sábado, 7 de enero de 2017

El retrato inconcluso, por René Portas


Una tarde nublada de invierno (en una yegua alazana) cabalgaba yo por el Escambray, pensando en la muchacha dormida, poseída por el íncubo de la pintura La pesadilla, de intenso ambiente fantasmal, cuando observé con interés que la casona de William Farquhar,* el plantador sureño que me encargara el retrato, había aparecido bajo un rayo brillante de estruendo apagado. La fachada, iluminada con temblores, había emergido de la penumbra con unas tétricas ventanas oscuras; la escena me pareció natural pero algo siniestra, pues unas nubes plomizas, de masas espesas y pesadas, flotaban inmóviles en el cielo grisáceo inmenso. Las paredes vetustas exhibían unos pedruscos angulosos y corroídos, insinuaban unas grietas erráticas; unos cuervos oscuros volaban inquietos, con graznidos, y andaban por el terreno yermo, salpicado de hojas amarillas y marchitas. Los árboles abatidos exponían unos troncos veteados; de follaje escaso, sus ramas torcidas arrojaban unas sombras sinuosas. Con alguna tristeza, percibí unos ladridos lejanos. Una lóbrega chimenea derruida asomaba en el tejado combado, y no pocas tejas ladeadas y musgosas; en una hondura vislumbré una laguna negruzca (me invadió de repente una humedad liviana) y solitaria. El líquido parecía estático, un tanto mortuorio. Su reflejo invertido mostraba unos juncos moteados, discerní que expelía unos vapores ligeros... Ignoraba qué me esperaba en la vivienda que no conocía; en las modestas alforjas indianas cargaba mis utensilios de pintura foráneos. Los pinceles de pelo de cerdo, el mortero y la maza de madera para triturar, el lienzo de cáñamo doblado. Yo cavilaba sobre el retrato, intentaba más o menos concebirlo. Me inquietaba su ejecución. 
Continuará...
*Acaso algún pariente anterior de aquel Peyton Farquhar, el hacendado sureño, que los soldados del ejército federal colgaran del puente del Riachuelo del búho, en Alabama del norte, durante la guerra civil en Estados Unidos (Nota del editor).

Título original: El retrato inconcluso, publicado por primera vez en el Blog Ambrose Bierce, 2017, con la firma: "René Portas".
Imagen: Old houses, Abandoned and Dark house, XXI.

sábado, 23 de agosto de 2014

Un poco de Chickamauga


La historia de esa lucha horrenda es bien conocida, yo no tengo la intención de registrarla aquí, sino sólo de relatar alguna parte de lo que vi de ésta, mi propósito no es la instrucción, sino el entretenimiento.
Yo era un oficial de personal de una brigada federal. Chickamauga no era mi primera batalla por mucho, pues aunque era apenas más que un muchacho en años, había servido en el frente desde el principio del conflicto, y había visto lo suficiente de la guerra para tener un justo entendimiento de ésta. Nosotros sabíamos lo suficiente bien que iba a haber una pelea: el hecho de que no queríamos una nos hubiera dicho, para qué Bragg siempre se retiraba cuando queríamos pelear, y peleaba cuando más deseábamos la paz. Lo habíamos maniobrado afuera de Chattanooga, pero no habíamos maniobrado nuestro ejército entero adentro de ésta, y él fue atrás con tal hosquedad, que esos de nosotros que lo seguían, manteniéndolo realmente a la vista, estaban en una buena porción más preocupados por efectuar una unificación con el resto de nuestro ejército, que por incrementar la persecución. Por el tiempo en que Rosecrans había juntado sus tres cuerpos dispersos, nosotros estábamos a un largo camino de Chattanooga, con nuestra línea de comunicación con ésta tan expuesta, que Bragg volvió para apoderarse de ella. Chickamauga fue una pelea por la posesión de un camino.
A lo largo de ese camino corrieron los cuerpos de Crittenden, con los de Thomas y McCook, que antes no habían atravesado éste. Todo el ejército se estaba moviendo por su izquierda.
Allí hubo una pelea aguda todo el tiempo y todo el día, pues la foresta era tan densa, que las líneas hostiles llegaban casi al contacto antes de que la pelea fuera posible. Una instancia fue particularmente horrible. Después de algunas horas de embestida cercana mi brigada, con unas piezas fallidas y unas cajas de cartuchos exhaustas, fue relevada y retirada al camino, para proteger varias baterías de artillería -probablemente, dos docenas de piezas-, que dominaban un campo abierto en la retaguardia de nuestra línea. Antes de que nuestros hombres, cansados ​​y virtualmente desarmados, hubieran alcanzado en realidad los cañones, la línea en frente cedió, fue de vuelta atrás de los cañones y se fue el Señor sabe a dónde. Un momento después el campo estaba gris, con los confederados en persecución. Entonces los cañones abrieron fuego con munición y botes de metralla, y por acaso cinco minutos -pareció una hora- nada pudo ser oído, salvo el estruendo infernal de su descarga, y nada visto a través del humo, salvo una gran ascensión de polvo del suelo magullado. Cuando todo hubo terminado, y la nube de polvo se hubo elevado, el espectáculo era demasiado espantoso para describirlo. Los confederados todavía estaban allí -todos ellos, al parecer-, algunos casi debajo de las bocas de los cañones. Pero ni un hombre de todos esos tipos bravos estaba sobre sus pies, y estaban todos tan densamente cubiertos de polvo, que parecía como si hubieran sido revestidos de amarillo.
"Enterramos a nuestros muertos", dijo un artillero ceñudo, aunque sin dudas todos fueron excavados después, pues algunos estaban parcialmente vivos.
A un "día de peligro" sucedió una "noche de vigilia." El enemigo se mantuvo por todas partes detrás del camino, continuó estirando su línea hacia el norte, con la esperanza de sobresituarse y ponerse entre nosotros y Chattanooga. Nosotros no veíamos ni oíamos su movimiento, pero cualquier hombre con media cabeza hubiera sabido que lo estaba haciendo, y lo recibimos con un movimiento paralelo hacia nuestra izquierda. Por la mañana habíamos bordeado a lo largo de buena manera, y levantado rudas trincheras a una pequeña distancia del camino, en el lado amenazado. El día no estaba muy avanzado, cuando fuimos atacados furiosamente a todo lo largo de la línea, empezando por la izquierda. Cuando era rechazado, el enemigo venía una y otra vez, su persistencia era desalentadora. Parecía estar utilizando contra nosotros la ley de probabilidades: entre tantos esfuerzos uno, eventualmente, tendría éxito.
Uno lo tuvo, y fue mi suerte verlo ganar. Yo había sido enviado por mi jefe, el general Hazen, para ordenar alguna munición de artillería, y cabalgué hacia la derecha y la retaguardia en busca de ésta. Hallando un tren de pertrechos, obtuve del oficial a cargo unas pocas carretas cargadas con lo que yo quería, pero él parecía tener dudas en cuanto a nuestra ocupación de la región, por la cual yo le propuse guiarlos. Aunque le aseguré que justo la había atravesado, y que ésta estaba inmediato detrás de la división de Wood, él insistió en cabalgar a la cima de la loma, detrás de la cual estaba su tren y observar el terreno. Nosotros hicimos así, y para mi asombro vi el campo entero al frente abarrotado de confederados, ¡la misma tierra parecía estarse moviendo hacia nosotros! Éstos venían en miles y tan rápido, que nosotros apenas tuvimos tiempo para volver la cola y galopar colina abajo y lejos, dejándolos en posesión del tren, muchas de las carretas siendo volcadas, por los esfuerzos frenéticos para ponerlas de vuelta. Por qué milagro ese oficial había sentido la situación, yo no lo supe, pues nos separamos allí entonces y nunca lo vi de nuevo.
Por un malentendido, la división de Wood había sido retirada de nuestra línea de batalla, justo mientras el enemigo estaba haciendo un asalto. A través de una brecha de media milla, los confederados cargaban sin oposición, cortando nuestro ejército limpiamente en dos. Las divisiones de la derecha fueron partidas y, con el general Rosecrans en su medio, huyeron como pudieron por el campo, llegando eventualmente a Chattanooga, donde Rosecrans telegrafió a Washington la destrucción del resto de su ejército. El resto de su ejército estaba parado en su terreno.
Una buena porción de tontería se suele decir sobre el heroísmo del general Garfield, quien, atrapado en la fuga de la derecha, no obstante, fue atrás y se unió a la no derrotada izquierda bajo el general Thomas. No había un gran heroísmo en eso, eso es lo que todo hombre debería haber hecho, incluyendo el comandante del ejército. Nosotros podíamos oír los cañones de Thomas yendo -esos que tenían oídos para éstos-, y todo lo que se necesitaba era hacer un desvío lo suficiente amplio, y entonces moverse hacia el sonido. Yo mismo hice así, y nunca he sentido que eso debiera hacerme presidente. Además, en mi camino encontré al general Negley, y habiéndome dado, mis deberes como ingeniero topográfico, algún conocimiento del estado de la tierra, le ofrecí pilotarlo de vuelta a la gloria o la tumba. Yo siento decir, que mis buenos oficios fueron rechazados de modo un poco incivil, lo que atribuí de forma caritativa a la obvia ausencia de mente del general. Su mente, pienso, estaba en Nashville, detrás de un parapeto.
Incapaz de encontrar mi brigada, reporté al general Thomas, quien me ordenó que me quedara con él. Él había asumido el comando de todas las fuerzas aún intactas, y era asediado de modo bastante cercano. La batalla era feroz y continua, el enemigo extendía sus líneas más y más alrededor de nuestra derecha, hacia nuestra línea de retirada. Nosotros no podríamos enfrentar la extensión de otra forma, que "rehusando" a nuestro flanco derecho y dejando que nos cercara, lo cual, salvo por el galante Gordon Granger, hubiera hecho de modo inevitable.
Ésta fue la forma de ésta. Mirando sobre los campos de nuestra retaguardia (más bien con añoranza), yo tuve la feliz distinción de un descubridor. Lo que vi fue el destello de la luz solar en el metal: ¡unas líneas de tropas estaban viniendo detrás de nosotros! La distancia era demasiado grande, la atmósfera demasiado brumosa para distinguir el color de su uniforme, incluso con unos anteojos. Reportado mi "hallazgo" sustancial, fui dirigido por el general a ir a ver quiénes eran. Galopando hacia ellos lo suficiente cerca para ver que eran de nuestra índole, me apresuré atrás con las gratas nuevas y fui enviado de nuevo, para guiarlos a la posición del general.
Era el general Granger con dos fuertes brigadas de la reserva, moviéndose como soldados hacia el sonido del tiroteo pesado. Recibido a él y a su personal lo dirigí a Thomas, e incapaz de pensar en alguna cosa mejor que hacer, decidí ir de visita. Yo sabía que tenía un hermano en esa banda, un oficial de una batería de Ohio. Pronto lo encontré cerca de la cabeza de una columna, y mientras nos movíamos adelante, tuvimos una charla confortable entre tales de las balas enemigas, que de modo inconsiderado habían sido disparadas demasiado alto. El incidente fue un poco malogrado por otro oficial de la batería, uno de esos sin caballo, a quien apoyamos contra un árbol y dejamos. ¡Unos pocos momentos después, la fuerza de Granger fue puesta a la derecha y la pelea fue terrífica!
Por accidente yo entonces encontré la brigada de Hazen -o lo que quedaba de ésta-, que había hecho una marcha de media milla, para agregarse a la no fugada en la memorable colina Snodgrass. La primera observación de Hazen a mí, fue una indagación sobre esa munición de artillería, por la que me había enviado.
Era necesaria muy lo suficiente, como lo era de otros tipos: en las últimas una o dos horas de ese día interminable, los hombres de Granger eran los únicos que tenían suficiente munición, para dar una pelea de cinco minutos. Hubieran los confederados hecho un ataque general más, nosotros tendríamos que haberlos recibido con la sola bayoneta. Yo no sé por qué no lo hicieron; probablemente, estaban cortos de munición. Sé, sin embargo, que mientras el sol se estaba tomando su propio tiempo para ponerse, nosotros vivíamos la agonía de al menos una muerte cada uno, esperando que ellos vinieran.
Por último se hizo demasiado oscuro para pelear. Entonces lejos a nuestra izquierda, y un poco en la retaguardia de la gente de Bragg se levantó "el grito rebelde." Éste se fue alzando de forma sucesiva, y pasó en redondo hacia nuestro frente, a lo largo de nuestra derecha y detrás de nosotros de nuevo, hasta que pareció haber llegado casi al punto donde empezó. Era el sonido más feo que cualquier mortal jamás oyera, incluso un mortal exhausto y enervado por dos días de pelea dura, sin dormir, sin descanso, sin comida y sin esperanza. Había, sin embargo, un espacio en algún lugar al fondo de nosotros, sobre el cual ese grito horrible no se prolongó en sí mismo; y a través de ése nosotros, finalmente, nos retiramos en profundo silencio y desaliento, no molestados.
Para esos de nosotros que han sobrevivido a ambos ataques de Bragg y el tiempo, y que guardan en la memoria a los queridos camaradas muertos, a quienes dejamos sobre ese campo fatídico, el lugar significa mucho. Puede éste significar algo menos para los hombres más jóvenes, cuyas tiendas están ahora acampadas donde, con las cabezas inclinadas y las manos apretadas, los grandes ángeles de Dios se colocan de modo invisible entre los héroes de azul y los héroes de gris, que duermen su último sueño en los bosques de Chickamauga.

Título original: A Little of Chickamauga, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, 1898, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Hero of Little Round Top, XX.

lunes, 14 de abril de 2014

De Noticias obituarias

 
...El siguiente reporte de una autopsia, es de peculiar interés para los médicos y los cristianos: caja 81, felo de se.1 Yow Kow, amarillo, varón, chino, 94 años, hallado muerto en la calle, adicto al opio. Autopsia: dieciséis horas después de la muerte. Babeando por la boca, la cabeza hundida, inmenso rigor mortis, ojos dilatados y sacados, abdomen lacerado, hemorragia desde la oreja izquierda. Cabeza. Agua en el cerebro, cuero cabelludo congestionado, más bien, cuando estalló por un mazo, el interior de la cabeza semejaba un mapa de guerra. Tórax. Carga de perdigón en el pulmón izquierdo, diafragma difundido, marcas de dedo de corazón deficiente en esa vecindad, rastros de clavos de herradura afuera. Abdomen. Lacerado como antedicho, intestino delgado obstruido con polvo de ladrillo, tirador en el duodeno, tacón de bota incrustado en la pelvis, cuchillo de carnicero fijo con rigidez en el riñón derecho.
Observaciones: la inmigración china arruinará cualquier país del mundo. 

1Felo de se, en la ley común inglesa término arcaico que significa suicidio.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Pieter Claesz, Vanité, 1630. 

jueves, 20 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Un asiático muerto fue hallado, recientemente, en una zanja en el condado de Nevada. Su cabeza, como la del sapo, tenía una preciosa joya encajada en sí, como del tamaño de una sandía ordinaria, y una clara mayoría de sus dedos de las manos, los pies y las facciones había recibido entierro cristiano, en los estómagos de diversos cerdos contiguos con comisiones errabundas. Como él parecía no deseoso de declarar quién era, o cómo había obtenido su merecido, fue repuesto con ternura en su zanja última, y sus descubridores procedieron ociosamente por el forense. Al arribo de ese funcionario público algunos días más tarde, se descubrió una pila de huesos bien limpiados con este epitafio conmovedor, inscrito con lápiz de plomo en un segmento del cráneo:
“Tu vida no puede ser la masticada de un patán chino, ejecutado por mí por ofensas políticas, y comido por mis cerdos hambrientos, que no tenían nada delante, desde que el jefe de la cárcel se robó mi maíz. Bill Roper, y de tal es el reino que viene".1

1Ofrezco traducción aproximada (casi inventada) debido al slang enigmático del original. Si algún anglófono se dignara a contribuir a la exactitud de la traducción... (N. del T.)  

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Worachai Yosthamrong, Still life with skull near old book and yellow candle, XXI.

martes, 11 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...¡Yo Hop está muerto! Fue visto vivo por última vez hacia las tres de la mañana ayer, por un labrador blanco que estaba volviendo a casa, después de una alargada orgía en una posada de Barbary Coast, y en ese tiempo parecía estar en indiscutible posesión de todas sus facultades, el remanente de su propiedad personal habiendo sido transferido al labrador blanco antedicho. En el momento aludido, el sr. Hop estaba en el acto de lanzar sus brazos arriba, como para guardarse de algún peligro inminente en las manos del único espectador. Un instante más tarde experimentó una de esas muertes súbitas, que han hecho esta ciudad popular-famosa y quirúrgico-interesante.
El llorado tenía cuarenta años de edad, cuánto tiempo más podría haber vivido en su propio país, es imposible de determinar, pero es de señalar que el clima de California es muy fatigoso para las personas de su organismo peculiar. El cuerpo fue tomado a cargo con amabilidad por un residente del vecindario, y ahora yace de cuerpo presente en su patio trasero, donde está siendo preparado con cuidado para el entierro por esos hábiles sabuesos de los sres. Lassirator, Mangler y Chure, cuyos nombres son una garantía suficiente, de que los ritos fúnebres van a ser realizados de una manera adecuada a la ocasión solemne.
Extendemos a la viuda desolada nuestra sincera simpatía en las tarifas regulares. La causa del deceso del sr. Hop es desconocida. Es no importante.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Worachai Yosthamrong, Still life with skull near old book and yellow candle, XXI.

sábado, 8 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Durante la semana que recién rodó a la eternidad, nuestra ciudad se ha sumido en el dolor más profundo. Ese, quien hace todas las cosas bien, aunque bajo nuestro débil entendimiento humano, sus actos pueden verse a veces con sabor a injusticia, ha visto adecuado remover de entre nosotros a uno, cuyo genio y vida inculpable, lo habían hecho querido para amigo y enemigo por igual.
Al decir que el sr. Jowler fue un perro de habilidades preeminentes y virtudes excepcionales, sólo hacemos eco vagamente del veredicto de un universo desolado. Dotado de un intelecto gigantesco y un corazón cálido, modesto en su conducta, genial en su intercurso con amigos y conocidos, e indulgente con los extraños (con quienes siempre mantuvo las relaciones más cordiales, no dañado por la grosa familiaridad, demasiado común entre los perros de razas inferiores), inofensivo en su caminata diaria y conversación, el difunto era universalmente respetado, y su pérdida va a ser incluso más generalmente deplorada.
Sería una obra de supererogación, el dar un résumé de la carrera pública de uno tan bien conocido, de uno cuyo nombre se ha vuelto una palabra casera. En la vida privada su carácter era igualmente estimable. Tuvo siempre un meneo de incentivo para el joven, el mal-favorecido, el apaleado y el sarnoso. Aunque su espíritu gentil ha fallecido, ha dejado con nosotros el registro de sus virtudes como un ejemplo brillante para todos los cachorros, y el escritor se complace en admitir eso tan lejos, como en éste yace que él mismo se ha esforzado por sacar provecho de eso.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Memo-adv, Dog Skull, XXI.

viernes, 7 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...El sr. Bildad Gorcas, cuya muerte ha lanzado una manta mojada de tristeza sobre nuestra comunidad, era un hombre en comparación desconocido, pero su vida brinda una lección instructiva para los hígados veloces. El sr. Gorcas nunca en su vida probó bebidas ardientes, comió carnes especiadas o estuvo sentado más tarde de las nueve de la noche. Se levantaba en verano e invierno a las dos a.m., y se pasaba una hora y tres cuartos inmerso en agua helada. Por los últimos veinte años ha caminado quince millas diarias antes del desayuno, y luego ido sin desayuno. Durante sus horas de vigilia nunca estuvo un momento ocioso, cuando no en el trabajo duro, estaba tratando de pensar. Hasta el tiempo de su muerte, que ocurrió el domingo pasado, nunca había hablado a un doctor, nunca tuvo ocasión de maldecir a un dentista, tenía una lujosa mata de cabello veteado, y no había una arruga en alguna parte de su cuerpo. Si no hubiera sido cortado al caer a través de una sierra circular, a la temprana edad de treintidós años, no se sabe cuánto tiempo podría haber capeado eso.
Una vida como la suya es un ejemplo tan brillante y radiante, que casi sentimos haya muerto.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Pieter Claesz, Still Life with a Skull and a Writing Quill, 1628.

martes, 4 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Estamos compelidos de modo reluctante a relatar la muerte intemporal de la sra. Margaret Ann Picklefinch, que ocurrió hacia la una de la mañana ayer. Las circunstancias que acompañaron al evento melancólico fueron éstas:
Justo antes de la hora nombrada su marido, el bien conocido temperado disertador, y menos conocido en general temperado escuchador, llegó a la casa de una aplazada reunión de la Legión del agua fría, y se retiró muy borracho. Su estimable dama se paró y le tironeó las botas, a lo usual. Él se metió en la cama y ella se acostó a su lado. Ella emitió un afable preliminar juramento de ternura, y súbitamente dejó de hablar. Debe haber sido hacia esa hora que murió. Con la luz del día él la invitó a pararse y hacer el fuego. No detectando movimiento en su cuerpo reforzó la disciplina familiar. El sonido duro peculiar de su esposa golpeando el suelo, primero despertó sus sospechas del despojo que había sufrido, y al levantarse más tarde en el día encontró sus primeros temores realizados, la dama había desistido del reclamo de su protección ulterior.
Extendemos al sr. P. nuestra sincera simpatía, en la grandiosa calamidad que le puede suceder a un hombre inmatrimonial. El inconsolable sobreviviente tocó en nuestra oficina la tarde pasada, conversó con sentimiento por algunos momentos sobre las virtudes de la querida partida, y se fue con el aire de un perro que ha tenido su cola abreviada, y está forzado a empezar una vida nueva. Verdaderamente, los decretos de la Providencia a veces parecen absurdos.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Claude Monet, Nature morte: le quartier de viande, XIX.

domingo, 2 de febrero de 2014

De Noticias obituarias


...Es con un sentimiento de pesar profesional, que registramos la muerte del sr. Jacob Pigwidgeon. El difunto fue uno de nuestros más tempranos pioneros, quien llegó a este Estado mucho antes de que fuera necesitado. Su edad es un asunto de mera conjetura; probablemente, era menos avanzado en años de lo que Matusalén habría sido, si hubiera practicado una temperancia razonable en el comer y beber. El sr. Pigwidgeon fue un caballero de piedad sincera pero modesta, profundamente respetado por todos quienes se imaginaban a sí mismos como él. Probablemente, ningún hombre de su día ejerció tan peculiar influencia en la sociedad. Siempre el primero en toda buena obra, fuera de la cual no hubiera cualquier cosa para hacer, dispensador sin escatimar de todas las especies de caridad, que pagaran una comisión al desembolsante, el sr. Pigwidgeon fue un modelo de generosidad, pero prodigaba sus favores con tal modestia, que su mano izquierda sabía raramente qué bolsillo estaba aliviando su mano derecha. Durante los problemas del 56, fue cercanamente identificado con el Comité de vigilancia, siendo instruido por ese cuerpo con la importante misión de ir a Nevada, y permanecer allí. En 1863 fue elegido miembro honorario de la Sociedad para la prevención de humanidad hacia los chinos, y no hay la menor duda de que él podría haber sido cualquier cosa, tan activa fue la estima con la cual inspiró a esos, por quienes era deseado que debiera votar.
Originalmente nacido en Massachusetts, pero por veintiún años un nativo de California y parcialmente calvo, poseyendo una natura cosmopolita que amaba un chelín inglés así mismo, en proporción a su valor, como un dólar mexicano, el sujeto de nuestra memoria era uno a quien era un honor conocer, y cuya amistad cercana era un lujo que sólo el afluente se podía permitir. Va a ser incluso la jactancia más orgullosa del escritor, que él la disfrutó a menos de la mitad de las tarifas usuales.
Las circunstancias que acompañaron su despegue fueron las más lamentables. Él había estado por algún tiempo muy deprimido de espíritu, de un tipo y del otro, y en la mañana del pasado miércoles se observó que echaba espuma por la boca. No se prestó atención a eso, creyendo su familia que era un síntoma de la hidrofobia, con la cual había sido afligido desde la cuna. Súbitamente, un extraño de ojos oscuros entró a la casa, tomó el cuello del paciente entre su pulgar e índice, se arrojó el cuerpo a través de su hombro, guiñó de modo respetuoso a la viuda desolada, y se retiró por la vía del sótano de la cocina. ¡Adiós, alma pura!, nos vamos a reunir de nuevo.

Título original: Sin título, publicado por primera vez en The Fiend's Delight, 1873, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Guido Mocafico, Vanités, 2007.

lunes, 3 de junio de 2013

No hay cargo por la asistencia


Cerca del camino que conduce de Deutscherkirche a Lagerhaus, se pueden ver las ruinas de una cabaña pequeña. Ésta nunca fue una pila muy pretenciosa, pero tiene una historia. A mediados de la centuria pasada fue ocupada por un Heinrich Schneider, quien era un granjero menudo, un granjero tan menudo que sus ropas no le hubieran ajustado, sin una buena dosis de tomadura por dentro. Pero Heinrich Schneider era joven. Tenía una esposa, sin embargo; la mayoría de los granjeros menudos la tienen cuando son jóvenes. Ellos eran más bien pobres: la granja era justo lo suficiente grande, para mantenerlos de modo confortable hambrientos.
Schneider no tenía un gusto literario, su única lectura era una vieja copia de páginas dobladas de Las mil y una noches, hecha en alemán, y en ésa él no leía nada más que la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. Después de su quingentésimo repaso de ésta, concibió una idea valiosa: ¡frotaría su lámpara y acorralaría al genio! Así que se puso un guante de cuero grueso en la mano derecha, y fue al aparador para sacar la lámpara. Él no tenía una lámpara. Pero esa decepción, que hubiera sido instantáneo fatal para un hombre más desanimado, fue sólo un estímulo agradable para él. Sacó un viejo apagavelas de hierro, y se puso a trabajar sobre éste
Ahora, el hierro es muy duro, éste requiere más frotación que cualquier otro metal. Yo una vez arranqué a un genio de un yunque, pero estuve bastante fatigado antes de tenerlo todo afuera, la más ligera irritación de una pipa de agua plomiza, hubiera traído al mismo genio afuera de éste, como a una rata de su hueco. Pero habiendo plantado todas sus aves de corral, sembrado sus patatas y asentado su trigo, Heinrich tenía todo el verano por delante, y fue paciente, dedicó todo su tiempo a compeler la asistencia de lo sobrenatural.
Cuando el otoño llegó la buena esposa recogió de las gallinas, excavó las manzanas, repeló a los cerdos y otros cereales, y eso fue una maravillosa, abundante cosecha. Los cultivos de Schneider habían florecido de forma asombrosa. Eso fue porque él no los molestó en todo el verano con implementos agrícolas. Una noche, cuando el producto había sido almacenado, Heinrich se sentó junto a su hogar, operando sobre su apagavelas con la misma fe sencilla, como en la primavera temprana. Súbitamente, hubo un golpe en la puerta, y el Genio esperado hizo acto de presencia. Su advenimiento produjo no poca sorpresa en la buena pareja.
Éste era una muy sustancial encarnación, en efecto, de lo sobrenatural. Alrededor de ocho pies de longitud, gordo en extremo, de miembros gruesos, mal favorecido, pesado de movimiento y en general no bonito; a primera vista, no impresionó a su nuevo amo de modo demasiado favorable.
Sin embargo, se le dio una banqueta junto al hogar, y Heinrich lo acosó con una multitud de preguntas: ¿de dónde había venido?, ¿a quién había servido la última vez?, ¿cómo le caía Aladino?, ¿y pensaba él que ellos debían llevarse bien? A todas esas consultas el Genio dio respuestas evasivas, fue délfico hasta el límite de lo ininteligible. Él sólo asentía de forma misteriosa, murmurando entre dientes en alguna lengua desconocida, probablemente árabe, en la que, sin embargo, su amo pensó que podía distinguir las palabras “asado” y “hervido”, con una frecuencia significativa. Ese Genio debía haber servido la última vez en calidad de cocinero.
Eso fue un descubrimiento gratificante: en los próximos cuatro meses o más, no habría nada que hacer en la granja, el Esclavo podría preparar las comidas de la familia durante el invierno, y en la primavera ir regularmente al trabajo. Schneider era demasiado astuto, para arriesgarlo todo con unas demandas extravagantes de una vez. Recordó el huevo del roc de la leyenda, y pensó que iba a proceder con cautela. Así que la buena pareja sacó sus utensilios de cocina, y con pantomimas indujeron al Esclavo en el misterio de su uso. Le mostraron la despensa, el sótano, el granero, los corrales de gallinas y todo. Él parecía interesado e inteligente, aprehendía los puntos sobresalientes de la situación con maravillosa facilidad, y asentía como si fuera a dejar caer su cabeza grande, lo hacía todo sin hablar.
Después de eso la frau preparó la comida de la noche, el Genio asistiendo de forma muy satisfactoria, excepto que sus nociones de cantidad eran más bien demasiado liberales, acaso eso era natural en uno acostumbrado a los palacios y las cortes. Cuando todo estuvo en la mesa, a modo de probar la obediencia de su esclavo, Heinrich se sentó en el tablero y frotó el apagavelas con descuido. ¡El genio estuvo ahí en un segundo! No sólo eso, sino que cayó sobre las viandas con un ardor y una sinceridad que eran alarmantes. En dos minutos había acabado con todo lo de la mesa. ¡La rapidez con que ese espíritu amontonó toda clase de comestibles en su cuello, era simplemente chocante!
Habiendo terminado su refrigerio, se extendió ante el fuego y se puso a dormir. Heinrich y Barbara estaban deprimidos de espíritu, se sentaron casi hasta la mañana en silencio, esperando que el Genio se desvaneciera en la noche, pero éste no se desvaneció de ninguna forma perceptible. Además, no se había desvanecido la mañana siguiente, se había levantado con la alondra, y estaba preparando el desayuno, habiendo hecho sus estimados sobre la base de un consumo más inmoderado. Así pronto se sentó, con el mismo apetito católico que lo había distinguido la noche anterior. Habiendo engullido su desayuno prepóstero, atavió su cara gorda con un ceño de cebellina, golpeó a su amo con una cacerola, se extendió ante el fuego y de nuevo se dispuso a dormir. Acabado una comida furtiva y clandestina en la despensa, Heinrich y Barbara se confesaron tener el corazón enfermo a fondo por lo sobrenatural.
-Te lo dije -dijo él-, depende de eso, la industria del paciente es mil por ciento mejor que esa agencia invisible. Yo voy a llevar ahora ese fatal apagavelas a una milla de aquí, frotarlo realmente duro, lanzarlo a un lado y correr lejos.
Pero no lo hizo. Durante la noche habían caído diez pies de nieve. Yacía todo el invierno también.
Temprano en la primavera siguiente emergieron de esa cabaña, por el borde del camino, la armazón inestable de un hombre que arrastraba, a través de mares de nieve derretida, a una mujer tambaleante de aspecto abatido. Desolados, lesionados, famélicos y desalentados, esas reliquias melancólicas siguieron su ruta, hasta que llegaron a un cruce de caminos (todos conducen a Lagerhaus), donde vieron pegado en un poste derecho el andrajo de una vieja pancarta. Se leía como sigue:
Perdido, extraviado o robado del Gran Museo de Herr Schaackhofer, el célebre gigante patagónico, Ugolulah. Altura 8 pies 2 pulgadas, figura elegante, apuesto, facciones inteligentes, animado y vivaz en la conversación, de dirigirse atractivo, temperado en la dieta, inofensivo y tratable en la disposición. Responde al apodo de Fritz Sneddeker. Cualquiera que lo devuelva a Herr Schaackhofer, va a recibir siete táleros de recompensa, y no se harán preguntas.
Era una oferta tentadora, pero ellos no fueron atrás por el gigante. Pero él fue descubierto después durmiendo dulcemente sobre la piedra del hogar, tras una comida opípara con barriles y cajas vacías. Siendo seguro fue hallado estar demasiado gordo para egresar por la puerta. Así que la casa fue echada abajo para dejarlo salir, y así es cómo le ocurre estar en ruinas ahora.

Título original: No charge for attendance, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Wallpaper, Old cabin, XXI.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Cementerio


Sitio aislado suburbano donde los dolientes combinan mentiras, los poetas escriben con un objetivo y los picapiedras deletrean para una apuesta. Las inscripciones siguientes van a servir para ilustrar el éxito alcanzado en esos juegos olímpicos:
"Sus virtudes eran tan conspicuas que sus enemigos, incapaces de pasarlas por alto, las negaban, y sus amigos, para cuyas vidas disolutas éstas eran un reproche, las representaban como vicios. Éstas son aquí conmemoradas por su familia, quien las compartió.
En la tierra nosotros aquí preparamos un lugar para poner a nuestra pequeña Clara.
Thomas M. y Mary Frazer
P.S. Gabriel la va a levantar."

Título original: Cemetery, publicado por primera vez en The Devil's Dictionary, 1911, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Hollywood Movie Watch Online, Mortuary, 1983.

sábado, 6 de octubre de 2012

Serpenteando


Las personas muy habladoras siempre me parecieron estar divididas en dos clases: esas que mienten con un propósito y esas que mienten por el amor de mentir, y Sam Baxter pertenecía con amplia imparcialidad a ambas. Para él la falsedad no era con mayor frecuencia un medio que un fin, pues no sólo mentía sin un propósito, sino con un sacrificio. Yo lo oí una vez leyéndole un periódico a una tía ciega, y falsificando de modo deliberado los reportes del mercado. La buena vieja dama tomaba todo con una fe confiada, hasta que él citó manzanas secas a cincuenta céntimos la yarda por lados no cernidos, entonces ella se levantó y lo desheredó. Sam parecía considerar la fuente de la verdad como una charca estancada, y a sí mismo un ángel cuyo negocio era quedarse cerca y perturbar las aguas.
-Usted sabe, Ben Dean -me dijo Sam un día-, yo estoy en baja con ese tipo, y le voy a contar por qué. En el invierno del 68, él y yo estábamos serpenteando juntos en las montañas, al norte de Big Sandy.
-¿Qué quiere decir con serpenteando, Sam?
-¡Bueno, me gusta esto! Pues reunir serpientes, para estar seguro, serpientes de cascabel para los jardines zoológicos, los museos y los shows-laterales de los circos. Así es como se hace: una partida de serpenteros va a las montañas en el otoño temprano, con provisiones para todo el invierno, y poniendo una serpentera en algún punto central, se ponen a trabajar tan pronto como la temporada letárgica se asienta, y antes de que haya mucha nieve. Yo presumo usted sabe que cuando las noches empiezan a ponerse frías, las serpientes se meten debajo de las grandes piedras planas, se acurrucan juntas y se acuestan ahí tiesas congeladas, hasta que los días cálidos de la primavera las entonan para el negocio.
-Nosotros vamos por alrededor, levantamos las rocas, atamos a los gusanos en bultos convenientes y los cargamos al serpentero, donde, durante la temporada de nieve, son surtidos, etiquetados de acuerdo a la calidad y empaquetados para el transporte. A veces un único showman tiene tantos, como una docena de serpenteros en las montañas todo el invierno.
-Ben y yo estábamos afuera un día, y habíamos reunido unos pocos fardos de las primeras, cuando descubrimos una piedra amplia que mostraba buenos indicios, pero que no podríamos levantar. Toda la parte superior de la montaña parecía estar edificada, mayormente, sobre esa misma piedra. No había nada que hacer salvo socavarla, excavar debajo, usted sabe; así que tomando la pala yo pronto ensanché el hueco, en el que las criaturas se habían metido, hasta que éste hubiera admitido mi cuerpo. Arrastrándome adentro, encontré una suerte de celda en la roca sólida, abarrotada casi por completo de hermosas serpientes, algunas de ellas tan largas como un hombre. ¡Usted hubiera disfrutado con esos gusanos! Estaban dispuestas con esmero alrededor de los costados de la cueva, e incluso una docena en cada litera, y algunas raras oscilando desde el techo en hamacas, como los marineros. Para ese tiempo yo las había contado con rudeza, como éstas yacían, estaba oscuro y nevando con malicia. No había un volver atrás al cuartel general esa noche, y había espacio sólo para uno de nosotros adentro.
-¿Adentro de qué, Sam?
-¡Vea aquí!, ¿ha ​​estado escuchando lo que yo le estoy contando, o no? No hay uso en contarle nada a usted. Quizás no le importe esperar hasta que yo lo haya hecho, y entonces puede contar algo suyo propio. Nosotros sacamos pajitas para decidir quién debería dormir adentro, y me cayó a mí. ¡Tal suerte tenía siempre ese tipo de Ben, sacando pajitas cuando yo las sostenía! ¡Era pecaminoso! Pero hasta adentro hacía frío, y yo estuve más de una hora para quedarme dormido. Hacia la mañana, sin embargo, me desperté sintiéndome muy cálido y tranquilo. Había luna llena, justo estaba saliendo en el valle debajo, y, brillando adentro del hueco al que yo había entrado, lo hizo todo luminoso como de día.
-Pero, Sam, de acuerdo a mi astronomía, la luna llena nunca sale por la mañana.
-Ahora, ¿quién dijo algo sobre su astronomía? Me gustaría saber ¿quién está contando esto, usted o yo? Siempre piensa que sabe más que yo, y siempre jurando que no es así, y siempre tomando las palabras de mi boca, y… ¿pero cuál es el uso de argumentar con usted? Como estaba diciendo, las serpientes se empezaron a despertar al mismo tiempo que yo lo hacía, las podía oír voltearse hacia sus otros costados y suspirar. De repente una se levantó y bostezó. Tenía buena intención, pero no era la cosa regular a hacer para un ofidio en esa temporada. Poco a poco empezaron a asomar sus cabezas por todo alrededor, asintiendo unos buenos días unas a las otras a través de la estancia, y muy pronto una me vio acostado allí y llamó la atención sobre el hecho. Entonces todas empezaron a agolparse al frente, y a tenderse por los costados de las camas en una franja, para estudiar mis hábitos. Yo no puedo describir el extraño espectáculo: ¡usted hubiera supuesto que era mediados de marzo y una temporada adelante! Había más gusanos de los que yo había contado, y eran más grandes de lo que había pensado. Y cuanto más se despertaban, más ancho bostezaban y más largo se estiraban. Los tipos gordos en las hamacas encima de mí, estaban en peligro de volcarse y romperse el cuello a cada minuto.
-Entonces me pasó por la mente como un destello cuál era el asunto. Hallando que hacía frío afuera, Ben había hecho un fuego rugiente en la cima de la roca, y el calor había timado a los gusanos en la creencia de que era la primavera tardía. Mientras yo estaba acostado allí y pensaba en un hombre crecido por completo, que no tenía ningún sentido mejor que hacer una cosa como esa, estaba lo bastante loco como para matarlo. Perdí la confianza en el género humano. Si yo no hubiera tapado la entrada antes de acostarme, con una piedra redonda grande que el calor había hinchado tanto, que un pisón hidráulico no podría haberla aflojado con un topetazo, debería haberme puesto mi ropa e ido derecho a casa.
-Pero, Sam, usted dijo que la entrada estaba abierta, y la luna brillando adentro.
-¡Ahí va usted de nuevo! Siempre contradiciendo, e insinuando que la luna debe quedarse por horas en una posición, y diciendo que lo ha oído mejor contado por alguien más, ¡y queriendo pelear! Yo le he contado esta historia a su hermano en Milk River más de cien millones de veces, y él nunca dijo una palabra contra ella.
-Yo le creo, Samuel, porque él está sordo como una lápida.
-¡Le cuento qué hacer por él! Yo conozco a un tipo en Smith Valley que lo va a curar en un minuto. Ese tipo ha limpiado la sordera de todo el condado de Washington una docena de veces. Yo nunca conocí un caso de ésta que pudiera alzarse contra él diez segundos. Agarre tres partes de una raíz serpiente con un galón de grasa de carretón, ¡y yo voy a ir a ver si puedo encontrar la prescripción!
Y Sam se fue como un cohete.

Título original: Snaking, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Bill Anton, Morning at Sycamore Canyon, XXI.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La bruja de las aves


De la Frau Gaubenslosher se sospechó fuertemente por brujería. Yo no pienso que ella fuera una bruja, pero no me gustaría jurar que no lo era en una corte de ley, a menos que una buena cantidad dependiera de mi testimonio, y hubiera sido apropiadamente sobornado de antemano. Un gran número de personas acusadas de brujería han descreído del cargo con firmeza hasta que, cuando fueron sometidas a disparos con una bala de plata o hervores en aceite, se han hallado incapaces de soportar la prueba. Y se debe confesar que las apariencias estaban en contra de la Frau. En primer lugar ella vivía bastante sola en una foresta, y no tenía una lista de visitantes. Eso era sospechoso. En segundo -y era así, en lo principal, que había adquirido su mala reputación-, todas las aves de corral de la vecindad parecían tenerle la más sin compromiso mala voluntad. Cuando quiera ella pasaba por delante de una bandada de gallinas, patos, pavos o gansos uno de éstos, con las alas caídas, el pescuezo extendido y el pico abierto empezaba una persecución en caliente. A veces toda la bandada se unía por unos pocos momentos con un clamor estridente, pero siempre había uno más veloz y determinado que el resto, y ese uno mantenía la cacería con un celo infatigable y limpiamente fuera de la vista.
En esas ocasiones el susto de la dame1 era doloroso de contemplar. Ella no gritaba -sus órganos de aullar parecían haber perdido su poder- ni, como regla, maldecía, justo se dirigía a sí misma en una silenciosa velocidad rezadora, ¡con cada síntoma del terror abyecto!
La explicación de la Frau sobre esa persecución no natural era singularmente débil. Una cierta noche largo tiempo atrás, decía ella, un pobre ganso enlodado y atenuado había tocado a su puerta por alivio. Éste declaró con acento lastimero que no había comido nada por meses, salvo tachuelas de estaño y una ocasional botella de cerveza, y que no había dormido bajo cubierto en tan largo tiempo, que no sabía lo que era. ¿Le daría ella un lugar en su guarda-fuego, y le buscaría seis u ocho pasteles fríos para distraerlo, mientras le estuviera preparando la cena? A esa petición ella hizo oídos sordos, y él se fue lejos. Él vino de nuevo la noche siguiente, sin embargo, trayendo un certificado por escrito de un clérigo, sobre que su caso era uno merecedor. Ella no lo ayudó, y él partió. La noche después él se presentó de nuevo, con un papel firmado por un oficial relevado de la parroquia, que declaraba que la necesidad de ayuda era la más urgente.
Para ese tiempo la buena naturaleza de la Frau estaba bastante exhausta: lo mató, lo adobó, lo puso en una olla y lo hirvió. Lo mantuvo hirviendo por tres o cuatro días, pero no se lo comió porque sus dientes eran justo como los dientes de nadie, no más débiles acaso, pero ciertamente no más fuertes ni agudos. Así que alimentó con él a una máquina trilladora de una conocida suya, que se las arregló para masticar algunas de las porciones más modernas, pero naufragó sin esperanza hasta el cuello. Desde ese tiempo la pobre belle-dame había vivido bajo el bando de una gran maldición. Las gallinas tomaban tras ella con tal naturalidad como tras un escarabajo volandero, los gansos la perseguían como si fuera un renacuajo fugaz, los patos, los pavos, las aves de guinea acampaban en su rastro con incansable pertinacia.
Ahora, había un fermento de improbabilidad en ese cuento, y ése fermentó toda la masa. Los gansos no duermen, no hay uno en cien de éstos que pudiera sentarse en un guarda-fuego el tiempo suficiente, para decir Jack Robinson. Así, como la Frau vivió mil años antes del nacimiento del sentido común -digamos cerca de medio siglo atrás-, cuando todo lo no común tenía el olor de lo sobrenatural, no había nada que hacer salvo considerarla una bruja. Hubiera estado ella muy débil y marchita las gentes la hubieran quemado, a la mano, pero no les gustaba proceder a los extremos sin una evidencia perfectamente legal. Eran cautelosos, pues habían cometido diversos errores recientemente. Habían sentenciado a dos o tres mujeres a la estaca y, tras ser despojados los miembros y los cuerpos, éstos no habían redimido la horrenda promesa de sus rostros y manos arrugadas. La justicia estaba avergonzada de haber tostado a unas mujeres en comparación rollizas y lo presumible inocentes, y el castigo de ésta fue sabiamente pospuesto hasta que la prueba debiera estar toda adentro.
Pero mientras tanto un joven no agraciado, nombrado Hans Blisselwartle, hizo el sorprendente descubrimiento de que ninguna de las aves que perseguían a la Frau, nunca volvía atrás para jactarse de eso. Una breve carrera marcial parecía haberlas enajenado de las artes de paz y el amor de sus parientes. Lleno de una sospecha indecible, Hans un día las siguió en la retaguardia de una excitante carrera, entre la dame timorata y una pollita vengadora. Éstas eran demasiado rápidas para él, pero irrumpiendo súbitamente por la puerta de la dama algunos quince minutos después, la encontró en el acto de colocar a la némesis desplumada y eviscerada en la estufa de su cocina. La Frau mostró una considerable confusión, y aunque el acusador Blisselwartle no pudo dejar de reconocer en su acto una cierta justicia poética, no pudo ocultarse a sí mismo que había algo burdamente egoísta y sórdido en eso. Pensó que era una buena oferta, como embotellar a un fantasma enojoso y venderlo por luz lunar aclarada, o como cabestrar a una yegua nocturna2 y ponerla en la carreta.
Cuando trascendió que la Frau se comía a sus persecutores plumados, la paciencia de los villanos rehusó honrar la nueva demanda sobre eso: ella fue de una vez arrestada, y acusada de prostituir una noble superstición con un básico fin egoísta. Nosotros vamos a pasar por alto el juicio, es suficiente que fue condenada. Pero incluso entonces no tuvieron corazón para quemar a una mujer de edad mediana, con unos contornos redondos por completo como a una bruja, así que la quebraron sobre la rueda como a un ladrón.
La temeraria antipatía de las aves domésticas hacia esa dama inofensiva, queda por ser explicada. Habiendo rechazado su teoría, yo estoy obligado por honor a adelantar una de las mías. Felizmente un inventario de sus efectos, ahora delante de mí, suministra una base lo tolerable segura. Entre los artículos de propiedad personal advierto “una larga, fina línea de pesca sedosa, y un anzuelo.” Ahora, si yo fuera un ave de corral -digamos un ganso-, y una dama no amiga mía me pasara por delante masticando confituras, y dejara caer un grato gusano gordo, pasando al parecer inconsciente de su pérdida, yo pienso que debería tratar de irme lejos con ese gusano. Y si después de tragármelo, me sintiera arrastrado hacia esa dama por una fuerte atadura personal, supongo que debería ceder si no pudiera evitarlo. Y entonces si la dama eligiera correr y yo eligiera seguirla, haciendo una buena cantidad de ruido, supongo que eso luciría como si estuviera ocupado en una persecución muy reprensible, ¿no sería eso? Con la luz que yo tengo, esa es la manera en que el caso se presenta a mi inteligencia, aunque, por supuesto, puedo estar equivocado.

1Dame, título honorífico en Inglaterra.
2Juego de palabras intraducible, nightmare (literalmente, yegua de la noche), pesadilla.

Título original: A Fowl Witch, publicado por primera vez en Cobwebs from an Empty Skull, 1874, con la firma: "Dod Grile".
Imagen: Ew.com, American Horror Story, XXI.