el viaje en carreta con un compañero era un lujo. Aunque la lluvia menuda era incómoda. May estaba sentado encorvado a mi lado, un poncho de goma sobre sus hombros, y un rifle winchester en su funda de cuero entre sus rodillas. Yo lo creía un poco fuera de guardia, pero no decía nada. El camino, apenas visible, era rocoso, la carreta traqueteaba y al costado corría una corriente rugiente. Súbitamente, oímos a través de todo el retintín de las herraduras de los caballos, directo detrás y simultáneo, las breves, agudas palabras de autoridad: -¡Arriba las manos!
Con un involuntario tirón de las riendas, yo traje a mi pareja a las ancas y me extendí por el revólver. Totalmente innecesario: con el movimiento más rápido que yo jamás había visto en algo, salvo un gato -casi antes de que las palabras salieran de la boca del jinete-, May se había lanzado hacia atrás, a través del respaldo del asiento, el rostro hacia arriba, ¡y la boca de su rifle estaba a una yarda del pecho del tipo! Qué más ocurrió entre nosotros tres allí en la tiniebla de la foresta, me figuro, nunca ha sido relatado con precisión.
Boone May hace largo tiempo murió de fiebre amarilla en Brasil, y yo soy el único sobreviviente.

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Había una prima donna famosa, con quien fue mi buena fortuna cruzar el Atlántico hacia Nueva York. En verdad se me había encargado, por un amigo de ambos, el agradable deber de cuidar por su seguridad y comodidad. Madame era graciosa, lista, encantadora por completo, y antes de que el voyage tuviera dos días de edad, una media docena de los hombres a bordo, a quienes ella me había permitido que le presentara, estaban con los talones en la cabeza de amor por ella, como estaba yo mismo.
Nuestra competencia por su favor no nos hacía enemigos, por el contrario, fuimos atraídos juntos a algo así, como una alianza ofensiva y defensiva por un pesar común: la exitosa rivalidad de un singular italiano apuesto, quien se sentaba junto a ella en la mesa. Tan asiduo era éste en sus atenciones, que mi oficio como guía de la dama, filósofo y amigo era casi una sinecura, y en cuanto a los otros, éstos tenían apenas una oportunidad al día para probar su devoción: ese emprendedor hijo de Italia dominaba la situación entera. Por alguna previsión diabólica él se anticipaba a cada necesidad y deseo de Madame: colocaba su silla reclinable en los sitios más guardados de la cubierta, la asfixiaba con capas y capas de abrigos, y se conducía en general de la manera más desconsiderada. Peor aún, Madame aceptaba sus buenos oficios con una gracia sin vergüenza, “que decía tan llano como un susurro en el oído”, que había un perfecto entendimiento entre ellos. Lo que lo hacía más difícil de aguantar, era la defectuosa civilidad del tipo hacia el resto de nosotros, él parecía apenas enterado de nuestra existencia.
Nuestra indignación era no fuerte, pero profunda. Cada día en el salón de fumar tramábamos los planes más ingeniosos y monstruosos, para su perdición en este mundo y el siguiente; el menos cruel siendo un proyecto para atraerlo a la cubierta superior en una noche oscura, y enviarlo inconfeso a su cuenta por la senda de la baranda de sotavento; pero como ninguno de nosotros sabía suficiente italiano para decirle la necesaria falsedad, ese esquema de justicia no llegó a nada, como todos los otros. En el muelle de Nueva York nos despedimos de Madame más con pesar que con enojo, y de su caballero conquistador con corteses manifestaciones de un desprecio que no sentíamos.
Esa noche yo la llamé a su hotel, enfrente de Union Square. Pronto después de mi arribo hubo una audible conmoción al frente afuera: el populacho, encabezado por una banda de latón e incitado, sin dudas, por el puro amor al arte, había arribado para hacer honor a la gran cantante. Hubo música -una serenata-, seguida por gritos del nombre de la dama. Ella parecía un poco nerviosa, pero yo la llevé al balcón, donde hizo un muy lindo pequeño discurso, picado con su acento más encantador. Cuando el tumulto y el griterío habían muerto, entramos a su apartamento para reasumir nuestra conversación. ¿Le placería monsieur tomar un vaso, de vino? Me placería. Ella dejó la habitación por un momento, entonces vinieron el vino y los vasos en una bandeja, ¡llevada por ese italiano imposible! Él tenía una servilleta a través del brazo, era un sirviente.
Quitando a alguno de la banda y el populacho, yo soy sin dudas el único sobreviviente, pues Madame ha tenido por un número de años un compromiso permanente Arriba, y mi fe en la justicia divina no me permite pensar que al servil miserable, quien echó abajo a los poderosos de sus asientos entre los Hijos de la Esperanza, se le toleró vivir la otra mitad de sus días.

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Una cena de siete en una vieja taberna de Londres, una buena cena, la memoria de la cual no se ha borrado aún de las paredes del paladar. Una sopa, un plato de carnaza blanca sobre-limoneada y rojo-pimentada con exactitud, un enorme cuarto de carne asada, del que rebanamos a voluntad, flanqueado por varias botellas de Sherry seco añejo y un Oporto áspero, ¡tal Oporto! (¡Y se espera que nosotros seamos patriotas, en un país donde éste no se puede procurar! ¡Y se espera que el portugués ame un país que, teniéndolo, lo envía lejos!) Esa fue la cena, allí había queso Stilton, sería vergonzoso no mencionar el Stilton. Bueno, saludable y sabroso estaba éste, rico y con sabor a nuez. El Stilton que conseguimos aquí, envuelto en papel metálico, es una cosa monstruosamente pobre, apenas mejor que nuestra clase americana. Después de la cena hubo nueces, café y puros. No puedo decir mucho de los puros, éstos no son muy buenos en Inglaterra: demasiado tiempo en el mar, yo supongo.
En total, fue una cena memorable. Incluso sus rasgos no esenciales fueron satisfactorios. El camarero fue solemne de modo fascinante, el suelo nevoso arenoso, la compañía lo suficiente distinguida en literatura y arte, como para yo seguir su pista a través de los periódicos. Ellos están muertos, tan muertos como la reina Anna, ¡cada hijo de madre de ellos! Yo estoy en mi papel favorito de único sobreviviente. Se ha vuelto habitual para mí, más bien me gusta.
En la compañía había dos gastrónomos eminentes -llámenlos los sres. Guttle y Swig-, quienes se odiaban el uno al otro tan acremente, que nada salvo una buena cena podría traerlos bajo el mismo techo. (Ellos habían tenido una pelea, pienso, sobre el mérito de un cierto Amontillado que, dicho de paso, uno insistía- a despecho de Edgar Allan Poe, quien ciertamente sabía mucho de whiskey para saber mucho de vino-, era un Sherry.) Después que el mantel había sido removido, y el café, las nueces y los puros traídos, la compañía se paró y, en una tonada compuesta de forma extemporánea por Guttle, cantó la siguiente canción chocante y reprensible, que había sido escrita durante el proceso por el presente único sobreviviente. Ésta servirá tan adecuado para concluir este festín de sinrazón, como ésta lo hizo:

La canción

Jack Satán es el más grande de los dioses,
Y el Infierno es la mejor de las moradas.
Éste se alcanza a través del Valle de los terrones
Por setenta hermosos caminos.
¡Hurra por los Setenta caminos!
¡Hurra por los terrones que resuenan
Con un sonido hueco, tronante!
¡Hurra por la Mejor de las moradas!

Le serviremos tanto tiempo como tengamos aliento,
Jack Satán, el más grande de los dioses.
¡Para todos sus enemigos, la muerte!
Un hogar en el Valle de los terrones.
¡Hurra por el trueno de los terrones,
Que asfixia a las almas de sus enemigos!
¡Hurra por el espíritu que va
A morar con el más Grande de los dioses!

Título original: A Sole Survivor, publicado por primera vez en xxxx, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Unknown, Cowboy, XXI.