sábado, 1 de mayo de 2010

El master de Moxon


-¿Usted, en serio?, ¿usted, realmente, cree que una máquina piensa?
Yo no obtuve una réplica inmediata; Moxon estaba, al parecer, abstraído en los carbones de la parrilla, tocándolos aquí y allá con el atizador diestramente, hasta que éstos expresaron el sentido de su atención con un resplandor más brillante. Por varias semanas había observado en él un creciente hábito de demora en responder, incluso a la más trivial de las preguntas comunes. Su aire, sin embargo, era más de preocupación que de deliberación: uno podía haber dicho que tenía “algo en la mente.”
De repente dijo:
-¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida de forma diversa. He aquí una definición de un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización, por el cual un poder es aplicado y hecho efectivo, o un efecto deseado producido.” Bueno, entonces, ¿no es un hombre una máquina? Y usted admitirá que él piensa, o piensa que piensa.
-Si no desea responder a mi pregunta -dije, más bien molesto-, ¿por qué no lo dice?, todo lo que dice es una mera evasiva. Usted sabe bastante bien que cuando yo digo “máquina”, no me refiero a un hombre, sino a algo que el hombre ha hecho y controla.
-Cuando ésta no lo controla a él -dijo, levantándose abruptamente y mirando por una ventana, donde nada era visible en la negrura de una noche de tormenta. Un momento después se volvió y, con una sonrisa, dijo: -Le pido perdón, no había pensado en una evasiva. Yo consideré el diccionario del hombre un testimonio inconsciente, que sugería y valía algo en la discusión. Yo puedo darle a su pregunta una respuesta directa con bastante facilidad: yo creo que una máquina piensa en el trabajo que está haciendo.
Eso era bastante directo, ciertamente. No era placentero por completo, pues tendía a confirmar la triste sospecha, de que la devoción de Moxon por estudiar y trabajar en su taller de máquinas, no había sido buena para él. Yo sabía por una cosa que él sufría de insomnio, y eso no era una aflicción ligera. ¿Había ésta afectado su mente? Su réplica a mi pregunta me pareció entonces una evidencia de que había; acaso, debía pensar sobre eso, ahora, de modo diferente. Yo era más joven entonces, y entre las bendiciones que no son negadas a la juventud está la ignorancia. Incitado por ese gran estímulo a la controversia, le dije:
-¿Y con qué piensa pues, en ausencia de un cerebro?
La réplica, viniendo con menos de su demora habitual, tomó su forma favorita de contra-interrogación:
-¿Con qué piensa una planta, en ausencia de un cerebro?
-¡Ah, las plantas también pertenecen a la clase del filósofo! Me placería conocer algunas de sus conclusiones, puede omitir las premisas.
-Acaso -replicó, al parecer no afectado por mi necia ironía-, usted pueda ser capaz de inferir sus convicciones de sus actos. Yo le ahorraré los ejemplos familiares de la mimosa sensitiva, las varias flores insectívoras y esas, cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja entrante, en orden de que ésta pueda fertilizar a sus parejas distantes. Pero observe esto. En un sitio abierto de mi jardín, yo planté una vid de enredadera. Cuando estaba apenas por arriba de la superficie, puse una estaca en el suelo, a una yarda. La vid de una vez fue por ésta, pero cuando estaba a punto de alcanzarla, después de varios días, la removí unos pocos pies. La vid de una vez alteró su curso, haciendo un ángulo agudo, y fue por la estaca de nuevo. Esa maniobra fue repetida varias veces, y finalmente, como desanimada, la vid abandonó la persecución e, ignorando otros intentos de desviarla, viajó hacia un árbol pequeño, más lejos, en el que se enredó.
-Las raíces del eucalipto se prolongan increíblemente en busca de la humedad. Un horticultor bien conocido relata, que una entró a un viejo caño de drenaje y lo siguió hasta llegar a una rotura, donde una sección del caño se había eliminado, para hacerle camino a un muro de piedra, que se había construido sobre su curso. La raíz dejó el drenaje y siguió el muro, hasta que encontró una abertura donde la piedra se había caído. Se arrastró a través y siguió al otro lado del muro, de vuelta al drenaje, entró a una parte inexplorada y reanudó su viaje.
-¿Y todo eso?
-¿Puede usted perderse el significado de eso? Eso muestra la conciencia de las plantas. Eso prueba que ellas piensan.
-Incluso si lo hiciera, ¿qué entonces? Nosotros no estábamos hablando de plantas, sino de máquinas. Éstas pueden estar compuestas, parcialmente, de madera -una madera que no tiene más vitalidad-, o totalmente de metal. ¿Es el pensamiento también un atributo del reino mineral?
-¿Cómo más explica usted, por ejemplo, el fenómeno de la cristalización?
-Yo no lo explico.
-Porque no puede, sin afirmar lo que usted desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman líneas o escuadras huecas, usted llama a eso razón. Cuando los gansos salvajes en vuelo, toman la forma de una letra V, usted dice instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente en una solución, se disponen en figuras matemáticamente perfectas, o las partículas de la humedad congelada en las formas simétricas y hermosas de los copos de nieve, usted no tiene nada que decir. Usted, incluso, no ha inventado un nombre, para ocultar su heroica sinrazón.
Moxon estaba hablando con una inusual animación y seriedad. Cuando se detuvo oí en una habitación contigua, que yo conocía como su “taller de máquinas”, al que a nadie más que a él mismo se le permitía entrar, un singular sonido de aporreo, como de alguien golpeando sobre una mesa con la mano abierta. Moxon lo oyó en el mismo momento y, visiblemente agitado, se levantó y pasó apurado a la habitación de donde venía. Yo pensé era raro que alguien más estuviera allí, y mi interés en mi amigo -sin dudas, con un toque de curiosidad no justificada- me llevó a escuchar abstraído, aunque, soy feliz de decirlo, no al ojo de la cerradura. Había sonidos confusos, como de una lucha o forcejeo, el suelo se sacudía. Oí claramente una respiración dificultosa, y un ronco susurro que decía: “¡Maldito seas!” Luego todo fue silencio, y de repente Moxon reapareció y dijo, más bien con una sonrisa de disculpa:
-Perdóneme por dejarlo tan abruptamente. Yo tengo una máquina ahí, que pierde su temple y corta en bruto.
Fijando mis ojos de modo constante en su mejilla izquierda, que estaba atravesada por cuatro excoriaciones paralelas que mostraban sangre, dije:
-¿Cómo habría que hacer para cortarle las uñas?
Podría haberme ahorrado la broma, él no le prestó atención, y se sentó en la silla que había dejado y reanudó el monólogo interrumpido, como si nada hubiera ocurrido:
-Sin dudas, usted no la tiene con esos (yo no necesito nombrarlos para un hombre de su lectura), que han enseñado que toda la materia es sensitiva, que cada átomo es un ser viviente, sintiente, consciente. Yo sí. No hay tal cosa como la materia muerta, inerte: todo está vivo, todo es instinto con fuerza, real y potencial; todo es sensitivo a las mismas fuerzas de su entorno, y susceptible al contagio de las más altas y sutiles, que residen en esos organismos superiores, ya que puede ponerse en relación con éstas; como las del hombre, cuando la está configurando en un instrumento de su voluntad. Ésta absorbe algo de su inteligencia y propósito, más de éstas en proporción con la complejidad de la máquina resultante y la de su trabajo.
-¿Usted recuerda por casualidad la definición de la “vida”, de Herbert Spencer? Yo la leí hace treinta años. Él puede haberla alterado después, por lo que yo sé, pero en todo este tiempo he sido incapaz de pensar en una sola palabra, que pudiera ser cambiada, agregada o eliminada con provecho. Me parece no sólo la mejor definición, sino la única posible.
-La vida -dice-, es una combinación definida de cambios heterogéneos, ambos simultáneos y sucesivos, en correspondencia con las coexistencias y las secuencias exteriores.
-Eso define el fenómeno -dije-, pero no da ningún indicio de su causa.
-Eso -replicó-, es todo lo que cualquier definición puede hacer. Como Mill apunta, nosotros no sabemos nada de la causa, excepto como un antecedente, nada del efecto, excepto como una consecuencia. En ciertos fenómenos, uno nunca ocurre sin el otro, lo que es distinto: al primero en el punto del tiempo lo llamamos causa, al segundo efecto. Uno que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y nunca haya visto a los conejos y los perros de otra manera, pensará que el conejo es la causa del perro.
-Pero me temo -agregó, riendo de forma bastante natural-, que mi conejo me está llevando muy lejos del rastro de mi presa legítima: yo me entrego al placer de la caza por sí misma. Lo que quiero que usted observe, es que en la definición de la “vida” de Herbert Spencer, la actividad de la máquina es incluida, no hay nada en la definición que no sea aplicable a ésta. De acuerdo al más agudo de los observadores y el más profundo de los pensadores, si un hombre, durante su período de actividad, está vivo, pues es una máquina cuando está en operación. Como inventor y constructor de máquinas, yo sé que es verdad.
Moxon estuvo en silencio por largo tiempo, mirando al fuego de modo ausente. Se estaba haciendo tarde y pensé que era hora de irme, pero de algún modo no me gustaba la idea de dejarlo en esa casa aislada, solo del todo, excepto por la presencia de cierta persona, sobre cuya naturaleza mis conjeturas no podían ir más lejos, de que era no amistosa, acaso maligna. Inclinándome sobre él y mirándolo a los ojos seriamente, mientras hacía un movimiento con la mano hacia la puerta de su taller, dije:
-Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?
Un tanto para mi sorpresa, se rió levemente y respondió sin vacilación:
-A nadie; el incidente que usted tiene en mente, fue causado por mi necedad de dejar una máquina en acción, sin nada sobre qué actuar, mientras acometía la tarea interminable de iluminar su entender. ¿Usted sabe por casualidad, que la conciencia es la criatura del ritmo?
-¡Oh, molesta a las dos! -repliqué, levantándome y echando mano de mi sobretodo. -Yo voy a desearle buenas noches, y voy a agregar la esperanza de que la máquina, que dejó en acción de forma inadvertida, tendrá sus guantes la próxima vez que usted crea necesario detenerla.
Sin esperar a observar el efecto de mi disparo, dejé la casa.
La lluvia estaba cayendo, y la oscuridad era intensa. En el cielo, más allá de la cresta de una colina, hacia la que me abría camino a tientas, a lo largo de una precaria acera de tablones y calles fangosas sin pavimentar, podía ver el tenue resplandor de las luces de la ciudad, pero detrás de mí nada más era visible la sola ventana de la casa de Moxon. Ésta resplandecía con lo que me parecía un sentido misterioso y fatal. Yo sabía que era una abertura sin cortinas en el “taller de máquinas” de mi amigo, y tenía pocas dudas de que él había reanudado los estudios interrumpidos por sus deberes, como instructor mío en la conciencia mecánica y la paternidad del ritmo. Tan raras, y en cierto grado jocosas, como me parecían sus convicciones en ese tiempo, yo no podía despojarme totalmente de la sensación, de que éstas tenían alguna relación trágica con su vida y su carácter -acaso con su destino-, aunque ya no abrigaba más la idea, de que fueran vaguedades de una mente desordenada. Cualquier cosa se pudiera pensar de sus visiones, su exposición de éstas era demasiado lógica para eso. Una y otra vez, sus últimas palabras volvían a mi mente: “La conciencia es la criatura del ritmo.” Escueta y concisa como era la declaración, yo ahora la encontraba infinitamente seductora. A cada recurrencia ésta se ampliaba en sentido y se profundizaba en sugestión. El porqué, aquí, (pensé) era algo sobre qué fundar una filosofía. Si la conciencia era el producto del ritmo, todas las cosas eran conscientes, pues todo tenía movimiento, y todo movimiento era rítmico. Me pregunté ¿si Moxon sabía el significado y la amplitud de su pensamiento, el alcance de esa generalización trascendental, o si había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e incierto camino de la observación?
Esa fe entonces era nueva para mí, y toda la exposición de Moxon había fracasado en hacerme un converso; pero ahora parecía como si una gran luz brillara sobre mí, como esa que cayó sobre Saulo de Tarso; y allá afuera, en la tormenta, la oscuridad y la soledad, experimenté lo que Lewes llamaba “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico.” Me regocijé con un nuevo sentido del conocimiento, con un nuevo orgullo de la razón. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, era como si fuera levantado y llevado en el aire por unas alas invisibles.
Cediendo al impulso de buscar más luz de aquél, a quien yo ahora reconocía como mi master y guía, me había vuelto de modo inconsciente, y casi antes de darme cuenta de haber hecho eso, me encontré de nuevo en la puerta de Moxon. Yo estaba empapado por la lluvia, pero no me sentía incómodo. Incapaz en mi excitación de encontrar la campanilla de la puerta, probé el pomo de forma instintiva. Éste giró y, entrando, subí las escaleras hacia la habitación que había dejado tan reciente. Todo estaba oscuro y en silencio; Moxon, como yo había supuesto, estaba en la habitación contigua, el “taller de máquinas.” Andando a tientas a lo largo de la pared, hasta que encontré la puerta que conducía, toqué con fuerza varias veces, pero no obtuve respuesta, lo que atribuí al alboroto de afuera, pues el viento estaba soplando en ráfagas, y arrojando la lluvia en láminas contra las paredes delgadas. El tamboreo sobre el tejado de bardas, que abarcaba la habitación no techada, era fuerte e incesante.
Yo nunca había sido invitado al taller de máquinas, se me había, en efecto, negado la entrada, al igual que a todos los demás, con una excepción, un hábil obrero del metal, de quien nadie sabía nada, excepto que su nombre era Haley y su hábito el silencio. Pero en mi exaltación espiritual, la discreción y la civilidad fueron olvidadas por igual, y abrí la puerta. Lo que vi me arrebató toda la especulación filosófica en orden breve.
Moxon estaba sentado enfrente de mí, del lado más lejano de una mesa pequeña, sobre la que una sola vela daba toda la luz que había en la habitación. Opuesto a él, de espaldas a mí, estaba sentada otra persona. En la mesa, entre los dos, había un tablero de ajedrez, los hombres estaban jugando. Yo sabía poco de ajedrez, pero como había sólo unas pocas piezas en el tablero, era obvio que el juego estaba cerca del cierre. Moxon estaba intensamente interesado; no tanto, me pareció, en el juego como en su antagonista, en quien había fijado una mirada tan abstraída que, aunque yo estaba parado directo en su línea de visión, no era visto por completo. Su rostro estaba blanco sepulcral, y sus ojos relucían como diamantes. De su antagonista yo sólo tenía una vista desde atrás, pero eso era suficiente, no debía tener cuidado de ver su rostro.
Éste tenía, al parecer, no más de cinco pies de altura, con unas proporciones que sugerían las de un gorila: una tremenda amplitud de hombros, un cuello grueso, corto y una cabeza ancha, achatada, que tenía una vegetación de pelo negro enredado, rematada por un fez carmesí. Una túnica del mismo color, apretada con un cinturón en la cintura, alcanzaba el asiento -al parecer una caja- en que estaba sentado; sus piernas y pies no se veían. Su antebrazo izquierdo parecía descansar en su regazo; movía las piezas con su mano derecha, que parecía larga de modo desproporcionado.
Yo había reculado, y ahora estaba parado un poco a un lado del umbral, en la sombra. Si Moxon hubiera mirado más allá del rostro de su oponente, no podría haber observado nada ahora, excepto que la puerta estaba abierta. Algo me prohibía entrar o retirarme, la sensación -yo no sé cómo me vino- de que estaba en presencia de una tragedia inminente, y podría servir a mi amigo al quedarme. Con una escasa rebelión consciente contra la falta de delicadeza del acto, me quedé.
El juego era rápido. Moxon apenas echaba miradas al tablero antes de hacer sus movimientos, y para mi ojo inhábil parecía mover la pieza más conveniente para su mano; sus movimientos, al hacerlo, eran rápidos, nerviosos y faltos de precisión. La respuesta de su antagonista, igualmente pronta al principio, era hecha con un movimiento del brazo lento, uniforme, mecánico y, pensaba yo, un tanto teatral, que era una prueba dolorosa para mi paciencia. Había algo no terrenal en todo eso, y me sorprendí a mí mismo temblando. Pero yo estaba mojado y frío.
Dos o tres veces después de mover una pieza, el extraño inclinó la cabeza levemente, y cada vez yo observé que Moxon cambiaba su rey. De golpe me vino la idea de que el hombre era mudo. Y luego que era una máquina, ¡un autómata jugador de ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había hablado una vez, de haber inventado cierta pieza de un mecanismo, aunque yo no entendí que éste había sido construido realmente. ¿Era toda su plática sobre la conciencia y la inteligencia de las máquinas, meramente el preludio de una eventual exhibición de este dispositivo, sólo una treta para intensificar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en mi ignorancia de su secreto?
Un buen final, este, para todos mis transportes intelectuales, mi “¡infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico!” Yo estaba a punto de retirarme con disgusto, cuando ocurrió algo que mantuvo mi curiosidad. Observé un encogimiento de los grandes hombros de la cosa, como si estuviera irritada: y eso fue tan natural -tan humano por entero-, que mi nueva visión del asunto me asustó. Eso no fue todo, pues un momento después golpeó la mesa agudamente con su puño cerrado. Ante ese gesto Moxon pareció, incluso, más asustado que yo: empujó su silla un poco hacia atrás, como con alarma.
De repente Moxon, a quien le tocaba jugar, levantó la mano alto por arriba del tablero, la abalanzó sobre una de sus piezas, como un gavilán y, con la exclamación “¡jaque mate!”, se puso de pie rápido y dio un paso atrás de su silla. El autómata estaba sentado inmóvil.
El viento ahora había bajado, pero yo oía, con intervalos aminorados y progresivamente fuertes, el retumbar y el rodar del trueno. En las pausas entre éstos, era ahora consciente de un zumbido o rumoreo bajo que, como un trueno, se hacía por momentos más fuerte y distinto. Parecía venir del cuerpo del autómata, y era de forma inequívoca un girar de ruedas. Me daba la impresión de un mecanismo desordenado, que hubiera escapado de la acción represiva y reguladora de alguna parte que lo controlaba, el efecto que podría esperarse de un trinquete que fuera empujado por los dientes de una rueda dentada. Pero antes de tener tiempo para más conjeturas sobre su naturaleza, atrajo mi atención el extraño movimiento del propio autómata. Una convulsión ligera pero continua parecía tomar posesión de él. Sacudía el cuerpo y la cabeza como un hombre con una parálisis o un agudo escalofrío, y el movimiento aumentaba a cada momento, hasta que la figura entera estuvo en una violenta agitación. Súbitamente, se puso en pie de un salto y, con un movimiento casi demasiado rápido para que el ojo lo siguiera, se disparó hacia adelante sobre la mesa y la silla, lanzando los dos brazos adelante en toda su longitud, la postura y la embestida de un buceador. Moxon trató de echarse hacia atrás, fuera de su alcance, pero era demasiado tarde: yo vi las manos de la cosa horrible cerrarse sobre su garganta, sus garras eran sus propias muñecas. Luego la mesa fue volcada, la vela echada al suelo y apagada, y todo fue negro y oscuro. Pero el ruido de la lucha era espantosamente distinto, y lo más terrible de todo eran los sonidos roncos, graznantes, hechos por el hombre estrangulado en sus esfuerzos por respirar. Guiado por el embrollo infernal, salté al rescate de mi amigo, pero apenas había dado una zancada en la oscuridad, cuando toda la habitación se encendió con una luz blanca cegadora, que incendió en mi cerebro, corazón y memoria una pintura vívida de los combatientes en el suelo; Moxon abajo, su garganta aún en las garras de las manos de hierro, su cabeza forzada hacia atrás, sus ojos saltones, su boca abierta del todo y su lengua lanzada afuera, y -¡horrible contraste!- en el rostro pintado de su asesino, una expresión de pensamiento tranquilo y profundo, ¡como en la solución de un problema de ajedrez! Eso yo lo observé, luego todo fue negrura y silencio.
Tres días más tarde recuperé la conciencia en un hospital. Mientras el recuerdo de esa noche trágica evolucionaba con lentitud en mi cerebro enfermo, reconocí en mi asistente al obrero confidencial de Moxon, Haley. Respondiendo a una mirada, éste se aproximó, sonriendo.
-Cuénteme de eso -me las arreglé para decir, ténuemente-, todo de eso.
-Ciertamente -dijo-, a usted se lo llevaron inconsciente de una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe cómo llegó a estar allí. Puede tenga que dar una pequeña explicación. El origen del fuego es un poco misterioso, demasiado. Mi idea propia es que la casa fue golpeada por un rayo.
-¿Y Moxon?
-Enterrado ayer, lo que quedaba de él.
Al parecer, esta persona reticente se podía desdoblar en ocasiones. Cuando impartía una noticia chocante a un enfermo, era bastante afable. Después de algunos momentos del más agudo sufrimiento mental, me aventuré a hacer otra pregunta:
-¿Quién me rescató?
-Bueno, si le interesa, yo lo hice.
-Gracias, sr. Haley, y que Dios lo bendiga por eso. ¿Usted rescató, también, a ese encantador producto de su habilidad, el autómata jugador de ajedrez que asesinó a su inventor?
El hombre estuvo en silencio largo tiempo, mirando a otro lado. De repente se volvió y dijo con gravedad:
-¿Usted sabe eso?
-Yo lo sé -repliqué-, yo lo vi hecho.
Esto fue hace muchos años. Si me preguntaran hoy, respondería con menos confianza.

Título original: Moxon's Master, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, abril de 1899, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Sobrefotos.com, Terminator robot, XXI.