domingo, 18 de octubre de 2009

El habitante de Carcosa


Pues hay diversas clases de muerte, algunas en las que el cuerpo permanece, y en algunas se desvanece por completo con el espíritu. Eso ocurre comúnmente sólo en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y nadie viendo el final, decimos que el hombre se ha perdido, o ido en un largo viaje, lo que en efecto ha hecho; pero a veces eso ha sucedido a la vista de muchos, como el abundante testimonio ha mostrado. En un tipo de muerte el espíritu muere asimismo, y se ha sabido que eso ha sucedido aún, mientras el cuerpo estuvo en vigor por muchos años. A veces, como se ha atestiguado verazmente, éste ha muerto con el cuerpo, pero después de una estación se ha elevado de nuevo, en ese lugar donde el cuerpo se había podrido.
Ponderando estas palabras de Hali (para quien el descanso de Dios), y cuestionando su sentido completo como uno quien, teniendo una intimación, aún duda de si no habrá algo más detrás de eso que ha discernido, no advertí dónde me había extraviado hasta que un súbito viento frío, golpeando mi rostro, revivió en mí la sensación de mis contornos. Yo observé con estupor que todo parecía no familiar. A todos mis costados se expandía la yerma y desolada extensión de una llanura, cubierta por una alta maleza de hierba reseca que susurraba y zumbaba bajo el viento del otoño, con saben los cielos qué sugestión misteriosa e inquietante. Sobresaliendo con largos intervalos arriba de ésta, se paraban unas rocas de labrado extraño y colores sombríos, que parecían tener un entendimiento una con otra, e intercambiar miradas de significado incómodo, como si hubieran alzado sus cabezas para ver el emanar de algún suceso previsto. Unos pocos árboles marchitos aparecían aquí y allá, como líderes de esa malévola conspiración de expectativa silenciosa.
El día, pensé, debía estar muy avanzado, aunque el sol era invisible; y aunque era sensible que el aire era crudo y frío, mi conciencia de ese hecho era más bien mental que física, yo no tenía una sensación de incomodidad. Por encima de todo el paisaje lúgubre, una bóveda de nubes bajas, de color plomizo colgaba como una maldición visible. En todo esto había una amenaza y un portento, un indicio del mal y una intimación de condena. Ningún pájaro, bestia o insecto había allí. El viento suspiraba en las ramas peladas de los árboles muertos, y la hierba gris se encorvaba para susurrar a la tierra su secreto de espanto, pero ningún otro sonido o movimiento violaba el reposo horrendo de ese lugar lúgubre.
Yo observé en el herbaje un número de piedras gastadas por el tiempo, evidentemente, labradas con utensilios. Éstas estaban quebradas, cubiertas de musgo y medio hundidas en la tierra. Algunas yacían postradas, algunas se inclinaban en varios ángulos, ninguna estaba vertical. Eran obviamente lápidas de tumbas, aunque las tumbas en sí mismas no existían más como montículos u hondonadas, los años lo habían nivelado todo. Dispersos aquí y allá, los bloques más macizos mostraban dónde, algún sepulcro pomposo o monumento ambicioso, había lanzado alguna vez su feble desafío al olvido. Esas reliquias, esos vestigios de vanidad y memorias de afecto y piedad parecían tan viejos, tan abatidos, gastados y manchados, el lugar tan descuidado, desierto y olvidado, que no pude evitar creerme yo mismo el descubridor del camposanto de una raza prehistórica de hombres, cuyo nombre verdadero estaba extinto hacía largo tiempo.
Lleno de estas reflexiones, estuve por algún tiempo desatento a la secuencia de mis propias experiencias, pero pronto pensé: ¿Cómo llegué yo hasta aquí? Un momento de reflexión pareció hacer claro todo esto, y explicar al mismo tiempo, aunque de una manera inquietante, el carácter singular con que mi fantasía había invertido todo cuanto yo veía u oía. Yo estaba enfermo. Recuerdo ahora que había estado postrado por una fiebre súbita, y que mi familia me había contado que en mis períodos de delirio, yo había clamado por libertad y aire de modo constante, y había sido mantenido en la cama para prevenir mi escape fuera de puertas. Ahora había eludido la vigilancia de mis asistentes, y había vagado hasta aquí para ir... ¿a dónde? No lo podía conjeturar. Claramente, yo estaba a una distancia considerable de la ciudad donde residía, la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Ni un signo de vida humana, visible o audible, había en algún lugar; ni un humo subiente, ni un ladrido de perro guardián, ni un mugido de ganado, ni gritos de niños en juego, nada más que ese camposanto lúgubre, con su aire de misterio y espanto, debido a mi propio cerebro en desorden. ¿No me estaría yo poniendo delirante de nuevo, aquí, más allá de la ayuda humana? ¿No sería todo, en efecto, una ilusión de mi locura? Dije en voz alta los nombres de mi esposa e hijos, extendí mis manos en búsqueda de las suyas, incluso mientras caminaba entre las piedras trituradas y la hierba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo voltearme. Un animal salvaje, un lince, se aproximaba. Me vino un pensamiento: si me derrumbo aquí, en el desierto, si la fiebre retorna y me decaigo, esa bestia estará sobre mi garganta. Salté hacia ésta, gritando. Pasó trotando tranquila, a una anchura de un palmo de mí, y desapareció detrás de una roca.
Un momento más tarde la cabeza de un hombre pareció alzarse del terreno, a una corta distancia. Estaba ascendiendo por la ladera más lejana de una colina baja, cuya cresta era apenas distinguible de la planicie general. Toda su figura pronto se puso a la vista, contra el trasfondo de una nube gris. Estaba medio desnudo, medio vestido de pieles. Su cabello era desgreñado, su barba larga y andrajosa. En una mano cargaba un arco y una flecha, la otra mantenía una antorcha llameante, con un largo rastro de humo negro. Caminaba con lentitud y cautela, como si temiera caer en alguna tumba abierta, ocultada por la hierba alta. Esa extraña aparición me sorprendió, pero no me alarmó, y tomando tal curso como para interceptarlo, me encontré con él casi cara a cara, abordándolo con un saludo familiar: -Dios te guarde.
No me prestó atención, ni arrestó su paso.
-Buen extraño- continué-, yo estoy enfermo y perdido. Guíame, te lo suplico, a Carcosa.
El hombre rompió en un cántico bárbaro en una lengua desconocida, pasando por delante y de largo.
Un búho, en la rama de un árbol podrido, ululó de forma lúgubre, y fue respondido por otro en la distancia. Mirando arriba vi, a través de una súbita fisura en las nubes, ¡a Aldebarán y las Híadas! En todo esto había un indicio de la noche: el lince, el hombre con la antorcha, el búho. Aunque yo veía, veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía pero, al parecer, no era visto ni oído. ¿Bajo qué hechizo horrendo yo existía?
Me senté en la raíz de un gran árbol, para considerar seriamente qué era mejor hacer. De que yo estaba loco no podía dudar más, aunque reconocía un terreno de duda en la convicción. De fiebre no tenía rastro. Tenía, con todo, una sensación de hilaridad y vigor que me eran desconocidas por completo, un sentimiento de exaltación mental y física. Todos mis sentidos parecían en alerta, yo podía sentir el aire como una sustancia ponderosa, podía oír el silencio.
La gran raíz del árbol gigante, contra cuyo tronco yo me inclinaba al sentarme, había encerrado en su agarre una losa de piedra, una parte de la cual sobresalía en un receso formado por otra raíz. La piedra estaba así protegida parcialmente del tiempo, aunque estaba bastante descompuesta. Sus bordes estaban gastados en redondo, sus esquinas comidas del todo, su superficie surcada y escamada de modo profundo. Unas brillantes partículas de mica eran visibles en la tierra alrededor, vestigios de su descomposición. Esa piedra, al parecer, había marcado la tumba, de la que el árbol había brotado siglos antes. Las exigentes raíces del árbol se habían robado la tumba y hecho prisionera la piedra.
Un viento súbito empujó algunas hojas secas y ramitas de la cara superior de la piedra, yo vi las letras en bajorrelieve de una inscripción, y me encorvé para leerlas. ¡Dios del cielo, mi nombre completo!, ¡la fecha de mi nacimiento, la fecha de mi muerte!
Un eje de luz nivelado iluminó todo el costado del árbol, mientras yo me ponía en pie de un salto con terror. El sol estaba saliendo por el oriente rosado. Yo estaba parado entre el árbol y su ancho disco rojizo, ¡ninguna sombra oscurecía el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó el amanecer. Yo los vi sentados sobre sus ancas, solos y en grupos, en las cimas de los montículos y los túmulos irregulares que llenaban una mitad de mi perspectiva desierta, y se extendían hasta el horizonte. Y entonces supe que esas eran las ruinas de la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Tales son los hechos impartidos al médium Bayrolles por el espíritu de Hoseib Alar Robardin.

Título original: An Inhabitant of Carcosa, publicado por primera vez en San Francisco News Letter y California Advertiser, diciembre de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Vasiliy Polenov, Partenon, XIX.