lunes, 14 de febrero de 2011

Los ojos de la pantera

I
Uno no siempre se casa cuando está insano

Un hombre y una mujer -la naturaleza había hecho la agrupación- se sentaron en un asiento rústico, a la caída de la tarde. El hombre era de edad mediana, esbelto, moreno, con la expresión de un poeta y la tez de un pirata, un hombre a quien uno miraría de nuevo. La mujer era joven, rubia, graciosa, con algo en su figura y movimientos que sugería la palabra “ágil”. Estaba vestida con un traje gris, de raras marcas marrones en la textura. Ella podía haber sido hermosa, uno no podía decirlo fácilmente, pues sus ojos negaban la atención a todo lo demás. Éstos eran verde grisáceos, largos y estrechos, con una expresión que desafiaba el análisis. Uno sólo podía saber que eran inquietantes. Cleopatra podía haber tenido tales ojos.
El hombre y la mujer hablaban.
-Sí -decía la mujer-, ¡yo lo amo, Dios lo sabe! Pero casarme con usted, no. No puedo, no lo haré.
-Irene, usted ha dicho eso muchas veces, pero siempre me ha negado una razón. Yo tengo derecho a saber, a entender, a sentir y probar mi fortaleza, si la tengo. Deme una razón.
-¿Para amarlo?
La mujer estaba sonriendo a través de sus lágrimas y palidez. Eso no agitó algún sentido del humor en el hombre.
-No, no hay razón para eso. Una razón para no casarse conmigo. Yo tengo derecho a saber. Tengo que saber. ¡Voy a saber!
Él se había levantado y estaba parado ante ella con las manos apretadas, en su rostro un gesto que podría haber sido llamado un ceño fruncido. Miraba como si pudiera intentar saber estrangulándola. Ella no sonrió más, meramente se sentó mirando su rostro con un respeto fijo, estable, que no tenía emoción o sentimiento por completo. Aunque había algo en éste, que domesticó su resentimiento y le hizo temblar.
-¿Usted está decidido a saber mi razón? -preguntó en un tono que era mecánico por entero, un tono que, podía haber sido, su mirada hizo audible.
-Si usted quiere, si yo no estoy pidiendo demasiado.
Al parecer, este señor de la creación estaba cediendo cierta parte de su dominio sobre su criatura.
-Muy bien, usted lo va a saber: yo estoy insana.
El hombre se sobrecogió, luego miró incrédulo, y fue consciente de que debían estarse burlando de él. Pero de nuevo, el sentido del humor le falló en su necesidad y, a despecho de su descreencia, fue turbado de forma profunda por eso que no creía. Entre nuestras convicciones y nuestras sensaciones no hay un buen entendimiento.
-Eso es lo que dirían los médicos -continuó la mujer-, si supieran. Yo podría preferir llamarlo un caso de “posesión”. Siéntese y oiga lo que tengo que decir.
El hombre retomó su asiento junto a ella en silencio, en un banco rústico de la cuneta. Sobre y contra ellos, en el lado este del valle, las colinas ya estaban rojizas por la puesta del sol, y la quietud de todo alrededor era de esa cualidad peculiar, que predice el crepúsculo. Algo de su solemnidad misteriosa y significativa, se había impartido al ánimo del hombre. En el mundo espiritual, como en el material, hay signos y presagios de la noche. Rara vez hallando su mirada, y cada vez que lo hacía consciente del espanto indefinible con que, a despecho de su belleza felina, los ojos de ella siempre lo afectaban, Jenner Brading escuchó en silencio la historia contada por Irene Marlowe. En deferencia al posible prejuicio del lector, contra el método sin arte de un historiador inexperto, el autor se aventura a sustituir con su propia versión la de ella.
II
Una habitación puede ser demasiado estrecha para tres, aunque uno esté afuera

En una pequeña casa de troncos que contenía una única habitación, amueblada con rudeza y escasez, agachada en el suelo contra una de las paredes, había una mujer que apretaba a un niño contra su pecho. Afuera, una densa foresta inviolada se extendía por muchas millas en toda dirección. Esto era de noche y la habitación estaba negra de oscura: ningún ojo humano podía haber discernido a la mujer y al niño. Aunque éstos eran observados de modo estrecho, vigilante, incluso, sin nunca una disminución momentánea de la atención, y ese es el hecho pivotal sobre el que gira esta narración.
Charles Marlowe era de la clase, ahora extinta en este país, de los leñadores pioneros, unos hombres que hallaron sus entornos más aceptables en las soledades selváticas, que se extendían a lo largo de la vertiente este del valle del Mississippi, desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México. Por más de cien años, estos hombres avanzaron siempre hacia el oeste, generación tras generación, con el rifle y el hacha, reclamando de la naturaleza y sus hijos salvajes, aquí y allá, unos acres aislados para el arado, tan pronto reclamados como entregados a sus menos aventurados, pero más ahorrativos sucesores. Por último, salieron por el linde de la foresta hacia el campo abierto, y se desvanecieron como si hubieran caído por un precipicio. El leñador pionero no estaba más, el pionero de las llanuras, ese, cuya fácil tarea fue someter por ocupación dos tercios del país, en una única generación, era otra creación inferior. Con Charles Marlowe en la espesura, compartiendo los peligros, las dificultades y las privaciones de esa vida extraña, sin provecho, estaban su esposa e hija, a quienes, a la manera de su clase, en que las virtudes domésticas eran una religión, estaba apasionadamente apegado. La mujer era aún lo suficiente joven para ser bonita, lo suficiente nueva en el horrible aislamiento de su suerte, para ser jovial. Al contener la gran capacidad de felicidad, que las simples satisfacciones de la vida en la foresta no podían haber llenado, el cielo la había tratado de forma honorable. En sus ligeras tareas hogareñas, su hija, su marido y sus pocos libros tontos, ella encontró una abundante provisión para sus necesidades.
Una mañana de mediados de verano, Marlowe tomó su rifle de los ganchos de madera de la pared, y manifestó su intención de ir a cazar.
-Tenemos bastante carne -dijo la esposa-, por favor, no salgas hoy. Yo soñé anoche, ¡oh, una cosa tan espantosa! No lo puedo recordar, pero estoy casi segura de que va a pasar si sales.
Es doloroso confesar que Marlowe recibió esta declaración solemne con menos gravedad, que la debida a la misteriosa naturaleza de la calamidad anunciada. En verdad, se rió.
-Trata de recordar -dijo-. Quizás tú soñaste que el bebé había perdido el poder de hablar.
La conjetura era sugerida, obviamente, por el hecho de que el bebé, aferrando el fleco de su capa de caza con todos sus diez dedos rollizos, estaba en ese momento expresando su sentido de la situación, con una serie de goo-goos exultantes, inspirados por la visión de la capa de piel de mapache de su padre.
La mujer cedió: carente del don del humor, no podía tenerse firme ante su jocosidad amable. Así, con un beso para la madre y un beso para la hija, él dejó la casa y cerró la puerta a su felicidad para siempre.
Al anochecer no había retornado. La mujer preparó la cena y esperó. Luego puso al bebé en la cama y le cantó con suavidad, hasta que se durmió. Para ese tiempo el fuego del hogar, en que había cocinado la cena, había ardido y la habitación estaba iluminada por una única vela. Ésta la colocó después en la ventana abierta, como un signo de bienvenida al cazador, si éste debía aproximarse por ese lado. Había cerrado y barreado la puerta con precaución, contra esos animales salvajes que la podrían preferir a la ventana abierta; sobre los hábitos de las bestias de presa de entrar en una casa sin ser invitadas, ella no estaba avisada aunque, con una verdadera previsión femenina, podía haber considerado la posibilidad de su entrada por la vía de la chimenea. Mientras la noche pasaba se sintió no menos ansiosa, pero sí más adormecida, y por último posó sus brazos sobre la cama junto a la niña, y su cabeza sobre los brazos. La vela en la ventana ardió hasta el enchufe, chisporroteó, refulgió un momento y se agotó sin ser observada, pues la mujer dormía y soñaba.
En el sueño ella se sentaba junto a la cuna de una segunda hija. La primera había muerto. El padre había muerto. La casa de la foresta se había perdido, y la vivienda en la que vivía era no familiar. Había unas puertas de roble pesadas, siempre cerradas, y afuera de las ventanas, fijadas a la gruesa pared de piedra, había barras de hierro, obviamente (eso pensaba ella), una provisión contra los indios. Todo eso lo notó con una infinita piedad por sí misma, pero sin sorpresa, una emoción desconocida en los sueños. La niña en la cuna era invisible bajo su cobija, que algo la impelió a remover. Ella hizo eso, ¡descubriendo la cara de un animal salvaje! Con el impacto de esta revelación espantosa la soñadora se despertó, temblando en la oscuridad de su cabaña en el bosque.
Mientras el sentido de sus entornos reales volvía con lentitud, ella sintió por la niña que no era un sueño, y se aseguró por su respiración que todo estaba bien con ésta, y no pudo privarse de pasarle la mano por la cara con ligereza. Entonces, movida por algún impulso que, probablemente, no podría haber explicado, se levantó y tomó al bebé dormido en sus brazos, teniéndolo contra su pecho cercanamente. La cabecera de la cuna de la niña estaba contra la pared, a la que ahora la mujer le daba la espalda mientras estaba parada. Alzando sus ojos, vio dos objetos brillantes que miraban en la oscuridad, con un fulgor verde rojizo. Los tomó por dos carbones del hogar, pero con el retorno de su sentido de la dirección, le vino la conciencia inquietante de que éstos no estaban en ese cuadrado de la habitación, que además estaban demasiado altos, cerca del nivel de sus ojos, de sus propios ojos. Pues esos eran los ojos de una pantera.
La bestia estaba en la ventana abierta, opuesta de modo directo y a menos de cinco pasos de distancia. Nada más que esos ojos terribles eran visibles, pero en el espantoso tumulto de sus sensaciones, mientras la situación se descubría a su entendimiento, ella sabía de alguna forma que el animal estaba parado sobre sus patas traseras, apoyándose con sus zarpas en la repisa de la ventana. Eso significaba un interés maligno, no la mera satisfacción de una curiosidad indolente. La conciencia de la actitud era un horror agregado, que acentuaba la amenaza de esos ojos horribles, en cuyo fuego resuelto la fuerza y el coraje de ella parecían consumirse. Bajo su silencio inquisitivo se estremecía y se sentía enferma. Sus rodillas le fallaban, y por grados, esforzándose de modo instintivo para evitar un movimiento súbito, que pudiera traer a la bestia sobre ella, se bajó al suelo, se agachó contra la pared y trató de escudar al bebé con su cuerpo trémulo, sin retirar su mirada de los orbes luminosos que la estaban matando. Ningún pensamiento de su marido le venía en su agonía, ninguna esperanza ni sugestión de rescate o escape. Su capacidad de pensar y sentir se había reducido a las dimensiones de una única emoción: el miedo al salto del animal, al impacto de su cuerpo, al embate de sus grandes patas, a la sensación de sus dientes en su garganta, al destrozo de su bebé. Inmóvil ahora y en silencio absoluto, esperó su condena, mientras los momentos se convertían en horas, en años, en siglos, y esos ojos diabólicos mantenían aún su vigilancia.
Al retornar a su cabaña tarde en la noche, con un venado en los hombros, Charles Marlowe empujó la puerta. Ésta no cedió. Tocó, no hubo respuesta. Puso abajo el venado y fue rodeando hacia la ventana. Al doblar el ángulo de la vivienda, le pareció oír un sonido como de pisadas sigilosas y un susurro en la maleza de la foresta, pero eran demasiado ligeras para la certeza, incluso para su oído experto. Se aproximó a la ventana y para su sorpresa la encontró abierta, lanzó su pierna por encima de la repisa y entró. Todo era oscuridad y silencio. Avanzó a tientas hacia la estufa, rayó un cerillo y prendió una vela.
Entonces miró alrededor. Encogida en el suelo contra la pared estaba su esposa, apretando a su hija. Cuando él saltó hacia su lado, ella se levantó y rompió en una risa larga, alta y mecánica, carente de júbilo y carente de sentido, una risa que no estaba en desacuerdo con el rechinar de una cadena. Apenas sabiendo lo que hacía, extendió sus brazos. Ella puso al bebé en éstos. Estaba muerto, oprimido hasta morir en el abrazo de su madre.
III
La teoría de la defensa

Eso es lo que ocurrió durante una noche en la foresta, pero Irene Marlowe no le relató todo a Jenner Brading, ella no lo sabía todo. Cuando hubo concluido el sol estaba por debajo del horizonte, y el largo crepúsculo del verano había empezado a profundizar en las hondonadas de la tierra. Por unos momentos Brading se quedó en silencio, esperando que la narración fuera llevada adelante, hacia alguna conexión definida con la conversación que la había introducido, pero la narradora estaba tan silenciosa como él, su rostro desviado, sus manos se apretaban y aflojaban a sí mismas mientras yacían en su regazo, con la singular sugestión de una actividad independiente de su voluntad.
-Es una historia triste, terrible -dijo Brading por último-, pero yo no entiendo. Usted llama padre a Charles Marlowe, que yo sepa. Que él fue viejo antes de tiempo, quebrado por alguna gran tristeza, yo lo he visto, o creído que lo vi. Pero, perdóneme, usted dijo que, que…
-Que yo estoy insana -dijo la muchacha, sin un movimiento de la cabeza o el cuerpo.
-Pero, Irene, usted dice; por favor, querida, no mire a otro lado; usted dice que la niña estaba muerta, no demente.
-Sí, ésa; yo soy la segunda. Yo nací tres meses después de esa noche; mi madre, siendo misericordiosa, permitió que su vida se fuera al darme la mía.
Brading se quedó en silencio de nuevo, estaba un poco aturdido, y no podía pensar de una vez en la cosa correcta que decir. El rostro de ella aun estaba vuelto. En su embarazo, él se extendió de forma impulsiva hacia las manos, que se cerraban y abrían en el regazo de ella, pero algo -no podía haber dicho qué- lo refrenó. Recordó entonces vagamente, que nunca se había cuidado por completo de tomarle la mano.
-¿Es posible -reanudó ella-, que una persona nacida bajo tales circunstancias, sea como las demás, lo que usted llama sana?
Brading no replicó, estaba preocupado con un nuevo pensamiento que estaba tomando forma en su mente, lo que un científico hubiera llamado una hipótesis, un detective, una teoría. Éste podría arrojar una luz adicional, aunque escabrosa, sobre una duda de su cordura que la propia aseveración de ella no había despejado.
El país aún era nuevo y, fuera de las villas, estaba escasamente poblado. El cazador profesional aún era una figura familiar, y entre sus trofeos había cabezas y pieles de las más grandes piezas de caza. Los cuentos varios creíbles, de encuentros nocturnos con animales salvajes en los caminos solitarios, eran a veces corrientes, pasaban por las etapas de costumbre de crecimiento y decadencia, y eran olvidados. Una adición reciente a este apócrifo popular, originada al parecer por generación espontánea en varios hogares, era el de una pantera que había asustado a algunos de sus miembros, mirando adentro por las ventanas en la noche. La fábula había causado su pequeña oleada de excitación, incluso había alcanzado la distinción de un espacio en el periódico local, pero Brading no le había prestado atención. Su parecido con la historia que recién había escuchado ahora, le impresionó acaso de un modo más que accidental. ¿No era posible que una historia hubiera sugerido la otra, que al encontrar condiciones congeniales en una mente morbosa y una fantasía fértil, hubiera crecido hasta el cuento trágico que había oído?
Brading recordó ciertas circunstancias de la historia y la disposición de la muchacha, con los cuales, con la no curiosidad del amor, hasta ahora había sido descuidado, tales como su vida solitaria con su padre, en cuya casa nadie, al parecer, era un visitante aceptable, y su extraño miedo a la noche, con el que, aquellos que la conocían mejor, explicaban el que ella nunca fuera vista después de oscurecer. Seguramente, en una mente así la imaginación, una vez encendida, podría arder con una llama ilícita, penetrando y envolviendo la estructura entera. De que estaba loca, aunque la convicción le produjera el dolor más agudo, no podía dudar más; ella sólo había confundido el efecto de su desorden mental con su causa, poniendo en relación imaginaria con su propia personalidad los caprichos de los hacedores de mitos locales. Con alguna vaga intención de probar su nueva "teoría", y con una noción no muy definida de cómo ponerse a hacerlo, dijo con gravedad, pero con vacilación:
-Irene, querida, dígame, le ruego no lo tome como ofensa, pero dígame…
-Yo le he dicho -lo interrumpió ella, hablando con una seriedad apasionada, que él no había conocido que ella mostrara-, ya le he dicho que no podemos casarnos, ¿hay otra cosa que valga la pena decir?
Antes de que pudiera pararla ella había saltado de su asiento y, sin otra palabra o mirada, se estaba deslizando entre los árboles hacia la casa de su padre. Brading se había levantado para detenerla, se quedó mirándola en silencio hasta que se hubo desvanecido en la tiniebla. Súbitamente, se sobrecogió como si le hubieran disparado, su rostro adquirió una expresión de asombro y alarma: en una de las sombras negras en que ella había desaparecido, ¡él había tenido la visión rápida, breve de unos ojos radiantes! Por un instante se quedó aturdido e irresoluto, luego se lanzó hacia el bosque tras ella, voceando: -¡Irene, Irene, cuidado! ¡La pantera, la pantera!
En un momento había pasado por la franja de la foresta hacia el campo abierto, y vio la falda gris de la muchacha que se desvanecía en la puerta de su padre. Ninguna pantera era visible.
IV
Una apelación a la conciencia de Dios

Jenner Brading, abogado de ley, vivía en una casita en el borde del pueblo. Directo detrás de la vivienda estaba la foresta. Siendo soltero y por lo tanto, según el draconiano código moral del tiempo y el lugar, negados los servicios de la única especie de sirviente doméstico conocido por allí, la “muchacha contratada”, se alojaba en el hotel de la villa, donde asimismo estaba su oficina. La casita junto al bosque era, meramente, un alojamiento mantenido -no a gran costo, de seguro- como una evidencia de prosperidad y respetabilidad. Sería apenas debido que uno, a quien el periódico local había señalado con orgullo como “el jurista más avanzado de su tiempo”, fuera un “sin hogar”, aunque a veces éste pudiera haber sospechado, que las palabras “hogar” y “casa” no eran estrictamente sinónimos. En efecto, su conciencia de la disparidad y su voluntad de armonizarla, eran unas cuestiones de inferencia lógica, pues se rumoreó en general que poco después la casita fuera construida, su dueño había tenido una fútil aventura en la dirección del matrimonio, había, en verdad, ido tan lejos, como para ser rechazado por la hermosa pero excéntrica hija del viejo Marlowe, la reclusa. Esto fue creído de forma pública porque lo había dicho él mismo, y ella no lo había; una inversión del usual orden de cosas, que apenas podía fallar en llegar a la convicción.
El dormitorio de Brading estaba al fondo de la casa, con una única ventana frente a la foresta.
Una noche lo despertó un ruido en esa ventana, apenas podría haber dicho lo que era. Con una pequeña alteración de los nervios, se sentó en la cama y echó mano del revólver que, con una prevención más comendable, en un adicto al hábito de dormir en la planta baja con la ventana abierta, había puesto bajo la almohada. La habitación estaba en una oscuridad absoluta, pero no estando aterrado sabía a dónde dirigir sus ojos, y los mantuvo allí, aguardando en silencio que más podría ocurrir. Ahora podía discernir vagamente la abertura, un cuadrado negro más aclarado. De repente, aparecieron en su borde inferior dos ojos rutilantes, ¡que ardieron con un lustre maligno indeciblemente terrible! El corazón de Brading dio un gran vuelco, luego pareció quedarse quieto. Un frío pasó a lo largo de su columna y a través de su cabello, sintió que la sangre dejaba sus mejillas. No podría haber gritado, ni para salvar su vida, pero siendo un hombre de coraje, para salvar su vida, no habría hecho eso si hubiera sido capaz. Su cuerpo cobarde podía sentir alguna trepidación, pero su espíritu era de una materia más áspera. Con lentitud, los ojos radiantes se levantaron con un movimiento estable, que pareció una aproximación, y con lentitud, la mano derecha de Brading se levantó teniendo la pistola. ¡Disparó!
Cegado por el fogonazo y aturdido por el estruendo, Brading no obstante oyó, o le pareció que oyó el aullido salvaje, alto de la pantera, tan humano en el sonido, tan diabólico en la sugestión. Saltando de la cama, se vistió apurado y, pistola en mano, salió por la puerta, hallando a dos o tres hombres que venían corriendo desde el camino. Una breve explicación fue seguida por una búsqueda cautelosa en la casa. La hierba estaba mojada por el rocío, debajo de la ventana había sido pisoteado y en parte nivelado un amplio espacio, del que un rastro desviado, visible a la luz de una linterna, llevaba lejos hacia los arbustos. Uno de los hombres tropezó y cayó sobre sus manos que, cuando se levantó y las frotó juntas, estaban resbalosas. Al examinarlas vieron que estaban rojas de sangre.
Un encuentro desarmado con una pantera herida, no era agradable para el gusto de éstos, todos menos Brading volvieron atrás. Éste, con la linterna y la pistola, caminó adelante con coraje hacia el bosque. Pasando por una maleza difícil entró a un claro pequeño, y ahí su coraje tuvo su recompensa, pues encontró el cuerpo de su víctima. Pero ésta no era una pantera. Lo que era se dice, incluso hoy en día, en una lápida gastada por el tiempo en el camposanto de la villa, y por muchos años fue atestiguado diariamente junto a la tumba, por la figura encorvada y de rostro tristemente arrugado del viejo Marlowe, para cuya alma, y para el alma de su extraña e infeliz hija, la paz. La paz y la reparación.

Título original: The Eyes of the Panther, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, octubre de 1897, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Daniel Smith, African Ebony-Black Panther (Fragment), XX.