domingo, 14 de marzo de 2010

El viudo Turmore


Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo, nunca fueron entendidas popularmente. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore; y mi esposa, la finada Elizabeth Mary Turmore, no es de ningún modo ignorante de éstas, pero aunque ella sin dudas las relata, éstas permanecen como un secreto, pues ni un alma le ha creído jamás.
Cuando yo me casé con Elizabeth Mary Johnin ella era muy acaudalada, de otra forma apenas me hubiera permitido casarme, pues no tenía un céntimo, y el cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganarlo. Yo tenía un profesorado en gatos por la Universidad de Graymaulkin, y las prosecuciones escolásticas me habían inhabilitado para el ardor y la carga de un negocio o labor. Además, no podía olvidar que era un Turmore, un miembro de una familia cuyo lema, desde el tiempo de William de Normandía, había sido Laborare est errare. La única infracción conocida de la sagrada tradición familiar, ocurrió cuando sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore, un ilustre master-ladrón escalador del siglo diecisiete, asistió en persona a una difícil operación realizada por alguno de sus obreros. Esa mancha en nuestro escudo no puede ser contemplada sin la más conmovedora mortificación.
Mi incumbencia en la Cátedra de Gatos de la Universidad de Graymaulkin no estuvo marcada, por supuesto, por ninguna instancia de seria industria. Allí nunca hubo, en ningún tiempo, más de dos estudiantes de la noble ciencia, y repitiendo meramente las lecturas manuscritas de mi predecesor, que yo había encontrado entre sus efectos (él murió en el mar, en su camino a Malta), pude saciar lo suficiente la apetencia de conocimiento de éstas, sin ganar realmente, incluso, la distinción que se otorgaba en lugar del salario.
Naturalmente, bajo unas circunstancias apremiantes, yo consideré a Elizabeth Mary como una suerte de providencia especial. Ella, con imprudencia, rehusó compartir conmigo su fortuna, pero yo no me preocupé nada por eso pues, aunque por las leyes de esa comarca (como es bien sabido), la esposa tiene el control de su propiedad por separado durante su vida, ésta pasa al esposo a su muerte: ni ella puede disponer de ésta de otro modo por testamento. La mortalidad entre las esposas es considerable, pero no excesiva.
Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, por así decirlo, habiéndola ennoblecido al hacerla una Turmore, yo sentí que la forma de su muerte debía, en cierto sentido, coincidir con su distinción social. Si yo la hubiera eliminado con cualquiera de los métodos maritales ordinarios, hubiera incurrido en un justo reproche, como un destituido del orgullo familiar apropiado. Pero aún no podía dar con un plan adecuado.
Con esta emergencia, decidí consultar el archivo Turmore, una inapreciable colección de documentos que contenía los registros de la familia desde el tiempo de su fundador, en el siglo siete de nuestra era. Yo sabía que entre esas evidencias sagradas debería encontrar recuentos detallados, de todos los principales asesinatos cometidos por mis santos ancestros en cuarenta generaciones. De esa masa de papeles, podía apenas fracasar en derivar las sugerencias más valiosas.
La colección contenía asimismo las más interesantes reliquias. Allí había patentes de nobleza, concedidas a mis antepasados por atrevidas e ingeniosas eliminaciones de pretendientes al trono, o de ocupantes de éste; estrellas, cruces y otras condecoraciones atestiguadoras de servicios del más secreto e innombrable carácter; regalos misceláneos de los conspiradores más grandes del mundo, que representaban un valor monetario intrínseco más allá del cómputo. Allí había trajes, joyas, espadas de honor y toda clase de “testimonios de estimación”; el cráneo de un rey moldeado como copa de vino; el título de cesión de vastos bienes, largo tiempo enajenados por confiscación, venta o abandono; un breviario iluminado que había pertenecido a sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore, de maldita memoria; orejas embalsamadas de los diversos enemigos de la familia más renombrados; el intestino delgado de cierto, indigno hombre de estado italiano, hostil a los Turmore que, enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de seis generaciones consanguíneas... momentos y souvenirs preciosos, más allá de las valoraciones de la imaginación pero, por los mandatos sagrados de la tradición y el sentimiento, por siempre inalienables con la venta o el regalo.
Como cabeza de familia, yo era el custodio de todas esas inapreciables herencias y, para su segura conservación, había construido sobre los cimientos de mi residencia una cámara acorazada de mampostería maciza, cuyas sólidas paredes de piedra y única puerta de hierro podían desafiar igualmente el impacto de un terremoto, el asalto incansable del tiempo o la mano impía de la codicia.
En esos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y ternura, y ricos en sugerencias de crímenes, yo reparaba ahora por indicios de asesinato. ¡Para mi indecible asombro y dolor, lo encontré vacío! Cada anaquel, cada baúl, cada cofre había sido saqueado. ¡De esa única e incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo, comprobé que, hasta que yo mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni una barra había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.
Pasé la noche entre la lamentación y la investigación, igualmente infructuosas; el misterio era impenetrable para la conjetura, el dolor invencible para el bálsamo. Pero ni una vez, durante esa noche de espanto, mi firme espíritu renunció a su alto designio contra Elizabeth Mary, y el amanecer me encontró más resuelto que antes a cosechar los frutos de mi matrimonio. Mi gran pérdida pareció, no obstante, llevarme a unas relaciones espirituales más cercanas a mis ancestros muertos, y a colocar sobre mí una nueva e inevitable obediencia a la persuasión que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.
Mi plan de acción se formó pronto y, procurándome una cuerda fuerte, entré a la habitación de mi esposa, hallándola, como yo esperaba, dormida de modo profundo. Antes que se despertara, la tenía atada fuertemente, de pies y manos. Estaba muy sorprendida y adolorida, pero desatento a sus protestas, lanzadas en clave alta, la llevé a la ahora saqueada cámara acorazada, a donde nunca le había tolerado que entrara, y de cuyos tesoros no le había informado. Sentándola aún atada en un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días y noches llevando ladrillos y mortero al sitio, y a la mañana del tercer día la tenía amurallada con seguridad, desde el suelo hasta el techo. En todo ese tiempo, no presté atención a sus ruegos de misericordia (ante su aseguración de no resistencia que, estoy obligado a decir, ella observó de forma honorable), más que para concederle libertad a sus miembros. El espacio cedido a ella era cerca de cuatro por seis pies. Mientras yo insertaba los últimos ladrillos en la parte superior, en contacto con el techo de la cámara acorazada, ella me brindó un adiós con lo que consideré la compostura del desespero, y descansé de mi trabajo, sintiendo que había observado fielmente las tradiciones de la antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo que a mi propia conducta concernía, vino de la conciencia de que yo había laborado en la ejecución de mi designio, pero ningún alma viviente lo sabría jamás.
Después del descanso nocturno, fui a ver al juez de la Corte de Sucesiones y Herencias, e hice una relación verídica y jurada de todo lo que yo había hecho, excepto que adscribí a un sirviente la labor manual de construir la pared. Su excelencia designó a un comisionado de la corte, quien hizo un examen cuidadoso del trabajo y, según su informe, Elizabeth Mary Turmore fue, al final de la semana, declarada muerta formalmente. Por el debido proceso de la ley fui puesto en posesión de sus bienes, y aunque éstos no eran de cientos de miles de dólares, ni tan valiosos como mis tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la opulencia, y me trajeron el respeto de los grandes y los buenos.
Unos seis meses después de estos sucesos, me llegaron extraños rumores, de que el fantasma de mi difunta esposa había sido visto en diversos lugares de la comarca, pero siempre a considerable distancia de Graymaulkin. Esos rumores, que yo fui incapaz de rastrear hasta alguna fuente auténtica, diferían bastante en muchas particularidades, pero eran semejantes en adscribir a la aparición cierto, alto grado de aparente, mundana prosperidad, combinada con una audacia muy poco común en los fantasmas. ¡No sólo estaba el espíritu ataviado con los ropajes más costosos, sino que caminaba al mediodía, e incluso conducía! Me sentí indeciblemente molesto con esos informes, y pensando que ahí podría haber algo más que superstición, en la creencia popular de que sólo los espíritus de los muertos insepultos caminan por la tierra, tomé a algunos obreros equipados con picos y barras, hacia la ahora largo tiempo no visitada cámara acorazada, y les ordené demoler la pared de ladrillo, que yo había construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Yo estaba resuelto a darle al cuerpo de Elizabeth Mary un entierro, como pensaba su parte inmortal podría desear aceptar, como un equivalente al privilegio de alinearse a voluntad entre los embrujos de lo viviente.
En pocos minutos habíamos quebrado la pared y, metiendo una lámpara a través de la brecha, miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un mechón de cabello, ni un jirón de ropa... ¡el angosto espacio que, como se declaraba legalmente en mi atestado, contenía todo lo que había sido mortal de la finada sra. Turmore, estaba absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento, abatiéndose sobre una mente ya perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía soportar. Lancé un grito y caí en un acceso. Por meses después, estuve entre la vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé, hasta que mi médico tuvo la providencia de sacar un estuche de joyas valiosas de mi caja fuerte, y dejar la comarca.
El verano siguiente tuve ocasión de visitar mi bodega de vino, en una esquina de la cual yo había construido la ahora, por largo tiempo desusada cámara acorazada. Al mover un barril de madeira, lo arrojé con fuerza considerable contra la pared medianera, y me sorprendió observar que éste desplazó dos largas piedras cuadradas, que formaban una parte de la pared.
Aplicando mis manos sobre éstas, con facilidad, las empujé afuera por completo, y mirando a través vi que habían caído dentro del nicho, en el que yo había amurallado a mi lamentada esposa; frente a la abertura que su caída había dejado, y a una distancia de cuatro pies, estaba el ladrillado que mis propias manos habían hecho para la restricción de esa infortunada mujer gentil. Ante esta revelación significativa, empecé a buscar la bodega de vino. Detrás de una hilera de barriles encontré cuatro objetos históricamente interesantes, pero intrínsecamente sin valor.
Primero, los restos enmohecidos de un traje ducal de estado (florentino) del siglo once; segundo, un breviario iluminado de pergamino, con el nombre de sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore inscrito en colores en la página titular; tercero, un cráneo humano moldeado como una copa de bebida y muy manchado de vino; cuarto, la cruz de hierro de un Caballero Comandante de la Orden Imperial Austríaca de los Asesinos por Veneno.
Eso era todo, ni un objeto que tuviera un valor comercial, ni papeles, nada. Pero esto era suficiente para aclarar el misterio de la cámara acorazada. Mi esposa había adivinado temprano la existencia y el propósito de ese apartamento y, con una destreza cercana a la genialidad, había efectuado una entrada, moviendo las dos piedras de la pared.
A través de esa abertura, ella había sustraído en diversos momentos la colección entera que, sin dudas, había alcanzado a convertir en monedas del reino. Cuando, con una justicia inconsciente que me priva de toda satisfacción en el recuerdo, yo decidí empotrarla en la pared, por alguna maligna fatalidad escogí esa parte donde estaban esas piedras movibles y, sin dudas, antes de que yo hubiera terminado justamente mi albañilería, ella las había removido y, deslizándose por ésta hacia la bodega de vino, las repuso como estaban de modo original. De la bodega se había escapado fácilmente, sin ser observada, para disfrutar sus infames ganancias en lugares distantes. Yo me he esforzado en procurar una orden judicial, pero el lord Alto Barón de la Corte de Acusación y Condena, me recuerda que ella está muerta legalmente, y dice que mi único recurso es ir ante el Master de Cadáveres, y gestionar una orden de exhumación y revivicación constructiva. Así, parece como si yo debiera sufrir sin remedio este gran mal, a manos de una mujer desprovista igualmente de principios y de vergüenza.

Título original: The Widower Turmore, publicado por primera vez en The Wave, enero de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Giovanni Boldini, Retrato de Giuseppe Verdi, 1886.