jueves, 25 de marzo de 2010

Un velador junto al muerto

I

En la habitación superior de una vivienda desocupada, en la parte de San Francisco conocida como North Beach, yacía el cuerpo de un hombre bajo una sábana. La hora era cerca de las nueve de la noche, la habitación estaba iluminada por una única vela vagamente. Aunque hacía un tiempo caluroso las dos ventanas, contrario a la costumbre de dar abundante aire al muerto, estaban cerradas y las celosías bajadas. El mobiliario de la habitación consistía sólo de tres piezas: una butaca, un pequeño atril de lectura que sostenía la vela y una larga mesa de cocina que sostenía el cuerpo del hombre. Todo eso, como asimismo el cadáver, parecía haber sido traído recién; un observador, si hubiera habido uno, habría visto que todo estaba libre de polvo, mientras que todas las demás cosas de la habitación estaban cubiertas de éste con espesor, y había telarañas en los ángulos de las paredes.
Bajo la sábana los contornos del cuerpo podían ser rastreados, incluso las facciones; éstas teniendo esa aguzada definición no natural que parece pertenecer a los rostros de los muertos, pero que es realmente característica sólo de esos que han sido consumidos por la enfermedad. Por el silencio de la habitación, uno habría inferido de forma correcta que no estaba en la delantera de la casa, frente a una calle. Realmente, en frente no había nada más que el alto pecho de una roca, estando situada la trasera del edificio en una colina.
Mientras el reloj de la iglesia vecina estaba dando las nueve, con una indolencia que parecía implicar tal indiferencia al vuelo del tiempo, que uno apenas podía evitar preguntarse por qué se tomaba el trabajo de darla en absoluto, la única puerta de la habitación se abrió y entró un hombre, que avanzó hacia el cuerpo. Mientras hacía eso la puerta se cerró, al parecer por su propia voluntad; hubo un crujido, como el de una llave girada con dificultad, y el chasquido del cerrojo de la cerradura, cuando se disparó en su enchufe. Sobrevino un sonido de pisadas que se retiraban por el pasillo de afuera, y el hombre, según todas las apariencias, fue un prisionero. Avanzando hacia la mesa, se quedó mirando el cuerpo un momento; entonces, con un leve encogimiento de hombros, caminó hacia una de las ventanas y levantó la celosía. La oscuridad afuera era absoluta, los cristales estaban cubiertos de polvo, pero al frotarlos, pudo ver que la ventana estaba fortificada con fuertes barrotes de hierro, que la cruzaban a unas pulgadas del cristal, y se incrustaban en la mampostería a cada lado. Examinó la otra ventana. Era lo mismo. No manifestó una gran curiosidad por el asunto, ni incluso tanto como levantar el bastidor. Si era un prisionero, era al parecer uno tratable. Habiendo completado su examen de la habitación, se sentó en la butaca, tomó un libro de su bolsillo, arrastró el atril con su vela hacia su lado y empezó a leer.
El hombre era joven -no más de treinta años-, de tez oscura, estaba bien afeitado, de cabello castaño. Su rostro era delgado y de nariz larga, con una frente ancha y una “firmeza” en la barbilla y la mandíbula, que decían quienes la tenían denotaba resolución. Los ojos eran grises y firmes, sin moverse excepto con un propósito definitivo. Éstos estaban ahora, la mayor parte del tiempo, fijos en el libro, pero él los apartaba ocasionalmente y los volvía al cuerpo sobre la mesa; no, al parecer, por alguna fascinación lúgubre que, bajo tales circunstancias, se pudiera suponer se ejerciera incluso en una persona corajuda, ni con una rebelión consciente contra la influencia contraria que pudiera dominar a una tímida. Él lo miraba como si hubiera llegado en su lectura a algo que le recordara la sensación de sus entornos. Claramente, este velador junto al muerto estaba liberando su confianza con inteligencia y compostura, como le convenía.
Después de leer acaso una media hora, pareció haber llegado al final del capítulo, y puso el libro en silencio. Entonces se levantó y, tomando el atril de lectura del suelo, lo llevó a una esquina de la habitación, cerca de una de las ventanas, levantó la vela de éste y la regresó a la estufa vacía, ante la que había estado sentado.
Un momento después caminó hacia el cuerpo sobre la mesa, levantó la sábana y la volvió atrás desde la cabeza, descubriendo una masa de cabello oscuro y un delgado paño de lavarse, bajo el que se mostraron las facciones con una definición más angulosa que antes. Cubriendo sus ojos, al interponer su mano libre entre éstos y la vela, se quedó mirando a su compañero inmóvil con un respeto serio y tranquilo. Satisfecho con su inspección, tiró la sábana sobre el rostro otra vez y regresó a la silla, tomó algunos cerillos del candelero, se los puso en el bolsillo lateral de su saco-chaqueta y se sentó. Entonces levantó la vela de su enchufe y la miró de modo crítico, como calculando cuánto tiempo duraría. Ésta era apenas de dos pulgadas de largo, en otra hora estaría en la oscuridad. La repuso en el candelero y la sopló.
II

En la oficina de un médico en la calle Kearny, tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa, bebiendo ponche y fumando. Era de noche tarde, casi medianoche, en efecto, y allí no había falta de ponche. El más grave de los tres, el dr. Helberson, era el anfitrión, era en sus habitaciones donde estaban sentados. Tenía unos treinta años de edad, los otros eran incluso más jóvenes, y todos eran médicos.
-El temor supersticioso con que los vivos miran a los muertos -dijo el dr. Helberson-, es hereditario e incurable. Uno no necesita estar más avergonzado de éste, que del hecho de que herede, por ejemplo, una incapacidad para las matemáticas, o una tendencia a mentir.
Los otros se rieron. -¿No debería un hombre estar avergonzado de mentir? -preguntó el más joven de los tres, que era de hecho un estudiante de medicina no graduado aún.
-Mi querido Harper, yo no dije nada de eso. La tendencia a mentir es una cosa, y mentir es otra.
-¿Pero usted piensa -dijo el tercer hombre-, que ese sentimiento supersticioso, ese miedo a los muertos, tan irracional como sabemos que es, es universal? Yo mismo no soy consciente de éste.
-Oh, pero está “en su sistema” para todo eso -replicó Helberson-, sólo se necesitan las condiciones adecuadas, lo que Shakespeare llama “la temporada confederada”, para que se manifieste de cierta forma muy desagradable, que le abrirá los ojos. Los médicos y los soldados, por supuesto, están mucho más libres de éste, que los otros.
-¡Los médicos y los soldados!, ¿por qué no agrega a los ahorcadores y los degolladores? Vamos a tener de todas las clases de asesinos.
-No, mi querido Mancher, los jurados no van a dejar que los ejecutores públicos adquieran suficiente familiaridad con la muerte, como para que ésta no los conmueva por completo.
El joven Harper, que se había estado sirviendo un puro fresco junto al aparador, retomó su asiento. -¿Cuáles condiciones consideraría usted, bajo las que cualquier hombre nacido de mujer, se volvería insoportablemente consciente de su parte, de nuestra debilidad común a este respecto? -preguntó de modo bastante verboso.
-Bueno, yo diría que si un hombre fuera encerrado toda una noche con un cadáver, solo, en un cuarto oscuro de una casa vacía, sin ningún cubre-cama para tirarse por la cabeza, y viviera eso sin volverse loco por completo, podría jactarse con justicia de no haber nacido de mujer, ni tampoco, como Macduff, de ser el producto de una sección de cesárea.
-Yo pensé que usted nunca terminaría de amontonar condiciones -dijo Harper-, pero yo conozco a un hombre que no es ni un médico ni un soldado, y que las aceptaría todas, por cualquier estaca1 que a usted le guste decir.
-¿Quién es él?
-Su nombre es Jarette, un extraño aquí, viene de mi pueblo en Nueva York. Yo no tengo dinero para ponerle a él, pero él se va a poner a sí mismo con creces.
-¿Cómo usted sabe eso?
-Él antes apostaría que comería. En cuanto al miedo, yo me atrevo a decir que él piensa que es algún trastorno cutáneo, o posiblemente un tipo particular de herejía religiosa.
¿Cómo luce él? -Helberson, evidentemente, empezaba a interesarse.
-Como Mancher aquí, podría ser su hermano gemelo.
-Yo acepto el desafío -dijo Helberson con presteza.
-Terriblemente agradecido a usted por el cumplido, estoy seguro -arrastró las palabras Mancher, que se estaba quedando dormido-. ¿No puedo meterme en eso?
-No contra mí -dijo Helberson-. Yo no quiero su dinero.
-Está bien -dijo Mancher-, yo seré el cadáver.
Los otros se rieron.
El resultado de esta loca conversación ya lo hemos visto.
III

Al apagar su magra asignación de vela, el objetivo del sr. Jarette era preservar ésta para alguna necesidad imprevista. Él pudo haber pensado también, o pensado a medias, que la oscuridad no sería peor en un momento que en otro, y que si la situación se volvía insoportable sería mejor tener un medio de ayuda, o incluso de salida. En todo caso, era sabio tener una pequeña reserva de luz, incluso, si sólo para que lo dejara mirar su reloj.
Tan pronto sopló la vela y la puso en el suelo a su lado, se instaló cómodo en la butaca, se recostó y cerró los ojos, confiando y esperando dormir. En eso se decepcionó, nunca en su vida se había sentido menos soñoliento, y a los pocos minutos renunció al intento. ¿Pero qué podía hacer? Él no podía andar a tientas en la oscuridad absoluta con el riesgo de golpearse, con el riesgo también de tropezar con la mesa y perturbar al muerto de forma grosera. Todos reconocemos el derecho de ellos a yacer en reposo, con inmunidad contra todo lo que es áspero y violento. Jarette casi tuvo éxito en hacerse creer, que las consideraciones de este tipo lo refrenaban de arriesgarse a una colisión, y se fijó a la silla.
Mientras estaba pensando de esta manera, le pareció que había oído un sonido tenue en la dirección de la mesa, qué tipo de sonido apenas podría habérselo explicado. No volvió la cabeza. ¿Por qué debía, en la oscuridad? Pero escuchó, ¿por qué no debía? Y al escuchar se sintió aturdido, y se agarró de los brazos de la butaca en busca de apoyo. Había un zumbido extraño en sus oídos, su cabeza parecía estallar, su pecho estaba oprimido por la constricción de su ropa. Se preguntó por qué era así, y si eso eran síntomas de miedo. Entonces, con una larga y fuerte expiración, su pecho pareció colapsar y, con la gran boqueada con que rellenó sus pulmones exhaustos, el vértigo lo abandonó, y supo que había escuchado con tal intensidad, que había contenido su respiración casi hasta la sofocación. La revelación fue vejatoria, se levantó, empujó la butaca con el pie y caminó a zancadas hacia el centro de la habitación. Pero uno no camina a zancadas lejos en la oscuridad, empezó a andar a tientas, y hallando la pared la siguió hacia el ángulo, se volvió, la siguió, pasó las dos ventanas y allí, en la otra esquina, hizo un violento contacto con el atril de lectura, volcándolo. Se hizo un alboroto que lo sobresaltó. Estaba molesto. -¿Cómo diablos pude haber olvidado dónde estaba?-, murmuró, y buscó a tientas su camino a lo largo de la tercera pared, hacia la estufa. -Tengo que poner las cosas bien-, dijo, tanteando el suelo en busca de la vela.
Habiéndola recuperado, la prendió y al instante volvió sus ojos a la mesa donde, naturalmente, nada había sufrido ningún cambio. El atril de lectura yacía en el suelo no observado: se había olvidado de “ponerlo bien”. Miró alrededor de la habitación, dispersando las sombras más profundas con movimientos de la vela en su mano, y cruzando hacia la puerta la probó, girando y tirando del pomo con todas sus fuerzas. Éste no cedió, y eso pareció brindarle cierta satisfacción; en efecto, la aseguró más firmemente con un pestillo que no había observado antes. Regresando a su butaca, miró su reloj: eran las nueve y media. Con un principio de sorpresa se llevó el reloj a la oreja. Éste no se había parado. La vela ahora se veía más corta. La apagó otra vez, poniéndola en el suelo a su lado como antes.
El sr. Jarette no estaba a su gusto, estaba claramente insatisfecho con sus entornos, y consigo mismo por ser así. “¿Qué tengo que temer?”, pensó. “Esto es ridículo y oprobioso, yo no voy a ser tan gran imbécil.” Pero el coraje no viene por decir “yo voy a tener coraje”, ni por reconocer su propiedad para la ocasión. Cuanto más se condenaba a sí mismo Jarette, más razón se daba para condenarse; cuanto mayor era el número de variaciones que ensayaba sobre el simple tema de la inocuidad de los muertos, más insoportable se hacía la discordia de sus emociones. -¡Qué! -gimoteó en voz alta en la angustia de su espíritu-, ¡qué!, ¿voy yo, que no tengo una sombra de superstición en mi naturaleza, yo, que no tengo una creencia en la inmortalidad, yo, que sé (y nunca más claro que ahora) que después de la vida es el sueño de un deseo, voy yo a perder a la vez mi apuesta, mi honor y mi autoestima, quizás mi razón, porque ciertos ancestros salvajes que habitan en cuevas y guaridas, tuvieron la noción monstruosa de que los muertos caminan por la noche?; en eso, de un modo claramente inequívoco, el sr. Jarette oyó detrás de sí el sonido leve, suave de unas pisadas ¡deliberada, regular, sucesivamente más cercanas!

IV

Justo antes del amanecer del día siguiente, el dr. Helberson y su joven amigo Harper viajaban con lentitud por las calles de North Beach, en el coupé del doctor.
-¿Tiene usted aún la confianza de la juventud en el coraje o la estolidez de su amigo? -dijo el hombre mayor-. ¿Usted cree que yo he perdido esta apuesta?
-Yo que sí -replicó el otro con un énfasis endeble.
-Bueno, en mi alma, yo espero eso.
Fue dicho con seriedad, casi con solemnidad. Hubo un silencio por unos momentos.
-Harper -retomó el médico, luciendo muy serio bajo las cambiantes medias-luces que entraban al carruaje, mientras pasaban por los faroles de calle-, yo no me siento cómodo por completo en este negocio. Si su amigo no me hubiera irritado, por la manera despectiva en que trató mi duda de su resistencia, una cualidad puramente física, y por la fría incivilidad de su sugerencia de que el cadáver fuera el de un médico, yo no hubiera ido a esto. Si algo ocurriera, estamos arruinados, como me temo que nos merecemos estar.
-¿Qué puede ocurrir? Incluso si la cosa debe tomar un giro serio, al cual no le temo en absoluto, Mancher sólo tiene que “resucitarse” a sí mismo y explicar las cosas. Con un “sujeto” genuino de la sala de disección, o con uno de sus finados pacientes, podría ser diferente.
El dr. Mancher, entonces, había sido tan bueno como su promesa, él fue el “cadáver”.
El dr. Helberson estuvo en silencio por largo tiempo, mientras el carruaje, a paso de tortuga, se deslizaba a lo largo de la misma calle por la que ya habían viajado dos o tres veces. De repente dijo: -Bueno, vamos a esperar que Mancher, si ha tenido que levantarse de los muertos, haya sido discreto sobre eso. Un error en eso podría poner las cosas peor, en lugar de mejor.
-Sí- dijo Harper -Jarette lo mataría. Pero, doctor- mirando su reloj mientras el carruaje pasaba por un farol de gas, -son cerca de las cuatro por fin.
Un momento después los dos habían renunciado al vehículo, y caminaban con animación hacia la casa largo tiempo desocupada, perteneciente al doctor, en la que habían encerrado al sr. Jarette, de acuerdo con los términos de la loca apuesta. Mientras se acercaban a ésta se encontraron con un hombre corriendo. -¿Pueden ustedes decirme -gritó, de repente controlando su velocidad-, dónde puedo encontrar un doctor?
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Helberson sin compromiso.
-Vaya y vea por sí mismo -dijo el hombre, retomando su carrera.
Se apuraron. Al llegar a la casa, vieron a varias personas entrando con apuro y excitación. En algunas de las viviendas cercanas y enfrente de la vía, las ventanas de las cámaras estaban elevadas, mostrando una profusión de cabezas. Todas las cabezas estaban haciendo preguntas, ninguna atendiendo a las preguntas de las otras. Algunas de las ventanas con las celosías cerradas estaban iluminadas, los inquilinos de esas habitaciones se estaban vistiendo para bajar. Exactamente, opuesto a la puerta de la casa que éstos buscaban, un farol de calle lanzaba una luz amarilla, insuficiente sobre la escena, pareciendo decir que podría destapar mucho más si lo deseara. Harper hizo una pausa en la puerta y puso una mano sobre el brazo de su compañero. -Todo está bien para nosotros, doctor-, dijo con una extrema agitación, que contrastó extrañamente con sus palabras libres y fáciles-, el juego se ha vuelto contra todos nosotros. No vamos a entrar ahí, yo estoy por un perfil bajo.
-Yo soy médico -dijo el dr. Helberson con calma-, puede que haya necesidad de uno.
Subieron hacia el umbral y estaban a punto de entrar. La puerta se abrió, el farol de calle opuesto iluminó el pasillo al que ésta se abría. Estaba lleno de hombres. Algunos habían ascendido por la escalera hasta el extremo más lejano y, negada la entrada arriba, esperaban una mejor suerte. Todos estaban hablando, ninguno escuchando. Súbitamente, en el rellano superior hubo una gran conmoción, un hombre se había lanzado por una puerta, y se escapaba de los que se esforzaban por detenerlo. A través de la masa de ociosos asustados venía empujándolos aparte, aplastándolos contra la pared de un lado, u obligándolos a pegarse a la baranda de la otra, agarrándolos por la garganta, golpeándolos salvajemente, impeliéndolos hacia abajo por la escalera y caminando sobre los caídos. Su ropa estaba en desorden, estaba sin sombrero. Sus ojos, salvajes e inquietos, tenían en sí algo más aterrador que su aparente fuerza sobrehumana. Su rostro, bien afeitado, estaba lívido, su cabello blanco como la escarcha.
Mientras la multitud al pie de la escalera, teniendo más libertad, se apartaba para dejarlo pasar, Harper se lanzó hacia delante. -¡Jarette! ¡Jarette! -gritó.
El dr. Helberson cogió a Harper por el cuello y lo arrastró hacia atrás. El hombre miró sus rostros al parecer sin verlos y se lanzó por la puerta, bajando por los peldaños hacia la calle, y lejos. Un policía robusto, que había tenido un éxito inferior en la conquista de su camino por la escalera, siguió un momento después y lo empezó a perseguir, todas las cabezas en las ventanas -las de las mujeres y los niños ahora- gritando la dirección.
La escalera estaba ahora despejada en parte, la mayoría de la multitud se había abalanzado a la calle, para observar el vuelo y la persecución, el Dr. Helberson montado en el aterrizaje, seguido por Harper. En una puerta del pasillo superior un oficial les negó la entrada. -Somos médicos-, dijo el doctor, y pasaron. La habitación estaba llena de hombres, vagamente visibles, agrupados alrededor de la mesa. Los recién llegados bordearon su camino hacia adelante, y miraron por encima de los hombros de aquellos en primera fila. Sobre la mesa, los miembros inferiores cubiertos por una sábana, yacía el cuerpo de un hombre, iluminado con brillantez por el haz de una linterna de ojo de buey, sostenida por un policía parado a los pies. Los otros, excepto los cercanos a la cabeza -el oficial mismo-, todos estaban en la oscuridad. ¡El rostro del cadáver se mostraba amarillo, repulsivo, horrible! Los ojos estaban parcialmente abiertos y vueltos hacia arriba, y la mandíbula caída; restos de espuma profanaban los labios, la barbilla, las mejillas. Un hombre alto, evidentemente un doctor, se inclinó sobre el cuerpo con su mano impelida bajo la pechera de la camisa. La retiró y puso dos dedos en la boca abierta. -Este hombre lleva cerca de seis horas muerto -dijo-. Es un caso para el forense.
Sacó una tarjeta de su bolsillo, se la entregó al oficial y se abrió camino hacia la puerta.
-¡Despejen la habitación, fuera todos! -dijo el oficial de forma cortante, y el cuerpo desapareció como si hubiera sido arrebatado, mientras él, moviendo la linterna, disparaba sus haces de luz aquí y allá, contra los rostros de la multitud. ¡El efecto fue asombroso! Los hombres cegados, confundidos, casi aterrados, salieron en abalanza tumultuosa por la puerta, empujando, apretujando y cayéndose unos sobre otros mientras huían, como los anfitriones de La noche antes de los ejes de Apolo. El oficial vertía su luz sin piedad y sin cesación sobre la masa luchadora, pisoteada. Atrapados en la corriente, Helberson y Harper fueron barridos de la habitación y bajaron en cascada por la escalera hacia la calle.
-¡Buen Dios, doctor! ¿No le dije que Jarette lo mataría? -dijo Harper, tan pronto estuvieron liberados de la multitud.
-Yo creo que lo hizo usted -replicó el otro, al parecer sin emoción.
Caminaron en silencio, cuadra tras cuadra. Contra el este grisáceo, las viviendas de las colinas salvajes mostraron su silueta. El familiar carro de la leche ya estaba activo por las calles, el panadero llegaría pronto a la escena, el repartidor de periódicos estaba fuera de la tierra.
-Me golpea, joven- dijo Helberson-, que usted y yo hemos estado mucho tiempo al aire de la mañana, últimamente. Es insalubre, necesitamos un cambio. ¿Qué dice usted de una gira por Europa?
-¿Cuándo?
-Yo no soy particular. Yo debo suponer, que a las cuatro de esta tarde sería lo suficiente temprano.
-Lo veré en el barco -dijo Harper.
V

Siete años después, estos dos hombres estaban sentados en un banco de Madison Square, en Nueva York, en una conversación familiar. Otro hombre, que los había estado observando por algún tiempo, él mismo no observado, se aproximó y, elevando su sombrero con cortesía desde unos bucles blancos como la escarcha, dijo: -Les pido disculpas, señores, pero cuando usted ha matado a un hombre para volver a la vida, es mejor cambiar de ropa con él, y en la primera oportunidad hacer una pausa para la libertad.
Helberson y Harper intercambiaron unas miradas significativas. Estaban evidentemente divertidos. El primero entonces miró a los ojos al extraño con amabilidad, y replicó:
-Ese siempre ha sido mi plan. Yo estoy de acuerdo con usted por completo, en cuanto a su advant.
Se detuvo de repente, se levantó y se puso blanco. Miró al hombre fijamente, con la boca abierta, tembló de modo visible.
-¡Ah! -dijo el extraño-, yo veo que usted está indispuesto, doctor. Si no puede tratarse a sí mismo, el dr. Harper puede hacer algo por usted, estoy seguro.
-¿Quién diablos es usted? -dijo Harper con brusquedad.
El extraño se acercó e, inclinándose hacia ellos, dijo en susurro: -Yo me llamo Jarette a veces, pero no me importa decirle a ustedes, por una vieja amistad, que yo soy el dr. William Mancher.
La revelación puso de pie a Harper. -¡Mancher! -gritó, y Helberson agregó: -¡Es verdad, por Dios!
-Sí -dijo el extraño, sonriendo vagamente-, es lo suficiente verdad, sin dudas.
Vaciló y pareció estar tratando de recordar algo, entonces empezó a tararear una tonada popular. Había olvidado, al parecer, la presencia de ellos.
-Mire esto, Mancher -dijo el mayor de los dos-, díganos sólo lo que ocurrió esa noche, a Jarette, usted sabe.
-¡Oh sí, sobre Jarette! -dijo el otro-. Es raro, yo debo haberme olvidado de decirles, lo digo tan a menudo. Ustedes ven, yo sabía, por oírlo mucho a él hablar consigo mismo, que estaba muy, bastante asustado. Así que yo no pude resistir la tentación de volver a la vida, y tener un poco de diversión con él, no pude, realmente. Eso estaba bien, aunque ciertamente yo no pensé que él lo fuera a tomar tan en serio, yo no pensé, de verdad. Y después, bueno, fue un trabajo duro cambiar de lugar con él, y entonces, ¡maldita sea, ustedes no me dejaron salir!
Nada podía exceder la ferocidad con que fueron lanzadas esas últimas palabras. Ambos hombres dieron un paso atrás con alarma.
-¿Nosotros?, ¿por qué, por qué? -tartamudeó Helberson, perdiendo su auto-dominio por completo-, nosotros no tuvimos nada que ver con eso.
-¿Yo no dije que ustedes eran los dres. Hellborn y Sharper1? -inquirió el hombre, riendo.
-Mi nombre es Helberson, sí, y este señor es el sr. Harper -replicó el primero, calmado por la risa-. Pero nosotros no somos médicos ahora, somos, bueno, maldita sea, viejo, somos jugadores.
Y esa era la verdad.
-Una profesión muy buena, muy buena, en efecto; y por cierto, yo espero que Sharper aquí, haya pagado el dinero de Jarette, como un apostador honesto. Una profesión muy buena y honorable -repitió pensativo, alejándose con descuido-, pero yo me aferro a lo viejo. Yo soy un alto, supremo oficial médico del asilo Bloomingdale, mi deber es curar al superintendente.

1Estaca, apuesta.
2"...dres. Hellborn y Sharper, dres. Nacido del infierno y Más afilado.

Título original: A Watcher by the Dead, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Henri Fantin-Latour, Portrait of Edouard Manet, 1867.