viernes, 24 de diciembre de 2010

Una identidad reasumida


I. La revista es una forma de acogida

Una noche de verano un hombre estaba parado en una colina baja, que dominaba una amplia expansión de foresta y campo. Por la luna llena que colgaba baja en el oeste, sabía lo que no podía haber sabido de otro modo: que estaba cerca la hora del alba. Una niebla ligera yacía a lo largo de la tierra, velando parcialmente los rasgos más bajos del paisaje, pero por arriba de ésta, los árboles más altos se mostraban en masas bien definidas contra un cielo claro. Dos o tres casas de granja eran visibles a través de la bruma, pero en ninguna de éstas, naturalmente, había una luz. En ningún lugar, en efecto, había algún signo o sugerencia de vida, excepto el ladrido de un perro lejano que, repetido con mecánica iteración, servía más bien para acentuar que disipar la soledad de la escena.
El hombre miró con curiosidad a su alrededor, por todos lados, como uno que entre unos alrededores familiares, es incapaz de determinar su lugar y parte exactos en el esquema de cosas. Es así, acaso, que vamos a actuar cuando, levantados de entre los muertos, esperemos la llamada del juicio.
A unas cien yardas de distancia había un camino recto, que se mostraba blancuzco a la luz de la luna. Intentando orientarse, como un agrimensor o un navegante podrían decir, el hombre movió sus ojos con lentitud a lo largo de su longitud visible, y a un cuarto de milla hacia el sur de su posta vio, vago y grisáceo en la bruma, un grupo de jinetes cabalgando hacia el norte. Detrás de éstos había hombres a pie marchando en una columna, con rifles que brillaban vagamente, oblicuos encima de sus hombros. Se movían con lentitud y en silencio. Otro grupo de jinetes, otro regimiento de infantería, otro y otro, todo en un incesante movimiento hacia el punto de vista del hombre, pasado éste y más allá. Una batería de artillería seguía, los artilleros cabalgando con los brazos cruzados, flexibles y en cajón. Y aún la procesión interminable salía de la oscuridad hacia el sur, y pasaba a la oscuridad hacia el norte, nunca con un sonido de voz, de casco o de rueda.
El hombre no podía entender de forma correcta: se creyó sordo; dijo eso y oyó su propia voz, aunque ésta tenía una cualidad no familiar que casi lo alarmó; ésta decepcionó la expectativa de sus oídos en el asunto del timbre y la resonancia. Pero él no estaba sordo y eso por el momento era suficiente.
Entonces recordó que había fenómenos naturales, a los que alguien había dado el nombre de “sombras acústicas”. Si usted estaba parado en una sombra acústica, había una dirección desde la que no iba a oír nada. En la batalla de Mill Gaines, uno de los conflictos más feroces de la guerra civil, con un centenar de cañones en juego, los espectadores a una milla y media de distancia, en el lado opuesto del valle Chickahominy, no oían nada de lo que veían con claridad. El bombardeo de Port Royal, oído y sentido en St. Augustine ciento cincuenta millas al sur, era inaudible dos millas al norte en una atmósfera en calma. Unos pocos días antes de la rendición en Appomattox, un tronante tropiezo entre los comandos de Sheridan y Pickett, era desconocido por el comandante último, a una milla en la retaguardia de su propia línea.
Esas instancias no eran conocidas por el hombre de quien escribimos, pero unas menos llamativas del mismo carácter no habían escapado a su observación. Estaba inquieto de modo profundo, pero por otra razón que el extraño silencio de esa marcha a la luz de la luna.
"¡Buen Señor! -se dijo a sí mismo, y de nuevo fue como si otro hubiera manifestado su pensamiento-, ¡si esas gentes son lo que yo pienso que son, nosotros hemos perdido la batalla y ellos se están moviendo a Nashville!
Entonces le vino un pensamiento de sí mismo -una aprensión-, una fuerte sensación de peligro personal, esa que de otra forma llamamos miedo. Caminó apurado hacia la sombra de un árbol. Y aún los batallones silenciosos avanzaban en la bruma con lentitud.
El fresco de una brisa súbita atrás de su cuello, atrajo su atención hacia la parte de donde ésta venía, y volviéndose hacia el este vio una débil luz grisácea a lo largo del horizonte, el primer signo del día que retornaba. Eso aumentó su aprensión.
"Yo tengo que irme de aquí -pensó-, o voy a ser descubierto y apresado."
Se movió fuera de la sombra, caminó con rapidez hacia el este grisáceo. Desde el aislamiento seguro de un boscaje de cedros, miró hacia atrás. La columna entera había pasado y se había perdido de vista: ¡el recto camino blancuzco yacía pelado y desolado a la luz de la luna!
Perplejo antes, ahora estaba indeciblemente atónito. ¡Un pasar tan veloz de un ejército tan lento!, no lo podía entender. Minuto tras minuto pasaban sin ser notados, había perdido el sentido del tiempo. Buscó con una seriedad terrible una solución del misterio, pero buscó en vano. Cuando por último se despertó de su abstracción, el borde del sol era visible por encima de las colinas; pero en las nuevas condiciones, él no encontró otra luz que la del día, su entender estaba envuelto en la duda de modo tan oscuro como antes.
Por todos lados había campos cultivados, que no mostraban signos de la guerra ni de los estragos de la guerra. Desde las chimeneas de las casas de granjas, las delgadas columnas de humo azulado señalaban los preparativos para un día de trabajo apacible. Habiendo aquietado su inmemorial alocución a la luna, un perro guardián ayudaba a un negro que, fijando una yunta de mulas al arado, estaba adulador y agudamente contento en su tarea. El héroe de este relato se quedó mirando de forma estúpida la pintura pastoral, como si nunca hubiera visto una cosa así en toda su vida; entonces se puso la mano en la cabeza, se la pasó por el cabello y, retirándola, consideró la palma atentamente, una cosa singular que hacer. Al parecer calmado por el acto, caminó confiado hacia el camino.

II. Cuando haya perdido la vida consulte a un médico

El dr. Stilling Malson, de Murfreesboro, habiendo visitado a un paciente a seis o siete millas de distancia, en el camino de Nashville, se había quedado con él toda la noche. Al amanecer se puso en marcha al hogar montado a caballo, como era la costumbre de los doctores del tiempo y la región. Había pasado a la vecindad del campo de batalla de Stone River, cuando un hombre se le aproximó desde el borde del camino y lo saludó al estilo militar, con un movimiento de la mano derecha hacia el ala del sombrero. Pero el sombrero no era un sombrero militar, el hombre no estaba de uniforme y no tenía un porte marcial. El doctor asintió con la cabeza civilmente, medio pensando que el saludo extraño, poco común era, acaso, en deferencia a los alrededores históricos. Como el extraño, evidentemente, deseaba hablarle, frenó las riendas de su caballo con cortesía y esperó.
-Señor -dijo el extraño-, aunque usted es un civil, acaso es un enemigo.
-Yo soy un médico -fue la réplica sin compromiso.
-Gracias -dijo el otro-. Yo soy un teniente, del personal del general Hazen -hizo una pausa un momento, miró con agudeza a la persona a quien se dirigía, entonces agregó-, del ejército federal.
El médico, meramente, asintió con la cabeza.
-Sea amable, dígame -continuó el otro- qué ha sucedido aquí. ¿Dónde están los ejércitos? ¿Quién ha ganado la batalla?
El médico observó a su interrogador con curiosidad, con los ojos medio cerrados. Después de un escrutinio profesional, prolongado hasta el límite de la educación. -Perdóneme -dijo-, uno que pide información, debe estar dispuesto a impartirla. ¿Usted está herido? -agregó, sonriendo.
-No seriamente, parece.
El hombre se quitó el sombrero no militar, se puso la mano en la cabeza, se la pasó por el cabello y, retirándola, consideró la palma atentamente.
-Me pegó una bala y he estado inconsciente. Debe haber sido un golpe ligero, de refilón: yo no encuentro sangre y no siento dolor. No lo voy a molestar con un tratamiento, pero ¿sería tan amable de dirigirme a mi comando, a cualquier parte del ejército federal, si usted sabe?
De nuevo el doctor no replicó de inmediato: estaba recordando muchas cosas que se registraban en los libros de su profesión, algo sobre la identidad perdida y el efecto de las escenas familiares en restaurar ésta. Por último miró al hombre a la cara, sonrió y dijo:
-Teniente, usted no está usando el uniforme de su rango y servicio.
Ante eso, el hombre miró abajo a su atuendo civil, levantó los ojos y dijo con vacilación:
-Eso es verdad. Yo, yo no entiendo muy bien.
Aún observando con agudeza, pero no sin simpatía, el hombre de ciencia inquirió rotundo:
-¿Qué edad tiene usted?
-Veintitrés, si eso tiene algo que ver con esto.
-Usted no lo parece, yo apenas podría haber adivinado, que tiene sólo eso.
El hombre se estaba poniendo impaciente. -No necesitamos discutir eso -dijo-, yo quiero saber del ejército. No hace dos horas, vi una columna de tropas moviéndose hacia el norte, por este camino. Usted debe haberla encontrado. Sea lo bastante bueno, para decirme el color de su ropa, que yo fui incapaz de descubrir, y no lo voy a molestar más.
-¿Usted está muy seguro de que las vio?
-¿Seguro? ¡Dios mío, señor, yo las podría haber contado!
-Por que, realmente -dijo el médico, con una divertida conciencia de su propia semejanza, al locuaz barbero de Las mil y una noches-, esto es muy interesante. Yo no encontré tropas.
El hombre lo miró con frialdad, como si él mismo hubiera observado el parecido con el barbero-. Está claro -dijo-, que a usted no le importa ayudarme. ¡Señor, puede irse al diablo!
Se volteó y se alejó a zancadas, muy al azar, a través de los campos llenos de rocío, su medio-penitente torturador mirándolo tranquilo, desde su punto de ventaja en la montura, hasta que desapareció más allá de un conjunto de árboles.

III. El peligro de mirar en un charco de agua

Después de dejar el camino, el hombre aflojó el paso y fue ahora adelante, más bien desviado, con una distinta sensación de fatiga. No podía darse cuenta de eso, aunque en verdad la interminable locuacidad de ese doctor rural, ofrecía en sí una explicación. Sentándose en una roca, puso una mano sobre la rodilla, el dorso hacia arriba, y la miró casualmente. Estaba enjuta y marchita. Levantó ambas manos hacia su rostro. Éste estaba arrugado y surcado, podía rastrear las líneas con las puntas de los dedos. ¡Qué extraño!, un mero golpe de bala y una breve inconsciencia, no debían hacerlo a uno un despojo físico.
-Yo debo haber estado largo tiempo en el hospital -dijo en voz alta-. ¡Por que, qué estúpido soy! ¡La batalla fue en diciembre, y ahora es verano! -se rió-. No es extraño que ese tipo pensara, que yo era un lunático escapado. Estaba errado: yo sólo soy un paciente escapado.
A poca distancia una pequeña parcela de terreno, rodeada por un muro de piedra, atrajo su atención. Sin una intención muy definida, se levantó y fue a ésta. En el centro había una plaza, un sólido monumento de piedra labrada. Estaba marrón por la edad, con los ángulos gastados por el tiempo, manchado de musgo y líquenes. Entre los bloques macizos había franjas de hierba, la palanca de cuyas raíces los había empujado aparte. En respuesta al desafío de esa ambiciosa estructura, el tiempo había puesto su mano destructiva sobre ésta, y pronto sería “una con Nínive y Tiro.” En una inscripción a un costado, sus ojos captaron un nombre familiar. Temblando de excitación, estiró el cuerpo a través del muro y leyó:

La brigada de Hazen,
a la memoria de sus soldados
caídos en
Stone River, el 31 de dic. de 1862.

El hombre se cayó del muro, débil y enfermo. Casi en la longitud de un brazo, había una pequeña depresión en la tierra; ésta había sido llenada por una lluvia reciente, un charco de agua clara. Se arrastró hacia éste para reavivarse, levantó la parte superior de su cuerpo sobre los brazos trémulos, empujó la cabeza hacia adelante y vio el reflejo de su rostro, como en un espejo. Lanzó un grito terrible. Sus brazos cedieron, cayó con el rostro hacia abajo, en el charco, y entregó la vida que había abarcado otra vida.

Título original: A Resumed Identity, publicado por primera vez en Cosmopolitan, septiembre de 1908, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Lee Takes Command, XX.