martes, 23 de marzo de 2010

Aceite de perro


Mi nombre es Boffer Bings. Yo nací de padres honestos en uno de los andares más humildes de la vida, mi padre era un fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño estudio a la sombra de la iglesia de la villa, donde disponía de los bebés no deseados. En mi pubertad fui entrenado en los hábitos de la industria; yo no sólo asistí a mi padre en procurar perros para sus tinas, sino también fui empleado por mi madre con frecuencia, para llevarle los desechos de su trabajo al estudio. En el cumplimiento de este deber, a veces tuve necesidad de toda mi inteligencia natural, pues todos los agentes de la ley de la vecindad se oponían al negocio de mi madre. Éstos no eran elegidos por una boleta de la oposición, y el asunto nunca se había hecho una cuestión política, simplemente sucedía así. El negocio de mi padre de hacer aceite de perro era, naturalmente, menos impopular, aunque los dueños de los perros perdidos lo miraban a veces con una sospecha, que se reflejaba hasta cierto punto en mí. Mi padre tenía como socios silenciosos a todos los médicos del pueblo, que raramente escribían una receta, que no contuviera lo que ellos se complacían en designar como aceicán. Era realmente la medicina más valiosa jamás descubierta. Pero la mayoría de las personas, no están dispuestas a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que a muchos de los perros más gordos del pueblo, les habían prohibido jugar conmigo, un hecho que hería mi joven sensibilidad, y al mismo tiempo estuvo cerca de hacerme un pirata.
Mirando esos días atrás, yo no puedo sino lamentar por momentos, que por llevar de modo indirecto a mis amados padres a la muerte, fui el autor de un infortunio que afectó de forma profunda mi futuro.
Una noche, mientras pasaba por la fábrica de aceite de mi padre, con el cuerpo de un expósito del estudio de mi madre, vi a un alguacil que parecía estar observando de cerca mis movimientos. Siendo tan joven como era, yo había aprendido que los actos de un alguacil, o de cualquier carácter semejante, son causados por los motivos más reprensibles, y lo eludí colándome en la aceitería por una puerta lateral, que solía estar entreabierta. Yo la cerré enseguida y me quedé solo con mi muerto. Mi padre se había retirado por esa noche. La única luz en el lugar venía del horno, que brillaba con un rico, profundo carmesí debajo de una de las tinas, lanzando reflejos rubicundos a las paredes. Dentro del caldero el aceite seguía girando en indolente ebullición, empujando a la superficie ocasionalmente un pedazo de perro. Sentándome a esperar que el alguacil se fuera, tomé en mi regazo el cuerpo desnudo del expósito, y toqué con ternura su corto cabello sedoso. ¡Ah, qué bello era! Incluso a esa temprana edad yo era un apasionado aficionado de los niños, y mirando a ese querubín casi pude encontrar en mi corazón, el deseo de que la pequeña herida roja de su pecho -obra de mi querida madre- no hubiera sido mortal.
Había sido mi costumbre arrojar los bebés a un río, que la naturaleza había provisto expresamente para tal propósito, pero esa noche no me atrevía a dejar la aceitería por miedo al alguacil. “Después de todo,” me decía a mí mismo, “no puede importar mucho si lo pongo en ese caldero. Mi padre nunca sabrá si son los huesos de un cachorro, y las pocas muertes que puedan resultar de la administración de otro tipo de aceite al incomparable aceicán, no son importantes en una población que aumenta tan rápido.” En resumen, di el primer paso en el crimen, y me dio una tristeza indecible tirar a la criatura en el caldero.
Al día siguiente, un tanto para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, me informó a mí y a mi madre, que había obtenido la mejor calidad de aceite que se haya visto jamás, que los médicos a quienes había enseñado las muestras se habían pronunciado así. Añadió que no tenía conocimiento de cómo había obtenido tal resultado; los perros habían sido tratados con todo respeto, como usualmente, y eran de una raza ordinaria. Yo consideré mi deber explicarlo, lo que hice, aunque mi lengua se hubiera paralizado si pudiera haber previsto las consecuencias. Lamentando su previa ignorancia de las ventajas de combinar sus industrias, mis padres enseguida tomaron medidas para reparar el error. Mi madre mudó su estudio a un ala del edificio de la fábrica, y mis deberes en relación con el negocio cesaron; no fui requerido más para disponer de los cuerpos de los pequeños superfluos, y no hubo necesidad de perros seductores para su condena, pues mi padre los desechó por completo, aunque siguieron teniendo un lugar honorable en el nombre del aceite. Súbitamente arrojado a la ociosidad yo, naturalmente, podía haber esperado volverme vicioso y disoluto, pero no lo hice. La santa influencia de mi querida madre siempre estaba sobre mí, para protegerme de las tentaciones de los jóvenes acosados, y mi padre era diácono de una iglesia. ¡Ay, que por mi culpa estas estimables personas debieran llegar a tan mal final!
Hallando un doble provecho en su negocio, mi madre se dedicó a éste con nueva asiduidad. Eliminó no sólo a los bebés superfluos y no deseados en orden, sino que salió a los caminos y las veredas a recoger niños más crecidos, e incluso adultos que pudiera atraer a la aceitería. Mi padre también, enamorado de la calidad superior del aceite producido, proveyó para sus tinas con diligencia y celo. La conversión de sus vecinos en aceite de perro se convirtió, en resumen, en la única pasión de sus vidas, una absorbente y abrumadora codicia se apoderó de sus almas, y les sirvió en lugar de la esperanza del cielo por el que, asimismo, fueron inspirados.
Se habían vuelto ahora tan emprendedores, que se hizo una asamblea pública y se aprobaron resoluciones que los censuraban con severidad. Se dio a entender por el presidente, que cualquier otra incursión en la población sería recibida con un espíritu de hostilidad. Mis pobres padres dejaron la asamblea con el corazón roto, desesperados y, creo, no del todo cuerdos. De todos modos, consideré prudente no entrar a la aceitería con ellos esa noche, sino dormir afuera en el establo.
Cerca de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantarme y escudriñar por una ventana la habitación del horno, donde sabía que mi padre dormía ahora. Los fuegos ardían de forma tan brillante, como si esperaran que la cosecha del día siguiente fuera abundante. Uno de los grandes calderos estaba “bullendo” con lentitud, con una misteriosa apariencia de auto-restricción, como si aguardara un momento para exponer toda su energía. Mi padre no estaba en la cama, se había levantado en su ropa de noche y estaba preparando un lazo corredizo con una cuerda fuerte. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, yo sabía muy bien el propósito que tenía en mente. Acallado e inmóvil por el terror, yo no podía hacer nada en prevención o advertencia. Súbitamente, la puerta del apartamento de mi madre se abrió, sin ruido, y los dos se enfrentaron el uno al otro, ambos aparentemente sorprendidos. La señora también estaba en ropa de noche, y tenía en su mano derecha el utensilio de su oficio, una larga daga de hoja angosta.
Ella también había sido incapaz de negarse a sí misma el provecho último, que la acción no amistosa de los ciudadanos y mi ausencia le habían dejado. Por un instante se miraron el uno al otro con ojos llameantes, y luego saltaron juntos con una furia indescriptible. Vueltas y vueltas, la habitación en la que luchaban, la maldición del hombre, el aullido de la mujer, ambos peleando como demonios; ella para herirlo con la daga, él para estrangularla con sus grandes manos desnudas. Yo no sé cuánto tiempo tuve la desdicha de observar esa desagradable instancia de infelicidad doméstica, pero al fin, después de una lucha más vigorosa que lo usual, los combatientes se separaron súbitamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban evidencias de contacto. Por otro instante se miraron el uno al otro de la forma menos amable, entonces mi pobre padre herido, sintiendo la mano de la muerte sobre él, saltó hacia adelante, no pensando en la resistencia, tomó a mi querida madre entre sus brazos, la arrastró hacia el lado del caldero hirviente, reunió todas sus energías menguadas, ¡y saltó con ella! En un momento ambos habían desaparecido, y su aceite se añadió al del comité de ciudadanos que habían llamado el día anterior, con una invitación para una asamblea pública.
Convencido de que esos sucesos desdichados me cerraban todo camino a una carrera honorable en ese pueblo, me mudé a la famosa ciudad de Otumwee, donde estas memorias son escritas con un corazón lleno de remordimiento, por el acto incauto que implicó tan funesto desastre comercial.

Título original: The Oil of a Dog: A Tragic Episode in the Life of an Eminent Educator, publicado por primera vez en Oakland Tribune, octubre de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Jean-Baptiste-Simeon Chardin, Rabbit and Copper Pot, 1740.