domingo, 28 de marzo de 2010

Una asignación infructuosa


Henry Saylor, que fue asesinado en Covington, en una pelea con Antonio Finch, era un reportero de The Cincinnati Commercial. En 1859, una vivienda vacante de la calle Vine, en Cincinnati, se convirtió en el centro de excitación local, por las visiones y los sonidos extraños que, se decía, se observaban en ésta por la noche. De acuerdo al testimonio de muchos reputados residentes de la vecindad, éstos eran incompatibles con cualquier otra hipótesis de que la casa estaba embrujada. Figuras con algo singular no familiar a su alrededor, eran vistas por la multitud desde la acera, entrando y saliendo. Nadie podía decir dónde, justamente, aparecían en el césped abierto, en su camino a la puerta del frente por la que entraban, ni en qué punto exacto se desvanecían cuando salían; o más bien, mientras cada espectador estaba lo suficiente convencido de estas cosas, no había dos que convinieran. Todos eran similares en la variedad de sus descripciones de las mismas figuras. Algunos de los más audaces de la caterva curiosa, se aventuraron varias noches a pararse junto al umbral para interceptarlas, o fallando en eso, para echarles una mirada más cercana. Esos hombres corajudos, se dijo, fueron incapaces de forzar la puerta con su fuerza unida, y siempre fueron arrojados de los peldaños por algún organismo invisible, y lesionados con severidad; la puerta se abría inmediatamente después, al parecer por su propia voluntad, para admitir o liberar a algún visitante fantasmal. La vivienda era conocida como la casa de Roscoe, una familia con ese nombre había vivido allí por algunos años, y luego, uno por uno, desapareció; el último en irse fue una vieja. Las historias de juegos sucios y asesinatos sucesivos siempre habían sido abundantes, pero nunca fueron autenticadas.
Un día, durante la prevalencia de la excitación, Saylor se presentó en la oficina de órdenes del Commercial. Recibió una nota del editor citadino que decía lo siguiente: “Vaya y pase la noche solo en la casa embrujada de la calle Vine, y si ocurre alguna cosa que valga la pena haga dos columnas”. Saylor obedeció a su superior, no se podía permitir perder su posición en el periódico.
Avisado a la policía de su intención, efectuó una entrada por una ventana trasera antes del oscurecer, caminó por las habitaciones desiertas, privadas de mobiliario, polvorientas y desoladas, y se sentó por último en el recibidor, en un sofá viejo que había arrastrado desde otra habitación; observó el aumento de la tiniebla mientras se hacía de noche. Antes de que estuviera oscuro por completo, una multitud curiosa se había reunido en la calle, en silencio, según la regla, y expectante, con un mofador que profería su incredulidad y coraje por aquí y por allá, con comentarios despectivos o gritos procaces. Nadie sabía del ansioso vigilante interior. Éste temía prender una luz, las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, obligándolo a insultar, posiblemente a injuriar. Además, era demasiado consciente para hacer cualquier cosa que debilitara sus impresiones, y no deseaba alterar ninguna de las condiciones habituales, bajo las que las manifestaciones se decía ocurrían.
Ahora estaba oscuro afuera, pero la luz de la calle iluminaba débilmente la parte de la habitación, donde él estaba. Había dejado abiertas todas las puertas en todo el interior, arriba y abajo, pero todas las exteriores estaban cerradas con cerrojo. Unas exclamaciones súbitas de la multitud, lo hicieron saltar hacia a la ventana y mirar afuera. Vio la figura de un hombre moviéndose con rapidez por el césped hacia el edificio, lo vio ascender por los peldaños, luego la proyección de la pared lo ocultó. Hubo un ruido como de la puerta de la sala abriéndose y cerrándose, oyó pasos rápidos, pesados a lo largo del pasillo, los oyó ascender por la escalera, los oyó en el suelo sin alfombra de la cámara inmediata sobre su cabeza.
Saylor sacó su pistola con presteza, y se abrió camino a tientas por la escalera, entró a la cámara, iluminada vagamente desde la calle. No había nadie allí. Oyó unos pasos en una habitación contigua y entró a ésta. Estaba oscura y silenciosa. Se golpeó el pie con algún objeto en el suelo, se arrodilló junto a éste, pasó su mano sobre éste. Era una cabeza humana, la de una mujer. Alzándola por los cabellos, este hombre con nervios de hierro volvió a la habitación medio iluminada de abajo, la llevó cerca de la ventana y la examinó con atención. Mientras estaba tan ocupado, fue medio consciente del rápido abrir y cerrar de la puerta exterior, de unas pisadas sonoras a su alrededor. Levantó los ojos de su espantoso objeto de atención, y se vio en el centro de una multitud de hombres y mujeres vagamente visibles, la habitación estaba abarrotada de éstos. Pensó que la gente había entrado.
-Damas y caballeros -dijo fríamente-, ustedes me ven en unas circunstancias sospechosas, pero... -su voz se ahogó en un fragor de risa, esa risa que se oye en los asilos de locos. Las personas a su alrededor señalaron el objeto en su mano, y su júbilo aumentó cuando él lo soltó y éste fue rodando hacia los pies de éstas. Éstas bailaron a su alrededor, con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Lo golpearon con sus pies, impeliéndolo por la habitación de pared a pared; se empujaron y derribaron las unas a las otras en sus luchas por patearlo; maldijeron, gritaron y cantaron tramos de canciones procaces, mientras la cabeza maltratada saltaba por la habitación como con terror, y tratando de escapar. Por último fue disparada por la puerta hacia la sala, y seguida por todos con prisa tumultuosa. En ese momento la puerta se cerró con una aguda concusión. Saylor estaba solo, en un silencio mortuorio.
Poniendo aparte su pistola con cuidado, que todo el tiempo había tenido en su mano, fue a una ventana y miró afuera. La calle estaba desierta y silenciosa; los faroles estaban apagados, los tejados y las chimeneas de las casas se delineaban agudamente contra la luz del amanecer en el este. Dejó la casa, la puerta cedió a su mano fácilmente, y caminó hacia la oficina del Commercial. El editor citadino estaba aún en su oficina, dormido. Saylor lo despertó y le dijo: -Yo he estado en la casa embrujada.
El editor se le quedó mirando absorto, como no despierto por completo. -¡Buen Dios! -gritó-, ¿usted es Saylor?
-Sí, ¿por qué no?-. El editor no le dio respuesta, pero continuó mirándolo.
-Yo pasé la noche allí, parece -dijo Saylor.
-Dicen que las cosas estaban extrañamente tranquilas por ahí -dijo el editor, jugando con un pisapapeles hacia el que había bajado los ojos-, ¿ocurrió alguna cosa?
-Ninguna cosa.

Título original: A Fruitless Assignment, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Muddy Morning, XX.