lunes, 30 de agosto de 2010

Un jinete en el cielo

I

Una tarde soleada del otoño de 1861 un soldado yacía en un boscaje de laureles, al costado de un camino en la Virginia oeste. Éste yacía sobre su estómago en toda su longitud, los pies descansando sobre los dedos, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo. Su extendida mano derecha agarraba un rifle vagamente. Pero por la disposición un tanto metódica de sus miembros, y el ligero movimiento rítmico de la cartuchera detrás de su cinturón, se podía haber pensado que estaba muerto. Se había quedado dormido en su puesto de deber. Pero si fuera detectado estaría muerto poco después, siendo la muerte la pena justa y legal de su crimen.
El boscaje de laureles en que el criminal yacía estaba en el ángulo de un camino que, después de ascender al sur, en una abrupta asunción a ese punto, se volvía agudamente al oeste, corriendo a lo largo de la cumbre por, acaso, cien yardas. Ahí se volvía al sur de nuevo, e iba zigzagueando hacia abajo por la foresta. En el saliente de ese segundo ángulo había una gran roca plana, que sobresalía al norte, dominando el valle profundo del que el camino ascendía. La roca remataba un alto acantilado; una piedra tirada desde su borde exterior habría caído en picada hacia abajo mil pies, hasta las copas de los pinos. El ángulo en que el soldado yacía estaba en otro espolón del mismo acantilado. Si hubiera estado despierto, habría tenido una vista no sólo del corto brazo del camino y la roca que sobresalía, sino también del perfil entero del acantilado debajo de éste. Podía bien haberle dado vértigo mirar.
La comarca era boscosa en todas partes, excepto en el fondo del valle al norte, donde había una menuda pradera natural, por la que fluía una corriente apenas visible desde el borde del valle. Ese campo abierto parecía, apenas, más grande que un ordinario patio de leñas, pero era realmente de varios acres de extensión. Su verde era más vívido que el de la foresta que lo rodeaba. Lejos más allá de éste se levantaba una línea de acantilados gigantes similares a esos, en los que se suponía estábamos parados en nuestro sondeo de la escena salvaje, y por la que el camino había hecho de algún modo su trepada a la cumbre. La configuración del valle en efecto era tal, que desde ese punto de observación parecía cerrado por entero, y uno podía haberse preguntado cómo un camino, que encontró una manera de salir de éste, había encontrado una manera de entrar, y de dónde venían y a dónde iban las aguas de la corriente, que partía la pradera a más de mil pies debajo.
Ninguna comarca era tan salvaje y difícil, pero los hombres la harían un teatro de la guerra; ocultos en la foresta, en el fondo de esa militar trampa de ratas, en la que medio centenar de hombres en posesión de las salidas podría haber hambreado a un ejército hasta la sumisión, yacían cinco regimientos de la infantería federal. Habían marchado todo el día y la noche anterior, y estaban descansando. Al anochecer hubieran tomado el camino de nuevo, trepado hasta el lugar donde el infiel centinela dormía ahora, descendido por la otra ladera de la cresta, y caído sobre el campamento del enemigo cerca de la medianoche. Su esperanza era sorprenderlo, pues el camino llevaba a la retaguardia de éste. En caso de fracasar, su posición sería peligrosa en extremo, y deberían seguramente fracasar, informado el enemigo del movimiento por accidente o vigilancia.

II

El centinela dormido en el boscaje de laureles era un joven virginiano llamado Carter Druse. Era hijo de padres acaudalados, hijo único, y había conocido tanta facilidad, cultivación y alta vida, como el caudal y el gusto eran capaces de disponer en la comarca montañosa de la Virginia oeste. Su hogar estaba sólo a unas pocas millas de donde yacía ahora. Una mañana se había levantado de la mesa del desayuno, y dicho tranquilo pero con gravedad: -Padre, un regimiento de la Unión ha arribado a Grafton. Yo me voy a unir a éste.
El padre elevó su cabeza leonina, miró al hijo un momento en silencio, y replicó: -Bueno, vaya, señor, y a pesar de lo que pueda ocurrir, haga lo que conciba sea su deber. Virginia, para la que es un traidor, debe lograrlo sin usted. Si ambos debemos vivir hasta el fin de la guerra, vamos a hablar más del asunto. Su madre, como el médico le ha informado, está en la condición más crítica; en lo mejor, no puede estar con nosotros más tiempo que unas pocas semanas, pero ese tiempo es precioso. Sería mejor no disturbarla.
Así Carter Druse, inclinándose con reverencia hacia su padre, quien le devolvió el saludo con una cortesía señorial que enmascaraba un corazón partido, dejó el hogar de su infancia para ir de soldado. Por la conciencia y el coraje, por las acciones de devoción e intrepidez pronto se comendó a sus colegas y sus oficiales; y era a esas cualidades, y a algún conocimiento de la comarca que él debía su selección para su presente, peligroso deber en un puesto extremo. No obstante, la fatiga había sido más fuerte que la resolución, y se había quedado dormido. ¿Qué ángel bueno o malo vino en el sueño para despertarlo de su estado criminal, quién lo podía decir? Sin un movimiento, sin un sonido, en el silencio profundo y la languidez del atardecer, algún invisible mensajero del destino tocó con un dedo desellado los ojos de su conciencia, le susurró al oído de su espíritu la misteriosa palabra del despertar, que unos labios humanos nunca han dicho, ni una memoria humana nunca ha recordado. Él empinó tranquilo la frente desde su brazo, y miró entre los tallos de los laureles que lo enmascaraban, cerrando su mano derecha por instinto sobre la caja de su rifle.
Su primera sensación fue un agudo deleite artístico. En un pedestal colosal, el acantilado, inmóvil en el borde extremo de la roca que remataba y se delineaba agudamente contra el cielo, había una estatua ecuestre de impresionante dignidad. La figura de un hombre sentado en la figura de un caballo, recta y de soldado, pero con el reposo de un dios griego tallado en mármol, que limitaba la sugerencia de actividad. El traje gris armonizaba con su fondo aéreo, el metal de los pertrechos y el caparazón estaban suavizados y apagados por la sombra, la piel del animal no tenía puntos de luz alta. Una carabina escorzada de modo sorprendente yacía sobre el pomo de la montura, mantenida en el lugar por una mano derecha que la agarraba por el “mango”; la mano izquierda, teniendo la rienda de la brida, era invisible. En silueta contra el cielo, el perfil del caballo estaba cortado con la agudeza de un camafeo; éste miraba a través de las alturas del aire a los acantilados que lo enfrentaban más allá. El rostro del jinete se volvió con levedad, mostró sólo el contorno de la sien y la barba, estaba mirando abajo, al fondo del valle. Magnificada por su elevación contra el cielo, y por el sentido del soldado que atestiguaba lo formidable de un enemigo cercano, el grupo parecía de un tamaño heroico, casi colosal.
Por un instante Druse tuvo la sensación extraña, medio definida de que había dormido hasta el fin de la guerra, y estaba mirando una noble obra de arte erigida en esa eminencia, para conmemorar las acciones de un pasado heroico del que había sido una parte ingloriosa. La sensación fue disipada por un ligero movimiento del grupo: el caballo, sin mover las patas, había arrastrado su cuerpo levemente atrás desde el borde, el hombre permaneció inmóvil como antes. Muy despierto y avivado agudamente ante el significado de la situación, Druse ahora se llevó la culata del rifle contra la mejilla, al empujar el cañón hacia adelante con cautela, a través de los arbustos; martilló la pieza y, mirando por la mirilla, cubrió un sitio vital del pecho del jinete. Un toque en el gatillo, y todo habría estado bien para Carter Druse. En ese instante el jinete volvió la cabeza y miró en la dirección de su enemigo oculto, pareció mirarle al mismo rostro, a los ojos, a su corazón valiente, compasivo.
¿Era entonces tan terrible matar a un enemigo en la guerra, a un enemigo que había sorprendido un secreto vital para la seguridad de uno mismo y de los camaradas, de un enemigo más formidable por su conocimiento que todo su ejército por el número? Carter Druse se puso pálido, cada miembro se le sacudió, se tornó débil, y vio al grupo escultural ante él como unas figuras negras subiendo, cayendo, moviéndose inestables en arcos de círculos en un cielo fogoso. Su mano cayó lejos de su arma, su cabeza se tiró con lentitud hasta que su rostro descansó en las hojas en que yacía. Este caballero corajudo y soldado robusto estuvo cerca del desmayo por la intensidad de la emoción.
No fue por mucho tiempo, en otro momento su rostro se empinó desde la tierra, sus manos reasumieron sus lugares en el rifle, su dedo índice buscó el gatillo; la mente, el corazón y los ojos estaban claros, la conciencia y la razón sanas. Él no podía esperar capturar a ese enemigo, alarmarlo sólo sería enviarlo volando a su campamento con su fatal noticia. El deber del soldado era pleno: el hombre debía ser muerto por el disparo de una emboscada, sin aviso, sin una preparación espiritual momentánea, nunca sin tanto como una plegaria no dicha, debía ser enviado a rendir su cuenta. Pero no, había una esperanza, él podía no haber descubierto nada, acaso sólo estaba admirando lo sublime del paisaje. Si se lo permitían, se podía volver y cabalgar lejos con descuido, en la dirección de donde había venido. Seguramente, sería posible juzgar en el instante de su retirada si sabía. Podía ser bien que la fijación de la atención… Druse volvió la cabeza y miró a través de lo profundo del aire abajo, como desde la superficie hacia el fondo de un mar traslúcido. Vio una línea sinuosa de figuras de hombres y caballos que se arrastraba por la pradera verde, algún comandante estúpido le permitía a los soldados de su escolta abrevar a sus bestias en el claro, ¡a plena vista de una docena de cumbres!
Druse retiró los ojos del valle, y los fijó de nuevo en el grupo del hombre y el caballo en el cielo, y fue de nuevo por la mirilla de su rifle. Pero esta vez estaba apuntando al caballo. En su memoria, como si fueran un mandato divino, vibraron las palabras de su padre en su partida: “A pesar de lo que pueda ocurrir, haga lo que conciba sea su deber.” Estaba calmado ahora. Sus dientes estaban cerrados con firmeza, pero no con rigidez; sus nervios estaban tan tranquilos como los de un bebé dormido, ningún temblor afectaba ningún músculo de su cuerpo; su respiración, hasta que se suspendió en el acto de tomar puntería, era regular y lenta. El deber lo había conquistado, el espíritu le había dicho al cuerpo: “Paz, está quieto”. Disparó.

III

Un oficial de la fuerza federal que, con un espíritu de aventura o en busca de conocimiento, había dejado el bivouac escondido en el valle, y con unos pies sin objetivo se había abierto camino, hasta el borde inferior de un menudo espacio abierto al pie del acantilado, estaba considerando qué tenía de ganar si llevaba su exploración más lejos. A una distancia de un cuarto de milla delante de él, pero al parecer a un tiro de piedra, se levantaba de su franja de pinos el gigante rostro de una roca, elevándose a tan gran altura por encima de él, que le dio vértigo mirar arriba, hasta donde su borde se cortaba en una línea aguda, áspera contra el cielo. Ésta presentaba un perfil limpio, vertical contra un fondo de cielo azul hasta un punto medio camino abajo, y desde las colinas distantes, apenas menos azules, hasta las copas de los árboles en su base. Elevando los ojos a la altitud vertiginosa de su cumbre, el oficial tuvo una vista asombrosa, ¡un hombre montado a caballo cabalgando abajo, hacia el valle por el aire!
El jinete estaba sentado recto, derecho, a la moda militar, con un asiento firme en la montura, un agarre fuerte de la rienda, para contener a su cargador de una sumersión demasiado impetuosa. Desde su cabeza descubierta su largo cabello corría arriba, ondeando como una pluma. Sus manos estaban ocultas en la nube de las crines elevadas del caballo. El cuerpo del animal estaba tan nivelado, como si cada golpe de sus cascos encontrara una tierra resistente. Sus movimientos eran los de un galope salvaje, e incluso mientras el oficial miraba estos cesaron, con todas las patas lanzadas agudamente hacia adelante, como en el acto de apearse de un salto. ¡Pero era un vuelo!
Lleno de asombro y terror por esa aparición de un jinete en el cielo, medio creyéndose el escriba elegido de algún nuevo Apocalipsis, el oficial fue superado por la intensidad de sus emociones, sus piernas le fallaron y cayó. Casi al mismo instante oyó un sonido de estruendo en los árboles -un sonido que murió sin eco-, y todo estuvo quieto.
El oficial se puso de pie, temblando. La sensación familiar de su canilla abrasada recuperó sus facultades aturdidas. Recobrando la calma, corrió rápido oblicuamente, lejos del acantilado a un punto distante de su pie; por allí esperaba encontrar a su hombre, y por allí, naturalmente, fracasó. En el instante fugaz de su visión, su imaginación había sido tan conmovida por la gracia aparente, la facilidad y la intención de la actuación maravillosa, que no se le ocurrió que la línea de marcha de la caballería aérea era directa abajo, y que él podía encontrar los objetos de su búsqueda al mismo pie del acantilado. Una media hora más tarde retornó al campamento.
Este oficial era un hombre sabio, no sabía nada mejor que contar una verdad increíble. No dijo nada de lo que había visto. Pero cuando el comandante le preguntó, si en su búsqueda se había enterado de algo ventajoso para la expedición, respondió:
-Sí, señor, no hay camino que lleve abajo, hacia ese valle desde el sur.
El comandante, sabiendo algo mejor, sonrió.
IV

Después de hacer su disparo, el soldado Carter Druse recargó su rifle y reasumió su vigilancia. Diez minutos habían pasado apenas, cuando un sargento federal se arrastró hacia él con cautela, con las manos y las rodillas. Druse no volvió la cabeza ni lo miró, sino yació sin moverse o signo de reconocer.
-¿Usted disparó? -susurró el sargento.
-Sí.
-¿A qué?
-A un caballo. Estaba parado en la roca de ahí, bastante lejos. Usted ve que no está más allí. Se fue por el acantilado.
El rostro del hombre estaba blanco, pero no mostraba otro signo de emoción. Habiendo respondido, volvió sus ojos aparte y no dijo nada más. El sargento no entendía.
-Mire aquí, Druse -dijo, tras un momento de silencio-, no tiene caso hacer un misterio. Yo le ordeno que reporte. ¿Había alguien en el caballo?
-Sí.
-¿Bueno?
-Mi padre.
El sargento se puso de pie y se fue caminando. -¡Dios, Dios! -dijo.

Título original: A Horseman in the Sky, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, abril de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, After the Dust Storm, XX.