lunes, 11 de octubre de 2010

El reloj de John Bartine

 
Una historia por un médico

-¿La hora exacta? ¡Buen Dios!, mi amigo, ¿por qué usted insiste? Uno podría pensar, pero qué importa eso, es fácil hora de dormir, ¿no está bastante cerca? Pero mire, si debe poner en hora su reloj, tome el mío y vea por sí mismo.
Con eso desató su reloj -uno tremendamente pesado, a la moda antigua- de la cadena, y me lo entregó; luego se volteó y, tras caminar por la habitación hacia el estante de libros, empezó una examinación de sus lomos. Su agitación y angustia evidente me sorprendieron, parecían irracionales. Habiendo puesto en hora mi reloj por el suyo, di unos pasos hacia donde él estaba parado, y dije: -Gracias.
Mientras él tomaba su saboneta y la adjuntaba a la guarda, observé que sus manos estaban inquietas. Con un tacto que me dio bastante orgullo, anduve al aparador con descuido y tomé un poco de brandy y agua; luego, pidiendo perdón por mi descortesía, le rogué que bebiera algo y volví a mi asiento junto al fuego, dejando que se sirviera él mismo, como era nuestra costumbre. Él hizo así, y pronto se unió a mí en el hogar, tan tranquilo como siempre.
Este raro, pequeño incidente ocurrió en mi apartamento, donde John Bartine estaba pasando una noche. Habíamos cenado juntos en el club, habíamos venido a casa en un taxi y, en resumen, todas las cosas habían sido hechas de la manera más prosaica; ¿y por qué John Bartine debía romper el orden de cosas natural y establecido, para hacerse espectacular con un despliegue de la emoción, al parecer para su propio entretenimiento?, yo no lo podía entender de ninguna forma. Cuanto más pensaba en eso, mientras sus brillantes dotes de conversación se estaban comendando a mi inatención, más curioso me volvía, y por supuesto, no tenía dificultad en persuadirme a mí mismo, de que mi curiosidad era una solicitud amistosa. Ese era el disfraz que la curiosidad asumía, usualmente, para evadir el resentimiento. Así que arruiné una de las mejores sentencias de su monólogo no considerado, cortándolo de golpe sin ceremonia.
-John Bartine -dije-, usted debe tratar de perdonarme si estoy equivocado, pero con la luz que tengo en el presente, no puedo concederle el derecho a hacerse pedazos del todo, cuando le pregunto la hora de la noche. Yo no puedo admitir, que sea propio experimentar una renuencia misteriosa a mirar su propio reloj de frente, y a albergar en mi presencia, sin explicación, unas emociones dolorosas que me son negadas, y que no son negocio mío.
A este discurso ridículo Bartine no dio una réplica inmediata, sino se quedó sentado mirando al fuego con gravedad. Temiendo que lo había ofendido, yo estaba a punto de disculparme y rogarle no pensar más en el asunto, cuando mirándome a los ojos con calma, dijo:
-Mi querido colega, la levedad de su manera no disfraza del todo, la horrible impudencia de su demanda; pero, felizmente, yo ya había decidido decirle lo que usted desea saber, y ninguna manifestación de su indignidad para oír, va a alterar mi decisión. Tenga a bien prestarme su atención, y oirá todo sobre el asunto.
-Este reloj -dijo-, ha estado en mi familia por tres generaciones, antes de que me cayera a mí. Su dueño original, para quien fue hecho, era mi bisabuelo, Bramwell Olcott Bartine, un plantador acaudalado de la Virginia colonial, que como fiel tory, siempre se pasaba las noches en vela, ideando nuevas clases de maldiciones para el cabecilla del sr. Washington, y nuevos métodos de ayuda y aliento al buen rey George. Un día, ese digno caballero tuvo el profundo infortunio de realizar un servicio, de importancia capital para su causa, que no fue reconocido como legítimo por esos, que sufrieron sus desventajas. No importa qué era pero, entre sus consecuencias menores, estuvo el arresto de mi excelente ancestro, una noche en su propia casa, por una partida de los rebeldes del sr. Washington. Se le permitió decirle adiós a su llorosa familia, y luego fue hecho marchar hacia la oscuridad, que se lo tragó para siempre. Ni la más leve pista de su suerte se encontró jamás. Después de la guerra, la pesquisa más diligente y la oferta de grandes recompensas, fracasó en sacar a la luz a alguno de sus captores, o algún hecho concerniente a su desaparición. Él había desaparecido, y eso era todo.
Algo en la manera de Bartine que no estaba en sus palabras -yo apenas sabía lo que era- me apresuró a preguntar:
-¿Cuál es su punto de vista del asunto, de la justicia de éste?
-Mi punto de vista de éste -se inflamó, llevando su mano apretada abajo sobre la mesa, como si hubiera estado en una casa pública jugando a los dados con unos guardias negros-, ¡mi punto de vista es que fue el característico asesinato cobarde de ese maldito traidor, Washington, y de sus rebeldes pelagatos!
Por algunos minutos nada fue dicho: Bartine estaba recobrando su temple, y yo esperé. Luego dije:
-¿Eso fue todo?
-No, hubo algo más. Unas pocas semanas después del arresto de mi bisabuelo, su reloj fue hallado tirado en el portal, ante la puerta del frente de su vivienda. Estaba envuelto en una hoja de papel de carta, que llevaba el nombre de Rupert Bartine, su único hijo, mi abuelo. Yo estoy usando ese reloj.
Bartine hizo una pausa. Sus ojos negros, usualmente inquietos, estaban mirando fijamente la parrilla, un punto de luz rojiza en cada uno reflejaba los carbones ardientes. Él parecía haberme olvidado. Un súbito trillado de las ramas de un árbol, afuera de una de las ventanas, y casi al mismo instante el golpeteo de la lluvia contra el cristal, le recordó el sentido de su entorno. Una tormenta se había levantado, anunciada por una única ráfaga de viento, y en unos pocos momentos, el estable chapoteo del agua en el pavimento se oía con distinción. Yo apenas sé por qué relato este incidente, parece, de algún modo, tener un cierto significado y relevancia que ahora soy incapaz de discernir. Éste, al menos, agrega un elemento de seriedad, casi de solemnidad. Bartine retomó:
-Yo tengo una sensación singular con este reloj, una suerte de afecto por él, me gusta tenerlo cerca, aunque en parte por su peso, y en parte por una razón que ahora voy a explicar, raramente lo cargo. La razón es esta: cada noche, cuando lo tengo conmigo, siento un deseo inexplicable de abrirlo y consultarlo, incluso, si no puedo pensar una razón, para desear saber la hora. Pero si yo cedo a éste, en el momento que mis ojos se posan en el dial, me lleno de una aprensión misteriosa, una sensación de calamidad inminente. Y ésta es más insoportable, cuanto más cerca es de las once en punto, en este reloj, no importa qué hora real pueda ser. Después que las manecillas han registrado las once, el deseo de mirar se va, yo soy indiferente por entero. Entonces, puedo consultar esta cosa tan a menudo como guste, sin más emoción, de la que usted siente al mirar el propio suyo. Naturalmente, yo me he entrenado para no mirar el reloj por la noche, antes de las once, nada me podría inducir. Su insistencia esta noche me disgusta un poco. Yo sentí mucho, como supongo un comedor de opio podría sentir, si su anhelo de su tipo especial y particular de infierno, fuera reforzado por la oportunidad y el consejo.
-Ahora esa es mi historia, y la he contado en interés de su ciencia triunfalista, pero si alguna noche de aquí en adelante, usted me observa llevando este reloj maldito, y tiene la cortesía de preguntarme la hora, yo voy a rogarle que me deje, ponerlo a usted en el inconveniente de ser tumbado de un golpe.
Su humor no me divirtió. Yo podía ver que, al relatar su falsa ilusión, estaba un poco turbado de nuevo. Su sonrisa concluyente fue positivamente horrenda, y sus ojos habían retomado algo más que su vieja inquietud; éstos se movían aquí y allá por la habitación sin un objetivo aparente, y me figuré que habían tomado una expresión salvaje, como la que se observa a veces en los casos de demencia. Acaso era mi propia imaginación, pero en todo caso yo estaba persuadido ahora, de que mi amigo estaba aquejado por la más singular e interesante monomanía. Sin, yo confío, algún abatimiento de mi afectuosa solicitud a él como amigo, lo empecé a considerar como un paciente, rico en posibilidades de un estudio provechoso. ¿Por qué no? ¿No había él descrito su falsa ilusión en interés de la ciencia? Ah, pobre colega, estaba haciendo más por la ciencia de lo que sabía: no sólo su historia, sino él mismo estaba en evidencia. Yo debía curarlo si podía, por supuesto, pero primero debía hacer un pequeño experimento de psicología, no, el experimento en sí podría ser un paso en su restauración.
-Eso es muy franco y amistoso de su parte, Bartine -dije cordialmente-, y yo estoy bastante orgulloso de su confianza. Es todo muy raro, ciertamente. ¿Le importa mostrarme ese reloj?
Lo desató de su chaleco, con cadena y todo, y me lo pasó sin una palabra. La caja era de oro, muy gruesa y fuerte, y grabada de forma singular. Después de examinar el dial en cercanía, y observar que era cerca de las doce, yo lo abrí por detrás, y me interesó observar una caja de marfil interna, en la que estaba pintado un retrato en miniatura de esa manera exquisita y delicada, que estaba en boga durante el siglo dieciocho.
-¡Pero, bendiga mi alma! -exclamé, sintiendo un agudo placer artístico-, ¿cómo, bajo el sol, consiguió usted este acabado? Yo pensaba que la pintura en miniatura sobre marfil, era un arte perdido.
-Ese -replicó sonriendo con gravedad-, no soy yo, es mi excelente bisabuelo, el finado Bramwell Olcott Bartine, señor de Virginia. Era más joven entonces, que más tarde, de mi edad, de hecho. Se dice que se parece a mí, ¿usted cree eso?
-¿Se parece a usted? ¡Yo debía decir eso! Salvo el traje, que yo supuse usted había asumido en cumplido del arte, o por la vraisemblance, por así decir, y la falta de bigote, este retrato es usted en cada rasgo, línea y expresión.
No más fue dicho en ese momento. Bartine tomó un libro de la mesa y empezó a leer. Yo oía afuera el incesante chapoteo de la lluvia en la calle. Había ocasionales pisadas apuradas en las aceras, y una vez unos pasos lentos, pesados parecieron cesar en mi puerta; un policía, pensé, buscando refugio en la entrada. Las ramas de los árboles golpeaban los paneles de la ventana de modo significativo, como si pidieran admisión. Yo lo recordé todo a través de estos años y años de vida sabia, grave.
Viéndome no observado, tomé la llave de moda antigua que colgaba de la cadena, y volví atrás con rapidez las manecillas del reloj todo una hora; luego, cerrando la caja, le entregué a Bartine su propiedad y lo vi reponerla en su persona.
-Yo creo que usted dijo -empecé con asumido descuido-, que después de las once la visión del dial no le afectaba más. Como ahora es cerca de las doce -mirando mi propia saboneta-, acaso, si usted no resiente mi búsqueda de prueba, lo miraría ahora.
Él sonrió de buen humor, sacó el reloj de nuevo, lo abrió, y al instante se puso en pie de un salto, ¡con un grito que el cielo no ha tenido la misericordia de permitirme olvidar! Sus ojos, su negrura notablemente intensificada por la palidez de su rostro, estaban fijos en el reloj, que apretaba con ambas manos. Por algún tiempo permaneció en esa actitud sin emitir otro sonido, luego, con una voz que yo no debía reconocer como suya, dijo:
-¡Maldito seas, faltan dos minutos para las once!
Yo no estaba no preparado para algún estallido tal, y sin levantarme repliqué con calma suficiente:
-Le pido perdón, yo debo haber leído mal su reloj, al poner en hora el propio mío por éste.
Él cerró la caja con un agudo chasquido, y se puso el reloj en el bolsillo. Me miró e hizo el intento de sonreír, pero el labio inferior le temblaba y parecía incapaz de cerrar la boca. Las manos, asimismo, se le sacudían, y las empujó, apretadas, en los bolsillos de su saco chaqueta. El espíritu corajudo se esforzaba, de forma manifiesta, por someter al cuerpo cobarde. El esfuerzo era demasiado grande, se empezó a balancear de un lado a otro, como con vértigo, y antes de que yo pudiera saltar de mi silla, para sostenerlo, sus rodillas cedieron y se lanzó hacia adelante con torpeza, y cayó sobre su rostro. Yo salté para ayudarlo a levantarse, pero cuando John Bartine se levante nos vamos a levantar todos.
El examen post-mortem no reveló nada, cada órgano estaba normal y sano. Pero cuando el cuerpo había sido preparado para el entierro, se vio que un tenue círculo oscuro se había desarrollado alrededor del cuello; al menos, así me lo aseguraron varias personas que dijeron haberlo visto, pero por mi propio conocimiento no puedo decir si eso era verdad.
Ni tampoco puedo poner limitaciones a la ley de la herencia. Yo no sé que en el mundo espiritual, un sentimiento o emoción no pueda sobrevivir al corazón que lo albergó, y buscar expresión en una vida similar pasados los años. Seguramente, si yo tuviera que adivinar el destino de Bramwell Olcott Bartine, debería adivinar que fue colgado a las once en punto de la noche, y que se le habían concedido varias horas para que se prepara para el cambio.
En cuanto a John Bartine, mi amigo, mi paciente por cinco minutos, y -¡el cielo me perdone!- mi víctima por la eternidad, no hay más que decir. Él está enterrado, y su reloj con él, yo vi por eso. Que Dios tenga su alma en el paraíso, y el alma de su ancestro virginiano, si, en efecto, ellos son dos almas.

Título original: John Bartine's Watch, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ivan Kramskoy, Portrait of the painter Ivan Shishkin, XIX.