jueves, 15 de octubre de 2009

La vid de una casa


A unas tres millas del pequeño pueblo de Norton, en Missouri, en el camino que conduce a Maysville, se levanta una casa vieja que fue ocupada, últimamente, por una familia de apellido Harding. Desde 1886 nadie ha vivido en ésta, ni nadie ha querido vivir de nuevo. El tiempo y el disfavor de las personas que habitan sus contornos, la han convertido más bien en una ruina pintoresca. Un observador no conocedor de su historia, la pondría con dificultad en la categoría de las "casas embrujadas", aunque en toda la región a la redonda tal es su mala reputación. Sus ventanas están sin cristales, sus entradas sin puertas, hay anchas roturas en el tejado de bardas, y por la falta de pintura el entablado es de un gris parduzco. Pero esos signos infalibles de lo sobrenatural están ocultados parcial, y mitigados mayormente por el follaje abundante de una larga vid, que desborda la estructura completa. Esa vid -de una especie que ningún botánico jamás ha sido capaz de nombrar- tiene un papel importante en la historia de la casa.
La familia Harding consistía de Robert Harding, su esposa Matilda, la señorita Julia Went, que era su hermana, y dos niños pequeños. Robert Harding era un hombre silencioso, de frías maneras, que no hizo amigos en el vecindario y, al parecer, no le importaba hacer ninguno. Tenía unos cuarenta años de edad, era frugal y laborioso, y se ganaba la vida en la granja pequeña, que ahora estaba cubierta de maleza y zarzas. Él y su cuñada eran más bien un tabú para sus vecinos, quienes parecían pensar que ellos eran vistos juntos con demasiada frecuencia; no era culpa suya por completo, pues en esos tiempos ellos, evidentemente, no reputaron la observación. El código moral del Missouri rural era severo y exigente.
La sra. Harding era una mujer gentil, de ojos tristes, a quien le faltaba el pie izquierdo.
En algún momento de 1884, se supo que ella había ido a visitar a su madre en Iowa. Eso fue lo que dijo su esposo en respuesta a las preguntas, y su manera de decirlo no animaba a inquirir más. Ella nunca regresó, y dos años más tarde, sin vender su granja o cualquier cosa que fuera suya, o designar a un agente que velara por sus intereses, o trasladar sus bienes domésticos, Harding, con el resto de la familia, abandonó la comarca. Nadie sabía a dónde había ido, a nadie en ese tiempo le importó. Naturalmente, todo lo del lugar que era mudable, pronto desapareció, y la casa desierta se volvió “embrujada”, a la manera de su clase.
Una tarde de verano, cuatro o cinco años después, el rev. J. Gruber, de Norton, y un abogado de Maysville, nombrado Hyatt, se juntaron montados a caballo frente al lugar de Harding. Teniendo cuestiones de negocio que discutir, amarraron a sus animales y fueron a la casa, y se sentaron en el portal a conversar. Alguna referencia humorística a la reputación sombría del lugar fue hecha, y olvidada tan pronto como expresada, y hablaron de sus asuntos de negocios hasta que se hizo casi oscuro. La noche era opresivamente calurosa, con un aire estancado.
Al rato, ambos hombres saltaron de sus asientos con sorpresa: una vid larga, que cubría la mitad del frente de la casa, y colgaba sus ramas del borde del portal, sobre ellos, se agitó de modo visible y audible, temblando con cada tallo y hoja de modo violento.
-Vamos a tener tormenta-, exclamó Hyatt.
Gruber no dijo nada, pero dirigió en silencio la atención del otro hacia el follaje de los árboles adyacentes, que no mostraban movimiento; incluso, las delicadas puntas de las siluetas de las ramas contra el cielo claro, estaban inmóviles. Bajaron apurados por los peldaños a lo que había sido un césped, y miraron hacia arriba a la vid, cuya longitud completa era ahora visible. Ésta continuó con su agitación violenta, aunque ellos no podían discernir la causa del disturbio.
-Vamos a irnos-, dijo el ministro.
Y se fueron. Olvidando que habían viajado en direcciones opuestas, se alejaron montando juntos. Fueron a Norton, donde relataron su extraña experiencia a unos cuantos amigos discretos. La tarde siguiente, sobre la misma hora, acompañados de otros dos, cuyos nombres no se recuerdan, estaban de nuevo en el portal de la casa de Harding, y el misterioso fenómeno ocurrió de nuevo: la vid se agitó de modo violento, mientras que, ni el escrutinio más cercano de la raíz a la punta, ni sus fuerzas combinadas aplicadas al tronco, sirvieron para aquietarla. Después de una hora de observación se retiraron, no menos sabios, se piensa, que cuando habían llegado.
Éstos hechos singulares no requirieron mucho tiempo, para despertar la curiosidad del vecindario completo. De día y de noche una multitud de personas se reunió en la casa de Harding, "buscando una señal." No parece que alguien la hallara, pero lo mencionado por los testigos era tan creíble, que nadie dudó de la realidad de las "manifestaciones" que ellos habían testificado.
Por alguna feliz inspiración o algún designio destructivo, un día se propuso -nadie parecía saber de quien vino la sugerencia- desenterrar la vid, y después de un buen debate, se hizo eso. No se encontró nada más que la raíz, ¡pero nada pudo haber sido más extraño!
A cinco o seis pies desde el tronco, que tenía en la superficie de la tierra un diámetro de varias pulgadas, ésta corría hacia abajo sola y directa, hacia la tierra suelta, friable; luego se dividía y subdividía en raicitas, fibras y filamentos, la mayoría curiosamente entrelazadas. Cuando fueron libradas del suelo con cuidado, éstas mostraron una formación singular. En sus ramificaciones y doblamientos sobre sí mismas hacían una red compacta, que tenía por su talla y forma un parecido asombroso a una figura humana. La cabeza, el tronco y los miembros estaban allí, incluso los dedos y los pies estaban claramente definidos, y muchos confesaron ver representados, en la distribución y disposición de las fibras de la masa globular, la cabeza y la grotesca sugerencia de un rostro. La figura estaba horizontal, las raíces más pequeñas habían empezado a unirse en el pecho.
En el punto de semejanza a la forma humana, la imagen era imperfecta. A unas diez pulgadas de una de las rodillas, el cilio que formaba la pierna se había doblado abruptamente hacia atrás y adentro, en el curso de su crecimiento. A la figura le faltaba el pie izquierdo.
No había más que una inferencia, la obvia, pero en la excitación siguiente fueron propuestos tantos cursos de acción, como consejeros incapaces había. La cuestión fue resuelta por el sheriff del condado que, como custodio legal de la propiedad abandonada, ordenó la sustitución de la raíz y el rellenado de la excavación con la tierra que había sido removida.
Más tarde la pesquisa sacó a la luz, solamente, un hecho de relevancia y significado: la sra. Harding nunca había visitado a sus parientes en Iowa, y ellos tampoco sabían que se suponía ella lo hubiera hecho.
De Robert Harding y el resto de su familia, no se sabe nada. La casa conserva su mala reputación, pero la vid replantada es un vegetal tan ordenado y de buena conducta, que una persona nerviosa podría desear sentarse bajo ésta en una noche agradable, cuando el saltamontes chirría su revelación inmemorial, y el distante chotacabras da a entender su noción de lo que debe hacerse al respecto.

Título original: A Vine on a House, publicado por primera vez en The Cosmopolitan, octubre de 1905, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Brush Country Cowboys (Detail), XX.