domingo, 11 de abril de 2010

Una ocurrencia en el puente del riachuelo del búho

I

Un hombre estaba parado en un puente ferroviario en la Alabama del norte, mirando abajo el agua rápida veinte pies por debajo. Las manos del hombre estaban detrás de su espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga rodeaba su cuello de modo ajustado. Ésta estaba sujeta a un robusto madero cruzado por encima de su cabeza, y el cabo caía al nivel de sus rodillas. Algunas tablas sueltas yacían sobre las traviesas que apoyaban los rieles de la vía férrea, brindando un basamento para él y sus ejecutores, dos soldados rasos del ejército federal dirigidos por un sargento, que en la vida civil podía haber sido un sheriff diputado. Un poco movido de la misma plataforma temporal, había un oficial con el uniforme de su rango, armado. Era un capitán. Un centinela estaba parado a cada extremo del puente, con su rifle en la posición conocida como de “apoyo”, es decir, vertical de frente al hombro izquierdo; el martillo descansando en el antebrazo, tirado derecho sobre el pecho, una posición formal y no natural, que forzaba a una postura erguida del cuerpo. No parecía ser el deber de esos dos hombres saber lo que estaba ocurriendo en el centro del puente, ellos, meramente, bloqueaban los dos extremos de la base de tablones que lo atravesaba.
Más allá de uno de los centinelas no había nadie a la vista, la vía férrea corría derecho a una foresta por unas cien yardas, luego, curvándose, se perdía de vista. Sin dudas, había un puesto de avanzada más lejos. La otra orilla de la corriente era un campo abierto, una ladera gentil rematada por una empalizada de troncos de árbol verticales, agujereada con aspilleras para los rifles, con una sola tronera por la que sobresalía la boca de un cañón de bronce, que dominaba el puente. A medio camino ladera arriba, entre el puente y el fuerte, estaban los espectadores: una sola compañía de infantería en línea, en “posición de descanso”, las culatas de sus rifles en el terreno, los cañones inclinados levemente hacia atrás, contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. Un teniente estaba parado a la derecha de la línea, la punta de su espada sobre el terreno, su mano izquierda descansando sobre su derecha. Exceptuando el grupo de cuatro en el centro del puente, ningún hombre se movía. La compañía estaba frente al puente, mirando pétreamente, inmóvil. Los centinelas frente a las orillas de la corriente, podían haber sido estatuas que adornaran el puente. El capitán estaba parado con los brazos cruzados, en silencio, observando el trabajo de sus subordinados, pero sin hacer ningún signo. La muerte era un dignatario que cuando venía anunciado, debía ser recibido con formales manifestaciones de respeto, incluso por aquellos más familiarizados con ésta. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la firmeza eran formas de deferencia.
El hombre que estaba ocupado en ser ahorcado tenía, al parecer, unos treinta y cinco años de edad. Era un civil, si uno podía juzgar por su hábito, que era el de un plantador. Sus facciones estaban bien: una nariz recta, una boca firme, una frente ancha, desde la que su largo cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, cayendo detrás de sus orejas sobre el cuello de su levita bien ajustada. Usaba un bigote y una barba puntiaguda, pero no patillas; sus ojos eran grandes y gris oscuro, y tenían una expresión bondadosa, que uno apenas hubiera esperado en uno, cuyo cuello estaba en el cáñamo. Evidentemente, no era un vulgar asesino. El liberal código militar hacía provisión para colgar a muchos tipos de personas, y los caballeros no estaban excluidos.
Estando los preparativos completos, los dos soldados rasos dieron un paso a un costado, y cada uno quitó el tablón sobre el que había estado parado. El sargento se volvió hacia el capitán, lo saludó y se situó de inmediato detrás del oficial, quien a su vez se movió un paso aparte. Esos movimientos dejaron al hombre condenado y al sargento parados en los dos extremos del mismo tablón, que abarcaba tres de las traviesas cruzadas del puente. El extremo en que el civil estaba parado casi, pero no del todo, alcanzaba una cuarta. Ese tablón se había mantenido en el lugar por el peso del capitán, ahora se mantenía por el del sargento. A una señal del anterior, el último daría un paso a un costado, la tabla se inclinaría y el hombre condenado bajaría entre las dos traviesas. El dispositivo se comendaba a su juicio como algo simple y efectivo. Su rostro no había sido cubierto ni sus ojos vendados. Miró un momento su “basamento inestable”, luego dejó su mirada vagar hacia el agua arremolinada de la corriente, que corría locamente abajo de sus pies. Un pedazo de madera danzante, a la deriva atrajo su atención, y sus ojos lo siguieron corriente abajo. ¡Qué lento parecía moverse! ¡Qué corriente indolente!
Cerró los ojos para fijar sus últimos pensamientos sobre su esposa e hijos. El agua, pintada de oro por el sol temprano, la niebla lánguida bajo las orillas a cierta distancia corriente abajo, el fuerte, los soldados, el pedazo a la deriva, todo lo había distraído. Y ahora fue consciente de una nueva turbación. Golpeando a través del pensamiento de sus seres queridos, había un sonido que él no podía ni ignorar ni entender, una percusión aguda, distinta, metálica, como el golpe de un martillo de herrero sobre el yunque, tenía la misma cualidad vibrante. Se preguntó qué cosa era, y si era inmensamente distante o cercana, parecía ambas cosas. Su recurrencia era regular, pero tan lenta como el tañido de un toque de difunto. Aguardaba cada nuevo golpe con impaciencia y -no sabía por qué- con aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron más largos de modo progresivo, las demoras se volvieron exasperantes. Con su grandiosa no frecuencia, los sonidos aumentaron en fuerza y agudeza. Estos herían sus oídos, como la espera de un cuchillo, temía que iba a gritar. Lo que oía era el tic-tac de su reloj.
Abrió los ojos y vio de nuevo el agua por debajo de él. “Si yo pudiera liberar mis manos”, pensó, “podría tirar del lazo y saltar a la corriente. Buceando podría eludir las balas y, nadando de forma vigorosa, alcanzar la orilla, tomar hacia el bosque e irme a casa. Mi casa, gracias a Dios, aún está fuera de sus líneas, mi esposa y los pequeños aún están más allá del más lejano avance del invasor”.
Mientras esos pensamientos, que tenemos aquí para ser puestos en palabras, destellaban en el cerebro del hombre condenado más que evolucionar en éste, el capitán asintió con la cabeza al sargento. El sargento dio un paso a un costado.

II

Peyton Farquhar era un plantador de buen pasar, de una vieja y muy respetada familia de Alabama. Siendo un dueño de esclavos, y como otros dueños de esclavos un político era, naturalmente, un secesionista original y un ardiente devoto de la causa sureña. Circunstancias de naturaleza imperiosa, que no es necesario relatar aquí, le habían impedido prestar servicio en ese ejército gallardo, que había luchado en las campañas desastrosas que terminaron con la caída de Corinth, y él se enfadaba bajo la restricción ingloriosa, anhelando la liberación de sus energías, la grandiosa vida del soldado, la oportunidad de la distinción. Esa oportunidad, sentía él, iba a llegar, como le llegaba a todos en tiempos de guerra. Mientras tanto, hacía lo que podía. Ningún servicio era demasiado humilde para prestarlo en la ayuda del Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa para emprenderla si era compatible con el carácter de un civil, que era un soldado de corazón, y que de buena fe y sin demasiada calificación consentía, al menos, una parte del franco dictado villano, de que todo se valía en el amor y en la guerra.
Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada a sus campos, un soldado vestido de gris cabalgó hasta el portón y pidió un trago de agua. La sra. Farquhar estuvo más que dichosa de servirle con sus propias manos blancas. Mientras ella iba a buscar el agua, su marido se aproximó al jinete polvoriento y le pidió noticias del frente con ansiedad.
-Los yankees están reparando las vías férreas -dijo el hombre-, y se están preparando para otro avance. Han alcanzado el puente del riachuelo del búho, lo han puesto en orden y han construido una empalizada en la orilla norte. El comandante ha emitido una orden, que se ha puesto en todas partes, declarando que cualquier civil atrapado al interferir en la vía férrea, sus puentes, túneles o trenes, será ahorcado sumariamente. Yo vi la orden.
-¿Cuán lejos es hasta el puente del riachuelo del búho? -preguntó Farquhar.
-Unas treinta millas.
-¿No hay fuerza en este lado del riachuelo?
-Sólo un puesto de piquetes a media milla, en la vía férrea, y un solo centinela en este extremo del puente.
-Supongamos que un hombre, un civil y estudiante de la horca, deba eludir el puesto del piquete, y acaso sacar lo mejor del centinela -dijo Farquhar sonriendo-, ¿qué podría lograr?
El soldado reflexionó. -Yo estuve allí hace un mes -replicó. -Yo observé que la inundación del invierno pasado, había dejado una gran cantidad de restos de árboles, en el pilar de madera en este extremo del puente. Ahora están secos y arderían como la yesca.
La dama había traído ahora el agua, que el soldado se bebió. Le dio las gracias de modo ceremonioso, reverenció a su marido y cabalgó adelante. Una hora más tarde, después del anochecer, volvió a pasar por la plantación, yendo hacia el norte, en la dirección de donde había venido. Era un explorador federal.

III


Mientras Peyton Farquhar caía directo abajo, a través del puente, perdió la conciencia y estaba ya como muerto. De ese estado fue despertado -eras más tarde, le pareció- por el dolor de una aguda presión en su garganta, seguido por una sensación de sofocación. Unas agonías aguzadas, punzantes parecían dispararse desde su cuello hacia abajo, por cada fibra de su cuerpo y miembros. Esos dolores parecían destellar a lo largo de unas líneas de ramificación bien definidas, y batir con una periodicidad de inconcebible rapidez. Parecían como corrientes de un fuego palpitante, que lo calentaba hasta una temperatura intolerable. En cuanto a su cabeza, era consciente nada más que de una sensación de saciedad, de congestión. Esas sensaciones no eran acompañadas por el pensamiento. La parte intelectual de su naturaleza ya estaba borrada, tenía sólo el poder de sentir, y sentir era un tormento. Era consciente del movimiento. Encerrado en una nube luminosa, de la que era ahora meramente el corazón fogoso, sin sustancia material, se balanceó con arcos de oscilación impensables, como un vasto péndulo. Luego de una vez, con una terrible brusquedad, la luz sobre él se disparó hacia arriba, con el ruido de una rociada fuerte, un rugido temible estaba en sus oídos, y todo fue frío y oscuro. El poder del pensamiento fue restaurado, supo que la soga se había roto y él había caído en la corriente. No hubo una estrangulación adicional, el lazo de su cuello ya lo estaba sofocando, y mantenía el agua fuera de sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río!, la idea le pareció ridícula. Abrió los ojos en la oscuridad y vio arriba un destello de luz, ¡pero qué distante, qué inaccesible! Aún se estaba hundiendo, pues la luz se hacía más y más débil, hasta que fue un mero centelleo. Luego empezó a crecer y radiar, y supo que estaba subiendo hacia la superficie, lo supo con renuencia, pues ahora estaba muy cómodo. "Ser ahorcado y ahogado -pensó-, eso no es tan malo, pero no deseo ser fusilado. No, yo no voy a ser fusilado, eso no es justo."
No era consciente del esfuerzo, pero un agudo dolor en sus muñecas le avisó que estaba tratando de liberar sus manos. Prestó atención a su lucha, como un ocioso pudiera observar la hazaña de un acróbata, sin interés en el resultado. ¡Qué esfuerzo espléndido!, ¡qué fuerza magnífica, sobrehumana! ¡Ah, eso fue un buen intento! ¡Bravo! La cuerda cayó lejos, sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, las manos se veían vagamente a cada lado en la luz creciente. Las miró con un nuevo interés, mientras primero una, y luego la otra se arrojaban sobre el lazo de su cuello. Éstas lo arrancaron y lanzaron a un costado con ferocidad, sus ondulaciones semejantes a las de una culebra acuática. “¡Póntela de nuevo, póntela de nuevo!” Pensó que le gritaba esas palabras a sus manos, pues al desanudado del lazo había seguido la más acuciante punzada que había experimentado. Su cuello le dolió terriblemente, su cerebro estaba en llamas, su corazón, que había estado ondeando débilmente, dio un gran salto, tratando de salirse por la boca. ¡Todo su cuerpo fue fustigado y arrebatado por una angustia insoportable! Pero sus manos desobedientes no hacían caso a la orden. Batían el agua de forma vigorosa, con raudos golpes hacia abajo, forzándose hacia la superficie. Sintió que su cabeza emergía, sus ojos fueron cegados por la luz del sol, su pecho se expandió de modo convulsivo y, con una agonía suprema y coronada, sus pulmones engulleron un gran torrente de aire, ¡que al instante expelió con un aullido!
Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos físicos. Éstos estaban, en efecto, aguzados y alertados de una forma preternatural. Algo en la horrible turbación de su sistema orgánico los había exaltado y refinado tanto, que hacían un registro de cosas nunca antes percibidas. Sentía las ondas en su rostro, y oía sus sonidos por separado mientras éstas lo golpeaban. Miró la foresta en la orilla de la corriente, vio los árboles individuales, las hojas y las venas de cada hoja, vio a los mismos insectos sobre éstas: las langostas, las brillantes moscas corpóreas, las arañas grises tendiendo sus redes de ramita en ramita. Notó los colores del prisma en todas las gotas de rocío en un millón de hojas de hierba. El zumbido de los jejenes que bailaban por arriba de los torbellinos de la corriente, el batir de las alas de las libélulas, los golpes de las patitas de las arañas acuáticas, como remos que hubieran levantado su bote, todo eso hacía una música audible. Un pez se deslizó por debajo de sus ojos, y oyó la ráfaga de su cuerpo partiendo el agua.
Había llegado a la superficie, bajando de frente a la corriente; por un momento el mundo visible pareció dar una vuelta con lentitud, él mismo el punto de pivote, y vio el puente, el fuerte, a los soldados en el puente, al capitán, al sargento, a los dos soldados rasos, sus ejecutores. Estaban en silueta contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, apuntando a él. El capitán había sacado su pistola, pero no disparó, los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.
Súbitamente, oyó una aguda detonación, y algo golpeó el agua con agudeza a pocas pulgadas de su cabeza, salpicando su rostro con rociadas. Oyó una segunda detonación, y vio a uno de los centinelas con su rifle al hombro, una leve nube de humo azul subiendo de la boca del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente, mirando al suyo propio por la mirilla del rifle. Observó que era un ojo gris, y recordó haber leído que los ojos grises eran más aguzados, y que todos los tiradores famosos los tenían. No obstante, éste había fallado.
Un remolino contrario había atrapado a Farquhar y le dio una media vuelta; estaba de nuevo mirando a la foresta de la orilla opuesta al fuerte. El sonido de la voz clara, alta de un sonsonete monótono repercutió ahora detrás de él, y vino por el agua con una distinción que perforó y sometió a todos los otros sonidos, incluso el batir de las ondas en sus oídos. Aunque no era un soldado, había frecuentado los campamentos lo suficiente, como para conocer el significado espantoso de ese cántico deliberado, arrastrado y aspirado; el teniente de la costa estaba tomando parte en el trabajo de la mañana. Con cuánta frialdad e impiedad, con qué incluso calmada entonación, previendo y forzando la tranquilidad en los hombres, con qué estricto, mesurado intervalo cayeron estas crueles palabras:
-¡Compañía!.. ¡Atención!.. ¡Armas al hombro!.. ¡Listos!.. ¡Apunten!.. ¡Fuego!
Farquhar se sumergió, se sumergió tan profundo como pudo. El agua rugía en sus oídos como la voz del Niágara, pero oyó el trueno sordo de la descarga y, subiendo hacia la superficie de nuevo, se encontró con brillantes trozos de metal, aplanados de modo singular, oscilando hacia abajo con lentitud. Algunos de éstos le tocaron el rostro y las manos, luego se alejaron cayendo, continuando su descenso. Uno se alojó entre su camisa y el cuello, estaba caliente de una forma incómoda, y se lo arrancó.
Mientras subía a la superficie, luchando por respirar, vio que había estado largo tiempo bajo el agua, estaba perceptiblemente más lejos, corriente abajo, más cerca de la salvación. Los soldados habían casi terminado la recarga, las baquetas metálicas destellaron todas a la vez a la luz del sol, mientras eran sacadas de los cañones, volteadas en el aire y metidas en sus enchufes. Los dos centinelas dispararon de nuevo, de modo independiente e inefectivo.
El hombre cazado vio todo eso por encima de su hombro, ahora estaba nadando con la corriente de forma vigorosa. Su cerebro estaba tan enérgico como sus brazos y sus piernas, pensó con la rapidez de un relámpago:
“El oficial”, razonó, “no cometerá ese error de ordenancista por segunda vez. Es tan fácil esquivar una descarga como un solo disparo. Él, probablemente, ya ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Dios me ayude, yo no los puedo esquivar todos!”
Una rociada aterradora a dos yardas de él fue seguida por un sonido fuerte, de ráfaga disminuyente, que pareció viajar atrás por el aire al fuerte, ¡y murió en una explosión que removió al mismo río hasta sus profundidades! ¡Una creciente marea de agua se encurvó sobre él, cayó sobre él, lo cegó, lo estranguló! El cañón había dado una mano en el juego. Mientras sacudía su cabeza liberada de la conmoción del agua asoladora, oyó un disparo desviado zumbando en el aire por encima de su cabeza, que en un instante restalló y destrozó unas ramas en la foresta cercana.
“Ellos no van a volver a hacer eso”, pensó, “la próxima vez van a utilizar una carga de metralla. Yo tengo que mantener mi ojo en el cañón, el humo me avisará, la detonación llega demasiado tarde, está por detrás del misil. Ese es un buen cañón.”
Súbitamente, se sintió dando vueltas y vueltas, girando como un trompo. El agua, las orillas, las forestas, el puente ahora distante, el fuerte y los hombres, todos estaban mezclados y borrosos. Los objetos estaban representados solamente por sus colores, bandas de color circulares horizontales, eso era todo lo que veía. Había sido capturado en una vorágine, y era volteado con una velocidad de avance y giración, que lo dejaba mareado y enfermo. En unos momentos fue lanzado a la grava, a los pies de la orilla izquierda de la corriente -la orilla sureña-, y detrás de un punto saliente que lo ocultó de sus enemigos. La súbita detención de su movimiento, la abrasión de una de sus manos con la grava, lo restituyó, y lloró con deleite. Metió los dedos en la arena, se la lanzó a sí mismo en puñados y la bendijo de modo audible. Ésta lucía como diamantes, rubíes, esmeraldas, no podía pensar en nada hermoso a que ésta no se semejara. Los árboles de la orilla eran plantas de jardín gigantes, notó un orden definido en su disposición, inhaló la fragancia de su floración. Una extraña luz rosada brillaba por los espacios entre sus troncos, y el viento hacía en sus ramas una música de arpas eólicas. No tenía deseo de culminar su escape, estaba contento con quedarse en ese sitio encantado hasta retomarlo.
Un zumbido y un tableteo de metralla en las ramas altas, arriba de su cabeza, lo despertó de su sueño. El cañonero frustrado le había disparado una despedida azarosa. Se puso en pie de un salto, subió corriendo la orilla escarpada y se internó en la foresta.
Todo aquel día viajó, tomando su rumbo por la curvatura del sol. La foresta parecía interminable, en ningún lugar descubrió una ruptura de ésta, ni incluso el camino de un leñador. No sabía que vivía en una región tan salvaje. Había algo insólito en la revelación.
Al anochecer estaba fatigado, despeado, famélico. El pensamiento de su esposa e hijos lo impelía. Por último, encontró un camino que lo condujo en la que él sabía era la dirección correcta. Era tan ancho y derecho como una calle citadina, aunque parecía no transitado. Ningún campo lo bordeaba, ninguna vivienda en ningún lugar. No más que los ladridos de un perro sugerían el habitar humano. Los cuerpos negros de los árboles formaban una pared derecha a ambos costados, que terminaba en el horizonte en un punto, como el diagrama de una lección de perspectiva. Encima de su cabeza, cuando miró a través de la fisura del bosque, brillaban unas grandes estrellas doradas de aspecto no familiar, y agrupadas en constelaciones extrañas. Estaba seguro de que estaban dispuestas en cierto orden, que tenía un significado secreto y maligno. El bosque a ambos costados estaba lleno de ruidos singulares, entre los que -una vez, dos veces y otra vez- oyó claramente susurros en una lengua desconocida.
Su cuello le dolía y, alzando la mano hacia éste, lo encontró horriblemente hinchado. Sabía que tenía un círculo negro donde la soga lo había lacerado. Sus ojos los sentía congestionados, ya no los podía cerrar más. Su lengua estaba hinchada por la sed; alivió su fiebre empujándola hacia adelante, por entre sus dientes al aire frío. ¡Con qué suavidad el césped había alfombrado la avenida no transitada, no podía sentir más el camino bajo sus pies!
Sin dudas, a despecho de su sufrimiento, se había quedado dormido mientras caminaba, pues ahora veía otra escena, acaso se había recobrado meramente de un delirio. Él estaba parado en el portón de su propia casa. Todo estaba como lo había dejado, y todo era radiante y hermoso en el sol de la mañana. Debía haber viajado la noche entera. Mientras abría el portón empujando y pasaba por el ancho camino blanco, veía un ondear de prendas femeninas; su esposa, luciendo fresca, calmada y dulce, bajaba caminando desde la veranda para recibirlo. Al pie de los peldaños se paraba a esperar, con una sonrisa de júbilo inefable, y una actitud de gracia y dignidad inigualables. ¡Ah, qué hermosa era! Él saltaba hacia adelante con los brazos extendidos. Cuando estaba a punto de estrecharla, sintió un golpe tremendo atrás del cuello, una luz blanca cegadora lo encendió todo a su alrededor, con un sonido como el impacto de un cañón, ¡luego todo fue oscuridad y silencio!
Peyton Farquhar había muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro gentilmente, debajo de los maderos del puente del riachuelo del búho.

Título original: An Occurrence at Owl Creek Bridge, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Sound the Charge, 1989.