domingo, 6 de marzo de 2011

Un terror sagrado

I

Hubo una absoluta falta de interés en el último arribado a Hurdy-Gurdy. Éste no fue bautizado incluso con el pintoresco, descriptivo sobrenombre, que tan frecuente es la palabra de bienvenida al recién llegado en un campamento minero. En casi cualquier otro campamento de alrededor, esa circunstancia le habría asegurado por sí misma algún apelativo tal, como “el acertijo cabeza blanca” o “no sondeado”, una expresión que, ingenuamente, se suponía sugería a las inteligencias rápidas la española “quién sabe”. Él llegó sin provocar una onda de preocupación en la superficie social de Hurdy-Gurdy, un lugar que, al desprecio general californiano hacia la historia personal de los hombres, sobreañadía una local indiferencia a la suya propia. Había pasado mucho tiempo, desde cuando era de alguna importancia quien llegara allí, o si alguien llegara. Nadie estaba viviendo en Hurdy-Gurdy.
Dos años antes, el campamento se había jactado de una agitada población de dos o tres mil varones, y no menos de una docena de hembras. La mayoría de los primeros había hecho un trabajo serio de unas pocas semanas, para demostrar, con disgusto de las últimas, el carácter singularmente mendaz de la persona, cuyos ingeniosos cuentos de ricos depósitos de oro los habían atraído hasta allí; un trabajo, por cierto, en que hubo tanto una pequeña satisfacción mental como un provecho pecuniario, pues una bala de la pistola de un ciudadano de espíritu público, había puesto a ese caballero imaginativo más allá del alcance de la aspersión, al tercer día de la existencia del campamento. Aún, su ficción tenía un cierto fundamento de hecho, y muchos se habían demorado un tiempo considerable en y por Hurdy-Gurdy, aunque ahora todos se habían ido hacía mucho.
Pero habían dejado una amplia evidencia de su estadía. Desde el punto en que el riachuelo Injun caía en el río San Juan Smith, a lo largo de ambas orillas del primero, hacia el cañón de donde éste emergía, se extendía una doble hilera de chozas abandonadas, que parecían a punto de caer una sobre el cuello de la otra, para llorar su desolación; mientras que casi un igual número parecían haberse esparcido ladera arriba, a ambos lados y posado en las eminencias dominantes, de donde se estiraban hacia adelante, para tener una buena vista de la afectante escena. La mayoría de esos hábitats estaban escuálidos como por una hambruna, hasta la condición de meros esqueletos, a los que se aferraban unos jirones no atractivos de lo que podría haber sido piel, pero era realmente lienzo. El pequeño valle en sí mismo, rasgado y tajeado por el pico y la pala, estaba deslucido por las largas líneas dobladas de los canales podridos, que reposaban aquí y allá en las cimas de las crestas agudas, y se hinchaban torpemente en los intervalos sobre los palos no cortados. Todo el lugar presentaba ese aspecto crudo e imponente de desarrollo detenido, que en un país nuevo es el sustituto de la gracia solemne de la ruina causada por el tiempo. Dondequiera que quedara una parcela del suelo original, una exuberante maleza de hierbas y zarzas se había extendido por la escena, y por sus sombras húmedas, insalubres el visitante curioso de tales asuntos, podría haber obtenido innumerables recuerdos de la anterior gloria del campamento: botas sin pareja cubiertas de moho verde y pletóricas de hojas pútridas, un ocasional viejo sombrero de fieltro, retazos desganados de una camisa de franela, cajas de sardinas mutiladas de modo inhumano, y una sorprendente profusión de botellas negras distribuidas, con una verdadera imparcialidad católica, por todas partes.
II

El hombre que había re-descubierto ahora Hurdy-Gurdy, evidentemente, no estaba curioso en cuanto a su arqueología. Tampoco, mientras miraba a su alrededor, hacia las lúgubres evidencias de trabajo perdido y esperanzas frustradas, su significado desalentador, acentuado por la pompa irónica del dorado barato de un sol naciente, suplantó su suspiro de fastidio con uno de sensibilidad. Él, simplemente, removió del lomo de su burro cansado un atuendo de minero, un poco más grande que el animal mismo, piqueteó a la criatura y, seleccionado un hacha de su equipo, se movió a la vez por el lecho seco del riachuelo Injun, hacia la cima de una colina baja, de gravilla más allá.
Pasando por una postrada valla de broza y tablas, escogió una de las últimas, la partió en cinco partes y afiló éstas por un extremo. Luego empezó una suerte de búsqueda, agachado ocasionalmente para examinar algo con atención cercana. Por último, su paciente escrutinio pareció ser recompensado con el éxito, pues de súbito erigió su figura en toda su altura, hizo un gesto de satisfacción, pronunció la palabra “Scarry” y a la vez se alejó a zancadas, con pasos largos, iguales que iba contando. Luego se detuvo y clavó una de sus estacas en la tierra. Luego miró a su alrededor con cuidado, midió un número de pasos por un terreno singularmente desigual, y martilló en otro. Andado dos veces la distancia en ángulo recto con su curso anterior, clavó hacia abajo una tercera, y repitiendo el proceso hundió hasta el alma la cuarta, y luego la quinta. Ésta la partió en la punta, e insertó en la grieta un viejo sobre de carta, cubierto con un intrincado sistema de trazos a lápiz. En resumen, había estacado una colina en reclamo, en estricto acuerdo con las leyes mineras locales de Hurdy-Gurdy, y puesto la noticia de costumbre.
Es necesario explicar que uno de los adjuntos a Hurdy-Gurdy –uno del que esa metrópoli se convirtió después por sí misma en un adjunto-, era un cementerio. En la primera semana de existencia del campamento, éste había sido diseñado con previsión por un comité de ciudadanos. Al día siguiente había sido señalado en un debate entre dos miembros del comité, con referencia a un sitio más elegible, y al tercer día la necrópolis fue inaugurada con un funeral doble. Mientras el campamento había menguado el cementerio había aumentado, y mucho antes de que el último habitante, victorioso por igual sobre la malaria insidiosa y el revólver directo, hubiera vuelto la cola de su asno de carga hacia el riachuelo Injun, el colindante asentamiento se había convertido en un populoso, si no popular suburbio. Y ahora, cuando el pueblo estaba cayendo en la hoja seca y amarilla de una senilidad no atractiva, el camposanto -aunque un tanto estropeado por el tiempo y la circunstancia, y no exento por completo de innovaciones en la gramática y experimentos en la ortografía, por no decir nada del coyote devastador- respondía a las humildes necesidades de sus moradores con una totalidad razonable. Comprendía un generoso terreno de dos acres, que con ahorro comendable, pero cuidado innecesario había sido seleccionado por su invalidez mineral, contenía dos o tres árboles esqueléticos (uno de los cuales tenía una robusta rama lateral, de la que una soga gastada por el tiempo aún colgaba de forma significativa), medio centenar de montículos de gravilla, una veintena de rudas lápidas que desplegaban las peculiaridades literarias arriba mencionadas, y una luchadora colonia de perales espinosos. En conjunto, el Lugar de Dios, como había sido llamado con característica reverencia, podía justamente jactarse de una indudable calidad superior de desolación. Fue en la parte más densamente poblada de ese interesante dominio, que el sr. Jefferson Doman estacó su reclamo. Si en la prosecución de su designio, él hubiera estimado expediente remover a alguno de los muertos, éstos habrían tenido el derecho a ser re-enterrados como es apropiado.
III

Este sr. Jefferson Doman era de Elizabethtown, en New Jersey, donde seis años antes había dejado su corazón, al cuidado de una mujer joven de cabellos dorados y maneras recatadas, llamada Mary Matthews, como una seguridad colateral de su retorno para reclamar su mano.
-Yo sólo que tú nunca vas a volver vivo, tú nunca tienes éxito en ninguna cosa-, fue el comentario, que ilustró la noción de la señorita Matthews de lo que constituía el éxito y, de modo inferencial, su visión de la naturaleza del ánimo. Ella agregó: -Si tú no vuelves, yo voy a ir a California también. Yo puedo poner las monedas en bolsas pequeñas, mientras tú las excavas.
Esta característica teoría femenina de los depósitos auríferos no se comendó a la inteligencia masculina: era una creencia del sr. Doman que el oro se hallaba en estado líquido. Él desaprobó su intención con considerable entusiasmo, suprimió sus sollozos con una mano ligera en su boca, rió ante sus ojos mientras besaba sus lágrimas, y con un jubiloso “Ta-ta” se fue a California, a laborar para ella por largos años de desamor, con un corazón fuerte, una esperanza alerta y una fidelidad firme que nunca, por un momento olvidaba de qué se trataba. Mientras tanto, la señorita Matthews había concedido el monopolio de su humilde talento de ensacar monedas, al sr. Jo. Seeman de Nueva York, un jugador, quien apreciaba mejor éste, que su genio dominante para desensacar y otorgar éstas a sus rivales locales. Sobre esa última aptitud, en efecto, él manifestó su desaprobación con un acto, que le aseguró la posición de empleado de lavandería en la prisión estatal, y a ella el sobriquet de “Golfa cara-cortada”. Por ese tiempo, ella le escribió al sr. Doman una conmovedora carta de renuncia, incluyendo su fotografía para probar que no había tenido más el derecho, de permitirse el sueño de convertirse en la sra. Doman, y contando tan gráficamente su caída de un caballo, que el asentado “tarugo”, en que el sr. Doman había cabalgado a Red Dog para obtener la carta, hizo una vicaria expiación bajo su espuela, en todo el camino de regreso al campamento. La carta falló de una manera señalada en alcanzar su objetivo; la fidelidad, que había sido antes para el sr. Doman un asunto de amor y deber, fue desde entonces un asunto de honor también; y la fotografía, que mostraba la una vez cara bonita, tristemente desfigurada como por el tajo de un cuchillo, se instaló debidamente en sus afectos, y su más hermosa predecesora tratada con contumelioso descuido. Al ser informada de esto la señorita Matthews, es justo decir, pareció menos sorprendida, que de la aparente baja estimación de la generosidad del sr. Doman, que el tono de su carta anterior atestiguó como uno, naturalmente, hubiera esperado que ésta fuera. Poco después, sin embargo, sus cartas se hicieron menos frecuentes, y luego cesaron por completo.
Pero el sr. Doman tenía otro corresponsal, el sr. Barney Bree, de Hurdy-Gurdy, anterior de Red Dog. Este caballero, aunque una figura notable entre los mineros, no era un minero. Su conocimiento de la minería consistía, principalmente, en un maravilloso dominio de su slang, al que hacía copiosas contribuciones, enriqueciendo su vocabulario con una abundancia de frases poco comunes, más notables por su adecuación que por su refinamiento, y que impresionaban a los no entendidos "patatiernas", con una vívida sensación de la profundidad de los conocimientos de su inventor. Cuando no entretenía a un círculo de oyentes admiradores de San Francisco o el este, podía ser hallado, comúnmente, prosiguiendo la comparativa oscura industria, de barrer las diversas casas de baile y purificar las escupideras.
Barney tenía al parecer sólo dos pasiones en la vida: el amor a Jefferson Doman, quien había sido una vez de alguna utilidad para él, y el amor al whisky, que ciertamente no había sido. Había estado entre los primeros de la avalancha a Hurdy-Gurdy, pero no había prosperado, y se había hundido por grados hasta la posición de excavador de tumbas. Esta no era una vocación, pero Barney daba una mano trémula en eso de forma desganada, siempre cuando había algún local mal entendido en la mesa de cartas, y su propia recuperación parcial de un libertinaje prolongado ocurría, de modo coincidente, en el punto del tiempo. Un día el sr. Doman recibió, en Red Dog, una carta con un simple matasellos, “Hurdy, Cal.”, y estando ocupado con otro asunto, la metió con descuido en una rendija de su cabaña para una lectura futura. Algunos dos años más tarde ésta se desprendió por accidente, y él la leyó. Decía lo siguiente:

Hurdy, 6 de junio.

Amigo Jeff: le he pegado duro en el campo de huesos. Ella está ciega y piojosa. Yo estoy en la división, ese soy yo, y mi mamá yació hasta que tú pitaste. Tuyo,
Barney.
P.S. La he arcillado con Scarry.

Con algún conocimiento del argot general del campamento minero, y del sistema privado del sr. Bree para la comunicación de ideas, el sr. Doman no tuvo dificultad para entender por esa epístola poco común, que Barney, mientras realizaba su deber como excavador de tumbas, había descubierto una capa de cuarzo sin crestones, que era visiblemente rica en oro libre; que, movido por consideraciones de amistad, estaba deseoso de aceptar al sr. Doman como socio, y esperaba que la declaración de caballero de su voluntad en el asunto, mantuviera el descubrimiento en secreto con discreción. Por el post scríptum se infería con claridad que, en orden de ocultar el tesoro, él había enterrado encima de éste la parte mortal de una persona llamada Scarry.
Por los sucesos subsecuentes, como le relataron al sr. Doman en Red Dog, hubiera parecido que antes de tomar esa precaución, el sr. Bree debiera haber tenido el ahorro de eliminar una modesta competencia por el oro; en todo caso, fue en torno a ese tiempo que entró en esa memorable serie de potaciones y gustaciones, que siguen siendo una de las tradiciones más apreciadas en la comarca de San Juan Smith, y de la que se habla con respeto tan lejos como en Ghost Rock y Lone Hand. A su conclusión algunos antiguos ciudadanos de Hurdy-Gurdy, para quienes había realizado el amable último oficio en el cementerio, le hicieron lugar entre ellos y él descansó bien.
IV

Habiendo terminado de estacar su reclamo, el sr. Doman anduvo de regreso al centro de éste, y se paró de nuevo en el sitio, donde su búsqueda entre las tumbas había expirado con la exclamación “Scarry”. Se inclinó de nuevo sobre la lápida que llevaba ese nombre y, como para reforzar los sentidos de la vista y el oído, pasó el dedo índice a lo largo de las letras labradas con rudeza. Re-erigiéndose, agregó oralmente a la simple inscripción el chocante, directo epitafio: “¡Ella fue un terror sagrado!”
Hubiera sido requerido el sr. Doman para hacer esas palabras buenas con una prueba -como, considerando su carácter un tanto censorio, sin dudas, debería haber sido-, él mismo hubiera sentido embarazo por la ausencia de testigos reputados, y la evidencia de oídas habría sido la mejor que pudiera dominar. En el tiempo cuando Scarry había sido prevalente en los campamentos mineros de alrededor -cuando, como el editor de El Herald de Hurdy hubiera fraseado, ella estaba “en la plenitud de su poder”-, la fortuna del sr. Doman había estado en un punto bajo, y él había llevado la vagante vida laboriosa de un buscador. Su tiempo lo había pasado en su mayoría en las montañas, ahora con un compañero, ahora con otro. Fue por los recitales admiradores de esos socios casuales, frescos de los diversos campamentos, que su juicio sobre Scarry se había hecho: él mismo nunca había tenido la dudosa ventaja de conocerla, ni la precaria distinción de su favor. Y cuando, finalmente, al término de su perversa carrera en Hurdy-Gurdy, él había leído en un número casual del Herald la columna de su largo obituario (escrita por el humorista local de esa vívida hoja en el más alto estilo de su arte), Doman había pagado a su memoria y al genio de su historiógrafo el tributo de una sonrisa, y de forma caballeresca la había olvidado. Parado ahora junto a la tumba de esa Mesalina de la montaña, recordó los sucesos líderes de su carrera turbulenta, como los había oído celebrar en sus diversas fogatas, y acaso con un inconsciente intento de auto-justificación, repitió que ella era un terror sagrado, y hundió el pico en su tumba hasta el mango. En ese momento un cuervo, que se había posado en silencio, en una rama del árbol maldito encima de su cabeza, chasqueó su pico de modo solemne, y emitió su opinión sobre el asunto con un graznido de aprobación.
Prosiguiendo su descubrimiento del oro libre con un gran celo que, probablemente, acreditaba a su conciencia de excavador de tumbas, el sr. Barney Bree había hecho un sepulcro inusualmente profundo, y estaba cerca la puesta del sol antes de que el sr. Doman, laborando con la ociosa deliberación de uno que tenía “una cosa segura matada”, y sin miedo al adverso esfuerzo del reclamante de un derecho anterior, alcanzó el ataúd y lo descubrió. Cuando había hecho eso fue confrontado por una dificultad, para la que no había hecho provisión; el ataúd -una mera cáscara plana, de no muy bien conservadas tablas de secoya, al parecer- no tenía asas y llenaba el entero fondo de la excavación. Lo mejor que podía hacer, sin violar las decentes santidades de la situación, era hacer una excavación lo suficiente larga, que le permitiera pararse a la cabeza del cofre y, metiendo sus manos poderosas debajo de éste, erigirlo sobre su extremo más estrecho; y procedió a hacer eso. La aproximación de la noche apresuró sus esfuerzos. No tenía el pensamiento de abandonar su tarea en esa etapa, para reanudarla en la mañana en unas condiciones más ventajosas. El febril estímulo de la codicia y la fascinación del terror, lo mantenían en su trabajo lúgubre con una autoridad de hierro. No vagaba más, sino forjaba con un celo terrible. Su cabeza estaba descubierta, sus prendas externas depuestas, su camisa abierta en el cuello y lanzada atrás desde su pecho, por el que corrían sinuosos riachuelos de transpiración; este endurecido e impenitente buscador de oro y ladrón de tumbas, se afanaba con una energía gigante que casi dignificaba el carácter de su horrible propósito; y cuando los bordes del sol habían ardido, a lo largo de la línea de la cresta de las colinas del oeste, y la luna llena había salido de las sombras, que yacían a lo largo de la llanura púrpura, él había erigido el ataúd sobre su pie, donde éste se quedó apoyado contra el extremo de la tumba abierta. Luego, parado hasta el cuello en la tierra, en el extremo opuesto de la excavación, mientras miraba el ataúd, sobre el que la luz de la luna caía ahora con una iluminación completa, fue excitado por un terror súbito, al observar en éste la alarmante aparición de una oscura cabeza humana: la sombra de la suya propia. Por un momento, esta circunstancia simple y natural lo enervó. El ruido de su respiración laboriosa lo espantó, y trató de aquietarla, y sus pulmones ardientes no se hubieran negado. Luego, riendo medio audiblemente y sin espíritu por completo, empezó a hacer movimientos con su cabeza de lado a lado, en orden de compeler a la aparición a repetirlos. Encontró una seguridad confortante en reafirmar su dominio sobre su propia sombra. Estaba temporizando, haciendo, con prudencia inconsciente, una oposición dilatoria a una catástrofe inminente. Sentía que las fuerzas invisibles del mal se estaban cerrando sobre él, y parlamentó por un tiempo con lo inevitable.
Ahora observó una sucesión de diversas circunstancias inusuales. La superficie del ataúd a la que sus ojos estaban sujetos no era plana, ésta presentaba dos crestas distintas, una longitudinal y la otra transversal. Donde éstas se interceptaban en la parte más ancha, había una placa metálica corroída, que reflejaba la luz de la luna con un lustre lúgubre. A lo largo de los bordes externos del ataúd, a largos intervalos, había cabezas de clavos comidos por el herrumbre. ¡Este frágil producto del arte del carpintero, había sido puesto en la tumba con el lado revés hacia arriba!
Acaso fuera una de las gracias del campamento, una manifestación práctica del espíritu jocoso, que había hallado una expresión literaria en la noticia obituaria patas arriba, de la pluma del gran humorista de Hurdy-Gurdy. Acaso tenía algún oculto significado personal, impenetrable para el entendimiento no instruido en las tradiciones locales. Una hipótesis más caritativa es, que era debido a una desventura por parte del sr. Barney Bree quien, haciendo el entierro no asistido (ya por elección, para la conservación de su secreto del oro, o por la apatía pública), había cometido un error garrafal, que después fue incapaz o indiferente a rectificar. Sin embargo, se había dado, la pobre Scarry, indubablemente, había sido puesta en la tierra con la cara hacia abajo.
Cuando el terror y el absurdo hacen una alianza, el efecto es espantoso. Este hombre atrevido y de corazón fuerte, este endurecido trabajador nocturno entre los muertos, este desafiante antagonista de la oscuridad y la desolación, sucumbió a una sorpresa ridícula. Fue golpeado por un excitante escalofrío, se estremeció y sacudió sus hombros macizos, como si se quitara una mano helada. No respiró más, y la sangre de sus venas, incapaz de abatir su ímpetu, surgió caliente debajo de su piel fría. Sin la levadura del oxígeno, ésta le subió a la cabeza y le congestionó el cerebro. Sus funciones físicas se habían pasado al enemigo, su mismo corazón se había formado en su contra. Él no se movió, no podía haber gritado. Necesitaba sólo un ataúd para estar muerto, tan muerto como la muerte que lo confrontaba, con sólo la longitud de una tumba abierta y el espesor de un tablón pútrido en medio.
Luego, uno por uno, sus sentidos retornaron, la marea de terror que había abrumado sus facultades, se empezó a retirar. Pero con el retorno de sus sentidos, se hizo singularmente inconsciente del objeto de su miedo. Vio la luz de la luna dorando el ataúd, pero no más el ataúd que ésta doraba. Alzando los ojos y volviendo la cabeza notó, con curiosidad y sorpresa, las ramas negras del árbol muerto, y trató de estimar la longitud de la soga gastada por el tiempo, que colgaba de su mano fantasmal. El ladrido monótono de unos coyotes distantes, le afectó como algo que había oído años atrás en un sueño. Un búho batió las alas sin ruido, con torpeza por encima de él, y trató de predecir la dirección de su vuelo, cuando éste debiera encontrar el farallón, que elevaba su frente iluminado a una milla de distancia. Su oído tomó cuenta del andar sigiloso de una ardilla, en la sombra de un cactus. Era un observador intenso, todos sus sentidos estaban alerta, pero no veía el ataúd. Como uno puede mirar fijo el sol, hasta que éste parece negro y luego se desvanece, así su mente, habiendo agotado su capacidad de espanto, no era más consciente de la existencia separada de cualquier cosa espantosa. El asesino estaba ocultando la espada.
Fue durante esta calma en la batalla que se hizo sensible a un olor tenue, nauseabundo. Al principio pensó que era de una serpiente de cascabel y, de forma involuntaria, trató de mirar en torno a sus pies. Éstos eran casi invisibles en la tiniebla de la tumba. Un sonido ronco, de gorgoteo, como un estertor de muerte en una garganta humana, parecía venir del cielo, y un momento después una sombra grande, negra, angular, como el mismo sonido hizo visible, cayó curvada de la rama más alta del árbol espectral, revoloteó por un instante delante de su rostro, y navegó ferozmente hacia la bruma, a lo largo del riachuelo.
Era el cuervo. El incidente lo retrajo a un sentido de la situación, y sus ojos buscaron de nuevo el ataúd derecho, ahora iluminado por la luna en una mitad de su longitud. Vio el fulgor de la placa metálica y trató sin moverse de descifrar la inscripción. Luego cayó en especular sobre qué estaba detrás de ésta. Su creativa imaginación le presentó una pintura vívida. Los tablones no parecían más un obstáculo a su visión, y vio el cadáver lívido de la mujer muerta, parada con ropas de tumba y mirándolo de modo vacante, con unos ojos sin párpados, encogidos. La mandíbula inferior estaba caída, el labio superior corrido de los dientes descubiertos. Él podría hacer un patrón moteado en las mejillas huecas: las máculas de la descomposición. Por algún proceso misterioso, su mente se revertió por primera vez ese día a la fotografía de Mary Matthews. Contrastó su belleza rubia con el aspecto imponente de ese rostro muerto, el objeto más amado que conocía con el más horrendo que podía concebir.
El asesino avanzó ahora y, desplegando la cuchilla, la puso contra la garganta de la víctima. Es decir, el hombre se hizo consciente al principio con vaguedad, luego de forma definitiva de una coincidencia impresionante -una relación-, un paralelo entre el rostro de la tarjeta y el nombre de la lápida. Uno estaba desfigurado, el otro describía una desfiguración. El pensamiento tomó poder sobre él y lo sacudió. Éste transformó el rostro que su imaginación había creado detrás de la tapa del ataúd, el contraste se convirtió en una semejanza, la semejanza creció hasta una identidad. Memorando las muchas descripciones de la apariencia personal de Scarry, que había oído en los cotilleos de sus fogatas, trató de recordar con éxito imperfecto la naturaleza exacta de la desfiguración, que había dado a la mujer su feo nombre; y lo que faltaba en su memoria la fantasía lo proveía, estampándolo con la validez de la convicción. En el intento alocado de recordar tales migajas de la historia de la mujer, como las había oído, los músculos de los brazos y las manos se le estiraban con una tensión dolorosa, como en un esfuerzo por levantar un gran peso. El cuerpo se le retorcía y revolvía con el ejercicio. Los tendones del cuello se le ponían tan tensos como las cuerdas de un látigo, y su respiración llegaba a los jadeos cortos, agudos. La catástrofe no podía ser demorada mucho más, o la agonía de la anticipación no le dejaría nada que hacer al coup de grâce de la verificación. La cara con cicatriz detrás de la tapa lo mataría a través de la madera.
Un movimiento del ataúd desvió su pensamiento. Éste vino hacia adelante, a un pie de su rostro, haciéndose más grande visiblemente mientras se aproximaba. La placa metálica herrumbrosa, con una inscripción ilegible a la luz de la luna, lo miró fijamente a los ojos. Decidido a no apocarse, trató de apoyar los hombros con más firmeza contra el extremo de la excavación, y casi se cayó hacia atrás en el intento. No había nada que lo soportara, se había movido de modo inconsciente hacia su enemigo, apretando el pesado cuchillo que había sacado de su cinturón. El ataúd no había avanzado y sonrió al pensar que no podía retirarse. Alzando el cuchillo, golpeó el mango pesado contra la placa metálica con todo su poder. Hubo una percusión aguda, vibrante y, con un estrépito apagado, la tapa completa del ataúd podrido se rompió en pedazos, y se vino afuera cayendo en torno a sus pies. El vivo y el muerto estaban cara a cara: el hombre frenético, aullando, la mujer parada tranquila en su silencio. ¡Ella era un terror sagrado!

V

Algunos meses más tarde una partida de hombres y mujeres, que pertenecían a los más altos círculos sociales de San Francisco, pasó por Hurdy-Gurdy en su camino hacia el Valle de Yosemite, por una nueva senda. Hicieron un alto para la cena y, durante su preparación, exploraron el campamento desolado. Uno de la partida había estado en Hurdy-Gurdy en sus días de gloria. Éste había sido, en efecto, uno de sus ciudadanos prominentes, y solía ser dicho, que por su mesa de faraón pasaba más dinero en una noche, que por todas las de sus competidores en una semana; pero siendo ahora un millonario ocupado en grandes empresas, no consideró esos éxitos tempranos de suficiente importancia, como para merecer la distinción de un comentario. Su esposa inválida, una dama famosa en San Francisco por la naturaleza costosa de sus entretenimientos, y su rigor exigente respecto a la posición social y los “antecedentes” de esos que los atendían, acompañaba a la expedición. Durante una vuelta por entre las chozas del campamento abandonado, el sr. Porfer dirigió la atención de su esposa y amigos a un árbol muerto, en una colina baja más allá del riachuelo Injun.
-Como les decía -dijo-, yo pasé por este campamento en 1852, y me dijeron que no menos de cinco hombres habían sido ahorcados aquí, por los vigilantes en diferentes momentos, y todos en ese árbol. Si no estoy equivocado, una soga está colgando de éste todavía. Vamos a ir por allí, y ver el lugar.
El sr. Porfer no agregó que la soga en cuestión era, acaso, la misma de cuyo fatal abrazo, su propio cuello había logrado una vez un escape tan estrecho, que una hora de demora en llevarse a sí mismo fuera de esa región, lo habría abarcado.
Procediendo con ociosidad por el riachuelo, hacia un cruce conveniente, la partida llegó al esqueleto de un animal mondado con limpieza, que el sr. Porfer, después de la debida examinación, pronunció era el de un asno. Las orejas distinguidas se habían perdido, pero mucho de la incomible cabeza había sido perdonado por las bestias y las aves, y la robusta brida de pelo de caballo estaba intacta, como estaba la reata, de un material similar, que lo conectaba al perno de un piquete, hundido en la tierra aún con firmeza. Los elementos de madera y metálicos de un equipo de minero yacían cerca. Los comentarios de costumbre fueron hechos, cínicos por parte de los hombres, sentimentales y refinados por la dama. Un poco más tarde se pararon junto al árbol en el cementerio, y el sr. Porfer se enderezó en su dignidad lo suficiente, para colocarse debajo de la soga pútrida y, con confianza, se puso un anillo de ésta en torno al cuello, un tanto, al parecer, para su propia satisfacción, pero bastante para horror de su esposa, en cuyas sensibilidades la actuación produjo un vivo impacto.
Una exclamación de uno de la partida los reunió a todos alrededor de una tumba abierta, en cuyo fondo vieron una confusa masa de huesos humanos y los restos quebrados de un ataúd. Los coyotes y los buitres habían realizado los últimos tristes ritos para casi todo lo demás. Dos cráneos eran visibles y, en orden de investigar esa redundancia un tanto inusual, uno de los hombres más jóvenes tuvo la temeridad de saltar a la tumba, y se los entregó a otro, antes de que la sra. Porfer pudiera indicar su marcada desaprobación de un acto tan chocante, que, no obstante, hizo con un considerable sentimiento y unas palabras muy escogidas. Prosiguiendo su búsqueda entre los lúgubres despojos en el fondo de la tumba, el joven entregó seguido una placa de ataúd herrumbrosa, con una inscripción tallada con rudeza, que el sr. Porfer descifró con dificultad y leyó en voz alta con un serio, y no por completo inexitoso intento de efecto dramático, que estimó adecuado para la ocasión y sus habilidades retóricas:

Manuelita Murphy
Nacida en la Misión de San Pedro-Muerta en
Hurdy-Gurdy
,
A la edad de 47.
El infierno está lleno de tales.

En deferencia a la piedad del lector, y a los nervios de la fastidiosa hermandad de ambos sexos de la sra. Porfer, vamos a no tocar la dolorosa impresión producida por esta inscripción poco común, lejos de decir que los poderes de elocución del sr. Porfer, nunca antes fueron recibidos con un reconocimiento tan espontáneo y abrumador.
El manjar siguiente que recompensó al demonio en la tumba, fue un largo enredo de cabello negro manchado de barro: pero eso fue un tal anti-clímax que recibió poca atención. Súbitamente, con una exclamación breve y un gesto de excitación, el joven desenterró un fragmento de roca grisácea y, después de una apurada inspección, se la entregó al sr. Porfer. Cuando la luz del sol cayó sobre ésta, relució con un lustre amarillo, estaba densamente salpicada de puntos fulgentes. El sr. Porfer la arrebató, inclinó su cabeza sobre ésta un momento, y la arrojó lejos levemente con un simple comentario:
-Piritas de hierro, el oro del tonto.
El joven en el pozo del descubrimiento estaba un poco desconcertado, al parecer.
Mientras tanto la sra. Porfer, incapaz ya de soportar el desagradable negocio, había andado de regreso al árbol y sentado en su raíz. Mientras re-arreglaba un mechón de cabello dorado, que se había resbalado de su confinamiento, fue atraída por lo que parecía ser, y realmente era, el fragmento de un viejo abrigo. Mirando a su alrededor, para asegurarse de que un acto tan impropio de una dama no fuera observado, metió su mano enjoyada en el expuesto bolsillo pectoral, y sacó un libro de bolsillo mohoso. Su contenido era el siguiente:

Un fardo de cartas, con el matasellos “Elizabethtown, New Jersey”.
Un rizo de cabello rubio atado con una cinta.
Una fotografía de una muchacha bonita.
Un ídem de la misma, singularmente desfigurada.
Un nombre en el revés de la fotografía: “Jefferson Doman”.

Unos pocos momentos después, un grupo de caballeros ansiosos rodeaba a la sra. Porfer, mientras ella estaba sentada inmóvil al pie del árbol, su cabeza caída hacia adelante, sus dedos apretando una fotografía estrujada. Su marido le levantó la cabeza, exponiendo un rostro de un blanco fantasmal, excepto la cicatriz larga, deformada, familiar a todos sus amigos, que ningún arte podría ocultar jamás, y que ahora atravesaba la palidez de su semblante como una maldición visible.
Mary Matthews Porfer tenía la mala suerte de estar muerta.

Título original: A Holy Terror, publicado por primera vez en The Wasp, diciembre de 1882, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, A Good Crossing, XX.