domingo, 18 de abril de 2010

Chickamauga


Una soleada tarde de otoño un niño se apartó de su hogar rústico en un campo pequeño, y entró a una foresta sin ser observado. Era dichoso en un nuevo sentido de la libertad del control, dichoso por la oportunidad de la exploración y la aventura, pues el espíritu de este niño, en los cuerpos de sus ancestros, por miles de años, se había entrenado para las hazañas memorables de los descubrimientos y las conquistas, de las victorias en batallas cuyos momentos críticos fueron siglos, cuyos campamentos victoriosos fueron ciudades de piedra labrada. Desde la cuna de su raza, éste había conquistado su camino a través de dos continentes y, pasando por un gran mar, había penetrado en un tercero, para nacer allí para la guerra y el dominio como una herencia.
El niño era un chico de unos seis años de edad, el hijo de un plantador pobre. En su valerosa juventud el padre había sido soldado, había luchado contra los salvajes desnudos, y seguido la bandera de su país hacia la capital de una raza civilizada en el lejano Sur. En la vida pacífica del plantador el fuego del guerrero sobrevivió, una vez encendido nunca se apagaba. El hombre amaba los libros y las pinturas militares, y el chico había entendido lo suficiente como para hacerse una espada de madera, aunque el ojo de su padre apenas habría sabido para qué era. Esa arma la portaba ahora con valentía, como convenía al hijo de una raza heroica, y se detenía de vez en cuando en el espacio soleado de la foresta, asumiendo con cierta exageración las posturas de agresión y de defensa, que le había enseñado el arte del grabador. Vuelto temerario por la facilidad con que superaba a los enemigos invisibles, que intentaban detener su avance, cometió el error militar bastante común de llevar la persecución a un extremo peligroso, hasta que se encontró en la margen de un arroyo ancho pero poco profundo, cuyas aguas rápidas le obstruían su avance directo hacia el enemigo volador, que había cruzado con ilógica facilidad. Pero el vencedor intrépido no iba a ser frustrado; el espíritu de la raza que había pasado por el gran mar, ardía invencible en ese pecho pequeño y no sería negado. Hallando un lugar donde algunos pedruscos, en el lecho de la corriente, yacían a un paso o un salto de distancia, se abrió camino por éstos, y cayó de nuevo sobre la retaguardia de su enemigo imaginario, pasando a todos a cuchillo.
Ahora que la batalla había sido ganada, la prudencia requería que se retirara a su base de operaciones. ¡Ay!, como muchos conquistadores poderosos, y como uno, el más poderoso, no pudo
frenar el ansia de guerra,
ni saber que el destino tentador dejaría a la estrella más alta.

Avanzando desde la orilla del riachuelo, súbitamente, se encontró enfrentado a un nuevo y más formidable enemigo: en el sendero que estaba siguiendo, sentado muy derecho, con las orejas paradas y las patas suspendidas ante sí, ¡había un conejo! Con un grito de espanto, el niño se volvió y huyó sin saber en qué dirección, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, su piel tierna desgarrada por las zarzas cruelmente, su pequeño corazón latiendo fuerte con terror, sofocado, ciego de lágrimas, ¡perdido en la foresta! Luego, por más de una hora, vagó con pie errabundo por la maleza enredada, hasta que por último, superado por la fatiga, se acostó en un espacio estrecho entre dos rocas, a unas pocas yardas de la corriente, y siguió agarrando su espada de juguete, ya no más un arma sino un compañero, y sollozó hasta dormirse. Los pájaros del bosque cantaron alegremente sobre su cabeza; las ardillas, batiendo sus colas con valentía, corrieron chillando de árbol en árbol, inconscientes de la piedad hacia él, y en algún lugar muy lejano hubo un trueno extraño, apagado, como si las perdices tocaran los tambores, en celebración de la victoria de la naturaleza sobre el hijo de sus esclavizadores inmemoriales. Y de vuelta en la pequeña plantación, donde los hombres blancos y los negros buscaban apurados por los campos y los setos con alarma, el corazón de una madre se rompía por su hijo perdido.
Pasaron las horas, y entonces el pequeño durmiente se puso de pie. El fresco de la noche estaba en sus miembros, el miedo a la tiniebla en su corazón. Pero había descansado, y no lloraba más. Con cierto instinto ciego que lo impelía a la acción, luchó con la maleza a su alrededor y llegó a un terreno más abierto; a su derecha el arroyo, a la izquierda una ladera gentil, salpicada de árboles infrecuentes; sobre todo, la creciente tiniebla del crepúsculo. Una niebla delgada, fantasmal se levantaba a lo largo del agua. Esta lo asustaba y lo repelía; en lugar de volver a cruzar en la dirección de donde había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque oscuro que lo cercaba. Súbitamente, vio ante él un objeto extraño que se movía, que tomó por algún animal grande -un perro, un cerdo- no podía decirlo, acaso era un oso. Había visto pinturas de osos, pero no sabía nada para su descrédito, y había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o el movimiento de ese objeto -algo en la torpeza de su aproximarse-, le decía que no era un oso, y la curiosidad fue detenida por el miedo. El seguía parado y, mientras eso se acercaba con lentitud, ganaba en coraje a cada momento, pues veía que al menos no tenía las orejas largas, amenazantes de un conejo. Posiblemente, su mente impresionable era medio consciente de algo familiar en su andar torpe, vacilante. Antes de que se hubiera aproximado lo suficiente como para resolver sus dudas, vio que era seguido por otro y otro. A la derecha y a la izquierda había muchos más, todo el espacio abierto a su alrededor estaba colmado de éstos, todos moviéndose hacia el arroyo.
Eran hombres. Se arrastraban sobre sus manos y rodillas. Usaban las manos solamente, deslizando las piernas. Usaban las rodillas solamente, los brazos colgando inactivos a los costados. Se esforzaban por ponerse de pie, pero caían postrados en el intento. No hacían nada de modo natural, ni nada igual, salvo solamente avanzar paso a paso en la misma dirección. Solos, en parejas y en grupos pequeños venían a través de la tiniebla, algunos parando de vez en cuando, mientras otros se arrastraban detrás con lentitud, y luego reanudaban su movimiento. Llegaban por docenas y centenas; tan lejos como uno podía ver en la tiniebla profunda, se extendían a ambos lados, y el bosque negro detrás de ellos parecía inagotable. El mismo terreno parecía moverse hacia el riachuelo. Ocasionalmente, uno que se había detenido no volvía a andar, sino yacía inmóvil. Estaba muerto. Algunos, al detenerse, hacían gestos extraños con sus manos, levantaban sus brazos y los bajaban de nuevo, se apretaban las cabezas; extendían sus palmas hacia arriba, como se veía a los hombres hacer, a veces, en las plegarias públicas.
No todo eso lo notaba el niño; eso era lo que hubiera notado un observador mayor; el sólo veía que eso eran hombres, aunque se arrastraban como bebés. Siendo hombres, no eran terribles, aunque estaban vestidos de forma no familiar. Él se movía entre ellos con libertad, yendo de uno a otro y mirando los rostros con curiosidad infantil. Todos los rostros eran singularmente blancos, y muchos estaban veteados y goteaban algo rojizo. Algo en eso -algo también, acaso, en sus actitudes y movimientos grotescos- le recordó un payaso pintado que había visto el verano pasado en el circo, y se rió mientras los miraba. Pero una y otra vez se arrastraban, esos hombres mutilados y sangrantes, tan desatentos como él al dramático contraste entre la risa y su propia gravedad horrible. Para él era un espectáculo alegre. Él había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre sus manos y rodillas para su diversión, los había montado así, para “hacerles creer” que ellos eran sus caballos. Él ahora se aproximó a una de esas figuras reptantes por detrás y, con un movimiento ágil, se montó a horcajadas. El hombre cayó sobre su pecho, se recobró, arrojó al pequeño chico al terreno ferozmente, como un potrillo salvaje podría haber hecho, y luego volvió hacia él un rostro que carecía de mandíbula inferior; desde los dientes superiores hasta la garganta había un gran boquete rojizo, bordeado por jirones de carne colgante y astillas de hueso. La no natural prominencia de la nariz, la ausencia de barbilla, los ojos feroces, daban a ese hombre la apariencia de un gran ave de rapiña, con la garganta y el pecho carmesíes por la sangre de su presa. El hombre se puso de rodillas, el niño de pie. El hombre le agitó el puño al niño; el niño, aterrado por último, corrió hacia un árbol cercano, se puso del lado más lejano de éste, y asumió una visión más seria de la situación. Y así la zafia multitud se deslizó a lo largo lenta y penosamente, en horrenda pantomima; se movió hacia abajo por la ladera, como un enjambre de grandes escarabajos negros, nunca con ruido en su marcha, en silencio profundo, absoluto.
En lugar de oscurecerse, el paisaje encantado empezó a aclararse. A través del cinturón de árboles más allá del arroyo, brilló una extraña luz rojiza, los troncos y las ramas de los árboles haciendo un encaje negro contra ésta. Ésta golpeó las figuras rastreras y les dio sombras monstruosas, que caricaturizaron sus movimientos en la hierba iluminada. Ésta cayó sobre sus rostros, pintando su blancura con un tinte rubicundo, acentuando las manchas con que muchos de ellos estaban jaspeados y maculados. Ésta centelleó en los botones y los trozos de metal de sus ropas. Instintivamente, el niño se volvió hacia el esplendor creciente y bajó por la ladera con sus horribles compañeros; en unos pocos momentos había pasado al delantero del tropel, no era una gran hazaña al considerar sus ventajas. Se puso de líder, la espada de madera seguía en su mano, y dirigió la marcha con solemnidad, conformando su paso al de ellos y, ocasionalmente, volviéndose como para ver que sus fuerzas no se rezagaban. Seguramente, tal líder nunca antes tuvo tales seguidores.
Dispersos por el terreno, que ahora se angostaba con lentitud por la intrusión de esa marcha terrible hacia el agua, había algunos artículos que, en la mente del líder, acoplaron asociaciones no significativas: una manta ocasional, enrollada de modo apretado, longitudinal, doblada en los extremos, arqueados juntos con una cuerda; una mochila pesada aquí y un rifle roto allá; las cosas, en resumen, que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, la “huella” de los hombres que volaban lejos de sus cazadores. En todas partes, cerca del riachuelo, que aquí tenía una margen de tierra baja, la tierra se había convertido en barro, hollada por los pies de los hombres y los caballos. Un observador con mejor experiencia en el uso de sus ojos, habría notado que esas pisadas apuntaban en ambas direcciones, por el terreno habían pasado dos veces, en avanzada y en retirada. Unas pocas horas antes, esos hombres desesperados, agobiados, con sus compañeros más afortunados y ahora distantes, habían penetrado en la foresta por miles. Sus sucesivos batallones, irrumpiendo en enjambres y reformados en líneas, le habían pasado al niño por todos los costados, casi lo habían hollado mientras dormía. El susurro y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a un tiro de piedra de donde yacía, ellos habían luchado en una batalla, pero para él fue inaudito todo el estruendo de los mosquetes, el impacto de los cañones, “el tronar de los capitanes y la gritería”. Había dormido a pesar de todo eso, agarrando su pequeña espada de madera, acaso, apretándola de forma más estrecha, con simpatía inconsciente hacia su marcial medio ambiente, pero como desatento a la grandeza de la lucha, como los muertos que habían muerto para hacer la gloria.
El fuego más allá del cinturón de árboles, en la orilla más lejana del riachuelo, reflejado en la tierra desde la bóveda de su propio humo, se difundía ahora por todo el paisaje. Éste transformó la línea sinuosa de la niebla en vapor de oro. El agua centelleó con rayas rojizas, y rojizas también eran muchas de las piedras que sobresalían por encima de la superficie. Pero eso era sangre, los heridos menos desesperados las habían manchado al cruzarlas. Por esas también, el niño cruzó ahora con pasos ansiosos, estaba yendo hacia el fuego. Mientras se quedaba parado en la orilla más lejana, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La avanzada estaba arribando al riachuelo. Los más fuertes ya se habían arrastrado hasta la margen y hundido sus rostros en la riada. Tres o cuatro que yacían inmóviles parecían no tener cabezas. Ante eso los ojos del niño se dilataron con asombro, incluso su comprensión hospitalaria no podía aceptar un fenómeno que implicaba tal vitalidad como esa. Después de saciar su sed, esos hombres no habían tenido la fuerza para volver del agua, ni para mantener sus cabezas por encima de ésta. Se habían ahogado. Detrás de estos, los espacios abiertos de la foresta mostraron al líder, como a muchas figuras deformes de su ceñudo comando como al principio, pero apenas no muchos se estaban moviendo. Él agitó su gorra para animarlos y, sonriendo, apuntó con su arma en la dirección de la luz guía, un pilar de fuego para ese éxodo extraño.
Confiado en la fidelidad de sus fuerzas, entró ahora en el cinturón de árboles, pasó por éste fácilmente bajo la iluminación rojiza, trepó una cerca, corrió por un campo, volviéndose de vez en cuando para coquetear con su sombra respondiente, y así se aproximó a la incendiada ruina de una vivienda. ¡La desolación en todas partes! En todo el amplio resplandor no se veía un ser viviente. Eso no le importó nada, el espectáculo le complació, y bailó con júbilo en imitación de las llamas vacilantes. Corrió por alrededor, recogiendo combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados para él, para lanzarlos desde la distancia a la que el calor limitaba su proximidad. Con desespero, arrojó su espada, en una rendición a las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Cambiando su posición, sus ojos cayeron en algunas accesorias, que tenían una apariencia raramente familiar, como si hubiera soñado con éstas. Se quedó considerándolas con asombro, cuando súbitamente la plantación entera, con la foresta que la cercaba, pareció volverse como desde un pivote. Su pequeño mundo dio media vuelta, los puntos de la brújula se invirtieron. ¡Él reconoció el edificio incendiado como su propia casa!
Por un momento se quedó estupefacto ante el poder de la revelación, luego corrió con pie tropezante, haciendo un medio circuito por la ruina. Allí, conspicuo en la luz de la conflagración, yacía el cuerpo muerto de una mujer, el rostro blanco vuelto hacia arriba, las manos extendidas y apretadas, llenas de hierba; la ropa desordenada, el largo cabello oscuro con enredos y lleno de sangre coagulada. La mayor parte de la frente estaba arrancada, y desde el hueco dentado el cerebro sobresalía, rebosando la sien; una masa espumosa grisácea, coronada por racimos de burbujas carmesíes: la obra de un obús.
El niño movió sus manos pequeñas, haciendo gestos salvajes, inciertos. Lanzó una serie de gritos inarticulados e indescriptibles -algo entre el chillido de un mono y el graznido de un pavo-, un sonido espantoso, desalmado, sacrílego, el lenguaje del diablo. El niño era sordomudo.
Luego se quedó inmóvil, con labios trémulos, mirando el despojo.

Título original:
-->Chickamauga, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".Imagen: Albert Anker, Sleeping boy in the hay, XIX.