domingo, 25 de octubre de 2009

La isla de pinos


Por muchos años cerca del pueblo de Gallipolis, en Ohio, vivió un viejo llamado Herman Deluse. Muy poco se sabía de su historia, pues él mismo no quería hablar de ésta ni sufrir a los otros. Era una creencia común entre sus vecinos que había sido pirata, si había alguna mejor evidencia que su colección de garfios de abordaje, alfanjes y antiguas pistolas de chispa, nadie lo sabía. Vivía solo por completo en una casa pequeña de cuatro habitaciones, que se caía de podrida con rapidez y nunca fue reparada, más allá de lo requerido por el tiempo. Ésta se alzaba en una menuda elevación, en medio de un largo campo pedregoso, cubierto de zarzas y cultivado por parcelas, solamente, del modo más primitivo. Ésa era su única propiedad visible, que podía haberle brindado apenas un modo de vida, tan simple y magro como sus necesidades. Parecía tener siempre dinero al alcance, y pagaba en efectivo todas las compras con un rodeo por las tiendas del pueblo, sin comprar nunca más de dos o tres veces en el mismo lugar, hasta después de un lapso de tiempo considerable. Él no obtenía encomio, sin embargo, por esa distribución equitativa de su patrocinio, la gente se inclinaba a mirarlo como un intento ineficaz de ocultar su posesión de tanto dinero. Que él tenía grandes reservas de oro mal habido, enterradas en algún lugar de su vivienda hundida, no podía dudarlo de modo razonable ningún alma honesta, versada en los hechos de la tradición local y dotada de un sentido de lo propio de las cosas.
El 9 de noviembre de 1867 el viejo murió, al menos, su cuerpo muerto fue descubierto el 10, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas previas; cómo precisamente, fueron incapaces de decirlo, pues el examen post-mortem mostraba que todos los órganos estaban sanos en absoluto, sin indicio de desorden o violencia. Según ellos, la muerte debía haber tenido lugar hacia el mediodía, ya que el cuerpo fue hallado en la cama. El veredicto del médico forense fue que “había hallado su muerte a causa de una visita de Dios”. El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo del patrimonio.
Una búsqueda rigurosa no descubrió nada más, de lo que ya se sabía del hombre muerto, y la muy paciente excavación de los juiciosos y frugales vecinos, aquí y allá en la posesión, no dio recompensa. El administrador cerró la casa hasta el momento en que la propiedad, raíz y personal, fuera vendida por la ley, con vistas a sufragar parcialmente los gastos de la venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un furioso temporal sacudió la comarca alrededor, azotándola con una desoladora ventisca de aguanieve. Los grandes árboles fueron arrancados de la tierra y arrojados sobre los caminos. Nunca se había sabido de una noche tan salvaje en toda la región, pero hacia la mañana la tormenta se había sofocado y quedado sin aliento, y el día amaneció claro y radiante. Hacia las ocho de esa mañana, el rev. Henry Galbraith, un conocido y muy estimado ministro luterano, llegó a pie a su casa, a milla y media del lugar de Deluse. El sr. Galbraith había estado por un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un buque de vapor, y desembarcado en Gallipolis la tarde previa, había obtenido de inmediato una calesa y un caballo, y se había ido a casa. La violencia de la tormenta lo había rezagado por la noche, y por la mañana los árboles caídos lo habían obligado a abandonar su transporte y continuar el viaje a pie.
-¿Pero dónde pasaste la noche? -inquirió su esposa, después que él había relatado su aventura con brevedad.
-Con el viejo Deluse en la “isla de pinos” -fue su risible réplica-, y pasé un tiempo bastante sombrío en ésta. Él no hizo ninguna objeción a que me quedara, pero no le pude sacar ni una palabra.
Afortunadamente, en interés de la verdad, estaba presente en la conversación el sr. Robert Mosely Maren, abogado y littérateur de Columbus, el mismo que había escrito el delicioso Los papeles de Mellowcraft. Advirtiendo, aunque al parecer no compartiendo, el estupor causado por la respuesta del sr. Galbraith, esta persona perspicaz refrenó con un gesto las exclamaciones que naturalmente siguieron, e inquirió de modo tranquilo: -¿Cómo fue que usted entró allí?
Ésta es la versión del sr. Maren de la réplica del sr. Galbraith:
-Yo vi una luz moviéndose por la casa, y estando casi ciego por el aguanieve, y además medio helado, me dirigí a la entrada y amarré mi caballo en la vieja baranda del establo, donde está ahora. Entonces toqué la puerta, y al no recibir una invitación entré sin ninguna. La habitación estaba oscura, pero teniendo cerillos encontré una vela y la prendí. Intenté entrar a la habitación contigua, pero la puerta estaba trabada, y aunque yo oía las pesadas pisadas del viejo adentro, él no daba respuesta a mis llamadas. No había fuego en la chimenea, así que hice uno y me acosté (sic) delante de ésta, con mi sobretodo bajo mi cabeza, y me preparé para dormir. Muy pronto, la puerta que yo había probado se abrió en silencio, y el viejo entró llevando una vela. Le hablé con amabilidad, pidiéndole disculpas por mi intrusión, pero él no me advirtió. Parecía estar buscando algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus cuencas. Me pregunté si andaría en su sueño. Hizo un circuito en parte del camino, alrededor de la habitación, y salió de la misma forma que había entrado. Volvió a la habitación dos veces más antes de que yo me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y partiendo como al principio. En los intervalos lo oía vagando por toda la casa, sus pisadas eran claramente audibles en las pausas de la tormenta. Cuando me desperté por la mañana ya se había ido. El sr. Maren intentó algunas preguntas más, pero fue incapaz de contener las lenguas de los familiares por más tiempo; la historia de la muerte de Deluse y su entierro fue revelada, para gran estupor del buen ministro.
-La explicación de su aventura es muy sencilla -dijo el sr. Maren-. Yo no creo que el viejo Deluse ande en sueños, no en este suyo actual; pero usted, evidentemente, sueña en los suyos.
Y con esa visión del asunto, el sr. Galbraith se vio obligado a convenir con reticencia.
No obstante, a una hora tardía de la noche siguiente, estos dos caballeros se hallaban, acompañados por un hijo del ministro, en el camino enfrente de la casa del viejo Deluse. Había una luz adentro, ésta aparecía ya en una ventana, ya en otra. Los tres hombres avanzaron hacia la puerta. Justo al llegar a ésta, del interior vino una confusión de sonidos aterradores: ¡un choque de armas, de acero contra acero, de agudas explosiones, como de armas de fuego, de chillidos de mujeres, de gemidos y maldiciones de hombres en combate! Los investigadores se pararon por un momento, irresolutos, asustados. Entonces el sr. Galbraith probó la puerta. Ésta estaba trabada. Pero el ministro era un hombre de coraje, un hombre, además, con una fuerza hercúlea. Se retiró uno o dos pasos y se arrojó contra la puerta, golpeándola con su hombro derecho, y arrancándola del marco con un fuerte estruendo. En un momento los tres estuvieron adentro. ¡Oscuridad y silencio! El único sonido era el latido de sus corazones.
El sr. Maren se había provisto de cerillos y de una vela. Con cierta dificultad, producida por su excitación, prendió una luz, y procedieron a explorar el lugar, pasando de habitación a habitación. Todo estaba en disposición ordenada, como había sido dejado por el sheriff, nada había sido alterado. Una leve capa de polvo yacía en todas partes. La puerta trasera estaba semi abierta, como por descuido, y su primera idea fue que los autores de la juerga horrible pudieron haber escapado. La puerta fue abierta, y la luz de la vela brilló por el suelo. El expirado esfuerzo de la tormenta de la noche previa, había sido una leve caída de nieve; no había huellas, la blanca superficie estaba inviolada. Cerraron la puerta y entraron a la última habitación, de las cuatro que tenía la casa, la más alejada del camino, en un ángulo de la vivienda. Allí la vela en la mano del sr. Maren fue apagada de súbito por una corriente de aire. Casi de inmediato siguió el sonido de una caída pesada. Cuando la vela fue prendida de modo apurado, se vio al joven sr. Galbraith postrado en el suelo, a una pequeña distancia de los otros. Estaba muerto. Con una mano el cuerpo agarraba un pesado saco de monedas, cuyo posterior examen mostró eran todas de una vieja casa española. Directo sobre el cuerpo como yacía, había una tabla que había sido arrancada de sus sostenes en la pared, y era evidente que la bolsa había sido tomada de la cavidad así descubierta.
Otra pesquisa se hizo: otro examen post-mortem fracasó en revelar la probable causa de muerte. Otro veredicto de “la visita de Dios” dejó a todos en libertad de sacar sus propias conclusiones. El sr. Maren sostuvo que el joven había muerto de excitación.

Título original: The Isle of Pines, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, agosto de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Beyond The Ridge, XX.