jueves, 9 de diciembre de 2010

El sinsonte


El tiempo, una agradable tarde de domingo en el temprano otoño de 1861. El lugar, el corazón de una foresta en la región montañosa del suroeste de Virginia. El soldado raso Grayrock del ejército federal, es descubierto sentado cómodamente en la raíz de un pino grande, contra el que se recuesta, sus piernas tendidas derecho a lo largo del terreno, su rifle yaciendo a través de sus muslos, sus manos (apretadas en orden de que no puedan caerse a los costados) reposan sobre el cañón del arma. El contacto de la parte trasera de su cabeza con el árbol, ha empujado su gorra hacia abajo sobre sus ojos, casi ocultándolos, uno que lo viera diría que está dormido.
El soldado Grayrock no dormía, haber hecho eso habría puesto en peligro los intereses de los Estados Unidos, pues estaba muy lejos afuera de las líneas, y sujeto a la captura o la muerte a manos del enemigo. Además, estaba en un marco mental no favorable para el reposo. La causa de su perturbación de espíritu era esta: durante la noche previa había servido en el piquete de guardia, y había sido apostado como centinela en esa misma foresta. La noche era clara, aunque sin luna, pero en la tiniebla del bosque la oscuridad era profunda. El puesto de Grayrock estaba a una distancia considerable de la derecha y la izquierda, pues los piquetes habían sido expelidos a una no necesaria distancia del campamento, haciendo la línea demasiado larga para la fuerza destacada con vista a ocuparla. La guerra era joven, y los campamentos militares abrigaban el error de pensar, que mientras dormían estarían mejor protegidos por unas líneas escasas muy lejos afuera, hacia el enemigo, que por unas tupidas cerca adentro. Y seguro necesitaban las mayores noticias posibles de la aproximación del enemigo, pues por ese tiempo eran adictos a la práctica de desvestirse, nada podía ser más poco soldadesco que eso. En la mañana del memorable 6 de abril, en Shiloh, muchos de los hombres de Grant, cuando fueron espetados por las bayonetas confederadas, estaban tan desnudos como los civiles, pero se debe admitir que eso no fue por algún defecto en su línea de piquete. Su error fue de otra clase: ellos no tenían piquetes. Esto es acaso una vana digresión. No me importaría pretender interesar al lector en el destino de un ejército, el que tenemos aquí para considerar es el del soldado Grayrock.
Por dos horas, después que lo dejaron en su puesto solitario esa noche de sábado, se quedó inmóvil por completo, recostado contra el tronco del árbol grande, mirando hacia la oscuridad en su frente y tratando de reconocer los objetos conocidos, pues había sido apostado en el mismo sitio durante el día. Pero ahora todo era diferente, no veía nada en detalle, sólo grupos de cosas cuyas formas, no observadas cuando hubo allí algo más que observar, eran ahora no familiares. Éstas parecían no haber estado allí antes. Un paisaje que era todo árboles y maleza, además, carecía de definición, era confuso y sin puntos acentuados, en que la atención pudiera obtener un punto de apoyo. Agregue la tiniebla de una noche sin luna, y se requería algo más que una gran inteligencia natural, y una educación de ciudad para conservar un sentido de la dirección. Y así es como ocurrió que el soldado Grayrock, después de mirar vigilante los espacios en su frente, y luego, de modo imprudente, ejecutar una circunspección de todo su entorno vagamente visible (andando en silencio alrededor de su árbol para lograrlo), perdió la orientación y empeoró seriamente su utilidad como centinela. Perdido en su puesto, incapaz de decir en cuál dirección buscar una aproximación del enemigo, y en cuál estaba el campamento dormido, por cuya seguridad respondía con su vida; consciente también de otros muchos rasgos incómodos de la situación, y de las consideraciones que afectaban su propia seguridad, el soldado Grayrock estaba profundamente inquieto. Tampoco tuvo tiempo para recobrar su serenidad, pues casi en el momento que se percataba de su aprieto incómodo, oyó un revuelo de hojas y un crujido de ramitas caídas, se volvió con el corazón inmóvil en la dirección de donde venían, y vio en la tiniebla los indistintos contornos de una figura humana.
-¡Alto! -gritó el soldado Grayrock de forma perentoria, como con un deber resuelto, apoyando su comando con el agudo chasquido metálico de su rifle montado-, ¿quién va ahí?
No hubo respuesta; al menos hubo la vacilación de un instante, y la respuesta, si llegó, se perdió en el estruendo del rifle del centinela. En el silencio de la noche y la foresta el sonido fue ensordecedor, y apenas éste se había extinguido, cuando fue repetido por las piezas de los piquetes a derecha e izquierda, en una simpatizante descarga de fusilería. Por dos horas cada civil no convertido de éstos, había estado creándose enemigos en su imaginación, y poblando los bosques de su frente con éstos, y el disparo de Grayrock había arrojado a toda esa multitud invasora a la existencia visible. Habiendo disparado, todos se retiraron jadeando a las reservas, todos menos Grayrock, que no sabía en qué dirección retirarse. Cuando, al no aparecer un enemigo, el campamento despierto a dos millas de distancia, se había desvestido y metido en la cama de nuevo, y la línea del piquete restablecido con cautela, él fue descubierto manteniendo su terreno con valentía, y fue elogiado por el oficial de la guardia como el único soldado de esa banda de devotos, que podía ser considerado, justamente, el equivalente moral de esa poco común unidad de valor, “un aullido en el infierno.”
En el entre tiempo, sin embargo, Grayrock había hecho una búsqueda cercana, pero ineficaz de la parte mortal del intruso a quien había disparado, y a quien había tenido la intuitiva sensación de tirador de haberle pegado, pues era uno de esos expertos de nacimiento que disparaban sin apuntar, por un instintivo sentido de la dirección, y eran casi tan peligrosos de noche como de día. Durante una buena mitad de sus veinticuatro años, había sido el terror de las dianas de todas las galerías de tiro en tres ciudades. Incapaz ahora de producir su juego de muerte, tuvo la discreción de morderse la lengua, y se alegró al observar en su oficial y camaradas la suposición natural, de que no había huido porque no había visto nada hostil. Su “mención honorífica” había sido ganada por no huir de algún modo.
No obstante, el soldado Grayrock estaba lejos de estar satisfecho con la aventura nocturna, y cuando al día siguiente inventó un pretexto lo bastante justo, para solicitar un pase con vista a ir afuera de las líneas, y el comandante general se lo concedió con prontitud, en reconocimiento a su valentía de la noche anterior, pasó por el punto donde ésta se había desplegado. Diciendo al centinela en deber allí que había perdido algo -lo que era bastante cierto-, reanudó la búsqueda de la persona a quien suponía haber disparado, y a quien si sólo herido esperaba rastrear por la sangre. No fue más exitoso a la luz del día de lo que había sido en la oscuridad, y después de cubrir una zona amplia, y penetrar audazmente una larga distancia en “la Confederación”, abandonó la búsqueda un tanto fatigado, se sentó en la raíz del pino grande, donde lo hemos visto, y se entregó a su decepción.
No se debe inferir que la de Grayrock era la desazón de una naturaleza cruel, impedida en su acción sangrienta. En los grandes ojos claros, los labios forjados finamente y la frente amplia de ese hombre joven, uno podía leer una muy otra historia, y en el punto del hecho, su carácter era un compuesto singularmente dichoso de audacia y sensibilidad, de coraje y conciencia.
“Yo me encuentro decepcionado -se dijo a sí mismo, sentado en el fondo de una neblina dorada, que anegaba la foresta como un mar sutil-, ¡decepcionado al no descubrir un prójimo muerto por mi mano! ¿Yo deseo entonces, realmente, que hubiera tomado una vida en cumplimiento de un deber, tan bien cumplido sin eso? ¿Qué más podría desear? Si algún peligro amenazó, mi disparo lo previno, para hacer eso es que estaba yo allí. No, me alegro en efecto si ninguna vida humana fue, de forma no necesaria, extinguida por mí. Pero estoy en una falsa posición. Yo he sufrido para ser elogiado por mis oficiales, y envidiado por mis camaradas. El campamento está vibrando con la alabanza de mi coraje. Eso no es justo; yo me sé corajudo, pero esa alabanza es por unos actos específicos, que yo no realicé o realicé de otro modo. Se cree que yo permanecí en mi puesto con valentía, sin disparar, mientras que fui yo quien empezó la descarga de fusilería, y no me retiré en la alarma general porque estaba aturdido. ¿Qué voy a hacer entonces? ¿Explicar que vi a un enemigo y disparé? Todos han dicho eso de sí mismos, aunque nadie lo cree. ¿Voy a decir una verdad que, al desacreditar mi coraje, tendrá el efecto de una mentira? ¡Uf!, es un feo negocio por completo. ¡Le pido a Dios que pueda encontrar a mi hombre!"
Y deseando eso, el soldado Grayrock, superado en lo último por la languidez de la tarde, y arrullado por los serenos sonidos de los insectos, que zumbaban y se posaban en ciertos arbustos fragantes, olvidó tanto los intereses de los Estados Unidos, como para quedarse dormido y exponerse a la captura. Y al dormir soñó.
Se vio a sí mismo de chico, viviendo en una tierra muy lejana, en la rivera de un río grande, por el que los altos barcos de vapor se movían a lo grande, arriba y abajo, debajo de sus evolutivas columnas de humo negro, que los anunciaban mucho antes de que doblaran los meandros, y marcaban sus movimientos cuando estaban a millas fuera de vista. Con él, siempre a su lado mientras los miraba, había uno a quien le entregó el corazón y el alma por amor: un hermano gemelo. Juntos paseaban por los bancos de la corriente, juntos exploraban los campos yacientes muy lejos de ésta, y recogían mentas picantes y palitos de fragante sasafrás en las colinas que dominaban todo, más allá de lo cual yacía el Reino de la conjetura, y desde el que, mirando hacia el sur, a través del río grande, tenían vislumbres de la Tierra encantada. Mano con mano y corazón con corazón los dos, los únicos hijos de una madre viuda, anduvieron por senderos de luz y valles de paz, viendo cosas nuevas bajo un sol nuevo. Y a través de todos los días dorados flotaba un sonido incesante: la rica, emotiva melodía de un sinsonte en una jaula junto a la puerta de la cabaña. Éste invadía y poseía todos los intervalos espirituales del sueño, como una bendición musical. El pájaro jubiloso siempre estaba cantando; sus infinitas, variadas notas parecían fluir de su garganta sin esfuerzo, en burbujas y riachuelos a cada latido del corazón, como las aguas de un manantial pulsante. Esa melodía fresca, clara parecía, en efecto, el espíritu de la escena, el significado y la interpretación del sentido de los misterios de la vida y el amor.
Pero llegó un tiempo cuando los días del sueño se volvieron oscuros con la tristeza, en una lluvia de lágrimas. La buena madre había muerto, el hogar al lado de la pradera, junto al río grande, se destrozó, y los hermanos fueron repartidos entre dos de sus parientes. William (el soñador) fue a vivir en una ciudad populosa en el Reino de la conjetura, y John, cruzando el río hacia la Tierra encantada, fue llevado a una región distante, cuyas gentes, en sus vidas y maneras, se decía eran extrañas y malvadas. A él, en la distribución de los bienes de la madre muerta, le había tocado todo lo que juzgaba de valor: un sinsonte. Ellos podían ser divididos, pero éste no podía serlo, así que fue llevado lejos al país extraño, y el mundo de William no supo más nunca de él. Aunque, a través del tiempo venidero de su soledad, su canto llenó todo el sueño, y siempre pareció resonar en sus oídos y su corazón.
Los parientes que habían adoptado a los chicos eran enemigos, no mantenían una comunicación. Por un tiempo, las cartas llenas de bravatas juveniles y narraciones jactanciosas, de la nueva y grande experiencia -descripciones grotescas de sus vidas ampliadas y los nuevos mundos que habían conquistado-, pasaron entre ellos, pero gradualmente se hicieron menos frecuentes, y con la mudanza de William a otra ciudad mayor cesó por completo. Pero siempre, a través de todo corrió el canto del sinsonte, y cuando el soñador abrió los ojos, y miró a través de las vistas del bosque de pinos, la primera cesación de su música le informó que estaba despierto.
El sol estaba bajo y rojizo en el oeste, sus rayos planos proyectaban desde el tronco de cada pino gigante, un muro de sombra que atravesaba la bruma dorada hacia el este, hasta que la luz y la sombra se mezclaban en un azul indistinguible.
El soldado Grayrock se puso de pie, miró a su alrededor con cautela, se echó el rifle al hombro y se puso en marcha hacia el campamento. Había ido acaso media milla, y estaba pasando por un matorral de laurel, cuando un pájaro se levantó de en medio de éste y, posándose en la rama de un árbol arriba, vertió de su pecho jubiloso ese inagotable diluvio de canto, que sólo una de todas las criaturas de Dios puede emitir en su alabanza. Había poco en eso, era sólo abrir el pico y espirar, pero el hombre se detuvo como golpeado, ¡se detuvo y dejó caer su rifle, miró hacia arriba al pájaro, se cubrió los ojos con las manos y lloró como un niño! Por un momento fue, en efecto, un niño en el espíritu y el recuerdo, viviendo de nuevo junto al río grande, ¡otra vez enfrente de la Tierra encantada! Entonces, con un esfuerzo de voluntad, recobró la calma, recogió su arma y, tras maldecirse por idiota audiblemente, fue a zancadas. Pasando una abertura que conducía al corazón del pequeño matorral, miró adentro, y allí, supino sobre la tierra, los brazos todo abiertos, el uniforme gris manchado con un único punto de sangre en el pecho, el rostro blanco vuelto hacia arriba, y atrás agudamente, ¡yacía la imagen de él mismo!, ¡el cuerpo de John Grayrock muerto por la herida de un disparo, y aún tibio! Había hallado a su hombre.
Mientras el soldado infortunado se arrodillaba junto a esa obra maestra de la guerra civil, el pájaro trinador en la rama encima de su cabeza acalló su canto y, enrojado por la gloria carmesí del poniente, planeó en silencio por los solemnes espacios del bosque. En el pase de lista esa noche en el campamento federal, el nombre William Grayrock no tuvo respuesta, ni nunca más después de eso.

Título original: The Mocking-Bird, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, mayo de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Lord of the Valley, XX.