domingo, 19 de diciembre de 2010

George Thurston


George Thurston era primer teniente y aide-de-camp en el personal del coronel Brough, que comandaba una brigada federal. El coronel Brough estaba al comando sólo de modo temporal, como coronel senior, habiendo sido el brigadier general herido de gravedad, y recibido una licencia de ausencia para recobrarse. El teniente Thurston era, yo creo, del regimiento del coronel Brough al que, con su jefe, habría sido naturalmente relegado, de haber vivido hasta el recobro de nuestro comandante de brigada. Al aide, cuyo lugar Thurston tomó, lo habían matado en batalla; la venida de Thurston con nosotros, fue el único cambio en la plantilla de nuestro personal, como consecuencia del cambio de comandantes. No nos gustaba, era insociable. Eso, sin embargo, fue más observado por los otros que por mí. Ya fuera en el campo o la marcha, en las barracas, las tiendas o el bivouac, mis deberes como ingeniero topográfico me mantenían trabajando como un castor, todo el día en la montura y la mitad de la noche en mi mesa de dibujo, trazando mis mensuras. Era un trabajo arriesgado, mientras más cerca yo pudiera penetrar de las líneas enemigas, más valiosas eran mis notas de campo y los mapas resultantes. Era un negocio en que las vidas de los hombres no contaban nada, contra la posibilidad de definir un camino o esbozar un puente. Escuadras enteras de la escolta de caballería debían ser enviadas a veces tronando, contra un poderoso puesto de avanzada de infantería, en orden de que el breve tiempo entre la carga y la inevitable retirada, pudiera ser utilizado en sondear un vado, o en determinar el punto de intersección de dos caminos.
En algunos de los oscuros rincones de Inglaterra y Gales, tienen la costumbre inmemorial de “pasar los lindes” de la parroquia. En cierto día del año, toda la población sale y viaja en procesión, desde una marca de tierra a la otra de la línea limítrofe. En los puntos más importantes, los muchachos son golpeados con varas cabalmente, para hacerles recordar el lugar en la vida posterior. Éstos se convierten en autoridades. Nuestros frecuentes tropiezos con los puestos de avanzada, las patrullas y las partidas de exploración confederados, tenían de forma incidental el mismo valor educativo; éstos fijaban en mi memoria una pintura vívida y, al parecer, imperecedera de la localidad, una pintura que servía en lugar de las cuidadas notas de campo que, en efecto, no siempre era conveniente tomar con estrépito de carabinas, choques de sables y caballos cayendo a todo alrededor. Esos encuentros espiritosos eran observaciones inscritas en rojo.
Una mañana, mientras yo me ponía a la cabeza de mi escolta, en una expedición de más riesgo que el usual, el teniente Thurston cabalgó hasta mi lado, y me preguntó si tenía alguna objeción a su compañía a mí, el coronel que comandaba habiéndole dado el permiso.
-De ningún modo -repliqué con bastante aspereza-, ¿pero en qué calidad va a ir? Usted no es un ingeniero topográfico, y el capitán Burling comanda mi escolta.
-Yo iré como espectador -dijo. Safando su cinturón de espada y tomando las pistolas de sus fundas, se los entregó a su sirviente, que los llevó de vuelta a los cuarteles generales. Me percaté de la brutalidad de mi comentario, pero no viendo claramente mi manera de disculpa, no dije nada.
Esa tarde encontramos todo un regimiento de caballería del enemigo en línea, y una pieza de campo que dominaba una milla recta de la carretera, por la que nos habíamos aproximado. Mi escolta luchó desplegada en el bosque a ambos lados, pero Thurston permaneció en el centro del camino que, en un intervalo de pocos segundos, fue barrido por ráfagas de metralla y botes, que rasgaron el aire con bastante amplitud mientras pasaban. Él había soltado las riendas sobre el cuello del caballo, y estaba sentado muy derecho en la montura, con los brazos cruzados. Pronto fue tumbado, su caballo hecho pedazos. Desde un lado del camino, mi lápiz y cuaderno de campo ociosos, mi deber olvidado, lo miré desatarse del despojo con lentitud y levantarse. En ese instante, el cañón habiendo cesado de disparar, un fornido soldado montado confederado, en un caballo espiritoso, se lanzó como un rayo camino abajo, con el sable desenvainado. Thurston lo vio venir, se irguió en toda su estatura y cruzó los brazos de nuevo. Era muy valiente para retirarse antes de la palabra, y mis palabras inciviles lo habían desarmado. Era un espectador. Otro momento y habría sido rajado como una caballa, pero una bala bendita tumbó a su asaltante al camino polvoriento tan cerca, que el ímpetu envió el cuerpo rodando a los pies de Thurston. Esa noche, mientras trazaba mi apurada mensura, encontré tiempo para enmarcar una disculpa, que creo tomó la forma ruda, primitiva de la confesión, de que yo había hablado como un idiota malicioso.
Unas pocas semanas después, una parte de nuestro ejército hizo un asalto a la izquierda del enemigo. El ataque, que fue hecho a una posición no conocida y por un terreno no familiar, fue liderado por nuestra brigada. El terreno estaba tan quebrado y la maleza tan tupida, que todos los oficiales montados y los hombres fueron compelidos a luchar a pie, el comandante de brigada y su personal incluidos. En el mêlée Thurston se separó del resto de nosotros, y lo hallamos herido de modo horrible, sólo cuando habíamos tomado la última defensa del enemigo. Estuvo algunos meses en el hospital de Nashville, en Tennessee, pero finalmente se reunió con nosotros. Dijo poco sobre su desventura, excepto que había estado aturdido, se había perdido en las líneas enemigas y fue tumbado de un disparo; pero por uno de sus captores, a quien nosotros en turno habíamos capturado, nos enteramos de los particulares. -Él llegó caminando derecho hacia nosotros, mientras yacíamos en la línea -dijo ese hombre-. Toda una compañía de nosotros se levantó al instante, y niveló sus rifles en su pecho, algunos de éstos casi lo tocaban. ¡Tire abajo esa espada y ríndase, maldito yanqui!-, gritó alguien de autoridad. El tipo pasó los ojos a lo largo de la línea de cañones de rifles, cruzó los brazos sobre su pecho, su mano derecha aún agarrando la espada, y replicó de forma deliberada: -No lo haré-. Si todos hubiéramos disparado, se hubiera convertido en girones. Algunos de nosotros no lo hicimos. Yo no lo hice por uno, nada me hubiera podido inducir.
Cuando uno está tranquilo mirando a la muerte a los ojos, y rehusando cualquier concesión de ésta, uno, naturalmente, tiene una buena opinión de sí mismo. Yo no sé si esa era la sensación que en Thurston hallaba una expresión, en una actitud atiesada y unos brazos cruzados; en una mesa revuelta un día, en su ausencia, otra explicación fue sugerida por nuestro intendente, un tartamudo incorregible cuando había vino: -Es su-su ma-manera de do-do-minar una ten-tendencia co-co-consti-ti-tu-cional a hu-huir.
-¿Qué? -me inflamé yo, levantándome indignado-, ¿usted insinúa que Thurston es un cobarde, y en su ausencia?
-Si él fue-fuera un co-bar-barde, no tra-tra-taría de do-do-minar eso, y si él estu-viera pre-presente, yo no me a-a-trevería a dis-dis-discutir eso -fue la réplica apacible.
Ese hombre intrépido, George Thurston, murió de una muerte innoble. La brigada estaba en un campamento, con los cuarteles generales en un boscaje de árboles inmensos. A la rama superior de uno de éstos, un venturoso escalador había amarrado los dos extremos de una soga larga, y hecho un columpio con una longitud de no menos de cien pies. Cayendo hacia abajo desde una altura de cincuenta pies, a lo largo del arco de un círculo con tal radio, volando a una igual altitud, haciendo una pausa por un instante jadeante, luego barriendo hacia atrás de modo vertiginoso, nadie que no hubiera tratado, podía concebir los terrores de ese deporte para un novicio. Thurston salió de su tienda un día, y pidió instrucción sobre el misterio de impulsar el columpio, el arte de elevarse y sentarse que cada chico ha dominado. En unos pocos momentos había adquirido el truco, y se balanceaba más alto, de lo que el más experto de nosotros se hubiera atrevido. Nos estremecía mirar sus vuelos temerosos.
-Pa-pa-párenlo -dijo el intendente, saliendo con pereza de la tienda revuelta, donde había estado almorzando-, e-él no-no sabe que si le-le pa-pa-pasa por arriba del to-todo, va a-a en-enrollar el co-columpio.
Con tal energía ese hombre fuerte se cañoneaba a través del aire, que en cada extremo de su arco creciente su cuerpo, parado en el columpio, era casi horizontal. Si pasara una vez por arriba del nivel del amarre de la soga, estaría perdido; la soga se aflojaría y él caería de forma vertical, a un punto tan lejano abajo como había ido arriba, y entonces la súbita tensión de la soga se la arrancaría de las manos. Todos veían el peligro, todos le gritaban que desistiera, y le gesticulaban cuando él, indistinto y con un ruido como de ráfaga de disparo de cañón en vuelo, nos barría de pasada en los alcances más bajos de su horrenda oscilación. Una mujer parada a poca distancia se desmayó y cayó sin ser observada. Los hombres del campamento de un regimiento cercano, corrieron en multitud a verlo, todos gritando. Súbitamente, mientras Thurston estaba en su curva hacia arriba, todos los gritos cesaron.
Thurston y el columpio se habían separado, eso era todo lo que podía saberse, ambas manos habían soltado la soga de golpe. El ímpetu del ligero columpio se extinguió, éste estaba cayendo de vuelta, el impulso del hombre lo estaba llevando, casi erguido, hacia arriba y hacia adelante, no más en su arco, sino en una curva hacia afuera. Pudo haber sido sólo un instante, pero pareció un siglo. Yo grité, o creí que grité: “¡Mi Dios!, ¿nunca va a dejar de subir?” Pasó cerca de la rama de un árbol. Recuerdo una sensación de placer, mientras pensaba que se agarraría de ésta y se salvaría. Especulé con la posibilidad de que sostuviera su peso. Él pasó por arriba de ésta y, desde mi punto de vista, se delineó agudamente contra el azul. A esta distancia de muchos años, puedo recordar con distinción esa imagen de un hombre en el cielo, con la cabeza erguida, los pies muy juntos, las manos… no veo sus manos. Todo de golpe, con asombrosa brusquedad y rapidez, se volteó por entero con claridad, y se lanzó hacia abajo. Hubo otro grito de la multitud, que se había apurado por instinto hacia adelante. El hombre se había convertido, meramente, en un objeto girador, sobre todo las piernas. Entonces hubo un sonido indescriptible, el sonido de un impacto que sacude la tierra, y esos hombres, familiarizados con la muerte en sus aspectos más horrendos, se pusieron enfermos. Muchos caminaron inestables lejos del sitio, otros se apoyaron en los troncos de los árboles o se sentaron en las raíces. La muerte había tomado una ventaja injusta, había golpeado con un arma no familiar, había ejecutado una estratagema nueva e inquietante. No sabíamos que tuviera esos recursos tan tétricos, las posibilidades de un terror tan lúgubre.
El cuerpo de Thurston yacía tendido de espalda. Una pierna, doblada debajo, estaba partida arriba de la rodilla y el hueso impelido en la tierra. El abdomen se había reventado, las entrañas sobresalido. El cuello estaba roto.
Los brazos estaban cruzados, apretados sobre el pecho.

Título original: George Thurston, publicado por primera vez en Wasp, septiembre de 1883, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Sheridan's men, 1982.