domingo, 15 de agosto de 2010

Los hechos de la noche en Deadman


Una historia que es incierta

Era una noche singularmente aguda, y clara como el corazón de un diamante. Las noches claras tienen la treta de ser aguzadas. En la oscuridad uno puede sentir frío y no saberlo, cuando uno lo ve lo sufre. Esa noche era lo suficiente brillante para morder como una serpiente. La luna se estaba moviendo de modo misterioso detrás de los pinos gigantes que coronaban la Montaña del sur, sacando un frío destello en la nieve costrosa, y marcando contra el oeste negro los contornos fantasmales de la Cordillera de la costa, más allá de la que yacía el Pacífico invisible. La nieve se había apilado en los espacios abiertos, a lo largo del fondo de la quebrada, en largas crestas que semejaban levantarse, y que en las colinas parecían arrojar y esparcir una aspersión. La aspersión era la luz del sol reflejada dos veces: lanzada una vez desde la luna, una vez desde la nieve.
En esa nieve muchas de las chozas del campamento minero abandonado se habían borrado, (un marinero podría haber dicho que se habían hundido), y con intervalos irregulares ésta había rebasado los altos caballetes que alguna vez habían soportado un río llamado canal, pues, por supuesto, “canal” era flumen1. Entre las ventajas de que las montañas no podían privar a los buscadores de oro, estaba el privilegio de hablar en latín. Éste decía de su vecino muerto “se ha ido por el canal.” Eso no era una mala forma de decir “su vida ha retornado a la fuente de la vida.”
Mientras se ponía su armadura contra los asaltos del viento, esa nieve no había descuidado ni una esquina de ventaja. La nieve perseguida por el viento no era desigual por completo a un ejército en retirada. En el campo abierto se alineaba en filas y batallones, donde podía conseguir un pie firme hacía una parada, donde podía ponerse a cubierto hacía eso. Uno podía ver pelotones de nieve completos encogidos detrás de una pared algo quebrada. El viejo camino desviado, talado en el flanco de la montaña, estaba lleno de ésta. Escuadrón por escuadrón había luchado para escapar por esa línea, cuando la persecución había cesado de súbito. Un sitio más desolado y lúgubre que la quebrada de Deadman en una medianoche de invierno, era imposible de imaginar. Pero el sr. Hiram Beeson había elegido vivir allí, era su único habitante.
Lejos, arriba del flanco de la Montaña del norte, su pequeña choza de troncos de pino proyectaba, desde su único panel de cristal, un haz de luz largo, delgado, y no parecía desigual por entero a un escarabajo negro, fijado en la ladera con un alfiler nuevo y brillante. Dentro de ésta estaba sentado el mismo sr. Beeson, ante un fuego rugiente, mirando fijamente su corazón caliente, como si nunca antes hubiera visto una cosa así en toda su vida. No era un hombre apuesto. Era gris, de atuendo andrajoso y desaliñado, su rostro estaba pálido y demacrado, sus ojos demasiado brillantes. En cuanto a su edad, si uno hubiera intentado adivinarla, podría haber dicho cuarenta y siete, luego se corregía y decía setenta y cuatro. Tenía realmente veintiocho. Estaba escuálido; tan mucho, acaso, como se atrevía a estarlo con un empresario fúnebre necesitado en Bentley’s Flat, y un forense nuevo y emprendedor en Sonora. La pobreza y el celo eran la piedra superior e inferior del molino. Era peligroso ser un tercero en ese tipo de sandwich.
Mientras el sr. Beeson estaba sentado allí, con sus codos rotos sobre sus rodillas rotas, su mandíbula flaca enterrada en sus manos flacas, y sin una aparente intención de ir a la cama, parecía como si al menor movimiento se caería en pedazos. Pero durante la última hora había parpadeado no menos de tres veces.
Hubo un golpear agudo en la puerta. Un golpe a esa hora de la noche y con ese tiempo, podía haber sorprendido a un mortal ordinario, que había vivido dos años en la quebrada sin ver un rostro humano, y no podía dejar de saber que la comarca era impasable, pero el sr. Beeson ni hizo tanto como apartar los ojos de los carbones. E incluso cuando la puerta se abrió empujada, sólo se encogió un poco más en sí mismo, como hace uno que está esperando algo que preferiría no ver. Uno podía observar ese movimiento en las mujeres cuando, en una capilla mortuoria, el ataúd era portado por el pasillo detrás de ellas.
Pero cuando un viejo alto, con un abrigo de manta, su cabeza envuelta con un pañuelo y su rostro casi entero con una bufanda, llevando unas gafas verdes y con una tez de radiante blancura donde se podía ver, irrumpió en silencio en la habitación, poniendo una mano dura, enguantada en el hombro del sr. Beeson, el último se olvidó tanto de sí mismo, como para mirar arriba con una apariencia de no menudo asombro; a quienquiera que pudiera haber estado esperando, evidentemente, no había contado con recibir a nadie así. No obstante, la visión de ese visitante inesperado produjo en el sr. Beeson la siguiente secuencia: un sentimiento de asombro, una sensación de satisfacción, un sentimiento de profunda, buena voluntad. Levantándose de su asiento, tomó la mano nudosa de su hombro, y la sacudió arriba y abajo con un fervor bastante inexplicable, pues en el aspecto del viejo no había nada que atrajera, y mucho que repelía. Sin embargo, la atracción es una propiedad demasiado general como para que la repulsión sea sin ésta. El objeto más atractivo del mundo es el rostro que cubrimos con un paño por instinto. Cuando se vuelve aún más atractivo, fascinante, ponemos siete pies de tierra arriba de éste.
-Señor -dijo el sr. Beeson, liberando la mano del viejo, que cayó pasiva sobre su muslo con un clack tranquilo-, es una noche desagradable en extremo. Le ruego que se siente, yo me alegro mucho de verlo.
El sr. Beeson hablaba con un aire de buena crianza, que uno apenas habría esperado al considerar todas las cosas. En efecto, el contraste entre su apariencia y sus maneras era lo suficiente sorpresivo, como para ser uno de los fenómenos sociales más comunes en las minas. El viejo dio un paso hacia el fuego, que brillaba en las gafas verdes de forma cavernosa. El sr. Beeson reanudó:
-¡Usted apueste su vida a que soy yo!
La elegancia del sr. Beeson no era demasiado refinada, había hecho concesiones razonables al gusto local. Se detuvo un momento, dejando caer sus ojos desde la cabeza con bufanda de su visitante, a lo largo de la hilera de botones mohosos que confinaban el abrigo de manta, hacia las botas verdosas de piel vacuna empolvadas de nieve, que había empezado a derretirse y corría a lo largo del suelo en pequeños arroyuelos. Hizo un inventario de su visitante, y pareció satisfecho. ¿Quién no lo hubiera estado? Luego continuó:
-La alegría que yo puedo ofrecerle, por desgracia, es conforme a mis alrededores; pero yo me voy considerar muy favorecido, si es su placer participar de éste, en lugar de buscar uno mejor en Bentley’s Flat.
Con un singular refinamiento de la humildad hospitalaria, el sr. Beeson hablaba como si una estancia en su cabaña cálida en una noche como ésa, comparado con caminar catorce millas con la nieve hasta la garganta, con una costra cortante, fuera una privación intolerable. A modo de réplica, su visitante se desabrochó el abrigo de manta. El anfitrión puso combustible fresco en el fuego, barrió el hogar con la cola de un lobo, y agregó:
-Pero yo creo sería mejor que usted se largara.
El viejo tomó asiento junto al fuego, poniendo sus suelas anchas al calor sin quitarse el sombrero. En las minas el sombrero se lo quitaban raramente, excepto cuando lo hacían con las botas. Sin más comentario, el sr. Beeson se sentó asimismo en una silla que había sido un barril, y que, reteniendo mucho de su carácter original, parecía haber sido diseñada con vistas a preservar sus cenizas, si a él le complaciera desmoronarse. Por un momento hubo silencio; luego, desde algún lugar entre los pinos, llegó el gruñoso aullido de un coyote, y de forma simultánea la puerta crujió en su marco. No había otra conexión entre los dos incidentes, de la que el coyote tenía aversión a las tormentas y el viento se estaba alzando, pero pareció de algún modo una suerte de conspiración sobrenatural entre los dos, y el sr. Beeson se estremeció con una vaga sensación de terror. Se recobró en un momento y se dirigió de nuevo a su visitante.
-Hay hechos extraños aquí. Yo se lo diré todo, y luego, si usted decide ir, espero que lo voy a acompañar en lo peor del camino; tan lejos, hasta donde Baldy Peterson le disparó a Ben Hike, yo me atrevo a decir que usted conoce el lugar.
El viejo asintió con la cabeza de forma enfática, como insinuando no meramente que lo conocía, sino que lo conocía en efecto.
-Hace dos años -empezó el sr. Beeson-, yo, con dos compañeros, ocupamos esta casa, pero cuando ocurrió la fiebre de Flat nos fuimos, junto con el resto. En diez horas la quebrada estaba desierta. Esa noche, sin embargo, descubrí que había dejado detrás una pistola valiosa (ahí está), y regresé por ella, pasé la noche aquí solo, como he pasado todas las noches desde entonces. Yo debo explicar que unos días antes de irnos, nuestro doméstico chino tuvo la desgracia de morirse, y el terreno estaba helado tan duro, que fue imposible cavarle una tumba al modo usual. Así, el día de nuestra partida apurada, cortamos el suelo ahí, y le dimos el entierro que pudimos. Pero antes de ponerlo abajo, yo tuve el extremo mal gusto de cortarle la coleta, y clavarla en esa viga arriba de su tumba, donde usted la puede ver en este momento, o, preferiblemente, cuando el calor le haya dado tiempo libre para la observación.
-Yo declaré, ¿no lo hice?, que al chino le llegó la muerte por causas naturales. Yo, por supuesto, no tenía nada que ver con eso, y regresé no por una atracción irresistible, o una fascinación morbosa, sino sólo porque había olvidado una pistola. Eso está claro para usted, ¿no es así, señor?
El visitante asintió con la cabeza con gravedad. Parecía ser un hombre de pocas palabras, si de alguna. El sr. Beeson continuó:
-De acuerdo a la fe china, el hombre es como un cometa: no puede ir al cielo sin la cola. Bueno, para acortar esta historia tediosa, que, sin embargo, yo pensé era mi deber contarle, esa noche, mientras yo estaba aquí solo y pensando en cualquier cosa menos en él, el chino volvió por su coleta.
-Él no la consiguió.
En este punto el sr. Beeson recayó en un silencio vacío. Acaso estaba fatigado por el ejercicio inusitado de hablar, acaso había conjurado un recuerdo que demandaba su indivisa atención. El viento estaba ahora bastante lejano, y los pinos a lo largo del flanco de la montaña cantaban con singular distinción. El narrador continuó:
-Usted dice que no ve mucho en eso, y yo debo confesar que yo mismo no veo.
-¡Pero él sigue viniendo!
Hubo otro largo silencio, durante el que ambos miraron el fuego con fijeza sin mover un miembro. Entonces el sr. Beeson estalló, casi con fiereza, fijando sus ojos en lo que podía ver del rostro impasible de su auditor:
-¿Dársela a él? Señor, en este asunto yo no tengo la intención de molestar a nadie por un consejo. Usted me va a perdonar, estoy seguro -aquí se volvió singularmente persuasivo-, pero me he arriesgado a clavetear fijo esa coleta, y he asumido la obligación un tanto onerosa de hacerle guardia. Así que es bastante imposible actuar por su considerada sugerencia.
-¿Usted me toma por un Modoc?
Nada podía superar la súbita ferocidad con la que lanzó esa reprensión indignada al oído de su visitante. Era como si le hubiera golpeado en un lado de la cabeza con un guantelete de acero. Era una protesta, pero era un desafío. Para ser tenido por un cobarde, para ser tomado por un Modoc: esas dos expresiones eran una. A veces era un chino. ¿Me toma por un chino?, era una pregunta dirigida con frecuencia al oído de un muerto súbito.
La bofetada del sr. Beeson no produjo efecto, y después de una pausa momentánea, durante la que el viento tronó en la chimenea como el sonido de los terrones sobre el ataúd, reanudó:
-Pero, como usted dice, me está cansando. Yo siento que la vida de los dos últimos años ha sido un error, un error que se corrige, usted ve cómo. ¡La tumba! No, no hay nadie para cavar. El terreno está helado, también. Pero usted es muy bienvenido. Puede decirlo en Bentley, pero eso no es importante. Fue muy duro cortarla: ellos trenzan sus coletas con seda. Kwaagh.
El sr. Beeson estaba hablando con los ojos cerrados, y estaba vagando. Su última palabra fue un ronquido. Un momento después soltó un largo suspiro, abrió los ojos con esfuerzo, hizo un único comentario, y cayó en un sueño profundo. Lo que dijo fue esto:
-¡Me están robando mi polvo!
Entonces el extraño anciano, que no había emitido una palabra desde su arribo, se levantó de su asiento y, de forma deliberada, se quitó su ropa exterior, luciendo tan anguloso en sus franelas como la finada Signorina Festorazzi, una mujer irlandesa de seis pies de altura y un peso de cincuenta y seis libras, que solía exhibirse en camisa a la gente de San Francisco. Luego se deslizó en una de las “literas”, habiendo primero colocado un revólver a un fácil alcance, de acuerdo a la costumbre de la comarca. Ese revólver lo tomó de un estante, y era el que el sr. Beeson había mencionado como ese, por el que había retornado a la quebrada dos años antes.
En unos momentos el sr. Beeson se despertó y, viendo que su visitante se había retirado, hizo lo mismo. Pero antes de hacer eso, se aproximó al largo, plegado mechón de cabello pagano y le dio un tirón poderoso, para asegurarse de que estaba fijo y firme. Las dos camas -unos meros estantes cubiertos con mantas no limpias del todo- estaban enfrente una de la otra en los lados opuestos de la habitación, la pequeña trampa cuadrada, que había dado acceso a la tumba del chino, estando a medio camino entre las dos. Ésta, por cierto, estaba cruzada por una doble hilera de cabezas de clavos. En su resistencia a lo sobrenatural, el sr. Beeson no había desdeñado el uso de precauciones materiales.
El fuego ahora estaba bajo, las llamas ardían de modo azulado y petulante, con destellos ocasionales que proyectaban sombras espectrales en las paredes, sombras que se movían alrededor de forma misteriosa, ya divididas, ya unidas. La sombra de la cola pendiente, sin embargo, se mantenía apartada mal humorada, cerca del tejado en el extremo más lejano de la habitación, luciendo como una nota de admiración. La canción de los pinos afuera, se había alzado ahora hasta la dignidad de un himno triunfal. En las pausas el silencio era de espanto.
Fue durante uno de esos intervalos que la trampa del suelo empezó a alzarse. Se levantó con lentitud y firmeza, y la cabeza envuelta del viejo se levantó con lentitud y firmeza en la litera para observarla. Entonces, con un azotarse que sacudió la casa hasta su cimiento, ésta fue lanzada atrás con limpieza, y yació con sus clavos grotescos apuntando hacia arriba de modo amenazante. El sr. Beeson se despertó y, sin levantarse, se restregó los ojos con los dedos. Se estremeció, los dientes le rechinaron. Su visitante estaba ahora reclinado sobre un codo, mirando el proceso con unas gafas que brillaban como lámparas.
Súbitamente, una ráfaga de viento aullante se abatió abajo por la chimenea, esparciendo cenizas y humo en todas las direcciones, y oscureciendo todo por un momento. Cuando la luz del fuego iluminó la habitación de nuevo se vio, sentado con cautela en el borde de una banqueta junto al hogar, a un pequeño hombre atezado de apariencia agradable y vestido con gusto impecable, que asentía con la cabeza al viejo, con una sonrisa amigable y atractiva. “De San Francisco, evidentemente”, pensó el sr. Beeson que, habiéndose recobrado un tanto del susto, iba a tientas por su camino a la solución de los sucesos nocturnos.
Pero ahora otro actor apareció en la escena. Fuera del hueco negro cuadrado en medio del suelo, se proyectó la cabeza del chino partido, con los ojos vidriosos vueltos hacia arriba, en las rendijas angulosas, y fijados en la cola colgante arriba con una mirada de anhelo indecible. El sr. Beeson gimió, y se cubrió el rostro con las manos de nuevo. Un suave olor a opio invadió el lugar. El fantasma, vestido sólo con una corta túnica azul, colchada y sedosa, pero cubierta por el moho de la tumba, se levantó con lentitud, como empujado por un débil resorte en espiral. Sus rodillas estaban al nivel del suelo cuando, con un rápido impulso hacia arriba, como el salto de una llama silenciosa, agarró la cola con ambas manos, estiró su cuerpo y tomó la punta con sus horribles dientes amarillos. Se aferró a ésta con aparente frenesí, haciendo una mueca pavorosa, ondeando y cayendo de un lado a otro en sus esfuerzos por desligar su propiedad de la viga, pero sin emitir un sonido. Era como un cadáver convulsionado de forma artificial por medio de una batería galvánica. ¡El contraste entre su actividad sobrehumana y su silencio era nada menos que horrendo!
El sr. Beeson se encogió en su cama. El pequeño caballero atezado descruzó las piernas, hizo un tabaleo impaciente con la punta de su bota y consultó un pesado reloj de oro. El viejo se sentó erguido y, callado, empuñó el revólver.
¡Bang!
Como un cuerpo cortado de la horca, el chino cayó en el hueco negro abajo, llevando la coleta en los dientes. La trampa se volcó, cerrándose con un estallido. El pequeño caballero atezado de San Francisco saltó de su percha con agilidad, atrapó algo en el aire con el sombrero, como un muchacho atrapa una mariposa, y se desvaneció en la chimenea como arrastrado por la succión.
Desde algún lugar de las tinieblas externas flotó, y entró por la puerta abierta un grito tenue, lejano; un aullido largo, gimiente, como el de un niño estrangulado por la muerte en el desierto, o el de un alma perdida arrastrada por el Adversario. Podía haber sido el coyote.
En los primeros días de la primavera siguiente una partida de mineros, en su camino a las nuevas excavaciones, pasó a lo largo de la quebrada y, vagando entre las chozas desiertas, encontró en una de éstas el cuerpo de Hiram Beeson, tendido en una litera, con un agujero de bala en el corazón. La bala había sido disparada, evidentemente, desde el lado opuesto de la habitación, pues en una de las vigas de roble arriba había una leve mella azulada, donde ésta había golpeado un nudo y sido desviada hacia abajo, al pecho de su víctima. Fuertemente atada a la misma viga, había lo que parecía ser el extremo de una soga o crin trenzada, que había sido cortada por la bala en su pasaje hacia el nudo. Nada más de interés fue notado, a excepción de un traje de tela mohosa e incongruente, varios artículos del cual fueron identificados después por testigos respetables como esos, con los que ciertos ciudadanos difuntos de Deadman habían sido enterrados años antes. Pero no era fácil entender cómo podía ser eso, a menos que, en efecto, las prendas hubieran sido usadas como un disfraz por la muerte misma, lo que era apenas creíble.

Título original: The Night-Doings at Deadman's, publicado por primera vez en London Sketch-Book, marzo de 1874, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Nancy Glazier, Hunter's Moon, XXI.