viernes, 21 de mayo de 2010

Un hijo de los dioses


Un estudio en tiempo presente

Un día de brisa y un paisaje soleado. Un campo abierto a la derecha, a la izquierda y hacia adelante, detrás un bosque. En el linde de ese bosque, enfrente de un descampado pero sin aventurarse en éste, las largas líneas de las tropas, en alto. El bosque está vivo con éstas y lleno de ruidos confusos -el ocasional traqueteo de las ruedas, mientras una batería de artillería va a la posición para cubrir la avanzada, el zumbido y el murmullo de los soldados hablando, un sonido de innumerables pies en las hojas secas, que se esparcen por los intervalos entre los árboles, los roncos comandos de los oficiales. Apartados grupos de jinetes están bien al frente -no expuestos por completo-, muchos de éstos observando abstraídos la cresta de una colina a una milla de distancia, en la dirección de la avanzada interrumpida. Pues este poderoso ejército, que se mueve en orden de batalla a través de una foresta, se ha encontrado con un obstáculo formidable: un campo abierto. La cresta de esa colina gentil, a una milla de distancia, tiene un aspecto siniestro, ésta dice: ¡cuidado! A lo largo de su curso un muro de piedra se extiende a la izquierda y a la derecha, en una gran distancia. Detrás del muro hay un seto, detrás del seto se ven las copas de los árboles, más bien en orden disperso. Entre los árboles, ¿qué? Es necesario saberlo.
Ayer, y por muchos días y noches previamente, estábamos luchando en algún lugar; siempre había cañoneo, con ocasionales, aguzados tableteos de mosquetes, mezclados con vítores, los propios nuestros o los del enemigo, raramente lo sabíamos, que atestiguaban cierta ventaja temporal. Esta mañana al amanecer, el enemigo se había ido. Nos habíamos movido hacia adelante por su terraplén, por el que tan a menudo intentamos movernos antes en vano, a través de los despojos de sus campos abandonados, entre las tumbas de sus caídos, en el bosque más allá.
¡Con qué curiosidad habíamos observado cada cosa!, ¡qué raro nos había parecido todo! Nada había parecido muy familiar, los objetos más comunes -una montura vieja, una rueda astillada, una cantina olvidada-, cada cosa había relatado algo de la misteriosa personalidad de esos hombres extraños, que nos habían estado matando. Al soldado nunca se le tornaba familiar por entero, la concepción de que sus enemigos eran hombres como él mismo, no podía despojarse de la sensación de que eran seres de otro orden, condicionados de forma diferente, de un ambiente no de la tierra por completo. Los más menudos vestigios de éstos retenían su atención y ocupaban su interés. Él los pensaba como inaccesibles y, al tener una visión inesperada de éstos, le parecían más lejanos, y por lo tanto más grandes de lo que realmente eran, como los objetos en la niebla. Les tenía un poco de temor.
Desde el linde del bosque, llevando arriba por el ascenso, están los rastros de los caballos y las ruedas, las ruedas de los cañones. La hierba amarilla está abatida por los pies de la infantería. Claramente, ellos han pasado por esta vía en miles, no se han retirado por los caminos rurales. Eso es significativo, es la diferencia entre retraerse y retirarse.
Ese grupo de jinetes es nuestro comandante, su personal y escolta. Está enfrente de la cresta distante, teniendo sus anteojos de campo contra sus ojos con ambas manos, los codos elevados sin necesidad. Es una moda, parece dignificar el acto, todos somos adictos a ésta. Súbitamente, baja los anteojos y dice unas pocas palabras a los que le rodean. Dos o tres aides se apartan del grupo y galopan hacia el bosque, a lo largo de las líneas en cada dirección. No oímos sus palabras, pero las sabemos: “Dígale al general X que envíe adelante la línea de tiradores.” Esos de los nuestros que han estado fuera de lugar, retoman sus posiciones, los hombres en descanso se enderezan con facilidad y las filas se reforman sin un comando. Algunos de nuestros oficiales del personal se desmontan y miran las cinchas de sus monturas, esos que ya están en el terreno se remontan.
Galopando con rapidez a lo largo del linde del terreno abierto, viene un joven oficial en un caballo blanco como la nieve. La mantilla de su montura es escarlata. ¡Qué imbécil! Nadie que haya estado alguna vez en acción, deja de recordar cuán naturalmente cada rifle se vuelve hacia el hombre en un caballo blanco, nadie deja de observar cómo un poco de rojo enfurece al toro en la batalla. Que tales colores estén de moda en la vida militar, debe ser aceptado como el más asombroso de todos los fenómenos de la vanidad humana. Estos parecerían haber sido ideados para incrementar la tasa de mortalidad.
Este joven oficial está con el uniforme completo, como si estuviera en un desfile. Es todo fulgor con metal, una edición en azul y oro de la poesía de la guerra. Una ola de risas burlonas corre delante de él a todo lo largo de la línea. ¡Pero qué buen mozo es!, ¡con qué gracia descuidada se sienta en su caballo!
Él frena las riendas a una distancia respetable del comandante del cuerpo, y saluda. El viejo soldado asiente con la cabeza de modo familiar, es evidente que lo conoce. Un breve coloquio está ocurriendo entre ellos, el hombre joven parece preferir alguna petición que el más viejo no se dispone a conceder. Vamos a cabalgar un poco más cerca. ¡Ah!, es demasiado tarde, se terminó. El joven oficial saluda de nuevo, gira su caballo ¡y cabalga directo hacia la cresta de la colina!
Una delgada línea de tiradores, los hombres desplegados a seis pasos o un poco aparte, se apura ahora desde el bosque hacia el descampado. El comandante habla a su corneta, que se lleva su instrumento a los labios. ¡Tra-la-la! ¡Tra-la-la! Los tiradores hacen alto en sus sendas.
Mientras tanto el joven jinete ha avanzado unas cien yardas. Está cabalgando al paso, directo hacia arriba por la larga ladera, nunca sin voltear la cabeza. ¡Qué glorioso! ¡Dioses!, qué no daríamos por estar en su lugar, ¡con su alma! Él no saca su sable, su mano derecha cuelga a su costado fácilmente. La brisa capta la pluma de su sombrero y la ondea con elegancia. La luz del sol descansa en los tirantes de sus hombros, de forma adorable, como una visible bendición. Él cabalga directo. Diez mil pares de ojos están fijos en él, con una intensidad que apenas puede dejar de sentir; diez mil corazones mantienen su tiempo acelerado, ante los inaudibles golpes de los cascos de su corcel níveo. Él no está solo, arrastra a todas las almas tras suyo. ¡Pero recordamos que nos habíamos reído! Él sigue y sigue, directo por el muro del seto lineal, cabalga. No hay una mirada atrás. ¡Oh, si al menos se volteara, si pudiera al menos ver el amor, la adoración, la expiación!
Ni una palabra es dicha, las populosas profundidades de la foresta siguen murmurando, con su enjambre invisible e invidente, pero todo a lo largo de la franja es silencio. El corpulento comandante es una estatua ecuestre en sí mismo. Los oficiales del personal montados, sus anteojos de campo alzados, están todos inmóviles. La línea de batalla en el linde del bosque se para con un nuevo tipo de “atención”, cada hombre con la actitud en que fue captado por la conciencia de lo que está pasando. Todos estos hombres-asesinos, endurecidos e impenitentes, para quienes la muerte, en sus formas más horrendas, es un hecho familiar en su observación de todos los días; que duermen en las colinas temblando con el trueno de los grandes cañones, cenan en medio de los torrentes de misiles, y juegan a las cartas entre los rostros muertos de sus amigos más queridos, todos están mirando, con la respiración suspendida y los corazones palpitantes, el resultado de un acto que involucra la vida de un hombre. Tal es el magnetismo del coraje y la devoción.
Si ustedes voltearan la cabeza ahora, verían un movimiento simultáneo entre los espectadores -un principio, como si hubieran recibido una sacudida eléctrica -y mirando de nuevo hacia el ahora distante jinete, verían que en este instante ha alterado su dirección, y está cabalgando en un ángulo hacia su curso anterior. Los espectadores suponen que la súbita desviación es causada por un disparo, acaso por una herida, pero tomen estos anteojos de campo, y observarán que está cabalgando hacia una ruptura en el muro y el seto. Él piensa, si no lo matan, cabalgar a través y mirar todo el campo más allá.
Ustedes no han de olvidar la naturaleza del acto de este hombre, no se les permite pensar en esto como una instancia de bravata, ni, por otra parte, como un innecesario sacrificio de sí mismo. Si el enemigo no se ha retirado, está en vigor en esa cima. El investigador encontrará nada menos que una línea de batalla, no hay necesidad de piquetes, centinelas y tiradores para dar un aviso de nuestra aproximación; nuestras líneas de ataque serán visibles, conspicuas, expuestas a un fuego de artillería que rasurará el terreno en el momento que éstas irrumpan desde la cobertura, y por una mitad de la distancia una sábana de balas de rifle en la que nada puede vivir. En resumen, si el enemigo está allí, sería una locura atacarlo de frente; éste tiene que ser maniobrado por el plan inmemorial de amenazar su línea de comunicación, tan necesaria para su existencia, como para el buzo en el fondo del mar su tubo de aire. ¿Pero cómo averiguar si el enemigo está allí? Hay sólo un modo, alguien debe ir a ver. La cosa natural y habitual que hacer, es enviar hacia adelante una línea de tiradores. Pero en ese caso, éstos van a responder de forma afirmativa con todas sus vidas; el enemigo, agachado en filas dobles detrás del muro de piedra, y en la cobertura del seto, esperará hasta que sea posible contar los dientes de cada asaltante. A la primera ráfaga la mitad de la línea cuestionada caerá, la otra mitad antes de que pueda consumar la retirada predestinada. ¡Qué precio a pagar por una curiosidad satisfecha! ¡A qué alto precio un ejército debe, a veces, procurarse un conocimiento! “Déjenme pagarlo todo” -dice este hombre galante, ¡este Cristo militar!
No hay esperanza, excepto la esperanza contra la esperanza de que la cresta está despejada. Es verdad, él podría preferir la captura a la muerte. Cuán largo avance, la línea no va a disparar, ¿por qué habría de hacerlo? Él puede cabalgar a salvo dentro de las filas hostiles y convertirse en un prisionero de guerra. Pero eso derrotaría su objetivo. Eso sería no responder a nuestra pregunta; es necesario o que retorne ileso o sea muerto a tiros delante de nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo actuar. Si es capturado, pues eso podría ser hecho por una media docena de rezagados.
Ahora empieza un extraordinario concurso de intelecto entre un hombre y un ejército. Nuestro jinete, ahora a un cuarto de milla de la cresta, súbitamente gira a la izquierda y galopa en una dirección paralela a ésta. Ha tenido una visión de su antagonista, lo sabe todo. Alguna leve ventaja del terreno le ha permitido mirar toda una parte de la línea. Si estuviera aquí podría decirnos con palabras. Pero eso ahora es inútil, él debe hacer el mejor uso de los pocos minutos de vida que le quedan, obligando al enemigo a decirnos él mismo lo más llano posible, lo que, naturalmente, esa discreta potencia es renuente a hacer. No hay un fusilero en esas filas agachadas, no hay un cañonero entre esos cañones enmascarados y cargados, que no conozca la necesidad de la situación, el deber imperioso de la abstención. Además, ha habido tiempo suficiente para prohibirle a todos disparar. Es verdad, un solo disparo de rifle podría tumbarlo y no ser una gran revelación. Pero el disparar es infectivo, y vean qué rápido se mueve, nunca con una pausa, excepto cuando gira su caballo a punto de tomar una nueva dirección, nunca directo hacia atrás, hacia nosotros, nunca directo hacia adelante, hacia sus ejecutores. Todo esto es visible a través de los anteojos, parece que ocurre a un tiro de pistola; lo vemos todo, pero al enemigo, su presencia, sus pensamientos, sus motivos lo inferimos. Para un ojo no ayudado no hay nada más que una figura negra en un caballo blanco, trazando zigzags con lentitud contra la ladera de una colina distante, con tal lentitud que parecen casi arrastarse.
Ahora -los anteojos de nuevo- él se ha cansado de su fracaso, o ve su error, o se ha vuelto loco; se está lanzando directo hacia el muro, como para tomarlo de un salto, ¡con seto y todo! Sólo un momento y gira a la derecha y está corriendo como el viento, directo ladera abajo, hacia sus amigos, ¡hacia su muerte! Instantáneamente, el muro es coronado por un feroz rollo de humo, en una distancia de cientos de yardas a derecha e izquierda. Éste es disipado al instante por el viento, y antes de que el tableteo de los rifles nos alcance él es tumbado. No, él se recobra en su montura, sólo ha tirado su caballo sobre sus ancas. ¡Ellos están parados y lejos! Un vítor tremendo estalla en nuestras filas, aliviando la tensión insoportable de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo y su jinete? Sí, están parados y lejos. Lejos, en efecto, la están haciendo directo hacia nuestra izquierda, paralelo al ahora constantemente encendido y humeante muro. El tableteo de los mosquetes es continuo, y el blanco de cada bala es ese corazón corajudo.
Súbitamente, una gran banda de humo blanco se apura hacia arriba desde detrás del muro. Otra y otra, una docena rueda por arriba antes de que el trueno de las explosiones y el zumbido de los misiles alcancen nuestros oídos, y los mismos misiles vienen saltando a través de las nubes de polvo hacia nuestra cobertura, golpeando por aquí y por allá a un hombre, y causando una distracción temporal, un pasajero pensamiento de uno mismo.
El polvo se dispersa. ¡Increíble!, el caballo y el jinete encantados han pasado un barranco, y están trepando otra ladera para desvelar otra conspiración de silencio, para frustrar la voluntad de otro anfitrión armado. Otro momento y esa cresta también está en erupción. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Han sido tumbados por último. Pero miren de nuevo: el hombre se ha apartado del animal muerto. Se para erguido, inmóvil, teniendo su sable en su mano derecha, directo por encima de su cabeza. Su rostro está hacia nosotros. Ahora baja la mano al nivel de su rostro y la mueve hacia afuera, la hoja del sable describe una curva hacia abajo. Es un signo a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el saludo del héroe a la muerte y a la historia.
De nuevo el hechizo se ha roto, nuestros hombres intentan vitorear, están ahogados de emoción, dan gritos roncos, discordantes; agarran sus armas y se apresuran en tumulto hacia adelante, al descampado. Los tiradores sin órdenes, contra las órdenes, van hacia adelante en una carrera aguzada, como sabuesos sin correas. Nuestros cañones hablan, y los del enemigo abren fuego ahora a coro completo; a derecha e izquierda, tan lejos como podemos ver, la cresta distante, que parece ahora tan cercana, erige sus torres de nubes, y el gran cañonazo se abalanza rugiente sobre nuestras masas móviles. Bandera tras bandera de las nuestras emergen del bosque, línea tras línea barren hacia adelante, captando la luz del sol en sus armas bruñidas. Los batallones de la retaguardia son los únicos con obediencia, éstos preservan su distancia apropiada del frente insurgente.
El comandante no se ha movido. Ahora se quita los anteojos de campo de sus ojos y echa miradas a derecha e izquierda. Ve una corriente humana fluyendo a cada lado suyo y a su escolta agolpada, como las olas de una marea partidas por una roca. No hay un signo de sentimiento en su rostro, está pensando. De nuevo dirige sus ojos hacia adelante, éstos recorren la cresta maligna y horrenda con lentitud. Dirige una palabra calmada a su corneta. ¡Tra-la-la! ¡Tra-la-la! El mandato tiene una imperiosidad que lo refuerza. Es repetido por todos los cornetas de todos los comandantes subordinados; las agudas notas metálicas se reafirman por encima del zumbido de la avanzada y penetran el sonido de los cañones. Hacer alto es retirarse. Las banderas se mueven atrás con lentitud, las líneas vuelven los rostros y siguen de modo huraño, teniendo a sus heridos; los tiradores retornan, recogen a los muertos.
¡Ah, esos muchos, muchos muertos innecesarios! Esa gran alma cuyo hermoso cuerpo yace allá lejos, tan conspicuo contra el mustio flanco de la colina, ¿no se podría haber ahorrado la conciencia amarga de una devoción vana? ¿Habría una excepción empañado mucho la impiadosa perfección del plan divino, eterno?

Título original: A Son of the Gods, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Coming Rain, XX.