jueves, 6 de mayo de 2010

La cosa maldita


I. Uno no siempre se come lo que está en la mesa

A la luz de una vela de sebo, que había sido puesta en el extremo de una mesa rústica, un hombre estaba leyendo algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas bastante usado, y lo escrito no era al parecer muy legible, pues el hombre a veces llevaba la página cerca de la llama de la vela, para tener una luz más fuerte sobre ésta. La sombra del libro lanzaba entonces a la oscuridad una mitad de la habitación, apagando un número de rostros y figuras, pues además del lector otros ocho hombres estaban presentes. Siete de éstos sentados contra las rústicas paredes de troncos, en silencio, inmóviles y, siendo la habitación pequeña, no muy lejos de la mesa. De extender un brazo, cualquiera de ellos podría haber tocado al octavo hombre, que yacía en la mesa boca arriba, cubierto en parte por una sábana, sus brazos a los costados. Ése estaba muerto.
El hombre con el libro no estaba leyendo en voz alta, y nadie hablaba; todos parecían estar esperando que algo ocurriera, sólo el hombre muerto estaba sin expectativa. Desde la oscuridad absoluta del exterior venían, por una abertura que servía de ventana, todos los ruidos nunca no familiares de la noche en la espesura: la larga nota innominada de un coyote distante, el quieto temblor pulsante de los incansables insectos en los árboles, los extraños gritos de los pájaros de la noche, tan diferentes a los de los pájaros del día, el zumbido de los grandes escarabajos desatinados, y todo ese misterioso coro de sonidos menudos que parecen haber estado siempre, y que son oídos a medias cuando han cesado de súbito, como conscientes de una indiscreción. Pero nada de todo eso era notado por esa partida; sus miembros no eran muy adictos al interés ocioso en asuntos de importancia no práctica; eso era obvio en cada línea de sus rostros ásperos, obvio, incluso, a la tenue luz de la única vela. Eran, evidentemente, hombres de la vecindad, granjeros y leñadores.
La persona leyendo era un poco diferente; uno hubiera dicho que era del mundo, mundana, aunque había algo en su atuendo que atestiguaba una cierta fraternidad con los organismos de su entorno. Su chaqueta apenas habría pasado como aceptable en San Francisco, su calzado no era de origen urbano, y el sombrero que yacía a su lado en el suelo (era el único descubierto) era tal que, si uno lo hubiera considerado como un artículo de mero adorno personal, habría perdido su sentido. De semblante el hombre era más bien cautivador, con sólo un rastro de severidad, aunque ésta podía haberla asumido o cultivado, como era apropiado para uno de autoridad. Pues él era forense. Era en virtud de su oficio que tenía posesión del libro que estaba leyendo, éste se había hallado entre los efectos del hombre muerto, en su cabaña, donde la pesquisa tenía lugar ahora.
Cuando el forense terminó su lectura, se puso el libro en su bolsillo pectoral. En ese momento la puerta se abrió empujada, y entró un joven. Éste, claramente, no era de nacimiento ni crianza montañezca: estaba vestido como los que residían en las ciudades. Su ropa estaba polvorienta sin embargo, como de un viaje. De hecho, había cabalgado duro para asistir a la pesquisa.
El forense le asintió con la cabeza, nadie más lo saludó.
-Hemos esperado por usted -dijo el forense-. Es necesario haber acabado con este negocio esta noche.
El joven sonrió. -Lamento haberlo hecho esperar -dijo-. Yo me fui no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un recuento de lo que, supongo, me llamaron de vuelta para relatar.
El forense sonrió.
-El recuento que usted envió a su periódico -dijo-, difiere, probablemente, del que usted va a dar aquí bajo juramento.
-Eso -replicó el otro más bien acalorado y con visible sonrojo-, es como le plazca. Yo usé papel múltiple y tengo una copia de lo que mandé. No fue escrito como una noticia, pues es increíble, sino como una ficción. Eso puede ir como una parte de mi testimonio bajo juramento.
-Pero usted dice que es increíble.
-Eso no es nada para usted, señor, si yo juro también que es verdad.
El forense estuvo en silencio por un tiempo, sus ojos en el suelo. Los hombres en los costados de la cabaña hablaron en susurro, pero rara vez apartaron sus miradas del rostro del cadáver. De repente, el forense alzó los ojos y dijo: -Vamos a reanudar la pesquisa.
Los hombres se quitaron los sombreros. El testigo estaba jurando.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó el forense.
-William Harker.
-¿Edad?
-Veintisiete.
-¿Usted conocía al difunto, Hugh Morgan?
-Sí.
-¿Usted estaba con él cuando murió?
-Cerca de él.
-¿Cómo pasó eso, su presencia, quiero decir?
-Yo lo estaba visitando en este lugar, para cazar y pescar. Una parte de mi propósito, sin embargo, era estudiarlo a él, y su raro, solitario modo de vida. Parecía un buen modelo para un carácter de ficción. Yo, a veces, escribo historias.
-Yo, a veces, las leo.
-Gracias.
-Las historias en general, no las suyas.
Algunos de los jurados se rieron. Contra un fondo sombrío, el humor muestra luces altas. Los soldados en los intervalos de la batalla se ríen fácilmente, y una broma en la cámara de la muerte conquista por sorpresa.
-Relate las circunstancias de la muerte de este hombre -dijo el forense-. Usted puede usar cualquier nota o memorando que le plazca.
El testigo entendió. Tirando de un manuscrito de su bolsillo pectoral, lo llevó cerca de la vela y, pasando las hojas hasta que encontró el pasaje que quería, empezó a leer.

II. Lo que puede pasar en un campo de avena silvestre

“…El sol apenas se había levantado cuando dejamos la casa. Estábamos buscando la codorniz, cada uno con una escopeta, pero sólo teníamos un perro. Morgan dijo que el mejor terreno estaba más allá de cierta cima que señaló, y la cruzamos por un sendero a través de un chaparral. En el otro lado había un terreno en comparación llano, cubierto densamente de avena silvestre. Cuando salimos del chaparral, Morgan estaba sólo a unas pocas yardas adelante. Súbitamente oímos, a una pequeña distancia a nuestra derecha y en parte enfrente, un ruido como de algún animal que se revolcara entre los arbustos, que pudimos ver se agitaban con violencia.
-Hemos espantado a un ciervo -dije-. Quisiera haber traído un rifle.
Morgan, que se había detenido y estaba vigilando con intención el chaparral agitado, no dijo nada, pero había montado los dos cañones de su escopeta y la llevaba preparado para apuntar. Pensé que estaba un poco excitado, lo que me sorprendió, pues tenía la reputación de una frialdad excepcional, incluso en los momentos de peligro súbito e inminente.
-Oh, vamos -dije-. Usted no va a llenar un ciervo de perdigones de codornices, ¿verdad?
Aún no replicaba, pero al captar una visión de su rostro, cuando lo volvió levemente hacia mí, me golpeó la intensidad de su mirada. Entonces entendí que teníamos un negocio serio en las manos, y mi primera conjetura fue que nos habíamos “saltado” un pardo. Yo avancé hacia el lado de Morgan, montando mi pieza mientras me movía.
Los arbustos ahora estaban tranquilos y los sonidos habían cesado, pero Morgan estaba tan atento al lugar como antes.
-¿Qué es? ¿Qué diablos es? -pregunté.
-¡Esa cosa maldita! -replicó, sin volver la cabeza. Su voz era áspera y no natural. Él temblaba visiblemente.
Yo estaba a punto de hablar más, cuando observé la avena silvestre, cerca del lugar del disturbio, moviéndose del modo más inexplicable. Apenas puedo describirlo. Ésta parecía como revuelta por una racha de viento, que no sólo la doblaba, sino también la presionaba hacia abajo, la aplastaba así que no se levantaba; y ese movimiento se prolongaba directo hacia nosotros con lentitud.
Nada de lo que yo jamás vi me había afectado de una forma tan extraña, como este fenómeno no familiar e incontable, aunque soy incapaz de acordarme de alguna sensación de miedo. Yo recuerdo -y lo digo aquí porque, es bastante singular, me acordé entonces- que una vez, mirando con descuido por una ventana abierta, confundí por un momento un menudo árbol cercano a la mano, con uno de un grupo de árboles grandes a una pequeña distancia. Éste parecía del mismo tamaño que los otros, pero estando definido más distinta y agudamente en la masa y el detalle, parecía no tener armonía con éstos. Era una mera falsificación de la ley de la perspectiva aérea, pero me alarmó, casi me aterró. Estamos tan confiados en la operación ordenada de las familiares leyes naturales, que cualquier suspensión parecida de éstas es anotada como una amenaza a nuestra seguridad, una advertencia de una calamidad impensable. Así ahora el aparente, incausado movimiento del herbaje, y el lento, no desviado aproximarse de la línea del disturbio, eran claramente inquietantes. Mi compañero parecía realmente espantado, y yo apenas podía dar crédito a mis sentidos, cuando lo vi lanzarse la escopeta al hombro de súbito, ¡y disparar los dos cañones al grano agitado! Antes de que el humo de la descarga se hubiera despejado, oí un fuerte grito salvaje -un aullido como el de un animal silvestre- y, arrojando su escopeta al terreno, Morgan saltó y corrió del sitio con ligereza. En el mismo instante yo fui lanzado al terreno con violencia, por el impacto de algo invisible en el humo, una sustancia blanda, pesada que parecía lanzarse contra mí con gran fuerza.
Antes de que pudiera ponerme de pie y recobrar mi escopeta, que parecía haber sido arrancada de mis manos, oí a Morgan gritando como en una agonía mortal, y mezclados con sus gritos había unos sonidos roncos, salvajes, como los que uno oye entre perros peleando. Inexpresablemente aterrado, me esforcé con mis pies y miré en la dirección de la retirada de Morgan, ¡y que el cielo me libre con misericordia de otra visión como esa! A una distancia de menos de treinta yardas, estaba mi amigo, tumbado sobre una rodilla, su cabeza echada atrás en un ángulo de espanto, sin sombrero, su largo cabello en desorden, y todo su cuerpo en un movimiento violento de un lado a otro, atrás y adelante. Su brazo derecho estaba alzado y parecía carecer de mano, al menos, yo no podía ver ninguna. El otro brazo era invisible. A veces, como mi memoria reporta ahora esa escena extraordinaria, yo podía discernir sólo una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado -no lo puedo expresar de otra forma-, luego un cambio de su posición lo traía todo a la vista de nuevo.
Todo esto debe haber ocurrido en unos pocos segundos, aunque en ese tiempo Morgan asumió todas las posturas de un decidido luchador, vencido por un peso y una fuerza superiores. Yo no veía nada más que a él, y a él no siempre con distinción. Durante todo el incidente sus alaridos y maldiciones se oían, como a través de un envolvente alboroto de sonidos de rabia y furia, ¡que yo nunca había oído en la garganta de un hombre o una bestia!
Por un momento solamente estuve parado irresoluto, luego, lanzando mi escopeta, corrí hacia mi amigo en su auxilio. Yo tenía la vaga creencia de que estaba sufriendo un ataque, o algún tipo de convulsión. Antes de que pudiera alcanzar su lugar, estaba tumbado y tranquilo. Todos los sonidos habían cesado, pero con una sensación de terror, que incluso esos sucesos horribles no me habían inspirado, vi ahora de nuevo el misterioso movimiento de la avena silvestre, que se prolongaba desde el área pisoteada, alrededor del hombre postrado, hacia el borde del bosque. Fue sólo cuando ésta hubo alcanzado el bosque, que yo fui capaz de apartar mis ojos y mirar a mi compañero. Estaba muerto."

III. Un hombre, aunque esté desnudo, puede estar en harapos

El forense se levantó de su asiento y se paró junto al hombre muerto. Alzando un borde de la sábana la tiró atrás, exponiendo el cuerpo entero, que estaba desnudo por completo y mostraba a la luz de la vela un amarillo arcilloso. Éste tenía, sin embargo, amplias máculas de un negro azulado, obviamente causadas por la sangre extravasada de las contusiones. El pecho y los costados lucían como si hubieran sido golpeados con un garrote. Había laceraciones horrendas, la piel estaba desgarrada en tiras y jirones.
El forense se movió rondando hacia el extremo de la mesa, y desató un pañuelo de seda, que había sido pasado por debajo de la barbilla y anudado encima de la cabeza. Cuando el pañuelo fue retirado, expuso lo que había sido la garganta. Algunos de los jurados que se habían levantado para obtener una vista mejor, se arrepintieron de su curiosidad y voltearon los rostros. El testigo Harker fue a la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, débil y enfermo. Soltando el pañuelo sobre el cuello del hombre muerto, el forense caminó hacia un ángulo de la habitación y, de una pila de ropa, extrajo una prenda tras otra, cada una de las que levantó un momento para su inspección. Todas estaban desgarradas, y tiesas de sangre. Los jurados no hicieron una inspección más cercana. Éstos parecían más bien desinteresados. Habían, en verdad, visto todo eso antes, la única cosa que era nueva para ellos era el testimonio de Harker.
-Caballeros -dijo el forense-, no tenemos más evidencia, yo creo. Su deber ya ha sido explicado a ustedes, si no hay nada que deseen preguntar, pueden salir afuera y considerar su veredicto.
El presidente se levantó, un hombre alto, barbudo, de sesenta años, vestido de modo grosero.
-Me gustaría hacer una pregunta, sr. Forense -dijo-. ¿De qué asilo se escapó este forastero último testigo?
-Sr. Harker -dijo el forense, grave y tranquilo-, ¿de qué asilo se escapó usted por último?
Harker se sonrojó hasta el púrpura de nuevo, pero no dijo nada, y los siete jurados se levantaron y salieron en fila de la cabaña de forma solemne.
-¿Si usted ha acabado de insultarme, señor -dijo Harker, tan pronto como él y el oficial fueron dejados solos con el hombre muerto-, yo supongo que estoy en libertad de irme?
-Sí.
Harker empezó a irse pero se detuvo, con la mano en el cerrojo de la puerta. El hábito de su profesión era fuerte en él, más fuerte que su sentido de la dignidad personal. Se volteó y dijo:
-El libro que usted tiene ahí, yo lo reconozco como el diario de Morgan. Usted parece bastante interesado en éste, lo leía mientras yo estaba testificando. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría.
-El libro no va a hacer figura en este asunto -replicó el oficial, deslizándolo en el bolsillo de su abrigo-, todas las entradas se hicieron antes de la muerte del escritor.
Cuando Harker salió de la casa, los jurados entraron de nuevo y se pararon alrededor de la mesa, en la que el cadáver cubierto ahora se mostraba bajo la sábana con una definición aguzada. El presidente se sentó cerca de la vela, extrajo de su bolsillo pectoral un lápiz y un trozo de papel, y escribió de modo más bien laborioso el siguiente veredicto, que todos firmaron con diversos grados de esfuerzo:
“Nosotros, el jurado, encontramos que los restos hallaron la muerte a manos de un león de montaña, pero algunos de nosotros piensan, de igual forma, que ellos tenían ataques.”

IV. Una explicación desde la tumba

En el diario del finado Hugh Morgan hay ciertas entradas interesantes que, posiblemente, tienen un valor científico como sugerencias. En la pesquisa de su cuerpo el libro no fue puesto en evidencia, posiblemente el forense pensó que no valía la pena confundir al jurado. La fecha de la primera de las entradas mencionadas no se puede averiguar; la parte superior de la hoja está arrancada; la parte de la entrada restante es la siguiente:
“… corría en un semicírculo, manteniendo la cabeza volteada siempre hacia el centro, y de nuevo se quedaba quieto, ladrando furiosamente. Por último corrió hacia los arbustos tan rápido como podía ir. Al principio pensé que se había vuelto loco, pero al retornar a la casa no encontré ninguna otra alteración en sus maneras, de la que era obvia, debido al miedo al castigo."
“¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Los olores impresionan algún centro cerebral, con las imágenes de la cosa que los emite?.."
“2 de sep. Mirando las estrellas la noche pasada, mientras éstas se levantaban por encima de la cresta de la cima, al este de la casa, yo las observé desaparecer sucesivamente, de izquierda a derecha. Cada una se eclipsaba sólo un instante, y sólo unas pocas al mismo tiempo, pero a lo largo de toda la longitud de la cima, todas las que estaban a un grado o dos de la cresta, fueron borradas. Era como si algo hubiera pasado a lo largo entre éstas y yo, pero yo no podía verlo, y las estrellas no eran lo suficiente gruesas como para definir sus contornos. ¡Uf! No me gusta esto…"
Varias semanas las entradas están perdidas, tres hojas fueron arrancadas del libro.
“27 de sep. Ha estado por aquí de nuevo, yo encuentro evidencias de su presencia todos los días. Vigilé de nuevo toda la noche pasada en la misma cobertura, escopeta en mano, cargada doble con perdigones. Por la mañana las huellas frescas estaban allí, como antes. Aunque habría jurado que no dormí, en efecto, apenas duermo del todo. ¡Es terrible, insoportable! Si estas experiencias asombrosas son reales, me voy a volver loco, si son imaginarias, yo estoy loco ya.”
“3 de oct. Yo no me iré, eso no me va a echar. No, esta es mi casa, mi tierra. Dios odia al cobarde…"
“5 de oct. Yo no puedo soportarlo más, he invitado a Harker a pasarse unas semanas conmigo, él tiene una cabeza equilibrada. Puedo juzgar por sus maneras si él piensa que yo estoy loco."
“7 de oct. Yo tengo la solución del misterio, me vino la noche pasada, súbitamente, como por revelación. ¡Qué simple, qué terriblemente simple!"
“Hay sonidos que no podemos oír. En cada extremo de la escala hay notas que no mueven una cuerda en ese instrumento imperfecto, el oído humano. Éstos son demasiado altos o demasiado graves. Yo he observado una bandada de mirlos ocupando la copa de un árbol entera -las copas de varios árboles- y todos en una canción total. Súbitamente, en un momento, al mismo instante en absoluto, todos saltaron al aire y se fueron volando. ¿Cómo? Ellos no se pueden ver unos a otros del todo, todas las copas de los árboles intervienen. En ningún punto podría un líder haber sido visible a todos. Debe haber habido una señal de advertencia o comando, alta y chillona por encima del barullo, pero no oída por mí. Yo he observado, también, el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo de los mirlos, sino también de otros pájaros; las codornices, por ejemplo, ampliamente separadas por los arbustos, incluso en los lados opuestos de una colina."
“Es sabido de los marinos que un cardumen de ballenas, que se calientan al sol o juguetean en la superficie del océano, millas aparte, con la convexidad de la tierra entre ellas, a veces se sumergen al mismo instante, todas se pierden de vista en un momento. La señal ha sonado, demasiado grave para el oído del marinero en el mástil y sus camaradas en la cubierta, que no obstante sienten sus vibraciones en el barco, como las piedras de una catedral son removidas por el bajo del órgano."
“Como con los sonidos, así con los colores. En cada extremo del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que es conocido como rayos ‘actínicos’. Éstos representan los colores -los colores integrales de la composición de la luz- que somos incapaces de discernir. El ojo humano es un instrumento imperfecto, su rango es sólo de unas pocas octavas en la ‘escala cromática’ real. Yo no estoy loco, hay colores que no podemos ver."
“¡Y Dios me ayude, la cosa maldita es de ese color!”

Título original: The Damned Thing, publicado por primera vez en Town Topics, diciembre de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Frederick Peto, Still Life with Candlestick and Book, XIX.