martes, 28 de septiembre de 2010

Una pelea dura


Una noche de otoño de 1861, un hombre estaba sentado solo en el corazón de una foresta en la Virginia oeste. La región era una de las más salvajes del continente, la comarca de Cheat Mountain. No había falta de gente a la mano, sin embargo; a una milla de donde el hombre estaba sentado, se hallaba el campamento ahora en silencio de toda una brigada federal. En algún lugar alrededor -ésta podía estar aún más cerca- estaba una fuerza del enemigo, de número desconocido. Era esa incertidumbre en cuanto a su número y posición, lo que causaba la presencia del hombre en ese sitio solitario; era un joven oficial de un regimiento de la infantería federal, y su negocio allí era cuidar a sus camaradas dormidos en el campamento, contra una sorpresa. Estaba al comando de un destacamento de hombres que constituían un piquete de guardia. A esos hombres los había apostado justo al anochecer en una línea irregular, determinada por la naturaleza del terreno, varios cientos de yardas al frente de donde ahora estaba sentado. La línea corría por la foresta, entre las rocas y los matorrales de laurel, los hombres quince o veinte pasos aparte, todos en ocultación y bajo mandato de silencio estricto y vigilancia incesante. En cuatro horas, si nada ocurría, serían relevados por un destacamento fresco de la reserva, que ahora descansaba al cuidado de su capitán, a cierta distancia a la izquierda y en la retaguardia. Antes de apostar a sus hombres, el joven oficial de quien estamos escribiendo había señalado a sus dos sargentos el sitio, en que sería encontrado si fuera necesario consultarlo a él, o si su presencia en la línea del frente fuera requerida.
Era un sitio lo suficiente tranquilo, la bifurcación de un viejo camino boscoso, en cuyas dos ramas, que se prolongaban desviándose hacia adelante a la tenue luz de la luna, los sargentos se habían apostado, unos pocos pasos detrás de la línea. Si eran impelidos atrás agudamente por una súbita arremetida del enemigo -y no se esperaba que los piquetes hicieran una parada después de tirotear-, los hombres vendrían por los caminos convergentes y, siguiéndolos naturalmente hacia su punto de intersección, podrían ser reunidos y “formados”. A su pequeña manera, el autor de estas disposiciones era algo así como un estratega; si Napoleón lo hubiera planeado de forma tan inteligente en Waterloo, podría haber ganado esa batalla memorable y ser derrocado más tarde.
El segundo teniente Brainerd Byring era un oficial valiente y eficiente, joven e inexperto en comparación como era en el negocio de matar a su prójimo. Se había alistado en los mismos primeros días de la guerra como soldado raso, sin cualquier conocimiento militar lo habían hecho primer sargento de su compañía, a causa de su educación y manera atractiva, y había tenido la suficiente suerte de perder a su capitán por una bala confederada, en las promociones resultantes había ganado una comisión. Había estado en varias contiendas -tales como fueron las de Philippi, Rich Mountain, Carrick’s Ford y Greenbrier-, y se había portado con tal gallardía, como para no atraer la atención de sus oficiales superiores. La excitación de la batalla le era agradable, pero la visión de los muertos, con sus rostros barrosos, ojos en blanco y cuerpos rígidos, que cuando no estaban encogidos de modo no natural, estaban hinchados de modo no natural, siempre lo había afectado de forma intolerable. Sentía hacia éstos una suerte de antipatía irracional, que era algo más que la repugnancia física y espiritual común a todos nosotros. Indudablemente, esa sensación se debía a su inusual, aguda sensibilidad, a su aguzado sentido de lo bello, que esas cosas horrendas ultrajaban. Cualquiera pueda haber sido la causa, no podía mirar un cuerpo muerto sin una aversión, que tenía en sí un elemento de resentimiento. Lo que otros habían respetado como la dignidad de la muerte, no tenía existencia para él, era impensable por completo. La muerte era una cosa para ser odiada. No era pintoresca, no tenía un lado tierno y solemne, era una cosa lúgubre, horrenda en todas sus manifestaciones y sugestiones. El teniente Byring era el hombre más valiente que alguien conocía, pues nadie conocía el horror en que siempre estaba dispuesto a incurrir.
Habiendo puesto a sus hombres, instruido a sus sargentos y retirado a su posta, se sentó en un tronco y, con todos los sentidos alertados, empezó su vigilia. Para estar más ligero se aflojó su cinturón de espada y, tomando su pesado revólver de la funda, lo puso en el tronco a su lado. Se sentía muy cómodo, aunque apenas concedía al hecho un pensamiento, con tal intensidad escuchaba cualquier sonido del frente, que pudiera tener un significado amenazante: un grito, un disparo o la pisada de uno de sus sargentos, viniendo a informarle de algo que valía la pena conocer. Del vasto, invisible océano de luz lunar encima de su cabeza, caía aquí y allá un flujo delgado, quebrado que parecía chapotear en las ramas que lo interceptaban, y escurrirse hacia la tierra, formando menudos charcos blancos entre los arbustos de laurel. Pero esas goteras eran pocas, y sólo servían para acentuar la negrura de su entorno, que su imaginación encontraba fácil de poblar con toda clase de formas no familiares, amenazantes, extrañas o meramente grotescas.
Ése, para quien la portentosa conspiración de la noche, la soledad y el silencio, en el corazón de una gran foresta no es una experiencia desconocida, no necesita que le digan que es todo otro mundo, cómo incluso los objetos más comunes y familiares toman otro carácter. Los árboles se agrupan de modo diferente, se ponen más cerca, juntos, como con miedo. El mismo silencio tiene otra cualidad que el silencio del día. Y está lleno de susurros oídos a medias, de susurros que espantan, de fantasmas de sonidos largo tiempo muertos. Hay sonidos vivos también, tales como nunca se oyen bajo otras condiciones: notas de extraños pájaros nocturnos, gritos de animales menudos que se encuentran de súbito con enemigos sigilosos, o en sus sueños, un crujido en las hojas secas, puede ser el salto de una rata de bosque, puede ser la pisada de una pantera. ¿Qué causó la rotura de esa ramita?, ¿qué el bajo, alarmado gorjeo en ese arbusto lleno de pájaros? Hay sonidos sin nombre, formas sin sustancia, traslaciones en el espacio de objetos que no se han visto moverse, movimientos donde no se observa nada que cambie de lugar. ¡Ah, hijos de la luz solar y la luz de gas, cuán poco saben del mundo en que viven!
Rodeado a poca distancia por amigos armados y vigilantes, Byring se sentía solo por completo. Cediendo al solemne y misterioso espíritu de la hora y el lugar, había olvidado la naturaleza de su conexión con los aspectos visibles y audibles, y fases de la noche. La foresta era ilimitada, los hombres y las moradas de los hombres no existían. El universo era el primario misterio de la oscuridad, sin forma y vacío, él mismo era el solo, mudo inquiridor de su secreto eterno. Absorvido por los pensamientos que nacían de este humor, sufría el tiempo que se escabullía sin ser notado. Mientras tanto las infrecuentes manchas de luz blanca, que yacían entre los troncos de los árboles, habían sufrido cambios de tamaño, forma y lugar. En una de éstas cerca, justo al lado del camino, su ojo cayó sobre un objeto que no había observado con anterioridad. Éste estaba casi delante de su rostro cuando se sentó, podía haber jurado que no había estado antes allí. Estaba cubierto en parte por la sombra, pero podía ver que era una figura humana. Instintivamente, se ajustó el broche de su cinturón de espada y echó mano de su pistola, de nuevo estaba en el mundo de la guerra, con la ocupación de asesino.
La figura no se movía. Se levantó, pistola en mano, se aproximó. La figura yacía tendida de espalda, su parte superior en la sombra, pero parado arriba de ésta y mirando abajo su rostro, vio que era un cuerpo muerto. Se estremeció y se volteó, con una sensación de náusea y disgusto, retomó su asiento en el tronco y, olvidando la prudencia militar, rayó un cerillo y prendió un puro. En la súbita negrura que siguió a la extinción de la llama, tuvo una sensación de alivio, no podía ver más el objeto de su aversión. No obstante, mantuvo sus ojos puestos en esa dirección, hasta que éste apareció de nuevo con una distinción creciente. Parecía haberse movido un poco más cerca.
-¡Maldita sea la cosa! -murmuró-. ¿Qué quiere él?
No parecía tener necesidad de nada más que un alma.
Byring volvió los ojos y empezó a tararear una tonada, pero se detuvo en medio de un compás y miró el cuerpo muerto. Su presencia le molestaba, aunque apenas podría haber tenido un vecino más tranquilo. Estaba consciente también de una sensación vaga, indefinible que era nueva para él. No era miedo, sino más bien un sentido de lo sobrenatural, en lo que no creía del todo.
“Lo he heredado -se dijo a sí mismo-. Yo supongo que se requerirá de mil años, acaso diez mil, para que la humanidad supere esa sensación. ¿Dónde y cuándo se originó? Lejos atrás, probablemente, en lo que es llamado la cuna de la raza humana, las planicies del Asia Central. Lo que nosotros heredamos como una superstición, nuestros bárbaros ancestros lo deben haber tenido como una convicción razonable. Indudablemente, se creían justificados por hechos, cuya naturaleza no podemos incluso conjeturar, al concebir un cuerpo muerto como una cosa maligna, dotada de cierto extraño poder dañino, acaso con la voluntad y el propósito de ejercerlo. Posiblemente, ellos tenían alguna forma horrible de religión, de la que esa era una de las principales doctrinas, enseñada por su sacerdocio con diligencia, como los nuestros enseñan la inmortalidad del alma. Mientras los arios se movían con lentitud, hacia y a través de los pasos del Cáucaso, y se extendían por Europa, las nuevas condiciones de vida debieron haber resultado en la formulación de nuevas religiones. La vieja creencia en la malevolencia del cuerpo muerto se perdió en los credos, e incluso pereció en la tradición, pero dejó su herencia de terror, que se ha trasmitido de generación en generación, es tanto una parte de nosotros como son nuestra sangre y huesos.”
Siguiendo su pensamiento había olvidado eso que lo sugirió, pero ahora su ojo cayó sobre el cadáver de nuevo. La sombra lo había descubierto por completo. Vio el perfil agudo, la barbilla al aire, todo el rostro, blanco fantasmal a la luz de la luna. La ropa era gris, el uniforme de un soldado confederado. La chaqueta y el chaleco desabotonados, habían caído a cada lado, exponiendo la camisa blanca. El pecho parecía prominente de modo no natural, pero el abdomen se había hundido, dejando una aguda proyección en la línea de las costillas inferiores. Los brazos estaban extendidos, la rodilla izquierda estaba tirada hacia arriba. Toda la postura impresionó a Byring, como si hubiera sido estudiada con vista a lo horrible.
-¡Bah! -exclamó-, era un actor, sabe cómo estar muerto.
Apartó sus ojos, dirigiendo éstos de forma resuelta, a lo largo de uno de los caminos que conducían al frente, y reasumió su filosofar donde lo había dejado.
“Puede ser que nuestros ancestros del Asia Central no tenían la costumbre del entierro. En ese caso es fácil entender su miedo a los muertos, que eran realmente una amenaza y un mal. Éstos generaban pestilencias. A los niños les enseñaban a evitar los lugares donde éstos yacían, y a correr lejos si por inadvertencia iban cerca de un cadáver. Yo pienso, en efecto, que será mejor me vaya lejos de este tipo.”
Se levantó a medias para hacer eso, entonces recordó que le había dicho a sus hombres en el frente, y al oficial en la retaguardia que iba a relevarlo, que en cualquier momento podía ser encontrado en ese sitio. Era una cuestión de orgullo también. Si abandonaba su puesto, temía que pensaran que él le temía al cadáver. Él no era un cobarde y no estaba deseoso de incurrir en el ridículo ante alguien. Así que se sentó de nuevo, y para probar su coraje miró el cuerpo con audacia. El brazo derecho -el más lejano de él- estaba ahora en la sombra. Apenas podía ver la mano que había observado antes, yacía en la raíz de un arbusto de laurel. No había habido cambio, un hecho que le dio una cierta comodidad, no podía haber dicho por qué. No retiró los ojos de una vez, lo que no deseamos ver tiene una extraña fascinación, a veces irresistible. De la mujer que se cubre los ojos con las manos y mira por entre los dedos, que sea dicho que el ingenio se ha ocupado de ella no con justicia por completo.
Byring de súbito se hizo consciente de un dolor en su mano derecha. Retiró los ojos de su enemigo y la miró. Estaba agarrando el puño de su espada sacada tan fuertemente, que le dolía. Observó también que estaba inclinado hacia adelante en una actitud tirante, agachado como un gladiador dispuesto a saltar a la garganta de un antagonista. Sus dientes estaban apretados y estaba respirando con dificultad. El asunto pronto fue puesto de modo correcto, sus músculos se relajaron, tomó un largo aliento, sintió con suficiente agudeza la ridiculez del incidente. Eso lo movió a risa. ¡Cielos!, ¿qué sonido era ese?, ¿qué diablo insensato estaba emitiendo un gozo impío en mofa de la alegría humana? Se puso de pie y miró a su alrededor, sin reconocer su propia risa.
Él no podía ocultarse más a sí mismo el hecho horrible de su cobardía: ¡estaba totalmente asustado! Habría corrido del sitio, pero las piernas se negaban a su oficio, éstas cedieron debajo suyo y se sentó en el tronco de nuevo, temblando de forma violenta. Su rostro estaba mojado, todo su cuerpo bañado en una fría transpiración. No podía incluso gritar. Con distinción oyó detrás de sí un paso sigiloso, como de algún animal salvaje, y no se atrevió a mirar por encima de su hombro. ¿Habían los vivos desalmados unido las fuerzas con los muertos desalmados?, ¿era un animal? ¡Ah, si sólo pudiera estar seguro de eso! Pero con ningún esfuerzo de voluntad podía ahora desfijar su mirada del rostro del hombre muerto.
Yo repito que el teniente Byring era un hombre valiente e inteligente. ¿Pero qué hubieran querido? ¿Iba un hombre a poder, con una sola mano, con una alianza tan monstruosa como la de la noche, la soledad, el silencio y el muerto, mientras una incalculable hueste de sus propios ancestros, aullaba en el oído de su espíritu su cobarde consejo, cantaba sus dolientes cantos de muerte en su corazón, y desarmaba a su misma sangre de todo su hierro? Las ventajas eran muy grandes, el coraje no estaba hecho para un uso tan rudo como ese.
Una sola convicción tenía ahora el hombre en posesión: que el cuerpo se había movido. Éste yacía más cerca del borde de su parcela de luz, no podía haber duda de eso. Había movido sus brazos asimismo, ¡pues mira, ambos estaban en la sombra! Un soplo de aire frío golpeó a Byring en pleno rostro, las ramas de los árboles por encima de él se agitaron y gimieron. Una sombra bastante definida pasó por el rostro del muerto, lo dejó luminoso, pasó sobre éste de vuelta y lo dejó medio oscurecido. ¡La cosa horrible se estaba moviendo de modo visible! En ese momento un único disparo resonó en la línea del piquete, el más solitario y fuerte, aunque más distante, ¡un disparo que nunca había sido oído por un oído mortal! Éste rompió el hechizo del hombre encantado, mató el silencio y la soledad, dispersó a la hueste obstructora del Asia Central y liberó su virilidad moderna. Con un grito como el de un gran pájaro que se abalanza sobre su presa, ¡saltó hacia adelante con el corazón caliente para la acción!
Disparo tras disparo venía ahora del frente. Había griterío y confusión, golpes de cascos y vítores inconexos. Lejos hacia la retaguardia, en el campamento dormido, había canto de cornetas y gruñido de tambores. Avanzando por los matorrales, a ambos lados del camino, venían los piquetes federales en plena retirada, tiroteando hacia atrás al azar mientras corrían. Un grupo de rezagados, que había seguido uno de los caminos de vuelta, como se instruyó, súbitamente saltó hacia los arbustos, mientras medio centenar de jinetes tronaban tras ellos, golpeando con sus sables salvajemente mientras pasaban. A una impetuosa velocidad los montados alocados dispararon, pasando el sitio donde Byring se había sentado, y se desvanecieron doblando en un ángulo del camino, gritando y tiroteando con sus pistolas. Un momento más tarde hubo un estruendo de mosquetería, seguido de disparos aislados, se habían encontrado con la guardia en línea de reserva, y venían de vuelta en horrenda confusión, con una montura vacía aquí y allá y más de un caballo enloquecido, aguijoneado por una bala, resoplando y abatiéndose de dolor. Todo había terminado, “un affair en los puestos de avanzada”.
La línea fue restablecida con hombres frescos, la lista pasada, los rezagados fueron reformados. El comandante federal, con una parte de su personal, vestida de forma imperfecta, apareció en escena, hizo unas pocas preguntas, pareció excesivamente sabio y se retiró. Después de ponerse en armas por una hora, la brigada en el campamento “pronunció una o dos plegarias” y se fue a la cama.
A la mañana siguiente temprano una partida fatigada, comandada por un capitán y acompañada por un cirujano, buscaba a los muertos y los heridos por el terreno. En la bifurcación del camino, un poco a un lado, encontraron dos cuerpos yaciendo cerca, juntos, el de un oficial federal y el de un soldado raso confederado. El oficial había muerto por una espada clavada en el corazón, pero no, al parecer, antes de que hubiera infligido a su enemigo no menos de cinco heridas espantosas. El oficial muerto yacía con el rostro en un charco de sangre, el arma aún en su pecho. Lo tendieron de espalda y el cirujano la retiró.
-¡Gad! -dijo el capitán-. ¡Es Byring! -agregando con una mirada al otro-, tuvieron una pelea dura.
El cirujano estaba examinando la espada. Era la de un oficial de línea de la infantería federal, exactamente igual a la usada por el capitán. Era, de hecho, la propia de Byring. La única otra arma descubierta fue un revólver no descargado en el cinturón del oficial muerto.
El cirujano puso abajo la espada y se aproximó al otro cuerpo. Éste estaba atrozmente acuchillado y apuñalado, pero no había sangre. Echó mano del pie izquierdo y trató de enderezar la pierna. En el esfuerzo el cuerpo fue desplazado. El muerto no desea ser movido, éste protestó con un tenue olor nauseabundo. Donde había yacido había unos pocos gusanos, que manifestaban una actividad estúpida.
El cirujano miró al capitán. El capitán miró al cirujano.

Título original: A Tough Tussle, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, en septiembre de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Hancock the Superb, XX.