jueves, 22 de julio de 2010

La muerte de Halpin Frayser

I

Pues la muerte causa mayor cambio del que ha sido mostrado. Mientras que en general el espíritu que es movido viene de regreso con la ocasión, y es visto a veces por esos en carne (apareciendo con la forma del cuerpo que llevaba), aún ha sucedido que el verdadero cuerpo sin espíritu ha caminado. Y es atestiguado por esos que lo encuentran, que han vivido para contarlo, que el cadáver así levantado no tenía afecto natural, ni recuerdo de éste, sino sólo odio. Asimismo se sabe que algunos espíritus, que en la vida fueron benignos, en la muerte se vuelven malignos por completo. Hali.
Una noche oscura de mediados de verano, un hombre se despertó de un sueño sin sueños en una foresta, levantó la cabeza de la tierra y, mirando fijamente la negrura por unos instantes, dijo: -Catherine Larue-. No dijo nada más, no conocía ninguna razón de por qué debía haber dicho eso.
El hombre era Halpin Frayser. Vivía en Sta. Helena, pero dónde vivía ahora era incierto, pues estaba muerto. Uno que practica el dormir en el bosque sin nada más bajo él, que las hojas secas y la tierra húmeda, y sin nada más sobre él, que las ramas de las que las hojas han caído y el cielo del que la tierra ha caído, no puede esperar una gran longevidad, y Frayser había alcanzado ya la edad de treintidós. Hay personas en este mundo, millones de personas, y por mucho y lejos las mejores personas, que consideran eso como una edad muy avanzada. Esos son los niños. Para esos que ven el viaje de la vida desde el puerto de partida, la barca que ha cumplido una distancia considerable, parece ya muy próxima a la orilla más lejana. Sin embargo, no es cierto que Halpin Frayser llegara a su muerte por exposición.
Había estado todo el día en las colinas, al oeste del Valle de Napa, buscando palomas y la caza menor, pues estaba en temporada. A la caída de la tarde había llegado a estar nublado, y había perdido la orientación; y aunque sólo tenía que ir siempre colina abajo -en todas partes el camino de la salvación cuando uno está perdido-, la ausencia de rastros se lo había impedido tanto, que fue superado por la noche mientras estaba en la foresta. Incapaz en la oscuridad de penetrar en la espesura de manzanita y de otras malezas, totalmente aturdido y vencido por la fatiga, se había acostado junto a la raíz de un gran madroño, y caído en un sueño sin sueños. Fue horas más tarde, en el mismo medio de la noche, que uno de los misteriosos mensajeros de Dios, volando delante de la incalculable hueste de compañeros, pasando hacia el oeste con la línea del amanecer, pronunció una palabra de despertar en el oído del durmiente, quien se sentó derecho y dijo, no sabía por qué, un nombre, no sabía de quién.
Halpin Frayser no tenía mucho de filósofo, ni de científico. La circunstancia de que, al despertar de un sueño profundo en la noche, en medio de la foresta, había dicho en voz alta un nombre que no tenía en la memoria, y apenas tenía en la mente, no le despertó una curiosidad iluminada por investigar el fenómeno. Él pensó que era raro y, con un pequeño escalofrío superficial, como en deferencia a la presunción temporal de que la noche era fresca, se acostó de nuevo y se quedó dormido. Pero su sueño no fue más sin sueños.
Pensó que estaba andando por un camino polvoriento, que se mostraba blancuzco en la oscuridad creciente de la noche de verano. ¿Desde dónde y hacia dónde llevaba, y por qué lo recorría?, no lo sabía, aunque todo parecía simple y natural, como es la manera de los sueños; pues en la tierra más allá del lecho, las sorpresas dejaban de ser problemas y el juicio estaba en reposo. Pronto llegó a una partición de las vías; llevando desde la carretera había un camino menos recorrido, que tenía la apariencia, en efecto, de haber sido abandonado hacía tiempo, porque, pensó, este llevaba a algo maligno; pero se volvió hacia este sin vacilar, impelido por una necesidad imperiosa.
Según marchaba hacia adelante, se hizo consciente de que su vía estaba embrujada por existencias invisibles, que no podía imaginar en su mente de modo definitivo. Entre los árboles a ambos lados, captó susurros quebrados e incoherentes en una lengua extraña, pero que entendía en parte. Le parecían expresiones fragmentarias de una monstruosa conspiración contra su cuerpo y alma.
Ahora era mucho después del anochecer, pero la foresta interminable por la que viajaba, estaba iluminada por un fulgor pálido que no tenía punto de difusión, pues en su misteriosa iluminación nada lanzaba una sombra. Un charco poco profundo en la depresión acanalada de un viejo surco de rueda, como de una lluvia reciente, encontró sus ojos con un destello carmesí. Se agachó y hundió su mano en éste. ¡Éste le manchó los dedos, era sangre! La sangre, observó entonces, estaba a su alrededor por todas partes. Las malas hierbas que crecían exuberantes al borde del camino, mostraban borrones y salpicaduras en sus hojas grandes, anchas. Unos parches de polvo seco, entre las vías de ruedas, estaban hoyosos y rociados como de una lluvia rojiza. Mancillando los troncos de los árboles había anchas máculas de carmesí, y la sangre goteaba como el rocío de su follaje.
Todo esto lo observó con un terror, que no parecía incompatible con el desempeño de una expectación natural. Le parecía que todo era en expiación de un crimen que, aunque consciente de su culpa, no podía recordar de forma correcta. Para las amenazas y los misterios de sus alrededores, la conciencia era un horror agregado. En vano buscó al rastrear su vida hacia atrás en la memoria, para reproducir el momento de su pecado; las escenas y los incidentes venían, agolpándose en su mente de modo tumultuoso, una imagen borrando a la otra, o mezclándose con ésta en la confusión y la oscuridad, pero en ningún lugar podía tener un vislumbre de lo que buscaba. El fracaso aumentó su terror, se sintió como uno que ha asesinado en la oscuridad, no sabiendo a quién ni por qué. La situación era tan pavorosa, la luz misteriosa ardió con una amenaza tan silenciosa y horrenda; las plantas nocivas, los árboles que por consenso común estaban investidos de un carácter melancólico o siniestro, conspiraban ante su vista tan abiertamente contra su paz; de encima de su cabeza y de todo su alrededor venían unos susurros tan audibles y asombrosos, y los suspiros de las criaturas eran tan obviamente no de la tierra, que no lo pudo soportar más y, con un gran esfuerzo para romper un hechizo maligno que obligaba a sus facultades al silencio y la inacción, ¡gritó con toda la fuerza de sus pulmones! Su voz quebrada, al parecer, en una infinita multitud de sonidos no familiares, se fue balbuceando y farfullando hacia los lejanos alcances de la foresta, murió en el silencio y todo fue como antes. Pero había hecho un principio de resistencia, y se sintió corajudo. Él dijo:
-Yo no me voy a someter sin ser escuchado. Puede haber poderes que no son malignos recorriendo este camino maldito. Yo les dejaré un registro y una apelación. Yo les voy contar mis errores, las persecuciones que he soportado. ¡Yo, un mortal indefenso, un penitente, un poeta inofensivo! -Halpin Frayser era un poeta sólo, como era un penitente: en su sueño.
Tomando de su ropa un menudo libro de bolsillo de cuero rojizo, una mitad del cual se había dejado para memorandos, descubrió que no tenía un lápiz. Quebró la ramita de un arbusto, la sumergió en un charco de sangre y escribió con rapidez. Apenas había tocado el papel con la punta de la ramita, cuando una baja, salvaje risa ruidosa estalló a una distancia inmensa y, haciéndose cada vez más fuerte, pareció aproximarse cada vez más cerca; una risa desalmada, sin corazón y sin júbilo, como la de un somorgujo, solitario en la orilla de un lago a la medianoche; una risa que culminó en un grito no terreno muy cercano, y que luego fue muriendo con gradaciones lentas, como si el ser maldito que la profirió, se hubiera retirado tras el umbral del mundo de donde había venido. Pero el hombre sintió que eso no era así, que éste estaba cerca y no se había movido.
Una extraña sensación empezó a tomar posesión de su cuerpo y su mente con lentitud. Él no podría haber dicho cuál, si alguno, de sus sentidos era afectado; lo sentía más bien como una conciencia, una misteriosa seguridad mental de una presencia muy poderosa, cierta malevolencia sobrenatural de clase diferente a las existencias invisibles en enjambre a su alrededor, y superior a éstas en poder. Sabía que ésta había proferido esa risa odiosa. Y ahora parecía estarse aproximando a él, desde qué dirección no lo sabía, no se atrevía a conjeturar. Todos sus temores anteriores fueron olvidados o se fundieron en un terror gigantesco, que ahora lo tenía en la sumisión. Aparte de eso, tenía un solo pensamiento: completar su apelación escrita a los poderes benignos que, atravesando el bosque embrujado, podrían rescatarlo en algún momento si debiera serle negada la bendición de la aniquilación. Escribía con una rapidez terrible, la ramita en sus dedos soltando sangre sin renuevo; pero en medio de una oración sus manos le negaron el servicio a su voluntad, sus brazos cayeron a los costados, el libro a la tierra; e impotente para moverse o gritar, se encontró mirando fijamente al rostro anguloso, demacrado y en blanco, a los ojos muertos de su propia madre, ¡parada blanca y silenciosa con las prendas de la tumba!

II

En su juventud Halpin Frayser había vivido con sus padres en Nashville, Tennessee. Los Frayser eran de buen pasar, teniendo una buena posición en esa sociedad, que había sobrevivido al destrozo causado por la guerra civil. Sus hijos tuvieron las oportunidades sociales y educativas de su tiempo y lugar, y habían respondido a las buenas asociaciones y a la instrucción con unas maneras agradables y unas mentes cultivadas. Halpin, siendo el más joven y no muy robusto, estaba acaso un poco “malcriado.” Tenía la doble desventaja de la asiduidad de una madre y el descuido de un padre. El père Frayser era lo que ningún hombre de medios sureño no es: un político. Su comarca, o más bien su sección y Estado, le hacían unas demandas a su tiempo y atención tan exigentes, que era compelido a prestar a los de su familia unos oídos en parte ensordecidos, por el tronar de los capitanes políticos y la gritería, la suya incluida.
El joven Halpin era de un humor soñador, indolente y más bien romántico, un tanto más adicto a la literatura que a la ley, la profesión para la que fue criado. Entre esos de sus parientes que profesaban la moderna fe de la herencia, era bien entendido que en él, el carácter del finado Myron Bayne, un bisabuelo materno, había revisitado los vislumbres de la luna, por cuyo orbe Bayne había sido en su tiempo de vida lo suficiente afectado, como para ser un poeta de no poca distinción colonial. Si no observado en especial, se observaba que mientras un Frayser, que no era un orgulloso poseedor de una copia suntuosa de la ancestral “obra poética” (impresa a expensas de la familia, y hacía tiempo retirada de un mercado inhóspito) era un Frayser raro en efecto, había una ilógica indisposición a honrar al gran difunto en la persona de su sucesor espiritual. Halpin era bastante despreciado por lo general como una oveja negra intelectual, que era probable deshonrara en cualquier momento al rebaño con un balido en métrica. Los Frayser de Tennessee eran gente práctica, no práctica en el sentido popular de la devoción a las búsquedas sórdidas, sino sintiendo un robusto desprecio por cualquier cualidad, que inhabilitara a un hombre para la saludable vocación de la política.
En justicia al joven Halpin debe ser dicho que, mientras en él se habían reproducido bastante fielmente la mayoría de las características mentales y morales, atribuidas por la historia y la tradición familiar al famoso bardo colonial, su sucesión en el don y la facultad divina era puramente inferencial. No sólo nunca había sido conocido por la corte de la musa, sino en verdad no hubiera podido escribir de forma correcta una línea en verso, para salvarse del Asesino del sabio. Aún, no era sabido cuando la facultad dormida podría despertar y tañer la lira.
Mientras tanto el joven era más bien un pez suelto, de todos modos. Entre él y su madre había la más perfecta simpatía, pues en secreto la señora era por sí misma una devota discípula del difunto y gran Myron Bayne, aunque con el tacto tan general y justamente admirado de su sexo (a despecho de los arduos calumniadores, quienes insisten en que es, esencialmente, la misma cosa que la astucia), ella siempre se había cuidado de ocultar su debilidad a todos los ojos, menos a los de esos que las compartían. Su culpa común a ese respecto, era una atadura agregada entre ellos. Si en la juventud de Halpin su madre lo había “malcriado”, él había hecho de seguro su parte para ser “malcriado”. Mientras él crecía hasta esa virilidad que es alcanzable por un sureño, que no le importa por qué camino van las elecciones, la adhesión entre él y su bella madre -a quien desde la temprana infancia había llamado Katy- se hizo con los años más fuerte y más tierna. En estas dos naturas románticas se manifestaba de una manera señalada ese fenómeno descuidado, el dominio del elemento sexual en todas las relaciones de la vida, que fortalece, suaviza y embellece incluso a los de consanguinidad. Los dos eran casi inseparables, y los extraños que observaban sus maneras, con no poca frecuencia los tomaban por amantes.
Entrando al boudoir de su madre un día, Halpin Frayser la besó en la frente, jugueteó por un momento con un mechón de su cabello oscuro, que se había escapado de sus horquillas confinantes, y dijo, con evidente esfuerzo y calma:
-¿Te importaría mucho, Katy, si yo fuera llamado a California, por unas pocas semanas?
Fue apenas necesario para Katy responder con los labios a una pregunta, a la que sus delatoras mejillas habían hecho una réplica instantánea. Evidentemente, a ella le importaría mucho, y las lágrimas también brotaron de sus grandes ojos marrones, como un testimonio corroborante.
-Ah, hijo mío -dijo, mirando su rostro con una ternura infinita-, yo debería haber sabido que esto estaba viniendo. Yo no te desperté en la mitad de la noche llorando porque, durante la otra mitad, el abuelo Bayne había venido a mí en un sueño, y parándose junto a su retrato, joven también, y buen mozo como era, apuntó al tuyo en la misma pared. Y cuando yo miré, me pareció que no podía ver las facciones, tú habías sido pintado con un paño en la cara, como los que le ponen a los muertos. Tu padre se ha reído de mí, pero tú y yo, querido, sabemos que esas cosas no son por nada. Y yo vi abajo del borde del paño las marcas de unas manos en tu garganta, perdóname, pero nos hemos habituado a no guardarnos esas cosas el uno del otro. Acaso, tú tengas otra interpretación. Acaso eso significa que tú no vas a ir a California. ¿O quizás tú me vas a llevar contigo?
Se debe confesar que esta ingeniosa interpretación de un sueño, a la luz de la evidencia recién descubierta, no se recomendó totalmente ante la mente más lógica del hijo; él tenía, por el momento al menos, la convicción de que éste presagiaba un desastre más simple e inmediato, si menos trágico, que una visita a la costa del Pacífico. Era la impresión de Halpin Frayser que él iba a ser agarrotado en su páramo nativo.
-¿No hay manantiales medicinales en California? -resumió la sra. Frayser, antes de que él tuviera tiempo de darle la lectura verídica del sueño -¿unos lugares donde uno se recupere del reumatismo y la neuralgia? Mira, siento los dedos tan rígidos, y estoy casi segura, de que me han estado dando un gran dolor mientras dormía.
Ella le tendió las manos para su inspección. ¿Qué diagnóstico de su caso, el joven pudo haber pensado era mejor ocultar con una sonrisa, el historiador es incapaz de declararlo; pero por sí mismo se siente obligado a decir, que unos dedos al parecer menos rígidos, y mostrando menos evidencias incluso de un dolor insensible, raramente habían sido sometidos a una inspección médica, incluso por el paciente más hermoso, deseando una prescripción de escenas no familiares.
El resultado de esto fue que, de estas dos raras personas, que tenían por igual unas raras nociones del deber, una se fue a California, como el interés de su cliente lo requería, y la otra se quedó en la casa, en complacencia a un deseo, del que su marido era apenas consciente por entretenido.
En San Francisco Halpin Frayser estaba andando, en una noche oscura, por el muelle de la ciudad cuando, con una rapidez que lo sorprendió y desconcertó, se convirtió en un marinero. Fue, de hecho, “llevado” a bordo de un barco galante, galante, y navegó hacia un país lejano. Tampoco sus infortunios terminaron con el viaje, pues el barco encalló en una isla del Pacífico sur, y fue seis años después que los sobrevivientes fueron sacados por una aventurada goleta mercante, y traídos de vuelta a San Francisco.
Aunque pobre de bolsa, Frayser no estaba menos orgulloso en espíritu, de lo que había sido en unos años que parecían eras y eras pasadas. Él no aceptaba asistencia de extraños, y fue mientras vivía con un colega sobreviviente, cerca del pueblo de Sta. Helena, en espera de noticias y remesas de la casa, que había ido a cazar y soñar.
III

La aparición que enfrentó al soñador en el bosque embrujado -el ser tan parecido, pero tan no parecido a su madre- ¡era horrible! Ésta no le motivó amor ni anhelo en el corazón, vino desasistida de agradables memorias del pasado dorado, no le inspiró ningún sentimiento de ningún tipo; todas las emociones más refinadas fueron tragadas por el miedo. Él trató de volverse y correr delante de ésta, pero sus piernas eran como de plomo, era incapaz de levantar los pies del suelo. Los brazos le colgaban impotentes a los costados, de sus ojos sólo retenía el control, y no se atrevía a moverlos de los orbes deslustrados de la aparición, que él sabía no era un alma sin cuerpo, sino la más espantosa de todas las existencias que infestaban ese bosque embrujado: ¡un cuerpo sin alma! En su mirada en blanco no había ni amor, ni piedad, ni inteligencia, nada a lo que dirigir una apelación de clemencia. “La apelación no mentirá”, pensó, en una absurda reversión del slang profesional, haciendo la situación más horrible, así como el fuego de un puro puede iluminar una tumba.
Por un tiempo, que pareció tan largo que el mundo se volvió gris con la edad y el pecado, y la foresta embrujada, habiendo cumplido su propósito en esa monstruosa culminación de sus terrores, se desvaneció en su conciencia con todas sus visiones y sonidos, la aparición estuvo parada a un paso, mirándolo con la desatinada malevolencia de un bruto salvaje; ¡luego lanzó sus manos hacia adelante y saltó sobre él con una horrenda ferocidad! El acto liberó sus energías físicas sin destrabar su voluntad, su mente seguía aún hechizada, pero su cuerpo poderoso y miembros ágiles, dotados de una ciega, insensata vida propia, resistieron con firmeza y bien. Por un instante le pareció ver esta contienda innatural, entre una inteligencia muerta y un mecanismo respirante, sólo como un espectador, tales fantasías hay en los sueños; luego recuperó su identidad casi, como con un salto hacia adelante, adentro de su cuerpo, y el esforzado autómata tuvo una voluntad dirigida tan alerta y feroz, como la de su odioso antagonista.
¿Pero qué mortal puede competir con una criatura de su sueño? Una imaginación que crea un enemigo ya está vencida, el resultado del combate es la causa del combate. A despecho de sus luchas, a despecho de su fuerza y actividad, que parecían perdidas en un vacío, sintió unos dedos fríos cerrarse sobre su garganta. Llevado atrás hacia la tierra, vio encima de él el rostro muerto y demacrado, a un palmo del suyo propio, y luego todo fue negro. Un sonido como el batir de unos tambores distantes, el murmullo de un enjambre de voces, un grito agudo, lejano, sellando todo en el silencio, y Halpin Frayser soñó que estaba muerto.
IV

Una noche clara, cálida había sido seguida por una mañana de niebla mojada. Alrededor de la media tarde del día anterior, una pequeña bocanada de vapor luminoso, una mera espesura de la atmósfera, el fantasma de una nube, se había observado adherida a la falda oeste del Monte Sta. Helena, lejos arriba, a lo largo de las áridas altitudes, cerca de la cumbre. Ésta era tan delgada, tan diáfana, tan parecida a una fantasía hecha visible, que uno habría dicho: “¡Mira rápido, en un momento se habrá ido!”
En un momento fue visible más grande y densa. Mientras con un borde se adhería a la montaña, con el otro llegaba más y más lejos en el aire, por encima de las laderas bajas. Al mismo tiempo que se extendía al norte y el sur, uniéndose a pequeñas manchas de neblina, que parecían salir de la falda de la montaña exactamente al mismo nivel, con un diseño inteligente para ser absorbidas. Y así ésta creció y creció, hasta que la cumbre se cerró a la vista desde el valle, y sobre el valle mismo había un dosel opaco y gris, que siempre se extendía. En Calistoga, que yacía junto a la cabeza del valle y al pie de la montaña, hubo una noche sin estrellas y una mañana sin sol. La niebla, hundiéndose en el valle, había llegado hacia el sur, tragándose rancho tras rancho, hasta que había borrado el pueblo de Sta. Helena, a nueve millas de distancia. El polvo del camino estaba yaciente, los árboles estaban goteando de humedad, los pájaros posados en sus guaridas en silencio, la luz de la mañana era pálida y fantasmal, sin color ni fuego.
Dos hombres dejaron el pueblo de Sta. Helena al primer fulgor del amanecer, y anduvieron por el camino hacia el norte del valle, hacia Calistoga. Llevaban escopetas en sus hombros, pero nadie que tenga conocimiento de esos asuntos, podría haberlos tomado por cazadores de pájaros o bestias. Eran un sheriff diputado de Napa y un detective de San Francisco, Holker y Jaralson, respectivamente. Su negocio era la cacería de hombres.
-¿Cuán lejos es? -inquirió Holker, mientras daban zancadas a lo largo, sus pies moviendo el polvo blanco debajo de la superficie húmeda del camino.
-¿La iglesia blanca? Sólo media milla más lejos -respondió el otro-. Por cierto -agregó-, no es ni blanca ni una iglesia, es una casa-escuela abandonada, gris por el tiempo y el descuido. Los servicios religiosos se dieron en ésta alguna vez, cuando era blanca, y hay un camposanto que deleitaría a un poeta. ¿Puede adivinar por qué yo mandé por usted, y le dije que viniera calzado?
-Oh, yo nunca lo he molestado a usted con cosas de ese tipo. Yo siempre lo he encontrado comunicativo cuando llega el momento. Pero si puedo aventurar una conjetura, usted quiere que yo lo ayude a arrestar a uno de los cadáveres del camposanto.
-¿Usted recuerda a Branscom? -dijo Jaralson, tratando el ingenio de su compañero con la desatención que merecía.
-¿El tipo que le cortó la garganta a la esposa? Yo debo; yo gasté una semana de trabajo en él, y tuve mis expensas por el problema. Hay una recompensa de quinientos dólares, pero ninguno de nosotros la ha visto nunca. ¿Usted no quiere decir…
-Sí, quiero. Él ha estado bajo las narices de ustedes, colegas, todo el tiempo. Él viene por la noche al viejo camposanto de la iglesia blanca.
-¡El diablo! Ahí es donde enterraron a su esposa.
-Bueno, ustedes, colegas, podrían haber tenido suficiente sentido, para sospechar que él iba a regresar a su tumba en algún momento.
-El último lugar al que cualquiera hubiera esperado que él regresara.
-Pero ustedes habían agotado todos los otros lugares. Aprendan de su fracaso en éstos, yo “me aposté por él” allí.
-¿Y lo encontró?
-¡Maldita sea!, él me encontró a . El bribón me cayó arriba a mí; por lo regular, me levantaba y me hacía viajar. Es la misericordia de Dios, que no me acabó. Oh, es uno bueno, y yo me imagino que la mitad de esa recompensa es suficiente para mí, si usted está necesitado.
Holker se rió con buen humor, y explicó que sus acreedores nunca fueron más importunos.
-Yo quería simplemente mostrarle el terreno, y organizar un plan con usted -explicó el detective-. Yo pensé que sería bueno para nosotros estar calzados, incluso a la luz del día.
-El hombre debe estar insano -dijo el sheriff diputado-. La recompensa es por su captura y condena. Si él está loco, no será condenado.
El sr. Holker fue afectado de forma tan profunda por ese posible fracaso de la justicia, que se detuvo de modo involuntario en medio del camino, luego reanudó su andar con un celo abatido.
-Bueno, él lo parece -asintió Jaralson-. Yo estoy obligado a admitir que un infeliz más no afeitado, no pelado, no peludo y no toda cosa, yo nunca lo había visto, fuera del antiguo y honorable orden de los vagabundos. Pero yo he ido a por él, y no puedo hacer que mi mente lo deje ir. Hay gloria en esto para nosotros, de todas formas. Ni una otra alma sabe, que él está de este lado de las Montañas de la luna.
-Está bien -dijo Holker-, vamos a ir a ver el terreno- y agregó, en palabras de la alguna vez favorita inscripción de lápidas: -“donde debes yacer en breve”. Yo quiero decir, si el viejo Branscom llega alguna vez a cansarse de usted y su intromisión impertinente. Por cierto, yo oí el otro día que “Branscom” no era su nombre verdadero.
-¿Cuál es?
-Yo no lo puedo recordar. Yo había perdido todo interés en el infeliz, y no se me fijaba por sí mismo en la memoria, algo como Pardee. La mujer cuya garganta él tuvo el mal gusto de cortar, era una viuda cuando la conoció. Ella había venido a California para buscar a algunos parientes, hay personas que hacen eso a veces. Pero usted sabe todo eso.
-Naturalmente.
-Pero no sabiendo el nombre correcto, ¿por cuál feliz inspiración usted encontró la tumba correcta? El hombre que me dijo cuál era su nombre, dijo que había sido tallado en la lápida.
-Yo no conozco la tumba correcta-. Jaralson era al parecer un poco reticente, a admitir su ignorancia de un punto tan importante de su plan-. Yo he estado mirando por el lugar en general. Una parte de nuestro trabajo esta mañana será el identificar esa tumba. Aquí está la iglesia blanca.
Por una larga distancia el camino había estado bordeado de campos a ambos lados, pero ahora a la izquierda había una foresta de robles, madroños y abetos gigantes, cuyas partes bajas sólo podían verse de modo vago y fantasmal en la niebla. La maleza por lugares era espesa, pero en ningún lugar impenetrable. Por unos momentos Holker no vio nada del edificio, pero a medida que volteaban hacia el bosque, éste se reveló en un tenue contorno gris a través de la niebla, luciendo enorme y muy lejano. Unos pocos pasos más, y estaba a la longitud de un brazo, distinto, oscuro con humedad, e insignificante de tamaño. Tenía la forma habitual de la casa-escuela de campo, que pertenece a la orden de las cajas de embalaje de la arquitectura; tenía un apuntalado de piedras, un tejado cubierto de musgo y los espacios en blanco de las ventanas, de donde los cristales y los bastidores hacía tiempo habían partido. Estaba ruinosa, pero no era una ruina, el típico sustituto californiano de lo que es conocido por los guías librescos del extranjero, como “monumentos del pasado”. Con apenas un vistazo a esa estructura no interesante, Jaralson se movió hacia la maleza goteante más allá.
-Yo le voy a mostrar dónde él me me levantó -dijo-. Este es el camposanto.
Aquí y allá entre los arbustos había cercados menudos que contenían tumbas, a veces no más de una. Éstas se reconocían como tumbas por las piedras descoloridas o las tablas podridas en la cabeza y al pie, inclinadas en todos los ángulos, algunas postradas; por las ruinosas vallas de estacas que las rodeaban o, de modo infrecuente, por el mismo montículo que mostraba su grava a través de las hojas caídas. En muchas instancias nada marcaba el sitio donde yacían los vestigios de algún pobre mortal, quien, dejando a “un gran círculo de amigos apenados”, había sido dejado por ellos en turno, excepto la depresión en la tierra, más duradera que las de los espíritus de los dolientes. Los senderos, si había habido algún sendero, hacía tiempo estaban borrados; a unos árboles de considerable tamaño se les había permitido crecer desde las tumbas, y empujar a un costado con la raíz o la rama las vallas de los cercados. Por encima de todo estaba ese aire de abandono y pudrición, que en ningún lugar parece tan adecuado y significativo, como en la villa de los muertos olvidados.
Mientras los dos hombres, Jaralson liderando, se abrían camino por una vegetación de árboles jóvenes, ese hombre emprendedor se detuvo de súbito, y se llevó la escopeta a la altura del pecho, profirió una baja nota de advertencia y se paró inmóvil, sus ojos fijos en algo por delante. Tan bien como podía, obstruido por un matorral, su compañero, aunque no viendo nada, imitó la postura y se paró asimismo, preparado para lo que pudiera suceder. Un momento después Jaralson se movió hacia adelante con cautela, el otro siguiendo.
Bajo las ramas de un abeto enorme yacía el cuerpo de un hombre muerto. Parados encima de éste en silencio, notaron esas particularidades que primero golpean la atención: el rostro, la actitud, la ropa, todo lo que más pronto y llanamente responde a la pregunta no formulada de una curiosidad compasiva.
El cuerpo yacía tendido de espalda, las piernas separadas con amplitud. Un brazo estaba lanzado hacia arriba, el otro hacia fuera, pero el último estaba torcido agudamente, y la mano estaba cerca de la garganta. Ambas manos estaban apretadas fuertemente. Toda la actitud era la de una resistencia desesperada pero inefectiva a ¿qué?
Cerca yacía una escopeta y un morral, a través de cuyas mallas se veía el plumaje de las aves cazadas. En todo alrededor había evidencias de una lucha furiosa; brotes menudos de roble venenoso estaban torcidos y despojados de las hojas y la corteza; hojas muertas y podridas habían sido ajuntadas en pilas y lomas a ambos lados de las piernas, por la acción de otros pies que los suyos; a lo largo de las caderas había inconfundibles impresiones de rodillas humanas.
La naturaleza de la lucha se hizo clara de un vistazo a la garganta y el rostro del muerto. Mientras que el pecho y las manos estaban blancos, éstos estaban púrpura, casi negros. Los hombros yacían sobre un montículo bajo, y la cabeza estaba vuelta atrás, en un ángulo de otra forma imposible, los ojos dilatados mirando en blanco hacia atrás, en dirección opuesta a la de los pies. De la espuma que llenaba la boca abierta, sobresalía una lengua negra e hinchada. La garganta mostraba contusiones horribles, no meras marcas de dedos, sino magulladuras y laceraciones causadas por dos manos fuertes, que debían haberse enterrado en la carne rendida, manteniendo su agarrón terrible hasta mucho después de la muerte. El pecho, la garganta, el rostro estaban mojados, la ropa estaba saturada, gotas de agua, condensadas por la niebla, tachonaban el cabello y el bigote.
Todo eso los dos hombres lo observaron sin hablar, casi de un vistazo. Luego Holker dijo:
-¡Pobre diablo!, tuvo un asunto rudo.
Jaralson estaba haciendo una circunspección vigilante de la foresta, su escopeta sujeta con ambas manos y a martillo completo, su dedo en el gatillo.
-La obra de un maniaco -dijo, sin retirar sus ojos del bosque que lo cercaba-. Fue hecho por Branscom… Pardee.
Algo medio oculto por las hojas turbadas de la tierra atrajo la atención de Holker. Era un libro de bolsillo de cuero rojizo. Lo recogió y lo abrió. Éste contenía hojas de papel blanco para memorandos, y en la primera hoja estaba el nombre “Halpin Frayser”. Escritas en rojo en varias hojas sucesivas, garabateadas como a prisa y apenas legibles, estaban las siguientes líneas, que Holker leyó en voz alta, mientras su compañero continuaba examinando los vagos confines grisáceos de su estrecho mundo, y oyendo una materia de aprensión en el gotear del agua de cada rama cargada:

"Cautivado por algún hechizo misterioso, me detuve
en la tiniebla luminosa de un bosque encantado.
El ciprés y el mirto allí, enroscaban sus ramas
significantes en hermandad siniestra.

El sauce meditador susurraba al tejo;
debajo, la mortal belladona y la ruda,
con siemprevivas auto-trenzadas en extrañas
formas funerarias, y las ortigas hórridas crecían.

Ni cantos de pájaros ni ningún zumbido de abejas,
ni hojas ligeras alzadas por la brisa saludable:
el aire estaba estancado todo, y el silencio era
un ser viviente que respiraba entre los árboles.

Espíritus conspiradores susurraban en la tiniebla,
oídos a medias, los mudos secretos de la tumba.
Los árboles estaban todos goteando sangre, las hojas
brillaban en la luz bruja con una floración rojiza.

¡Yo grité fuerte!, el hechizo seguía sin romperse,
reposado sobre mi espíritu y mi voluntad.
Desalmado, sin corazón, desolado y perdido,
¡Luché con monstruosos presagios del mal!

Por último lo invisible..."

Holker dejó de leer, no había más que leer. El manuscrito se interrumpía en medio de una línea.
-Eso suena como Bayne -dijo Jaralson, que tenía algo de académico a su manera. Había descuidado su vigilancia, y se quedó parado mirando abajo el cuerpo.
-¿Quién es Bayne? -preguntó Holker más bien incurioso.
-Myron Bayne, un tipo que floreció en los años tempranos de la nación, hace más de un siglo. Escribía un material bastante lúgubre, yo tengo sus obras completas. Ese poema no está en ellas, pero debe haber sido omitido por error.
-Hace frío -dijo Holker-, vamos a salir de aquí, tenemos que hacer venir al forense de Napa.
Jaralson no dijo nada, pero hizo un movimiento en complacencia. Pasando al final de la ligera elevación de tierra, sobre la que yacían la cabeza y los hombros del hombre muerto, su pie golpeó cierta sustancia dura bajo las hojas podridas de la foresta, y se tomó la molestia de patearla hacia la vista. Era una lápida caída, y pintadas en ésta estaban las apenas descifrables palabras “Catharine Larue.”
“¡Larue, Larue!” -exclamó Holker, con súbita animación. -Porque, ese es el nombre verdadero de Branscom, no Pardee. ¡Y bendiga mi alma, cómo todo viene a mí, el nombre de la mujer asesinada era Frayser!
-Hay un cierto misterio bribón aquí -dijo el detective Jaralson-. Yo odio todas las cosas de ese tipo.
Ahí les llegó de entre la niebla -al parecer, desde una gran distancia- el sonido de una risa, una risa baja, deliberada, desalmada, que no tenía más de júbilo, que la de una hiena que merodea de noche en el desierto, una risa que se levantó en una gradación lenta, más fuerte y más fuerte, más clara, más distinta y terrible, hasta que pareció apenas fuera de su estrecho círculo de visión; una risa tan innatural, tan inhumana, tan diabólica, ¡que llenó a esos arduos hombres cazadores de una sensación de espanto indecible! Ellos no movieron sus armas ni pensaron en éstas, la amenaza de ese sonido horrible no era del tipo como para ser recibida con armas. Tal como había surgido del silencio, así moría ahora lejos; con un grito culminante que les había parecido casi en sus oídos, ésta misma se arrastró hacia la distancia, hasta que sus notas fallidas, sin júbilo y mecánicas a lo último, se hundieron en el silencio de una mudanza inmensa.

Título original: The Death of Halpin Frayser, publicado por primera vez en Wave, diciembre de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, A Bountiful Day, XX.