jueves, 2 de septiembre de 2010

Parker Adderson, el filósofo


-Prisionero, ¿cuál es su nombre?
-Como voy a perderlo a la luz del día mañana por la mañana, apenas valga la pena ocultarlo. Parker Adderson.
-¿Su rango?
-Uno un tanto humilde; los oficiales comisionados son demasiado preciados, para ser arriesgados en el negocio peligroso del espía. Yo soy sargento.
-¿De qué regimiento?
-Usted debe disculparme; mi respuesta, por todo lo que yo sé, podría darle una idea de qué fuerzas están en su frente. Un conocimiento como ese, es lo que yo vine a sus líneas a obtener, no a impartir.
-Usted no sin agudeza.
-Si tiene la paciencia de esperar, me va a encontrar lo suficiente torpe mañana.
-¿Cómo sabe que va a morir mañana por la mañana?
-Entre los espías capturados por la noche esa es la costumbre. Es una de las agradables observancias de la profesión.
El general puso a un lado la dignidad, apropiada para un oficial confederado de alto rango y amplio renombre, lo bastante como para sonreír. Pero nadie con su poder y fuera de su favor, hubiera extraído algún augurio dichoso de ese externo y visible signo de aprobación. No era ni genial ni infeccioso, no se comunicaba a las otras personas expuestas a éste: el espía atrapado que lo había provocado, y el guardia armado que lo había llevado a la tienda, y que ahora estaba parado un poco apartado, mirando a su prisionero a la luz amarilla de la vela. No era parte del deber de este guerrero sonreír, él había sido destacado para otro propósito. La conversación se reanudó, ésta era en el carácter de un juicio por ofensa capital.
-Usted admite entonces que es un espía, que vino a mi campamento disfrazado como está, con el uniforme de un soldado confederado, para obtener información secreta respecto al número y la disposición de mis tropas.
-Respecto en particular a su número. Su disposición yo ya la sabía. Es morosa.
El general brilló de nuevo; el guardia, con un sentido más severo de su responsabilidad, acentuó la austeridad de su expresión y se paró un poco más erguido que antes. Dándole vueltas y vueltas a su gacho sombrero gris en su dedo índice, el espía hizo un ocioso sondeo de sus alrededores. Éstos eran lo suficiente simples. La tienda era una común “tienda de campaña”, con cerca de ocho por diez pies de dimensión, iluminada por una única vela de sebo clavada en el mango de una bayoneta, que estaba ella misma clavada en una mesa de pino, en la que el general estaba sentado, ahora escribiendo ocupado y, al parecer, olvidado de su visitante no deseoso. Una vieja alfombra andrajosa cubría el suelo terroso; un más viejo baúl de cuero, una segunda silla y un rollo de mantas era, apenas, todo lo demás que la tienda contenía; en el comando confederado del general Clavering, la simplicidad y la pobreza de “pompa y circunstancia” habían alcanzado su más alto desarrollo. De un gran clavo hincado en el poste de la tienda en la entrada, estaba suspendido un cinturón de espada que sostenía un sable largo, una pistola en su funda y, lo suficiente absurdo, un cuchillo de monte. De esa arma muy poco militar venía el hábito del general de explicar, que ésta era un souvenir de los días pacíficos, cuando él era un civil.
Era una noche de tormenta. La lluvia caía a cascada sobre la lona en torrentes, con un sonido apagado, como de tambor, familiar a los moradores de las tiendas. Mientras las ráfagas aullantes cargaban contra ésta, la frágil estructura se sacudía, tambaleaba y tensaba en sus estacas y sogas confines.
El general terminó de escribir, plegó la media hoja de papel y le habló al soldado que cuidaba a Adderson: -Aquí, Tassman, tome esto para el ayudante general, luego regrese.
-¿Y el prisionero, general? -dijo el soldado saludando, con una mirada inquisitiva en dirección del infortunado.
-Haga como yo dije -replicó el oficial con sequedad.
El soldado tomó la nota y se agachó afuera de la tienda. El general Clavering volvió su rostro hermoso hacia el espía federal, lo miró a los ojos no sin amabilidad, y dijo: -Es una mala noche, hombre mío.
-Para mí, sí.
-¿Usted adivina lo que he escrito?
-Algo que vale leer, me atrevo a decir. Y, acaso es mi vanidad, me aventuro a suponer que yo soy mencionado en eso.
-Sí, es el memorando de una orden para ser leída a las tropas en la reveille, concerniente a su ejecución. También algunas notas para la guía del preboste-mariscal, en arreglo de los detalles de ese evento.
-Yo espero, general, que el espectáculo va a ser arreglado de forma inteligente, pues yo mismo voy a asistir.
-¿Tiene usted algunos arreglos por su cuenta, que desee hacer? ¿Desea ver a un capellán, por ejemplo?
-Yo apenas me podría asegurar un descanso más largo para mí mismo, al privarle a él algo del suyo.
-¡Buen Dios, hombre!, ¿usted piensa ir a su muerte sin nada más que bromas en sus labios? ¿Usted sabe que eso es un asunto serio?
-¿Cómo puedo saber eso? Yo nunca he estado muerto en toda mi vida. Yo he oído que la muerte es un asunto serio, pero nunca de alguno de esos que la han experimentado.
El general guardó silencio por un momento, el hombre que lo interesaba, acaso lo divertía, era un tipo no encontrado con anterioridad.
-La muerte -dijo-, es al menos una pérdida, la pérdida de una felicidad como la que tenemos, y de las oportunidades para más.
-Una pérdida, de la que nunca vamos a ser conscientes, puede ser llevada con compostura, y por lo tanto esperada sin aprensión. Usted debe haber observado, general, que de todos los hombres muertos, con los que es su placer de soldado cubrir su senda, ninguno muestra signos de lamento.
-Si el estar muerto no es una condición lamentable, pues el volverse eso, el acto de morir, parece ser claramente desagradable para uno, que no ha perdido el poder de sentir.
-El dolor es desagradable, sin dudas. Yo nunca lo sufro sin más o menos incomodidad. Pero el que vive más está más expuesto a éste. Lo que usted llama morir es, simplemente, el último dolor, realmente, no hay tal cosa como morir. Supongamos, para la ilustración, que yo intento escapar. Usted levanta el revólver que ha ocultado cortésmente en su regazo, y…
El general se ruborizó como una muchacha, luego se rió con suavidad, revelando sus dientes brillantes, hizo una leve inclinación con su hermosa cabeza y no dijo nada. El espía continuó: -Usted dispara, y yo tengo en mi estómago lo que no me tragué. Yo caigo, pero no estoy muerto. Después de media hora de agonía, estoy muerto. Pero en cada instante dado de esa media hora, yo estaba o vivo o muerto. No hay un período de transición.
-Cuando yo esté colgado mañana por la mañana, va a ser bastante lo mismo; mientras esté consciente voy a estar vivo, cuando esté muerto estaré inconsciente. La naturaleza parece haber ordenado el asunto bastante en mi interés, de la manera en que yo debía haberlo ordenado por mí mismo. Es tan simple -agregó con una sonrisa-, que parece, apenas vale la pena ser colgado en absoluto.
Al final de su comentario hubo un largo silencio. El general se sentó impasible, mirando al rostro del hombre, pero al parecer no atento a lo que se había dicho. Era como si sus ojos hubieran montado guardia junto al prisionero, mientras su mente se ocupaba de otros asuntos. De repente soltó un suspiro largo, profundo, se estremeció, como uno despertado de un sueño espantoso, y este hombre de muerte exclamó casi de modo inaudible: -¡La muerte es horrible!
-Fue horrible para nuestros ancestros salvajes -dijo el espía con gravedad-, porque ellos no tuvieron suficiente inteligencia, para disociar la idea de la conciencia de la idea de las formas físicas en que ésta se manifiesta, como un orden aún más bajo de inteligencia que la de los monos; por ejemplo, pueden ser incapaces de imaginar una casa sin habitantes, y al ver una choza arruinada se figuran a un ocupante sufriente. Para nosotros es horrible, porque hemos heredado la tendencia a pensar así, a cuenta de la noción de las teorías salvajes y figuradas del otro mundo, como los nombres de los lugares hacen surgir las leyendas que los explican, y la conducta irracional las filosofías que la justifican. Usted me puede colgar, general, pero su poder de mal termina ahí, usted no me puede condenar al cielo.
El general parecía no haber oído, el habla del espía había vuelto meramente sus pensamientos hacia un canal no familiar, pero ahí estos siguieron su voluntad de modo independiente a sus propias conclusiones. La tormenta había cesado, y algo del espíritu solemne de la noche se había impartido a sus reflexiones, dándoles el tinte sombrío de un espanto sobrenatural. Acaso había un elemento de presciencia en éste. -A mí no me gustaría morir -dijo-, no esta noche.
Fue interrumpido -si, en efecto, había intentado hablar más- por la entrada de un oficial de su personal, el capitán Hasterlick, el preboste-mariscal. Esto lo hizo recordarse de sí mismo, la mirada ausente se alejó de su rostro.
-Capitán -dijo-, reconociendo el saludo del oficial-, este hombre es un espía yanqui capturado dentro de nuestras líneas, con papeles que lo incriminan. Él ha confesado. ¿Cómo está el tiempo?
-La tormenta ha terminado, señor, y la luna brilla.
-Bien, tome una fila de hombres, condúzcalo de una vez a la plaza de armas, y fusílelo.
Un grito agudo brotó de los labios del espía. Se arrojó hacia adelante, alargó su cuello, amplió sus ojos, apretó sus manos.
-¡Buen Dios -gritó de forma, casi inarticulada-, usted no piensa eso! Usted se olvida, yo no voy a morir hasta la mañana.
-Yo no he dicho nada de la mañana -replicó el general con frialdad-, eso fue una asunción por su cuenta. Usted muere ahora.
-Pero, general, yo le ruego, le imploro que recuerde, ¡a mí me van a colgar! Va a tomar algún tiempo levantar la horca, dos horas, una hora. Los espías son colgados, yo tengo derechos bajo la ley militar. Por el amor del cielo, general, considere qué corto…
-Capitán, observe mis directivas…
El oficial sacó su espada y, fijando los ojos en el prisionero, apuntó en silencio a la abertura de la tienda. El prisionero vaciló, el oficial lo agarró por el cuello y lo empujó con suavidad hacia adelante. Al aproximarse al poste de la tienda, el hombre frenético saltó a éste y, con la agilidad de un gato, aferró el mango del cuchillo de monte, arrancó el arma de la vaina y, empujando al capitán a un lado, brincó sobre el general con la furia de un loco, lanzándolo al terreno y cayendo de cabeza sobre él mientras caía. La mesa fue volcada, la vela apagada y pelearon a ciegas en la oscuridad. El preboste-mariscal saltó en asistencia de su oficial superior, y fue postrado sobre las formas que luchaban. Las maldiciones y los gritos inarticulados de rabia y dolor venían del tumulto de miembros y cuerpos; la tienda se vino abajo sobre éstos, y la lucha siguió debajo de sus pliegues obstructores y envolventes. El soldado Tassman, al retornar de su encargo y conjeturar la situación vagamente, arrojó su rifle y, echando mano de la lona volante a la ventura, trató en vano de arrastrarla fuera de los hombres bajo ésta; y el centinela, que se paseaba arriba y abajo enfrente, sin atreverse a dejar su ronda aunque el cielo se cayera, descargó su rifle. La detonación alarmó al campamento, los tambores tocaron el redoble largo y las cornetas llamaron a asamblea, trayendo enjambres de hombres medio vestidos a la luz de la luna, que se vestían mientras corrían y caían en la línea bajo los agudos comandos de sus oficiales. Eso era bueno; al estar en la línea los hombres estaban bajo control; se pusieron en armas, mientras que el personal del general y los hombres de su escolta ponían orden en la confusión, levantando la tienda caída y poniendo aparte a los actores jadeantes y sangrantes de esa extraña contienda.
Jadeante, en efecto, había uno: el capitán estaba muerto; el mango del cuchillo de monte, que sobresalía de su garganta, fue presionado de nuevo, debajo de su barbilla, hasta que la punta había atrapado el ángulo de la mandíbula, y la mano que asestó el golpe había sido incapaz de remover el arma. En la mano del hombre muerto estaba su espada, apretada con un pulso que desafiaba la fuerza de los vivos. Su hoja estaba veteada de rojo hasta el puño.
Puesto de pie, el general cayó de nuevo a la tierra con un gemido y se desmayó. Además de las contusiones tenía dos heridas de espada, una a través del muslo, la otra a través del hombro.
El espía había sufrido el menor daño. Aparte del brazo derecho partido, sus heridas eran tan sólo, como en las que podía haber incurrido en un combate ordinario con unas armas naturales. Pero estaba aturdido y parecía saber apenas lo que había ocurrido. Se apartó de los que lo asistían, se encogió en el terreno y emitió reprensiones ininteligibles. Su rostro, hinchado por los golpes y manchado con gotas de sangre, no obstante, se mostraba blanco debajo de su cabello desgreñado, tan blanco como el de un cadáver.
-El hombre no está insano -dijo el cirujano, preparando los vendajes y replicando a una pregunta-, está sufriendo por el susto. ¿Quién y qué es él?
El soldado Tassman empezó a explicar. Era la oportunidad de su vida, no omitió nada que pudiera acentuar, de algún modo, la importancia de su propia relación con los sucesos de la noche. Cuando hubo terminado su historia, y estaba listo para empezarla de nuevo, nadie le prestó ninguna atención.
El general ahora había recobrado la conciencia. Se alzó sobre un codo, miró a su alrededor y, viendo al espía agachado junto a una fogata, cuidado, dijo simplemente:
-Lleven a ese hombre a la plaza de armas y fusílenlo.
-La mente del general divaga -dijo un oficial parado cerca.
-Su mente no divaga -dijo el ayudante general-. Yo tengo un memorando de él sobre ese negocio, le había dado esa misma orden a Hasterlick -con un movimiento de la mano hacia el preboste-mariscal muerto-, ¡y por Dios!, va a ser ejecutado.
Diez minutos más tarde el sargento Parker Adderson, del ejército federal, filósofo y agudo, arrodillado a la luz de la luna y rogando por su vida de forma incoherente, fue muerto a tiros por veinte hombres. Mientras la descarga resonaba en el aire aguzado de la medianoche, el general Clavering, yaciente blanco y quieto al resplandor rojizo de la fogata, abrió sus grandes ojos azules, miró con afabilidad a los que lo rodeaban y dijo: -¡Qué silencioso está todo!
El cirujano miró al ayudante general, de modo grave y significativo. Los ojos del paciente se cerraron con lentitud, y yació así por unos momentos; luego, por su rostro se difundió una sonrisa de inefable dulzura, dijo débilmente: -Yo supongo que esto debe ser la muerte -y así murió.

Título original: Parker Adderson, Philosopher, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, febrero de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Künstler, The Loneliness of Command, XX.