domingo, 11 de octubre de 2009

Las visiones de la noche


Yo abrazo la creencia, de que el don del sueño es una valiosa dote literaria, de que si con algún arte no entendido ahora se pudieran captar, fijar y poner en servicio las fantasías elusivas que éste suministra, tendríamos una literatura que “excedería lo aceptable”. En cautiverio y domesticado ese don podría, sin dudas, ser mejorado de forma admirable, así como los animales educados en el servicio adquieren nuevas capacidades y poderes. Al domesticar nuestros sueños doblaríamos nuestras horas laborales, y nuestra labor más fructífera se realizaría durmiendo. Incluso, como son las cosas, la tierra de los sueños es una provincia tributaria, como lo atestigua Kubla Khan.
¿Qué es un sueño? Una disuelta e ilícita colocación de recuerdos, una dispersa sucesión de cuestiones que una vez estuvieron presentes en la conciencia despierta. Es una resurrección de los muertos -los antiguos y los modernos, los justos y los injustos-, emergiendo con atropello de sus tumbas agrietadas, cada uno “con el mismo hábito con que vivió”, apurándose en confusión para tener una audiencia con el Maestro del Placer, y agarrándose las vestiduras los unos a los otros mientras corren. ¿El Maestro? No, ése adjudicó de su autoridad y ellos tienen su voluntad, él mismo está muerto y no se levanta con los restantes. Su juicio se ha perdido también, y con éste la capacidad de ser sorprendido. Él puede ser lastimado y complacido, aterrado y encantado, pero no puede sentir la maravilla. Lo monstruoso, lo prepóstero, lo antinatural son todas cosas sencillas, directas y racionales. Lo ridículo no divierte, ni lo imposible asombra. El soñador es vuestro único poeta verdadero, es de una “imaginación compacta”.
La imaginación es meramente un recuerdo. Intenten imaginar algo que nunca hayan observado, sentido, oído o leído. Intenten concebir, por ejemplo, un animal sin cuerpo, cabeza, miembros o cola, una casa sin paredes ni tejado. Sin embargo, cuando estamos despiertos, asistidos por la voluntad y el juicio, podemos controlar y dirigir de algún modo, podemos recoger y escoger del almacén de los recuerdos, tomando lo que sirve y excluyendo, aunque a veces con dificultad, lo que no es para el propósito; dormidos, nuestras fantasías “nos son inherentes”. Vienen tan agrupadas, tan mezcladas y compuestas unas con otras, tan fundidas con los elementos de las otras, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas unidades del concepto están ahí, y no a un lado. Despiertos o dormidos, no recibimos de la imaginación nada nuevo, excepto nuevos ajustes; “la materia de la que están hechos los sueños” ha sido recogida por los sentidos físicos y almacenada en la memoria, así como las ardillas guardan las nueces. Pero, por lo menos, uno de los sentidos no contribuye en nada a la fábrica de los sueños: nadie soñó nunca un olor. La vista, el oído, el tacto, posiblemente el gusto, son todos trabajadores que buscan provisiones para nuestra distracción nocturna, pero el sueño no tiene nariz. Sorprende que esos observadores perspicaces, los poetas antiguos, no describieran al Dios adormecido, y que sus sirvientes obedientes, los escultores antiguos, no lo expusieran tampoco. Acaso esos notables últimos, trabajando para la posteridad, razonaron que el tiempo y el infortunio revisarían, de forma inevitable, sus trabajos en ese sentido, conformando éstos a los hechos de la naturaleza.
¿Quién es capaz de relatar un sueño así, que éste se asemeje a uno? Ningún poeta tiene un tacto tan fino. Es como intentar escribir la música de un arpa eólica. Hay una especie familiar del género Aburrido (Penetrator intolerabilis) que, habiendo leído una historia -acaso de algún maestro del estilo-, se toma el trabajo de exponer de modo elaborado su trama, para vuestra edificación y deleite; luego piensa, el alma buena, que ahora ustedes no necesitan leerla. "Bajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes" (como reza una ley comercial inter-estatal), yo no debería ser culpable de tal ofensa; pero me propongo asimismo exponer las tramas de ciertos sueños míos, "siendo las condiciones y circunstancias", como yo concibo, disímiles en que los sueños, en sí mismos, no son accesibles al lector. En mi esfuerzo por hacer un registro de sus partes más pobres, yo no abrigo la esperanza de un gran éxito. No tengo sal para poner en la cola del espíritu elusivo de los sueños.
Yo caminaba al atardecer por una gran foresta de árboles de aire no familiar. ¿Desde dónde y hacia dónde?, no lo sabía. Yo tenía la sensación de la vasta extensión del bosque, la conciencia de que era el único ser viviente en éste. Estaba poseído por algún hechizo horrible, en expiación de un crimen olvidado y cometido, según suponía con vaguedad, hacia el amanecer. Mecánicamente y sin esperanza, andaba bajo las ramas de los árboles gigantes, por un sendero estrecho, penetrando en las maléficas soledades de la foresta. Llegué por último a un arroyo, que fluía oscuro y con pereza a través de mi sendero, y vi que era sangre. Doblando a la derecha, lo seguí por una distancia considerable, y pronto llegué a un pequeño claro circular de la foresta, lleno de una luz tenue e irreal, bajo la que vi, en el centro del claro, un depósito profundo de mármol blanco. Estaba lleno de sangre, y la corriente que yo había seguido era su desagüe. Alrededor del depósito, entre éste y la foresta que lo cercaba, -un espacio de acaso unos diez pies de anchura, cubierto por enormes losas de mármol- había cuerpos de hombres muertos, una veintena; aunque no los conté, yo sabía que su número tenía alguna relación significante y portentosa con mi crimen. Posiblemente, marcaba el tiempo en siglos desde que lo había cometido. Yo sólo reconocía lo acertado del número, y lo sabía sin contarlo. Los cuerpos estaban desnudos y colocados de forma simétrica alrededor del depósito central, radiando de éste como los rayos de una rueda. Los pies estaban afuera, las cabezas colgaban al borde del depósito. Cada uno yacía tendido de espalda, con la garganta cortada, la sangre manaba de la herida con lentitud. Yo miraba todo eso inmóvil. Era el resultado natural y necesario de mi ofensa, y no me afectaba; pero allí había algo que me llenaba de aprensión y terror, una pulsación monstruosa, que latía con una recurrencia lenta e inexorable. Yo no sabía a cuál de mis sentidos se dirigía, o si hallaba su camino a mi conciencia por alguna vía ignorada por la ciencia y la experiencia. La regularidad despiadada de ese vasto ritmo era demencial. Yo era consciente de que invadía la foresta entera, y era la manifestación de cierta malevolencia gigantesca e implacable.
De este sueño no tengo un posterior recuerdo. Probablemente, dominado por un terror que, sin dudas, tenía su origen en el malestar de una circulación impedida, grité y fui despertado por el sonido de mi propia voz.
El sueño, cuyo esqueleto voy a presentar ahora, se produjo en mi temprana juventud. Yo no podría tener más de dieciséis años. Ahora tengo más, considerablemente, y recuerdo los incidentes de un modo tan vívido, como cuando la visión tenía “una hora de edad”, y yo yacía encogido bajo la cobija, y temblando con el terror del recuerdo.
Yo estaba solo en una planicie ilimitada, en la noche; en mis pesadillas siempre estoy solo, y es de noche usualmente. No había árboles a la vista, en ningún lugar, ni rastros de hombre, ni riachuelos ni colinas. La tierra parecía cubierta de una vegetación corta, gruesa que estaba negra e hirsuta, como si la llanura hubiera sido barrida por el fuego. Mi camino, mientras yo iba adelante sin saber con qué propósito, estaba cortado aquí y allá por pequeñas lagunas de agua, que ocupaban hondonadas poco profundas, como si al fuego hubiera seguido la lluvia. Esas lagunas estaban en todas partes, y se desvanecían y aparecían de nuevo, mientras unas nubes oscuras, pesadas se movían por esas partes del cielo que éstas reflejaban, y al pasar descubrían de nuevo el brillo metálico de las estrellas, a cuya luz álgida las aguas brillaban con un lustre negro. Mi senda iba hacia el oeste, donde ardía una luz carmesí a lo largo del horizonte, bajo largos jirones de nubes, dando ese efecto de distancia inmensa que he aprendido a observar en las pinturas de Doré, donde en cada trazo de su mano yace un portento y una maldición. Mientras yo andaba veía, delineadas contra ese fondo tenebroso, las siluetas de unas torres y almenas que se expandían a cada milla de mi viaje, y crecían finalmente hasta unas alturas y anchuras impensables, hasta que el edificio conformó un ángulo de vista amplio, pero no pareció más cercano que antes. Desanimado y sin esperanza, avanzaba con dificultad por la maldita y abominable llanura, y la poderosa estructura seguía creciendo, hasta que no la pude abarcar con la mirada, y sus torres taparon las estrellas directo en lo alto; entonces entré por un portón abierto, entre unas columnas de mampostería ciclópea, cuyas mismas piedras eran más largas que la casa de mi padre.
Adentro todo era vaciedad, todas las cosas estaban cubiertas por el polvo de la deserción. Una luz tenue -la luz ilícita de los sueños, suficiente en sí misma- me permitía pasar de corredor en corredor, de aposento en aposento, todas las puertas cedían a mi mano. En los aposentos había una larga distancia entre pared y pared, yo nunca alcancé el final de ningún corredor. Mis pisadas emitían ese extraño sonido cóncavo, que sólo se oye en las viviendas abandonadas y las tumbas arrendadas. Vagué horas por esa soledad horrible, consciente del propósito buscado, pero no sabiendo lo que buscaba. Por último, en lo que concebí como un ángulo extremo del edificio, entré a un aposento de dimensión ordinaria, que tenía una sola ventana. Por ésta vi la misma luz carmesí, yaciente aún a lo largo del horizonte, en las distancias inmensas del oeste, como una condena visible, y la reconocí como el fuego dilatado de la eternidad. Mirando la amenaza rojiza de su fulgor lóbrego y siniestro, me llegó esa verdad espantosa que años más tarde, como una fantasía extravagante, me esforcé por expresar en un verso:

El hombre está muerto por largas eras en todas las zonas,
los ángeles se han ido todos a tumbas ignoradas;
los diablos también están lo suficiente fríos, al fin,
¡y Dios yace muerto ante el gran trono blanco!

La luz era impotente para disipar la oscuridad del aposento, y pasó algún tiempo antes de que yo descubriera, en el ángulo más lejano, el contorno de una cama, y me aproximé a ésta con una presencia de malestar. Yo sentía que aquí, de algún modo, el mal negocio de mi aventura iba a terminar con algún clímax horrible, pero no podía resistir al hechizo que me compelía a culminarla. Sobre la cama, vestido en parte, yacía el cuerpo muerto de un ser humano. Yacía tendido de espalda, con los brazos derechos a los costados. Al inclinarme sobre éste, lo que hice con asco pero sin miedo, pude ver que estaba descompuesto de una forma espantosa. Las costillas sobresalían en la carne curtida; a través de la piel del vientre hundido, se podían ver las protuberancias de la espina dorsal. El rostro estaba negro y arrugado, y los labios, corridos de los dientes amarillos, lo maldecían con una sonrisa horrenda. Una llenura bajo los párpados cerrados parecía indicar, que los ojos habían sobrevivido al destrozo general, y era verdad, pues mientras yo me inclinaba, éstos se abrieron con lentitud y se clavaron en los míos con un saludo sereno, estable. Imaginen mi horror como puedan, mis palabras no pueden asistirme en el concepto, ¡los ojos eran los míos! Ese fragmento del vestigio de una raza perdida, ese ser indecible que ni el tiempo ni la eternidad habían borrado por entero, ese odioso y aborrecible desecho de mortalidad, aún sensible después de la muerte de Dios y de los ángeles, ¡era yo!
Hay sueños que se repiten en sí mismos. De esa clase hay uno mío, que parece lo suficiente singular para justificar su narración, aunque yo temo en verdad que el lector va a pensar, que los reinos de los sueños no son otra cosa, que un feliz coto de caza para mi alma vagante nocturna. Eso no es verdad, un gran número de mis incursiones a la tierra de los sueños, y supongo que muchas de las demás, tuvieron los resultados más felices. Mi imaginación regresa al cuerpo como una abeja a la colmena, cargada de un botín que, asistido por la razón, se trasmuta en miel y almacena en las celdas de la memoria, para ser una alegría por siempre. Pero el sueño que estoy a punto de relatar tiene un carácter doble, es una experiencia extrañamente espantosa, pero el horror que inspira es tan ridículamente desproporcionado respecto al incidente que lo produce, que en el recuerdo su fantasía divierte.
Yo pasaba por un claro abierto en un país de bosques escasos. Entre el cordón de árboles aislados, que rodeaban el espacio irregular, había vislumbres de campos cultivados y hogares de extrañas inteligencias. Debía ser cerca del amanecer, pues una luna casi llena bajaba por el oeste, mostrando un rojo sangriento a través de una neblina que alteraba el paisaje de modo fantástico. La hierba bajo mis pies era densa por el rocío, y toda la escena era la de una mañana del verano temprano, iluminada por la luz extraña de la luna llena poniente. Junto a mi sendero había un caballo, que mascaba el herbaje de forma visible y audible. Éste levantó la cabeza cuando yo estaba a punto de pasar, me saludó sin moverse por un instante, luego caminó hacia mí. Era blanco como la leche, de aire manso y aspecto amigable. Yo me dije a mí mismo: “Este caballo es un alma gentil”, y me detuve para acariciarlo. Él mantenía sus ojos fijos en los míos, se acercó y me habló con una voz humana, con palabras humanas. Eso no me sorprendió, pero me aterró, y al instante regresé a nuestro mundo.
El caballo siempre habla mi propia lengua, pero yo nunca sé lo que dice. Supongo que me esfumo de la tierra de los sueños, antes de que él termine de expresar lo que tiene en mente, dejándolo, sin dudas, tan sumamente aterrado con mi súbita desaparición, como yo con su manera de abordarme. Yo daría mucho por saber el sentido de su mensaje.
Acaso una mañana lo entienda, y no regrese nunca más a nuestro mundo.

Título original: Visions of the night, publicado por primera vez en The Cosmopolitan, marzo de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Artyom Vlaskin, Night castle, XXI.