miércoles, 21 de abril de 2010

Un affair en los puestos de avanzada

I
Concerniente al deseo de estar muerto

Dos hombres estaban sentados en una conversación. Uno era el gobernador del Estado. Era el año 1861, la guerra estaba andando y el gobernador ya era famoso por la inteligencia y el celo, con que dirigía todos los poderes y recursos de su Estado al servicio de la Unión.
-¡Qué!, ¿usted? -estaba diciendo el gobernador con evidente sorpresa-, ¿usted también quiere una comisión militar? Realmente, los pífanos y los tambores deben haber producido una profunda alteración en sus convicciones. En mi carácter de sargento de reclutamiento, yo supongo que no debo ser fastidioso, pero –había un toque de ironía en su manera-, bueno, ¿usted ha olvidado que se requiere un juramento de fidelidad?
-Yo no he alterado ni mis convicciones ni mis simpatías -dijo el otro de modo tranquilo-. Mientras que mis simpatías están con el Sur, como usted me hace el honor de recordar, nunca he dudado de que el Norte estaba en lo cierto. Yo soy un sureño de hecho y de sentimiento, pero mi hábito, en cuestiones de importancia, es actuar como pienso, no como siento.
El gobernador estaba golpeando su escritorio con un lápiz de forma ausente, no replicó de inmediato. Después de un rato dijo: -Yo he oído que hay toda clase de hombres en el mundo, así, supongo que hay algunos así, y sin dudas usted se cree uno. Yo lo conozco hace mucho tiempo y, perdóneme, no creo eso.
-¿Entonces, yo voy a entender que mi solicitud está denegada?
-A menos que usted pueda cambiar mi creencia, de que sus simpatías sureñas son en cierto grado una descalificación, sí. Yo no dudo de su buena fe, y sé que es bastante apropiado, por la inteligencia y el entrenamiento especial, para los deberes de un oficial. Sus convicciones, usted dice, favorecen la causa de la Unión, pero yo prefiero un hombre con el corazón en ésta. El corazón es con lo que los hombres luchan.
-Mire esto, gobernador -dijo el hombre más joven, con una sonrisa que tenía más luz que calidez: -Yo tengo algo arriba de la manga, una cualificación que había esperado no sería necesario mencionar. Una gran autoridad militar ha dado una receta simple para ser un buen soldado: “Trata siempre que te maten.” Es con ese propósito que deseo entrar al servicio. Yo no tengo, acaso, mucho de patriota, pero deseo estar muerto.
El gobernador lo miró más bien con agudeza, luego un poco fríamente. -Hay un modo simple y franco-, dijo.
-En mi familia, señor -fue la réplica-, nosotros no hacemos eso, ningún Armisted nunca ha hecho eso.
Sobrevino un largo silencio y ninguno de los hombres miró al otro. De repente, el gobernador alzó sus ojos del lápiz, que había reanudado su golpeteo, y dijo:
-¿Quién es ella?
-Mi esposa.
El gobernador lanzó el lápiz al escritorio, se levantó y caminó dos o tres veces por la habitación. Luego se volvió hacia Armisted, que también se había levantado, lo miró más fríamente que antes y dijo: -Pero el hombre, ¿no sería mejor que él, no podría el país dispensarlo a él mejor, de lo que puede dispensarlo a usted? ¿O los Armisteds son opuestos a “la ley no escrita”?
Los Armisteds, al parecer, podían sentir un insulto: el rostro del hombre más joven se sonrojó, luego palideció, pero se sometió al servicio de su propósito.
-La identidad del hombre me es desconocida -dijo, lo suficiente calmado.
-Perdóneme -dijo el gobernador, con mucho menos visible contrición de la que, comúnmente, subyace en esas palabras. Después de un momento de reflexión, agregó: -Yo le voy a enviar mañana una comisión de capitán en la Décima infantería, ahora en Nashville, Tennessee. Buenas noches.
-Buenas noches, señor. Yo le doy las gracias.
Dejado solo, el gobernador se quedó inmóvil por un tiempo, apoyado en su escritorio. De repente se encogió de hombros, como si se quitara una carga. -Esto es un mal negocio -dijo.
Sentándose en la mesa de lectura ante el fuego, tomó el libro más cercano a su mano, abriéndolo de forma ausente. Sus ojos cayeron sobre esta sentencia:
"Cuando Dios hizo necesario para la esposa infiel mentirle a su esposo en justificación de sus propios pecados, Él tuvo la ternura de dotar a los hombres con la necedad de creerle."
Miró el título del libro, éste era Su excelencia el necio.
Arrojó el volumen al fuego.
II
Cómo decir lo que vale oír

El enemigo, derrotado en dos días de batalla en Pittsburg Landing, se retiró huraño a Corinth, de donde había venido. Por manifiesta incompetencia Grant, cuyo ejército abatido fue salvado de la destrucción y la captura, por la actividad y la habilidad de soldado de Buell, fue relevado de su comando; que no obstante no se le dio a Buell, sino a Halleck, un hombre de poderes no probados, un teorético, indolente e irresoluto. Paso a paso sus tropas, siempre desplegadas en línea de batalla para resistir a las trifulcas con los tiradores enemigos, siempre atrincheradas contra columnas que nunca llegaban, avanzaron por treinta millas de forestas y pantanos hacia un antagonista preparado para desvanecerse al contacto, como un fantasma al canto del gallo. Fue una campaña de “excursiones y alarmas”, de reconocimientos y contramarchas, de propósitos cruzados y órdenes de contramando. Por semanas la farsa solemne ocupó la atención, tentando a civiles distinguidos de los campos de la ambición política, para ver lo que podían a salvo de los horrores de la guerra. Entre ellos estaba nuestro amigo el gobernador. En el cuartel general del ejército y en los campamentos de las tropas de su Estado, era una figura familiar, asistida por varios miembros de su personal privado, de caballos vistosos, sastrería impecable y valientes sombreros de seda. Eran seres de encanto, ricos en sugestiones de las tierras pacíficas, un mar más allá de la refriega. El soldado desaseado levantaba la mirada desde su trinchera cuando ellos pasaban, se apoyaba en su pala y los maldecía de modo audible, para expresar su sensación de la irrelevancia ornamental de ellos ante las austeridades de su oficio.
-Yo creo, gobernador -decía el general Masterson un día, yendo a una sesión informal encima de su caballo y echando una pierna sobre el pomo de la silla, su postura favorita: -Yo creo que no cabalgaría más lejos en esa dirección, si fuera usted. No tenemos nada más por ahí, que una línea de tiradores. Por eso es, presumo, que me enviaron a poner estos cañones de sitio aquí: si los tiradores son conducidos adentro, el enemigo se morirá de tristeza al ser incapaz de cazarlos, son un poco pesados.
Hay razones para temer que la no entrenada calidad de este humor militar, no cayó como una gentil lluvia del cielo sobre el lugar bajo el sombrero de seda del civil. De todas formas, no disminuyó su dignidad al reconocer.
-Yo entiendo -dijo con gravedad-, que algunos de mis hombres están por ahí, una compañía del Décimo, comandada por el capitán Armisted. Me gustaría encontrarme con él, si a usted no le importa.
-Él vale el encuentro. Pero hay un trozo de jungla malo por ahí, y yo le aconsejaría que deje su caballo y -con una mirada a la comitiva del gobernador- su otra impedimenta.
El gobernador fue adelante solo y a pie. En una media hora había avanzado por una maleza enredada, que cubría un suelo pantanoso, y entró a un terreno más firme y abierto. Allí encontró una media compañía de infantería siestando tras una línea de rifles apilados. Los hombres llevaban sus pertrechos: sus cinturones, cartucheras, mochilas y cantinas. Algunos, yacientes en toda su longitud sobre las hojas secas, estaban profundamente dormidos: otros, en grupos pequeños, chismeaban de esto y aquello ociosamente; unos pocos jugaban a las cartas, ninguno estaba lejos de la línea de armas apiladas. Para el ojo de un civil la escena era de descuido, confusión e indiferencia, un soldado habría observado expectativa y disposición.
A una pequeña distancia, apartado, un oficial en uniforme de faena, armado, estaba sentado en un árbol caído, notando la aproximación del visitante, hacia quien un sargento, levantado de uno de los grupos, venía ahora.
-Yo deseo ver al capitán Armisted -dijo el gobernador.
El sargento lo miró de modo entornado, sin decir nada, apuntó al oficial y, tomando un rifle de una de las pilas, lo acompañó.
-Este hombre quiere verlo, señor -dijo el sargento, saludando. El oficial se levantó.
Hubiera sido un ojo agudo el que lo hubiera reconocido. Su cabello, que unos pocos meses antes había sido castaño, estaba veteado de gris. Su rostro, bronceado por la exposición, estaba como cosido por la edad. Una larga cicatriz lívida en la frente marcaba el golpe de un sable, una mejilla estaba retraída y fruncida por obra de una bala. Sólo una mujer del leal Norte habría pensado que el hombre era guapo.
-Armisted, capitán -dijo el gobernador, extendiendo la mano-, ¿usted no me conoce?
-Yo lo conozco, señor, y lo saludo, como el gobernador de mi Estado.
Alzando su mano derecha al nivel de sus ojos, la lanzó hacia afuera y hacia abajo. En el código de la etiqueta militar no había provisión para estrechar las manos. La del civil fue retirada. Si sintió sorpresa o desazón, su rostro no lo traicionó.
-Es la mano que firmó su comisión -dijo.
-Y es la mano…
La sentencia quedó sin terminar. Una aguda detonación de rifle vino de enfrente, seguida por otra y otra. Una bala silbó por la foresta y alcanzó un árbol cercano. Los hombres saltaron del terreno y, mucho antes de que la alta, clara voz del capitán entonara el comando -¡A-ten-ción!-, cayeron en la línea, detrás de las armas apiladas. Otra vez -y ahora a través del fragor del crepitar de la fusilería- resonó el fuerte, deliberado sonsonete de la autoridad: -¡Tomar… armas!-, seguido por el traqueteo de las bayonetas destrabadas.
Las balas del enemigo invisible estaban volando ahora tupidas y rápidas, aunque en su mayoría bien gastadas, y emitiendo el sonido zumbante que significa la interferencia de las ramitas y la rotación en el plano de vuelo. Dos o tres hombres de la línea ya habían sido alcanzados y tumbados. Unos pocos hombres heridos llegaban cojeando con torpeza, fuera de la maleza de la línea de tiradores de enfrente; la mayoría de ellos no se detenía, pero se abría camino con los rostros blancos y los dientes apretados hacia la retaguardia.
Súbitamente, hubo una detonación profunda, sacudida enfrente, seguida por la alarmante ráfaga de un obús que, pasando por encima, explotó en el linde de un boscaje, dejando ardiendo las hojas caídas. Penetrando el fragor -pareciendo flotar por encima de éste como la melodía de un ave planeando- resonó la lenta, aspirada monotonía de los diversos comandos del capitán, sin énfasis, sin acento, musical y reposada como una víspera bajo la luna de la cosecha. Familiarizados con ese cántico tranquilizador en los momentos de peligro inminente, los soldados crudos, con menos de un año de entrenamiento, se rindieron al hechizo, ejecutando sus mandatos con la compostura y la precisión de unos veteranos. Incluso el civil distinguido detrás de su árbol, vacilando entre el orgullo y el terror, fue accesible a su encanto y persuasión. Fue consciente de la resolución fortalecida, y corrió sólo cuando los tiradores, bajo las órdenes de reunirse en la reserva, salieron del bosque como liebres cazadas y se formaron a la izquierda de una pequeña línea rígida, respirando con dificultad y agradecidos por la bendición de la respiración.
III
La lucha de uno cuyo corazón no estaba en la pelea

Guiado en su retirada por la de los heridos fugitivos, el gobernador bregó hacia la retaguardia con valentía, a través del “trozo de jungla malo”. Estaba bastante sin resuello y un poco confundido. Exceptuando un solo disparo de rifle de vez en cuando, no había sonido de refriega detrás de él; el enemigo estaba tratando de juntarse para una nueva arremetida contra un antagonista, de cuyo número y disposición táctica estaba dudoso. El fugitivo sentía que, probablemente, sería dispensado para su país, y sólo se encomendó a los designios de la providencia para ese fin, pero saltando un arroyo pequeño en un terreno más abierto, uno de los designios incurrió en la desgracia de una invalidante torcedura de tobillo. Fue incapaz de continuar su vuelo, pues era demasiado gordo para brincar, y después de varios intentos vanos, que le causaron un dolor intolerable, se sentó en la tierra para cuidar de su innoble invalidez y desaprobar la situación militar.
Un enérgico renuevo del tiroteo se declaró, y las balas perdidas llegaron volando y zumbando. Luego vino el estallido de dos descargas limpias, definidas, seguidas por un traqueteo continuo, a través del cual oyó los gritos y los vítores de los combatientes, puntuados por las batidas tronantes del cañón. Todo eso le dijo que el pequeño comando de Armisted estaba acosado acremente y luchando en los cuarteles cercanos. Los hombres heridos de quienes se había distanciado, empezaron a rezagarse por una y otra mano, su número aumentó visiblemente con nuevas levas de la línea. Solos, y de a dos y tres, algunos apoyando a los camaradas heridos de forma más desesperada que ellos, pero todos sordos a sus apelaciones de asistencia, buscaban entre la maleza y desaparecían. El tiroteo era cada vez más ruidoso y más distinto, y de repente los fugitivos achacosos fueron sucedidos por hombres que andaban con paso más firme, que enfrentaban ocasionalmente y descargaban sus piezas, y luego reanudaban su retirada con tenacidad, recargando mientras caminaban. Dos o tres cayeron mientras él miraba, y yacieron inmóviles. Uno tuvo suficiente de la vida que le quedaba, para hacer el lastimoso intento de arrastrarse hacia la cobertura. Un camarada que pasaba se detuvo junto a él el tiempo suficiente para disparar, apreciar la invalidez del pobre diablo con una mirada y moverse huraño adelante, insertando un cartucho en su arma.
En todo eso no había nada de la pompa de la guerra, ningún rastro de gloria. Incluso en su angustia y peligro, el civil indefenso no pudo evitar contrastar eso con los preciosos desfiles y revistas hechos en honor de él mismo, con los uniformes brillantes, la música, los estandartes y la marcha. Era un negocio feo y enfermizo: para todo lo que era artístico en su naturaleza, repulsivo, brutal, de mal gusto.
-¡Ugh, -gruñó, estremecido-, esto es bestial! ¿Dónde está el encanto de todo esto? ¿Dónde están los sentimientos elevados, la devoción, el heroísmo, la…
Desde un punto en algún lugar cercano, en la dirección del enemigo que perseguía, se levantó el claro, deliberado sonsonete del capitán Armisted.
-Fir-mes, hombres, fir-mes. ¡Alto! Em-pezar a dis-parar.
El traqueteo de menos de una veintena de rifles, se podía distinguir a través del alboroto general, y otra vez el penetrante falsete:
-Dejar de dis-parar. En re-tirada... ¡en maaarcha!
En unos pocos momentos, ese remanente se había dispersado lentamente detrás del gobernador, todos a la derecha de él, mientras enfrentaban en retirada, los hombres desplegados con intervalos de media docena de pasos. Por el extremo izquierdo y a unas yardas por detrás, venía el capitán. El civil lo llamó por su nombre, pero él no lo oyó. Un enjambre de hombres de gris salió ahora de la cobertura en su persecución, haciéndolo directamente hacia el sitio donde el gobernador yacía, algún accidente del terreno los había hecho converger en ese punto: su línea se había vuelto una multitud. En un último bregar por la vida y la libertad, el gobernador intentó levantarse, y al mirar hacia atrás el capitán lo vio. Con presteza, pero con la misma precisión lenta que antes, cantó sus comandos:
-¡Tira-do-res, alto! Los hombres se detuvieron y, de acuerdo a la regla, se volvieron para enfrentar al enemigo.
-¡Reu-nirse a la derecha! -y vinieron a la carrera, fijando las bayonetas y formándose sueltamente junto al hombre en ese extremo de la línea.
-Adelante... para salvar al gober-na-dor de su Estado... doblar rápido... ¡en maaarcha!
¡Sólo un hombre desobedeció ese comando asombroso! Estaba muerto. Con un vítor, se saltaron los veinte o treinta pasos entre ellos y su tarea. El capitán, teniendo una distancia más corta que andar, arribó primero, de modo simultáneo con el enemigo. Una media docena de tiros apurados se le disparó, y el hombre delantero, un colega de heroica estatura, sin sombrero y con el pecho desnudo, le dio una viciosa barrida por la cabeza con un rifle garrote. El oficial paró el golpe a costa de un brazo roto, y empujó su espada hasta el puño en el pecho del gigante. Al caer el cuerpo el arma le fue arrancada de la mano y, antes de que pudiera tironear el revólver de la funda de su cinturón, otro hombre saltó sobre él como un tigre, cerrando ambas manos sobre su garganta y llevándolo hacia atrás, sobre el postrado gobernador, que aún bregaba por levantarse. Ese hombre fue arrojado con presteza sobre la bayoneta de un sargento federal, y su apriete de muerte en la garganta del capitán aflojado por una patada en cada muñeca. Cuando el capitán se levantó, estaba en la retaguardia de sus hombres, que todos le habían pasado por encima y a la redonda, y estaban acometiendo ferozmente a sus más numerosos, pero menos coherentes antagonistas. Casi todos los rifles de ambos lados estaban vaciados, y en el aplastamiento no había tiempo ni lugar para recargar. Los confederados estaban en desventaja, por que la mayoría de ellos carecían de bayonetas, luchaban a cachiporra, y un rifle garrote era un arma formidable. El sonido del conflicto era un repiqueteo, como el de los cuernos trabados de unos toros peleando; de vez en cuando el crujido de un cráneo aplastado, un juramento o un gruñido causado por el impacto de la boca de un rifle contra un abdomen, atravesado por su bayoneta. Por la abertura hecha por la caída de uno de sus hombres, el capitán Armisted saltó, con el brazo izquierdo colgando; en su mano derecha un revólver cargado por completo, con el que disparó con rápido y terrible efecto en el grueso de la multitud gris; pero sobre los cuerpos de los muertos, los sobrevivientes del frente fueron empujados hacia adelante por sus camaradas de la retaguardia, hasta que de nuevo enfrentaron con sus pechos las incansables bayonetas. Había menos bayonetas que enfrentar con los pechos ahora, una mísera media docena, todas juntas. Unos minutos más de este rudo trabajo -una pequeña lucha espalda contra espalda-, y todo hubiera acabado.
Súbitamente, un vívido tiroteo se oyó a la derecha y a la izquierda: una línea fresca de tiradores federales vino adelante a la carrera, llevando por delante esas partes de la línea confederada, que habían sido separadas para detener el avance del centro. Y detrás de esos combatientes nuevos y ruidosos, a una distancia de doscientas o trescientas yardas, se podía ver, indistinta entre los árboles, ¡una línea de batalla!
Instintivamente, antes de retirarse, la multitud de gris dio una tremenda embestida a su puñado de antagonistas, abrumándolos con el mero impulso e, incapaz de usar armas en el aplastamiento, los pisoteó, les pateó salvajemente los miembros, los cuerpos, los cuellos, los rostros; luego, retirándose con los pies sangrantes sobre sus propios muertos, se unió a la desbandada general y el incidente había terminado.

IV

El grande honra al grande

El gobernador, que había estado inconsciente, abrió los ojos y miró a su alrededor, recordando los sucesos del día con lentitud. Un hombre con uniforme de mayor estaba arrodillado junto a él, era un cirujano. Agrupados alrededor estaban los miembros civiles del personal del gobernador, sus rostros expresando una solicitud natural respecto a sus oficios. Un poco aparte estaba parado el general Masterson, dirigiéndose a otro oficial y gesticulando con un puro. Estaba diciendo: -Fue la lucha más bella jamás hecha, ¡por Dios, señor, fue grandioso!
La belleza y la grandeza estaban atestiguadas por una hilera de muertos, dispuesta parejamente, y otra de heridos, puesta menos formalmente, inquietos, medio desnudos, pero vendados con valentía.
-¿Cómo se siente, señor? -dijo el cirujano-. Yo no encuentro herida.
-Yo creo que estoy bien -replicó el paciente, sentándose-. Es este tobillo.
El cirujano transfirió su atención al tobillo, cortando la bota. Todos los ojos siguieron el cuchillo.
Al mover la pierna se descubrió un papel doblado. El paciente lo recogió y lo abrió con descuido. Era una carta de tres meses de vieja, firmada “Julia”. Al tener una visión de su nombre en ésta, la leyó. No era nada muy notable -meramente, la confesión de una mujer débil de un pecado sin provecho- la penitencia de una mujer infiel abandonada por su seductor. La carta se había caído del bolsillo del capitán Armisted, el lector la transfirió al suyo en silencio.
Un aide-de-camp llegó cabalgando y se apeó. Avanzando hacia el gobernador, saludó.
-Señor -dijo-, yo lamento encontrarlo herido, el comandante general no ha sido informado. Él presenta sus cumplidos, y se me ha enviado a decir, que él ha ordenado para mañana una gran revista de los cuerpos de reserva, en su honor. Me aventuro a agregar que el carruaje del general está a su servicio, si usted es capaz de asistir.
-Me complace decirle al comandante general, que yo estoy profundamente conmovido por su amabilidad. Si usted tiene la paciencia de esperar unos pocos minutos, va a transmitir una respuesta más definida.
Él sonrió de modo brillante y, echando una mirada al cirujano y a sus asistentes, agregó: -En el presente, si me permite una alusión a los horrores de la paz, yo estoy “en manos de mis amigos”.
El humor del grande es infeccioso, todos los que oyeron se rieron.
-¿Dónde está el capitán Armisted? -preguntó el gobernador, no con descuido por completo.
El cirujano levantó la mirada de su trabajo, apuntando en silencio al cuerpo más cercano en la hilera de muertos, las facciones cubiertas con un pañuelo discretamente. Estaba tan cerca, que el gran hombre podría haber puesto su mano sobre éste, pero no lo hizo. Él podía haber temido que sangrara.

Título original: An Affair of Outposts, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1897, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Bucktails, 2003.