jueves, 22 de octubre de 2009

Un diagnóstico de muerte


-Yo no soy tan supersticioso como algunos de sus médicos; los hombres de ciencia, como les complace ser llamados -dijo Hawver, replicando a una acusación que no había sido hecha-. Algunos de ustedes, sólo unos pocos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que no tienen la honestidad de llamar fantasmas. Yo no voy más lejos de la convicción de que los vivos, a veces, son vistos donde no están pero han estado; donde han vivido mucho tiempo, quizás de un modo tan intenso, como para haber dejado su impresión en todo lo que les rodeaba. Yo sé, en verdad, que un ambiente puede ser tan afectado por una persona, como para producir, mucho tiempo después, una imagen de sí misma en los ojos de otra. Indudablemente, la persona impresa tiene que ser el tipo justo de persona, como los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos; los míos, por ejemplo.
-Sí, el tipo justo de ojos, las sensaciones convincentes para el tipo erróneo de cerebro -dijo el dr. Frayley, sonriendo.
-Gracias, a uno le gusta tener una expectativa satisfecha; esto es sobre la réplica, que yo supuse usted tendría la cortesía de hacer.
-Perdóneme. Pero usted dice que lo sabe. Eso es fácil de decir, ¿no cree? Quizás, usted no tendrá problema para decirme cómo lo supo.
-Usted lo llamaría una alucinación- dijo Hawver-, pero eso no importa. Y contó la historia.
El último verano yo fui, como sabe, a pasar el término del tiempo caluroso al pueblo de Meridian. El pariente, en cuya casa había intentado quedarme, estaba enfermo, así que busqué otro alojamiento. Después de alguna dificultad, tuve éxito en rentar una vivienda vacante, que había estado ocupada por un doctor excéntrico de nombre Mannering, que se había ido años antes nadie sabía a dónde, ni incluso su agente. Él había construido la casa él mismo, y había vivido en ésta con un viejo sirviente, por cerca de diez años. Su práctica, nunca muy extensa, después de unos años se había agotado por entero. No sólo eso, sino que él mismo se había apartado, casi por completo, de la vida social, y se había convertido en un recluso. A mí me dijo el doctor de la villa, la única persona con quien mantuvo alguna relación, que durante su retiro se había dedicado a una única línea de estudio, cuyo resultado había expuesto en un libro, que no se comendó a la aprobación de sus hermanos de profesión, quienes, en verdad, lo consideraban a él no sano por entero. Yo no he visto el libro, y no puedo ahora recordar su título, pero me han dicho que éste exponía una teoría, más bien, de espanto. Él mantenía que era posible, en muchos casos, que una persona de buena salud pronosticara su muerte con precisión, varios meses antes del suceso. El límite, yo creo, era dieciocho meses. Hubo cuentos locales, de que él había ejercido sus poderes de pronóstico, o quizás usted diría de diagnóstico; y se dijo que en cualquier instancia la persona, a cuyos amigos había advertido, había muerto de súbito en el tiempo señalado, y sin una causa asignada. Todo esto, de algún modo, no tiene nada que ver con lo que tengo que decir, yo pensé que podría divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, justo como cuando él había vivido en ésta. Era una vivienda más bien lúgubre, para alguien que no era ni un recluso ni un estudiante, y yo pienso que me dio algo de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; pues siempre sentí en ésta cierta melancolía, que no estaba en mi disposición natural, ni pienso, era debido a la soledad. Yo no tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre fui, como usted sabe, más bien aficionado a mi propia sociedad, siendo muy adicto a la lectura, aunque poco al estudio. Cualquiera fuera la causa, el efecto fue el desaliento y una sensación de mal inminente; eso era, especialmente, en el estudio del dr. Mannering, aunque esa habitación era la más luminosa y aireada de la casa. El retrato al óleo del doctor a tamaño natural, colgaba en esa habitación y parecía dominarla por completo. No había nada inusual en la pintura; el hombre era, evidentemente, bien parecido más bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metálico, un rostro bien afeitado y unos ojos serios, oscuros. Algo en la pintura siempre atraía y retenía mi atención. La apariencia del hombre se volvió familiar para mí, y más bien me hechizó.
Una noche, yo pasaba por esa habitación hacia mi dormitorio, con una lámpara, no había gas en Meridian. Me paré como de costumbre ante el retrato, que parecía tener a la luz de la lámpara una nueva expresión, no fácil de definir pero claramente extraña. Me interesó pero no me disturbó. Yo moví la lámpara de un lado a otro, y observé los efectos de la luz alterada. Mientras estaba ocupado en eso, sentí el impulso de voltearme. Y al hacerlo, ¡vi a un hombre que se movía por la habitación directo hacia mí! Tan pronto se acercó lo suficiente, para que la luz de la lámpara iluminara el rostro, vi que era el dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato estuviera caminando!
-Le pido disculpas -dije, algo fríamente-, pero si usted tocó, yo no lo oí.
Él me pasó a un palmo de distancia, levantó su dedo índice derecho como en advertencia y, sin una palabra, salió de la habitación, aunque yo observé su salida no más, de lo que había observado su entrada.
Por supuesto, no necesito decirle que eso fue, lo que usted llamaría una alucinación, y yo llamaría una aparición. Esa habitación tenía sólo dos puertas, una de las cuales estaba cerrada, la otra llevaba al dormitorio, de donde no había salida. Mi sensación al entender eso, no es una parte importante del incidente.
Indudablemente, esto le parecerá un “cuento de fantasmas”, un lugar muy común, algo construido sobre las líneas regulares dejadas por los viejos maestros del arte. Si fuera así, no se lo habría contado, incluso si fuera verdad. El hombre no estaba muerto, yo lo encontré hoy en la calle Unión. Me pasó por el lado entre la multitud.
Hawver había terminado su historia, y ambos hombres se quedaron en silencio. El dr. Frayley, de modo ausente, tamborileó en la mesa con sus dedos.
-¿Le dijo alguna cosa hoy?- preguntó-, ¿alguna cosa, por la que usted hubiera inferido que él no estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
-Quizás- continuó Frayley-, hizo una señal, un gesto, levantó un dedo como en advertencia. Es una treta que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.
-Sí, lo hizo, justo al hacer su aparición. ¡Pero, buen Dios! ¿Usted lo conoció alguna vez?
Hawver, al parecer, se estaba poniendo nervioso.
-Yo lo conocía. Había leído su libro, como hará todo médico algún día. Es una de las más sorprendentes e importantes contribuciones del siglo a la ciencia médica. Sí, yo lo conocía, lo atendí en su enfermedad hace tres años. Él murió.
Hawver saltó de su silla, visiblemente disturbado. Caminó atrás y adelante por la habitación, luego se aproximó a su amigo y, con una voz no serena por completo, dijo: -Doctor, ¿usted tiene algo que decirme, como médico?
-No, Hawver, usted es el hombre más saludable que yo he conocido. Como amigo, le aconsejo que vaya a su habitación. Usted toca el violín como un ángel. Tóquelo, toque algo ligero y avivado. Saque ese maldito mal negocio de su mente.
Al día siguiente Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello, el arco sobre las cuerdas, su música abierta ante él en la marcha fúnebre de Chopin.

Título original: A Diagnosis of Death, publicado por primera vez en The New York Journal, diciembre de 1901, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Singer Sargent, Self Portrait, 1906.