jueves, 8 de abril de 2010

El golpe de gracia


La lucha había sido dura y continua, eso era atestiguado por todos los sentidos. El mismo sabor de la batalla estaba en el aire. Todo ahora había terminado; sólo quedaba socorrer a los heridos y enterrar a los muertos, “poner un poco de orden”, como el humorista de una escuadra de entierro lo ponía. Una buena ración de “orden” se requería. Tan lejos como uno podía ver a través de la foresta, entre los árboles astillados, yacían los despojos de los hombres y los caballos. Entre éstos se movían los camilleros, recogiendo y llevándose a los pocos que mostraban signos de vida. La mayoría de los heridos había muerto por descuido, mientras que el derecho a ministrar sus necesidades estaba en disputa. Era una regulación del ejército que los heridos debían esperar, el mejor modo de cuidarlos era ganar la batalla. Se debía confesar que la victoria era una clara ventaja para un hombre que requería atención, pero muchos no vivían para valerse de ésta.
Los muertos eran reunidos en grupos de una docena o veintena, y acostados lado a lado en filas, mientras se cavaban las trincheras para recibirlos. Algunos, hallados a una gran distancia de esos puntos de reunión, eran enterrados donde yacían. Había pocos intentos de identificación, aunque en la mayoría de los casos, las partidas de entierro eran asignadas a espigar el mismo terreno que habían ayudado a segar, los nombres de los muertos victoriosos eran conocidos y enlistados. Los caídos enemigos tenían que contentarse con un conteo. Pero con eso tenían suficiente: muchos de ellos eran contados varias veces, y el total, como se daba después en el reporte oficial del comandante victorioso, denotaba más esperanza que resultado.
A una pequeña distancia del sitio, donde una de las partidas de entierro había establecido su “bivouac de los muertos”, un hombre con uniforme de oficial federal estaba parado, recostado contra un árbol. Desde sus pies hasta su cuello su actitud era de cansancio reposado, pero volvía la cabeza de un lado a otro con inquietud, su mente al parecer no estaba en reposo. Estaba acaso indeciso sobre en qué dirección ir, no estaba gustoso de quedarse largo tiempo donde estaba, pues ya los rayos planos del sol poniente se expandían rojizos por los espacios abiertos del bosque, y los soldados cansados estaban dejando su tarea del día. Él apenas haría noche solo allí, entre los muertos. Nueve de diez hombres que usted encontraba después de una batalla, inquirían el camino a alguna fracción del ejército, como si alguien pudiera saberlo. Sin dudas, este oficial estaba perdido. Después de descansar un momento él, era presumible, seguiría a una de las partidas de entierro en retirada.
Cuando todos se habían ido, caminó derecho a la foresta, hacia el oeste rojizo, su luz tiñendo su rostro como de sangre. El aire de confianza con que andaba a zancadas ahora, mostraba que estaba en un terreno familiar, había recobrado su orientación. Los muertos a su derecha y a su izquierda, fueron inestimados mientras pasaba. Un ocasional gemido bajo, de algún adolorido-aquejado desdichado, a quien las partidas de relevo no habían llegado, y que tendría que pasar una noche incómoda bajo las estrellas, con su sed haciéndole compañía, fue desatendido por igual. ¿Qué, en efecto, podía haber hecho el oficial, no siendo cirujano y no teniendo agua?
En la cabeza de un barranco poco profundo, una mera depresión del terreno, yacía un menudo grupo de cuerpos. Él los vio y, girando de súbito desde su curso, caminó hacia ellos con rapidez. Observando a cada uno con agudeza mientras pasaba, se detuvo por último ante uno, que yacía un poco movido de los otros, cerca de un macizo de árboles menudos. Lo miró de cerca. Parecía moverse. Se agachó y puso su mano sobre su rostro. Este gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de Massachusetts, un soldado atrevido e inteligente, un hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow, Caffal y Creede Halcrow. Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell, y estos dos hombres, el sargento y el capitán, eran amigos devotos. Tan lejos como la disparidad de rango, la diferencia de deberes y las consideraciones de la disciplina militar se lo permitían, andaban juntos comúnmente. Ellos, en efecto, habían crecido juntos desde la infancia. Un hábito del corazón no se rompe con facilidad. Caffal Halcrow no tenía ningún gusto por lo militar, ni la disposición, pero la idea de separarse de su amigo era desagradable; se alistó en la compañía en la que Madwell era segundo teniente. Cada uno había dado dos pasos arriba en el rango, pero entre el alto oficial no-comisionado y el bajo comisionado, el océano era ancho y profundo, y la vieja relación se mantenía con dificultad y diferencia.
Creede Halcrow, el hermano de Caffal, era el mayor del regimiento, un hombre cínico, saturnino, entre él y el capitán Madwell había una antipatía natural, que las circunstancias habían alimentado y convertido en una activa animosidad. Pero por la influencia restrictiva de su relación mutua con Caffal, estos dos patriotas, sin dudas, se habrían esforzado por privar a su país de los servicios del otro.
En la apertura de la batalla esa mañana, el regimiento estaba cumpliendo un deber de puesto de avanzada, a una milla de distancia del ejército principal. Fue atacado y casi rodeado en la foresta, pero mantuvo su terreno con tenacidad. Durante una tregua en la lucha, el mayor Halcrow fue a ver al capitán Madwell. Los dos cambiaron saludos formales, y el mayor dijo: -Capitán, el coronel le ordena que adelante su compañía a la cabeza de ese barranco, y mantenga su lugar allí hasta que sea llamado. Yo apenas necesito informarle a usted, sobre el carácter peligroso del movimiento, pero si lo desea, usted puede, yo supongo, cederle el comando a su primer teniente. A mí, sin embargo, no se me ordenó autorizar la sustitución, es simplemente una sugerencia mía, hecha de forma no oficial.
A este insulto mortal, el capitán Madwell replicó con frialdad:
-Señor, yo lo invito a acompañar el movimiento. Un oficial montado sería un blanco conspicuo, y yo he mantenido por largo tiempo la opinión, de que sería mejor si usted estuviera muerto.
El arte de la réplica se cultivaba en los círculos militares desde tan temprano como 1862.
Una media hora más tarde, la compañía del capitán Madwell fue conducida desde su posición a la cabeza del barranco, con una pérdida de un tercio de su número. Entre los caídos estaba el sargento Halcrow. El regimiento poco después fue forzado a volver a la línea principal, y al cierre de la batalla estaba a millas de distancia. El capitán estaba ahora parado, al lado de su subordinado y amigo.
El sargento Halcrow estaba mortalmente herido. Su ropa estaba desarreglada, parecía haber sido desgarrada con violencia, mostrando el abdomen. Algunos de los botones de su chaqueta habían sido arrancados y yacían en el terreno junto a él, y fragmentos de sus otras prendas estaban esparcidos alrededor. Su cinturón de cuero estaba partido y, al parecer, había sido arrastrado desde abajo mientras él yacía. No había habido una gran efusión de sangre. La única herida visible era una apertura amplia, andrajosa en el abdomen. Estaba profanada con tierra y hojas muertas. Sobresalía de ésta un rizo de intestino delgado. En toda su experiencia, el capitán Madwell no había visto una herida como esa. Él no podía conjeturar cómo había sido hecha, ni explicar las circunstancias concurrentes, la ropa extrañamente desgarrada, el cinturón partido, el escarnecido de la piel blanca. Se arrodilló e hizo un examen más cercano. Cuando se puso de pie, volvió sus ojos en diferentes direcciones como si buscara a un enemigo. A cincuenta yardas de distancia, en la cresta de una baja colina escasamente boscosa, vio varios objetos oscuros moviéndose entre los hombres caídos, una piara de cerdos. Uno estaba parado de espaldas a él, sus hombros elevados con agudeza. Sus patas delanteras estaban sobre un cuerpo humano, su cabeza estaba bajada y era invisible. El borde cerdoso de su mentón se mostraba negro contra el oeste rojizo. El capitán Madwell desvió los ojos y los fijó de nuevo en la cosa que había sido su amigo.
El hombre que había sufrido esas mutilaciones monstruosas estaba vivo. A intervalos movía sus miembros, gemía a cada aspiración. Miró absorto, con fijeza el rostro de su amigo, y si lo tocaba gritaba. En su agonía gigante, había arrancado del terreno en que yacía, sus manos apretadas estaban llenas de hojas, ramitas y tierra. Articular un discurso estaba más allá de su poder, era imposible saber si era sensible a alguna otra cosa, que el dolor. La expresión de su rostro era una apelación, sus ojos estaban llenos de ruego. ¿De qué?
No era mal leída esa mirada, el capitán la había visto con demasiada frecuencia en los ojos de aquellos, cuyos labios tenían aún el poder de formularla en la súplica de la muerte. Consciente o inconscientemente, este retorcido fragmento de humanidad, este tipo y ejemplo de sensación aguda, esta obra artesanal de hombre y de bestia, este humilde, no heroico Prometeo, estaba implorando todas las cosas, todo, el no-ego total, por la dádiva del olvido. A la tierra y al cielo por igual, a los árboles, al hombre, a cualquier cosa que tomara forma en el sentido o la conciencia, este sufriente encarnado dirigía esa petición silenciosa.
¿De qué, en efecto? De eso que concedemos, incluso, a la criatura más mezquina sin un sentido para exigirla, negándosela sólo a los desdichados de nuestra propia raza: por la liberación bendita, el rito de la suma compasión, el golpe de gracia.
El capitán Madwell dijo el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez sin efecto, hasta que la emoción ahogó sus palabras. Sus lágrimas salpicaron el rostro lívido bajo él mismo, y lo cegaron. No veía nada más, que un objeto movible y borroso, pero los gemidos eran más claros que nunca, interrumpidos a breves intervalos por gritos agudos. Se volvió, se golpeó la frente con la mano, y se alejó a zancadas del sitio. Un cerdo, teniendo una visión de él, levantó su hocico carmesí, lo contempló un segundo con sospecha y luego, con un gruñido áspero, concertado, corrió lejos de la visión. Un caballo, su pata delantera astillada por un disparo de cañón, levantó su cabeza ladeada del terreno y relinchó de modo lastimero. Madwell caminó adelante, sacó su revólver y le disparó a la pobre bestia entre los ojos, observando cercanamente su lucha de muerte que, contrario a lo que esperaba, fue violenta y larga, pero al fin yació quieto. Los tensos músculos de sus belfos, que habían descubierto los dientes en una mueca horrible, se relajaron; el perfil agudo, de limpio corte, tomó un aspecto de paz profunda y descanso.
A lo largo de una cresta distante, escasamente boscosa, hacia el oeste, la franja de fuego del ocaso ahora casi se había fundido. La luz en los troncos de los árboles se había diluido en un gris tierno, las sombras estaban en sus copas como grandes pájaros oscuros posados. La noche estaba llegando, y había millas de foresta embrujada entre el capitán Madwell y el campamento. Sin embargo, él estaba parado al lado del animal muerto, al parecer, perdido todo el sentido de su entorno. Sus ojos estaban volcados sobre la tierra a sus pies, su mano izquierda colgaba suelta a su lado, su derecha aún sostenía la pistola. De repente, levantó su rostro, lo volvió hacia su amigo moribundo, y caminó atrás con rapidez, hacia su lado. Se hincó sobre una rodilla, montó el arma, puso la boca sobre la frente del hombre y, volviendo sus ojos, apretó el gatillo. No hubo detonación. Había usado su último cartucho en el caballo.
El sufrido gimió, y sus labios se movieron de forma convulsiva. La espuma que brotó de éstos tenía un tinte de sangre.
El capitán Madwell se puso de pie y sacó su espada de la vaina. Pasó los dedos de su mano izquierda a lo largo del filo, desde el puño hasta la punta. La sostuvo derecha ante sí, como para probar sus nervios. No hubo un temblor visible en la hoja; el rayo de helada luz celeste que ésta reflejó, era firme y verdadero. Se agachó y, con su mano izquierda, desgarró la camisa del hombre moribundo, se levantó y puso la punta de la espada justo sobre el corazón. Esta vez no retiró sus ojos. Agarrando el puño con ambas manos, empujó hacia abajo con toda su fuerza y peso. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre, a través de su cuerpo en la tierra; el capitán Madwell se acercó, cayendo hacia adelante sobre su obra. El hombre moribundo encogió las rodillas y, al mismo tiempo, levantó el brazo derecho sobre su pecho, y agarró el acero de modo tan apretado, que los nudillos de la mano se blanquearon visiblemente. Con un violento pero vano esfuerzo por retirar la hoja, ensanchó la herida; un río de sangre escapó, corriendo hacia abajo de forma sinuosa, por la ropa desarreglada. En ese momento, tres hombres caminaron adelante en silencio, desde un macizo de árboles jóvenes que había ocultado su aproximación. Dos eran asistentes de hospital, y llevaban una camilla.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.

Título original: The Coup de Grâce, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Courage In Blue, XX.