jueves, 14 de octubre de 2010

Un tipo de oficial

I
De los usos de la civilidad

-Capitán Ransome, a usted no se le permite saber algo. Es suficiente que obedezca mi orden, que permítame repetirle. Si percibe algún movimiento de tropas en su frente, usted va a abrir fuego, y si es atacado, mantenga esa posición tanto tiempo como pueda. ¿Yo me hago entender, señor?
-Nada podría ser más llano. Teniente Price -esto a un oficial de su propia batería, que había cabalgado a tiempo para oír la orden-, la idea del general está clara, ¿no es así?
-Perfectamente.
El teniente pasó a su puesto. Por un momento, el general Cameron y el comandante de la batería se quedaron sentados en sus monturas, mirándose el uno al otro en silencio. No había más que decir, al parecer, ya se había dicho demasiado. Entonces el oficial superior asintió con la cabeza fríamente, y volvió su caballo para cabalgar lejos. El artillero saludó con lentitud, gravedad, y con extrema formalidad. Uno que conociera las sutilezas de la etiqueta militar habría dicho que, por su manera, éste atestiguó una sensación de la reprensión en que había incurrido. Era uno de los importantes usos de la civilidad para expresar el resentimiento.
Cuando el general se había unido a su personal y escolta, que lo aguardaba a una pequeña distancia, toda la cabalgata se movió hacia la derecha de los cañones, y se desvaneció en la niebla. El capitán Ransome estaba solo, en silencio, inmóvil como una estatua ecuestre. La niebla gris, que se espesaba a cada momento, se cerraba a su alrededor como una condena visible.
II
Bajo qué circunstancias los hombres no desean que les disparen

La lucha del día anterior había sido inconexa e indecisa. En los puntos de colisión, el humo de la batalla había colgado en láminas azuladas entre las ramas de los árboles, hasta ser abatido a nada por la lluvia que caía. En la tierra ablandada, las ruedas de los cañones y las carretas de municiones cortaban surcos profundos, escabrosos, y los movimientos de la infantería parecían impedidos por un fango, que se pegaba a los pies de los soldados, mientras que con las prendas empapadas, y los rifles protegidos de modo imperfecto con los capotes de los sobretodos, éstos se iban arrastrando en líneas sinuosas aquí y allá, a través de la foresta goteante y el campo inundado. Los oficiales montados, sus cabezas sobresaliendo de los ponchos de hule que brillaban como armaduras negras, les abrían camino solos y en grupos sueltos entre los hombres, yendo y viniendo sin un objetivo aparente, y al comando de la atención de nadie más que uno de otro. Aquí y allá un hombre muerto, su ropa manchada de tierra, su rostro cubierto con una manta o luciendo amarillo y barroso en la lluvia, agregaba su influencia de desánimo a la de los otros rasgos lúgubres de la escena, y aumentaba la incomodidad general con un desaliento particular. Muy repulsivos lucían esos despojos no del todo heroicos, y nadie era accesible a la infección de su ejemplo patriótico. Muertos en el campo de honor, sí, ¡pero el campo de honor estaba tan mojado! Eso hacía una diferencia.
La contienda general que todos esperaban no ocurrió, ninguna de las menudas ventajas acumuladas, ahora para este lado y ahora para ese, en las colisiones aisladas y accidentales, fueron seguidas. Los ataques sin corazón provocaban una resistencia huraña, que se satisfacía con el mero rechazo. Las órdenes eran obedecidas con una fidelidad mecánica, nadie hacía algo más que su deber.
-El ejército está cobarde hoy -dijo el general Cameron, el comandante de la brigada federal, a su ayudante general.
-El ejército tiene frío -replicó el oficial abordado-, y sí, no desea estar así.
Apuntó a uno de los cuerpos muertos, yaciente en un delgado charco de agua amarilla, su rostro y ropa salpicados de fango por los cascos y las ruedas.
Las armas del ejército parecían compartir su delincuencia militar. El tableteo de los rifles sonaba plano y despectivo. Éste no tenía sentido, y apenas despertaba la atención y la expectativa de las partes desocupadas en la línea de batalla, y de las reservas en espera. Oídos a pequeña distancia, los estruendos de los cañones eran débiles en volumen y timbre: carecían de ardor y resonancia. Los fusiles parecían ser disparados con cargas ligeras, sin balas. Y así el día fútil llegaba a su lóbrego término, y luego de una noche incómoda sucedía un día de aprensión.
Un ejército tenía una personalidad. Debajo de los pensamientos y las emociones individuales de sus partes componentes, éste pensaba y sentía como una unidad. Y en ese gran sentido inclusivo de las cosas, yacía una sabiduría más sabia que la mera suma de todo lo que sabía. Esa mañana lúgubre esa gran fuerza bruta, andando a tientas en el fondo de un océano de niebla blancuzco, entre árboles que parecían algas marinas, tenía la sorda conciencia de que no todo estaba bien; de que las maniobras del día habían resultado en una defectuosa disposición de sus partes, en una ciega difusión de su fuerza. Los hombres se sentían inseguros y hablaban entre sí de los errores tácticos, que eran capaces de nombrar con su magro vocabulario militar. Los oficiales de campo y de línea se reunían en grupos, y hablaban de forma más enterada de lo que percibían sin mayor claridad. Los comandantes de brigadas y de divisiones miraban con ansiedad sus conexiones a la derecha y a la izquierda, enviaban a los oficiales del personal con encargos de pesquisa, y mandaban líneas de escaramuza en silencio y con cautela, hacia la región dudosa entre lo conocido y lo desconocido. En algunos puntos de la línea las tropas, al parecer por su propia voluntad, construían las defensas que podían sin la pala silenciosa y el hacha ruidosa.
Uno de esos puntos era mantenido por la batería del capitán Ransome de seis cañones. Provistos siempre de utensilios de trinchera, sus hombres habían laborado con diligencia durante la noche, y ahora sus cañones sacaban sus hocicos negros por las troneras de un terraplén, realmente, formidable. Éste coronaba un leve ascenso desprovisto de maleza, y proveía un fuego no obstruido que barrería el terreno en una distancia desconocida al frente. La posición apenas podía haber sido mejor elegida. Tenía esa peculiaridad que el capitán Ransome, quien era muy adicto al uso de la brújula, no había dejado de observar: estaba de frente al norte, mientras él sabía que la línea general del ejército debía estar de frente al este. De hecho, esa parte de la línea estaba “rechazada”, que es decir, inclinada atrás, lejos del enemigo. Eso implicaba que la batería del capitán Ransome estaba en algún lugar, cerca del flanco izquierdo del ejército; pues un ejército en línea de batalla retiraba sus flancos si la naturaleza del terreno lo permitía, siendo esos sus puntos vulnerables. Realmente, el capitán Ransome parecía mantener el extremo izquierdo de la línea, no habiendo tropas visibles en esa dirección más allá de la suya propia. Inmediato detrás de sus cañones, ocurrió esa conversación entre él y su comandante de brigada, cuya parte conclusiva y más pintoresca se reporta arriba.

III
Cómo tocar un cañón sin notas

El capitán Ransome estaba montado a caballo inmóvil y en silencio. A unas pocas yardas de distancia, sus hombres estaban parados ante sus cañones. En algún lugar -en todas partes a unas pocas millas- había cien mil hombres, amigos y enemigos. Pero él estaba solo. La bruma lo había aislado de modo tan completo, como si estuviera en el corazón de un desierto. Su mundo era unas pocas yardas cuadradas de tierra mojada, y pisoteada alrededor de las patas de su caballo. Sus camaradas en ese dominio fantasmal eran invisibles e inaudibles. Estas eran unas condiciones favorables para el pensamiento, y él estaba pensando. De la naturaleza de sus pensamientos, sus facciones hermosas, cortadas con claridad, no rendían un signo que lo atestiguara. Su rostro era tan inescrutable como el de una esfinge. ¿Por qué debía haber hecho un registro, cuando no había nadie que lo observara? Ante el sonido de una pisada él, meramente, volvió los ojos en la dirección de donde ésta venía; uno de sus sargentos, luciendo un gigante de estatura en la falsa perspectiva de la niebla, se aproximó, y cuando estuvo definido con claridad, y reducido a su verdadera dimensión por la propincuidad, saludó y se paró en atención.
-Bueno, Morris -dijo el oficial, devolviendo el saludo del subordinado.
-El teniente Price me mandó a decirle, señor, que la mayoría de la infantería ha sido retirada. No tenemos el apoyo suficiente.
-Sí, lo sé.
-Yo le voy a decir que algunos de nuestros hombres, han estado afuera del terraplén unas cien yardas, y reportan que nuestro frente no está piqueteado.
-Sí.
-Ellos llegaron tan lejos adelante, que oyeron al enemigo.
-Sí.
-Ellos oyeron el traqueteo de las ruedas de la artillería y los comandos de los oficiales.
-Sí.
-El enemigo se está moviendo hacia nuestro terraplén.
El capitán Ransome, que había estado de frente a la retaguardia de su línea, hacia el punto donde el comandante de brigada y su cabalgata habían sido tragados por la niebla, tiró de las riendas de su caballo en redondo y se puso de frente al otro lado. Entonces se quedó sentado inmóvil como antes.
-¿Quiénes son los hombres que hicieron esa declaración? -inquirió sin mirar al sargento, sus ojos estaban dirigidos directo a la niebla, por encima de la cabeza de su caballo.
-El cabo Hassman y el artillero Manning.
El capitán Ransome estuvo un momento en silencio. Una leve palidez le vino al rostro, una leve compresión afectó las líneas de sus labios, pero se hubiera requerido un observador más cercano que el sargento Morris, para notar el cambio. No había ninguno en la voz.
-Sargento, preséntele mis cumplidos al teniente Price, y mándelo a abrir fuego con todos los cañones. Metralla.
El sargento saludó y se desvaneció en la niebla.
IV
Para introducir al general Masterson

Buscando a su comandante de división, el general Cameron y su escolta habían seguido la línea de batalla, por cerca de una milla a la derecha de la batería de Ransome, y allí se enteró de que el comandante de división se había ido, en busca del comandante de cuerpo. Parecía que todo el mundo estaba buscando a su superior inmediato, una circunstancia ominosa. Eso significaba que nadie estaba tranquilo y cómodo. Así el general Cameron cabalgó otra media milla, donde por buena suerte encontró al general Masterson, el comandante de división, que retornaba.
-Ah, Cameron -dijo el oficial mayor tirando de las riendas, y lanzando su pierna derecha sobre el pomo de la montura, de la manera más poco militar-, ¿hay algo? Encontró una buena posición para su batería, yo espero, si un lugar es mejor que otro en la niebla.
-Sí, general -dijo el otro, con la mayor dignidad apropiada para su rango menos elevado-, mi batería está muy bien situada. Yo desearía poder decir, que está tan bien comandada.
-Eh, ¿qué es eso? ¿Ransome? Yo creo que él es un buen colega. En el ejército deberíamos estar orgullosos de él.
Era una costumbre de los oficiales del ejército regular, hablar de éste como “el ejército”. Así como las grandes ciudades eran las más provincianas, así la auto-complacencia de las aristocracias era la más francamente plebeya.
-Él está muy ufano de su opinión. Por cierto, en orden de ocupar la colina que él mantiene, yo tuve que extender mi línea de forma peligrosa. La colina está a mi izquierda, lo que es decir, el flanco izquierdo del ejército.
-Oh no, la brigada de Hart está más allá. Fue ordenada desde Drytown durante la noche, y mandada a engancharse a usted. Mejor vaya y…
La sentencia no fue terminada: un animado cañoneo había estallado a la izquierda, y ambos oficiales, seguidos por su séquito de aides y ordenanzas, con un gran retintín y rechinar, cabalgaron hacia el sitio con rapidez. Pero pronto se vieron impedidos, pues fueron compelidos por la niebla a mantener la vista en la línea de batalla, detrás de la que había enjambres de hombres, todos en movimiento por su camino. En todas partes la línea iba asumiendo una definición más aguda y ardua, mientras los hombres saltaban a las armas y los oficiales, con las espadas desenvainadas, “vestían” las filas. Los portadores de color desplegaban las banderas, los cornetas tocaban a “asamblea”, los ayudantes de hospital aparecían con las camillas. Los oficiales de campo montaban y enviaban su impedimenta a la retaguardia, en cuidado de los negros sirvientes. Atrás, en los fantasmales espacios de la foresta, podía oírse el susurro y el murmullo de las reservas, al ponerse en conjunto.
No toda esta preparación era vana, pues apenas habían pasado cinco minutos, desde que los cañones del capitán Ransome habían roto la tregua de la duda, antes de que toda la región fuera un rugido: el enemigo había atacado casi por todas partes.

V

Cómo los sonidos pueden luchar contra las sombras

El capitán Ransome caminaba de arriba abajo detrás de sus cañones, que estaban disparando con rapidez pero de modo asentado. Los artilleros trabajaban alertados, pero sin prisa o excitación aparente. No había realmente una razón para la excitación, no era mucho apuntar un cañón a la niebla y dispararle. Cualquiera podía hacer tanto como eso.
Los hombres sonreían ante su trabajo ruidoso, realizándolo con alacridad disminuida. Lanzaban saludos curiosos a su capitán, que se había montado ahora en la banqueta de la fortificación, y estaba mirando por el parapeto, como si observara el efecto de su fuego. Pero el único efecto visible, era la sustitución de las láminas de humo anchas, yacientes abajo, por su bulto de niebla. Súbitamente, fuera de la oscuridad estalló un gran sonido de vítores, ¡que llenó los intervalos entre los estruendos de los cañones con una distinción alarmante! Para los pocos con ocio y oportunidad de observar, el sonido era indeciblemente extraño, tan fuerte, tan cercano, tan amenazador, ¡aunque no se veía nada! Los hombres que habían sonreído ante su trabajo, no sonreían más, sino lo realizaban con una actividad seria y febril.
Desde su posta en el parapeto, el capitán Ransome veía ahora una gran multitud de tenues figuras grises, tomando forma en la bruma debajo de él, y subiendo en enjambre la ladera. Pero el trabajo de los cañones era ahora rápido y furioso. Éstos barrían el declive poblado con ráfagas de metralla y botes, cuyo zumbido podía oírse a través del trueno de las explosiones. En esa terrible tempestad de hierro, los asaltantes luchaban hacia adelante, paso a paso entre sus muertos, disparando hacia las troneras, recargando, disparando otra vez y por último cayendo en su turno, un poco adelante de los que habían caído antes. Pronto el humo fue lo suficiente denso para cubrirlo todo. Éste se asentó abajo sobre el ataque y, derivando atrás, envolvió a la defensa. Los artilleros apenas podían ver para servir a sus piezas, y cuando las ocasionales figuras del enemigo aparecían sobre el parapeto -habiendo tenido la buena suerte de acercarse lo suficiente a éste, entre dos troneras, para estar protegidas de los cañones-, éstas lucían tan insustanciales, que parecía apenas valía la pena, para los pocos soldados de infantería, ir a trabajar contra ellos con la bayoneta, y tumbarlos de vuelta en la zanja.
Como un comandante de batería en acción, podía encontrar algo mejor para hacer que rajar cráneos individuales, el capitán Ransome se había retirado del parapeto a su puesto apropiado, detrás de sus cañones, donde se paró con los brazos cruzados, su corneta junto a él. Aquí, durante el apogeo de la lucha, se le aproximó el teniente Price, quien justo había sableado a un asaltante atrevido dentro del terraplén. Un coloquio animoso se produjo entre los dos oficiales; animoso, al menos, por parte del teniente, que gesticulaba con energía y gritaba una y otra vez al oído de su comandante, en un intento por hacerse oír por encima del estrépito infernal de los cañones. Sus gestos, si fueran notados por un actor con frialdad, hubieran sido declarados ser los de una protesta: uno hubiera dicho que estaba opuesto al proceder. ¿Deseaba él rendirse?
El capitán Ransome escuchó sin un cambio de semblante o actitud, y cuando el otro hombre hubo terminado su arenga, lo miró a los ojos fríamente y, durante un abatimiento temporal del alboroto, dijo:
-Teniente Price, a usted no se le permite saber algo. Es suficiente que obedezca mis órdenes.
El teniente fue a su puesto, y estando el parapeto ahora al parecer aclarado, el capitán Ransome retornó a éste para echar una mirada por encima. Mientras se montaba en la banqueta, un hombre saltó sobre la cima, agitando una gran bandera brillante. El capitán sacó una pistola de su cinturón y lo mató de un tiro. El cuerpo, lanzado hacia adelante, colgó por encima del borde interno del paredón, los brazos rectos hacia abajo, ambas manos agarrando aún la bandera. Los pocos seguidores del hombre se volvieron y huyeron ladera abajo. Mirando por encima del parapeto, el capitán no vio un ser vivo. Observó asimismo que no estaban viniendo balas al terraplén.
Le hizo un signo al corneta, que tocó el comando de cese al fuego. En todos los otros puntos la acción ya había finalizado, con un rechazo del ataque confederado; con la cesación del cañoneo el silencio fue absoluto.
VI
Por qué, siendo afrentado por A, no es lo mejor afrentar a B

El general Masterson cabalgó al reducto. Los hombres, reunidos en grupos, estaban hablando en voz alta y gesticulando. Apuntaban a los muertos, corriendo de un cuerpo a otro. Descuidaban sus cañones fallidos y calientes, y olvidaban reponerse su ropa exterior. Corrían al parapeto y miraban por encima, algunos de ellos saltaban abajo, a la zanja. Una veintena estaban reunidos alrededor de la bandera, mantenida con rigidez por el hombre muerto.
-Bueno, hombres míos -dijo el general como vitoreando-, han tenido una buena lucha con ése.
Ellos lo miraron con fijeza, nadie replicó, la presencia del gran hombre parecía avergonzar y alarmar.
No obteniendo respuesta a su agradable condescendencia, el oficial de maneras ligeras silbó uno o dos compases de aire popular y, tras cabalgar hacia el parapeto, miró por encima a los muertos. En un instante había vuelto su caballo en redondo, y lo estaba espoleando a lo largo detrás de los cañones, con los ojos en todas partes a la vez. Un oficial estaba sentado en el rastro de uno de los cañones, fumando un puro. Mientras el general se le lanzaba, se levantó y saludó tranquilo.
-¡Capitán Ransome! -las palabras cayeron agudas y ásperas, como el choque de unas hojas de acero-, ustedes han estado luchando contra nuestros propios hombres, nuestros propios hombres, señor, ¿usted oye? ¡La brigada de Hart!
-General, yo sé eso.
-Usted lo sabe, usted sabe eso, ¿y se sienta aquí a fumar? Oh, maldita sea, Hamilton, yo estoy perdiendo mi temple-, eso a su preboste-mariscal.
-Señor, capitán Ransome, tenga a bien decir, decir por qué ustedes lucharon contra nuestros propios hombres.
-Eso yo soy incapaz de decirlo. En mis órdenes esa información fue retenida.
Al parecer, el general no comprendía.
-¿Quién fue el agresor en este affair, usted o el general Hart? -preguntó.
-Yo fui.
-¿Y podía usted no haber sabido, podía no ver, señor, que ustedes estaban atacando a nuestros propios hombres?
¡La réplica fue pasmosa!
-Yo sabía eso, en general. Eso parecía no ser negocio mío.
Entonces, rompiendo el silencio mortuorio que siguió a su respuesta, dijo:
-Yo debo remitirlo a usted al general Cameron.
-El general Cameron está muerto, señor, tan muerto como puede estar, tan muerto como algún hombre de este ejército. Está tirado allá atrás, bajo un árbol. ¿Usted quiere decir, que él tenía algo que ver con este negocio horrible?
El capitán Ransome no replicó. Observando el altercado, sus hombres se habían reunido alrededor para ver el resultado. Estaban bastante excitados. La niebla, que había sido disipada parcialmente por el fuego, se había cerrado de nuevo de modo tan oscuro alrededor de ellos, que se vinieron más cerca juntos, hasta que el juez montado a caballo, y el acusado calmado parado delante de él, tenían sólo un estrecho espacio libre de intrusión. Era la más informal de las cortes marciales, pero todos sentían que la formal a seguir sólo afirmaría su sentencia. Ésta no tenía jurisdicción, pero tenía el significado de una profecía.
-Capitán Ransome -gritó el general de forma impetuosa, pero con algo en su voz que era casi suplicante-, si usted puede decir algo, para arrojar una mejor luz sobre su conducta incomprensible, yo le ruego que lo haga.
Habiendo recobrado su temple, este soldado generoso buscaba algo para justificar su natural actitud de simpatía, hacia un hombre valiente en la inminencia de una muerte deshonrosa.
-¿Dónde está el teniente Price? -dijo el capitán.
Ese oficial se paró adelante, con su oscuro rostro saturnino luciendo un tanto imponente, bajo un pañuelo sangriento amarrado alrededor de su frente. Éste entendió la citación y no necesitó una invitación para hablar. No miró al capitán, sino se dirigió al general:
-Durante la contienda yo descubrí el estado de los affairs, y le informé al comandante de la batería. Me aventuré a urgir que cesara el fuego. Yo fui insultado y ordenado fuera a mi puesto.
-¿Sabe usted algo de las órdenes, bajo las que yo estaba actuando? -preguntó el capitán.
-De algunas órdenes, bajo las que el comandante de la batería estaba actuando -continuó el teniente, aún dirigiéndose al general-, yo no sé nada.
El capitán Ransome sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. En esas crueles palabras oyó el murmullo de los siglos, rompiendo en la orilla de la eternidad. Oyó la voz de la condena, ésta decía en un tono frío, mecánico y mesurado: “¡Listos, apunten, fuego!”, y sintió que las balas rasgaban su corazón en jirones. Oyó el sonido de la tierra sobre su ataúd, y (si el buen Dios era tan misericordioso) el canto de un pájaro por encima de su tumba olvidada. En silencio, tras desatar el sable de sus soportes, se lo entregó al preboste-mariscal.

Título original: One Kind of Officer, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, What Are Your Orders?, XX.