martes, 3 de noviembre de 2009

Una tumba sin fondo


Mi nombre es John Brenwalter. Mi padre, un borracho, tenía la patente de un invento para hacer granos de café con arcilla, pero era un hombre honesto, y no se hubiera implicado él mismo en la fabricación. Era, por lo tanto, sólo acaudalado con moderación, las regalías de su invento realmente valioso le brindaban apenas lo suficiente, para pagar los gastos de su litigación con un bribón culpable de infracción. Así, yo carecí de muchas ventajas que disfrutan los niños de padres inescrupulosos y deshonrosos, y de no haber sido por una madre noble y devota, que descuidó a todos mis hermanos y hermanas y supervisó personalmente mi educación, habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a estudiar en la escuela. Ser el hijo favorito de una mujer buena es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años de edad, mi padre tuvo el infortunio de morir. Había tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, que ocurrió en la mesa de comer sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Le habían notificado esa misma mañana, que se le había concedido la patente de un dispositivo para reventar cajas fuertes con presión hidráulica, sin ruido. El comisionado de patentes lo había calificado como la más ingeniosa, efectiva y, en general, meritoria invención que jamás se le hubiera sometido, y mi padre había visto adelante, naturalmente, una era dorada de prosperidad y honor. Su muerte súbita fue, por lo tanto, una profunda decepción para él; pero mi madre, cuyas piedad y resignación a la voluntad del cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba al parecer menos afectada. Hacia el término de la comida, cuando el pobre cuerpo de mi padre fue removido del suelo, nos llamó a todos a la habitación contigua y se dirigió a nosotros como sigue:
-Mis niños, el extraño suceso que ustedes recién han atestiguado, es uno de los incidentes más desagradables en la vida de un hombre bueno, y uno que me da poco placer, les aseguro. Les ruego que crean, que yo no he metido la mano para causarlo. Desde luego- añadió después de una pausa, durante la que sus ojos se abatieron en un pensamiento profundo-, desde luego, es mejor que esté muerto.
Ella profirió eso con tan evidente sentido de su obviedad, como una verdad tan evidente en sí misma, que ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su sorpresa, pidiendo una explicación. El aire de sorpresa de mi madre, cuando alguno de nosotros se equivocaba de algún modo, nos parecía muy terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor, yo me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus sencillas palabras: "¡John, tú me sorprendes!", me parecieron una reprobación tan aguda que, después de una noche de insomnio, fui hasta ella con lágrimas y, arrojándome a sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por sorprenderte!". Así ahora todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que sería un asunto más tenue aceptar sin preguntas, la declaración de que era mejor de algún modo, para nuestro querido padre, estar muerto. Mi madre continuó:
-Yo debo decirles, mis niños, que en caso de una muerte súbita y misteriosa, la ley requiere que venga el forense, y corte el cuerpo en pedazos y los someta a un número de hombres que, habiéndolo inspeccionado, lo califican como persona muerta. Por eso el forense obtiene una gran suma de dinero. Yo deseo evitar esa penosa formalidad en esta instancia, eso es algo que nunca tuvo la aprobación de... de los restos. John -aquí mi madre volvió su rostro angelical hacia mí-, tú eres un muchacho educado, y muy discreto. Tú tienes ahora la oportunidad de demostrar tu gratitud, por todos los sacrificios que tu educación nos ha acarreado al resto de nosotros. John, ve y remueve al forense.
Inefablemente deleitado con esta prueba de confianza de mi madre, y por la oportunidad de distinguirme con un acto que cuadraba a mi disposición natural, me arrodillé ante ella, llevé su mano a mis labios y la bañé con lágrimas de sensibilidad. Esa tarde, antes de las cinco, yo había removido al forense.
Fui arrestado de inmediato y arrojado a la cárcel, donde pasé una noche muy incómoda, siendo incapaz de dormir debido a la profanidad de mis colegas prisioneros, dos clérigos, cuyo entrenamiento teológico les había dado una fertilidad de ideas impías, y un dominio del lenguaje blasfemo en absoluto sin paralelo. Pero ya entrada la mañana el carcelero, que durmiendo en la habitación contigua fue disturbado igualmente, entró a la celda y, con un juramento temeroso, advirtió a los caballeros reverendos que, si oía otra grosería más, su vocación sagrada no le impediría ponerlos en la calle. Después de eso, éstos moderaron su objetable conversación y la sustituyeron con un acordeón, y yo dormí con el sueño pacífico y refrescante de la juventud y la inocencia.
A la mañana siguiente fui llevado ante el juez superior, que sesionaba como magistrado de sentencia, y expuesto a mi examen preliminar. Yo me declaré no culpable, añadiendo que el hombre a quien había asesinado era un notorio demócrata. (Mi buena madre era republicana, y desde mi temprana infancia yo fui instruido por ella de forma cuidadosa, en los principios del gobierno honesto y la necesidad de suprimir a la oposición facciosa.) El juez, elegido por una caja de balota de fondo móvil, estaba visiblemente impresionado por la contundencia de mi declaración, y me ofreció un cigarrillo.
-Con la venia, su excelencia -empezó el abogado de distrito-, yo no considero necesario someter ninguna evidencia en este caso. Por la ley de la tierra, usted se sienta aquí como magistrado de sentencia. Por lo tanto, su deber es sentenciar. Un testimonio y un argumento parecidos, implicarían la duda de que su excelencia se propone cumplir con su deber jurado. Ese es mi caso.
Mi abogado, un hermano del forense difunto, se levantó y dijo: -Con la venia de la corte; mi estudiado amigo, por otro lado, ha declarado tan bien y elocuente la ley que gobierna este caso, que sólo me resta inquirir hasta dónde ya se ha cumplido. Es verdad, su excelencia es un magistrado de sentencia, y tanto como su deber es sentenciar: ¿qué? Ese es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propia discreción, y usted ha liberado ya sabiamente toda obligación que la ley imponga. Desde que yo conozco a su excelencia, usted no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio, perjurio, adulterio, asesinato; cada crimen del calendario y cada exceso conocido por los sensuales y los depravados, incluyendo a mi estudiado amigo, el abogado de distrito. Usted ha cumplido con todo su deber como magistrado de sentencia, y como no hay evidencia contra este joven meritorio, mi cliente, yo pido que sea liberado.
Se produjo un silencio impresionante. El juez se levantó, se puso la capa negra y, con una voz trémula de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia mi abogado, dijo de modo frío pero significativo:
-Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido de una forma tan consciente, contra el cargo de asesinar a su propio hermano -con quien tenía una pelea por unas tierras- había desaparecido, y su suerte hasta el día de hoy se desconoce.
Mientras tanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido enterrado secretamente a medianoche, en el patio trasero de su última residencia, con sus últimas botas puestas y el último contenido de su estómago no analizado. -Él se oponía a cualquier despliegue -dijo mi querida madre, mientras terminaba de apisonar la tierra sobre él y ayudaba a los niños a esparcir paja por el lugar-; sus instintos eran todos domésticos, y amaba la vida tranquila.
La solicitud de mi madre de las cartas de administración, declaraba que ella tenía buenas razones para creer que el difunto estaba muerto, pues éste no había venido a su comida en casa por varios días; pero el juez de la corte de Crowbait -como siempre la llamó después de modo despectivo- decidió que la prueba de muerte era insuficiente, y puso la propiedad en manos de un administrador público, que era su yerno. Se descubrió que los pasivos estaban equilibrados exactamente con los activos; había quedado sólo la patente del dispositivo para reventar cajas fuertes sin ruido, con presión hidráulica, y ésta había pasado a posesión del juez testamentario y el administrador público, como mi querida madre prefería deletrearlo. Así, en unos pocos breves meses, una acaudalada y respetable familia fue reducida de la prosperidad al crimen, la necesidad nos obligó a ir a trabajar.
En la selección de las ocupaciones, éramos gobernados por una variedad de consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación y demás. Mi madre abrió una selecta escuela privada para la instrucción del arte de cambiar las manchas en las alfombras de piel de leopardo; mi hermano mayor, George Henry, que tenía una vuelta para la música, se convirtió en corneta del asilo para sordomudos del vecindario; mi hermana, Mary Maria, aceptaba pedidos de esencias de llavines para aderezar los manantiales minerales del profesor Pumpernickel, y yo me establecí como ajustador y dorador de travesaños para patíbulos. Los demás niños, demasiado jóvenes para laborar, continuaron robando los artículos pequeños expuestos al frente de las tiendas, como se les había enseñado.
En nuestros intervalos de ociosidad, atraíamos a los viajeros a nuestra casa, y enterrábamos los cuerpos en el sótano.
En una parte de ese sótano teníamos vinos, licores y provisiones. Por la rapidez con que desaparecían, adquirimos la creencia supersticiosa de que los espíritus de las personas enterradas allí, venían de la muerte por la noche y tenían un festín. Al menos era cierto que con frecuencia, por la mañana, solíamos descubrir fragmentos de carnes encurtidas, mercancías enlatadas y ciertos despojos esparcidos por el lugar, aunque éste había sido cerrado de forma segura y trancado contra la intrusión humana. Se propuso remover las provisiones y almacenarlas en otro lugar, pero nuestra querida madre, siempre generosa y hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a la exposición; si a los fantasmas les era negada esa satisfacción insignificante, podrían poner en marcha una investigación, que derribaría nuestro esquema de división del trabajo, desviando las energías de toda la familia hacia la simple industria que yo perseguía: todos nosotros podríamos decorar los travesaños de los patíbulos. Aceptamos su decisión con la filial sumisión, debida a nuestra reverencia a la sabiduría de su palabra y a la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -nadie se atrevía a entrar solo-, empeñados en ofrecer al alcalde de un pueblo contiguo los oficios solemnes del entierro cristiano, -mi madre y los niños pequeños teniendo una vela cada uno, mientras George Henry y yo laborábamos con la pala y el pico- mi hermana Mary Maria dio un aullido y se cubrió los ojos con las manos. Todos estábamos asustados y con espanto, y las exequias del alcalde fueron suspendidas al instante, mientras que, con rostros pálidos y tonos trémulos, le rogamos a ella nos dijera qué la había alarmado. Los niños más pequeños estaban tan agitados, que tenían las velas de modo inestable, y las sombras ondeantes de nuestras figuras danzaban en las paredes con movimientos toscos y grotescos, y adoptaban las actitudes más espectrales. El rostro del hombre muerto, ya brillando con palidez en la luz, ya apagándose bajo alguna sombra flotante, parecía tomar con cada emersión una expresión nueva y más repulsiva, una amenaza más maligna. Asustadas incluso más que nosotros por el grito de la niña, las ratas corrieron en multitud por el lugar, chillando de forma penetrante, o mirando con ojos inmutables la negra opacidad de alguna esquina distante; meros puntos de luz verde, haciendo juego con la tenue podredumbre fosforescente que llenaba la tumba medio excavada, y que parecía la visible manifestación de ese tenue olor a mortalidad que viciaba el aire insalubre. Los niños ahora sollozaban y se pegaban a las piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, y nosotros estábamos cerca de ser dejados en la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía con lentitud hacia arriba, desde la tierra disturbada, y rebasaba los bordes de la tumba como una fuente.
Mientras tanto mi hermana, agachada sobre la tierra que había sido arrojada fuera de la excavación, se había movido las manos del rostro y estaba mirando con ojos dilatados un espacio oscuro entre dos barriles de vino.
-¡Ahí está!, ¡ahí está! -chilló, señalando-. ¡Dios del cielo!, ¿no pueden verlo?
¡Y en verdad estaba allí!, una figura humana apenas discernible en la tiniebla; una figura que ondeaba de un lado al otro, como a punto de caerse, agarrándose de los barriles de vino para apoyarse, había dado un paso inestable hacia adelante, y por un momento se había revelado a la luz de los restos de nuestras velas; luego surgió con pesadez y cayó postrada en la tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la figura, el rostro y el porte de nuestro padre -¡muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos!- ¡nuestro padre, indudablemente resucitado y terriblemente borracho!
En los incidentes de nuestro vuelo precipitado de ese lugar horrible; en la extinción de todo sentimiento humano en ese tumultuoso, loco treparse por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, tirando el uno del otro y gateando el uno por la espalda del otro, las luces apagadas, los bebés pisoteados por los pies de sus fuertes hermanos, y lanzados de vuelta a la muerte ¡por un brazo maternal!, en todo eso no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi hermana mayores y yo escapamos, los otros se quedaron abajo, para perecer de sus heridas o de su terror, algunos quizá por las llamas. Pues en una hora nosotros cuatro, juntando apurados el dinero y las joyas que teníamos, y la ropa que podíamos cargar, incendiamos la vivienda y huimos bajo sus luces hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése era el único pecado de omisión que pesaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo las circunstancias, el cielo le perdonaría el descuido.
Unos diez años después de nuestra movida de los escenarios de mi infancia, yo, entonces un falsificador próspero, regresé disfrazado al lugar con vistas a obtener, de ser posible, cierto tesoro que nos pertenecía, que había sido enterrado en el sótano. Puedo decir que no fui exitoso: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas, había puesto a las autoridades a excavar por más. Habían hallado el tesoro y lo habían guardado, para su honestidad. La casa no se había reconstruido, todo el suburbio, de hecho, era una desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos no terrenos se habían reportado en los contornos, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien preguntar o molestar, resolví satisfacer mi piedad filial echando una mirada, una vez más, al rostro de mi amado padre, por si en verdad nuestros ojos nos habían engañado y él seguía aún en su tumba. Recordé también, que él siempre había usado un enorme anillo de diamante, y sin haberlo visto nunca, ni haber oído de éste desde su muerte, tenía una razón para pensar que podía haber sido enterrado con él. Procurando una pala, localicé pronto la tumba en lo que había sido el patio trasero, y empecé a excavar. Cuando había llegado unos cuatro pies abajo, todo el fondo de la tumba cayó y me precipité a un extenso desagüe, cayendo por un largo hueco en su arco demolido. No había ni un cuerpo, ni ningún vestigio de éste.
Incapaz de salir de la excavación, me arrastré por el desagüe y, tras remover con cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de mampostería ennegrecida que lo obstruía, emergí a lo que había sido aquel sótano funesto.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa hubiera causado que le “cayera mal” la comida (y yo pienso, que mi santa madre podría haber arrojado alguna luz sobre ese asunto), había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había excavado de modo accidental sobre el desagüe olvidado, y abajo, casi hasta la corona de su arco, y no se había usado ningún ataúd; sus esfuerzos por sobrevivir habían roto la mampostería podrida, y había caído por ésta, escapando finalmente hacia el sótano. Sintiendo que no era bienvenido en su propia casa, pero no teniendo otra, había vivido en reclusión subterránea, como un testigo de nuestra frugalidad y un pensionista de nuestra providencia. Era él quien se había comido nuestra comida, era él quien se había bebido nuestro vino, ¡no era mejor que un ladrón! En un momento de intoxicación, y sintiendo, sin dudas, esa necesidad de compañía que es el único vínculo compasivo entre un borracho y su raza, había dejado su lugar de escondite en un instante extrañamente importuno, acarreando las consecuencias más deplorables para sus más cercanos y queridos, un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.

Título original: A Bottomless Grave, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, febrero de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Singer Sargent, Florentine Wine Cellar, 1882.