martes, 16 de marzo de 2010

El secreto del barranco de Macarger


Al norte poniente de Colina india, a unas nueve millas a vuelo de cuervo1, está el barranco de Macarger. Éste no tiene mucho de barranco, es una mera depresión entre dos cimas boscosas de altura inconsiderable. Desde su boca hasta su cabeza -pues los barrancos, como los ríos, tienen su propia anatomía- la distancia no excede las dos millas, y la anchura del fondo es, en sólo un lugar, de más de doce yardas; en la mayor parte de la distancia, a ambos lados del pequeño arroyo que se desagua en invierno, y se seca en la primavera temprana no hay terreno llano en absoluto; las escarpadas laderas de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiza, están partidas nada más que por la anchura del curso del agua. Nadie, excepto el ocasional cazador intrépido de la vecindad, va nunca al barranco de Macarger, que cinco millas adelante se desconoce, incluso por el nombre. Dentro de esa distancia, en cualquier dirección, hay muchas más conspicuas características topográficas sin nombre, y uno podría intentar en vano averiguar, por pesquisa local, el origen del nombre de éste.
A medio camino entre la cabeza y la boca del barranco de Macarger, la colina de la derecha, mientras usted asciende, está hendida por otro barranco, uno corto y seco, y en la juntura de los dos hay un espacio llano de dos o tres acres; y allí, hace unos pocos años, había una vieja casa de tablas, que tenía una pequeña habitación. ¿Cómo las partes componentes de la casa, pocas y simples como eran, habían sido ensambladas en aquel punto casi inaccesible?, es un problema, en cuya solución habría más satisfacción que beneficio. Posiblemente, el lecho del riachuelo fuera un camino reformado. Es cierto que el barranco, en un tiempo, fue explorado de modo bastante minucioso por los mineros, que debieron haber tenido algún medio para entrar, al menos, con animales de carga que llevaban los utensilios y los suministros; sus beneficios, al parecer, no fueron tales como para justificar cualquier desembolso considerable, para conectar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado, que disfrutara la distinción de un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí en su mayor parte. Le faltaba la puerta y el marco de la ventana, y la chimenea de barro y piedras había devenido en una hacina no atractiva, cubierta de yerbajos tupidos. El humilde moblaje que pudo haber alguna vez, y la mayor parte de las bajas tablas de chilla, habían servido de combustible en las fogatas de los cazadores; como había asimismo, probablemente, el brocal del viejo pozo que, en el tiempo que escribo, existía en forma de una depresión cercana, bastante ancha pero no muy profunda.
Una tarde del verano de 1874, yo subía por el barranco de Macarger, desde el valle estrecho hacia donde éste se abre, siguiendo el lecho seco del arroyo. Estaba cazando codornices, y había logrado una bolsa de unos doce pájaros en el momento que había alcanzado la casa descrita, de cuya existencia era ignorante hasta entonces. Después de inspeccionar la ruina con bastante descuido, reanudé mi deporte, y teniendo justamente un gran éxito lo prolongué hasta cerca del atardecer, cuando se me ocurrió que estaba a un largo camino de cualquier habitáculo humano, demasiado lejos para alcanzar uno al anochecer. Pero en mi morral había comida, y la vieja casa podría brindarme refugio, si se necesitaba refugio en una noche cálida y seca, en las estribaciones de la Sierra Nevada, donde uno podía dormir cómodo sobre las agujas de pino, sin cobija. Yo soy un aficionado a la soledad y amo la noche, así, mi resolución de “acampar” pronto fue tomada, y para el tiempo que estuvo oscuro, ya tenía hecha mi cama de ramas y hierbas en una esquina de la habitación, y estaba asando una codorniz al fuego que había prendido en el hogar. El humo se escapaba por la arruinada chimenea, la luz iluminaba la habitación con su benévolo resplandor, y mientras yo comía mi sencilla comida de un simple pájaro, y me bebía los restos de una botella de vino tinto, que me había servido toda la tarde en lugar del agua, que la región no me había provisto, experimenté una sensación de comodidad, que mejores tarifas y alojamientos no siempre ofrecían.
No obstante, allí faltaba algo. Yo tenía una sensación de comodidad, pero no de seguridad. Me detecté a mí mismo mirando la puerta abierta y la ventana vacía con más frecuencia, de lo que podía encontrar justificado hacer. Fuera de esas aberturas todo estaba negro, y yo era incapaz de reprimir una cierta sensación de aprensión, mientras mi fantasía pintaba el mundo de afuera y lo llenaba con entidades no amistosas, naturales y sobrenaturales, entre las que estaban de modo principal, en sus respectivas clases, el oso pardo, que yo sabía era visto aún ocasionalmente por esa región, y el fantasma, que tenía una razón para pensar no era visto. Infortunadamente, nuestras sensaciones no siempre respetan la ley de probabilidades, y para mí en esa noche, lo posible y lo imposible eran igualmente inquietantes.
Todo quien haya tenido una experiencia en el asunto, debe haber observado que uno enfrenta los peligros verdaderos e imaginarios de la noche, con mucha menos aprensión al aire libre que en una casa con una puerta abierta. Yo sentía eso ahora, mientras yacía en mi sofá frondoso en una esquina de la habitación, junto a la chimenea, y permitía que mi fuego muriera. Tan fuerte se volvió mi sensación de la presencia de algo maligno y amenazador en el lugar, que me encontré a mí mismo casi incapaz de apartar los ojos de la abertura, mientras que en la profunda oscuridad ésta se volvía más y más indistinta. Y cuando la última pequeña llama parpadeó y se apagó, agarré la escopeta con la que yacía al costado, y volví el cañón en dirección de la ahora invisible entrada, mi pulgar en uno de los martillos, listo a montar la pieza, mi respiración suspendida, mis músculos rígidos por la tensión. Pero más tarde bajé el arma con una sensación de vergüenza y mortificación. ¿Qué temía, y por qué? Yo, para quien la noche había sido

un rostro más familiar
que el del hombre...

¡Yo, en quien ese elemento de superstición hereditaria, del que ninguno de nosotros está libre por completo, había conferido a la soledad, la oscuridad y el silencio sólo un interés y un encanto más seductor! Era incapaz de entender mi locura y, perdido en la conjetura de la cosa conjeturada, me quedé dormido.
Estaba en una gran ciudad, en una tierra extranjera, una ciudad cuyas personas eran de mi propia raza, con mínimas diferencias de habla y vestido; aunque cuáles eran éstas precisamente, no podía decirlo, mi sensación de éstas era indistinta. La ciudad estaba dominada por un gran castillo sobre una altura prominente, cuyo nombre sabía pero no podía decir. Yo caminaba por muchas calles, algunas anchas y rectas, con edificios altos, modernos; algunas estrechas, lóbregas y tortuosas, entre los gabletes de viejas casas curiosas, cuyos pisos voladizos, y elaborados ornamentos con esculpidos en piedra y madera, se hallaban casi encima de mi cabeza.
Buscaba a alguien a quien nunca había visto, aunque sabía que debía reconocerlo cuando lo encontrara. Mi búsqueda no era sin designio y fortuita, tenía un método definido. Yo volvía de una calle a otra sin vacilación, y avanzaba por una ofuscación de pasajes intrincados, exento del miedo a perder mi camino.
Al instante, me paré ante una puerta baja, en una casa de piedra plana, que podía haber sido la vivienda de un artesano de la mejor clase, y entré sin anunciarme. La habitación, amueblada de modo bastante escaso, e iluminada por una sola ventana con cristales en forma de diamante, tenía sólo dos ocupantes, un hombre y una mujer. No se dieron cuenta de mi intrusión, una circunstancia que, a la manera de los sueños, parecía natural por entero. No estaban conversando, estaban sentados aparte, desocupados y taciturnos.
La mujer era joven y bastante robusta, de finos ojos grandes y cierta belleza grave; mi recuerdo de su expresión es sumamente vívido, pero en los sueños uno no observa los detalles de los rostros. Sobre sus hombros había un chal a cuadros. El hombre era mayor, moreno, con un rostro maligno, que se hacía más amenazador por una larga cicatriz, que se extendía desde cerca de la sien izquierda de modo diagonal, bajando hasta el bigote negro; aunque en mi sueño ésta parecía antes rondar el rostro, como una cosa aparte -no puedo expresarlo de otra forma-, que pertenecer a éste. En el momento que yo encontré al hombre y a la mujer, supe que eran marido y mujer.
Lo que siguió, lo recuerdo de modo indistinto; todo era confuso e inconsistente, hecho, pienso, de destellos de la conciencia. Era como si las dos imágenes, la escena de mi sueño y la de mis entornos actuales se hubieran mezclado, sobrepuesto la una a la otra, hasta que la anterior, diluyéndose gradualmente, desapareció, y yo estaba despierto plenamente en la cabaña desierta, tranquilo y consciente por entero de mi situación.
Mi miedo estúpido se había ido y, abriendo mis ojos, vi que mi fuego, que no ardía por completo, se había reavivado al caer un palo, e iluminaba la habitación de nuevo. Yo había dormido, probablemente, sólo unos minutos, pero mi sueño común, de algún modo, me había impresionado tan fuertemente, que ya no estaba soñoliento; y al cabo de un rato me levanté, puse las brasas de mi fuego juntas y, tras prender mi pipa, procedí a meditar sobre mi visión de una forma bastante metódica y ridícula.
Me habría aturdido entonces decir, en qué aspecto eso era digno de atención. En el primer momento de seria cavilación que concedí al asunto, reconocí la ciudad de mi sueño como Edimburgo, donde yo nunca había estado; así, si el sueño era un recuerdo, era un recuerdo de imágenes y descripción. El reconocer eso, de algún modo, me impresionó de forma profunda; era como si algo en mi mente insistiera en rebelarse contra la voluntad, y la razón de la importancia de todo eso. Y esa facultad, fuera la que fuera, afirmaba asimismo un control de mi habla. -Seguramente -dije en voz alta, de modo bastante involuntario-, los MacGregor deben haber venido aquí de Edimburgo.
Al momento, ni la sustancia de ese comentario, ni el hecho de haberlo hecho, me sorprendió lo más mínimo; me pareció natural por entero que yo conociera el nombre de la gente de mi sueño, y algo de su historia. Pero pronto se me aclaró el absurdo de todo eso. Me reí en voz alta, sacudí las cenizas de mi pipa y me tendí de nuevo en mi lecho de ramas y hierbas, donde yací mirando absorto el fuego agonizante, sin pensar más ni en el sueño ni en mis entornos. Súbitamente, la única llama que quedaba se redujo por un momento, entonces, saltando hacia arriba, se elevó en sí misma, separada de sus brasas, y expiró en el aire. La oscuridad fue absoluta.
En ese instante -al menos eso me pareció, antes que el destello de la llamarada se hubiera desvaído en mis ojos- hubo un sonido sordo, muerto, como el de un cuerpo pesado cayendo al suelo, que sacudió debajo de mí, donde yo yacía. Me levanté hacia una postura de sentado, y tanteé por mi arma en mi costado; tenía la noción, de que alguna bestia salvaje había saltado adentro por la ventana abierta. Mientras la endeble estructura seguía temblando por el impacto, oí un sonido de golpes, de unos pies arrastrados por el suelo, y entonces -pareció venir casi del alcance de mi mano- el agudo grito de una mujer en agonía mortal. Yo nunca había oído ni concebido un aullido tan horrible, éste me enervó por completo; ¡por un momento fui consciente nada más que de mi propio terror! Afortunadamente, mi mano encontró ahora el arma que había estado buscando, y el tacto familiar me restauró un tanto. Me puse en pie de un salto, esforzando mis ojos para penetrar la oscuridad. Los violentos sonidos habían cesado pero, más terrible que eso, ¡yo oía, con lo que parecían largos intervalos, el tenue jadeo intermitente de algo viviente, de una cosa muriente!
Mientras mis ojos se habituaban a la luz tenue de los carbones de la estufa, vi primero las formas de la puerta y la ventana, luciendo más negras que el negro de las paredes. Seguido, la distinción entre la pared y el suelo se tornó discernible, y por último fui sensible a las formas y la extensión completa del suelo, de un extremo al otro, de un costado al otro. Nada era visible y el silencio era inviolado.
Con una mano que temblaba un poco, la otra aún agarrando mi arma, restauré mi fuego e hice un examen crítico del lugar. Allí no había en ningún lugar, algún signo de que la cabaña hubiera sido visitada. Mis propios rastros eran visibles en el polvo que cubría el suelo, pero no había otros allí. Yo volví a prender mi pipa, me abastecí de combustible fresco, arrancando uno o dos tablones delgados del interior de la casa -no tenía cuidado en ir a la oscuridad, afuera de la puerta-, y pasé el resto de la noche fumando y pensando, y alimentando mi fuego; ni por más años de vida habría permitido que la pequeña llama expirara de nuevo.
Unos años después, conocí en Sacramento a un hombre llamado Morgan, para quien tenía una nota de introducción de un amigo de San Francisco. Cenando con él en su casa una noche, observé varios “trofeos” en la pared, que indicaban era aficionado a la caza. Resultó que así era y, al relatar algunas de sus hazañas, mencionó haber estado en la región de mi aventura.
-Sr. Morgan -le pregunté abruptamente-, ¿conoce usted un lugar allá arriba, llamado el Barranco de Macarger?
-Yo tengo una buena razón para eso -replicó; -yo fui quien dio cuenta a la prensa, el año pasado, del hallazgo de un esqueleto allí.
Yo no había oído de eso; el cuento había sido publicado, al parecer, mientras estaba ausente, en el Este.
-Por cierto -dijo Morgan-, el nombre del barranco es una corrupción, debería ser llamado “de MacGregor”. Querida mía -añadió, hablando a su esposa, -el sr. Elderson ha volcado su vino.
Apenas era preciso. Simplemente, se me había caído, con vaso y todo.
-Hubo una vieja choza una vez, en el barranco -reasumió Morgan, cuando la ruina causada por mi torpeza había sido reparada-, pero justamente, previo a mi visita, había sido derribada, o antes demolida, pues sus escombros fueron dispersos por todo su alrededor; el mismo suelo fue partido, tablón por tablón. Entre dos traviesas que seguían en posición, mi compañero y yo observamos los restos de un chal a cuadros, y al examinarlo, hallamos que estaba envuelto en los hombros del cuerpo de una mujer, de la que quedaba muy poco, además de los huesos, cubiertos parcialmente por fragmentos de ropa, y una piel marrón y seca. Pero le vamos a ahorrar a la sra. Morgan -añadió con una sonrisa. La dama había mostrado, en verdad, signos de disgusto antes que de simpatía.
-Es necesario decir, sin embargo -siguió-, que el cráneo estaba fracturado en varios lugares, como por los golpes de algún instrumento romo; y que el propio instrumento, una pica de mano, todavía manchada de sangre, yacía bajo unos tablones cercanos.
El señor Morgan se volvió hacia su esposa. -Perdóname, querida mía -dijo con afectación solemne-, por mencionar estas peculiaridades desagradables, estos incidentes naturales, aunque lamentables, de una pelea conyugal, resultado, sin dudas, de una infortunada insubordinación de la esposa.
-Yo debería ser capaz de pasar por alto eso -replicó la dama con compostura, -tú me lo has pedido tantas veces, con esas mismas palabras...
Yo pensé que él parecía más bien contento de seguir con su historia.
-A partir de éstas y otras circunstancias -dijo-, el médico forense del jurado encontró que la difunta, Janet MacGregor, había hallado la muerte a causa de los golpes infligidos por alguna persona desconocida para el jurado; pero se añadió que las evidencias apuntaban fuertemente hacia su esposo, Thomas MacGregor, como la persona culpable. Pero Thomas MacGregor nunca fue encontrado, ni se oyó de él. Se supo que la pareja venía de Edimburgo, aunque no... querida mía, ¿no has observado, que el hueso del sr. Elderson tiene agua?
Yo había depositado un hueso de pollo en mi cuenco.
-Yo encontré, en un armario pequeño, una fotografía de MacGregor, pero eso no condujo a su captura.
-¿Me dejaría verla? -dije.
La imagen mostraba a un hombre moreno, con un rostro maligno, que se hacía más amenazador por una larga cicatriz, que se extendía desde cerca de la sien de modo diagonal, bajando hacia el bigote negro.
-Por cierto, sr. Elderson -dijo mi afable anfitrión-, ¿puedo yo saber, por qué usted preguntó por el barranco de Macarger?
-Yo perdí una mula cerca de ahí una vez -repliqué-, y esa desgracia me ha... me ha disgustado bastante.
-Querida mía -dijo el sr. Morgan con la entonación mecánica de un intérprete traduciendo-, la pérdida de la mula del sr. Elderson le ha puesto pimienta en su café.

1A vuelo de cuervo (expresión familiar), en línea recta.

Título original: The Secret of Macarger's Gulch, publicado por primera vez en The Wave, abril de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, The mountain man, XX.