sábado, 11 de septiembre de 2010

La casa del fantasma


En el camino que conduce al norte desde Manchester, en el Kentucky oriental, hacia Booneville, a veinte millas de distancia, se alzaba en 1862 la casa de madera de una plantación, de una calidad un tanto mejor que la mayoría de las viviendas en esa región. La casa fue destruida por el fuego al año siguiente; probablemente, por algunos rezagados de la columna en retirada del general George W. Morgan, cuando éste fue impelido desde la brecha Cumberland hacia el río Ohio por el general Kirby Smith. En el momento de su destrucción, ésta había estado vacante por cuatro o cinco años. Los campos alrededor estaban cubiertos de zarzas, las vallas perdidas, incluso los pocos cuarteles de negros y las casetas en general, caídos en la ruina en parte por el descuido y el pillaje, pues los negros y los blancos pobres de la vecindad, hallaban en el edificio y las vallas una abundante oferta de combustible, de la que se valían sin vacilación, abiertamente y a la luz del día. A la luz del día solamente, después del anochecer ningún ser humano, excepto los extraños pasantes, iba incluso cerca del lugar.
Era conocida como la “casa del fantasma”. De que estaba habitada por espíritus malignos, de forma visible, audible y activa, nadie en toda esa región dudaba más, de lo que dudaba le decía los domingos el predicador viajero. La opinión de su dueño sobre el asunto era desconocida, él y su familia habían desaparecido una noche, y ni un rastro de ellos había sido encontrado jamás. Ellos lo dejaron todo, los bienes caseros, la ropa, las provisiones, los caballos en el establo, las vacas en el campo, los negros en los cuarteles, todo como estaba; nada se había perdido, ¡excepto un hombre, una mujer, tres muchachas, un muchacho y un bebé! No era sorprendente por completo que una plantación, donde siete seres humanos pudieran ser borrados de modo simultáneo, y nadie se enterara, debiera estar bajo alguna sospecha.
Una noche de junio de 1859 dos ciudadanos de Francfort, el cor. J.C. McArdle, un abogado y el juez Myron Veigh, de la milicia estatal, conducían desde Booneville hacia Manchester. Su negocio era tan importante que decidieron seguir adelante, a despecho de la oscuridad y los murmullos de la tormenta que se aproximaba, que estalló eventualmente sobre ellos justo, cuando arribaban en oposición a la “casa del fantasma”. Los relámpagos eran tan incesantes, que hallaron su camino fácilmente a través del portón hacia un cobertizo, donde amarraron y le quitaron los arneses a su tiro. Luego fueron a la casa, a través de la lluvia, y tocaron en todas las puertas sin obtener alguna respuesta. Atribuyendo eso al alboroto continuo de los truenos, empujaron una de las puertas, que cedió. Entraron sin más ceremonia y cerraron la puerta. En ese instante estaban en la oscuridad y el silencio. Ni un destello del incesante fulgor de los relámpagos penetraba por las ventanas o las rendijas, ni un susurro del tumulto horrendo los alcanzaba allí. Era como si hubieran sido, súbitamente, golpeados por la ceguera y la sordera, y McArdle dijo después que, por un momento, creyó haber sido muerto por el golpe de un rayo, mientras cruzaba el umbral. El resto de esta aventura bien puede ser relatada en las propias palabras, del abogado de Francfort del 6 de agosto de 1876:
“Cuando me hube recobrado un tanto del efecto aturdidor de la transición del alboroto al silencio, mi primer impulso fue volver a abrir la puerta que había cerrado, y con el pomo, del que yo no era consciente de haber retirado mi mano; lo sentía aún claramente en el cierre de mis dedos. Mi idea era averiguar, al caminar bajo la tormenta de nuevo, si había sido privado de la vista y el oído. Giré el pomo de la puerta y abrí la puerta de un tirón. ¡Ésta conducía a otra habitación!
Ese apartamento estaba bañado de una tenue luz verdosa, cuya fuente yo no podía determinar, que hacía cada cosa claramente visible, aunque nada estaba definido con agudeza. Cada cosa, digo, pero en verdad los únicos objetos, dentro de las paredes de piedra en blanco de la habitación, eran unos cadáveres humanos. De número eran acaso ocho o diez, bien se puede entender que yo en verdad no los conté. Eran de edades, o más bien de tamaños diferentes, desde la infancia en adelante, y de ambos sexos. Todos estaban postrados en el suelo, excepto uno, al parecer una mujer joven que estaba sentada, con la espalda apoyada en un ángulo de la pared. Un bebé estaba encerrado en los brazos de otra mujer más vieja. Un chico medio crecido yacía boca abajo, sobre las piernas de un hombre de barba completa. Uno o dos estaban casi desnudos, y la mano de una muchacha joven sostenía el fragmento de un vestido, que ella se había roto y abierto en el pecho. Los cuerpos estaban en diversos estados de descomposición, todos bastante consumidos de rostro y figura. Algunos eran poco más que esqueletos.
Mientras yo estaba parado, estupefacto de horror por ese espectáculo espeluznante, y mantenía aún la puerta abierta, mi atención, por alguna inexplicable perversidad, fue desviada de la escena chocante y ocupada en sí con naderías y detalles. Acaso mi mente, con un instinto de auto-conservación, buscaba alivio en asuntos que hubieran relajado su peligrosa tensión. Entre otras cosas observé que la puerta, que mantenía abierta, era de unas placas de hierro pesado, remachado. Equidistante uno de otro y desde arriba hasta abajo, tres fuertes cerrojos sobresalían del borde biselado. Yo giré el pomo y éstos se retiraron al ras del borde, lo liberé y se dispararon. Era una cerradura de resorte. En el interior no había un pomo, ni algún tipo de proyección, era una lisa superficie de hierro.
Mientras notaba esas cosas con un interés y atención que ahora me asombran al recordar, me sentí impelido a un lado, y el juez Veigh, a quien en la intensidad y las vicisitudes de mis sensaciones yo había olvidado por completo, fue empujado por mí a la habitación. -¡Por el amor de Dios -grité-, no vaya ahí! ¡Vamos a irnos de este lugar espantoso!
Él no hizo caso de mis súplicas, sino (tan intrépido como un caballero que vive en el Sur) caminó con rapidez al centro de la habitación, se arrodilló junto a uno de los cuerpos para un examen más cercano, y levantó con ternura su cabeza negruzca y arrugada en sus manos. Un olor fuerte y desagradable llegó hasta la puerta, y se apoderó de mí por completo. Mis sentidos vacilaron, sentí que me caía y, al agarrar el borde de la puerta en busca de apoyo, ¡la cerré de un empujón con un agudo chasquido!
Yo no recuerdo más: seis semanas más tarde recobré mi razón en un hotel de Manchester, a donde había sido llevado por unos extraños al día siguiente. En todas esas semanas había sufrido una fiebre nerviosa, asistida por un delirio constante. Yo había sido encontrado yaciendo en el camino a varias millas de la casa, ¿pero cómo me había escapado de ésta para llegar allí?, nunca lo supe. Al recobrarme, o tan pronto como mis médicos me permitieron hablar, pregunté por el destino del juez Veigh, a quien (para serenarme, como yo ahora sé) presentaron como que estaba bien y en su hogar.
Nadie creyó una palabra de mi historia, ¿y quién se puede extrañar? ¿Y quién puede imaginar mi dolor cuando, al arribar a mi casa en Francfort dos meses más tarde, me enteré de que nunca se había oído del juez Veigh desde esa noche? Yo entonces lamenté con amargura el orgullo que, desde los primeros pocos días después de recobrar mi razón, me había prohibido repetir mi historia desacreditada e insistir en su verdad.
Con todo lo que ocurrió después -el examen de la casa, el fracaso en encontrar alguna habitación que correspondiera a la que yo había descrito, el intento de haberme juzgado insano y mi triunfo sobre mis acusadores- los lectores de El abogado están familiarizados. Después de todos estos años yo aún confío en que las excavaciones, que no tengo ni el derecho legal de emprender ni el caudal para hacer, revelarían el secreto de la desaparición de mi desdichado amigo y, posiblemente, de los anteriores ocupantes y dueños de la casa desierta y ahora destruida. Yo no desespero en realizar aún tal búsqueda, y es una fuente de dolor profundo para mí que ésta se ha retrasado por la hostilidad inmerecida, y la incredulidad imprudente de la familia y los amigos del finado juez Veigh."
El coronel McArdle murió en Frankfort el día trece de diciembre, en el año 1879.

Título original: The Spook House, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Flickr, The haunted house, XXI.