miércoles, 31 de marzo de 2010

El affair de la brecha de Coulter


-¿Usted cree, coronel, que a su valiente Coulter le gustaría poner uno de sus cañones aquí? -preguntó el general.
Era, al parecer, no en serio por completo; ciertamente, no parecía un lugar donde a cualquier artillero, por valiente que fuera, le gustaría poner un cañón. El coronel pensó que, posiblemente, su comandante de división trataba de insinuar con buen humor que, en una conversación reciente entre ellos, el coraje del capitán Coulter había sido demasiado, altamente ensalzado.
-General -replicó con calidez-, a Coulter le gustaría poner un cañón en cualquier lugar, dentro del alcance de esa gente-, con un movimiento de su mano en la dirección del enemigo.
-Es el único lugar -dijo el general. Era en serio, entonces.
El lugar era una depresión, una “brecha” en la aguda cresta de una colina. Era un paso, y por éste corría una carretera que, alcanzado el punto más alto de su curso, en un ascenso sinuoso por una foresta escasa, hacía un similar, aunque menos escarpado descenso hacia el enemigo. Por una milla a la izquierda y una milla a la derecha, la cima, aunque ocupada por la infantería federal, yaciente cerca detrás de la cresta aguda, y pareciendo como si se mantuviera en el lugar por la presión atmosférica, era inaccesible a la artillería. Allí no había más lugar que el fondo de la brecha, y éste era apenas lo suficiente ancho para el lecho del camino. Desde el lado de la Confederación, ese punto era dominado por dos baterías, apostadas en una elevación levemente baja, más allá de un riachuelo y a media milla de distancia. Todos los cañones, menos uno, estaban enmascarados por los árboles de una huerta, ese -que parecía un poco una impudencia- estaba en un césped abierto, directo frente a un edificio bastante fastuoso, la vivienda del plantador. El cañón estaba lo suficiente seguro en su exposición, pero sólo porque a la infantería federal se le había prohibido disparar. La brecha de Coulter -llegó a ser llamada así- no era, esa agradable tarde de verano, un lugar donde a uno le “gustaría poner un cañón”.
Tres o cuatro caballos muertos yacían allí, tendidos en el camino, tres o cuatro hombres muertos en una hilera pareja a un lado de éste, y un poco atrás, colina abajo. Todos menos uno eran soldados de caballería que pertenecían a la avanzada federal. Uno era intendente. El general que comandaba la división y el coronel que comandaba la brigada, con su personal y sus escoltas, habían cabalgado a la brecha para echar una mirada a los cañones enemigos, que se habían oscurecido en seguida entre elevadas nubes de humo. Tenía apenas provecho ser curioso sobre unos cañones que hacían la treta del calamar, y la temporada de observación había sido breve. En su conclusión -una breve movida hacia atrás, desde donde se inició- ocurrió la conversación reportada ya parcialmente. -Es el único lugar -repitió el general pensativo- para llegar a ellos.
El coronel lo miró con gravedad. -Hay espacio para un solo cañón, general, uno contra doce.
-Eso es verdad, para sólo uno a la vez -dijo el comandante con algo así, pero no por completo así como una sonrisa. -Pero entonces, su valiente Coulter es toda una batería en sí mismo.
El tono de ironía era ahora inequívoco. Éste enfadó al coronel, pero él no supo qué decir. El espíritu de la subordinación militar no era favorable a la réplica, ni incluso a la desaprobación.
En ese momento, un joven oficial de artillería llegó cabalgando por el camino con lentitud, asistido por su corneta. Era el capitán Coulter. No podía tener más de veintitrés años de edad. Era de mediana estatura, pero muy esbelto y ligero, y se sentaba en su caballo con algo del aire de un civil. Su rostro era de un tipo singular, distinto a los hombres a su alrededor; delgado, de nariz recta, ojos grises, con un ligero bigote rubio y un largo cabello bastante desaliñado del mismo color. Había un aparente descuido en su atuendo. Su gorra la usaba con la visera un poco torcida, su chaqueta estaba abrochada sólo en el cinturón de la espada, mostrando una considerable extensión de su camisa blanca, tolerablemente limpia para esa etapa de la campaña. Pero el descuido estaba en todo su vestido y porte; en su rostro había una mirada de intenso interés por su entorno. Sus ojos grises, que parecían en ocasiones atravesar el paisaje a derecha e izquierda, como las luces de un foco, estaban fijos la mayor parte del tiempo en el cielo más allá de la brecha; hasta que arribara a la cumbre del camino, no había más nada que ver en esa dirección. Al llegar frente a su división y a los comandantes de brigada al borde del camino, saludó de modo mecánico y estaba a punto de pasar. El coronel le señaló que se detuviera.
-Capitán Coulter -dijo-, el enemigo tiene doce piezas por ahí, en la cima siguiente. Si yo entiendo al general correctamente, él ordena que usted traiga un cañón y se ocupe de ellas.
Hubo un espacio de silencio, el general miró impasible a un regimiento distante, que pululaba con lentitud por la maleza áspera de la colina, como una rasgada y arrastrada nube de humo azul; el capitán parecía no haberlo observado a él. En ese instante, el capitán habló con lentitud, y con aparente esfuerzo:
-¿En la cima siguiente, dijo usted, señor? ¿Están los cañones cerca de la casa?
-Ah, usted ha estado por ese camino antes. Directamente por la casa.
-¿Y es necesario que me ocupe de ellos? ¿La orden es imperiosa?
Su voz era áspera y quebrada. Estaba visiblemente pálido. El coronel estaba sorprendido y mortificado. Lanzó una mirada al comandante. En ese rostro fijo, inmóvil no había un signo, era tan duro como el bronce. Un momento después el general cabalgó adelante, seguido por su personal y escolta. El coronel, humillado e indignado, estaba a punto de ordenar el arresto del capitán Coulter, cuando el último dijo algunas palabras a su corneta en voz baja, lo saludó y cabalgó directo hacia la brecha, donde en ese instante, en la cumbre del camino, sus anteojos de campaña en sus ojos, se mostró contra el cielo, él y su caballo, definido con agudeza y como una estatua. El corneta había aminorado la velocidad y desapareció detrás de un bosque. En ese instante su corneta se oyó tocando en los cedros, y en un tiempo increíblemente corto un solo cañón con su furgón, cada uno tirado por seis caballos y manejado por su apéndice de cañoneros completo, llegó saltando y golpeando la cuesta en una tormenta de polvo, inflexible bajo la cubierta, y fue corrido a mano hacia la cresta fatal, entre los caballos muertos. Un gesto del brazo del capitán, algunos movimientos extrañamente ágiles de los hombres que cargaban, y casi antes de que las tropas a lo largo del camino hubieran dejado de oír el traqueteo de las ruedas, una gran nube blanca se abalanzó sobre la ladera y, con un estruendo ensordecedor, el affair de la brecha de Coulter había empezado.
No se intenta relatar en detalle el progreso y los incidentes de esta contienda espantosa, una contienda sin vicisitudes, sus alternancias sólo fueron diferentes grados de desesperación. Casi en el instante cuando el cañón del capitán Coulter resopló su nube desafiante, doce nubes de respuesta rodaron hacia arriba; desde los árboles que rodeaban la casa de la plantación, un profundo estruendo múltiple rugió de vuelta como un eco quebrado, y desde entonces hasta el final los cañoneros federales lucharon su batalla desesperada, en una atmósfera de hierro candente, cuyos pensamientos eran relámpagos y cuyas acciones eran la muerte.
No deseoso de ver unos esfuerzos que él no podía socorrer, y una carnicería que él no podía detener, el coronel ascendió a la cima, en un punto a un cuarto de milla a la izquierda, desde donde la brecha, invisible en sí misma, pero lanzando hacia arriba sucesivas masas de humo, parecía el cráter de un volcán en erupción tronante. Con sus anteojos observó los cañones enemigos, notando como podía los efectos del fuego de Coulter, si Coulter aún vivía para dirigirlo. Vio que los cañoneros federales, ignorando esas piezas enemigas, cuyas posiciones se podían determinar sólo por su humo, le prestaban toda su atención a la que mantenía su lugar en el claro, el césped frente a la casa. Sobre y alrededor de esa pieza robusta, los obuses explotaron con intervalos de pocos segundos. Algunos explotaron en la casa, como se podía ver por las delgadas columnas de humo desde el tejado con roturas. Figuras de hombres y caballos postrados eran llanamente visibles.
-Si nuestros colegas están haciendo tan buen trabajo con un solo cañón -dijo el coronel a un aide que por casualidad se hallaba cerca-, deben estar sufriendo como el diablo con los doce. Vaya abajo y presente al comandante de esa pieza mis felicitaciones por la precisión de su fuego.
Volviéndose a su ayudante general, dijo: -¿Usted observó la maldita renuencia de Coulter a obedecer las órdenes?
-Sí, señor, lo hice.
-Bueno, no diga nada sobre eso, por favor. Yo no creo que al general le importe hacer alguna acusación. Él, probablemente, tendrá bastante que hacer con explicar su propia conexión con esa forma insólita, de divertir a la retaguardia de un enemigo en retirada.
Un joven oficial se aproximó desde abajo, escalando jadeante la pendiente. Casi antes de que hubiera saludado, dijo sofocado:
-Coronel, yo soy enviado por el coronel Harmon, para decir que los cañones enemigos están a buen alcance de nuestros rifles, y muchos de ellos son visibles desde varios puntos a lo largo de la cima.
El comandante de la brigada lo miró sin un rastro de interés en su expresión. –Yo lo sé -dijo sereno.
El joven ayudante estaba con un visible embarazo. -El coronel Harmon quisiera tener permiso para silenciar esos cañones-, tartamudeó.
-Así debiera yo -dijo el coronel en el mismo tono. -Presente mis cumplidos al coronel Harmon, y dígale que las órdenes del general para la infantería de no disparar, aún siguen en vigor.
El ayudante saludó y se retiró. El coronel hundió sus talones en la tierra y se volvió para mirar los cañones enemigos de nuevo.
-Coronel -dijo el ayudante general-, yo no sé si deba decir nada, pero hay algo malo en todo esto. ¿Usted sabe por casualidad que el capitán Coulter es del Sur?
-No, ¿era él, en efecto?
-Yo oí que el verano pasado la división que el general comandaba entonces, estuvo en la vecindad de la casa de Coulter, acamparon allí por semanas, y…
-¡Escuche! -dijo el coronel, interrumpiendo con un gesto hacia arriba. -¿Usted oye eso?
“Eso” era el silencio del cañón federal. El personal, los ordenanzas, las líneas de infantería detrás de la cresta, todos habían “oído”, y estaban mirando con curiosidad en la dirección del cráter, desde donde ahora no subía humo, excepto las nubecitas inconexas de los obuses enemigos. Entonces vino el toque de una corneta, un tenue traqueteo de ruedas, un minuto después los agudos estruendos se reanudaron con doble actividad. El cañón demolido había sido sustituido con uno intacto.
-Sí -dijo el ayudante general, resumiendo su narración-, el general entabló relación con la familia de Coulter. Había un problema, yo no sé la naturaleza exacta de este, algo sobre la esposa de Coulter. Ella es una secesionista al rojo vivo, como son todos ellos, excepto el mismo Coulter, pero ella es una buena esposa, y una dama de alta alcurnia. Hubo una queja al cuartel general del ejército. El general fue transferido a esta división. Es extraño que la batería de Coulter haya sido asignada después a ésta.
El coronel se había levantado de la roca sobre la que habían estado sentados. Sus ojos estaban brillando con una generosa indignación.
-Vea aquí, Morrison -dijo, mirando a su chismoso oficial de personal directo a la cara-, ¿usted sacó esa historia de un caballero o de un mentiroso?
-Yo no quiero decir de dónde la saqué, coronel, a menos que sea necesario -estaba un poco sonrojado-, pero apuesto mi vida a su verdad, en lo principal.
El coronel se volvió hacia un pequeño corrillo de oficiales a cierta distancia. -¡Teniente Williams! -gritó.
Uno de los oficiales se apartó del grupo, y viniendo hacia adelante saludó, diciendo: -Perdóneme, coronel, yo pensé que usted había sido informado. Williams está muerto allá abajo, junto al cañón. ¿Qué puedo hacer, señor?
El teniente Williams era el aide que había tenido el placer de trasmitir, al oficial a cargo del cañón, la felicitación de su comandante de brigada.
-Vaya -dijo el coronel-, y ordene la retirada de ese cañón al instante. No… iré yo mismo.
Anduvo a zancadas por el declive, hacia la parte trasera de la brecha, a paso rompe-cuello, por sobre las rocas y entre las zarzas, seguido por su pequeño séquito en desorden tumultuoso. Al pie del declive montaron a sus animales en espera y tomaron hacia el camino a trote vivo, doblando en un recodo y hacia la brecha. ¡El espectáculo que encontraron allí fue aterrador!
En ese desfiladero, apenas lo suficiente ancho para un solo cañón, se apilaban los escombros de no menos de cuatro. Habían notado el silencio sólo del último inutilizado, había habido falta de hombres para sustituirlo por otro con rapidez. Los despojos yacían a ambos lados del camino; los hombres habían logrado mantener una vía abierta en el medio, por la que la quinta pieza estaba ahora disparando. ¿Los hombres?, ¡lucían como los demonios de un hoyo! Todos estaban sin sombrero, todos desnudos hasta la cintura, sus pieles humeantes, negras con manchas de pólvora y salpicadas de gotas de sangre. Trabajaban como dementes, con el pisón y el cartucho, la palanca y la correa. Apoyaban sus hombros hinchados y manos sangrantes contra las ruedas en cada reculada, y jalaban el pesado cañón de vuelta a su lugar. Allí no había comandos, en ese ambiente horrible de disparos chillones, obuses explosivos, fragmentos de hierro aulladores y astillas de madera voladoras, ninguno podía haber sido oído. Los oficiales, si había oficiales allí, eran indistinguibles, todos trabajaban juntos -cada uno mientras duraba- gobernados por el ojo. Cuando el cañón era esponjado, era cargado, cuando era cargado, era apuntado y disparado. El coronel observó algo nuevo para su experiencia militar, algo horrible y no natural: ¡el cañón estaba sangrando por la boca! Con una falta de agua temporal, el hombre que esponjaba había hundido su esponja en el charco de sangre de un camarada. En todo ese trabajo no había nada chocante, el deber del instante era obvio. Cuando uno caía, otro, luciendo un poco más limpio, parecía surgir de la tierra en el rastro del hombre muerto, para caer en su turno.
Con los cañones arruinados yacían los hombres arruinados, al lado de los escombros, abajo de éstos y arriba de éstos; y bajando por el camino -¡una procesión espantosa!- se arrastraban con las manos y las rodillas los heridos que eran capaces de moverse. El coronel -que de modo compasivo había enviado su cabalgata a la derecha- tuvo que cabalgar sobre los que estaban muertos por entero, para no aplastar a los que estaban medio vivos. En ese infierno mantuvo su camino tranquilo, cabalgó por el lado de un cañón y, en la oscuridad de la última descarga, golpeó en la mejilla al hombre que tenía el pisón, que se cayó en seguida, creyendo que lo habían matado. Un demonio siete veces condenado surgió del humo para ocupar su lugar, pero se detuvo y miró fijamente al oficial montado con un respeto no terrenal, sus dientes brillando entre sus labios negros, sus ojos feroces y dilatados, ardiendo como carbones bajo su frente sangrante. El coronel hizo un gesto autoritario y apuntó a la parte trasera. El demonio se inclinó en señal de obediencia. Era el capitán Coulter.
Simultáneamente, con la señal de arresto del coronel, sobrevino un silencio en todo el campo de acción. La procesión de misiles ya no caía en torrentes sobre ese desfiladero de muerte, pues el enemigo asimismo había dejado de disparar. Su ejército se había ido hacía horas, y el comandante de su retaguardia, que había mantenido su posición peligrosamente, largo tiempo, con la esperanza de silenciar al fuego federal, en ese extraño momento había silenciado el suyo. -Yo no era consciente del alcance de mi autoridad -dijo el coronel a nadie, cabalgando hacia la cresta para ver qué había sucedido realmente.
Una hora después su brigada estaba en bivouac en el terreno enemigo, y sus ociosos estaban examinando con algo de temor, como un fiel inspecciona las reliquias de un santo, una veintena de caballos muertos despatarrados y tres cañones inutilizados, todos clavados. Los hombres caídos habían sido llevados, sus cuerpos rasgados y quebrados hubieran brindado también una gran satisfacción.
Naturalmente, el coronel se estableció con su familia militar en la casa de la plantación. Estaba un tanto destruida, pero era mejor que al aire libre. El mobiliario estaba bastante desordenado y quebrado. Las paredes y los techos estaban tumbados por aquí y por allá, y había un persistente olor a humo de pólvora en todas partes. Las camas, los armarios de ropa de las mujeres, las alacenas no estaban muy dañados. Los nuevos inquilinos de una noche se pusieron cómodos, y la virtual borradura de la batería de Coulter les suministró un tópico interesante.
Durante la cena, un ordenanza de la escolta se presentó en el comedor y pidió permiso para hablarle al coronel.
-¿Qué es, Barbour? -dijo el oficial gratamente, habiendo oído la solicitud.
-Coronel, hay algo malo en el sótano, yo no sé qué, hay alguien ahí. Yo estuve allá abajo, revolviendo por ahí.
-Yo iré abajo y veré -dijo un oficial de personal, levantándose.
-Yo iré también -dijo el coronel-, dejen que los otros se queden. Guíenos, ordenanza.
Tomaron una vela de la mesa y descendieron por la escalera del sótano, el ordenanza con visible trepidación. La vela daba sólo una luz débil, pero en ese instante, mientras avanzaban, su estrecho círculo de iluminación reveló una figura humana, sentada en la tierra contra la pared de piedra negra, que ellos estaban orillando, sus rodillas subidas, su cabeza inclinada hacia adelante agudamente. El rostro, que debió ser visto de perfil, era invisible, pues el hombre estaba tan doblado hacia adelante, que su cabello largo lo ocultaba; y extraño de relatar, la barba, de un tono mucho más oscuro, caía en una gran masa enredada y yacía por la tierra a su lado. Se detuvieron de forma involuntaria, entonces el coronel, tomando la vela de la mano trémula del ordenanza, se aproximó al hombre y lo consideró atentamente. La larga barba oscura era el cabello de una mujer… muerta. La mujer muerta estrechaba entre sus brazos a un bebé muerto. Ambos estaban estrechados entre los brazos del hombre, apretados contra su pecho, contra sus labios. Había sangre en el cabello de la mujer, había sangre en el cabello del hombre. A una yarda de distancia, cerca de una depresión irregular en la tierra apisonada que formaba el suelo del sótano -una excavación fresca con un trozo de hierro convexo, de bordes dentados, visible en uno de los lados- yacía el pie de un infante. El coronel mantuvo la luz tan alto como pudo. El suelo de la habitación de arriba estaba quebrado a través, las astillas apuntaban en todos los ángulos hacia abajo. -Esta casamata no está a prueba de bombas -dijo el coronel con gravedad. No se le ocurrió que su resumen del asunto tuviera alguna levedad en sí.
Se pararon junto al grupo un rato, en silencio; el oficial de personal estaba pensando en su cena no terminada, el ordenanza en lo que podría haber, posiblemente, en uno de los barriles del otro lado del sótano. Súbitamente, el hombre al que habían creído muerto, levantó la cabeza y los miró a las caras fijamente, tranquilo. Su tez era negra como el carbón, sus mejillas estaban, al parecer, tatuadas de modo irregular, con líneas sinuosas desde los ojos hacia abajo. Sus labios también eran blancos, como los de un negro de escena. Había sangre en su frente.
El oficial de personal dio un paso atrás, el ordenanza dos pasos.
-¿Qué está haciendo aquí, hombre mío? -dijo el coronel, impasible.
-Esta casa me pertenece a mí, señor -fue la respuesta, proferida con civilidad.
-¿A usted? ¡Ah, ya veo! ¿Y esos?
-Mi esposa y el niño. Yo soy el capitán Coulter.

Título original: The Affair at Coulter's Notch, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, octubre de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, The Long Knives, XX.