lunes, 6 de diciembre de 2010

Un oficial, un hombre


El capitán Graffenreid estaba a la cabeza de su compañía. El regimiento no estaba ocupado. Éste formaba parte de la línea del frente de batalla, que se expandía hacia la derecha con una visible longitud de casi dos millas, a través del terreno abierto. El flanco izquierdo estaba velado por los bosques, a la derecha asimismo la línea se perdía de vista, pero se extendía muchas millas. A unas cien yardas en la retaguardia había una segunda línea, detrás de ésta las brigadas de reserva y las divisiones en columnas. Las baterías de artillería ocupaban los espacios entre y coronaban las colinas bajas. Grupos de jinetes -los generales con su personal y las escoltas, y los oficiales de campo de los regimientos detrás de las banderas- rompían la regularidad de las líneas y las columnas. Un número de estas figuras de interés tenían anteojos de campo en los ojos, y estaban sentadas inmóviles, escrutando impasibles la comarca de enfrente; otras iban y venían con un trote lento, llevando órdenes. Había escuadras de camilleros, ambulancias, trenes de furgones con municiones, y los sirvientes de los oficiales a la retaguardia de todo -de todo lo que era visible-, pues aún a la retaguardia de eso, a lo largo de los caminos, se extendía por muchas millas toda esa vasta multitud de no combatientes, que con su variada impedimenta era asignada al deber inglorioso pero importante, de satisfacer las muchas necesidades de los luchadores.
Un ejército en línea de batalla, aguardando un ataque o preparado para librarlo, presentaba extraños contrastes. En el frente era la precisión, la formalidad, la fijeza y el silencio. Hacia la retaguardia esas características eran menos y menos conspicuas, y finalmente, en un punto del espacio, se perdían por completo en la confusión, el movimiento y el ruido. Lo homogéneo se convertía en heterogéneo. La definición era carente, el reposo era sustituido por una aparente actividad sin propósito, la armonía se desvanecía en el alboroto, la forma en el desorden. La conmoción en todas partes y la inquietud incesante. Los hombres que no luchaban nunca estaban listos.
Desde su posición a la derecha de su compañía en la fila del frente, el capitán Graffenreid tenía una vista no obstruida hacia el enemigo. Una media milla de terreno abierto y casi nivelado yacía ante él, y más allá de éste un bosque irregular, que cubría un ascenso ligero; ni un ser humano era visible en ningún lugar. Él no podía imaginar nada más pacífico que la apariencia de ese paisaje agradable, con sus largas expansiones de campos marrones, sobre los que la atmósfera empezaba a temblar con el calor del sol matutino. Ni un sonido venía de la foresta o el campo, ni incluso el ladrido de un perro o el canto de un gallo, de la casa de plantación vista a medias en una cresta entre los árboles. Aunque cada hombre en esas millas de hombres, sabía que él y la muerte estaban cara a cara.
El capitán Graffenreid nunca en su vida había visto a un enemigo armado, y la guerra en la que su regimiento fue uno de los primeros en salir al campo, tenía dos años de edad. Había tenido la rara ventaja de una educación militar, y cuando sus camaradas marcharon al frente, había sido separado para el servicio administrativo en la capital de su Estado, donde se pensó que podía ser más útil. Como un mal soldado protestó, y como uno bueno obedeció. En estrecha relación oficial y personal con el gobernador de su Estado, y disfrutando de su confianza y favor, había rechazado con firmeza la promoción, y visto a sus juniors elevados por encima de él. La muerte había estado ocupada en su distante regimiento; las vacantes entre los oficiales de campo habían ocurrido una y otra vez, pero con el sentimiento caballeresco, de que las recompensas de la guerra pertenecían por derecho a esos, que cargaban con la tormenta y la tensión de la batalla, había mantenido su rango humilde y avanzado de modo generoso las fortunas de los otros. Su devoción silenciosa al principio había triunfado por último: había sido relevado de sus odiosos deberes y ordenado al frente, y ahora, no probado en el fuego, estaba en la vanguardia de la batalla, al comando de una compañía de rudos veteranos, para quienes él había sido sólo un nombre, y ese nombre una palabra trillada. Nadie -ni incluso esos de sus oficiales hermanos, en cuyo favor había renunciado a sus derechos- entendía su devoción al deber. Estaban demasiado ocupados para ser justos, era mirado como uno que había eludido su deber, hasta ser forzado de mala gana al campo. Demasiado orgulloso para explicar, aunque no demasiado insensible para sentir, sólo podía soportar y esperar.
En todo el ejército federal esa mañana de verano, nadie había aceptado la batalla con más júbilo que Anderton Graffenreid. Su espíritu estaba boyante, sus facultades estaban disolutas. Se hallaba en un estado de exaltación mental, y apenas podía soportar la tardanza del enemigo en avanzar al ataque. Para él era una oportunidad, el resultado no le importaba nada. La victoria o la derrota, como Dios quisiera; en una o en otra debía probarse como un soldado y un héroe, debía vindicar su derecho al respeto de sus hombres, al compañerismo de sus hermanos oficiales y a la consideración de sus superiores. ¡Cómo le saltaba el corazón en el pecho, mientras el corneta tocaba las emotivas notas de la “asamblea”! ¡Con qué paso ligero, apenas consciente de la tierra bajo sus pies, dio zancadas hacia adelante, a la cabeza de su compañía, y de qué forma exultante notó las disposiciones tácticas, que situaron a su regimiento en la línea del frente! Y si por ventura le venía alguna memoria, de un par de ojos oscuros que podrían cobrar una luz tierna, al leer un recuento de los hechos de ese día, ¿quién lo iba a culpar por la idea inmarcial, o considerarlo una degradación del ardor soldadesco?
Súbitamente, desde la foresta media milla al frente -al parecer, de entre las ramas más altas de los árboles, pero en realidad de la cima más allá- se levantó una alta columna de humo blanco. Un momento después vino una explosión profunda, sacudida, seguida, casi asistida por un horrendo sonido de ráfaga, que pareció saltar hacia adelante, a través del espacio intermedio con rapidez inconcebible, subiendo de susurro a rugido con una gradación demasiado veloz, ¡para que la atención notara las etapas sucesivas de su progresión horrible! Un temblor visible corrió a lo largo de las líneas de hombres, todos se asustaron y movieron. El capitán Graffenreid esquivó y lanzó sus manos arriba, a un lado de la cabeza, las palmas hacia afuera.
Mientras hacía eso oyó un estruendo aguzado, vibrante, y vio en la ladera de la colina, detrás de la línea, un feroz remolino de humo y polvo, la explosión de un obús. ¡Éste había pasado a un centenar de pies a su izquierda! Oyó, o se figuró que oyó una risa baja y burlona, y volviéndose en la dirección de donde había venido, vio los ojos de su primer teniente fijos en él, con una inconfundible mirada de diversión. Miró a lo largo de la línea de rostros en las filas del frente. Los hombres se estaban riendo. ¿De él? La idea restauró el color en su rostro exangüe, restauró demasiado en éste. Sus mejillas ardieron con una fiebre de vergüenza.
El disparo del enemigo no fue respondido: el oficial al comando en esa parte expuesta de la línea, evidentemente, no tenía deseo de provocar un cañoneo. Por la tolerancia, el capitán Graffenreid fue consciente de una sensación de gratitud. No sabía que el vuelo de un proyectil, fuera un fenómeno de carácter tan aterrador. Su concepción de la guerra ya había sufrido un cambio profundo, y fue consciente de que su nuevo sentimiento se manifestaba en una visible perturbación. La sangre le estaba hirviendo en las venas, tenía una sensación asfixiante, y sentía que si hubiera tenido que dar un comando, éste sería inaudible o al menos ininteligible. La mano en la que mantenía la espada le temblaba, la otra se movía de modo automático, agarrándose a las diversas partes de su ropa. Encontraba una dificultad en quedarse parado, y se figuraba que sus hombres lo observaban. ¿Era miedo eso? Temía que lo era.
Desde algún lugar lejano a la derecha vino, al compás del viento, un murmullo bajo, intermitente, como el del océano en la tormenta, como el de un distante tren en la vía férrea, como el del viento entre los pinos, tres sonidos tan parecidos que el oído, sin la ayuda del juicio, no podía distinguir uno de otro. Los ojos de las tropas fueron atraidos en esa dirección, los oficiales montados volvieron sus anteojos de campo de esa manera. Mezclada con el sonido había una pulsación irregular. Él pensó, al principio, que era el palpitar de su sangre febril en sus oídos, luego, el distante redoblar de un tambor-bombo.
-El baile está abierto en el flanco derecho -dijo un oficial.
El capitán Graffenreid entendió: los sonidos eran los mosquetes y la artillería. Asintió con la cabeza y trató de sonreír. Al parecer, no había nada infeccioso en la sonrisa.
De repente, una línea luminosa de bocanadas de humo azul, estalló a lo largo del linde del bosque al frente, sucedida por un crepitar de rifles. Hubo silbidos aguzados, agudos en el aire, que terminaron abruptamente con un golpazo en la cercanía. El hombre al lado del capitán Graffenreid dejó caer su rifle, sus rodillas cedieron y se lanzó hacia adelante con torpeza, cayendo sobre su rostro. Alguien gritó “¡Al suelo!”, y el hombre muerto apenas se distinguió de los vivos. Parecía como si esos pocos disparos de rifle hubieran matado a diez mil hombres. Sólo los oficiales de campo se quedaron erguidos, su concesión a la emergencia consistía en desmontar y enviar sus caballos al refugio de las colinas bajas, inmediato en la retaguardia.
El capitán Graffenreid yacía al lado del hombre muerto, debajo de cuyo pecho fluía un pequeño arroyuelo de sangre. Éste tenía un tenue olor dulzón que lo enfermaba. El rostro estaba aplastado contra la tierra, y aplanado. Ya lucía amarillento, y era repulsivo. Nada sugería la gloria de la muerte de un soldado, ni mitigaba lo aborrecible del incidente. No podía darle la espalda al cuerpo, sin volverle el rostro a su compañía.
Fijó sus ojos en la foresta, donde todo era silencio otra vez. Trataba de imaginar qué estaba pasando allí, las líneas de tropas formando para atacar, los cañones siendo empujados a mano hacia adelante, hacia el linde del campo abierto. Se figuró que podía ver sus hocicos negros, sobresaliendo de la maleza, listos para entregar su tormenta de misiles, unos misiles como ése, cuyo aullido le había alterado tanto los nervios. La distensión de sus ojos se tornaba dolorosa, una niebla parecía reunirse delante de éstos; no podía ver más a través del campo, aunque no hubiera retirado su mirada, para no ver al hombre muerto a su lado.
El fuego de la batalla no estaba ardiendo muy brillante ahora, en esta alma de guerrero. De la inacción había venido la introspección. Buscaba más bien analizar sus sensaciones, que distinguirse por el coraje y la devoción. El resultado fue una profunda decepción. Se cubrió el rostro con las manos y gimió en voz alta.
El ronco murmullo de la batalla se hacía más y más distinto hacia la derecha; el murmullo, en efecto, se había convertido en un rugido, una pulsación, un trueno. Los sonidos se habían volteado de forma oblicua hacia el frente; evidentemente, la izquierda del enemigo era conducida de vuelta, y el momento propicio para moverse contra el ángulo saliente de su línea, pronto llegaría. El silencio y el misterio del frente era ominoso, todos sentían que éstos auguraban mal para los asaltantes.
Detrás de las líneas postradas, resonó un golpeteo de cascos de caballos al galope, los hombres se volvieron a mirar. Una docena de oficiales del personal, cabalgaban hacia los diversos comandantes de brigada y regimiento, que se habían remontado. Un momento más y hubo un coro de voces, todas emitiendo fuera de tiempo las mismas palabras: “¡Atención, batallón!” Los hombres se pusieron en pie de un salto, y fueron alineados por los comandantes de compañía. Aguardaron la palabra “adelante”, aguardaron también, con los corazones palpitantes y los dientes apretados, las ráfagas de plomo y de hierro que los golpearían, en su primer movimiento de obediencia a esa palabra. La palabra no fue dada, la tempestad no estalló. ¡La dilación fue horrenda, demencial! Enervaba como un respiro en la guillotina.
El capitán Graffenreid estaba a la cabeza de su compañía, el hombre muerto a sus pies. Oía la batalla a la derecha, el traqueteo y el estrépito de los mosquetes, el incesante trueno del cañón, los vítores desganados de los combatientes invisibles. Advertía las nubes de humo que ascendían de las forestas distantes. Notaba el silencio siniestro de la foresta de enfrente. Estos extremos en contraste afectaban todo el rango de su sensibilidad. La tensión en su sistema nervioso era insoportable. Se ponía caliente y frío por turnos. Jadeaba como un perro, y luego se olvidaba de respirar, hasta que el vértigo se lo recordaba.
Súbitamente, se calmó. Mirando hacia abajo, sus ojos habían caído sobre su espada desnuda, como él la mantenía, apuntando a la tierra. Escorzada a su vista, ésta parecía un tanto, pensó, la corta hoja pesada de un antiguo romano. ¡La fantasía estaba llena de sugestión maligna, fatal, heroica!
El sargento en la fila anterior, inmediato detrás del capitán Graffenreid, tuvo ahora una extraña visión. Su atención fue atraída por un movimiento poco común hecho por el capitán -un súbito alargue de las manos hacia adelante, y su enérgica retirada lanzando los codos afuera, como tirando de un remo-, vio surgir de entre los hombros del oficial una brillante punta de metal, que se prolongó hacia afuera, casi en una longitud de medio brazo, ¡una hoja de espada! Ésta estaba levemente manchada de carmesí, y su punta se aproximó tanto al pecho del sargento, y con un movimiento tan veloz, que éste se contrajo hacia atrás con alarma. En ese momento, el capitán Graffenreid se lanzó hacia adelante con pesadez, sobre el hombre muerto, y murió.
Una semana después, el mayor general que comandaba el cuerpo izquierdo del ejército federal, sometió el siguiente reporte oficial:
“Señor: Tengo el honor de reportar, con respecto a la acción del 19 corriente, que debido a la retirada del enemigo de mi frente para reforzar su golpeada izquierda, mi comando no estuvo seriamente ocupado. Mi pérdida fue la siguiente: Muerto, un oficial, un hombre.”

Título original: One Officer, One Man, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, febrero de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Expecting a Battle, XX.