viernes, 12 de marzo de 2010

La revuelta de los dioses


Mi padre era desodorizador de perros muertos, mi madre mantenía la única tienda de venta de carne para gatos en mi ciudad nativa. No vivían felices: la diferencia de rango social era un abismo, que no podía ser salvado por los votos del matrimonio. Era en verdad una alianza mal surtida y muy desafortunada, y como podía haberse previsto terminó en desastre. Una mañana, después de las riñas de costumbre en el desayuno, mi padre se levantó de la mesa trémulo y pálido de ira, y tras proceder a la casa del pastor, le dio una paliza al clérigo que había realizado la ceremonia matrimonial. El acto fue condenado en general, y el sentimiento público contra el ofensor creció tanto, que las personas permitían que los perros muertos yacieran en su propiedad hasta que la fragancia era ensordecedora, antes que emplearlo a él; y las autoridades municipales sufrieron que un viejo mastín hinchado emitiera en una plaza pública una exhalación tan clamorosa, que los extraños pasantes suponían que estaban en la vecindad de un aserradero. Mi padre era en verdad impopular. Durante esos días oscuros, el único sostén de la familia era el emporio de comida para gatos de mi madre.
El negocio era lucrativo. En esa ciudad, que era la más vieja del mundo, el gato era un objeto de veneración. Su culto era la religión del país. La suma y multiplicación de los gatos era una instrucción perpetua en aritmética. Naturalmente, todo descuido de los deseos de un gato era castigado con gran severidad en este mundo y el siguiente, así, mi buena madre contaba con cientos de patronos. Sin embargo, con un esposo improductivo y diecisiete niños, tenía alguna dificultad en unir los dos extremos comida-gatos; y al final, la necesidad de aumentar la discrepancia entre el precio de costo y el precio de venta de sus mercancías carnales, la llevó a un expediente que resultó eminentemente desastroso: ella concibió la idea desafortunada de vengarse, rehusándose a vender carne para gatos hasta que el boicot le fuera quitado a su marido.
El día que puso esa resolución en práctica, la tienda estaba abarrotada de clientes excitados, y otros se extendían en masas turbulentas e incansables por cuatro calles, hasta perderse de vista. En el interior de eso no había más que maldiciones, apretujones, gritos y amenazas. Se recurrió a la intimidación libremente -varios de mis hermanos y hermanas menores fueron amenazados con ser cortados en pedazos para los gatos, pero mi madre fue firme como una roca, y fue un día negro para Sardasa, la antigua y sagrada ciudad que fue escenario de esos sucesos. ¡El dejar afuera fue mantenido vigorosamente, y setecientos cincuenta mil gatos fueron a la cama hambrientos!
A la mañana siguiente, la ciudad se encontró con que había sido llenada de pancartas durante la noche, con una proclama de la Unión Federada de Viejas Sirvientas. Esta antigua y poderosa orden aseveraba, a través de su suprema cabeza ejecutiva, que el boicot a mi padre y el vengativo dejar fuera de mi madre, ponían en serio peligro los intereses de la religión. La proclama estaba por declarar que, si no se adoptaba un arbitraje al mediodía de ese día, todas las viejas sirvientas de la federación harían huelga... e hicieron huelga.
El acto siguiente de este drama desafortunado fue la insurrección de los gatos. Estos animales sagrados, viéndose condenados a la hambruna, efectuaron un mitin masivo y marcharon en procesión por las calles, jurando y escupiendo como demonios. Esta revuelta de los dioses produjo tal consternación que muchas personas piadosas murieron de espanto, y todos los negocios fueron cerrados para enterrarlas y promulgar resoluciones terroríficas.
Las cosas ahora estaban casi tan mal, como parecía posible que estuvieran. Se efectuaron mítines entre los representantes de los intereses hostiles, pero no se llegó a ningún entendimiento en lo que se efectuaría. Cada acuerdo era roto tan pronto como se hacía, y cada elemento de esta discordia era propuesto al pueblo de modo frenético. Un nuevo horror estaba en reserva.
Se recordará que mi padre era un desodorizador de perros muertos, pero era incapaz de practicar su útil y humilde profesión, porque nadie lo hubiera empleado. Los perros muertos, en consecuencia, olieron ruinmente. ¡Entonces hicieron una huelga! De cada lote vacante y terreno de vertedero público, de cada seto, zanja, canalón y cisterna, de cada riachuelo cristalino y aguas cuajadas de todos los canales y estuarios, en resumen, de todos los lugares que desde tiempo inmemorial se habían apoderado los perros muertos, y consagrados a sus usos y a los de sus herederos y sucesores por siempre, ¡surgieron en innúmera, espantosa multitud! Su procesión era de una milla de largo. A medio camino del pueblo, se encontraron con la procesión de gatos a canto completo. Los gatos, de modo instantáneo, elevaron sus lomos e inflaron sus colas; los perros muertos enseñaron sus dientes como en vida, y erizaron sus cerdas tanto, como si aún estuvieran adheridas a la piel.
¡La carnicería que siguió fue demasiado horripilante para ser narrada! La luz del sol fue oscurecida por los pedazos de piel volantes, y la batalla fue librada en la oscuridad, a ciegas y con descuido. Los juramentos de los gatos eran audibles a millas de distancia, mientras la fragancia de los perros muertos desolaba siete provincias.
Cómo podría haber concluido la batalla es imposible decirlo, pero cuando ésta estaba en su apogeo, la Unión Federada de Viejas Sirvientas llegó corriendo por una calle lateral, y se metió en el grueso de la lucha. Un momento después mi madre misma avanzó hacia las huestes guerreras, blandiendo un cuchillo y golpeando a su alrededor con gran libertad y de forma imparcial. Mi padre se unió a la pelea, las autoridades municipales se emplearon, y el público en general, convergiendo en el campo de batalla desde todos los puntos de la brújula, se consumió a sí mismo en el centro, como presionado desde la circunferencia. Al final de todo, los muertos efectuaron un mitin en el cementerio y, resueltos a una huelga general, empezaron a destruir bóvedas, tumbas, monumentos, lápidas, sauces, ángeles y tiernas ovejas de mármol, todo a lo que pudieran echar mano. Al anochecer, lo vivo y lo muerto estaba exterminado por igual, y donde se había erguido la antigua y sagrada ciudad de Sardasa, no quedaba nada más que una excavación llena de cuerpos muertos y materiales de construcción, trizas de gatos y parches azules de perros podridos. El lugar es ahora un vasto charco de agua estancada en el centro de un desierto.
Los sucesos convulsos de esos pocos días, constituyeron mi educación industrial, y yo he utilizado mis ventajas tan bien, que ahora soy jefe del mal gobierno de los Duques del desorden, una organización que cuenta con trece millones de obreros americanos.

Título original: A Revolt of the Gods, publicado por primera vez en The Wasp, abril de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, We Share the Trails, XX.