jueves, 9 de septiembre de 2010

Un hombre con dos vidas


Aquí está la extraña historia de David William Duck, relatada por él mismo. Duck es un viejo que vive en Aurora, Illinois, donde es universalmente respetado. Es conocido comúnmente, sin embargo, como el “muerto Duck”.
En el otoño de 1866 yo era un soldado raso de la infantería dieciocho. Mi compañía era una de las estacionadas en el Fuerte Phil Kearney, comandado por el coronel Carrington. La comarca estaba más o menos familiarizada con la historia de esa guarnición, en particular con la masacre por los sioux de un destacamento de ochentiún hombres y oficiales -ni uno escapó-, por la desobediencia de las órdenes de su comandante, el valiente pero temerario capitán Fetterman. Cuando eso ocurrió, yo estaba tratando de hacer mi camino con despachos importantes para el Fuerte C.F. Smith, en Big Horn. A medida que la comarca se atestaba de indios hostiles, viajaba por la noche y me ocultaba lo mejor que podía antes del amanecer. Para hacer eso mejor, iba a pie, armado con un rifle henry y cargando raciones para tres días en mi mochila.
Para mi segundo lugar de ocultación escogí lo que parecía en la oscuridad un cañón estrecho, que llevaba a través de una serie de colinas rocosas. Éste contenía muchos grandes pedruscos, desprendidos de las laderas de las colinas. Detrás de uno de éstos, en un matorral de artemisa, hice mi cama para el día y pronto me quedé dormido. Parecía como si apenas hubiera cerrado los ojos, aunque de hecho era cerca del mediodía, cuando fui despertado por la detonación de un rifle, la bala golpeó un pedrusco justo por encima de mi cuerpo. Una banda de indios me había rastreado y casi me había rodeado, el disparo había sido hecho con una puntería execrable, por un colega que había tenido una vista de mí desde el flanco de la colina por encima. El humo de su rifle lo traicionó, y yo me puse de pie no más pronto de lo que él se ponía y rodaba por el declive. Entonces corrí en una postura inclinada, esquivando entre los matorrales de artemisa bajo una tormenta de balas de los enemigos invisibles. Los bribones no se levantaban y perseguían, lo que me pareció bastante extraño, pues debían haber sabido por mi rastro que tenían que tratar con un solo hombre. La razón de su inacción pronto se hizo clara. Yo no había ido unas cien yardas cuando alcancé el límite de mi carrera, la cabeza de la quebrada que había tomado por un cañón. Ésta terminaba en un cóncavo pecho de roca, casi vertical y desprovisto de vegetación. En ese cul-de-sac yo estaba atrapado como un oso en un corral. La persecución era innecesaria, ellos sólo tenían que esperar.
Ellos esperaron. Por dos días y noches, agachado detrás de una roca rematada por una maleza de mezquite, con el acantilado a mi espalda, sufriendo las agonías de la sed y absolutamente sin esperanza de liberación, luché con los colegas en un largo rango, disparando ocasionalmente por el humo de sus rifles, mientras ellos lo hacían por el mío. Por supuesto, no me atrevía a cerrar los ojos de noche, y la falta de sueño era una aguda tortura.
Recuerdo la mañana del tercer día, que sabía iba a ser mi última. Recuerdo de forma bastante indistinta que, en mi desesperación y delirio, salté afuera a lo abierto, y empecé a disparar mi rifle de repetición sin ver a nadie al que disparar. Y no recuerdo más de esa lucha.
La cosa siguiente que memoro es a mí mismo, saliendo de un río justo al anochecer. No tenía ni un girón de ropa y no sabía nada de mi paradero, pero toda esa noche viajé, helado y con los pies dolidos, hacia el norte. Al amanecer me encontré en el Fuerte C.F. Smith, mi destino, pero sin mis despachos. El primer hombre que encontré fue un sargento llamado William Briscoe, a quien yo conocía muy bien. Se pueden figurar su asombro al verme en esa condición, y el propio mío ante su pregunta de quién diablos era yo.
-Dave Duck -respondí-, ¿quién debía ser yo?
Me miró fijamente, como un búho.
-Usted lo parece -dijo, y observé que se apartaba un poco de mí-. ¿Qué pasa? -agregó.
Le dije lo que me había pasado el día anterior. Él me oyó hasta el fin, aun mirando, luego dijo:
-Mi querido colega, si usted es Dave Duck, yo debo informarle que lo enterré hace dos meses. Yo estaba afuera, con una pequeña partida de exploración, y encontré su cuerpo, lleno de huecos de bala y con el cuero cabelludo recién arrancado, un tanto mutilado de otra manera, también; yo lamento decirlo, ahí mismo donde usted dice que hizo su lucha. Venga a mi tienda, y le voy mostrar su ropa y algunas cartas que tomé de su persona, el comandante tiene sus despachos.
Él cumplió esa promesa. Me mostró la ropa, que me puse de modo resuelto; las cartas, que puse en mi bolsillo. No hizo objeción, luego me llevó al comandante, que oyó mi historia y le ordenó a Briscoe con frialdad que me llevara al calabozo. Por el camino dije:
-¿Bill Briscoe, usted en realidad y de verdad enterró el cuerpo muerto que encontró con este traje?
-Seguro -respondió-, justo como le dije. Era Dave Duck, el mismo, la mayoría de nosotros lo conocía. Y ahora, maldito impostor, mejor dígame ¿quién es usted?
-Yo daría algo por saberlo -dije.
Una semana después me escapé del calabozo, y salí de la comarca tan rápido como pude. Dos veces he estado de nuevo, buscando ese lugar funesto en las colinas, pero fui incapaz de hallarlo.

Título original: A Man With Two Lives, publicado por primera vez en Cosmopolitan, octubre de 1905, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, When Omens Turn Bad, XX.