miércoles, 28 de abril de 2010

Más allá de la pared


Hace muchos años, en mi camino de Hong-Kong a Nueva York, pasé una semana en San Francisco. Mucho tiempo había pasado desde que estuve en esa ciudad, durante el que mis venturas en el Oriente habían prosperado más allá de mi esperanza; yo era rico, y podía permitirme revisitar mi propio país para renovar mi amistad con esos compañeros de mi juventud, que aún vivían y me recordaban con el viejo afecto. El principal de éstos, esperaba yo, era Mohun Dampier, un viejo compañero de escuela con quien había mantenido una correspondencia desganada, que hacía tiempo había cesado, como es el modo de la correspondencia entre los hombres. Ustedes puede hayan observado que la indisposición a escribir una mera carta social, está en el radio del cuadrado de la distancia entre ustedes y vuestro corresponsal. Es una ley.
Yo recordaba a Dampier como un buen mozo, fuerte y joven colega de gustos estudiosos, con una aversión al trabajo y una marcada indiferencia a muchas de las cosas que le importan al mundo, incluyendo la riqueza; de la cual, sin embargo, había heredado lo suficiente, como para ponerse más allá del alcance de la miseria. En su familia, una de las más antiguas y aristocráticas del país, creo yo, era una cuestión de orgullo que ningún miembro de ésta nunca hubiera estado en el comercio ni en la política, ni sufrido ninguna clase de distinción. Mohun era un poco sentimental, y tenía en sí un singular elemento de superstición, que lo llevó al estudio de toda clase de temas ocultos, aunque su buena salud mental lo salvaguardó de la fe fantástica y peligrosa. Hizo atrevidas incursiones al reino de lo irreal, sin renunciar a su residencia en la parcialmente inspeccionada y cartografiada región, que nos place llamar certidumbre.
La noche de mi visita a él fue tormentosa. El invierno de California estaba andando, y una lluvia incesante enlodaba las calles desiertas o, levantada por las ráfagas de viento irregulares, era arrojada contra las casas con furia increíble. Con no poca dificultad, mi cochero encontró el lugar correcto, lejos hacia la playa del océano, en un suburbio escasamente poblado. La vivienda, una bastante fea, al parecer, se erguía en el centro de sus terrenos que, como apenas podía descifrar en la tiniebla, estaban desprovistos de cualquier flor o hierba. Tres o cuatro árboles, retorcidos y gimientes en el tormento de la tempestad, parecían estar tratando de escapar de su ambiente lúgubre, y de correr el riesgo de encontrar uno mejor en el mar. La casa era una estructura de ladrillo de dos pisos, con una torre un piso más alto en una esquina. En una ventana de ésta había la única luz visible. Algo en la apariencia del lugar me hizo estremecer, un desempeño que pudo ser asistido por el arroyuelo de agua de lluvia que bajaba por mi espalda, mientras echaba a correr para cubrirme en el umbral.
En respuesta a mi nota, que le informaba de mi deseo de llamar, Dampier había escrito: “No toques, abre la puerta y entra.” Así lo hice. La escalera estaba vagamente iluminada por un solo mechero de gas, encima del segundo tramo. Me las arreglé para alcanzar el rellano sin desastre, y entré por una puerta abierta a la iluminada habitación cuadrada de la torre. Dampier se adelantó en bata y zapatillas para recibirme, dándome el saludo que yo deseaba, y si yo había tenido el pensamiento, de que pudo ser más apropiado haberme otorgado la puerta frontal, mi primera mirada a él disipó cualquier sensación de inhospitalidad.
Él no era el mismo. Apenas pasada la edad madura, se había vuelto canoso y había adquirido un encorvado pronunciado. Su figura era delgada y angulosa, su rostro de líneas profundas, su tez blanca mortuoria, sin un toque de color. Sus ojos, grandes de una forma no natural, brillaban con un fuego que era casi extraño.
Me sentó, me propuso un puro y, con una sinceridad grave y obvia, me aseguró que le daba placer encontrarse conmigo. Alguna conversación sin importancia siguió, pero yo todo el tiempo estuve dominado por una sensación de melancolía, ante el gran cambio en él. Eso lo debió haber percibido, pues súbitamente dijo con una sonrisa lo suficiente brillante: -Usted está decepcionado de mí, non sum qualis eram.
Yo apenas sabía qué replicar, pero me las arreglé para decir: -Por qué, realmente, yo no sé: su latín es casi el mismo.
Él brilló de nuevo. -No -dijo-, siendo una lengua muerta, crece con propiedad. Pero por favor, tenga la paciencia de esperar: dónde yo voy hay acaso una mejor lengua. ¿Le importaría tener un mensaje en ésta?
La sonrisa se marchitó mientras hablaba, y cuando concluyó estaba buscando en mis ojos con una gravedad que me angustió. Pero yo no me hubiera rendido a su humor, ni le hubiera permitido ver cuán profundo me afectaba su presciencia de la muerte.
-Me imagino que será larga -dije-, antes de que el discurso humano deje de servir a nuestra necesidad, y entonces la necesidad, con sus posibilidades de servicio, habrá pasado.
Él no hizo una réplica, y yo también estaba en silencio, pues la plática había tomado un giro desalentador, y yo no sabía cómo darle un carácter más agradable. Súbitamente, en una pausa de la tormenta, cuando el silencio mortuorio era casi alarmante por contraste con el alboroto anterior, oí un golpeteo suave, que parecía venir de la pared detrás de mi silla. El sonido era como el que podía haber hecho una mano humana, no como en una puerta por uno pidiendo ser admitido, sino más bien, pensé, como una señal acordada, una seguridad de la presencia de alguien en una habitación contigua; la mayoría de nosotros, me imagino, ha tenido más experiencia en tales comunicaciones, de la que nos debería importar relatar. Yo eché una mirada a Dampier. Si había, posiblemente, algo de diversión en la mirada, él no lo observó. Él parecía haber olvidado mi presencia, y estaba mirando la pared detrás de mí con una expresión en sus ojos, que soy incapaz de decir, aunque mi recuerdo de ésta es hoy tan vívido, como era mi sensación entonces. La situación era embarazosa, me levanté para iniciar mi despedida. En eso pareció recobrarse.
-Por favor, siéntese -dijo-, no es nada, no hay nadie ahí.
Pero el golpeteo se repitió, y con la misma insistencia suave, lenta que antes.
-Perdóneme -dije-, es tarde. ¿Puedo llamar ma-ñana?
Él sonrió, un poco mecánicamente, pensé. -Es muy delicado de su parte -dijo-, pero innecesario por completo. Realmente, esta es la única habitación de la torre, y no hay nadie ahí. Al menos… -dejó la frase incompleta, se levantó y tironeó una ventana, la única abertura en la pared de la que el sonido parecía venir. -Vea.
No sabiendo con claridad qué otra cosa hacer, yo lo seguí hacia la ventana y miré afuera. Un farol de calle, a alguna poca distancia, daba suficiente luz a través de lo nublado de la lluvia, que de nuevo estaba cayendo en torrentes para hacer claro por entero, que “no había nadie ahí.” En verdad, no había nada más que la abrupta pared blanca de la torre.
Dampier cerró la ventana y, señalando hacia mi asiento, retomó el suyo.
El incidente en sí no era misterioso en particular; cualquiera de una docena de explicaciones era posible (aunque ninguna se me había ocurrido), pero me impresionó extrañamente más, acaso, el esfuerzo de mi amigo por asegurarme, que parecía dignificarlo con cierta significación e importancia. Había probado que no había nadie allí, pero en ese hecho yacía todo el interés, y no propuso una explicación. Su silencio era irritante y me sentía resentido.
-Mi buen amigo -dije un tanto irónicamente, me temo-, yo no estoy dispuesto a cuestionar su derecho a albergar a tantos espectros, como encuentre agradable para su gusto y conforme a sus nociones de compañerismo, eso no es asunto mío. Pero siendo, justamente, un hombre plano de affairs, sobre todo de este mundo, encuentro que los espectros no son necesarios para mi paz y comodidad. Yo me voy a mi hotel, donde mis colegas invitados todavía son de carne.
No fue un discurso muy civil, pero él no manifestó ninguna sensación al respecto. -Por amabilidad, quédese -dijo-. Yo estoy agradecido por su presencia aquí. Lo que usted ha oído esta noche, yo creo que lo he oído dos veces antes. Ahora que no fue una ilusión. Eso es mucho para mí, más de lo que cree. Tenga un puro fresco y una buena provisión de paciencia, mientras le cuento la historia.
La lluvia estaba cayendo ahora de modo más constante, con un susurro bajo, monótono, interrumpida con largos intervalos por el súbito azotarse de las ramas de los árboles, cuando el viento se levantaba y menguaba. La noche estaba muy avanzada, pero la simpatía y la curiosidad me mantuvieron como un oyente voluntario del monólogo de mi amigo, que no interrumpí con una sola palabra desde el principio hasta el final.
-Hace diez años -dijo-, yo ocupaba un apartamento de planta baja, en una de las hileras de casas, todas iguales, lejos, en el otro extremo del pueblo, en lo que llamamos Rincon Hill. Ese había sido el mejor barrio de San Francisco, pero había caído en el descuido y la decadencia, en parte por que el carácter primitivo de su arquitectura doméstica, ya no se adecuaba a los gustos maduros de nuestros ciudadanos acaudalados; en parte por que ciertas mejoras públicas habían hecho una ruina de éste. La hilera de viviendas, en una de las que yo vivía, estaba un poco alejada de la calle; cada una tenía un jardín en miniatura, separado de sus vecinos por unas verjas de hierro bajas, y dividido con precisión matemática por un camino de gravilla bordeado de bojes, desde el portón hasta la puerta.
Una mañana, mientras yo dejaba mi alojamiento, observé a una joven que entraba al jardín contiguo, a la izquierda. Era un día caluroso de junio, y ella estaba vestida de blanco, a la ligera. De sus hombros colgaba un sombrero de pajilla ancho, decorado con flores de forma profusa, y encintado de modo maravilloso a la moda de la época. Mi atención no fue retenida mucho tiempo por la exquisita sencillez de su traje, pues nadie podía mirar su cara y pensar en algo terrenal. No tema, no la voy a profanar con una descripción, era excesivamente bella. Todo lo que yo haya visto o soñado jamás sobre lo encantador, estaba en esa incomparable pintura viviente por mano del Artista divino. Eso me conmovió de forma tan profunda que, sin pensar en la impropiedad del acto, me descubrí la cabeza de modo inconsciente, como un católico devoto o un protestante bien nacido ante la imagen de la Virgen bendita. La doncella no mostró desagrado; ella meramente volvió sus gloriosos ojos oscuros hacia mí, con una mirada que me hizo contener la respiración, y sin otro reconocimiento de mi acto, pasó adentro de la casa. Por un momento me quedé inmóvil, sombrero en mano, dolorosamente consciente de mi rudeza, pero tan dominado por la emoción inspirada por esa visión de una belleza incomparable, que mi penitencia fue menos punzante de lo que debiera haber sido. Entonces seguí mi camino, dejando atrás mi corazón. En el curso natural de las cosas yo, probablemente, debía haberme quedado afuera hasta el anochecer, pero a media tarde estaba de vuelta en el pequeño jardín, afectando un interés por esas pocas, necias flores que yo nunca había observado antes. Mi esperanza era vana, ella no apareció.
A una noche de inquietud sucedió un día de expectativa y desilusión, pero al día siguiente, cuando yo vagaba sin objetivo por el vecindario, la encontré. Por supuesto, no repetí la necedad de descubrirme, ni incluso la ventura de tanto, como una mirada demasiado larga para manifestar interés en ella; aunque mi corazón estaba latiendo audiblemente. Yo temblaba y me sonrojé de forma consciente, cuando ella volvió sus grandes ojos negros hacia mí, con una mirada de obvio reconocimiento, despojada por entero de audacia o coquetería.
Yo no lo cansaré con particularidades; después encontré a la doncella muchas veces, aunque nunca me dirigí a ella o busqué llamar su atención. Ni hice ninguna acción para trabar conocimiento con ella. Acaso mi abstinencia, que requería un esfuerzo de abnegación tan supremo, no le será clara a usted por entero. Que yo fui lanzado de cabeza al amor es verdad, ¿pero quién puede superar su hábito de pensamiento, o reconstruir su carácter?
Yo era lo que algunas personas necias se complacen en llamar, y otras más necias se complacen en ser llamadas, un aristócrata, y a despecho de su belleza, sus encantos y gracia, la muchacha no era de mi clase. Yo había sabido su nombre -que no es necesario decir-, y algo de su familia. Era una huérfana, la sobrina dependiente de una mujer gorda mayor imposible, en cuya casa de huéspedes vivía. Mi ingreso era pequeño y yo carecía del talento para casarme, acaso es un don. Una alianza con esa familia me hubiera condenado a su modo de vida, apartándome de mis libros y estudios, y en un sentido social me hubiera reducido a los rangos. Es fácil despreciar unas consideraciones como esas, y yo no me había abstenido de la defensa. Dejemos que el juicio esté contra mí por entero, pero en estricta justicia, todos mis ancestros por generaciones deben hacerse co-defensores, y que se me permita alegar la mitigación del castigo, el mandato imperioso de la herencia. Para una mésalliance de esa clase, cada glóbulo de mi sangre ancestral hablaba en oposición. En breve, mis gustos, hábitos, instintos, por cualquier razón mi amor me hubiera dejado, todo luchaba contra eso. Además, yo era un sentimental incorregible, y encontraba un encanto sutil en una relación impersonal y espiritual, que el conocimiento podía vulgarizar y el matrimonio ciertamente disiparía. Ninguna mujer, argumenté, es lo que esta amorosa criatura parece. El amor es un sueño delicioso, ¿por qué debía provocar mi propio despertar?
El curso dictado por toda esta sensación y sentimiento era obvio. El honor, el orgullo, la prudencia, la preservación de mis ideales, todo me ordenaba que me fuera, pero yo era demasiado débil para eso. Lo máximo que podía hacer con un vigoroso esfuerzo de voluntad, era dejar de encontrar a la muchacha, y eso hice. Incluso evité el albur de los encuentros del jardín, dejando mi alojamiento sólo cuando sabía, que ella había ido a sus lecciones de música, y regresaba después del anochecer. Aunque todo el tiempo estuve como en un trance, entregado a las fantasías más fascinantes, y ordenando mi vida intelectual entera de acuerdo con mi sueño. Ah, mi amigo, como uno cuyas acciones tienen una trazable relación con la razón, usted no puede conocer el paraíso necio en que yo vivía.
Una noche el diablo me metió en la cabeza que yo fuera un idiota indecible. Mediante unas preguntas, al parecer descuidadas y sin propósito, supe por mi chismosa patrona que el dormitorio de la joven era contiguo al mío, una pared media entre. Cediendo a un impulso súbito y ordinario, golpeteé la pared con suavidad. No hubo respuesta, naturalmente, pero yo no estaba de humor para aceptar una reprensión. Una locura había en mí, y repetía la necedad, la ofensa, pero de nuevo con ineficacia, y tuve la decencia de desistir.
Una hora más tarde, mientras estaba absorbido en alguno de mis estudios infernales, oí, o creí oír una respuesta a mi señal. Tirando abajo mis libros salté hacia la pared y, de forma tan constante como mi corazón latiente me lo permitía, di tres golpes lentos en ésta. Esta vez la respuesta fue distinta, inconfundible: uno, dos, tres, una repetición exacta de mi señal. Eso fue todo lo que pude educir, pero fue suficiente, demasiado.
La noche siguiente, y por muchas noches después, esa necedad continuó, yo siempre tenía “la última palabra”. Durante todo el período fui feliz de un modo delirante, pero con la perversidad de mi naturaleza, perseveré en mi resolución de no verla. Entonces, como debía haber esperado, no tuve más respuestas. “Ella está disgustada”, me dije a mí mismo, “con lo que cree mi timidez de no hacer más avances definidos”, y resolví buscarla y entablar conocimiento con ella, ¿y qué? Yo no sabía, ni sé ahora qué podía venir de eso. Sólo sé que pasé días y días tratando de encontrarla, y todo fue vano: ella era invisible, así como inaudible. Yo rondaba por las calles donde nos habíamos encontrado, pero ella no venía. Desde mi ventana vigilaba el jardín enfrente de su casa, pero ella no pasaba afuera ni adentro. Sentí una profunda decepción, creyendo que se había ido, pero no di ningún paso para resolver mi duda inquiriendo a mi patrona, a quien, en efecto, yo le había tomado una aversión invencible, por haber hablado una vez de la muchacha con menos reverencia de la que pensaba convenía.
Luego vino la noche fatídica. Agotado por la emoción, la irresolución y el desaliento, yo me había retirado temprano y caído en el sueño, que aun era posible para mí. En medio de la noche algo -algún poder maligno resuelto a arruinar mi paz para siempre- me hizo abrir los ojos y sentarme, despierto por completo y escuchando con intención yo no sabía qué. Entonces, creí oír un tenue golpeteo en la pared, el mero fantasma de la señal familiar. En unos momentos se repitió: uno, dos, tres, no más fuerte que antes, pero dirigido a un sentido alerta y que se esforzaba por recibirlo. Yo estaba a punto de replicar, cuando el Adversario de la paz intervino de nuevo en mis affairs, con una ruin sugestión de represalia. Ella me había ignorado por mucho tiempo y cruelmente, ahora yo la ignoraría a ella. Increíble fatuidad, ¡puede que Dios me la perdone! Todo el resto de la noche estuve acostado despierto, fortaleciendo mi obstinación con justificaciones desvergonzadas, y escuchando.
Tarde en la mañana siguiente, cuando estaba dejando la casa, me encontré con mi patrona, entrando.
-Buenos días, sr. Dampier -dijo-. ¿Ha oído usted la noticia?
Yo le repliqué con palabras que no había oído ninguna noticia, de una manera como que no me importaba oír ninguna. La manera escapó a su observación.
-Sobre la dama joven enferma de al lado -balbuceó-. ¡Cómo!, ¿usted no lo sabía? ¿Por qué?, ella ha estado enferma por semanas. Y ahora…
Casi salté sobre ella. -¿Y ahora -grité-, ahora qué?
-Ella está muerta.
Esa no es toda la historia. En medio de la noche, como supe más tarde, el paciente, despertando de un largo estupor después de una semana de delirio, había pedido -fue su última expresión- que su cama fuera movida al lado opuesto de la habitación. Los que la atendían pensaron que la solicitud era una vaguedad de su delirio, pero la cumplieron. Y luego la pobre alma pasajera había ejercido su menguada voluntad de restaurar una conexión rota, un hilo dorado de sentimiento entre su inocencia y la bajeza monstruosa, propia de la fidelidad ciega, brutal a la ley del ego.
¿Qué reparación podía hacer yo? ¿Hay misas que se puedan decir para el reposo de las almas, que estén afuera en noches como ésta, espíritus “llevados por los vientos invisibles”, viniendo en la tormenta y la oscuridad con signos y portentos, indicios de la memoria y presagios de condena?
Esta es la tercera visita. En la primera ocasión, yo era demasiado escéptico para hacer algo más que verificar, con métodos naturales, el carácter del incidente; en la segunda, respondí a la señal después que ésta se había repetido varias veces, pero sin resultado. La recurrencia de esta noche completa la “tríada fatal” expuesta por Parapelius Necromantius. No hay más que decir.
Cuando Dampier terminó su historia, no pude pensar nada relevante que me importara decir, y preguntarle hubiera sido una horrenda impertinencia. Me levanté y le di las buenas noches de forma tal, para trasmitirle mi sensación de simpatía, que él reconoció en silencio con la presión de su mano. Esa noche, a solas con su pesar y remordimiento, pasó a lo desconocido.

Título original: Beyond the Wall, publicado por primera vez en Cosmopolitan, diciembre de 1907, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Illugraphy, Haunted house, XXI.