jueves, 26 de agosto de 2010

Dos ejecuciones militares


En la primavera de 1862 el gran ejército del general Buell estaba en el campamento, poniéndose en forma para la campaña que resultó en la victoria de Shiloh. Era un ejército crudo, no entrenado, aunque algunas de sus fracciones habían conocido un servicio bastante duro, con una buena porción de lucha en las montañas de la Virginia oeste, y en Kentucky. La guerra era joven y la soldadesca una nueva industria, entendida de modo imperfecto por el joven americano del período, que hallaba algunos rasgos de ésta no de su agrado por completo. El principal entre éstos era esa parte esencial de la disciplina, la subordinación. Para uno imbuido desde la infancia en la fascinante falacia de que todos los hombres nacían iguales, la incuestionable sumisión a la autoridad no era fácil de dominar, y el soldado voluntario americano, en sus “días de verde y ensalada”, estaba entre los peores conocidos. Así es como sucedió que uno de los hombres de Buell, el soldado raso Bennett Story Greene, cometió la indiscreción de golpear a su oficial. Más tarde en la guerra no hubiera hecho eso, como sir Andrew Aguecheek lo habría “visto maldecido” primero. Pero el tiempo para la reforma de sus maneras militares le fue negado: fue arrestado con prontitud ante la queja del oficial, juzgado por una corte marcial y sentenciado a ser fusilado.
-Tú podías haberme zurrado, y dejarlo ir así -dijo el hombre condenado al testigo quejoso-, eso es lo que solías hacer en la escuela, cuando eras un Will Dudley llano, y yo era tan bueno como tú. Nadie me vio pegarte, la disciplina no habría sufrido mucho.
-Ben Greene, yo adivino que tú tienes razón sobre eso -dijo el teniente-. ¿Me vas a perdonar? Para eso es que yo vine a verte.
No hubo réplica, y un oficial metió su cabeza por la puerta de la tienda de guardia, donde la conversación había ocurrido, y explicó que el tiempo concedido para la entrevista había expirado. A la mañana siguiente, cuando en presencia de toda la brigada, el soldado Greene fue muerto a tiros por una escuadra de sus camaradas, el teniente Dudley le volvió la espalda a la triste actuación, y murmuró una plegaria por la misericordia, en la que él mismo estaba incluido.
Unas pocas semanas después, mientras la división primera de Buell estaba siendo barqueada por el río Tennessee, para asistir en socorrer al ejército abatido de Grant, la noche estaba llegando, negra y tormentosa. A través de los despojos de la batalla, la división se movía pulgada a pulgada en la dirección del enemigo, que se había retirado un poco para reformar sus líneas. Pero por el relámpago la oscuridad era absoluta. Éste nunca cesaba por un momento, y siempre, cuando los truenos no crujían ni rugían, se oían los gemidos de unos heridos, entre quienes los hombres sentían su camino con sus pies, y con quienes tropezaban en la tiniebla. Los muertos estaban allí también, allí estaban los muertos en abundancia.
Al primer tenue gris de la mañana, cuando la avanzada en enjambre se había detenido para retomar algo de definición como línea de batalla, y los tiradores habían sido lanzados hacia adelante, se pasó una voz a lo largo para pasar lista. El sargento primero de la compañía del teniente Dudley dio un paso al frente, y empezó a nombrar a los hombres en orden alfabético. No tenía una lista escrita, sino una buena memoria. Los hombres respondían a sus nombres, mientras el corría por el alfabeto hacia la G.
-Gorham.
-¡Aquí!
-Grayrock.
-¡Aquí!
La buena memoria del sargento fue afectada por el hábito:
-Greene.
-¡Aquí!
La respuesta fue clara, distinta, ¡inconfundible!
Un movimiento súbito, una agitación en el frente entero de la compañía, como por una sacudida eléctrica, atestiguó el carácter asombroso del incidente. El sargento palideció y se detuvo. El capitán fue a zancadas con rapidez hacia su lado y dijo agudamente:
-Diga ese nombre de nuevo.
Al parecer, la Sociedad para la investigación psíquica no era la primera en el campo de la curiosidad concerniente a lo desconocido.
-Bennett Greene.
-¡Aquí!
Todos los rostros se volvieron en la dirección de la voz familiar; los dos hombres entre quienes, en el orden de estatura, Greene se había parado en línea comúnmente, se volvieron y enfrentaron el uno al otro en escuadra.
-Una vez más -comandó el investigador inexorable, y una vez más vino -un poco trémulo- el nombre del hombre muerto:
-Bennett Story Greene.
-¡Aquí!
En ese instante se oyó un único disparo de rifle, lejos hacia el frente, más allá de la línea de tiradores, seguido, casi atendido por el salvaje silbido de una bala que se aproximó, pasó a través de la línea y golpeó de forma audible, puntuando como con un punto final la exclamación del capitán, -¿Qué diablos significa eso?
El teniente Dudley avanzó a través de las filas desde su lugar en la retaguardia.
-Eso significa esto -dijo, abriendo su levita por completo y desplegando una visible mancha de carmesí, que se ampliaba en su pecho. Sus rodillas cedieron, cayó con torpeza y yació muerto.
Un poco más tarde el regimiento fue ordenado fuera de línea, para aliviar el frente congestionado, y a través de alguna jugada fallida en el juego de la batalla, no estuvo más bajo el fuego. Tampoco Bennett Greene, experto en ejecuciones militares, nunca más manifestó su presencia a una.

Título original: Two Military Executions, publicado por primera vez en Cosmopolitan, noviembre de 1906, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Künstler, The Mud March, XX.