lunes, 17 de mayo de 2010

El hipnotizador


Esos de mis amigos que saben por casualidad, que yo a veces me divierto con el hipnotismo, la lectura de la mente y los fenómenos afines, me preguntan con frecuencia si tengo una concepción clara, de la naturaleza del principio cualquiera que subyace en éstos. A esa pregunta siempre replico que no tengo ni el deseo de tenerla. Yo no soy un investigador con una oreja en el ojo de la cerradura del taller de la naturaleza, tratando de robarle con vulgar curiosidad los secretos de su oficio. Los intereses de la ciencia son tan pequeños para mí, como parecen ser los míos para la ciencia.
Sin dudas, los fenómenos en cuestión son lo suficiente simples, y de ningún modo trascienden nuestros poderes de comprensión, si sólo podemos encontrar la pista; pero por mi parte yo prefiero no encontrarla, pues soy de una singular disposición romántica, y derivo más satisfacción del misterio que del conocimiento. Era común observar de mí cuando yo era un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos, más bien, para mirar adentro que para mirar afuera; tal era su belleza soñadora y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su indiferencia a lo que estaba pasando. En esas peculiaridades éstos semejaban, me aventuro a pensar, el alma que yacía detrás de ellos, siempre más concentrada en alguna concepción encantadora, que había creado a su propia imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y el material marco de las cosas. Todo esto, irrelevante y egoísta como pueda parecer, se relaciona a modo de recuento de la magrura de luz que yo soy capaz de arrojar sobre un sujeto, que ha ocupado tan mucho mi atención, y respecto al que hay tanto interés y, en general, curiosidad. Con mis poderes y oportunidades otra persona podría, sin dudas, tener una explicación para mucho de lo que yo presento, simplemente, como una narración.
Mi primer conocimiento de que yo poseía poderes inusuales me vino a los catorce años, cuando estaba en la escuela. Sucedido un día que había olvidado llevar mi almuerzo de mediodía, miraba con anhelo el de una muchacha menuda que se preparaba a comerse el suyo. Mirando hacia arriba, sus ojos encontraron los míos y ella pareció incapaz de apartarlos. Después de un momento de vacilación, vino adelante con una suerte de modo ausente y, sin una palabra, me entregó su pequeña canasta con su tentador contenido, y se fue caminando. Indeciblemente renovado, yo alivié mi hambre y destruí la canasta. Después de eso no tuve el problema de traer un almuerzo para mí: esa muchacha pequeña fue mi proveedor diario; y no infrecuente en satisfacer mi simple necesidad de su tienda frugal, combiné el placer y el beneficio de constreñir su asistencia al festín, y le hacía una propuesta engañosa de las viandas que yo consumía, eventualmente, hasta el último fragmento. La muchacha siempre estaba persuadida de que se lo había comido todo ella misma, y más tarde en el día, sus llorosas quejas de hambre sorprendían al maestro y entretenían a los alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tripa-glotona, y que me llenaba de la paz del pasado entendimiento.
Un rasgo desagradable de esta diferente, satisfactoria condición de las cosas, era el necesario secretismo: la transferencia del almuerzo, por ejemplo, tenía que hacerse a cierta distancia de la alocada multitud, en un bosque, y me sonrojo al pensar en los muchos otros indignos subterfugios que acarreaba la situación. Como yo era (y soy), naturalmente, de una disposición franca y abierta, estos se hacían más y más molestos, y a no ser por la reticencia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo régimen, yo gustoso habría vuelto al viejo. El plan que adopté finalmente para librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y grande interés por ese tiempo, y la parte de éste que consistió en la muerte de la muchacha fue condenada con severidad, pero es apenas pertinente para el alcance de esta narración.
Por algunos años después tuve poca oportunidad de practicar el hipnotismo; los menudos ensayos que hice de éste estuvieron, comúnmente, carentes de otro reconocimiento, que el confinamiento solitario con una dieta de pan y agua; a veces, en efecto, éstos no sacaban nada mejor que un gato de nueve colas. Fue cuando estaba a punto de dejar la escena de estos menudos desengaños, que mi hazaña realmente importante fue realizada.
Yo había sido llamado a la oficina del guardián, y me habían dado un traje de ropa de civil, una irrisoria suma de dinero y una gran porción de consejos que, me veo obligado a confesar, eran de mucho mejor calidad que la ropa. Mientras estaba pasando por el portón hacia la luz de la libertad, me volteé de súbito y miré al guardián en el ojo con gravedad, y pronto lo tuve bajo control.
-Usted es un avestruz -dije.
En el examen post-mortem se encontró que el estómago contenía una gran cantidad de artículos indigestos, en su mayoría de madera o metal. Atascado en el esófago con firmeza y constituyendo, de acuerdo al médico forense, la inmediata causa de muerte, un pomo de puerta.
Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero cuando tomé mi camino hacia el gran mundo, del que había estado aislado tanto tiempo, no pude evitar recordar que todas mis desgracias habían fluido como una corriente, desde la mezquina economía de mis padres en materia de almuerzos escolares; y yo no tenía ninguna razón para pensar que ellos se habían reformado.
En el camino entre Colina Succotash y Asphyxia del Sur hay un campo un poco abierto, que una vez contuvo una choza conocida como "el Lugar de Pete Gilstrap", donde ese caballero solía asesinar a los viajeros para ganarse la vida. La muerte del sr. Gilstrap y el desvío de casi todos los viajes a otro camino ocurrieron casi tan al mismo tiempo, que nadie jamás ha sido capaz de decir cuál fue la causa y cuál el efecto. De todas formas el campo era ahora una desolación y "el lugar" hacía largo tiempo que había sido quemado. Fue mientras iba a pie a Asphyxia del Sur, el hogar de mi infancia, que encontré a mis padres ambos en su camino hacia la colina. Habían enganchado su tiro y estaban comiendo su almuerzo bajo un roble en el centro del campo. La visión del almuerzo me trajo dolorosos recuerdos de mis días de escuela y despertó el león dormido en mi pecho. Aproximándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir que yo compartía su hospitalidad.
-De esta alegría, mi hijo -dijo el autor de mi ser, con la pomposidad característica que la edad no había marchitado-, hay suficiente sólo para dos. Yo no soy, espero, insensible a la luz hambrienta de tus ojos, pero…
Mi padre nunca completó esa sentencia, lo que él confundió con una luz hambrienta era, simplemente, la mirada seria del hipnotizador. En unos pocos segundos él estaba a mi servicio. Unos pocos más fueron suficientes para la dama, y los dictados de un justo resentimiento pudieron ser llevados a efecto. -Mi antiguo padre -dije-, ¿yo presumo que le es sabido, que usted y esta dama no son más lo que eran?
-Yo he observado un cierto cambio sutil -fue la réplica más bien dudosa del viejo caballero-, acaso sea atribuible a la edad.
-Es más que eso -le expliqué-, tiene que ver con el carácter, con las especies. Usted y la dama aquí son, en verdad, dos potros, unos sementales salvajes ambos, y poco amistosos.
-¿Por qué, John? -exclamó mi querida madre-, tú no quieres decir que yo soy…
-Señora -repliqué de modo solemne, fijando mis ojos en los suyos de nuevo-, usted lo es.
Apenas habían caído las palabras de mis labios, cuando ella se tumbó sobre sus manos y rodillas, y reculando hacia el viejo chilló como un demonio, ¡y le asestó una viciosa patada en la canilla! Un instante después él mismo estaba en cuatro patas, se apartaba de ella y le lanzaba sus pies de forma simultánea y sucesiva. Con igual seriedad pero inferior agilidad, debido a su impedido engranaje corporal, ella hacia lo suyo. Sus piernas volantes se cruzaban y mezclaban del modo más aturdidor, sus pies a veces se juntaban en escuadra en medio del aire, sus cuerpos arrojados hacia delante, cayendo planos sobre el terreno y por un momento indefensos. Al recobrarse reanudaban el combate, emitiendo en su frenesí los sonidos innominados de las bestias furiosas, que ellos mismos creían ser, ¡la región entera resonaba con sus clamores! Rodaban con vueltas y vueltas, los golpes de sus pies cayendo “como relámpagos de la nube de la montaña.” Se sumergían y levantaban hacia atrás sobre las rodillas, se pegaban el uno al otro con salvajismo, con torpes golpes descendentes de ambos puños a la vez, y se tumbaban sobre sus manos de nuevo, como incapaces de mantener la posición erguida del cuerpo. La hierba y los guijarros eran arrancados del suelo por las manos y los pies; las ropas, los cabellos, los rostros se mancharon indeciblemente de polvo y sangre. Los gritos de rabia salvajes, inarticulados atestiguaban la repartición de los golpes; los gemidos, los gruñidos y los jadeos su recepción. Nada más verdaderamente militar fue visto jamás en Gettysburg o Waterloo: el valor de mis queridos padres en una hora de peligro, nunca podrá dejar de ser para mí una fuente de orgullo y satisfacción. Al final de todo los dos apaleados, andrajosos, sangrantes y fragmentados vestigios de mortalidad atestiguaron el hecho solemne, de que el autor de la pelea era un huérfano.
Arrestado por provocar una alteración del orden, yo fui, y desde entonces he sido, juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos donde, después de quince años de proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso sea llevado a la Corte de mandato a nuevos juicios.
Estos son unos pocos de mis experimentos principales en la misteriosa fuerza o agencia, conocida como la sugestión hipnótica. Si ésta puede o no ser empleada por un hombre malo con un propósito indigno, yo soy incapaz de decirlo.

Título original: The Hypnotist, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, septiembre de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ivan Kramskoy, Vladimir Solovyov, 1885.