domingo, 3 de octubre de 2010

El reino de lo irreal

I

Por una parte de la distancia entre Auburn y Newcastle, el camino -primero a un lado del riachuelo y luego al otro -ocupa todo el fondo del barranco, estando en parte cortado en el escarpado flanco de la colina, y en parte construido con pedruscos removidos del lecho del riachuelo por los mineros. Las colinas son boscosas, el curso del barranco es sinuoso. En una noche oscura se requiere una conducción cuidadosa, en orden de no irse al agua. La noche que yo tengo en la memoria era oscura, el riachuelo era un torrente hinchado por una tormenta reciente. Yo había conducido desde Newcastle y estaba a una milla de Auburn, en la parte más oscura y estrecha del barranco, mirando atentamente delante de mi caballo la vía del camino. Súbitamente, vi a un hombre casi bajo el hocico del animal, y le di un tirón a las riendas, que la criatura estuvo cerca de sentarse en las ancas.
-Le pido perdón -dije-, no lo vi, señor.
-Usted apenas podía esperar verme a mí -replicó el hombre civilmente, aproximándose al lado del vehículo-, y el ruido del riachuelo me impidió a mí oírlo a usted.
Yo reconocí la voz de golpe, aunque habían pasado cinco años desde que la había oído. No estaba en particular muy complacido de oírla ahora.
-Usted es el dr. Dorrimore, creo -dije.
-Sí, y usted es mi buen amigo el sr. Manrich. Yo estoy más que contento de verlo, el exceso -agregó con una risa ligera- es debido al hecho de que voy por su camino y, naturalmente, espero una invitación a montar con usted.
-Que yo extiendo con todo mi corazón.
Eso no era por completo verdad.
El dr. Dorrimore me dio las gracias mientras se sentaba a mi lado, y conduje hacia adelante con cautela, como antes. Indudablemente, es una fantasía, pero ahora me parece que la distancia restante fue hecha en una niebla helada, que yo tenía un frío incómodo, que el camino fue más largo que nunca antes, y que el pueblo, cuando lo alcanzamos, estaba triste, siniestro y desolado. Debe haber sido temprano en la noche, pues no recuerdo una luz en alguna de las casas, ni un ser vivo en las calles. Dorrimore explicó con cierta largueza cómo por casualidad estaba allí, y dónde había estado durante los años que habían mediado desde que lo había visto. Yo recuerdo el hecho de la narración, pero ninguno de los hechos narrados. Él había estado en países extranjeros y había retornado, eso es todo lo que mi memoria retiene, y eso ya lo sabía. En cuanto a mí mismo, no puedo acordarme de que hablara una palabra, aunque sin dudas lo hice. De una cosa estoy claramente consciente: la presencia del hombre a mi lado me era, extrañamente, desagradable e inquietante, tanto así que, cuando por último tiré atrás bajo las luces de la Casa Putnam, experimenté la sensación de haber escapado de algún peligro espiritual, de una naturaleza peculiarmente siniestra. Esa sensación de alivio fue modificada un tanto, por el descubrimiento de que el dr. Dorrimore estaba viviendo en el mismo hotel.
II

En explicación parcial de mis sensaciones respecto al dr. Dorrimore, voy a relatar brevemente las circunstancias bajo las que lo había conocido unos años antes. Una noche una media docena de hombres, de quienes yo era uno, estaban sentados en la biblioteca del Club Bohemio en San Francisco. La conversación se había tornado hacia el sujeto de los juegos de manos y las hazañas de los prestidigitateurs, uno de quienes daba exhibiciones entonces en un teatro local.
-Esos tipos son unos pretensores en sentido doble -dijo uno de la partida-, no pueden hacer nada que valga la pena para hacer un primo de uno. El más humilde juglar de camino de la India los podría mistificar y llevar al borde del lunatismo.
-Por ejemplo, ¿cómo? -preguntó otro, prendiendo un puro.
-Por ejemplo, con todas sus actuaciones comunes y familiares, lanzando al aire grandes objetos que nunca vienen abajo; haciendo que las plantas broten, crezcan visiblemente y florezcan, en un terreno pelado elegido por los espectadores; poniendo a un hombre en una cesta de mimbre, perforándolo con una espada una y otra vez mientras él grita y sangra, y luego la cesta se abre y no hay nada ahí; tirando al aire el extremo libre de una escala de seda, subiéndola y desapareciendo.
-¡Una tontería!- dije yo más bien incivilmente, me temo-. ¿Usted seguro no cree en esas cosas?
-Ciertamente no: yo las he visto muy a menudo.
-Pero yo sí -dijo un periodista de considerable fama local como reportero pintoresco-. Yo las he relatado con tanta frecuencia, que nada más que la observación podría sacudir mi convicción. Y, caballeros, yo doy mi palabra sobre eso.
Nadie se rió, todos estaban mirando algo detrás de mí. Volteándome en mi asiento vi a un hombre con traje de noche, que justo había entrado a la habitación. Era excesivamente moreno, casi atezado, con un rostro delgado, una barba negra hacia los labios, una abundancia de grueso cabello negro con algún desorden, una nariz recta y unos ojos que brillaban con la expresión desalmada de una cobra. Uno del grupo se levantó y lo introdujo como el dr. Dorrimore, de Calcuta. Mientras cada uno de nosotros era presentado en turno, él reconocía el hecho con una profunda reverencia a la manera oriental, pero sin nada de la gravedad oriental. Su sonrisa me impresionó por cínica y un poco despectiva. Toda su conducta la puedo describir sólo como desagradablemente atractiva.
Su presencia llevó la conversación hacia otros canales. Él dijo poco, no recuerdo nada de lo que dijo. Yo pensaba que su voz era singularmente rica y melodiosa, pero ésta me afectaba de la misma manera que los ojos y la sonrisa. En unos pocos minutos me levanté para irme. Él también se levantó y se puso el abrigo.
-Sr. Manrich -dijo-, yo voy por su camino.
"¡El diablo eres tú! -pensé-. ¿Cómo sabes por qué camino voy?” Entonces dije: -Yo estaré complacido de tener su compañía.
Dejamos el edificio juntos. No había taxis a la vista, los coches de calle se habían ido a la cama, había luna llena y el aire fresco de la noche era delicioso; caminamos por la colina de la calle California. Yo tomé esa dirección pensando que él, naturalmente, desearía tomar otra, hacia uno de los hoteles.
-Usted no cree lo que se dice de los juglares hindúes -dijo abruptamente.
-¿Cómo sabe eso? -pregunté.
Sin replicar puso su mano en mi brazo levemente, y con la otra apuntó a la acera de piedra directo al frente. Allí, casi a nuestros pies, ¡yacía el cuerpo de un hombre muerto, el rostro vuelto hacia arriba y blanco a la luz de la luna! Una espada, cuyo puño de gemas chispeaba, se paraba fijada y derecha en el pecho, un charco de sangre se había formado en las piedras de la acera.
Yo estaba asustado y aterrado no sólo por lo que veía, sino por las circunstancias bajo las que lo veía. Repetidamente, durante nuestro ascenso de la colina, pensé, mis ojos habían atravesado todo el tramo de esa acera, de calle a calle. ¿Cómo podrían éstos haber sido insensibles a ese objeto espantoso, ahora tan conspicuo a la blanca luz de la luna?
Cuando mis aturdidas facultades se aclararon, observé que el cuerpo estaba con un traje de noche; el abrigo, abierto del todo, revelaba el frac, la corbata blanca, la amplia extensión del frente de la camisa perforada por la espada. Y -¡horrible revelación! -el rostro, excepto por su palidez, ¡era el de mi compañero! Era, hasta el mínimo detalle del traje y las facciones, el mismo dr. Dorrimore. Ofuscado y horrorizado, me volví a buscar al hombre vivo. Éste no estaba visible en ningún lugar y, con un terror agregado, me retiré del lugar, colina abajo, en la dirección de donde había venido. Había dado sólo unas pocas zancadas, cuando un agarre fuerte sobre mi hombro me detuvo. Estuve cerca de gritar con terror: ¡el hombre muerto, la espada aún fijada en su pecho, estaba parado a mi lado! Sacándose la espada con la mano desocupada, la arrojó lejos de él, la luz de la luna destelló en las joyas de su puño y el acero inmaculado de su hoja. Ésta cayó con ruido metálico en la acera delante, ¡y se desvaneció! El hombre, moreno como antes, aflojó su agarre sobre mi hombro y me miró con el mismo afecto cínico, que yo había observado en mi primer encuentro con él. Los muertos no tienen esa mirada, eso en parte me restauró y, volviendo la cabeza atrás, vi la lisa, blanca extensión de la acera, inviolada de calle a calle.
-¿Qué es toda esta tontería, tú, diablo? -demandé lo suficiente ferozmente, aunque débil y con todos los miembros temblando.
-Es lo que algunos se complacen en llamar juglería -respondió con una risa dura, ligera.
Se volvió hacia la calle Dupont y no lo vi más, hasta que nos encontramos en el barranco de Auburn.

III

El día después de mi segundo encuentro con el dr. Dorrimore yo no lo vi: el empleado de la Casa Putnam explicó que un ligero malestar lo había confinado a sus habitaciones. Esa tarde en la estación ferroviaria fui sorprendido y hecho feliz por el arribo inesperado de la señorita Margarita Corray y su madre, de Oakland.
Esto no es una historia de amor. Yo no soy un contador de historias, y el amor como es no puede ser retratado en una literatura dominada y cautivada por una tiranía degradante, que “sentencia las letras” en nombre de una muchacha jovencita. Bajo el reino fastidioso de las muchachas jovencitas, o más bien bajo la regla de esos falsos ministros de la censura, que se han apuntado para la custodia de su bienestar, el amor

vela sus fuegos sagrados,
Y, no enterada, la moralidad expira,

famélica ante la comida cernida y el agua destilada de una provisión mojigata.
Es suficiente decir que la señorita Corray y yo estábamos comprometidos en matrimonio. Ella y su madre fueron al hotel en que vivía, y durante dos semanas la vi a diario. Que yo era feliz apenas necesita ser dicho, el único obstáculo para mi disfrute perfecto de esos días dorados era la presencia del dr. Dorrimore, a quien me sentía compelido a introducir a las damas.
Ellas, evidentemente, le daban el favor. ¿Qué yo podía decir? Yo no sabía absolutamente nada para su descrédito. Sus maneras eran las de un caballero cultivado y considerado, y para las mujeres la manera de un hombre es el hombre. En una o dos ocasiones que vi a la señorita Corray caminando con él me puse furioso, y una vez tuve la indiscreción de protestar. Preguntado por las razones no tuve ninguna que dar, y me pareció ver en su expresión una sombra de desprecio hacia los caprichos de una mente celosa. Con el tiempo me volví moroso y desagradable de forma consciente, y resolví en mi demencia retornar a San Francisco al día siguiente. De esto, sin embargo, no dije nada.

IV

Había en Auburn un viejo cementerio abandonado. Estaba casi en el corazón del pueblo, pero por la noche era un lugar tan horrendo, como el más lúgubre de los humores humanos podría ansiar. Las verjas que rodeaban las parcelas estaban postradas, podridas o perdidas por completo. Muchas de las tumbas estaban hundidas, en otras crecían pinos robustos, cuyas raíces habían cometido un pecado indecible. Las lápidas estaban caídas y quebradas a través, las zarzas invadían el terreno, la cerca se había perdido en su mayoría; y las vacas y los cerdos vagaban allí a voluntad, el lugar era una deshonra para los vivos, una calumnia a los muertos, una blasfemia contra Dios.
La noche del día en que yo había tomado mi resolución de demente, de alejarme con furia de todo lo que era querido para mí, me encontró en ese sitio congenial. La luz de la media luna caía de modo fantasmal, a través del follaje de los árboles, en sitios y parches, revelando mucho que era grotesco, y las sombras negras parecían conspiraciones que guardaban, para un momento apropiado, revelaciones de importancia oscura. Pasando por lo que había sido un sendero de gravilla, vi emerger de la sombra la figura del dr. Dorrimore. Yo mismo estaba en la sombra, y me quedé parado con los puños cerrados y los dientes apretados, tratando de controlar el impulso de saltar sobre él y estrangularlo. Un momento después, una segunda figura se unió a él y se aferró a su brazo. ¡Era Margaret Corray!
Yo no puedo relatar de forma correcta lo que ocurrió. Sé que salté hacia delante, inclinado al asesinato, sé que fui hallado en la mañana grisácea magullado y sangriento, con marcas de dedos en mi garganta. Fui llevado a la Casa Putnam, donde estuve acostado por días con un delirio. Todo eso yo lo sé, porque me lo han dicho. Y por mi propio conocimiento sé que, cuando retornó la conciencia con la convalescencia, mandé por el empleado del hotel.
-¿Están la sra. Corray y su hija aún aquí? -pregunté.
-¿Qué nombre usted dijo?
-Corray.
-Nadie de ese nombre ha estado aquí.
-Yo le ruego que no juegue conmigo -dije con petulancia-. Usted ve que yo estoy bien ahora, dígame la verdad.
-Yo le doy mi palabra -replicó con evidente sinceridad-, no hemos tenido huéspedes de ese nombre.
Sus palabras me dejaron estupefacto. Me quedé acostado por unos momentos en silencio, luego pregunté: -¿Dónde está el dr. Dorrimore?
-Salió en la mañana de su pelea, y no se ha oído de él desde entonces. Fue un trato rudo el que le dio a usted.

V

Tales son los hechos de este caso. Margaret Corray es ahora mi esposa. Ella nunca ha visto Auburn, y durante las semanas cuya historia, mientras ésta se formaba en mi cerebro, yo me he esforzado en relatar, estaba viviendo en su casa en Oakland, preguntándose dónde estaba su amante y por qué no le escribía. El otro día vi en el Sun de Baltimore el siguiente párrafo:
“El profesor Valentine Dorrimore, el hipnotizador, tuvo una gran audiencia la noche pasada. El lector, que ha vivido la mayor parte de su vida en la India, brindó algunas maravillosas exhibiciones de su poder, hipnotizando a todo aquel que eligió someterse al experimento, meramente con mirarlo. De hecho, hipnotizó dos veces a la audiencia entera (los reporteros sólo exentos), haciendo que todos tuvieran las ilusiones más extraordinarias. El rasgo más valioso de la lectura, fue la revelación de los métodos de los juglares hindúes en sus actuaciones famosas, familiares en boca de los viajeros. El profesor declaró que esos taumaturgos han adquirido tal habilidad en el arte que él aprendió a sus pies, que realizan sus milagros, simplemente, lanzando a los 'espectadores' a un estado de hipnosis y diciéndoles qué ver y oír. Su aseveración de que un sujeto peculiarmente susceptible se puede mantener en el reino de lo irreal por semanas, meses e incluso años, dominado por cualesquiera falsas ilusiones y alucinaciones que el operador puede sugerir de tiempo en tiempo, es un poco inquietante.”

Título original: The Realm of the Unreal, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, The Night They Needed A Good Ribbon Man (Detail), XX.