viernes, 6 de agosto de 2010

El famoso legado de Gilson


Era rudo lo de Gilson. Tal era el juicio terso, frío, pero no sin simpatía por completo de la mejor opinión pública de Mammon Hill, el dictado de los respetables. El veredicto del elemento opuesto, o más bien oponente -el elemento que acechaba con ojos rojizos e inquietos la “trampa” de Moll Gurney, mientras que los respetables se la tomaban con azúcar en el suntuoso “salón” del sr. Jo. Bentley-, tenía más o menos el mismo efecto general, aunque expresado de modo un tanto más ornamental, por el uso de expletivos pintorescos que no es necesario citar. Virtualmente, Mammon Hill era una unidad en la cuestión de Gilson. Y se debía confesar que, en un sentido meramente temporal, no todo estaba bien con el sr. Gilson. Había sido llevado esa mañana al pueblo por el sr. Brentshaw, y acusado públicamente de robo de caballos; el sheriff ocupado mientras tanto cerca del árbol con una soga de manila nueva, y el carpintero Pete estando activamente empleado, entre tragos, en una caja de pino del largo y el ancho del sr. Gilson. Habiendo rendido la sociedad su veredicto, quedaba entre Gilson y la eternidad sólo la decente formalidad de un juicio.
Estos son los breves y simples anales del prisionero: recientemente, había sido un residente de New Jerusalem, en la bifurcación norte de Little Stony, pero había venido a los nuevos lugares descubiertos en Mammon Hill, inmediato antes de la “fiebre” por la que el lugar anterior se despobló. El descubrimiento de las nuevas excavaciones se había producido oportunamente para el sr. Gilson, pues sólo justo antes le había sido intimado, por el comité de vigilancia de New Jerusalem, que sería mejor para sus prospectos en, y por la vida, que se fuera a algún lugar; y la lista de los lugares a los que podía ir a salvo no incluía ninguno de los campamentos antiguos; así que, naturalmente, se estableció en Mammon Hill. Siendo seguido allí, eventualmente, por todos los jueces, ordenó su conducta con una circunspección considerable; pero como nunca había sido conocido por terminar un día de trabajo honesto, en alguna industria aprobada por el severo código de la moralidad local, excepto el póquer tapado, seguía siendo un objeto de sospecha. En efecto, se conjeturó que era el autor de muchas depredaciones atrevidas, que habían sido cometidas, recientemente, con el caldero y el cepillo en las cajas de acequia.
Prominente entre esos, en quienes esa sospecha había madurado hasta una firme convicción, estaba el sr. Brentshaw. En todos los tiempos de temporada y no temporada, el sr. Brentshaw declaraba su creencia de la conexión del sr. Gilson con esas impías empresas de medianoche, y su propia buena voluntad de preparar un camino para los rayos solares a través del cuerpo de cualquiera, que pudiera pensar era expediente emitir una opinión diferente; que en su presencia nadie era más cuidadoso de no hacerlo, que las personas amantes de la paz más concernientes. Cualquiera pueda haber sido la verdad del asunto, lo cierto es que Gilson perdía con frecuencia más “polvo limpio” en la mesa de faraón de Jo. Bentley, de lo que estuviera registrado en la historia local, que él hubiera ganado alguna vez al póquer tapado de forma honesta, en todos los días de la existencia del campamento. Pero por último el sr. Bentley -temiendo, puede ser, perder el patrocinio más provechoso del sr. Brentshaw- rechazó de modo perentorio permitir a Gilson encobrar la reina, intimando al mismo tiempo a su manera franca, directa, que el privilegio de perder dinero en “este banco” era una bendición que pertenecía a, procedía lógicamente de, y contérmina con una condición de notoria rectitud comercial y buena reputación social.
Hill pensó que era hora de cuidar a una persona, a quien el ciudadano más honorable había sentido era su deber reprochar, con un considerable sacrificio personal. El contingente de New Jerusalem, en particular, empezó a apaciguar algo de la tolerancia generada por la diversión de su propio error garrafal, al exiliar a un vecino objetable del lugar que ellos habían dejado, al lugar adonde habían venido. Mammon Hill fue por último de una misma opinión. No se dijo mucho, pero estaba “en el aire” que Gilson debía ser colgado. Pero en esta coyuntura crítica de sus affairs él mostró signos de una vida alterada, si no de un corazón cambiado. Acaso era sólo que al estar “el banco” cerrado para él, no podía usar más el polvo de oro. De todas formas las cajas de acequia nunca más fueron molestadas. Pero era imposible reprimir las abundantes energías de una naturaleza como la suya, y continuó, es posible por hábito, los cursos tortuosos que había ejercido en provecho del sr. Bentley. Después de algunas empresas tentativas y sin resultado a la manera del robo de carretera -si uno se puede aventurar a designar una agencia de camino con un nombre tan áspero-, hizo uno o dos ensayos modestos con las manadas de caballos, y fue en medio de una prometedora empresa de ese carácter, y justo cuando había seguido la corriente de sus affairs y su inundación, que tuvo un naufragio. Pues en una noche de luna nublada, el sr. Brentshaw cabalgó al costado de una persona que, evidentemente, estaba dejando esa parte de la comarca, puso una mano sobre el cabestro que conectaba la muñeca del sr. Gilson con la yegua baya del sr. Harper, lo golpeó en la mejilla de modo familiar con el cañón de un revólver de la armada, y solicitó el placer de su compañía en una dirección opuesta a esa, en la que éste estaba viajando.
Era, en efecto, rudo lo de Gilson.
En la mañana después de su arresto fue juzgado, condenado y sentenciado. Solamente quedaba, en lo que concernía a su carrera terrenal, colgarlo, reservando para una mención más particular su última voluntad y testamento que, con gran trabajo, tramó en la prisión, y en el que, probablemente, por cierta noción confusa e imperfecta de los derechos de los captores, legaba todas las cosas que poseía a su “legítimo ejecutor”, el sr. Brentshaw. El legado, sin embargo, ponía la condición al legatario de tomar el cuerpo del testador del árbol, y “plantarlo de blanco”.
Así que el sr. Gilson fue... yo estaba a punto de decir “balanceado”, pero me temo que ya ha habido algo, demasiado de slang en esta declaración directa de los hechos; además, la manera en que la ley entró en su curso, se describe con más precisión en los términos empleados por el juez al dictar sentencia: el sr. Gilson fue “ahorcado”.
En la debida temporada el sr. Brentshaw, un tanto tocado, bien podía ser, por el banal cumplido del legado, se dirigió al árbol para tomar el fruto de éste. Cuando se bajó el cuerpo, se encontró que tenía en el bolsillo del chaleco un codicilo, debidamente atestado para la voluntad ya anotada. La naturaleza de sus provisiones explicaba la manera en que había sido retenido, pues habiendo sido el sr. Brentshaw previamente informado de las condiciones, bajo las que iba a suceder en los bienes de Gilson, hubiera sin dudas declinado la responsabilidad. Brevemente declarado, el propósito del codicilo era como sigue:
Puesto que, en tiempos diversos y lugares distintos, ciertas personas han aseverado que durante su vida el testador había robado sus cajas de acequia; por tanto, si durante los cinco años próximos, siguientes a la fecha de este instrumento, alguien pudiera dar prueba de tal aseveración ante una corte legal, tal persona va a recibir como reparación los bienes raíces y muebles enteros, de los que el testador murió apoderado y poseedor, menos las expensas de la corte y la declarada compensación al ejecutor, Henry Clay Brentshaw; provisto, que si más de una persona da tal prueba, los bienes van a ser divididos igualmente entre ambas o éstas. Pero en caso de que nadie pudiera alcanzar a establecer la culpa del testador, entonces toda la propiedad, menos las expensas de la corte, como antedicho, debe ir al dicho Henry Clay Brentshaw para su propio uso, como se declara en la voluntad.
La sintaxis de este notable documento estaba, acaso, abierta a la objeción crítica, pero estaba lo suficiente claro que ése era su sentido. La ortografía era conforme a un sistema no reconocido, pero siendo en lo principal fonética no era ambigua. Como el juez de pruebas comentó, harían falta cinco ases para ganarle. El sr. Brentshaw sonrió de buen humor, y después de realizar los últimos tristes ritos con ostentación divertida, había jurado él mismo, debidamente, como ejecutor y legatario condicional, bajo las provisiones de una ley aprobada de forma apresurada (a instancias de un miembro del distrito de Mammon Hill), por una legislatura simpática; cuya ley se descubrió después había creado asimismo tres o cuatro oficios lucrativos, y autorizado la expedición de una suma considerable de dinero público para la construcción de cierto puente ferroviario que, con una mayor ventaja, acaso podría haber sido erigido en alguna línea ferroviaria real.
Por supuesto, el sr. Brentshaw no esperaba provechos de la voluntad ni de la litigación, en consecuencia de sus provisiones inusuales; Gilson, aunque “acaudalado” con frecuencia, había sido un hombre en quien los asesores y los recaudadores de impuestos estaban muy satisfechos de no perder dinero. Pero una búsqueda descuidada y meramente formal entre sus papeles, reveló títulos de propiedad de bienes valiosos en el Este, y certificados de depósito de sumas increíbles en bancos menos severos que el escrupuloso del sr. Jo. Bentley.
Las noticias pasmosas llegaron al exterior directamente, arrojando a Hill en una fiebre de excitación. El patriota de Mammon Hill, cuyo editor había sido un espíritu líder en los procesos que resultaron en la partida de Gilson de New Jerusalem, publicó la nota obituaria del difunto de mayor cumplido, y fue lo suficiente bueno como para llamar la atención sobre el hecho de que su degradado contemporáneo, El Clarín de Squaw Gulch, estaba trayendo virtud al desprecio al lisonjear con halagos la memoria de uno, que en vida había rechazado a puntapiés la vil hoja de su puerta como una molestia. No disuadidos por la prensa, sin embargo, los reclamantes de la voluntad no tardaron en presentarse con sus evidencias; y tan grandes como eran los bienes de Gilson, éstos parecían conspicuamente mezquinos, al considerar el vasto número de cajas de acequia de las que, se aseveraba, habían sido obtenidos. ¡La comarca se levantó como un solo hombre!
El sr. Brentshaw estuvo parejo a la emergencia. Con una aplicación astuta de humildes dispositivos auxiliares, erigió en el acto sobre los huesos de su benefactor un monumento costoso, que sobresalía de todas las rudas lápidas del cementerio, y de modo juicioso hizo que en éste estuviera inscrito un epitafio de su propia composición, que elogiaba la honestidad, el espíritu público y las virtudes cognadas de aquél que dormía debajo, “víctima de las injustas aspersiones del criadero de víboras de la calumnia”.
Además de eso, empleó a los mejores talentos legales del territorio para defender la memoria de su amigo partido, y por cinco largos años las cortes territoriales estuvieron ocupadas con la litigación que emanaba del legado de Gilson. Para refinar las habilidades forenses, el sr. Brentshaw opuso habilidades forenses más refinadas; en la puja por los favores adquiribles ofreció unos precios que desordenaron el mercado por completo; los jueces hallaron en sus tableros hospitalarios un entretenimiento para los hombres y las bestias, igual al que nunca se había difundido en el territorio; a los testigos mendaces los enfrentó con testigos de superior mendacidad.
No fue la batalla confinada al templo de la diosa ciega, ésta invadió la prensa, el púlpito, la sala de dibujo. Arrebató el centro comercial, la bolsa, la escuela, las quebradas y las esquinas de las calles. Y el último día del período memorable, en que la acción legal bajo la voluntad de Gilson estaba limitada, el sol se puso sobre una región en la que el sentido moral estaba muerto, la conciencia social endurecida, ¡la capacidad intelectual disminuida, debilitada y confundida! Pero el sr. Brentshaw salió victorioso en toda la línea.
Esa noche dio la casualidad que el cementerio, en una esquina del que yacían las ahora honorables cenizas del finado Milton Gilson, esq.1, estaba parcialmente bajo el agua. Hinchado por las lluvias incesantes, el riachuelo Cat había rebasado sus orillas con una inundación furiosa que, después de excavar unos huecos grotescos donde quiera el suelo había sido turbado, se había calmado parcialmente, como avergonzada del sacrilegio, dejando expuesto mucho de lo que había estado piadosamente ocultado. Incluso el famoso monumento de Gilson, el orgullo y la gloria de Mammon Hill, ya no era más un erguido reproche al “criadero de víboras”, sucumbiendo a la corriente absorvente se había derrumbado y postrado en la tierra. La macabra inundación había exhumado el ataúd de pino pobre, podrido que ahora yacía medio expuesto, en contraste lastimoso con el monolito pomposo que, como un gigante signo de admiración, enfatizaba lo descubierto.
A este sitio depresivo, arrastrado por cierta influencia sutil que no había buscado resistir ni analizar, llegó el sr. Brentshaw. Un hombre alterado era el sr. Brentshaw. Cinco años de arduo trabajo, ansiedad y desvelo habían salpicado sus mechones negros con rayas y manchas de gris, encorvado su fina figura, hecho su rostro aguzado y anguloso, y rebajado su andar a un trémulo arrastrar los pies. No menos se había grabado ese lustro de feroz contienda en su corazón e intelecto. El buen humor descuidado que lo había impulsado a aceptar el depósito del hombre muerto, había dado lugar a un fijo hábito de melancolía. Su firme, vigoroso intelecto había madurado hasta la melosidad mental de una segunda infancia. Su amplia comprensión se había estrechado hasta la acomodación de una idea única; y en lugar de la quieta, cínica incredulidad de los días pasados, había en él una fe obsesiva en lo sobrenatural, que revoloteaba y aleteaba alrededor de su alma sombreada, como de murciélago, ominosa de insanidad. Inestable en todo lo demás, su comprensión se aferraba a una convicción con la tenacidad de un intelecto destrozado. Era la fe inmutable en la entera no culpabilidad del muerto Gilson. Él lo había jurado en la corte tan a menudo, y aseverado en conversaciones en privado, lo había establecido tan frecuente y triunfalmente con un testimonio que se había vuelto costoso (pues ese mismo día había pagado el último dólar de los bienes de Gilson al sr. Jo. Bentley, el último testigo del buen carácter de Gilson), que se había convertido para él en una especie de fe religiosa. Ésta le parecía la gran, central y básica verdad de la vida, la única verdad serena en un mundo de mentiras.
Esa noche, al sentarse pensativo en el monumento postrado, tratando a la incierta luz de la luna de deletrear el epitafio, que cinco años antes había compuesto con una risa ahogada que su memoria no había registrado, unas lágrimas de remordimiento vinieron a sus ojos, cuando recordó que él había sido el instrumento principal para conseguir, con una acusación falsa, la muerte de ese buen hombre; pues durante algunos de los procesos judiciales, el sr. Harper, por una consideración (olvidada) había venido adelante, y jurado que en la pequeña transacción de su yegua baya, el difunto había actuado en estricto acuerdo con los deseos de Harper, comunicados de forma confidencial al difunto, y ocultados fielmente por éste a costa de su vida. Todo lo que el sr. Brentshaw había hecho hasta ahora por la memoria del hombre muerto, le parecía lastimosamente inadecuado, en su mayoría mezquino, ¡y rebajado por el egoísmo!
Mientras estaba sentado allí, torturado con lamentos fútiles, una sombra tenue cayó sobre sus ojos. Mirando hacia la luna, que colgaba baja en el oeste, vio lo que parecía una nube vaga, aguada que la oscurecía; pero mientras ésa se movía así, que sus rayos iluminaban un lado de ésta, percibió el contorno claro, aguzado de una figura humana. La aparición se volvió por un momento más distinta, y creció visiblemente, se estaba arrastrando más cerca. Aturdido, como estaban sus sentidos, medio aprisionado por el terror y confundido con imaginaciones espantosas, el sr. Brentshaw aún pudo percibir, o pensar que percibía en esa forma ultra-terrena, una extraña similitud con la parte mortal del finado Milton Gilson, como esa persona había parecido cuando la bajaron del árbol cinco años antes. El parecido era realmente completo, incluso los ojos abiertos, pétreos, y cierto círculo sombreado alrededor del cuello. Estaba sin abrigo ni sombrero, precisamente, como Gilson había estado cuando yacía en su cofre pobre, barato, hecho por las manos no gentiles del carpintero Pete, a quien alguien le había realizado hacía tiempo el mismo oficio vecindario. El espectro, si era tal, parecía sostener algo en sus manos, que el sr. Brentshaw no podía distinguir con claridad. Éste se arrastró más cerca, y se detuvo por último junto al ataúd que contenía las cenizas del finado sr. Gilson, cuya tapa estaba oblicua, descubriendo a medias el incierto interior. Encorvado sobre éste, el fantasma pareció sacudirle por encima, desde una jofaina, cierta sustancia oscura de dudosa consistencia, luego se deslizó de modo furtivo a la parte más baja del cementerio. Allí la inundación en retirada había dejado varados un número de ataúdes abiertos, sobre y entre los que gorgoteaba con sollozos bajos y susurros quietos. Inclinada sobre uno de éstos, la aparición arrojaba su contenido en una jofaina con cuidado, luego retornaba a su propio cofre y vaciaba la vasija en éste, como antes. Esta operación misteriosa era repetida en cada ataúd expuesto, el fantasma a veces hundía la jofaina cargada en el agua corriente, y la agitaba suavemente para librarla de la arcilla básica, siempre acopiando el residuo en su propia caja privada. En resumen, la parte inmortal del finado Milton Gilson estaba lavando el polvo de sus vecinos y, de forma providencial, agregando el mismo al propio suyo.
Acaso era el fantasma de una mente desordenada en un cuerpo febril. Acaso era una farsa solemne actuada por las existencias traviesas, que atestan las sombras yacientes a lo largo de la frontera del otro mundo. Dios sabe, a nosotros sólo se nos permite conocer que, cuando el sol del otro día tocó con una gracia de oro el arruinado cementerio de Mammon Hill, su rayo más amable cayó sobre el rostro blanco, quieto de Henry Brentshaw, muerto entre los muertos.

Título original: The Famous Gilson Bequest, publicado por primera vez en Argonaut, octubre de 1878, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Gypsytreasure. com, Riverboat Gambler, XX.