martes, 13 de julio de 2010

Muerto en Resaca


El mejor soldado de nuestro personal era el teniente Herman Brayle, uno de los dos aides-de-camp. Yo no recuerdo dónde el general lo había recogido, en algún regimiento de Ohio, creo; ninguno de nosotros lo había conocido previamente, y habría sido extraño si lo hubiera, pues no había dos de nosotros que vinieran del mismo Estado, ni incluso de los Estados contiguos. El general parecía pensar que una posición en su personal, era una distinción que debía ser conferida de forma tan juiciosa, como para no engendrar ninguna celosía seccional, y hacer peligrar la integridad de esa parte del país, que seguía siendo algo entero. Él incluso no habría elegido a oficiales de su propio comando, sino que, con algunos malabares en el departamento de los cuarteles generales, los obtenía de otras brigadas. Bajo tales circunstancias, los servicios de un hombre tenían que ser muy distinguidos, en efecto, para ser oídos por su familia y los amigos de su juventud; y “la parlante trompeta de la fama” estaba un poco ronca por la locuacidad, de todos modos.
El teniente Brayle era de más de seis pies de altura y de unas proporciones espléndidas, con un cabello claro y unos ojos azul-grisáceos, que los hombres así dotados, usualmente, hallaban asociados con un alto grado de coraje. Como estaba comúnmente de uniforme completo, en especial en la acción, cuando la mayoría de los oficiales se contentan con estar ataviados de forma menos ostentosa, era una figura muy llamativa y conspicua. En cuanto al resto, tenía maneras de caballero, una cabeza de académico y un corazón de león. Su edad era cerca de treinta.
A todos pronto nos llegó a gustar Brayle, tanto así como lo admiramos, y fue con una sincera preocupación que, en la acometida de Stone's River -nuestra primera acción después que se unió a nosotros-, observamos que tenía la cualidad más objetable y no de soldado: era vanidoso en su coraje. Durante todas las vicisitudes y mutaciones de ese odioso encuentro, cuando nuestras tropas estaban luchando en los abiertos campos de algodón, en los boscajes de cedro o detrás del terraplén del ferrocarril, ni una vez se puso a cubierto, excepto cuando el general comandó hacerlo con severidad, quien usualmente tenía otras cosas en qué pensar, que en las vidas de sus oficiales del personal o en las de sus hombres, para ese caso.
En cada acometida posterior, mientras Brayle estuvo con nosotros, fue de la misma manera. Se sentaba en su caballo como una estatua ecuestre, bajo una tormenta de balas y metralla, en los lugares más expuestos, dondequiera que, de hecho, el deber que lo requería a ir le permitía quedarse; cuando, sin problema y con una clara ventaja para su reputación de sentido común, podría haber estado en esa seguridad que era posible en un campo de batalla, en los breves intervalos de inacción personal.
A pie, por necesidad o deferencia a su comandante desmontado o asociados, su conducta era la misma. Se quedaba parado al descubierto como una piedra, cuando los oficiales y los hombres igualmente se habían puesto a cubierto; mientras que hombres más viejos en el servicio y en años, de rango más alto e intrepidez incuestionable, estaban preservando lealmente, detrás de la cresta de una colina, unas vidas infinitamente preciosas para su país, este colega se paraba igualmente ocioso en la cima, mirando en la dirección del fuego más agudo.
Cuando las batallas estaban andando en un campo abierto, ocurría con frecuencia que las líneas opuestas, enfrentadas entre sí a un tiro de piedra por horas, se abrazaban a la tierra con una cercanía, como si la amaran. Los oficiales de línea, en sus propios lugares, se aplanaban no menos; y los oficiales de campo, sus caballos todos muertos o enviados a la retaguardia, se agachaban bajo el dosel infernal de plomo silbante y hierro aullador, sin una idea de la dignidad personal.
En tales circunstancias, la vida de un oficial del personal de una brigada, era con claridad “una no feliz”; en lo principal, por su tenencia precaria y las alternancias enervantes de la emoción, a la que estaba expuesto. Desde una posición en esa comparativa seguridad, en la que un civil hubiera atribuido su escape a un “milagro”, él podía ser despachado con una orden para algún comandante de un regimiento postrado en la línea del frente, una persona por el momento no conspicua y no siempre fácil de encontrar, sin un acuerdo de búsqueda entre unos hombres un tanto preocupados, y bajo un estrépito en el que las preguntas y las respuestas, igualmente, debían ser impartidas en un lenguaje de signos. Era costumbre en esos casos agachar la cabeza y huir en una aguzada carrera, un objeto de vivo interés para unos miles de tiradores que admiraban. Al retornar, bueno, no era una costumbre retornar.
La práctica de Brayle era diferente. Él consignaba su caballo al cuidado de un ordenanza -amaba a su caballo-, y caminaba tranquilo con su encargo peligroso sin nunca encorvar la espalda, su figura espléndida acentuada por su uniforme, con el ojo vigilante bajo una extraña fascinación. Nosotros lo mirábamos con la respiración suspendida, nuestros corazones en nuestras bocas. En una ocasión de este tipo, en efecto, uno de los nuestros, un tartamudo impetuoso, estaba tan poseído por la emoción, que me gritó:
-¡Yo te-te-te apuesto dos dólares, a que lo tum-tumban an-an-antes de que, lle-llegue a esa zan-zan-zanja!
Yo no acepté la apuesta brutal, y pensé que lo harían.
Permítanme hacer justicia a la memoria de un hombre valiente; en todas estas innecesarias exposiciones de la vida, no había una bravata visible ni la narración subsecuente. En las pocas instancias que algunos de nosotros se habían aventurado a reconvenir, Brayle había sonreído afablemente y hecho una réplica ligera que, sin embargo, no había alentado una búsqueda ulterior del sujeto. Una vez dijo:
-Capitán, si alguna vez llego al dolor por olvidar su consejo, espero que mis últimos momentos sean animados por el sonido de su voz amada, alentando en mi oído las benditas palabras: "Yo te lo dije".
Nos reímos del capitán -por qué con exactitud, probablemente, no podríamos haberlo explicado-, y esa tarde, cuando lo cosieron a balazos en una emboscada, Brayle se quedó junto al cuerpo algún tiempo, ajustando los miembros con un cuidado innecesario, ¡allí, en medio de un camino barrido por ráfagas y botes de metralla! Era fácil condenar ese tipo de cosas, y no muy difícil refrenarse de su imitación, pero era imposible no respetarlas, y Brayle no gustaba menos por una debilidad que tenía una expresión tan heroica. Nosotros deseamos que no fuera un estúpido, pero él se mantuvo de esa manera hasta el fin, a veces herido de gravedad, pero siempre retornando al deber en cuestión tan bueno como siempre.
Por supuesto, le llegó al fin; quien ignora la ley de las probabilidades, desafía a un adversario que raramente es abatido. Fue en Resaca, en Georgia, durante el movimiento que resultó en la toma de Atlanta. En frente de nuestra brigada, las líneas de las trincheras enemigas corrían por unos campos abiertos, a lo largo de una cresta leve. A cada extremo de ese campo abierto, nosotros estábamos cerca de ésta en el bosque, pero no podíamos aspirar a ocupar el campo aclarado hasta la noche, cuando la oscuridad nos permitiría cavar como topos y echar la tierra al aire. En este punto, nuestra línea estaba a un cuarto de milla de distancia, en el linde de un bosque. Bruscamente, formamos un semicírculo, siendo la línea fortificada del enemigo la cuerda del arco.
-Teniente, vaya a decirle al coronel Ward que trabaje tan cerca, como pueda ponerse a cubierto, y que no gaste mucha munición en un fuego inútil. Usted puede dejar su caballo.
Cuando el general dio esta directiva nos hallábamos en la margen de la foresta, cerca del extremo derecho del arco. El coronel Ward estaba a la izquierda. La sugerencia de dejar el caballo, obviamente, significaba lo suficiente que Brayle debía tomar la línea más larga, a través del bosque y entre los hombres. En verdad, la sugerencia era innecesaria; ir por la ruta corta significaba la certeza absoluta de un fracaso en entregar el mensaje. Antes de que cualquiera se pudiera interponer, Brayle había cabalgado al campo con ligereza, y las trincheras del enemigo estaban en una crujiente conflagración.
-¡Paren a ese maldito estúpido! -gritó el general.
Un soldado raso de la escolta, con más ambición que cerebro, espoleó hacia adelante para obedecer, y en unas diez yardas él y su caballo quedaron muertos en el campo de honor.
Brayle estaba más allá de la llamada, galopando a lo largo con facilidad, paralelo al enemigo y a menos de doscientas yardas de distancia. ¡Era una imagen para ver! Su sombrero había sido volado o sacado de su cabeza por un disparo, y su cabello rubio, largo se alzaba y caía con el movimiento de su caballo. Estaba sentado en la montura erguido, llevando las riendas con la mano izquierda levemente, la derecha colgando a su lado con descuido. Un vistazo ocasional a su perfil hermoso, cuando él volvía la cabeza a un lado u otro, probaba que el interés con que tomaba lo que estaba pasando, era natural y sin afectación.
La imagen era intensamente dramática, pero no en un grado teatral. Los sucesivos grupos de rifles escupían sobre él de modo vicioso, mientras entraba dentro del alcance, y nuestra propia línea en el linde del bosque irrumpió en una visible y audible defensa. Sin más respeto a sí mismos ni a las órdenes, nuestros colegas se pusieron en pie de un salto, y se movieron en enjambre hacia el descubierto, enviando amplias sábanas de balas contra la cresta llameante de las trincheras ofensivas, que lanzaron un fuego de respuesta sobre sus grupos desprotegidos, con un efecto mortal. La artillería de ambos lados se unió a la batalla, puntuando el traqueteo y el rugido con explosiones profundas que sacudían la tierra, y rasgando el aire con tormentas de metralla aulladora, que por el lado enemigo astillaba los árboles y los salpicaba con sangre, y por el nuestro manchaba el humo de sus armas con las bandas y nubes de polvo de su parapeto.
Mi atención había sido atraída un momento por el combate general, pero ahora, echando un vistazo a la avenida no oscura, entre esas dos nubes de tormenta, vi a Brayle, la causa de la carnicería. Invisible ahora para ambos lados, e igualmente condenado por amigos y enemigos, estaba parado en un espacio barrido por los disparos, inmóvil, con el rostro hacia el enemigo. A cierta distancia yacía su caballo. Yo vi al instante qué lo había detenido.
Como ingeniero topográfico yo, temprano en el día, había hecho un examen apresurado del terreno, y recordaba ahora que en ese punto había un barranco profundo y sinuoso, que cruzaba la mitad del campo desde la línea enemiga, su curso general en ángulo recto a ésta. Desde donde estábamos ahora era invisible, y Brayle, evidentemente, no había sabido de éste. Claramente, era impasable. Sus ángulos salientes le habrían brindado una seguridad absoluta, si él hubiera escogido estar satisfecho con el milagro ya realizado a su favor, y saltado a éste. Él no podía seguir hacia adelante, no habría vuelto atrás, se quedó parado aguardando la muerte. Ésta no lo hizo esperar mucho.
Por alguna coincidencia misteriosa, casi de forma instantánea mientras él caía, el fuego cesó, unos pocos disparos inconexos con largos intervalos sirvieron más para acentuar, que para romper el silencio. Era como si ambas partes se hubieran arrepentido súbitamente de su crimen sin provecho. Cuatro camilleros de los nuestros, siguiendo a un sargento con una bandera blanca, poco después se movieron sin ser molestados hacia el campo, y fueron directo por el cuerpo de Brayle. Varios oficiales de la Confederación y unos hombres salieron a su encuentro, y con las cabezas descubiertas los ayudaron a tomar su carga sagrada. Mientras lo traían hacia nosotros, oímos más allá de las trincheras hostiles unos pífanos y un tambor fúnebre: una endecha. Un enemigo generoso honraba al valiente caído.
Entre los efectos del hombre muerto, había un libro de bolsillo de un sucio cuero de Rusia. En la distribución de los mementos de nuestro amigo, que el general, como administrador, había decretado, este me había caído a mí.
Un año después del fin de la guerra, en mi camino a California, yo lo abrí e inspeccioné vagamente. De un compartimento pasado por alto, cayó una carta sin sobre o dirección. Estaba en una escritura de mujer, y empezaba con unas palabras de cariño, pero sin nombre.
Tenía la siguiente línea de fecha: “San Francisco, Cal., 9 de julio de 1862.” La firma era “Querida”, entre comillas. De modo incidental, en el cuerpo del texto, se daba el nombre completo del escritor: Marian Mendenhall.
La carta mostraba evidencia de cultivación y buena crianza, pero era una carta de amor ordinaria, si una carta de amor podía ser ordinaria. No había mucho en ésta, pero había algo. Era esto:
“El sr. Winters, a quien yo siempre voy a odiar por eso, ha estado diciendo que en alguna batalla en Virginia, donde él obtuvo su herida, lo vieron a usted agachado detrás de un árbol. Yo creo que él quiere injuriarlo en mi respeto, que sabe lo que haría la historia si yo la creyera. Yo podría soportar oír hablar de la muerte de mi amante soldado, pero no de su cobardía.”
Estas fueron las palabras que en aquella tarde soleada, en una región distante, habían matado a un centenar de hombres. ¿Es débil la mujer?
Una noche llamé a la señorita Mendenhall para devolverle la carta. Yo tenía la intención, asimismo, de decirle lo que ella había hecho, pero no lo que hizo. La encontré en una vivienda hermosa de Rincon Hill. Ella era bella, de buena crianza, en una palabra, encantadora.
-Usted conoció al teniente Herman Brayle -dije, de una forma más bien abrupta-. Usted sabe, sin dudas, que él cayó en batalla. Entre sus efectos se encontró esta carta suya. Mi encargo aquí es ponerla en sus manos.
Ella tomó la carta de modo maquinal, le echó un vistazo al través con un rubor profundo, y luego, mirándome con una sonrisa, dijo:
-Es muy bueno de su parte, aunque yo estoy segura de que apenas valía la pena -se estremeció de súbito y cambió de color-. Esa mancha -dijo-, es, seguro no es…
-Señora -dije-, perdóneme, pero esa es la sangre del corazón más fiel y valiente que jamás latió.
Ella arrojó la carta de forma apresurada a los carbones llameantes. -¡Uh, no puedo soportar la visión de la sangre! -dijo-. ¿Cómo murió él?
Yo me había levantado de modo involuntario para rescatar el trozo de papel, sagrado incluso para mí, y ahora estaba parado en parte detrás de ella. Cuando ella hizo la pregunta, volvió su rostro un tanto y levemente hacia arriba. La luz de la carta ardiente se reflejó en sus ojos, y tocó su mejilla con un tinte de carmesí, como la mancha de su página. Yo nunca había visto nada tan bello, como esa detestable criatura.
-Lo mordió una serpiente -le repliqué.

Título original: Killed at Resaca, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1887, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Midnight Hour, XX.