sábado, 3 de abril de 2010

Uno de los perdidos


Jerome Searing, un soldado raso del ejército del general Sherman, que entonces afrontaba al enemigo en y por la montaña Kennesaw, en Georgia, le dio la espalda a un menudo grupo de oficiales, con quienes había estado hablando en voz baja, caminó por la línea luminosa del terraplén y desapareció en la foresta. Ninguno de los hombres en la línea detrás del terraplén le dijo una palabra, ni él hizo más que asentirles con la cabeza de pasada, pero todo el que lo vio, entendió que a ese hombre valiente se le había confiado algún deber peligroso. Jerome Searing, aunque soldado raso, no servía en las filas, estaba asignado al servicio en la división de los cuarteles generales, siendo aceptado en las listas como ordenanza. “Ordenanza” era una palabra que daba cobertura a una multitud de deberes. Un ordenanza podía ser un mensajero, un dependiente, un sirviente de oficiales, cualquier cosa. Éste podía realizar servicios, para los que no se hacía provisión en las órdenes y los reglamentos del ejército. La naturaleza de éstos podía depender de su aptitud, del favor, del accidente. El soldado raso Searing, un tirador incomparable, joven, robusto, inteligente e insensible al miedo, era un explorador. El general que comandaba su división no estaba contento con obedecer las órdenes ciegamente, sin conocer lo que había en su frente, incluso cuando su comando no estaba destacado en servicio, sino formaba una fracción de la línea del ejército; ni estaba satisfecho con recibir su conocimiento del vis-à-vis por los canales habituales, él quería conocer más, de lo que le informaban el comandante de cuerpos y las colisiones de los piquetes y los tiradores. De ahí Jerome Searing con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus ojos agudos y su lengua veraz. En esta ocasión sus instrucciones eran simples: llegar lo más cerca posible de las líneas enemigas y averiguar todo lo que pudiera.
En unos momentos había arribado a la línea del piquete, los hombres de deber allí yacían en grupos de dos y cuatro, detrás de bancos de tierra pequeños, excavados en la leve depresión en que yacían, sus fusiles sobresalían de las ramas verdes con que habían enmascarado sus menudas defensas. La foresta se extendía sin término hacia el frente, tan solemne y silenciosa, que sólo con un esfuerzo de la imaginación se la podía concebir poblada de hombres armados, alertas y vigilantes, una foresta formidable con posibilidades de batalla. Deteniéndose un momento en uno de esos hoyos de rifle, para informar a los hombres de su intención, Searing se arrastró hacia adelante con sigilo, con sus manos y rodillas, y pronto se perdió de vista en un tupido matorral de la maleza.
-Eso es lo último de él -dijo uno de los hombres-; yo quisiera tener su rifle, esos colegas van a herir a algunos de nosotros con él.
Searing se arrastró, sacando ventaja de cada accidente del terreno y la vegetación, para darse una mejor cobertura. Sus ojos penetraban en todas partes, sus oídos tomaban nota de cada sonido. Apaciguó su respiración y, al crujido de una ramita debajo de su rodilla, detuvo su progreso y se abrazó a la tierra. Era un trabajo lento, pero no tedioso; el peligro lo hacía excitante, pero no en los signos físicos se manifestaba la excitación. Su pulso era tan regular, sus nervios estaban tan calmados, como si estuviera tratando de atrapar un gorrión.
-Parece mucho tiempo -pensó-, pero no puedo haber llegado muy lejos, yo aún estoy vivo.
Sonrió ante su propio método de estimar la distancia, y se arrastró hacia adelante. Un momento después, súbitamente, se aplastó contra la tierra y yació inmóvil, minuto tras minuto. Por una estrecha abertura en los arbustos, había tenido la visión de un menudo montículo de arcilla amarilla, uno de los hoyos de rifle enemigos. Después de un breve tiempo, levantó la cabeza con cautela, pulgada a pulgada, luego su cuerpo sobre las manos, tendidas a cada lado, todo el tiempo mirando el montecito de arcilla con intención. En otro momento estuvo sobre sus pies, rifle en mano, andando a zancadas con rapidez hacia adelante, con un pequeño intento de ocultación. Había interpretado correctamente los signos, cualquiera que fueran, el enemigo se había ido.
Para asegurarse más allá de la duda, antes de ir atrás para reportar sobre un asunto tan importante, Searing se adelantó por la línea de hoyos abandonados, corriendo de cobertura en cobertura por la foresta más abierta, sus ojos vigilantes para descubrir posibles rezagados. Llegó al linde de una plantación, a una de esas casas solariegas abandonadas, desiertas de los últimos años de la guerra, cubiertas de zarzas, feas, con cercas rotas y desoladas, con edificios vacantes teniendo aberturas vacías en lugar de puertas y ventanas. Después de un reconocimiento aguzado desde el seguro aislamiento de un boscaje de pinos jóvenes, Searing corrió con ligereza por un campo y a través de una huerta, hacia una estructura menuda que se erguía aparte de los otros edificios de la granja, en una leve elevación. Esto, pensó, le permitiría examinar una gran extensión de la comarca, en la dirección que él suponía el enemigo había tomado en la retirada. Este edificio, que consistía originalmente de una sola habitación, elevada sobre cuatro postes de unos diez pies de altura, era ahora poco más que un tejado; el suelo se había caído, las vigas y los tablones se apilaban disueltos en el terreno abajo, o colgando de su extremo en varios ángulos, no desgarrados totalmente de sus sujeciones arriba. Los postes de soporte ya no estaban verticales. Parecía como si todo el edificio se iría abajo con el toque de un dedo.
Ocultándose en los despojos de las vigas y el entablado, Searing miró el campo abierto entre su punto de vista y el estribo de la montaña Kennesaw, a media milla de distancia. Un camino, que llevaba arriba y por ese estribo, estaba abarrotado de tropas, la retaguardia del enemigo en retirada, los cañones de sus fusiles brillando al sol de la mañana.
Searing había averiguado ahora todo lo que podía esperar saber. Era su deber retornar a su propio comando a toda la velocidad posible, y reportar su descubrimiento. Pero la columna gris de los confederados, subiendo con esfuerzo por el camino de la montaña, era singularmente tentadora. Su rifle -un springfield ordinario, pero equipado con una mirilla esférica y un gatillo de pelo- enviaría su onza y cuarto de plomo fácilmente, silbando hacia su centro. Eso, probablemente, no afectaría la duración y el resultado de la guerra, pero el negocio de un soldado era matar. Era asimismo su hábito, si era un buen soldado. Searing montó su rifle y “colocó” el gatillo.
Pero estaba decretado desde el principio de los tiempos, que el soldado raso Searing no mataría a nadie esa radiante mañana de verano, y que la retirada confederada no sería anunciada por él. Pues los sucesos de eras incontables se habían apareado y ajuntado tanto en ese mosaico maravilloso, a ciertas partes del cual, vagamente discernibles, nosotros le dábamos el nombre de historia, que los actos que él tenía en voluntad habrían estropeado la armonía del modelo. Unos veinticinco años antes, el Poder encargado de la ejecución del trabajo, de acuerdo al diseño, había provisto contra ese percance, al causar el nacimiento de cierto hijo varón en una villa pequeña, al pie de las montañas de los Cárpatos; lo había criado con cuidado, supervisado su educación, dirigido sus deseos por un canal militar y, a su debido tiempo, lo había hecho un oficial de artillería. Por la concurrencia de un número infinito de influencias favorables, y su preponderancia sobre un número infinito de otras opuestas, este oficial de artillería había sido hecho para cometer una falta de disciplina, y huir de su país nativo para evitar el castigo. Había sido dirigido a Nueva Orleans (en lugar de Nueva York), donde un oficial de reclutamiento lo esperaba en el muelle. Fue alistado y promovido, y las cosas fueron ordenadas así, que él ahora comandaba una batería confederada a unas dos millas, a lo largo de la línea donde Jerome Searing, el explorador federal, estaba montando su rifle. Nada había sido descuidado en cada paso, en el progreso de las vidas de estos dos hombres, y en las vidas de sus contemporáneos y ancestros, y en las vidas de los contemporáneos de sus ancestros, se había hecho la cosa correcta para traer el resultado deseado. Si alguna cosa, en toda esta vasta concatenación, se hubiera pasado por alto, el soldado raso Searing podría haber disparado a los confederados en retirada esa mañana, y acaso habría fallado. Mientras eso fracasaba, un capitán de artillería confederado, no teniendo nada mejor que hacer, mientras esperaba su turno para tirar y estar libre, se divertía apuntando una pieza de campaña, oblicuamente, hacia su derecha, a lo que él tomó de modo equívoco por algunos oficiales federales en la cresta de una colina, y la descargó. El disparo voló alto sobre su blanco.
Mientras Jerome Searing tiraba del martillo de su rifle y, con los ojos en los distantes confederados, consideraba dónde podría plantar su disparo, con la mejor esperanza de hacer una viuda, un huérfano o una madre sin hijos -acaso todos los tres, pues el soldado raso Searing, aunque había rechazado la promoción de modo repetido, no estaba exento de cierto tipo de ambición, -oyó un sonido de ráfaga en el aire, como el hecho por las alas de un gran pájaro volando en picada hacia su presa. Más pronto de lo que pudiera aprehender la gradación, esta se convirtió en un rugido ronco y horrible, mientras el misil que lo hacía se abalanzaba sobre él desde el cielo, golpeando con un impacto ensordecedor uno de los postes que soportaban la confusión de maderos arriba de él, haciéndolos astillas, y trayendo abajo el demente edificio con un fuerte estruendo, ¡en nubes de polvo cegador!
Cuando Jerome Searing recuperó la conciencia, no entendió al instante qué había ocurrido. Fue, en efecto, algún tiempo antes de que abriera los ojos. Por un rato creyó que había muerto y sido sepultado, y trató de recordar algunas partes del servicio funeral. Pensó que su esposa estaba arrodillada sobre su tumba, añadiendo su peso al de la tierra sobre su pecho. Los dos, la viuda y la tierra, habían aplastado su ataúd. A menos que los niños la persuadieran de ir a casa, él no sería capaz de respirar por mucho tiempo. Tenía la sensación de algo malo. “Yo no puedo hablar con ella", pensó, "los muertos no tienen voz, y si abro mis ojos, los voy a llenar de tierra."
Abrió los ojos. Una gran extensión de cielo azul, naciendo de una franja en las copas de los árboles. En primer plano, dejando afuera algunos de los árboles, un alto, pardo montículo, de contornos angulosos y cruzado por un intrincado, no modelado sistema de líneas rectas, toda una inmensurable distancia de lejanía, una distancia tan inconcebiblemente grande que lo fatigó, y cerró los ojos. En el momento en que lo hizo, fue consciente de una luz insufrible. El sonido en sus oídos fue como el del trueno bajo, rítmico de una distante rompiente marina, en olas sucesivas sobre la playa, y fuera de ese ruido, pareciendo una parte de éste, o posiblemente viniendo de más allá, y entremezclado con su bajo tono incesante, vinieron las articuladas palabras: “Jerome Searing, estás atrapado como una rata en una trampa, en una trampa, una trampa, una trampa”.
Súbitamente, sobrevino un gran silencio, una negra oscuridad, una infinita tranquilidad, y Jerome Searing, perfectamente consciente de su condición de rata, y bien seguro de la trampa en la que estaba, recordando todo y de ningún modo alarmado, abrió los ojos de nuevo para reconocer, para notar la fuerza de su enemigo, para planificar su defensa.
Estaba atrapado en una postura reclinada, su espalda apoyada con firmeza por una vigueta sólida. Otra yacía a través de su pecho, pero él fue capaz de retirarse un poco de ésta, así que ya no lo oprimía más, aunque era inmovible. Un tirante juntado a ésta en un ángulo, lo había acuñado contra una pila de tablas a su izquierda, sujetando su brazo de ese lado. Sus piernas, levemente separadas y estiradas por el terreno, estaban cubiertas hasta las rodillas por una masa de despojos, que se elevaban por encima de su estrecho horizonte. Su cabeza estaba fijada con tal rigidez, como en un torno de banco; podía mover los ojos, la barbilla, no más. Sólo su brazo derecho era en parte libre. -Tienes que ayudarnos a salir de esto -le dijo a éste. Pero no podía sacarlo de debajo del madero pesado a través de su pecho, ni moverlo hacia afuera más de quince pulgadas por el codo.
Searing no estaba herido de seriedad, ni sufría dolor. Un golpe punzante en la cabeza, del fragmento volador de un poste astillado que incurrió, de modo simultáneo, en una asustada, súbita sacudida del sistema nervioso, lo había aturdido por un momento. Su término de inconsciencia, incluido el período de recuperación, durante el que había tenido extrañas fantasías, no había excedido, probablemente, unos pocos segundos, pues el polvo del derrumbe no se había despejado totalmente, cuando empezó un estudio inteligente de la situación.
Con su mano derecha en parte libre, trató ahora de obtener la vigueta que yacía a través, pero no del todo contra su pecho. De ningún modo podía hacer eso. Él era incapaz de encoger el hombro así, como para empujar el codo más allá del borde del madero, que estaba más cercano a sus rodillas; fallando en eso, no podía levantar el antebrazo y la mano para agarrar la vigueta. El tirante que hacía ángulo con éste, hacia abajo y hacia atrás, le impidió hacer alguna cosa en esa dirección, y entre éste y su cuerpo, el espacio no era ni la mitad del ancho, de la longitud de su antebrazo. Obviamente, no podía meter su mano abajo de la vigueta, ni sobre ésta; la mano no podía, de hecho, tocarla en absoluto. Habiendo demostrado su inhabilidad, desistió y empezó a pensar si podría alcanzar alguno de los despojos apilados sobre sus piernas.
Al estudiar la masa, con vistas a determinar ese punto, detuvo su atención en lo que parecía ser un anillo de metal brillante, inmediato frente a sus ojos. Le pareció al principio rodeado de alguna sustancia perfectamente negra, y éste era de un poco más de media pulgada de diámetro. Súbitamente, se le ocurrió en su mente, que la negrura era simplemente una sombra, y que el anillo era de hecho la boca de su fusil, sobresaliendo de la pila de despojos. No se demoró en sentir la satisfacción de que era eso, si eso era una satisfacción. Al cerrar un ojo, podía mirar un poco a lo largo del cañón, hacia el punto donde era ocultado por la basura que lo sostenía. Podía ver un lado, con el ojo correspondiente, al parecer el mismo ángulo, que en el otro lado con el otro ojo. Mirando con el ojo derecho, el arma parecía estar dirigida a un punto a la izquierda de su cabeza, y viceversa. Fue incapaz de ver la superficie superior del cañón, pero podía ver la superficie inferior de la culata en un ángulo leve. La pieza, de hecho, apuntaba hacia el centro exacto de su frente.
En la percepción de esta circunstancia, al recordar que justo antes del percance, del que esta situación incómoda era el resultado, él había montado el rifle y colocado el gatillo así, que un toque lo hubiera descargado, el soldado raso Searing fue afectado por una sensación de inquietud. Pero eso estaba lo más lejos posible del miedo; él era un hombre valiente, un tanto familiarizado con el aspecto de los rifles desde ese punto de vista, y con los cañones también. Y ahora recordó, con algo así como una diversión, un incidente de su experiencia en el asalto a la cima Missionary, donde, subiendo hacia una de las troneras enemigas, en la que había visto un pesado cañón tirar carga tras carga de metralla entre los asaltantes, él había pensado por un momento que la pieza había sido retirada; él no podía ver nada en la apertura, excepto un círculo broncíneo. Lo que había entendido justo a tiempo, para hacerse a un lado mientras éste lanzaba otro montón de hierro, hacia la ladera abarrotada. Enfrentar armas de fuego era uno de los incidentes más comunes en la vida de un soldado, armas de fuego, también, con ojos malévolos ardiendo tras ellas. Para eso estaba un soldado. Aún así, el soldado raso Searing no se deleitaba con la situación por completo, y apartó los ojos.
Después de tantear sin rumbo, con su mano derecha por un tiempo, hizo un intento inútil para liberar su izquierda. Luego trató de desatar su cabeza, cuya fijeza era más molesta por su ignorancia de lo que la sujetaba. Seguido trató de liberar sus pies, pero mientras ejercitaba los poderosos músculos de sus piernas con tal propósito, se le ocurrió que un disturbio de la basura podría llevarlas a descargar el rifle, ¿cómo podía éste haber resistido lo que recién le había sucedido?, no lo podía entender, aunque la memoria lo asistió con varias instancias al punto. Uno en particular, recordó, en que, en un momento de abstracción mental, había aporreado con su rifle y sacado los sesos a otro caballero, observando después que el arma, que él había blandido por la boca con diligencia, estaba cargada, taponada y montada por completo, cuyo conocimiento de esa circunstancia, sin dudas, habría alentado a su antagonista a una mayor resistencia. Siempre había sonreído al recordar ese desatino de sus “días verdes y de ensalada” como soldado, pero ahora no sonrió. Volvió los ojos de nuevo a la boca del rifle, y le pareció por un momento que éste se había movido, parecía un tanto más cerca.
De nuevo miró a otro lado. Las copas de los árboles distantes, más allá de los lindes de la plantación, le interesaron: no había observado antes cuán ligeros y plumosos eran, ni cuán azul oscuro era el cielo, incluso entre sus ramas, donde lo palidecían un tanto con sus verdes; arriba de éste parecía casi negro. “Va a hacer un calor incómodo aquí -pensó -, mientras avanza el día. Me pregunto de qué forma luzco.
A juzgar por las sombras que podía ver, decidió que su rostro estaba hacia el norte; al menos, no tendría el sol en los ojos, y el norte, bueno, eso era hacia su esposa e hijos.
-¡Bah! -exclamó en voz alta-, ¿qué tienen que ver ellos con esto?
Cerró los ojos. “Así como no puedo salir, así puedo dormir. Los rebeldes se han ido, y algunos de nuestros colegas, seguro, están vagando por aquí, de forrajeo. Me van a encontrar".
Pero no durmió. Gradualmente, se volvió sensible al dolor de su frente, un dolor sordo, apenas perceptible al principio, pero haciéndose cada vez más incómodo. Abrió los ojos y se había ido, los cerró y retornó. -¡El diablo! -dijo de modo irrelevante, y miró el cielo con fijeza de nuevo. Oyó el canto de los pájaros, la extraña nota metálica de la alondra pradeña, que sugería el choque de unas briznas vibrantes. Cayó en los agradables recuerdos de su infancia, jugó con su hermano y su hermana de nuevo, corrió por los campos, gritando para alarmar a las alondras sedentarias, entró más allá de la sombría foresta y, con pasos tímidos, siguió el tenue sendero a la Roca del Fantasma, parándose por último, con audibles pálpitos del corazón, ante la Cueva del Muerto, y buscando penetrar su misterio terrible. Por primera vez, observó que la apertura de la caverna embrujada estaba rodeada por un anillo de metal. Luego todo lo demás se desvaneció, y lo dejó mirando con fijeza el cañón de su rifle, como antes. Pero mientras que antes le había parecido cercano, ahora le parecía a una distancia lejana inconcebible, y todo más siniestro por eso. Dio un grito y, asustado por algo en su propia voz -la nota del miedo- se mintió a sí mismo en la negación: “Si yo no canto, me puedo quedar aquí hasta que muera.”
Ahora no hizo ningún intento para eludir la mirada amenazante del cañón del fusil. Si apartó sus ojos un instante, fue para buscar ayuda (aunque no podía ver el terreno a cada lado de la ruina), y les permitió regresar, obedientes a la imperativa fascinación. Si los cerró fue por cansancio, y al instante el dolor intenso en su frente -la profecía y la amenaza de la bala- lo obligó a abrirlos de nuevo.
La tensión de los nervios y el cerebro era demasiado severa, la naturaleza vino en su ayuda con intervalos de inconsciencia. Reviviendo de uno de éstos, fue sensible a un dolor agudo, punzante en su mano derecha, y cuando movió sus dedos juntos, o se frotó la palma con éstos, pudo sentir que estaban mojados y resbalosos. No podía ver la mano, pero conocía la sensación, estaba corriendo la sangre. En su delirio, le había pegado con ésta a los fragmentos puntiagudos de un escombro, lo había agarrado lleno de astillas. Resolvió que iba a enfrentar su destino de modo más varonil. Él era un soldado llano, común, no tenía religión y no mucha filosofía, no podía morir como un héroe, con unas grandes y sabias últimas palabras, incluso si hubiera habido allí alguien que las oyera, pero podía morir "dispuesto", y lo haría. ¡Pero si sólo pudiera saber cuándo esperar el disparo!
Algunas ratas que habían, probablemente, habitado el cobertizo, llegaron a escondidas y correteando alrededor. Una de ellas subió a la pila de despojos que sujetaba el rifle, la siguió otra, y otra. Searing las contempló al principio con indiferencia, luego con amistoso interés, luego, cuando el pensamiento destelló en su mente aturdida, de que éstas podrían tocar el gatillo de su rifle, las maldijo y les ordenó que se fueran. -No es asunto vuestro -gritó.
Las criaturas se fueron, ellas volverían más tarde, atacarían su rostro, roerían toda su nariz, le cortarían la garganta, él sabía eso, pero esperaba estar muerto por ese tiempo.
Nada podía ahora apartar su mirada del pequeño anillo de metal con su interior negro. El dolor de su frente era feroz e incesante. Lo sintió penetrando gradualmente el cerebro de un modo más profundo, hasta que por último su progreso fue detenido por la madera en la parte posterior de su cabeza. Se hizo por un momento más insufrible: empezó a pegarle con la mano lacerada, de modo perverso, a las astillas de nuevo, para contrarrestar el dolor horrible. Éste parecía palpitar con una lenta, regular recurrencia, cada pulsación más aguda que la anterior, y a veces gritó, pensando que sentía la bala fatal. No había pensamientos de la casa, de la esposa y los niños, del país, de la gloria. El registro completo de la memoria fue borrado. El mundo había pasado, no quedaba ni un vestigio. Aquí, en esta confusión de maderos y tablas, estaba el único universo. Aquí estaba la inmortalidad del tiempo, cada dolor de la vida perpetua. Los pálpitos sonaron desde la eternidad.
Jerome Searing, el hombre de coraje, el enemigo formidable, el guerrero fuerte, resuelto, estaba pálido como un fantasma. Su mandíbula estaba caída, sus ojos salidos, le temblaba cada fibra, un sudor frío le bañaba el cuerpo entero, gritó con miedo. Él no estaba loco, estaba aterrado.
Al tantear alrededor con su mano rasgada y sangrante, agarró por último un listón de tabla y, tirando, sintió que cedía. Éste yacía paralelo a su cuerpo, y doblando su codo tanto como el contraído espacio se lo permitía, pudo sacarlo unas cuantas pulgadas de una vez. Finalmente, lo liberó por completo de los escombros que cubrían sus piernas, pudo levantarlo del suelo despejado, en toda su longitud. Una gran esperanza llegó a su mente: acaso él podría moverla hacia arriba, eso era decir hacia atrás, lo suficiente lejos para levantar el extremo y empujar el rifle a un costado o, si estaba acuñado demasiado apretado, poner el listón de tabla para que desviara la bala. Con este objeto lo pasó hacia atrás pulgada a pulgada, sin atreverse a respirar, por miedo a que ese acto, de algún modo, derrotara su intención; y más incapaz que nunca de apartar sus ojos del rifle, que podría acaso apurarse ahora a mejorar su menguante oportunidad. Algo por último se había ganado: al ocupar su mente en este intento de auto-defensa, era menos sensible al dolor de su cabeza, y había dejado de hacer muecas. Pero aún estaba terriblemente asustado, y sus dientes rechinaban como castañuelas.
El listón de tabla dejó de moverse bajo la persuasión de su mano. Tiró de éste con todas sus fuerzas, cambió la dirección de su longitud todo lo que pudo, pero éste había hallado alguna obstrucción extendida detrás de él, y el extremo de adelante aún estaba demasiado lejos, para despejar la pila de despojos y alcanzar la boca del arma. Ésta se extendía, en efecto, casi tan lejos como el seguro del gatillo que, no cubierto por la basura, podía ver con su ojo derecho de modo imperfecto. Trató de romper el listón con la mano, pero no tenía una palanca. En su defecto, todo su terror retornó, aumentado por diez. La negra abertura del rifle parecía amenazar con una muerte más aguda e inminente en castigo a su rebelión. El trayecto de la bala a través de su cabeza le dolió con una angustia más intensa. Empezó a temblar de nuevo.
Súbitamente, se sintió compuesto. Su temblor disminuía. Apretó los dientes y frunció las cejas. Él no había agotado sus medios de defensa; un nuevo diseño se había formado en su mente, otro plan de batalla. Alzando el extremo delantero del listón de tabla, lo empujó hacia adelante con cuidado, a través de los escombros del lado del rifle, hasta que éste presionó el seguro del gatillo. Luego movió el extremo hacia afuera con lentitud, hasta que pudo sentir que lo había despejado, luego, cerrando los ojos, ¡lo empujó contra el gatillo con todas sus fuerzas! No hubo estallido, el rifle se había descargado al caérsele de la mano, cuando el edificio se cayó. Pero hizo su trabajo.
El teniente Adrian Searing, al comando del piquete de guardias en esa parte de la línea, por la que su hermano Jerome había pasado en su misión, se sentó en su parapeto detrás de la línea con los oídos atentos. Ni el más tenue sonido se le escapaba; el grito de un pájaro, el aullido de una ardilla, el ruido del viento entre los pinos, todo era notado con ansiedad por su sentido muy forzado. Súbitamente, justo frente a su línea, oyó un tenue, confuso retumbar, como el estruendo de un edificio cayendo, traducido por la distancia. El teniente miró su reloj de modo mecánico. Las seis horas y dieciocho minutos. En el mismo momento, un oficial se le aproximó a pie desde la retaguardia y lo saludó.
-Teniente -dijo el oficial-, el coronel le ordena mover su línea adelante y sentir el enemigo si lo encuentra. Si no, continuar el avance hasta que se ordene el alto. No hay razón para pensar que el enemigo se ha retirado.
El teniente asintió con la cabeza y no dijo nada, el otro oficial se retiró. En un momento los hombres, informados de su deber por los oficiales no comisionados en voz baja, se habían desplegado desde sus hoyos de rifle y se movían hacia adelante en orden de escaramuza, con los dientes apretados y el corazón latiendo.
Esta línea de tiradores se extendió por la plantación hacia la montaña. Pasaron por ambos lados del edificio derrumbado, sin observar nada. A corta distancia de su retaguardia, venía su comandante. Éste lanzó sus ojos hacia la ruina con curiosidad, y vio un cuerpo muerto medio sepultado entre las tablas y los maderos. Estaba tan cubierto de polvo, que su ropa de confederado era gris. Su rostro estaba blanco amarillento, sus mejillas estaban caídas, sus sienes hundidas también, con cimas agudas a su alrededor, haciendo la frente adustamente estrecha; el labio superior, levemente levantado, mostraba unos dientes blancos, apretados con rigidez. El cabello estaba cargado de humedad, el rostro estaba tan mojado como la hierba rociada a todo alrededor. Desde su punto de vista, el oficial no observó el rifle, al hombre lo había matado, al parecer, la caída del edificio.
-Una semana de muerto -dijo el oficial con sequedad, moviéndose y sacando su reloj de modo ausente, como para verificar su hora estimada. Las seis horas y cuarenta minutos.

Título original: One of the Missing, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, marzo de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: James Bama, The Volunteer, XX.